Soy Laura, una ninfa ninfómana - Parte 3
Sabe que él está follando arriba. Sabe que debería ignorarlo. Pero el sonido de su placer la moja sin que nadie la toque, y esta noche decide que no va a quedarse esperando.
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PARTE 3
Llevaba cuatro noches durmiendo sola con la misma pregunta entre las piernas: ¿por qué no ha vuelto a bajar? Después de aquel polvo en mi cocina, no volvió a escribirme, ni a cruzar palabra en la escalera. Nada. Como si yo no existiera. Como si no me hubiera dejado temblando, las piernas abiertas y manchadas de sus corridas. Quizás esa era la idea desde el principio: romperme como a una muñeca, disfrutar del destrozo y desaparecer dejando mi coño en coma.
Pero entonces, esa noche, el techo volvió a hablar.
Empezó como la primera vez: un chirrido lento del somier, un ritmo tenue y familiar que me tensó el vientre incluso antes de estar segura de lo que escuchaba. Luego los jadeos, las respiraciones entrecortadas, las frases sueltas, sudadas, desbordadas, y el ruido inconfundible de un polvo que se estaba haciendo con ganas, sin control ni pausas. Ella volvió a gritar. No lo suficiente para asustar, pero sí para calarme entre las piernas como si su placer se filtrara directamente a través del techo y me empapara.
Estaba en la cama, sin pantalón, con una camiseta vieja y sin sujetador, las piernas cruzadas como si intentara retener algo que ya me latía por dentro. Me di cuenta de que tenía el móvil entre los dedos, apoyado en el pecho, y no sabía si estaba temblando por el sonido o por lo que me imaginaba. Su voz estaba más rota esta vez. Gemía como si se le fuera el alma por la boca, como si la estuvieran deshaciendo a base de polla, y no me sorprendía. Ya sabía cómo lo hacía él.
Tragué saliva, me moví un poco entre las sábanas y comencé a sentir el calor húmedo pegado a mi coño como una lengua invisible. Me estaba mojando sin tocarme. Solo escuchando. Igual que la primera vez. Pero esta vez no me iba a tocar en silencio. Que follara a otra era una cosa. Pero que lo hiciera solo unos metros por encima de mi sin que yo pudiera sentir lo que esa ramera estaba sintiendo, era otra muy diferente.
Lo busqué en la agenda sin titubear. Lo tenía guardado desde nuestro primer encuentro. “Jorge – 4ºA”. Le escribí sin pensar, con una mano entre las piernas y el corazón en los dedos.
“Si vas a follártela así, al menos baja luego a terminar conmigo”.
Lo envié sin releerlo. Y esperé.
Durante unos segundos no hubo respuesta, solo el repiqueteo insistente del somier en el piso de arriba, los golpes sordos que me hacían vibrar el colchón, y el eco de ella gritando como si la estuvieran partiendo en dos. Me mordí el labio inferior, miré el móvil con rabia y ternura, como si esperara una llamada suya en medio de aquel vendaval. Y entonces, cuando estaba por rendirme a tocarme una vez más, sola, sucia y vencida, la pantalla se encendió.
“¿Puerta abierta o la hecho abajo?”
No respondí; sólo le dejé en leído. Solo me levanté, me bajé las bragas al suelo y dejé la puerta sin pestillo.
El ascensor ni siquiera sonó. Fue la puerta, apenas un clic seco, y luego el crujido lento del parquet bajo sus botas. No dije nada. Él tampoco. Apareció en la entrada con la camiseta pegada al pecho, húmeda de sudor, el pelo aún algo revuelto y esa mirada que ya me había follado antes de rozarme. Lo reconocí como si lo esperara de toda la vida: el olor a sexo ajeno, a coño reciente, mezclado con jabón y el sudor masculino que traía consigo. Llevaba una bolsa de basura en la mano, que dejó en la entrada.
Lo miré desde el pasillo, descalza, sin bragas, con la camiseta suelta cayendo justo hasta la mitad de los muslos. Ni se molestó en cerrar la puerta. Solo avanzó. Lento. Directo. Su mirada recorrió mi cuerpo con hambre, sin delicadeza, como si tuviera derecho a comérmelo. Cuando estuvo a un palmo de mí, me dijo:
—No tengo mucho tiempo… le he dicho que iba a sacar la basura —dijo mientras señalaba hacia arriba.
Se acercó y me comió la boca. Esta vez no hubo tanteo. No hubo pausa. Fue una embestida con la boca, una invasión con lengua y dientes. Me lamió como si me conociera, como si supiera que ya me estaba mojando desde que escuché el primer grito de la otra. Su cuerpo olía a la guarra del 4-A. Tenía el torso tibio, acalorado con ese ardor húmedo que queda después de haber dejado a alguien deshecha en otra cama. Y ese olor, esa evidencia de otra piel, me encendió más de lo que quise admitir.
Me agarró del muslo y me levantó la pierna con una sola mano, haciéndome perder el equilibrio. Mi coño se abrió solo. No había ropa. No había protección. Solo carne caliente pidiéndolo todo. Me empujó contra la pared del recibidor, volvió a besarme con una intensidad que me dejó sin aire, y deslizó los dedos por mi muslo hasta encontrar el centro.
—Joder, estás ardiendo —murmuró con la voz rasgada, como si aún llevara los jadeos de la otra metidos en la garganta.
—¿Te sorprende? —le respondí, mirándolo desde abajo—. Llevo escuchándote reventarle el coño durante diez minutos.
Me acarició el clítoris con dos dedos y después los metió en su boca.
—Ahora me toca probar el tuyo.
Entonces me giró de golpe y me empujó contra la pared con una mano en la nuca, el cuerpo pegado al mío, la polla dura apretando mi culo por encima del pantalón. Su respiración me lamía la oreja, caliente, desordenada. Y su otra mano bajaba otra vez. Como si no fuera a preguntarme nada. Como si supiera que ya le había dicho que sí desde que le escribí.
Su mano en mi nuca me mantenía pegada a la pared como una orden silenciosa. Podía sentir la textura fría de la pintura raspándome el pecho a través de la camiseta, la piel de mis muslos tensa, el clítoris pulsando sin haber sido tocado más que por un par de dedos malditos. Jorge no dijo nada más. Solo se agachó detrás de mí como si obedeciera un instinto, como si necesitara lamerme para entender qué clase de mujer era la que le escribía mensajes en mitad de un polvo.
Me abrió con las manos, separó mis nalgas con firmeza, con rudeza casi, dejando mi coño empapado completamente expuesto. Lo escuché respirar detrás de mí. Casi un gruñido. Y después, sin avisar, su lengua caliente me lamió desde arriba, desde el punto exacto entre el ano y la entrada, hasta el clítoris, con una lentitud enferma.
Se me doblaron las rodillas de golpe.
—Hija de puta… —murmuró, apenas audible, como si le hablara a mi coño directamente—. ¿Esto es lo que quieres?
Y volvió a lamerme. Más fuerte. Más profundo. Con la boca abierta, con hambre, con saliva caliente chorreando sobre mi piel. Me sujetó de los muslos, me clavó contra la pared, y me comió como si quisiera dejarme vacía. Su lengua se enroscaba en mis labios, entraba un poco, salía, subía en espiral hasta mi clítoris y se quedaba ahí, vibrando, presionando, haciéndolo suyo.
Gemí con la frente pegada a la pared, los dedos arañando la pintura, los ojos cerrados como si no pudiera soportar el peso del placer. Su lengua no paraba. Se movía con precisión, furia y prisa. Lamía con la punta, con toda la boca, con el mentón incluso, como si quisiera embadurnarse entero con mis jugos. Cada vez que se hundía en mí, me sentía invadida. Cada vez que subía al clítoris, me sentía castigada.
—Cómemelo mejor que a esa zorra —lo animé con una excitación que no sentía desde hacía años.
Y siguió.
Me agarró más fuerte, me abrió aún más. Sus dedos se hundieron en la carne de mis nalgas y me expuso por completo, como si quisiera dejarme abierta como un abanico. Sentí su aliento caliente ascender, más arriba, no solo sobre mi coño, sino directamente sobre el centro exacto de mi cuerpo. El lugar donde ninguna lengua había llegado en mucho tiempo. Me lamió el culo.
Fue totalmente sorpresivo. Ese tío era un cerdo de los que tanto me gustaban. Su lengua caliente y acuosa se deslizó directamente sobre mi ano, con una precisión delicada, lenta, firme, sin titubeos. Solté un gemido animal, ahogado contra la pared, con los ojos apretados y los labios temblando. Mi cara se llenó de pliegues en un rictus de placer. Él lo lamía como si saboreara algo sagrado y prohibido. Cuando bajaba de nuevo a mi coño notaba su nariz presionar mi ano. Me deshacía de placer. Mis piernas se retorcían.
Imaginaba mi olor impregnándose en su cara, que luego besaría a otra. Una mezcla de mi coño empapado, mi ano suplicante, de cuerpo recién duchado que aún conserva el perfume entre el vicio. Yo misma me notaba el aroma salvaje entre las piernas. Era el olor de estar en celo. Y él lo devoraba todo como si fuera una exquisitez.
—¿Te gusta el sabor de mi culo, cabrón? —le dije con la voz más puta de la que fui capaz, sucia, jadeando contra la pared.
Él siguió con su casi imperturbable silencio. Respondió metiéndome la lengua más profundo, apretando con los labios, chupándome el ano con hambre, como si fuera el postre que se había ganado después de follarse a su chica. Las rodillas amenazaban con dejar de sostenerme.
—Eso es… así… cómeme bien el puto culo, Jorge… —le solté entre gemidos, girando apenas el cuello—. Cómetelo todo.
Sentí cómo su lengua iba del ano al clítoris y del clítoris al ano, deteniéndose en la tierra de nadie que parecía ser mi coño para hundir su lengua hasta adentro. Me succionaba, me lamía, me babeaba sin pudor, y yo no quería que parara. Yo me abría sola, para facilitárselo todo, estirando más y más las piernas. Me arqueaba. Empujaba el culo hacia atrás para ofrecérselo más, para que no dejara de meter esa lengua en mis agujeros.
—¿Te pone que esté así de abierta? —le dije—. Estoy seguro de que estoy más buena que tu mujercita.
Me contestó con un gruñido profundo, con una lamida más lenta, más densa, como si le chupara el alma a mi ano. Sentía su saliva bajándome por los muslos, la piel mojada, el calor subiendo por el vientre como un orgasmo en llamas.
—Sigue, cabrón… sigue… no pares hasta que me corra —le ordené entre jadeos y espasmos—. Me voy a correr en tu puta boca.
Y él no paró.
Su lengua se volvía más rítmica, más obscena. De vez en cuando hacía un ruido de golpeteo frenético con la lengua que me ponía los ojos en blanco; tap, tap, tap, tap. Me follaba con ella, directamente, metiéndola y sacándola con los labios abiertos, el mentón empapado, el aliento caliente clavándose en mis nalgas. Me estaba rompiendo de placer solo con la boca.
Tras lengüetearme durante unos momentos, metió dos dedos de golpe, mojados en mi coño, y me los clavó con fuerza mientras me seguía lamiendo el culo, combinando su lengua con una penetración rítmica, profunda, torciendo los dedos hacia arriba. El cabrón sabía lo que hacía. Su boca se hundía en mi ano con el mismo hambre con el que me follaba con los dedos, bombeándome con intensidad, chasqueando, metiéndolos hasta el fondo.
—¡Aaahh… joder… sí! ¡Así, hijo de puta! ¡Ni se te ocurra parar! —grité, jadeando, con la frente apoyada contra la pared y la boca abierta como una poseída.
En ese momento ya me los metía casi con violencia, sin pausa, con los nudillos mojados chocando contra mis labios, y su lengua se mantenía arriba, succionándome el ano, moviéndose rápido, caliente, descontrolada. Era como si me estuviera follando por dos sitios a la vez: con la boca y con las manos. Y yo ya no podía soportarlo.
—¡Me corro! ¡Me voy a correr, joder, no pares, NO PARES! —solté, casi gritando, entre gemido y gemido.
Y fue como un estallido desde dentro. Me corrí de forma descomunal, sacudiéndome entera, echándome hacia atrás casi sentándome sobre su rostro, con el clítoris latiendo, los dedos clavados dentro, el culo temblando contra su lengua eléctrica. Me vino un orgasmo largo, húmedo, con la boca abierta en un grito que no pude controlar. Sentí cómo mis músculos se cerraban alrededor de sus dedos, cómo mi ano se contraía contra su lengua aún metida, cómo todo el pasillo se volvía una extensión de mi coño.
Me agarré a la pared como si el mundo girara. Jorge siguió lamiendo mientras yo me sacudía, sin sacarme los dedos, bombeándome suave, saboreando cada gota como si fuera un premio. Solo cuando ya no podía más, cuando mi cuerpo era un amasijo de sudor, saliva y gemidos, se levantó con la boca mojada, la cara brillando, y la mirada de un hombre que sabe que lo ha hecho bien.
—¿Te aguantas de pie? —me dijo con una media sonrisa.
—Me has dejado sin piernas —le contesté, sin aliento—. Ahora me toca a mí.
Me giré, aún con las piernas abiertas, el coño goteando, la camiseta pegada a la espalda. Me arrodillé frente a él sin decir nada más, y bajé el pantalón con una sola mano. Su polla saltó libre, dura, gruesa, aún húmeda del polvo anterior. Olía a sexo. A polla. A otra. A vicio puro.
Y a partir de ese momento, lo único que importaba era meterme esa polla en la boca y ensuciarlo entero. Ese hombre hacía que mi faceta más perra subiera a la superficie.
Me arrodillé sin mirarlo, bajando sus pantalones con una sola mano, y su polla salió como un resorte. Grande, dura, venosa, con la piel aún tirante por la última follada. Olía a sexo mezclado con sudor, a esa mezcla que solo se consigue después de haberse corrido dentro de otra. Y en vez de molestarme, me puso aún más cerda.
—¿Te la ha chupado después de follártela? —le pregunté con la voz fiera, sin esperar respuesta.
Le escupí directamente en la punta.
Un hilo grueso y caliente que chasqueó contra su glande. Pfffuu. Luego lo esparcí con mi lengua plana, como si lo saboreara. No lo lamía con elegancia, no. Lo embarraba con saliva como una cerda hambrienta, desde la punta hasta el tronco, bajando a los huevos y volviendo arriba con un gemido que parecía sacado del fondo de la garganta.
—Ahora la vas a meter en una boca de verdad, cabrón —le solté mirándolo desde abajo, con los labios ya brillando—. No en la de esa que gime como si estuviera actuando.
Él me agarró del pelo. Fuerte. No dijo nada, pero su polla se tensó en mi mano. Y entonces me la metí entera. Sin transición. Ggghhlmm.
El glande chocó con mi garganta, los labios se abrieron hasta el límite. Sentí cómo el aire se me cortaba y cómo la saliva se acumulaba a los lados de mi lengua. Me follé sola la boca, con fuerza, sin pausa, bombeando con la cabeza como si lo necesitara en el pecho. Él gruñó, bajito.
—Joder, vecina…
Saqué la polla de golpe con un chasquido húmedo y me la pasé por la cara. Me golpeé una vez en la mejilla, y yo giré la cara para recibirla en la otra. Pla. Pla.
Me relamí. Le agarré la base con las dos manos y lo froté contra mi lengua extendida, babosa, sucia.
—Vamos, fóllame la boca.—le susurré con la saliva cayéndome del labio.
Me obedeció. Me agarró de la nuca con una mano firme, y me la metió entera, hasta el fondo de la tráquea. Podía ver cómo incluso se le doblaba el falo. Esta vez él marcaba el ritmo. Yo abría la boca, jadeaba, babeaba sin vergüenza, dejando que la saliva chorreara por mi barbilla o saliera disparada por los huecos de mi boca mientras su polla me entraba y salía como un pistón.
Gggghhkk… glp… glrk…
Sonidos reales, sucios, pegajosos. Me follaba la cara como si quisiera borrarme la voz con su polla. Mis ojos empezaron a llorar, mi garganta a adaptarse.
—¿Eso te gusta, eh? —jadeó él, empujándome—. ¿Que te la meta hasta el fondo, con la polla llena de otra?
Saqué la lengua todo lo que pude, con la polla apoyada en ella, y le respondí sin poder articular:
—Mghsí… —asentí con los ojos, tragando saliva—. ¡Mghsí, joder… fóllame más!
Me la sacó un segundo, yo jadeé, escupí directamente sobre su glande otra vez, plaf, y me la metí de nuevo sola, hasta hacer tope. Me golpeaba la garganta, y yo no me apartaba. Quería que se corriera así, dentro, profundo, sucio. Me la saqué con una arcada y lagrimeando, y volví a encajármela hasta el fondo.
Él me sostenía. Controlaba. Apretaba el ritmo. Y yo, arrodillada, babeando y gimiendo con la polla enterrada en la boca, pensaba solo una cosa: Joder esta polla tiene que ser mía. Me follaba la boca como si quisiera castigarme por el mensaje, por provocarlo, por haberle hecho bajar mientras la otra aún jadeaba arriba. Y yo no solo lo aceptaba: lo pedía. Lo guiaba con la boca abierta, con la lengua suelta, con los ojos llorosos y brillando de deseo.
Su polla entraba y salía de mi garganta como si mi boca no fuera una boca, sino un coño hambriento hecho para él. Las arcadas empezaban a mezclarse con los gemidos. El ruido era puro porno: saliva chasqueando, jadeos entrecortados, garganta apretando.
Gghhkk… slrk… pllf…
Lo miré desde abajo con los ojos húmedos y las mejillas empapadas, dejando que su polla me golpeara en la cara como si fuera para su gozo y disfrute. Me la pasé por la mejilla una vez más, haciendo ese ruidito de puta sumisa: un beso en falso, ese plop sucio que suena cuando una polla gotea sobre piel mojada.
—¿Vas a correrte, eh? —le murmuré mientras lo masajeaba con las dos manos, toda babeada—. ¿Quieres llenar mi cara de leche, Jorge? Venga, quiero olerte toda la noche.
Él no respondió con palabras. Solo me la metió otra vez hasta el fondo. Empujó. Más. Más. Y más.
Y entonces, con un jadeo ronco, quebrado, casi animal, me agarró de la nuca con ambas manos y se sacó justo a tiempo.
—¡A la cara! —le grité jadeando, con la lengua fuera y los ojos cerrados—. ¡Dámelo todo, cabrón! ¡Mánchame con tu puta corrida!
Saqué mi lengua y me expuse como diana. El primer chorro caliente me golpeó en la mejilla, el segundo directo en la nariz, y el tercero me cayó entre los labios. Jorge jadeaba mientras me la sacudía sobre la cara, los músculos de su abdomen tensos, el cuerpo contraído. Yo no me moví. Sonreía incluso, con la cara empapada, con el semen escurriéndome por la barbilla.
—Mira qué puta… —murmuró entre dientes.
—Porque lo soy —le respondí en voz baja, lamiéndome los labios—. La puta que te escucha desde abajo y se corre solo con oír cómo te la follas a ella.
Jorge me acarició la mejilla con la punta aún húmeda. Yo la besé. Suave. Lenta. Como si agradeciera el disparo.
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