Xtories

El vendedor ambulante

Pedro nota que su esposa se moja en sueños y pronuncia el nombre de un desconocido. Verónica no sabe que ese hombre, un vendedor de feria de voz grave y mirada penetrante, ya ha comenzado a desvelar los secretos más húmedos de su cuerpo.

dulceymorboso34K vistas9.3· 39 votos

Otra noche mas. Otra noche en la que me despertaba con esa sensación de culpabilidad de quién ha hecho algo malo y teme ser descubierta. Giré la cabeza intentando averiguar si mi marido seguía durmiendo. Su profunda respiración me hizo sentir aliviada. Llevaba varios días que mientras desayunábamos juntos, siempre me hacía la misma pregunta:

- Que soñabas anoche?

- Ni idea, cariño. No lo recuerdo, por qué lo preguntas?

- Hacías sonidos muy extraños, cielo. Cualquiera diría que estabas teniendo un sueño erótico.

- Tonto, ya sabes que yo no tengo sueños de esos - con intención de desviar la conversación le ofrecí una tostada - Anda, toma! Que luego siempre salimos a las prisas.

Y la verdad es que esa mañana me había despertado sudorosa y, cuando me quité las bragas en el baño para darme una ducha, me había sorprendido de lo mojadas que estaban.

Durante el trayecto en coche hacia el trabajo, Pedro había encendido la radio y yo, en silencio, intentaba sin éxito recordar si tenía razón y, si la tuviera, saber que sueño habían provocado que me mojara tanto.

Fueron varios días que me hizo el mismo comentario. Menos mal que él se lo tomaba con humor y me lo preguntaba sonriendo con curiosidad de saber. Yo, muerta de la vergüenza, solamente le decía la verdad y esta era que no recordaba nada. Me frustraba no saber que era aquello que tanto me excitaba en mis horas de sueño.

Al escuchar la respiración profunda de mi esposo, hice algo que nunca había hecho. Despacio, metí la mano bajo la sábana y la llevé hacia mis bragas. La metí por dentro de la tela y toqué mi vagina. Estaba empapada.

Jamás me había masturbado con él a mi lado durmiendo.

Hundí la cara en la almohada para silenciar mis gemidos. Cerré los ojos con fuerza deseando recordar lo que estaba soñando pero no lo conseguía. Por primera vez agradecí aquellos molestos ronquidos de mi esposo, pues el orgasmo que sentí me hizo gemir y sin ellos creo que lo hubiera despertado.

Así fueron transcurriendo los días. Cada vez se hacían mas necesarias mis masturbaciones furtivas y eso me hacía sentir mal con mi esposo.

Días después, la pregunta de mi marido me dejó descolocada.

- Cariño, quién es Jairo?

- Jairo? - una sensación de vergüenza se apoderó de mi al escuchar su pregunta - Por qué lo preguntas?

- Esta noche entre sueños decías ese nombre.

- El único Jairo que conozco es el vendedor ambulante de la feria. Te acuerdas de él?

- Ah,el señor que vende los biquinis y ropa de mujer?

- Si, ese. Es el único hombre que conozco que se llame así.

- Te atrae ese señor? - su pregunta me sorprendió.

- Cariño! Pero que tonterías dices? Si ese señor podría ser mi padre!

- No sé, cielo. Decías su nombre muchas veces.

- No seas tonto… Teniendo un marido como tú, era lo que me faltaba – me levanté para dejar la taza en el fregadero, lo abracé por detrás y besé su cabeza.

En el coche de camino al trabajo, pensaba en la conversación del desayuno. Me resultaba imposible llegar a entender que pudiera decir el nombre de ese señor en sueños. Nunca recordaba lo que soñaba y me gustaría mucho.

Todos los miércoles había feria en el pueblo al lado de donde vivíamos. A Pedro y a mí nos gustaba ir, dar un paseo y de paso siempre comprábamos algo de ropa de diario o para hacer deporte. La última vez que habíamos ido hacía un mes, nos sorprendió ver qué había un puesto nuevo en el que se agolpaba la gente. La curiosidad nos hizo acercarnos y vimos que allí vendían biquinis y ropa de mujer.

- Esto es el paraíso! – una voz grave de hombre resonaba entre el bullicio de la gente - Nunca vi tanta mujer hermosa junta. Anímense! Aquí encontrarán los biquinis más sexys! Señora no lo piense más y lléveselo. Ropa de cama pero para no dormir!

Aquel hombre sabía cómo llamar la atención y sus comentarios llenos de picardía hacían reír a las mujeres allí congregadas. Pedro y yo, nos miramos sonriendo y nos acercamos a echar un vistazo a lo que allí vendían. Pasando entre la gente, conseguimos llegar hasta el mostrador lleno de biquinis, ropa interior y camisetas.

- Hagan sitio a la chica más bonita de toda la mañana. Así da gusto trabajar para ver mujeres tan bellas! Buenos días, caballero afortunado – le dijo a Pedro - Que le vas a comprar a tu hermosa pareja?

- Estamos echando un vistazo.

Entretenida en mirar los biquinis, ni me había percatado que ese hombre con voz de locutor de radio, se estaba dirigiendo a mi marido. Al levantar la vista hacia el vendedor, vi que era un señor de unos sesenta años de etnia gitana. Si su voz impresionaba, su corpulencia aún impresionaba más. Era alto, ancho y su barba descuidada imponía bastante respeto. A su lado, la que supuse que era su hija, atendía en el otro extremo del mostrador.

- Te gusta ese biquini? – se dirigió a mi – A ti te lo dejo en quince euros por ser la más guapa de toda la feria.

- Pero… - en la etiqueta de la prenda ponía que ese era el precio para todo el mundo y se la mostré.

- Era broma, cariño. Aquí mi mujer, si me ve rebajando los precios me mata - sonriendo miró a mi marido – tu me entiendes,verdad?

- Claro – Pedro también sonrió.

Al decir que era su mujer la que estaba con él me sorprendió. La volví a mirar, era guapísima y mucho más joven que él. Al escuchar su comentario ella le sonrió. Se notaba que estaba acostumbrada a que su marido piropeara a toda cuanta mujer veía.

- Quince euros no es dinero para adornar un cuerpo como el de tu mujer. Verdad? - con descaro me miró de arriba abajo y me hizo sonrojar.

- Eso se lo dices a todas, sinvergüenza! - la mujer intervino en la conversación también con una sonrisa.

- Si, pero a todas les miento. Menos a ti y a esta joven. Bueno… a lo importante. Lo quieres de este color?

- Si.

- Serás la envidia de todos los hombres de la playa – de nuevo le habló a mi marido.

- Gracias.

Nos fuimos de allí de la mano y me sorprendió que Pedro, habitualmente molesto cuando otros hombres me miraban, esta vez no sentí que estuviera molesto a pesar lo de los piropos descarados de ese señor.

- Que descarado, no? – le dije.

- Si, pero se ve que es así con todas.

- Ya, pero no te molestó que me dijera esas cosas? – pregunté sorprendida.

- Es un señor demasiado mayor y su aspecto deja bastante que desear. Eso sí, simpático si que hay que reconocer que es.

Aquella mañana, después de comprar varias prendas en la feria, comimos en ese pueblo y nos fuimos para casa. A media tarde, Pedro tenía que ir a una reunión de trabajo y cuando se fue, aproveché para probarme lo que había comprado y me dio mucha rabia ver que el biquini me quedaba pequeño. Tendría que esperar una semana para poder cambiarlo? El biquini me parecía precioso. Y si para la semana ya no le quedaban o no volvían a montar el puesto? Podía coger el coche ya que mi marido no lo había llevado a la reunión pero no sabía a qué hora cerraban los puestos de venta. Me acordé del restaurante donde habíamos comido y llamé por teléfono. Amablemente me dijeron que solían estar hasta las siete. Eran las seis, si me daba prisa me daría tiempo.

No contaba con aquel tráfico y cuando llegué al recinto ferial vi que ya pasaban de las siete. La mayoría de los puestos ya los estaban desmontando pero al acercarme vi que en donde habíamos comprado el biquini aún estaban recogiendo las prendas. Desde lo lejos, vi al vendedor entrando y saliendo cargado con bolsas. Al verme, me saludó con la mano.

- Hola. Que alegría ver a la chica más bonita de la feria. Tanto me echabas de menos que has tenido que volver?

- Hola - aquella broma me hizo sonrojar - Es que el biquini me queda pequeño y vine por si me lo podía cambiar.

- Vaya, que disgusto! Y yo que pensaba que venías para verme a mi.

- No, no. Se puede cambiar?

- Mira. Por cierto, puedo saber cómo te llamas?

- Verónica.

- Yo soy Jairo para servirte, señorita - sin dejar de recoger me hablaba - En prendas íntimas o biquinis no hacemos cambios.

- Vaya! Que rabia me da. Vine desde la ciudad para cambiarlo pero si no aceptáis cambios…

- Esta mañana no pude hacerte nada de descuento. Ya sabes… mi mujer…

- Lo sé.

- Por ser tu te lo cambiaré.

- De veras?

- Claro. Viniste en buen momento ahora que ya no hay nadie y mi mujer se ha ido. Será una cosa entre tu yo, de acuerdo?

- Se lo agradezco – sonreí agradecida.

- Y el que te llevaste que te quedaba grande o pequeño?

- Me quedaba pequeña la parte de arriba.

- Vamos a ver qué tengo por aquí… - de una bolsa sacó varios biquinis iguales de diferentes tallas - la parte de abajo te quedaba bien?

- Si, abajo bien.

- Toma, pruébate este - me acercó uno - creo que te servirá.

- Probármelo?

- Claro, no querrás volver otra vez, no?

- No. Pero donde me lo pruebo?

- Entra en la caravana, yo mientras seguiré recogiendo.

Estar dentro de aquella caravana a punto de probarme el biquini me hacia sentir nerviosa. Me desabroché el vestido y cuando me lo iba a bajar, la puerta se abrió y apareció Jairo cargado de bolsas. Me quedé paralizada sin saber qué hacer. Ni siquiera me miró y apoyó la mercancía en un rincón en el que había ya otras bolsas.

- Será mejor que te apures – volvió hacia la entrada – aún me queda mucho por recoger y se me hará de noche a este ritmo.

Ni me dio tiempo a decirle nada pues volvió a salir y cerrar la puerta. Con rapidez me quité el vestido y no tardé en desprenderme del sujetador y bajarme las bragas. Rogaba que en ese momento no se abriera la puerta. Me puse el biquini aún más rápido y estaba abrochando la parte de arriba cuando escuché como la cerradura estaba siendo abierta de nuevo. Allí estaba de nuevo accediendo a la caravana. Instintivamente me tapé la zona de los pechos con los brazos. Esta vez sí que me miró después de liberar la carga.

- Que tal te queda ese?

- Aún no me dio tiempo a verme – me sentí ridícula con aquella postura.

- Nena, acaso en la playa no te verá todo el mundo?

- Si,pero…- tenía razón, pero no era lo mismo estar en una playa a estar dentro de aquella caravana sola con un desconocido.

- Entonces? Ni que tuvieras quince años - parecía molesto por mí falta de confianza hacia él. Abrió una puerta que pude comprobar después que era un armario empotrado – Ahí tienes un espejo.

Desapareció de nuevo para seguir recogiendo. Me miré en el espejo y pude comprobar que esa era la talla perfecta. Me había molestado su reproche insinuando que era una inmadura y quizás por eso no me tapé cuando escuché que volvía a entrar.

Al pasar por detrás de mí, se detuvo y miró mi imagen en el espejo.

- Te queda perfecto.

Al levantar la vista hacia el espejo, vi como miraba hacia mis pechos y eso me hizo sonrojar. Aquella situación me hacia sentir nerviosa. Me veía muy pequeña con él detrás de mí.

- No soy ninguna inmadura – le reproché.

- Perdona lo que te dije. Reconozco que no debí decir eso y se que no lo eres.

No se qué me pasaba pero su voz tan varonil y sentirlo así detrás de mí me hacía sentir muy rara. Vi que no apartaba la mirada de mis pechos y maldije para mí que estos fueran tan sensibles. La fina tela del biquini delataba que mis pezones estaban reaccionando inexplicablemente.

- Serás con diferencia la más hermosa de la playa.

- Gracias. Usted siempre tan halagador.

Debía irme en ese momento, pero algo me retenía allí. Su voz, su mirada, sus piropos… La tela del biquini se veía deformada por el endurecimiento de mis pezones. Me avergonzaba sentirme así y pensé en las palabras de mi marido esa mañana sobre su edad y su aspecto.

Me asusté y, sin decir nada, me moví hacia donde estaba mi vestido. Me lo puse por encima del biquini y guardé la ropa interior que llevaba puesta antes de llegar en mi bolso.

- Tengo que irme, Jairo – le dije nerviosa.

- Vas a volver?

- No lo sé. La semana que viene estará?

- Supongo que sí.

- Gracias por dejarme cambiar el biquini.

- Ha merecido la pena - cerrando la puerta del armario, me hizo entender qué se refería que verme en él le había gustado mucho.

Por la noche mientras cenaba con mi esposo, le conté que había ido a cambiar el biquini pero, sin saber por qué, evité contarle que el vendedor me había visto con él puesto. Me desconcertaba recordar el efecto que había provocado en mi cuerpo su mirada.

El sábado de esa semana, habíamos decidido que iríamos a la playa. Hacía muy buen tiempo y tanto a mi marido como a mí nos gustaba disfrutar de las bonitos arenales cercanos.

De camino a la playa, los dos estábamos animados. Durante la semana no teníamos oportunidad de estar mucho juntos y nos gustaba aprovechar el fin de semana.

- Estás preciosa,cariño - Pedro me miraba como solo él sabía mirarme con esa mezcla de ternura y deseo.

- Tú también estás muy guapo – me gustaba sentir su mano en mi pierna mientras conducía.

- Te has puesto el biquini nuevo?

- Si - con picardía levanté el vestido y le mostré mi braguita – te gusta?

- Es muy bonito. Creo que el vendedor de la feria va a tener razón y voy a ser el hombre más envidiado de la playa.

- Lo decía solo porque le compráramos.

Al nombrar a ese hombre me recordó aquel momento en que lo tuve detrás de mí en la caravana y como me había mirado. Aún no conseguía entender cómo mi cuerpo había reaccionado de esa manera.

Cuando volvimos a casa, mi marido estaba especialmente cariñoso. Bien es cierto que yo también estaba deseando irnos a la cama. Sentía que las miradas que bastantes hombres me habían dedicado, habían provocado en mi una necesidad de tener sexo.

En el baño me quité el vestido y enseguida entró Pedro a abrazarme.

- Que ganas tenía de llegar a casa para estar a solas contigo.

- Ah,si? - mi cuerpo pedía ser acariciado – y eso?

- Es que este biquini te queda muy sexy - separándose un poco me miró a los pechos – no te fijaste como te miraban la mayoría de los hombres?

- Un poco si que me di cuenta cariño. Pero que tiene de especial este biquini?

- No se explicarlo. Es como si la tela se adaptara a tus pechos de una forma que parecen estar sin nada.

Escuchar esas palabras me hizo acordarme de Jairo. Por eso me había mirado de aquella manera cuando estaba delante del espejo? pensé nerviosa.

- Vaya, estás empapada mi amor! – su mano por dentro de la braguita me acariciaba el sexo - Tú también deseabas llegar a casa?

- Si,lo estaba deseando.

- Te excitaste con esas miradas de los hombres?

- Calla,vamos a la ducha.

Me avergonzaba decirle que si. Como reconocerle a la persona que amas que estaba excitada por sentir las miradas de otros hombres?

Hicimos el amor bajo el agua de la ducha. Los dos, totalmente excitados, nos comíamos a besos mientras nuestros cuerpos sentían placer. Mientras Pedro agarraba mis nalgas y me penetraba con fuerza me lo volvió a preguntar.

- Te excitaste con esas miradas?

- Sigue cariño,no pares…- con la cara hundida en su cuello, recordaba a esos hombres y su manera de mirar mi cuerpo.

- Dilo,cariño….te pusieron cachonda?

- Calla por favor…

- Dilo,no sientas vergüenza.

- Si…si – al decirlo sentí una liberación, una excitación que me sorprendió – me excitaron esas miradas de esos hombres.

- A mi me gustó sentir como te miraban – aumentó la fuerza de sus embistes - Deseaban a mi mujer pero soy yo quien te puede acariciar.

- Si mi amor, solo tú. Ellos me excitaron pero solo tú puedes follarme.

- Siiiii…. – mis palabras provocaron que comenzara moverse muy rápido y profundo - Solo yo te puedo follar.

Nos corrimos juntos, el orgasmo nos hizo temblar abrazados.

Después de la tempestad vino la calma. Y esa calma vino acompañada de la vergüenza por lo que nos habíamos confesado.

Abrazados en el salón nos miramos con complicidad.

- Estamos locos - lo besé con amor.

- Ha sido increíble, cielo. No estés avergonzada.

- De verdad te gustó que esos hombres me miraran?

- Es extraño pero creo que me dio morbo sentir como te deseaban. Y entonces a ti… te hizo sentir excitada que te miraran?

- Como tú dices, es extraño. Ver a esos hombres como me miraban, incluso algunos estando con sus mujeres delante, me hizo sentir morbo.

- Eres muy hermosa, cariño. Me siento afortunado por poder estar con una mujer tan bonita y tan especial.

Ya en cama, volvimos a hacer el amor pero esta vez de una forma más dulce.

El principio de la semana fue tranquilo tanto a nivel emocional como laboral. El martes tenía cita en la peluquería y decidí cortarme el pelo un poco. Con mi larga melena pasaba mucho calor y me lo dejé cortar hasta los hombros. Me veía muy guapa y así me lo confirmó mi peluquera al decirme que ese corte de pelo me sentaba muy bien y hacía destacar mis ojos ya de por sí bastante llamativos por su color azulado y grandes.

Por momentos, durante la tarde, me acordaba de lo sucedido el sábado. Estaba deseando que llegara el fin de semana y rezaba para que se mantuviera el buen tiempo. Recordé el efecto que había provocado mi nueva prenda veraniega y decidí que al día siguiente volvería a pasarme por la feria. No le diría nada a mi marido, quería darle una sorpresa el sábado cuando me viera y sabía que el miércoles tenía que trabajar por lo que no podría acompañarme.

Cuando me desperté me sentí decepcionada al ver que estaba lloviendo. Estaba apunto de posponer el ir a la feria, cuando vi en mi teléfono en la aplicación meteorológica que a partir del viernes daban muy buen tiempo. Me asaltaron las dudas de si a pesar del día la feria se montaría de todas formas y llamé por teléfono al restaurante donde tan amablemente me habían atendido la otra vez.

-…. Si, la feria se monta igual aunque llueva. No hay casi nadie pero los puestos están abiertos

- Sabe si el puesto del señor Jairo está abierto?

- Jairo? - se hizo un silencio en el que seguramente la mujer con la que hablaba estaría pensando - Ah, claro! El marido de Rosario!

- No sé cómo se llama su mujer.

- Si, es Rosario…Que belleza de mujer! Y es tan encantadora…Perdona que me voy por las ramas! Si, si que está abierto. Aún hace un rato pasó ella por aquí y me dijo que se iba para casa porque había poquita gente pero que su marido se quedaba.

- Ah,vale! Gracias por ser tan amable.

- De nada, aquí estamos para ayudarnos unos a otros.

Dos horas después estaba aparcando. Al haber tan poca gente, pude hacerlo muy cerca del recinto ferial. Casi no había nadie y era normal. Me estaba acercando al puesto cuando comenzó a llover muchísimo. Maldije el momento de no haber cogido un paraguas del coche. Eché a correr pero cuando llegué, estaba empapada. Bajo el toldo no vi a Jairo por ninguna parte. Decidí llamar a la puerta de la caravana y enseguida me abrió.

- Pero chiquilla,tú no sabes que un día como hoy hay que llevar paraguas?

- Lo sé, pensé que no me cogería la lluvia - odiaba la manera como ese hombre siempre me hablaba como si fuera una cría.

- Anda! Pasa que vas a coger un resfriado.

Entré a la caravana y me sentía avergonzada por estar en esa situación. Jairo me señaló una silla y me dijo que me sentara. Lo vi ir a la parte de atrás y como buscaba algo en unos cajones. Volvió enseguida y traía en sus manos ropa.

- Toma. Sécate! – me estaba ofreciendo una toalla - Y ponte esto, es ropa de mi mujer. Sujetador de ella no te doy porque no te serviría.

- Pero…no es necesario - vi que me había dado una camiseta, una falda y sobre estas prendas había un tanguita azul.

- Siempre protestas por todo? Ya tienes una edad. Pareces mi nieta de trece años que todo le molesta y le parece mal. Cuantos años tienes?

- Tengo treinta y dos años.

- Entonces? No me des motivos para pensar que eres una cría. De acuerdo?

Sin ser capaz de replicarle, extendí la toalla y me sequé el pelo. A continuación hice lo mismo con mi cara, cuello y brazos. Él, en silencio, me observaba y yo no sabía descifrar la expresión de su rostro. Era enfado?

- Lo último que me gustaría es que te cogiera un resfriado por mi culpa.

- No sería su culpa.

- En mis manos está el poder ofrecerte ropa seca. Anda! Quítate esa ropa mojada y ponte lo que te di.

Supongo que al ver mi incomodidad por tenerlo frente a mí, se giró y se fue hacia la parte de atrás de la caravana. Con rapidez me quité el vestido y sin dejar de vigilar que no me mirara, hice lo mismo con el sujetador y las bragas. Aquella situación era difícil de entender. Yo, allí desnuda con un hombre que no conocía de casi nada.

Me sequé con prisa las piernas y las nalgas. Mientras pasaba la suave toalla por mi vagina, vi que se iba a girar.

- Espere, por favor, no se gire – le pedí.

- Tan tímida eres para todo?

- A usted no le conozco apenas - una vez seca de cintura para abajo, me puse el tanga de su mujer y su falda.

- Bueno,ya te vi en biquini. Algo es algo.

- En biquini no es lo mismo que verme desnuda - una vez vestida por abajo me sequé los pechos y me puse la camiseta.

- Y tanto que no es lo mismo. Tú marido es muy afortunado.

- Su mujer también es muy guapa, no puede quejarse. Ya puede girarse.

- Si, Rosario es muy guapa y también me siento muy afortunado.

- Que edad tiene ella? Perdone mi curiosidad pero el otro día cuando la vi pensé que era su hija.

- Tiene dos años más que tú - mi cara debió delatar mi sorpresa y me siguió contando - Es mi segunda esposa, con la primera tuve tres hijos y todos son mayores que tú. Tengo cinco nietos y la mayor tiene trece años.

- La nieta con la que me comparó antes.

- Esa misma. Y si te sigues comportando como una cría lo volveré a hacer.

Me ofreció una taza con café caliente y por temor a una nueva reprimenda la acepté. Jairo se sentó frente a mí y me sentía intimidada por su manera de mirarme. Cuando sentí como sus ojos recorrían mis piernas tuve que torcer la cara por la vergüenza que me provocaba.

- Te queda muy bien la falda de mi mujer.

- Gracias - rogaba que mis pechos no reaccionaran como la vez que me había visto en el espejo estando en biquini.

- Y cuéntame… Que te ha traído hasta aquí?

- Quería comprar otro biquini – agradecí el cambio de rumbo de la conversación.

- Ya has ido a la playa con el que compraste el otro día?

- Si,fuimos el sábado.

- Y qué tal? Tú marido se sintió el hombre más afortunado de allí?

- Si,eso me dijo al llegar a casa.

- Eso es porque sentía que te miraban. Y tú cómo te sentías?

- Eso es algo que mejor me lo guardo para mí.

- De nuevo te vas a comportar como una cría?

- Usted no entiende que haya cosas que me den vergüenza? No soy ninguna cría! – me sorprendió gritarle pero estaba enfurecida.

- Pues demuéstrame que no lo eres y así dejaré de pensarlo.

- Pues sentía que me gustaba que me miraran! Ya consiguió lo que quería. Contento?

- Te excitaba ser observada?

- Si,si… Me excitaba, vale? - estaba enojada. Había conseguido que le confesara algo que solo formaba parte de la intimidad mía y de mi marido. Mi tono de voz había subido por mi enfado - Me va a traer los biquinis o no me los quiere vender?

- Tienes genio. Así me gusta. Que me demuestres lo equivocado que estoy contigo.

Se levantó y fue hacia el rincón donde había amontonadas muchas bolsas de mercancía.

- Quiero uno que vi el otro día que era azul.

Después de rebuscar entre todas las prendas que había allí guardadas, extendió el brazo con el biquini en la mano.

- Este?

- Creo que es ese.

- Toma… pruébatelo.

Todavía me sorprendo al recordar, como sin pensarlo demasiado, apoyé la taza del café en la mesa y levantándome me saqué la camiseta. Me daba igual la vergüenza que estaba sintiendo pero quería demostrarle que no era una cría. Quería hacerle entender que estaba cansada de sus reproches. Al ver mis pechos desnudos, se quedó paralizado y me gustó ver su rostro desencajado por la sorpresa. Intentando aparentar tranquilidad, cogí de sus manos la parte de arriba del biquini y me lo puse.

- Te queda perfecto - se apartó para abrir la puerta del armario donde estaba el espejo - ven… mírate.

Apenas pude prestar atención a mi imagen pues ahí estaba él, detrás de mi. Sus ojos clavados en mis pechos y estos inevitablemente reaccionaron mostrando la dureza de mis pezones bajo la tela que no podía disimular lo que sentía.

- Se nota que te excita que te miren - solo podía escuchar sus palabras cerca de mí oído, sin saber que decir ni hacer - Tienes unas tetas preciosas y te gusta sentir las miradas en ellas.

Las manos de Jairo me apartaron el pelo y sin decir nada, sentí que estaba deshaciendo el nudo de la prenda. No hice nada cuando retiró la tela que cubría mis pechos y los volví a sentir desnudos. No hizo falta decir nada para hacerle saber que tenía razón. Mis pezones, totalmente duros, le estaban respondiendo.

Estaba permitiendo que un hombre que no era mi marido me viera las tetas y lo peor de todo era sentir como mi vagina se puso totalmente mojada. Me asusté por lo que estaba sintiendo entre mis piernas. Pensé en mi marido y con dificultad logré hablar.

- Me llevaré este biquini – me moví hacia donde había dejado la camiseta y me la puse - Cuanto cuesta?

- Este te lo regalo.

- Me lo regala por lo que acabo de hacer?

- No, te lo regalo por haber superado tu timidez y haberte comportado como una adulta.

Sus palabras me hicieron sentir orgullosa. Sabía que ese hombre tenía razón en algunas cosas que me decía y siempre me había fastidiado mucho perder oportunidades en la vida por culpa de mis miedos e inseguridades.

- Gracias. Como puedo hacer para devolverle la ropa de su mujer?

- No te preocupes por eso.

- Pero Rosario no la echará en falta?

- Le explicaré lo que ha pasado.

- Le va a contar todo? – pensar que su mujer podía enterarse que le había dejado a su marido verme las tetas me asustó.

- Ella me conoce de sobra. Sabe cómo soy y, haga lo que haga, sabe que ella es la mujer de mi vida y de quién estoy enamorado.

Esas palabras me dolieron. Yo ni siquiera había sido capaz de decirle a mi marido que ese hombre la semana pasada me había visto en biquini y mucho menos le iba a contar lo ocurrido hacía unos minutos. Me preguntaba cómo se lo tomaría si lo supiera. Recordé como se había excitado al volver de la playa al decirle que me había gustado ser mirada por otros hombres.

Cuando llegué al coche, encendí un cigarro y me quedé pensando en lo sucedido. Seguía excitada y si estuviera en casa me hubiera masturbado. El parking estaba tranquilo y solo se veía a lo lejos un par de hombres que cargaban bolsas en una furgoneta. Con cuidado subí la falda y vi que tenía aquel tanga ajeno empapado.

Por la noche, Pedro se sorprendió por la fogosidad con la que actué mientras follábamos. Lo ocurrido esa mañana me había dejado muy caliente. Al terminar deseaba contarle todo pero no fui capaz. Envidié a Jairo y a Rosario que podían contarse todo.

(Continuará)