Terapia profunda… muy profunda - Parte Cuatro
La fachada de novios se ha vuelto demasiado cómoda. Entre sábanas sudorosas y confesiones a medianoche, Violet descubre que la terapia no es solo un juego, sino un abismo del que ya no quiere salir.
Terapia profunda… muy profunda - Parte Cuatro
La noche del viernes se extendió hasta bien entrada la madrugada. Después de la segunda ronda en la mesa del comedor, los dos estaban exhaustos, pegajosos de sudor y fluidos, con el cuerpo temblando de tanto placer y esfuerzo. Rolo apagó las luces del salón y la llevó de la mano hasta su habitación. La cama era grande, con sábanas oscuras que olían ligeramente a su colonia y a detergente.
Se tumbaron desnudos, sin siquiera molestarse en ponerse ropa interior. Rolo la abrazó por detrás, su pecho pegado a la espalda de Violet, la polla semiblanda descansando entre sus nalgas todavía hinchadas y sensibles. El calor de sus cuerpos se mezclaba, la piel pegajosa por el sudor y los restos de semen que no habían limpiado del todo.
Violet se dejó hacer pero no dejaba de sorprenderle las actitudes y confianzas, y Rolo lo notó.
—Violet… —susurró él contra su nuca, la voz ronca de tanto gemir—. Para que la compenetración sea total… deberíamos dormir así, piel con piel. Como pareja de verdad. En el noviazgo se nota cuando la pareja no ha compartido intimidad real. Tiene que ser creíble que somos novios.
Violet, con los ojos ya cerrándose de puro cansancio, asintió lentamente.
—Vale… qué más da.
Rolo sonrió en la oscuridad y le dio un beso suave en el hombro.
—Hay otra cosa… —continuó, bajando la voz como si fuera un secreto importante—. Muchas novias despiertan a sus novios por las mañanas con una mamada. Es una forma de demostrar cariño, de empezar el día conectados. Yo creo que nos haría bien practicar este tipo de intimidad. Lo harías por mí?
Violet frunció el ceño un segundo. No lo había oído nunca, pero Rolo lo decía con tanta convicción que dudó de su propia ignorancia. Además, él siempre parecía saber más de estas cosas de pareja que ella.
—Vale… lo haré. No sé de dónde se te ocurren tantas cosas, pero confieso que me llaman mucho la atención.
Rolo la apretó más fuerte contra su cuerpo, satisfecho.
—Eres la mejor. Buenas noches, Julieta.
Violet se durmió casi al instante, con el aliento cálido de él en la nuca y la sensación de su sexo descansando entre sus glúteos.
A la mañana siguiente, la luz del sol se colaba por las rendijas de la persiana. Violet se despertó primero, con el cuerpo dolorido pero extrañamente relajado. Recordó lo que había prometido. Miró a Rolo: dormía boca arriba, la sábana solo cubriéndole hasta la cintura, la polla ya medio dura en reposo, reposando pesada sobre su muslo.
Se incorporó con cuidado, gateó por la cama hasta quedar entre sus piernas abiertas. El olor de la noche anterior todavía estaba allí: sudor, semen seco, sexo. Se inclinó y empezó con lametazos suaves en la base, subiendo lentamente hasta el glande. La polla reaccionó casi de inmediato, engrosándose contra su lengua.
Violet abrió la boca y se la metió poco a poco, dejando que la saliva la cubriera. Chupó con suavidad al principio, moviendo la cabeza en movimientos lentos y largos, apretando los labios en cada subida. La polla se endureció completamente en su boca, caliente, palpitante, con ese sabor salado y ligeramente amargo que ya empezaba a reconocer.
Después de unos minutos, Rolo abrió los ojos. Primero confundido, luego con una sonrisa lenta y lujuriosa al verla allí, arrodillada entre sus piernas, con los labios estirados alrededor de su grosor.
—Joder… qué bueno despertar así… —murmuró, la voz todavía ronca de sueño—. No pares, sigue…
Violet aceleró un poco, succionando más fuerte, dejando que la saliva resbalara por el tronco y le mojara los huevos. Rolo gemía bajito, las manos enredadas en su pelo, guiándola sin forzarla.
Pero no aguantó mucho más. De repente se incorporó, la agarró por las caderas y la giró con un movimiento rápido.
—Ya no aguanto! —la voz cargada de urgencia.
Violet obedeció al instante, poniéndose de rodillas y apoyando los antebrazos en el colchón. Rolo se colocó detrás, le separó las nalgas con ambas manos y escupió directamente sobre su ano, viendo cómo la saliva espesa se deslizaba por el pliegue y entraba un poco.
Sin más preámbulos, alineó la polla y empujó con fuerza. El glande entró de golpe, abriendo el anillo todavía sensible de la noche anterior.
—Aaaahhhhh! Joder, Rolo…! Me estás rompiendo! —gritó Violet, las uñas clavándose en las sábanas.
Rolo no se detuvo. Empujó hasta el fondo de una sola estocada, gruñendo de placer al sentir el calor apretado envolviéndole entero.
—Sigues estando tan jodidamente apretada…! —jadeó, empezando a bombear con fuerza.
Las embestidas eran salvajes, brutales. La cama golpeaba contra la pared con cada empujón. El sonido de piel contra piel era seco y rítmico, mezclado con el chapoteo húmedo que salía de su culo cada vez que él se retiraba casi por completo y volvía a entrar hasta los huevos.
—Ah! Ah! Ahhh…! Más despacio… por favor…! —suplicaba Violet, aunque su cuerpo la traicionaba, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo.
—No! Te lo voy a follar hasta que te corras gritando mi nombre! —gruñó él, agarrándola por las caderas con tanta fuerza que le dejaba marcas rojas.
Violet sentía cada centímetro rozando las paredes internas, la presión inmensa llenándole el vientre, el dolor que se convertía rápidamente en un placer abrasador. Bajó una mano y se frotó el clítoris con desesperación, los dedos resbaladizos de su propia excitación.
—Me voy a correr…! Me voy a correr otra vez por el culo…! —chilló, la voz quebrándose.
Las contracciones llegaron de golpe. Su ano se cerró como queriendo ahorcar la polla, ordeñándola con espasmos violentos.
—Aaaaahhhhhhhh…! Rolo…! Me corro…! Me corrooo…! —aulló, el cuerpo temblando, las piernas fallándole, la cara hundida en la almohada mientras el orgasmo la atravesaba como una ola brutal.
Rolo no pudo contenerse más. Siguió embistiendo con fuerza un par de veces más, gruñendo.
—Toma…! Toma mi leche…!
Eyaculó primero dentro, chorros calientes y espesos que inundaron su interior. Pero enseguida se salió, agarrándose la polla con la mano y apuntando. El resto salió a presión sobre las nalgas de Violet: líneas blancas y calientes que le cruzaron las dos mitades del culo, subieron por la espalda hasta casi los omóplatos, algunas gotas salpicando incluso su pelo.
Violet se quedó allí, jadeando, temblando, con el culo abierto y goteando, semen resbalando por sus nalgas y cayendo en goterones gruesos sobre las sábanas. Rolo se derrumbó a su lado, respirando como si hubiera corrido una maratón, la polla todavía palpitando contra su muslo.
—Joder… qué manera de empezar el sábado… —murmuró él, con una sonrisa satisfecha.
Violet, todavía con la respiración entrecortada y la cara roja, giró la cabeza para mirarlo.
—Esto… esto es por mi bien, me siento bien —dijo con voz débil, casi como asimilando su nueva realidad.
Rolo le acarició la espalda, esparciendo su propio semen con los dedos.
—Claro… todo por tu futuro. Pero admitámoslo… los estás… lo estamos pasando demasiado bien.
Violet no respondió. Solo cerró los ojos, sintiendo el calor pegajoso en su piel, el dolor sordo y placentero en su ano, y una extraña sensación de entrega que no sabía si era solo actuación… o algo mucho más real.
Después de la intensa mañana, los dos se dejaron caer exhaustos en la cama. El cuerpo de Violet temblaba todavía con las réplicas del orgasmo, el ano palpitante y caliente, como si aún sintiera el grosor de Rolo dentro. Él la abrazó por detrás, pegando su pecho sudoroso a su espalda, y así se quedaron un rato en silencio, respirando al unísono mientras el sol subía y calentaba la habitación.
Pasadas un par de horas, el hambre y la necesidad de moverse los sacó de la cama. Se levantaron desnudos, sin prisa por cubrirse. En la cocina improvisaron un desayuno tardío: café, tostadas con mermelada, algo de fruta que encontraron en la nevera. Comieron sentados en la mesa del comedor —la misma donde horas antes Rolo la había empotrado—, pero esta vez sin prisas, hablando de tonterías, riendo un poco por lo absurdo de todo.
Luego se acomodaron en el sofá del salón, todavía desnudos, con la tele encendida en un canal cualquiera que ponía una serie vieja. Violet se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su pecho, una pierna sobre la suya. El ambiente era tranquilo, casi doméstico, pero el olor a sexo todavía flotaba en el aire y en sus pieles.
Violet rompió el silencio después de un rato, con voz suave pero firme.
—Rolo… te pido una tregua para mi culito, vale? Lo tengo bien adolorido… me arde por dentro y cada vez que me muevo lo noto hinchado. Hasta la noche, por favor… solo vagina y boca. Necesito recuperarme.
Rolo frunció el ceño, claramente decepcionado. Su mano, que descansaba en el muslo de ella, se tensó un poco.
—Joder… en serio? Me encanta tu culo… pero vale, te doy tregua —dijo a regañadientes, aunque su tono no ocultaba la frustración—. Pero esta noche te lo voy a dar más duro. Mucho más. Quiero que te corras gritando mientras te la meto hasta el fondo, y no voy a parar hasta que estés temblando.
Violet sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La forma en que lo dijo, tan crudo y seguro, le produjo una mezcla de nervios y miedo. Tragó saliva, el corazón latiéndole más rápido.
—Más duro…? —preguntó en voz baja, casi un susurro—. Ya me has dejado hecha polvo esta mañana…
Rolo le acarició el pelo, pero su sonrisa era lobuna.
—Más duro, sí. Vas a suplicar que pare… y al final vas a suplicar que no pare. Ya verás.
Violet se mordió el labio, inquieta. El estómago se le encogió un poco, pero al mismo tiempo sintió un calor traicionero subirle entre las piernas. No dijo nada más, solo se acurrucó más contra él, intentando disimular el nerviosismo.
Pasaron unos minutos en silencio, con la tele de fondo. Rolo, sin embargo, no podía estarse quieto. Su mano empezó a bajar por la espalda de Violet, acariciando la curva de sus nalgas, apretándolas suavemente al principio, luego con más intención. Ella no protestó.
—Ven… ponte boca abajo aquí a mi lado —murmuró él, palmeando el sofá.
Violet obedeció. Se tumbó boca abajo a lo largo del sofá, con la cabeza girada hacia él, apoyada en el muslo de Rolo. Su culo quedaba expuesto, todavía enrojecido, con marcas rosadas de dedos y alguna huella de semen seco. Él se acomodó mejor, abrió las piernas y su polla, ya medio dura otra vez, quedó a la altura de la cara de ella.
—Ábrela… —dijo con voz ronca.
Violet abrió la boca y se la metió despacio. La chupó con calma, sin prisa, dejando que la saliva la cubriera poco a poco. El sabor salado y familiar le llenó la boca. Rolo soltó un suspiro largo y empezó a acariciarle el culo con las dos manos: amasando las nalgas, separándolas un poco para ver el ano todavía ligeramente abierto, rozando con las yemas los bordes sensibles.
Mientras ella subía y bajaba con la boca, él deslizó una mano entre sus muslos. Los dedos encontraron los labios hinchados y mojados, resbaladizos de excitación. Metió dos dedos de golpe en su vagina, curvándolos hacia arriba para rozar el punto que la hacía temblar.
—Ummm… —gimió Violet alrededor de la polla, el sonido amortiguado y vibrante.
Rolo empezó a mover los dedos con ritmo, follándola con ellos mientras ella le mamaba. El salón se llenó de sonidos húmedos: el chapoteo de sus dedos dentro de la concha, la succión rítmica de su boca, los gemidos bajos de ambos. Violet aceleró sin darse cuenta, la cadera moviéndose hacia atrás contra la mano de él, buscando más profundidad.
—Así… córrete para mí… —susurró Rolo, metiendo un tercer dedo y frotando el clítoris con el pulgar.
Violet no tardó mucho. El placer le subió en oleadas rápidas. Soltó la polla un segundo para jadear:
—Me corro…! Me corro…! —gritó, la voz ronca y entrecortada.
El orgasmo la atravesó con fuerza. Su vagina se contrajo alrededor de los dedos de Rolo, empapándole la mano. Tembló entera, la cara hundida en el muslo de él, gimiendo contra su piel.
Cuando las contracciones empezaron a calmarse, Rolo sacó los dedos, brillantes y empapados. Se puso de pie frente al sofá.
—Arrodíllate en el suelo.
Violet, todavía jadeante y con las piernas flojas, se dejó caer de rodillas delante de él. Rolo se agarró la polla con fuerza, masturbándose rápido frente a su cara. Ella levantó la mirada, los ojos brillantes, la boca entreabierta.
—Ábrela… saca la lengua… —ordenó.
Violet obedeció. Sacó la lengua todo lo que pudo, mirándolo fijamente.
Rolo gruñó, la polla hinchada y brillante de saliva.
—Toma…! Toma toda mi leche…!
El primer chorro salió con presión y le cayó directamente en la cara: caliente, espeso, cruzándole la mejilla y la nariz. El segundo le golpeó los labios y la lengua. Violet cerró los ojos por instinto mientras él seguía eyaculando: líneas blancas gruesas que le salpicaron la frente, las mejillas, la barbilla. Luego bajó el ángulo y le regó los pechos: chorros largos que le cubrieron los pezones y resbalaron por la curva inferior de sus tetas.
Cuando terminó, Rolo respiraba agitado, la polla todavía palpitando en su mano. Violet se quedó allí arrodillada, con la cara y el pecho cubiertos de semen caliente que empezaba a enfriarse y gotear lentamente. Abrió los ojos despacio y lo miró, con una mezcla de sumisión y algo más profundo que ni ella misma entendía.
Rolo sonrió, satisfecho, y le pasó el pulgar por la mejilla, esparciendo un poco más el semen.
—Buena chica… —murmuró—. Descansa un rato… que esta noche te toca el culo otra vez. Y ya te dije: va a ser mucho más duro.
Violet tragó saliva, sintiendo el sabor salado en la lengua y el calor pegajoso en la piel. El estómago se le encogió de nuevo, pero esta vez no solo de miedo… también de una excitación oscura que empezaba a reconocer.
Pasaron las horas de la tarde entre siestas cortas, algún capítulo más de la serie que tenían de fondo y charlas ligeras que evitaban mencionar directamente lo que vendría por la noche. Violet se había puesto una camiseta vieja de Rolo que le llegaba hasta medio muslo; no llevaba nada debajo. El cuerpo le dolía en varios sitios —sobre todo el culo, que seguía sensible y caliente cada vez que se sentaba—, pero había una calma extraña entre ellos, casi como si fueran una pareja de verdad descansando un sábado cualquiera.
Violet giró la cabeza hacia él, con el pelo revuelto cayéndole sobre un ojo.
—Oye… puedo preguntarte algo?
Rolo se rascó la barbilla relajado antes de mirarla.
—Claro. Pregunta lo que quieras.
Ella dudó un segundo, mordiéndose el labio inferior.
—Cómo es que terminaste en la terapia? No sé… siempre pareces tan seguro cuando estamos juntos, pero cuando hablas delante de Alberto te pones rojo y apenas levantas la vista. No encaja.
Rolo soltó una risa baja, casi amarga.
—No soy tan seguro como parezco. De hecho… soy un desastre con las mujeres. Siempre lo he sido. De pequeño era el gordo del grupo, el que se quedaba atrás en educación física. Luego crecí, engordé más, y las chicas… bueno, las chicas no me miraban. O si me miraban era para reírse. Tuve un par de novias en la universidad, pero siempre terminaban dejándome porque “les faltaba emoción” o “necesitaban a alguien más… activo”. Me quedó la idea de que no valgo lo suficiente. Que soy bueno para hablar, para escuchar, para ser el amigo… pero no para tener un futuro conmigo.
Violet lo miró con los ojos muy abiertos, sorprendida.
—No me lo creo. A mí me pareces… no sé. Me haces sentir cosas que nadie me había hecho sentir.
Rolo sonrió de lado, apagando el cigarrillo en un cenicero improvisado.
—Porque tú eres diferente. Eres dulce. No juzgas. Y cuando te toco… joder, Violet, siento que por primera vez alguien me desea de verdad. No sé si es real o solo porque estás “experimentando”, pero me gusta. Mucho.
Violet se incorporó un poco, apoyándose en los codos.
—No es solo por experimentar… —murmuró, aunque su voz tembló—. Me gustas. Me haces sentir… viva.
Hubo un silencio cómodo. Rolo le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Y tú? —preguntó él—. Cuéntame. Cómo llegaste aquí? De un pueblo, virgen, prometida… y ahora estás aquí, en una terapia muy importante.
Violet soltó una risa nerviosa y se sentó con las piernas cruzadas, abrazándose las rodillas.
—Mi pueblo era pequeño. Todo el mundo se conocía. Mi madre siempre me decía que tenía que ser “buena chica”, que el sexo era para después del matrimonio, que los hombres solo quieren una cosa. Cuando conocí a Luis en la ciudad me pareció perfecto: serio, trabajador, con planes. Me pidió que me casara con él y yo dije que sí porque… no sé. Me sentía segura. Pero el sexo con él era… rápido. Siempre igual. Nunca me preguntaba qué me gustaba. Y yo no sabía qué pedir, porque no sabía que podía pedir nada. Además, no sé, a veces parece que él oculta algo, es como un presentimiento.
Hizo una pausa, mirando las sábanas arrugadas.
—Cuando empecé a sentir que faltaba algo, me asusté. Si me casaba así, iba a pasarme la vida insatisfecha? Iba a engañarlo algún día porque no podía más? Por eso busqué la terapia. Pensé que me ayudarían a entender. Y bueno… ahí estabas tú.
Rolo la miró fijamente.
—Y ahora qué sientes?
Violet suspiró, con una sonrisa pequeña y triste.
—Por un lado, siento que estoy traicionando a Luis, esto al final es lo que es. Pero también siento que por primera vez estoy conociendo mi cuerpo. Siento una emoción extraña, que estoy aprendiendo lo que es el placer de verdad. Y eso me da miedo… porque no sé si podré volver atrás cuando todo esto termine.
Rolo le acarició la mejilla con el pulgar.
—No tiene que terminar todavía. Podemos seguir practicando. Todo lo que necesites. Por tu matrimonio… o por ti.
Violet lo miró a los ojos un momento largo. Luego se inclinó y lo besó despacio, sin prisa.
—Creo que ya no sé distinguir entre las dos cosas —susurró contra sus labios.
Rolo la atrajo hacia él, tumbándola sobre su pecho.
—Entonces sigamos practicando hasta que lo descubramos.
Violet cerró los ojos y se dejó abrazar, con el corazón latiendo fuerte y una sonrisa culpable dibujada en la cara.
De pronto, Rolo soltó una risita baja y le dio un pellizco suave en la nalga.
—Oye… hablando de experiencias… te cuento algo de mi vida amorosa?
Violet levantó la cabeza, curiosa, apoyando la barbilla en su esternón.
—Cuéntame.
Rolo se rascó la nuca, fingiendo vergüenza.
—Pues… a mí las mujeres me decían feo hasta que veían mi billetera.
Violet frunció el ceño, extrañada. Miró alrededor de la habitación: muebles sencillos, ropa tirada, un portátil viejo en la mesita. No veía nada que gritara “dinero”.
—Tu billetera? —preguntó, genuinamente confundida—. Pero… no pareces de los que van por ahí tirando billetes…
Rolo la miró con una sonrisa cada vez más amplia, conteniendo la risa.
—Exacto. Y luego de verla… me decían feo y pobre.
Violet se quedó un segundo en blanco, procesando. Parpadeó una vez. Dos. Y de repente lo captó.
La carcajada le salió del estómago como un torrente. Se tapó la boca con las manos, pero no pudo parar: se dobló sobre él, temblando de risa, con lágrimas asomándose en los ojos.
—Eres un idiota! —logró decir entre risas, dándole golpecitos suaves en el pecho—. Qué malo eres!
Rolo se echó a reír también, abrazándola más fuerte mientras ella seguía temblando de la risa contra su cuerpo.
—Ves? —dijo él, todavía riendo—. Al final siempre me quedo con las que se ríen de mis chistes malos. No se puede pedir más.
Violet levantó la cara, roja de tanto reír, y le dio un beso rápido en los labios.
—Eres terrible… pero me haces reír como nadie.
Rolo le guiñó un ojo.
—Y tú sigues aquí, así que algo bueno debo tener.
Violet se rio otra vez, más suave esta vez, y se acurrucó contra su pecho, todavía con una sonrisa que no se le borraba.
—Algo bueno tienes, sí… aunque tu billetera siga siendo un misterio.
Los dos se quedaron así, riendo bajito, enredados en las sábanas, con el mundo fuera de la habitación olvidado por un rato.
######
Un poco antes de la cena, cuando el sol ya empezaba a bajar y la luz del salón se volvía anaranjada, Rolo se estiró en el sofá y la miró con esa sonrisa lenta y cargada que ya empezaba a reconocer.
—Violet… ven aquí un momento —dijo, palmeándose el muslo.
Ella se acercó, todavía con la camiseta puesta, y se sentó a su lado.
—Qué pasa?
—Quiero que me la chupes otra vez —dijo sin rodeos, bajándose el pantalón de chándal hasta los tobillos. La polla ya estaba medio dura, pesada contra su muslo—. Me tienes loco todo el día.
Violet abrió mucho los ojos, genuinamente sorprendida.
—Otra vez? Joder, Rolo… cómo tienes tanto aguante? Mi novio raras veces aguanta más de un polvo en todo el fin de semana… y tú llevas… cuántas ya? tres, no? cuatro?
Rolo soltó una risa baja y se encogió de hombros, acariciándose la base del pene despacio.
—No puedo evitarlo. Contigo es diferente. Me miras con esa cara de buena chica que quiere hacerlo todo bien y se me pone dura otra vez. No sé… me pones demasiado.
Violet se mordió el labio, mitad divertida, mitad impresionada de como se transformaba a la hora del sexo, de lo dulce que es charlando al demonio que es poseyéndola. Se arrodilló entre sus piernas sin más discusión. El olor masculino de su piel la envolvió de nuevo: sudor limpio, restos de sexo de la mañana, ese aroma que ya empezaba a asociar con él.
Empezó despacio, lamiendo desde la base hasta la punta, dejando que la saliva la cubriera bien. Luego se metió el glande en la boca y succionó con fuerza, moviendo la lengua en círculos. Rolo soltó un gemido largo y le apartó el pelo de la cara para verla mejor.
—Joder… así… métetela entera…
Violet obedeció. Bajó hasta que los labios rozaron la base, controlando la respiración para no tener arcada. Subió apretando los labios, dejando un hilo grueso de saliva que resbalaba por el tronco y le mojaba los huevos. Repitió el movimiento varias veces, cada vez más rápido, hasta que la polla estuvo completamente dura, brillante, palpitante contra su lengua.
Cuando la sacó de la boca con un ‘pop’ húmedo, Rolo ya respiraba agitado.
—Suficiente… sube aquí —ordenó, tirando de su mano.
La ayudó a sentarse a horcajadas sobre él. Violet se subió al sofá, apoyó las rodillas a ambos lados de sus caderas y se colocó encima. Agarró la polla con una mano, la alineó con su entrada y se dejó caer despacio. El grosor la abrió de golpe; soltó un gemido largo y ronco.
—Uuuummmmhhh… qué llena me dejas…
Rolo le agarró las nalgas con las dos manos, amasándolas con fuerza, separándolas y volviéndolas a juntar mientras ella empezaba a moverse. Violet rebotaba despacio al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse dentro y fuera, el roce perfecto contra ese punto que la hacía temblar.
Él levantó la camiseta hasta dejarle las tetas al aire y se lanzó a chuparlas. Primero un pezón, succionando con fuerza, luego el otro, mordisqueando suavemente. Violet echó la cabeza hacia atrás y gimió alto.
—Ahhh…! Sí… chúpamelas…! —jadeó, acelerando el ritmo.
Cada vez que bajaba, sus nalgas chocaban contra los muslos de Rolo con un sonido seco y rítmico. Él le apretaba el culo con más fuerza, guiándola, marcando el compás. De vez en cuando Violet se inclinaba y lo besaba con lengua: besos profundos, húmedos, llenos de saliva y jadeos compartidos. Sus lenguas se enredaban mientras ella seguía rebotando, cada vez más rápido.
El placer le subió rápido. El primer orgasmo llegó sin aviso.
—Me corro…! Me corrooo…! —gritó contra su boca, el cuerpo temblando, la vagina contrayéndose alrededor de la polla en espasmos fuertes.
Rolo no paró de mover las caderas hacia arriba, follándola desde abajo mientras ella se deshacía encima. Violet apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando el segundo orgasmo la alcanzó, más intenso aún.
—Aaaahhhhh…! Otra vez…! Joder…! —chilló, clavándole las uñas en los hombros, el cuerpo arqueado hacia atrás.
Rolo gruñó, sintiendo las contracciones apretarlo con fuerza. Le rodeó la cintura fina con los brazos y la atrajo hacia él con violencia, pegándola a su pecho.
—Ahora me corro yo… dentro… todo dentro… —jadeó contra su cuello.
Empujó hacia arriba una última vez, enterrándose hasta la raíz, y se vació. Chorros calientes y espesos la llenaron por dentro; Violet sintió cada pulsación, cada latido profundo. Rolo la apretaba con tanta fuerza que apenas podía respirar, los músculos de sus brazos temblando mientras se vaciaba por completo.
Cuando terminó, se quedaron así un rato: ella encima, todavía empalada, respirando agitados, sudorosos, pegados. El semen empezó a resbalar lentamente por sus muslos, goteando sobre los muslos de él y el sofá.
Violet apoyó la frente en el hombro de Rolo, todavía temblando.
—Joder… me has dejado temblando…
Él le acarició la espalda despacio, con una sonrisa satisfecha.
—Y esto no es nada… espera a la noche. Te dije que te iba a dar duro por el culo.
Violet sintió de nuevo ese nudo de nervios y anticipación en el estómago, pero esta vez no dijo nada. Solo cerró los ojos, sintiendo el calor de su semen dentro, el latido lento de su polla todavía dentro de ella, y una extraña entrega que ya no estaba segura si era sólo por sexo… o si había empezado a gustarle todo el paquete entero.
Continuará...
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