Madura cornuda follada por su mejor amigo (y 3)
Es la última noche juntos, y Fe decide dejar atrás la vergüenza para probar lo que siempre soñó en secreto. Roberto está listo para cumplir su fantasía, pero el cuerpo tiene sus propios planes para el amanecer.
Retomo el relato de mi efímera relación como amante con mi amiga Fe. Es la misma historia contada en “La aventura de mi amiga Fe”, pero esta vez desde su punto de vista. Los hechos son totalmente reales, los pensamientos de ella, suposiciones mías basadas en el profundo conocimiento que tengo de mi amiga Fe. A partir de ahora, habla ella.
La primera parte de esta historia finalizaba conmigo, Fe, ofreciendo a Roberto cumplir una fantasía conmigo. Lo que me pidió fue que le dejara correrse en mi cuerpo, para poder verme recién follada cubierta por su semen. Así lo hicimos y ahí terminaba la parte anterior. Continúo, intentando ser lo más fidedigna posible a la realidad.
Después del desaguisado que mi amante, Roberto, provocó con su eyaculación masiva, me tuve que duchar. Limpita y reluciente, volví a la habitación tras unos minutos, con una sonrisa de oreja a oreja y, ágilmente, me tumbé junto a él. Estuvimos un buen rato hablando de cosas insustanciales, muy a gusto. Pasado un tiempo, volvió a la carga y empezó a acariciarme los muslos, mientras volvía a besarme una vez más.
- Bueno, Fe, ya sabemos cuál era mi fantasía y la hemos cumplido.
- Vaya si la hemos cumplido. Me has duchado entera, ja, ja, ja. (Me había hecho sentir como una auténtica guarra, pero en el fondo me ponía)
- Perdón. Espero que no te haya resultado desagradable.
- No, que va, tiene su morbo.
- Y a ti, ¿qué te da morbo? ¿Qué te gustaría que te hiciera?
- Uff, no sé, ¿más cosas de las que ya me has hecho?
- Piensa un poco, mujer. Saca esa Fe salidorra que llevas dentro.
- Últimamente la estoy sacando demasiado. Sobre todo, contigo.
- Pues a mí me encanta esa versión de ti. No la conocía y me encanta.
- Tengo que reconocer que yo tampoco la conocía. Me sorprende mucho algunas cosas que hecho contigo.
- Venga, que es nuestra última noche juntos. Habla o calla para siempre.
Esto último me hizo pensar que había algunas cosas que sabía que me podían gustar y excitar, pero que no me atrevía a pedir porque me daba mucha vergüenza, pero que si no las hacía con él en ese momento, probablemente no las haría jamás. Estaba claro que con Roberto me atrevía a cosas que con mi marido no.
Como lo que estábamos haciendo no se podía verbalizar con nadie más, ni siquiera entre nosotros una vez terminase esa aventura efímera, se había creado un espacio de irrealidad, que nos hacía pensar que lo que estábamos haciendo no era del todo real. Por tanto, sentíamos que podíamos hacer lo que quisiéramos, que una vez hecho sería como si no hubiese ocurrido nunca, por lo que yo no tendría ningún cargo de conciencia por mi infidelidad y podría continuar como si tal cosa con mi matrimonio con Iván y con mi amistad inocente y sincera con Roberto. Por eso intenté probar cosas distintas con mi amante, aunque aún no me atrevía a contarle mis verdaderas fantasías. Quizás metidos en harina lo haría.
- Bueno, hay una cosa que hice una vez con Iván que me gustaría repetir contigo. A él me da vergüenza pedírselo. Me lo hizo una vez que había bebido un poco y me gustó mucho.
- Cuenta, cuenta.
- Me gustaría que me hicieses el amor a cuatro patas, como si fuese una perrilla. (Esa no era mi verdadera fantasía, pero era un principio)
- ¿Solo es eso? Fácil entonces.
Nos besamos durante un rato y él empezó a masturbar mi coño. Cuando los dos estábamos nuevamente excitados, me dijo: “Vamos, ponte en posición”. Me puse a cuatro patas.
Las pocas veces que me he puesto así con mi marido él se excitó muchísimo al verme así, pues me dijo que mi chumino y mi ojete se veían perfectamente desde detrás, pues no tengo unos muslazos ni un culazo gordo que lo oculten todo, como suele ocurrir con las mujeres de mi edad. Mis labios vaginales grandes quedan resaltados a cuatro patas. En una ocasión me puse un espejito para ver lo que veía mi marido cuando yo estoy a cuatro patas y me pareció que la visión de mi ano era completamente obscena y pornográfica, además de desagradable, pues mi orificio anal es realmente grande, semiabierto, e incluso deja ver el interior. Además, tengo mucho vello alrededor del ojete y una protuberancia en un lado del orificio, que es una hemorroide que me hace polvo cada vez que voy al baño, ya me entendéis.
Tengo las nalgas muy separadas, por lo que es habitual que las bragas se me metan un poco por el culo y cuando llevo pantalones un poco ceñidos se produce el efecto de que se me meten por el culo.
Roberto tardó en penetrarme una vez que me hube puesto a cuatro patas. Supuse que estaba flipando con mi ojete. Le tuve que animar a follarme el coño.
- Te lo estás pensando mucho.
- Ah, perdona. Voy.
Cogió su polla y la introdujo en mi chocho desde atrás.
- Aaaaaah. [Grité sorprendida]
- ¿Te he hecho daño? – preguntó asustado.
- No, es que la tienes muy grande y me la has metido muy dentro. En esta postura la penetración es muy profunda, por eso me gusta, pero claro, Iván no llega tan dentro como tú – me reía mientras lo decía.
- Perdona, iré poco a poco.
- Parece que me va a salir por la boca, ja, ja, ja. – Yo pensaba, “qué pedazo de polla, me va a remover hasta las entrañas”.
- No será para tanto. – ¿Qué no?, pensé yo, ya me gustaría verte a ti con una tranca como esa dentro del culo. Te habrías desmayado ya.
Continuó follándome despacio, metiendo y sacando totalmente, y una vez dentro, combinando penetraciones en las que solo metía unos centímetros con otras en las que llegaba hasta el fondo de mi chumino, momento en el que yo daba unos gemidos profundos y largos. Yo estaba en la gloría. Roberto me ponía super cachonda. Tiene una manera de follar muy distinta a la de mi marido, más pausada, y aunque solo sea por la novedad, me encanta.
Mientras, yo no podía dejar de pensar en que él estaría observando mi horrible ano, aunque a lo mejor le daba morbo. Yo estaba tan salida a esas alturas, que a mí misma me daba morbo que él estuviese viéndome el ano mientras me follaba. Ciertamente, yo ya no tenía absolutamente ningún secreto para él, al menos en el plano físico.
Mientras me follaba, con una mano él me masturbaba el clítoris. Me estaba poniendo a cien por hora, pero mi verdadera fantasía no era esa. En una ocasión, mi marido, después de beberse algunas copas, mientras me follaba a cuatro patas se atrevió a meterme un dedo por el culo y a mí me puso cachondísima. Quería repetirlo con Roberto, pues nunca me he atrevido a confesarle a mi marido que me encantó que me hiciese eso. Por eso, en un momento dado, cogí la mano de Roberto con la que me estaba masturbando y la retiré de mi chocho.
- ¿No te gusta lo que te hago?
- Sí, pero quiero que me hagas otra cosa. Solo la he hecho una vez y me gustó mucho. Pero me da muchísima vergüenza pedírtela.
- No te preocupes. Seguro que me gustará mucho.
- ¿Seguro?
- Sí, sí.
- Ponme la mano detrás. [No sabía cómo pedírselo]
- ¿Cómo?
- Quiero que me hagas lo que me estabas haciendo por delante, pero por detrás. Con un dedo.
- ¿Por el culo?
Verbalizado de esa manera me hizo parecer como una enferma ninfómana. Yo estaba tan avergonzada que no contesté. Estaba convencida de que me iba a decir que no. Yo, por si acaso, cuando me duché me lavé especialmente bien esa zona. Pero enseguida me di cuenta de que Roberto esa noche haría cualquier cosa que yo le pidiese, por sucia que fuera. Suavemente empezó a acariciar mi ano y poco a poco introdujo su dedo índice en mi culo. Di un respingo y un gemidito, cómo lo deseaba. Con la voz de putita complaciente que se me pone cuando estoy especialmente cachonda, le dije:
- Está limpio, me he lavado bien con jabón cuando me he duchado.
- Sí, es verdad. Se pueden comer unas sopas en él.
- Que papón eres.
Ahí dejamos de hablar y comenzamos a explorar nuestros límites, especialmente los míos. Él seguía con su polla metida en mi coño. Pero el protagonismo, sin duda, era en ese momento de mi otro agujero. Ahí es donde estaba el verdadero morbo. No quiso profundizar demasiado en la penetración digital, por lo que solo metió unos tres o cuatro centímetros de su dedo. Cuando lo sacaba, acariciaba mi ano peludo por fuera, e incluso se atrevía con la protuberancia que me nacía en el lado derecho del orificio. De pronto, saco su polla de mi rajita y metió dos dedos de la otra mano en la vagina y me sacó una buena cantidad de flujo que untó en mi ano para facilitar una nueva penetración anal de su dedo. Yo estaba cachonda perdida y no paraba de gemir como una perra en celo.
- Me tienes a cien- le confesé.
- Yo también estoy super cachondo, paponcilla. [Ya lo suponía por el tamaño de su tranca]
Sacó el dedo y empezó a frotar su pene por el exterior de mi ano. A veces me apretaba fuerte.
- ¿Te hago daño?
- Nooo…oooo – yo estaba tan excitada, que apenas podía hablar.
En ese momento, paró y corrió al cajón de su mesilla, lo abrió y sacó un tubo de lubricante. Lo colocó en la entrada de mi ano y apretó. Di un gritito (“qué frío está”) al sentir el lubricante en el interior de mi culo. Después colocó la punta de su pene en mi ano y comenzó a apretar, con intención de entrar.
- No te preocupes, solo te voy a meter la puntita.
- Pareces un viejo verde engañando a una chica joven.
- Ja, ja, ja. La verdad es que ha sonado un poco mal. No te preocupes, que te va a gustar.
- No lo estás mejorando, papón.
- Si quieres paro.
- Me da un poco de miedo. Me atrae mucho la situación, pero no sé. [Yo estaba muy nerviosa. Esto ya era demasiado. Me atraía la situación, a veces había fantaseado con ella, pero temía que con su tamaño pudiese desgarrarme el ano y acabar en urgencias. A ver cómo lo explicaba, que en esta ciudad nos conocemos todos.]
- Podemos probar y me dices. Meto solo el capullo, nada más.
- Podemos intentarlo, pero muy despacito, por favor. [Estaba tan excitada que estaba dispuesta a cualquier cosa. Creo que si me hubiese pedido que le mease hasta lo habría hecho. O que si me pedía que se la chupase, habría acabado saboreando su pollón]
La tensión se cortaba con cuchillo. Cuando empezó a entrar en mi ano dilatado yo, gravemente y con voz de circunstancias, dije, "Arriquitaun", queriendo decir, esto no tiene vuelta atrás, vamos allá, con dos pelotas, o en mi caso, con dos ovarios, ja, ja, ja.
Así es como Roberto empezó a darme por el culo. Ciertamente, no se puede decir que me lo desvirgase, pues como me prometió no metió más de tres o cuatro centímetros, intentando no forzar la situación. Consiguió que los dos estuviésemos cómodos y que fuera un momento de disfrute y placer para los dos. Llevar nuestros límites un poco más allá, pero tampoco romperlos del todo. Roberto dio con la tecla y consiguió el grado de penetración justo como para que ambos tuviésemos la sensación de que estábamos practicando sexo anal, con el morbo que eso implica, pero sin que me llegase a doler de verdad, aunque sí que estaba un poco forzada, ni hubiese un desgarro que me hiciese polvo el ano y me hiciese sangrar. Mientras, para aumentar mi placer, él me masturbaba el clítoris suavemente. Yo estaba muy excitada y a gusto, y no paraba de lubricarme.
De vez en cuando, él sacaba la polla de mi culo y volvía a llenarlo de lubricante. En una ocasión, incluso, antes de echarme el lubricante, me dio varios besos en el ano, lo cual hizo que sintiese que éramos la pareja más sucia, salida y depravada del mundo, lo cual no me disgustó. Los dos estábamos borrachos de sexo y de placer. En ese momento yo habría hecho cualquier cosa que me hubiese pedido. Yo ya no pensaba con la cabeza, sino con la vagina.
De pronto, mi amante, con una voz que casi ni le salía del gusto que estaba sintiendo, dijo:
- Fe, me voy a correr.
Yo ya no estaba en condiciones de responder ni de hablar con Roberto. Solo gemía y decía cosas inconexas entre dientes, poseída por la lujuria que me invadía: “Roberto, fóllame… el culo, haaaazme aaaah sentir mujer, hazme todo lo que el cornudooooo aaaah de mi maaaa..rido no se atreve, dáaaamelo todo, dame poooor culo, Dios, que puta soy, soy la aaaah más furcia y ramera de toda la ciudad, soy una paponaaaa”. Parecía que estaba rezando un rosario de sexo y perversión, en el que del placer, más mental que físico, que me producía ver invadido mi culo por el pollón de Roberto, casi no podía articular palabra, y aunque fuese a media voz, de forma entrecortada y a duras penas, mi cabeza y mi vagina me hacían proferir una serie de burradas impropias de mí. Me sentía como cuando sales de una anestesia y empiezas a decir toda clase de burradas y tonterías porque tu cerebro ha perdido momentáneamente cualquier filtro. El estado de excitación extrema al que me había visto sometida sacó de lo más profundo de mi inconsciente una Fe salida y sexual que siempre había estado oculta, aunque últimamente había pugnado por salir. Esta claro que esa noche el genio había salido de la lámpara. A ver cómo lo volvemos a meter.
Yo estaba embebida en esas sensaciones extremas cuando de pronto sentí un chorro caliente en mi ojete. La mayor parte se quedó en la entrada del culo, al ser la penetración poco profunda, pero los espermatozoides más rápidos consiguieron recorrer buena parte de mi orificio anal. Menuda lavativa me estaba haciendo Roberto. Al sacar su polla de mi ano, rápidamente empecé a chorrear su semen. Se formó un goterón que unía mi culo con la cama.
De repente, me empecé a encontrar regular. Llevaba varios días estreñida, sin ir al baño. El haber estado tanto rato con el ano dilatado por el pene de mi amante y, sobre todo, el medio bote de lubricante que había absorbido por detrás, más la puntilla de la corrida de mi hombre, provocó un efecto fatal sobre mis tripas, que ya me empezaban a sonar con urgencia. Me di la vuelta muy, muy avergonzada. Roberto intentó besarme, pero yo le aparté de forma brusca y hasta maleducada.
“Lo siento, tengo que ir al baño”, dije mientras salía corriendo. Madre mía, pensé que no llegaba. Cerré la puerta y ni siquiera me dio tiempo a echar el pestillo. Me senté a toda velocidad en la taza y tras dos estruendosas ventosidades, me puse a defecar. Vaya final más anticlímax. Encima, después de varios días estreñida, solté una cosa gigantesca que me dilató aún más el ojete. Afortunadamente, a diferencia de otras ocasiones no me dolió ni me hizo polvo la hemorroide, pues yo ya estaba dilatada después del sexo anal y, además, al tener el recto lleno de lubricante y semen, la cosa salió muy fácil. Cuando me levanté pensé que había atascado el baño y tardé un buen rato, y algo de esfuerzo con la escobilla, en conseguir que desapareciese el cuerpo del delito. Si no lo hubiese conseguido, yo creo que me habría tenido que cambiar de trabajo y de ciudad para no volver a ver a Roberto. Qué situación más desagradable, por Dios. Estas cosas no les pasan a los protagonistas de los culebrones que veo ni de los libros medio eróticos para mujeres maduras que en alguna ocasión he leído.
Encima me tuve que duchar, pues me sentía muy sucia. Además, de esa manera dejé pasar el tiempo, pues el aire estaba muy viciado, no fuera a ser que a Roberto se le ocurriese entrar en el baño justo después de que yo saliese.
Tardé en salir del baño más de quince minutos.
- Me he tenido que volver a duchar – dije, con la cara muy roja, como me pongo siempre que algo me da pudor.
- No te preocupes, mi ducha es tu ducha. Bueno, al final resulta que sí tenías una fantasía. Pídesela a Iván la próxima vez.
- Ni de broma, papón. Esto no lo voy a hacer nunca más.
- ¿No te ha gustado?
- No ha estado mal – se me escapó una sonrisa mientras pensaba “ha estado muuuy bien”. - Pero no lo voy a hacer nunca más. Estoy demasiado mayor para esto.
- ¿Te he hecho daño?
- No, bueno en el momento no. Ahora en frío me molesta un poco. Noto un poco de calor y escozor en el culete. Pero nada grave. Pero mentalmente es demasiado impactante para mí. Me he sentido un poco como una putilla. [Yo le hablaba con una sinceridad absoluta. No le escondía ninguna sensación, ni física ni mental]
- ¿Te ha gustado sentirte así?
- Como ha sido solo una vez y contigo, sí. Pero con mi marido prefiero no sentirme así. Contigo no se va a repetir más. Así que voy a echarle el cierre a mi culo como punto de entrada de miembros viriles, ja, ja, ja. [Me había encantado probarlo, pero en algún momento había que parar. Además, había estado a punto de cagarme delante de él. Siempre podría volver a recordar la parte excitante de lo que acabábamos de hacer en mis mañanas solitarias y, si se terciaba, masturbarme pensando en ello]
Nos reímos, nos abrazamos, nos acariciamos, nos besamos…Reconozco que fue maravilloso estar con él. En esta ocasión, tampoco quise quedarme a dormir. Esta vez se nos fue la hora. Estuvimos horas amándonos y era ya de madrugada cuando salí de su casa y volví a la mía. No quise que me acompañara, por si algún vecino insomne me veía llegar a casa con un hombre distinto de mi marido.
Pasada esa noche, el sueño se esfumó. Al día siguiente coincidimos en la oficina, como siempre. Estábamos prácticamente solos, pues agosto aún no había terminado. Por eso, esta vez sí nos permitimos algún comentario a posteriori de la jugada, pero sin recrearnos demasiado, para no tentar a la suerte. Mientras paseábamos alrededor de la oficina, durante nuestro tiempo de descanso, tuvimos esta conversación:
- Bueno, paponcilla, ¿esta vez has venido a trabajar oliendo a sexo, como la otra vez?
- Yo sí me huelo. Y a ti también. Me huele a chichi, a pene, a semen y a lubricante. Por más que me ducho no se me va. Soy muy perceptiva para las fragancias… [Era verdad. Me parecía impensable que nadie que estuviese dos minutos a medio metro de cualquiera de nosotros dos no pensase que habíamos estado en una orgía. Y si encima nos olía a los dos, no sería difícil atar cabos. Me tranquilicé pensando que, de todos mis sentidos, sin duda, el del olfato es el que tengo más desarrollado. Cuando alguna de mis compañeras de trabajo tiene la regla yo la huelo casi nada más entrar por la puerta. Incluso, en una cena de Navidad de la empresa, descubrí que uno de los jefes se había tirado a su secretaria en el baño porque al salir percibí en ambos un fuerte olor a sexo. Si es que soy una perrilla, ja, ja, ja]
- Menudo potaje, ja, ja, ja.
- Menos mal que hay poca gente. Por favor, no andes tan rápido
- ¿Y eso?
- Me sigue escociendo un poco el culete. Aunque parezca que no, forzamos un poco. De hecho, también me molesta un poco la vagina. Es que la tienes muy grande, ya te lo he dicho. [En efecto. Me había levantado con “resaca” sexual. Mucho sueño, pues me acosté muy tarde y tenía que madrugar para ir a trabajar. Dolor en el ano. Incluso la hemorroide me palpitaba un poco. Tuve que sacar mi cojín para sentarme en el trabajo. La vagina también la tenía molesta. La penetración a cuatro patas fue un poco dura, pues no se privó de metérmela hasta el fondo. Me molestaba el roce de las bragas y tuve que ir al baño a quitármelas, aprovechando que llevaba un vestido. Pero de esa manera el olor a sexo que yo desprendía era aún mayor. Tuve que recibir a un proveedor de forma presencial y me parecía que el olor a coño inundó toda la sala. Me parecía imposible que no se diese cuenta, aunque no hizo ningún gesto raro. Muy avergonzada, me volví al baño a ponerme las bragas, pues preferí estar escocida que inundar la oficina con el olor de mi chumino]
- Yo también estoy un poco hecho polvo. La edad no perdona. Me duele un poco un testículo. Creo que es de estar tanto tiempo excitado.
- Sí, y de fabricar tanto semen, ja, ja, ja. [Menuda máquina, ja, ja. Mira que yo soy de mojarme mucho, pero el tío se corrió dos veces y fue como vaciarme en el cuerpo un bote de Sanex. De hecho, cuando me quité las bragas en el trabajo y me senté, manché el cojín sobre el que me sentaba con restos de semen que aún salían de vez en cuando de mi culo]
- Qué papona eres, como dices tú.
Vaya dos. Cojeando un poco, volvimos a la oficina y continuamos con nuestros aburridos y prosaicos quehaceres, sin volver a hablar nunca más de nuestra tórrida relación extramatrimonial (en mi caso, él está divorciado) de ese verano. Bueno, con una excepción. Unos días después, en otro de nuestros paseos, le dije:
- Roberto, me debes algo.
- No, te pagué ya el desayuno que te debía.
- No me refiero a eso.
- ¿Entonces?
- La última vez que estuve en tu casa me dejé algo.
- ¿Cuándo has estado tú en mi casa?
- Qué papón, anda déjalo.
Me refería a que cuando estuve en su casa, al vestirme, me puse las bragas de repuesto que llevaba en el bolso, mientras que las que llevaba puestas cuando llegué a su casa, usadas y llenas de flujo, habían quedado tiradas en el salón. Eran unas preciosas bragas negras que me encantaban y que él sin duda habría encontrado después de marcharme yo tiradas en su salón. Yo no me acordé hasta el día siguiente. Como las bragas estaban muy sucias, yo no le quise decir nada, esperando que él me las devolvería espontáneamente, preferiblemente lavadas (espero que con la lavadora, aunque este es capaz de lavármelas a mano solo por regodearse).
Pasaban los días y no me las devolvía. Se las pedí sibilinamente, pero nada. No lo intenté más. No quise saber qué hizo con ellas, aunque me lo puedo imaginar. Pero bueno, es un precio muy bajo para todo lo que me aportó. Satisfizo todas mis fantasías y necesidades hasta unos límites que yo jamás habría sospechado y no se lo ha contado a nadie, supongo, y no me ha vuelto a comentar nada al respecto, permitiendo que sigamos con nuestra amistad y nuestra relación laboral como si tal cosa, como si nunca hubiese pasado nada.
Mi vida sexual con Iván ha mejorado mucho y en los demás sentidos también. Me hace más caso en todos los planos y en la cama estamos viviendo una segunda juventud, que creo que sin nuestras respectivas infidelidades no se hubiese producido. No hay mal que por bien no venga. Yo no saco con él mi lado de furcia y putilla desatada, pero sí me muestro algo más desinhibida, lo cual agradecemos los dos.
Mi lado más salido me lo reservo para esas mañanas en que él se va pronto con sus amigos a montar en bicicleta y yo aprovecho para levantarme tarde y masturbarme en la cama. En esas mañanas, me desnudo por completo y me pongo a recordar todo lo que hice con Roberto. A veces tengo varios orgasmos. En otras ocasiones, me froto desnuda contra la almohada. En una ocasión, incluso cogí un pepino pelado y me lo pasé por la vagina y por el culo, aunque no me atreví a metérmelo. En ocasiones fantaseo con cosas que no he hecho. Por ejemplo, una vez fantaseé con un trío con Roberto y Juanjo, el camarero buenorro de la cafetería en la que desayunamos todos los días. Me puse como una moto pensando en esa situación. Pero bueno, una mujer como Dios manda, debe dejar muchas fantasías sexuales sin cumplir. Si no, sí que me convertiría en una verdadera putilla, lo cual está bien para un par de noches, pero no más.
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