Xtories

Soy Laura, una ninfa ninfómana - Parte 2

Laura no podía dormir pensando en la voz que la hizo correrse sola. Cuando por fin lo ve, sabe que es él. Y esta vez, no piensa dejar que se vaya sin probarlo.

AnitaLuxury7.9K vistas9.6· 9 votos

Descubre todos mis relatos en 🔥 PATREON - Suscríbete y disfruta de contenido nuevo cada semana 🔥

PARTE 2

Pasaron tres días desde aquella noche.

Tres noches en las que no pude dormir sin pensar en ellos. En él. En su voz. En su gemido final. En cómo la follaba como si quisiera vaciarle la vida dentro. A veces cerraba los ojos y volvía a escucharla gritar, sentir cómo mi cuerpo reaccionaba solo, mojándose, latiendo… Y a veces, sin que yo lo buscara, mi mano bajaba otra vez, como una autodefensa, como si mi cuerpo dijera: “vamos, una más, no te hagas la digna”.

Pero lo que más me obsesionaba era no saber quién era. ¿Quién era ese hombre? ¿Y esa mujer? ¿Pareja? ¿Follamigos? ¿Un polvo casual? Y lo más importante: ¿me habían oído?

Hoy, al bajar con la basura, lo supe. Lo vi.

Estaba subiendo las escaleras, con una bolsa de papel bajo el brazo y una camiseta blanca pegada al torso por el calor. Alto. Moreno. Mandíbula marcada. El tipo de hombre que camina como si supiera follar. Ni rápido, ni lento. Seguro. Peligroso.

Lo supe sin margen de error. Era él.

Lo reconocí por la voz. No el gruñido —ese que me había hecho venirme con solo oírlo—, sino por una risa baja que dejó escapar al tropezar con un escalón. Igual que la que había escuchado después del polvo, la misma que me llegó como un eco mientras me limpiaba las piernas empapadas en mi cama.

Nuestros ojos se cruzaron en el segundo piso. Yo bajaba, él subía. Silencio absoluto. Él me miró. No como se mira a una vecina. Me escaneó. Sus ojos bajaron por mi cuerpo con miradas rápidas, como si se permitiera desvestirme sin culpa. Yo llevaba unas mallas negras ajustadas y una camiseta ancha sin sujetador debajo. Los pezones se marcaban, y yo lo sabía. También lo sabía él.

Nos quedamos así. Frente a frente. Sin moverse.

—Hola —dijo finalmente, con una voz que ya me había hecho gemir sin tocarme.

—Hola —respondí, algo más seca de lo que esperaba. Me temblaron un poco las piernas. Y otra cosa también.

—¿Piso…?

—Tercero A.

Asintió. Ni una sonrisa. Solo la mirada, firme, directa.

—Yo el cuarto A.

Por si quedaban dudas. La pausa después fue corta, pero espesa.

Él me sostuvo la mirada. Bajó un milímetro la cabeza. Sonrió, apenas. Ni educado, ni simpático. Una sonrisa como una llave: corta, torcida, sucia. Una que decía yo sé lo que hiciste esa noche.

Y luego siguió subiendo. Sin girarse. Sin prisa. Me quedé parada en el descansillo, la bolsa de basura colgando de mi mano, los muslos apretados sin darme cuenta.

Él no me dijo nada más. Y sin embargo… me lo dijo todo.

___________________________________

Me quedé pensando en su mirada todo el día.

No era la de un hombre cortés. Ni la de uno nervioso. Era la mirada de alguien que, si quisiera, me follaría contra la pared del descansillo sin decir una palabra. Y yo... no haría nada por impedirlo.

Ese tipo de hombres me perdía. Y ese, el del cuarto A, ya me tenía. Desde antes de saber cómo se llamaba. Desde el primer gemido que le oí provocar.

Por eso, cuando subí con las compras esa tarde, no cerré bien la puerta. La dejé entornada, como si se me hubiera olvidado. Me duché. Lenta. Espuma entre las piernas, agua caliente y pensamientos sucios. Al salir, me puse solo una toalla. Sin bragas. Sin sujetador. Solo esa tela fina blanca atada flojo, amenazando con desanudarse y dejarme expuesta en cualquier momento.

Caminé hasta la cocina, con la puerta del piso aún entreabierta. Y entonces… ocurrió.

Escuché pasos en el rellano. Una pisada seca. Dos. Se detuvo frente a mi puerta. Lo supe. Su respiración también se escuchaba si uno prestaba atención. O quizá era mi deseo fabricando pruebas. No dije nada.

Me agaché a guardar unas botellas de agua en el mueble bajo del armario, de espaldas a la entrada, dejando la toalla subir ligeramente por encima del culo, apenas cubierta. Y ahí me quedé. Doblada. Expuesta. El coño desnudo, húmedo, apretando por una atención que no llegaba.

Esperé. Unos segundos. Un minuto.

Y entonces, como si el universo jugara conmigo, escuché cómo los pasos seguían. Se alejaban. Volvía a subir las escaleras. Sin haber entrado. Sin haber dicho nada.

Pero me había visto. Estaba segura. No por intuición femenina, no. Porque cuando fui a cerrar la puerta del todo, encontré un leve rastro de barro en el suelo. Una pisada húmeda. Solo una. Como si alguien se hubiera quedado ahí, un instante, bebiéndose la escena.

Sonreí. Juego iniciado.

___________________________________

Unos días después, lo esperé en la escalera como quien acecha a una presa.

Sabía su rutina. No por obsesión, sino por observación. Bajaba a eso de las ocho y veinte, siempre solo, siempre en camiseta o camisa abierta, siempre con esa energía contenida de alguien que necesita follar más de lo que lo hace. Hoy llevaba una sudadera gris, las mangas remangadas, y el pelo mojado aún, como si acabara de ducharse.

Entró en el ascensor sin mirar alrededor. Yo salí de mi piso justo cuando las puertas se estaban cerrando.

—¡Espera! —grité, con el tono justo entre casual y excitada.

Metí la mano entre las puertas antes de que se cerraran, y se abrieron con ese pitido leve. Él me miró. No dijo nada. Solo asintió, un gesto breve, contenido. Yo entré.

El ascensor era viejo. Pequeño. Paredes de metal pulido con manchas de tiempo. Cabíamos apenas los dos. Mi brazo le rozaba el suyo. Mi perfume llenó el espacio. Iba ataviada con un top blanco sin sujetador, y sabía perfectamente cómo se marcaban mis pezones bajo la tela fina y cómo se formaba un canalillo bastante escandaloso entre mis tetas. Llevaba además unos pantalones de yoga grises que marcaban todos mis resquicios. Estaba segura de que él me estaba comiendo con los ojos.

—Gracias —le dije, con una sonrisa ladeada.

Silencio.

El ascensor bajó al tercero. Mi planta. Las puertas se abrieron. Pero no me moví. Él me miró de reojo.

—¿No bajas?

—No. Pero justo iba a tocar tu timbre. ¿Puedo pedirte un favor tonto?

Alzó una ceja. La primera señal de que algo se movía detrás de esa fachada dura.

—Claro.

—Tengo una lámpara de techo que no alcanzo a cambiar. Y sé que es muy tonto, pero como te vi ayer subiendo… y tú eres alto…

Pausa. No dijo nada. No hizo falta. Él salió primero y me esperó a un lado. Yo me dirigí hacia mi puerta, contoneando el culo disimuladamente. Cuando estaba abriendo la puerta de mi piso, él me preguntó:

—¿Cuál es la lámpara?

—No está puesta aún. Está en el pasillo. Solo necesito que me la coloques.

Mis palabras estaban medidas. Casi inocentes. Pero mis ojos, no. Él asintió.

—Vamos.

Y entró en mi piso. Cuando cruzó el umbral, cerré la puerta tras él con un sonoro clic. Fue intencionado. Como si sellara un pacto tácito. Como si el sonido dijera: ahora estás dentro, y saldrás distinto. Me sentía, en cierta forma, como una araña atrapando a una presa. Eso me hacía sonreír para mis adentros. Estaba excitadísima.

Él entró sin decir nada, los ojos explorando con esa calma tan masculina. Se detuvo en el pasillo y alzó la vista. Allí estaba: la lámpara envuelta en plástico sobre una silla, y un cable colgando del techo.

Era verdad. Más o menos.

—¿Esa? —preguntó.

—Esa —respondí, desde atrás.

Él se quitó la sudadera, revelando un torso fuerte bajo una camiseta ajustada, el tipo de cuerpo que no presume de gimnasio, pero que deja claro que sabe usarlo. Subió a la silla sin dificultad, alzando los brazos, y su camiseta se levantó lo justo para dejarme ver el inicio del vientre, la cintura estrecha, el vello que bajaba hacia donde yo ya imaginaba. Ese happy trail que me hizo humedecerme ligeramente, iniciando algo mayor en mi interior.

Me acerqué con la lámpara en las manos. Muy cerca.

—Toma —le dije.

Él la agarró sin mirarme, concentrado. Pero yo no podía dejar de mirarlo. El cuerpo extendido, la tensión en los brazos, la forma en que el pantalón se pegaba al culo al estirarse para alcanzar el cableado. El olor. Ese olor tan masculino, a jabón, calor corporal y calle. A aftershave y colonia fuerte.

Me puse detrás. Cerca. Lo suficiente como para que mi pecho rozara su espalda al estirar el brazo.

—¿Está bien así?

Silencio. Ni un "sí". Ni un "no". Pero se detuvo y bajó muy lento. Se giró, ya con la lámpara a medio instalar y me miró. Firme. Directo. Yo sostenía aún el embellecedor de plástico y le devolvía la mirada, con sensualidad escondida.

—¿Y esto dónde va? —pregunté, levantando el objeto sin necesidad.

—Aquí —dijo, y alzó la mano, envolviendo mi muñeca con la suya, guiándome.

La piel me ardió. Nuestras manos, juntas. El calor, el roce. Un segundo eterno. Su cuerpo estaba cerca. Demasiado cerca. Aspiré su la mezcla de sus fragancias y me humedecí un poco más. Pegué mi pecho al suyo sin mover los pies. Él no se apartó. Me sacaba una cabeza por lo menos.

Y entonces, por fin, hablé sin filtro, mirándole seductoramente:

—¿Eres tú el que la otra noche follaba como si estuvieras partiendo en dos a alguien?

Silencio. Él no reaccionó al instante, pero luego bajó la mirada a mi boca y sonrió. Era una sonrisa mínima, arrogante, peligrosa.

—¿Te gustó? —preguntó en voz baja.

—Me corrí escuchándolo.

Él no respondió con palabras. Me empujó contra la pared con una seguridad brutal, sin violencia, pero con hambre. Mi espalda golpeó el gotelé del pasillo y, en el mismo segundo, su boca se estampó contra la mía.

El beso no fue suave. Fue directo. Lujurioso. De esos que no preguntan, que invaden, que muerden. Me abrió la boca con la lengua como le perteneciera. Me agarró por la cintura con fuerza, atrayéndome contra él, y sentí su polla dura marcando su pantalón, presionando mi vientre.

Gemí. No de sorpresa. De pura excitación. Él gruñó contra mi boca, como si eso lo encendiera más. Sus manos bajaron a mi culo, me lo amasó por encima de los yoga pants como si necesitara comprobar que estaba ahí. Me sentí deseada, cazada, atrapada. Y eso me encendía aún más.

Deslicé una mano bajo su camiseta, acariciando la piel caliente de su abdomen, los músculos firmes. Él subió la suya, la metió directamente bajo mi top, y me agarró una teta con toda la palma, sin rodeos, apretándola con presión medida.

—Qué rica estás… —murmuró contra mi cuello mientras me lamía con la lengua húmeda y caliente, como si saboreara mi piel, mi sudor, mi tensión.

Me llevó de espaldas hacia la cocina, la primera habitación que se encontró a su paso, sin dejar de besarme y toquetearme. Me besaba como si hubiera estado esperando esto desde el primer gemido. Como si supiera lo que yo hacía en mi cama mientras él se follaba a su mujer, novia, amante o lo que fuera. Esa zorra no me importaba.

Yo también estaba desatada. Le arañé la espalda, le mordí el labio, me restregué contra su cuerpo con una necesidad animal. Su mano bajó por debajo de la cinturilla de mis leggings. No llegó al final, solo se quedó ahí, acariciándome la cadera con los dedos peligrosamente cerca del infierno.

—¿Sabías que te estaba esperando el otro día? —le susurré al oído—. Con la toalla. El coño al aire. La puerta abierta. Para ti.

—Lo sabía —dijo, con una sonrisa rota y oscura—. Pero te quiero sin toalla.

Me dio la vuelta con facilidad. Su boca bajó a mi cuello y lo mordió. Me arrancó un gemido que no pude contener. Me tenía contra la pared de nuevo, una mano en mi cintura, otra bajo mi top, frotando mi pezón como si quisiera arrancarlo a base de caricias.

—¿Te gusta así? —me preguntó, con la voz ronca y la mirada oscura.

—Prefiero que me folles —le dije, jadeando.

Él rio. Bajo. Perverso. Con esa voz grave y varonil. Me giró y me empujó con esas manazas contra la encimera de la cocina como si ya supiera el camino. Me tenía de espaldas, el culo pegado a su pelvis, la respiración en mi nuca. Su polla se apretaba contra mis trasero prometiendo delicias.

Me bajó los leggings de un tirón, sin delicadeza. Mis bragas fueron con ellos, hasta los tobillos. Me quedé medio inclinada, con las piernas abiertas y el coño mojado y deseoso, completamente expuesto.

Él soltó un bufido.

—Joder, estás chorreando.

—Cállate y fóllame —le solté sin pensar.

No hubo aviso. Solo sentí su mano caliente abriéndome las nalgas, y su polla deslizándose entre mis labios. No la metió. La frotó. Varias veces. Lenta. Gruesa. Húmeda.

—¿Esto es por mí? —preguntó, pasando la punta por mi entrada y luego subiéndola hasta el clítoris.

—Esto es por la noche en que hiciste que me corriera sola como una perra. Métetela ya. Hazlo.

Y lo hizo. Me la metió de golpe. Entera. Hasta el fondo. Sin piedad. Solté un grito seco que se perdió entre los azulejos.

Su polla era indudablemente grande, de las que me gustaban. Caliente. Recta. Gruesa. Me abrió como si mi coño estuviera hecho a su medida.

Empezó a darme. Con fuerza. Empujando desde atrás, con las manos en mi cintura. Mis tetas rebotaban contra el mármol. Cada embestida era un golpe sordo contra mi cuerpo, un gemido que no podía controlar.

—¡Sí! ¡Joder! ¡Así, cabronazo!

Me tenía doblada, empapada, abierta, goteando. Me agarró del pelo y me tiró hacia atrás, haciéndome gemir con la espalda encorvada mientras me seguía follando como un toro.

—¡Más…! ¡Más…! ¡No pares! —suplicaba, ya sin vergüenza.

Y no paró. Me folló como si me tuviera rabia contenida. Como si llevara semanas esperándolo. Como si el polvo que le dio a la otra furcia no hubiera sido suficiente. Me lo estaba cobrando todo en ese momento.

Sus huevos chocaban contra mí en cada embestida. Choc, choc, choc. Mis piernas temblaban tras cada penetración. El sonido de la piel golpeando piel llenaba la cocina como una lluvia caliente. Y entonces sentí el primer orgasmo subir desde el vientre.

—¡Me voy a correr! —grité, descontrolada—. ¡Me corro…!

Y me corrí con su polla dentro, empujando, dura, firme. Me corrí con las piernas temblando, el clítoris latiendo, el cuerpo entero gritando por dentro y mi boca por fuera. Y él me sostuvo. Me la siguió metiendo. Hasta que también explotó. Se vino dentro. Caliente. Profundo.

Ambos quedamos jadeando, pegados, temblando. Su polla aún dentro. Su semen chorreando por mis muslos.

Luego silencio. Solo nuestros alientos. Y entonces, sin girarse, sin moverse, susurró:

—Este será nuestro secreto, ¿vale?

—Siempre que me des más polla… tu secreto está a salvo conmigo.

Antes de marcharse, intercambiamos nuestros teléfonos. Luego se fue, dejándome allí, con los muslos pegajosos de su lefa y contando los minutos para volver a tenerlo dentro.

Descubre todos mis relatos en 🔥 PATREON - Suscríbete y disfruta de contenido nuevo cada semana 🔥

Continúa en