Amor… está si soy yo
Llegó a casa con el cuerpo empapado de sudor y deseo ajeno, pero con la mente fija en un solo hombre. Mientras él dormía la monotonía de sus noches, ella decidió que esa sería la última vez que se conformaría con lo básico. Esta noche, el guion se rompe.
Hola de nuevo, queridos lectores. Soy Relatante32, pero como os he dicho antes, en realidad me llamo María. Tengo 32 años ahora, mido 1.71 y soy curvy de las que captan miradas sin esfuerzo: caderas anchas y pronunciadas que se balancean con cada paso como si llevaran su propio ritmo, pechos generosos (una 95D natural, pesados y firmes, con areolas grandes y oscuras que se endurecen al menor roce del aire o de una tela ajustada, pezones rosados y sensibles que siempre han sido mi punto débil), una cintura marcada justo lo suficiente para crear esa silueta de reloj de arena que me hace sentir poderosa cuando me visto para matar. Mi culo es redondo, lleno y alto, de los que se mueven hipnóticamente cuando camino, especialmente con tacones, y mis muslos son gruesos pero tonificados, gracias a años de squats y cardio que empecé a los 20 para mantenerme en forma. Tengo la piel suave y morena clara, pelo negro largo y ondulado que cae hasta la mitad de la espalda, oliendo siempre a mi champú de vainilla, ojos castaños grandes y expresivos que pueden pasar de inocentes a depredadores en un segundo, y labios carnosos, pintados a menudo de rojo intenso, que han sido mi arma secreta para seducir con solo una sonrisa. Por fuera, parezco la mujer sensual pero “decente”, la que va a la oficina con blusas ajustadas pero no demasiado, la que sonríe en las cenas familiares. Por dentro… bueno, esa noche que os voy a contar en detalle fue cuando empecé a dejar salir a la bestia que llevaba reprimida.
Conocí a Javi en una fiesta de amigos comunes, hace ya unos años. Era una de esas noches de verano calurosas, con música alta y alcohol fluyendo como un río. Él era alto, moreno, con un cuerpo atlético que se notaba bajo la camisa ajustada: hombros anchos, pecho definido, abdomen plano y una polla que, aunque no lo supe hasta después, era gruesa y venosa, de las que llenan bien. Tenía una sonrisa tímida, ojos verdes que me miraban con curiosidad, y un aire de chico bueno que me atrajo al instante. Nos enrollamos en el balcón: un beso que empezó suave pero se volvió profundo, su lengua explorando mi boca, sus manos en mi cintura tirando de mí contra su erección que ya se marcaba en los pantalones. Yo le respondí mordiéndole el labio inferior, frotándome contra él sutilmente, sintiendo mis pezones endurecerse bajo el top. Intercambiamos números y al día siguiente ya estábamos mensajeando sin parar.
Dos meses después, ya vivíamos juntos en un pisito coqueto en el centro de la ciudad. Fue rápido, lo sé, pero la química era innegable. Él se mudó conmigo porque su alquiler había subido una barbaridad y yo odiaba la soledad de mi apartamento. Los primeros días fueron mágicos: cocinábamos juntos, él preparando pasta mientras yo cortaba verduras, riéndonos de tonterías; veíamos series en el sofá, con mi cabeza en su regazo y sus dedos jugando con mi pelo; nos duchábamos juntos por las mañanas, enjabonándonos el uno al otro sin que pasara a mayores, solo toques inocentes que me dejaban con ganas de más. Pero el sexo… ay, el sexo era lo más básico, recatado y predecible que podáis imaginar. Venía de familias conservadoras: la suya de un pueblo donde todo el mundo se conocía y el “qué dirán” era ley, la mía de una casa donde el sexo era un tabú susurrado, algo que se hacía a oscuras y en silencio para procrear o cumplir.
Nuestras noches seguían un guion rígido: empezábamos besándonos en la cama con las luces apagadas o muy tenues, para no “ver demasiado”. Él me quitaba la camiseta con cuidado, besaba mis tetas por encima del sujetador, luego lo desabrochaba y lamía mis pezones un par de veces, sin morder ni succionar fuerte. Yo le bajaba los pantalones, tocaba su polla ya dura pero sin chuparla nunca –eso era “sucio” en nuestras mentes educadas–. Siempre condón, siempre misionero: él encima de mí, penetrándome despacio, embistiendo con un ritmo constante pero sin variaciones, ni muy rápido para no parecer “bruto”, ni muy lento para no alargar demasiado. Yo gemía bajito, controlada, ahogando los sonidos en su hombro para que los vecinos no oyeran nada. Sentía su polla gruesa abriéndome, llenándome bien, pero sin ángulos locos, sin que me tocara el clítoris mientras follábamos. Él se corría dentro del condón con un suspiro ahogado, un “te quiero” murmurado, y se apartaba para tirarlo. Luego un beso en la frente y a dormir. Nada de oral mutuo, nada de juguetes, nada de posiciones diferentes como yo encima o a cuatro patas. Una vez intenté subirme a horcajadas sobre él, moviendo las caderas en círculos lentos, sintiendo su polla rozar mi punto G, pero él se tensó y dijo: “Cariño, no sé… me da cosa que parezca raro, como en las pelis esas”. Y yo lo dejé pasar, mordiéndome la lengua, porque lo quería y pensaba que con el tiempo se soltaría. Pero por dentro me quemaba la frustración: mi coño palpitaba por más, mis fantasías eran un torbellino de chupadas profundas, lamidas en el culo, folladas anales salvajes, palabras sucias como “puta” y “zorra” gritadas al oído. Quería que me usara, que me dominara, que exploráramos cada rincón prohibido.
Hasta esa noche de viernes que lo cambió todo.
Mis amigas me convencieron para salir a una fiesta latina en un club del casco viejo, uno de esos sitios donde el reggaetón retumba en las paredes y el sudor se mezcla con el perfume. “María, joder, que estás casada antes de tiempo. Sal y suéltate el pelo, perrea un rato y descarga”. Accedí porque necesitaba aire, necesitaba sentirme viva más allá de la rutina. Me arreglé con ganas: un vestido negro ajustadísimo, de tela elástica que se pegaba a cada curva como una segunda piel, escote profundo en V que dejaba ver el encaje negro de mi sujetador push-up, levantando mis tetas generosas y creando un canal profundo entre ellas; la falda corta, apenas cubriendo la mitad del muslo, subiéndose un poco con cada movimiento para mostrar el inicio de mis muslos gruesos. Me puse tacones altos negros que alargaban mis piernas y hacían que mi culo redondo se alzara aún más, balanceándose hipnóticamente. Me maquillé: ojos ahumados, labios rojo pasión, pelo suelto ondulado cayendo por la espalda. Me miré al espejo y me sentí como una diosa del pecado: las tetas subiendo con cada respiración, las caderas anchas marcadas, el vestido arrugándose ligeramente en el culo. Estaba lista para zorraear, pero con límites. Fiel, sí, pero juguetona.
Llegué al club alrededor de las 11, y la fiesta ya estaba en pleno apogeo. La música latina –Daddy Yankee, Bad Bunny, J Balvin– hacía vibrar el suelo. Empecé con mis amigas: un par de copas en la barra, ron con cola que me subió el calor al pecho, risas sobre tonterías. Luego a la pista. Al principio bailamos en corro, moviendo las caderas al ritmo, perreando suave entre nosotras: yo pegándome a una amiga por detrás, mis tetas contra su espalda, mis manos en su cintura, riéndonos. El sudor empezó a perlar mi piel, el vestido pegándose más, mis pezones endureciéndose bajo el encaje.
Entonces llegaron los tíos. Primero uno alto y moreno, con camiseta ajustada que marcaba pectorales, se acercó por detrás. No dije nada; dejé que se pegara. Sus manos en mis caderas anchas, tirando de mí contra su cuerpo. Sentí su paquete duro rozándome el culo al ritmo del dembow, presionando justo entre mis nalgas. El vestido se subió un poco, el tanga negro expuesto ligeramente. Me moví con él, perreando fuerte: culo girando en círculos, frotándome contra su erección que crecía con cada roce. Sus dedos se deslizaron por la curva de mi cintura, subiendo hasta rozar el lateral de mis tetas. Gemí bajito, inaudible por la música, mi coño palpitando y mojándose bajo el tanga. Pero fui fiel: no me giré para besarlo, no le di pie a más. Solo bailé, solo dejé que me usara como objeto de deseo por unos minutos. Cuando la canción cambió, me aparté con una sonrisa coqueta y volví con mis chicas.
El alcohol subió: un shot de tequila que me quemó la garganta, otro ron con cola. La pista se volvió un mar de cuerpos. Otro tío se acercó por delante: más atrevido, pelo corto, ojos oscuros, olor a colonia fuerte. Me cogió de la cintura con confianza, pegándome a él. Bailamos cara a cara, sus caderas contra las mías, su polla dura presionando mi vientre bajo. Sus manos bajaron hasta el borde de mi culo, apretando las nalgas redondas con fuerza, subiendo el vestido un centímetro más. Sentí sus dedos colarse por debajo, rozando el encaje del tanga, tocando la piel de mis glúteos. Estaba empapada; mis jugos corrían por el interior de mis muslos. Me mordí el labio, le dejé que me apretara más, que su boca se acercara a mi cuello, oliéndome, sus labios rozando mi oreja. “Estás buenísima”, murmuró. Yo sonreí, me froté contra él un poco más, sintiendo su erección palpitar. Pero cuando intentó besarme, incliné la cabeza y me aparté, riendo. Fiel, pero zorra: lo dejé cachondo y frustrado.
Seguí perreando toda la noche. Un grupo de tres chicos me rodeó: uno detrás, frotando su polla contra mi culo; otro delante, sus manos en mis tetas “sin querer” al bailar; el tercero a un lado, rozándome la cadera. Me puse en el centro como una reina, moviéndome al ritmo, culo contra paquete, tetas rebotando contra pecho, manos ajenas por todas partes pero sin llegar a lo explícito. El sudor me corría entre las tetas, empapando el escote; mis pezones duros se marcaban como balas bajo el sujetador. Me sentía como una puta en celo: caliente, deseada, poderosa. Cada roce me hacía pensar en Javi durmiendo en casa, inocente, y en cómo le iba a descargar toda esa energía acumulada. Bebí más: otro tequila, una cerveza fría que me refrescó la garganta ardiente. Bailé hasta que las piernas me temblaron, el coño hinchado y goteando, el tanga pegado a mis labios mayores.
Llegué a casa a las 4:30 de la mañana, tambaleándome por el alcohol y la excitación, el vestido arrugado y subido por los muslos, las bragas empapadas como si me hubiera corrido ya, el maquillaje corrido, oliendo a sudor, perfume y deseo ajeno. Javi dormía profundamente, desnudo bajo la sábana fina por el calor bochornoso, su pecho subiendo y bajando con respiración calmada. Me quité los tacones en la puerta con un ruido sordo, me bajé la cremallera del vestido y lo dejé caer al suelo como una piel muerta. Quedé en tanga negro de encaje, empapado y translúcido, y sujetador a juego que apenas contenía mis tetas pesadas. Mis pezones duros apuntaban al frente, mi coño palpitaba visiblemente bajo la tela fina. El alcohol me había quitado todos los filtros; estaba lista para devorarlo.
Me acerqué a la cama sigilosamente, pero con el corazón latiendo fuerte. Levanté la sábana despacio y admiré su cuerpo: polla flácida reposando sobre unos huevos depilados y llenos, muslos fuertes, abdomen plano. Me relamí los labios carnosos, sintiendo la saliva acumularse. Me arrodillé en la cama, me incliné y la cogí con la mano derecha, suave al principio, sintiendo la piel tibia y suave. La acaricié despacio, subiendo y bajando el prepucio, viendo cómo se endurecía casi al instante, creciendo en mi palma hasta volverse gruesa y venosa, el glande rosado asomando. La acerqué a mis labios y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa piel ligeramente salada mezclada con el olor a sueño. Abrí la boca ancha y me la metí entera, chupando con hambre voraz, la lengua girando alrededor del glande hinchado mientras mi mano subía y bajaba el tronco con ritmo creciente. Saliva goteando por mis labios, por su polla, cayendo caliente sobre sus huevos. Hice ruidos obscenos: slurps y gags suaves cuando la empujaba al fondo de mi garganta, sintiendo el glande presionar mi campanilla. Mis tetas rebotaban libres cuando, con la mano libre, me desabroché el sujetador y lo tiré al suelo; pezones duros rozando sus muslos peludos, enviando chispas de placer a mi coño.
Él se removió en sueños, murmuró algo ininteligible. Seguí más profundo, más rápido: chupando con succión fuerte, la lengua plana lamiendo la vena inferior, los dientes rozando ligeramente para añadir un toque de dolor placentero. Gagging ahora más fuerte, saliva chorreando por mi barbilla, por sus huevos. Él abrió los ojos de golpe, desorientado, jadeando.
—¿María? ¿Qué coño…?
—Shhh, amor —susurré con la boca llena, sacándola solo un segundo para hablar, un hilo de saliva conectando mis labios a su glande—. Déjame hacer lo que llevo meses queriendo. Esta noche soy yo de verdad.
Volví a chupar, más salvaje: garganta profunda hasta que mis labios tocaron sus huevos, gagging ruidoso que llenaba la habitación, mis ojos lagrimeando por el esfuerzo pero sin parar. Él gemía alto ahora, las manos enredándose en mi pelo negro, no empujando aún pero guiándome. “Joder, María… nunca me habías… dios”. Sus caderas empezaron a moverse involuntariamente, follándome la boca suave.
Pero quería más, mucho más. El zorreo de la fiesta me había encendido como una mecha. Lo empujé suavemente para que se girara boca abajo, confuso pero excitado, su polla dura atrapada bajo el cuerpo. “Confía en mí, amor. Vas a flipar”. Le separé las nalgas firmes con ambas manos, admirando su culo tonificado, el ano rosado y fruncido, virgen e invitador. Nunca habíamos hablado de esto; era tabú total. Me incliné y puse la lengua plana contra su agujero, lamiendo despacio de abajo arriba, presionando con fuerza. Saboreé ese sabor musky y prohibido, salado y masculino, que me hizo mojar aún más. Él se tensó entero, jadeó fuerte, las manos agarrando las sábanas.
—¿Qué coño haces, María? ¡Eso es…!
—Te va a gustar. Relájate, zorro. Deja que te coma el culo como una puta hambrienta.
Y seguí con saña: lamí en círculos lentos alrededor del ano, metiendo la punta de la lengua dentro, empujando para abrirlo un poco, sintiendo los músculos contraerse y relajarse. Escupí directamente en el agujero, un chorro caliente de saliva que goteó por sus huevos, y volví a lamer, succionando los bordes como si fuera un coño. Mi mano derecha se coló por debajo y siguió masturbando su polla dura como una roca, subiendo y bajando con twists en la punta. Él empezó a gemir más alto, ronco, las caderas moviéndose involuntariamente hacia mi boca, follándose mi lengua. Era mi primer beso negro y el suyo también, pero lo hice como una experta: metí un dedo lubricado con saliva despacio en su ano, curvándolo hacia la próstata, masajeándola mientras lamía los bordes. Luego dos dedos, bombeando suave pero profundo, sintiendo su interior caliente y apretado. Él temblaba entero, jadeaba como un animal: “Joder… María… no pares… es una locura…”. Su polla goteaba precum en mi mano, los huevos contrayéndose.
No podía aguantar más mi propia excitación. Lo giré de nuevo boca arriba, su polla apuntando al techo, roja, hinchada y brillante de saliva. Me quité el tanga empapado de un tirón, tirándolo al suelo con un chapoteo húmedo –mis jugos corrían por mis muslos interiores, el coño hinchado y depilado, labios mayores abiertos y rosados, clítoris erecto como un botón–. Me senté sobre su cara sin avisar, restregando mi coño mojado contra su boca y nariz, ahogándolo en mis fluidos. “Ahora tú, amor. Cómetelo. Cómete mi coño como si fuera tu última cena”. Él, aturdido pero cachondo perdido, sacó la lengua y lamió con hambre: succionando mis labios gruesos e hinchados, metiendo la lengua dentro de mi agujero goteante, bebiendo mis jugos dulces y salados. Yo gemía alto, follándome su cara con movimientos circulares, mis tetas grandes rebotando salvajes mientras me pellizcaba los pezones con fuerza, retorciéndolos hasta que dolía deliciosamente. “Así, Javi… lame mi clítoris… succiona fuerte… joder, sí… cómete esa puta mojada”. Él obedeció, sus manos agarrando mis muslos gruesos, dedos hundiéndose en la carne, su lengua girando alrededor de mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos en mi coño para follarme mientras lamía.
Me corrí primero ahí, sentada en su cara: un orgasmo brutal que me hizo temblar, squirteando jugos calientes sobre su boca y barbilla, gritando su nombre sin importarme los vecinos. “¡Javi! ¡Me corro… joder!”. Mis caderas convulsionaron, mis tetas sudadas rebotando, el cuerpo entero en espasmos.
Pero no había terminado. Bajé por su cuerpo, dejando un rastro de jugos en su pecho, y me empalé en su polla de un golpe seco y profundo. Sentí cómo me abría por completo, su grosor estirando mis paredes internas, rozando cada nervio. Cabalgué salvaje: caderas girando en ochos, subiendo y bajando con fuerza brutal, el sonido de carne mojada contra carne llenando la habitación como aplausos obscenos. Le arañaba el pecho con las uñas, dejando surcos rojos; le mordía el cuello, chupando hasta dejar moratones. “Fóllame como una puta, Javi. Dame esa polla dura… hazme gritar”. Él obedeció, embistiendo hacia arriba con toda su fuerza, sus manos en mi culo redondo apretando las nalgas, separándolas, un dedo rozando mi ano mientras follábamos.
Quería más perversión, más intensidad. Saqué su polla de mi coño con un pop húmedo, goteando jugos, y la guié a mi culo virgen esa noche. Escupí en mi mano, lubricé mi ano rosado y fruncido, y bajé despacio sobre él. El dolor inicial fue agudo, como un fuego que se transformó en placer oscuro y profundo. Sentí cada centímetro abriéndome, estirándome hasta el límite, su glande presionando mi interior prohibido. “Joder… entra despacio… sí… lléname el culo, amor”. Bajé hasta que mis nalgas tocaron sus huevos, su polla entera dentro de mí. Cabalgué analmente con furia: subiendo y bajando rápido, el ano apretando su tronco, frotándome el clítoris con una mano mientras con la otra me pellizcaba un pezón. Él gemía ronco: “María… tu culo es tan apretado… joder, me vas a matar”. Metió dos dedos en mi coño vacío, follándome doble, sintiendo su propia polla a través de la pared fina.
Me corrí de nuevo así, anal y vaginal: un orgasmo doble que me hizo squirtear otra vez sobre su abdomen, temblando entera, gritando obscenidades: “¡Sí! ¡Fóllame el culo, cabrón! ¡Me corro como una zorra!”. Mis paredes se contrajeron alrededor de su polla y sus dedos, lecheándome el placer.
Él no aguantó más. Con un rugido animal, se corrió dentro de mi culo, chorros calientes y abundantes llenándome el interior, goteando por mis nalgas cuando salí. Su cuerpo convulsionó bajo el mío, manos agarrando mis caderas con fuerza, jadeando mi nombre.
Me dejé caer a su lado, jadeando, sudorosa, con su semen goteando lentamente de mi ano abierto y palpitante, las piernas temblando, el coño aún contrayéndose en aftershocks.
Lo miré a los ojos, todavía nublados por el orgasmo, y sonreí con malicia.
—Amor… esta sí soy yo.
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