La perra Kira
Nunca imaginé que ver a una mujer de sesenta años gateando por el césped como un animal me dejaría sin aliento. Laura y Marcos no solo entrenan a Kira; la han convertido en su perra, y esta noche la prueba definitiva involucra a su propio perro.
Soy Clara, una ama con experiencia en el mundo del BDSM. Hace unas semanas, una pareja de amos, Laura y Marcos, me invitó a una fiesta privada en su casa. Los conocí en un evento local, y aunque apenas habíamos hablado, su invitación me picó la curiosidad. Dijeron que sería algo pequeño, solo unas pocas personas de la escena, y que querían presentarme a su sumisa, una mujer que vivía como su "perra" a tiempo completo. Me advirtieron que su dinámica era intensa, pero que creían que me gustaría. No me asusto fácil, así que dije que sí.
La casa era un chalet en las afueras, rodeado de un jardín grande con césped bien cortado y árboles altos que daban intimidad. Llegué a las ocho de la noche, con un vestido negro ajustado y botas de tacón. Laura me abrió la puerta, vestida con unos vaqueros y una camisa de cuero, con esa confianza tranquila que tienen los amos que saben lo que hacen. Marcos estaba en el jardín, preparando una barbacoa, y me saludó con un gesto mientras hablaba con otros dos invitados: una ama joven con el pelo teñido de rojo y un tipo mayor, probablemente otro amo, que fumaba un cigarro en una silla de plástico.
El ambiente era relajado, como cualquier reunión en un jardín, con una mesa llena de cervezas, algo de picar y música baja de fondo. Pero todos sabíamos por qué estábamos ahí. Laura me ofreció una copa de vino y charlamos un rato sobre la comunidad, pero pronto me llevó al fondo del jardín, donde habían montado una especie de área separada con una valla baja. Ahí estaba la jaula, grande, como para un perro de raza grande, con una manta vieja en el fondo. Dentro estaba su sumisa, a la que llamaban "Kira".
Kira tenía más de 60 años, algo que me sorprendió de entrada. No era la típica sumisa joven que suele verse en estas dinámicas. Su cuerpo era delgado, pero se notaba la edad: la piel algo flácida en los brazos y las piernas, con manchas oscuras aquí y allá. Sus pechos eran pequeños, caídos, con pezones oscuros que sobresalían ligeramente. El pelo, gris y lacio, lo llevaba suelto, con mechones pegados a la cara por el sudor. Estaba desnuda, salvo por un collar de cuero gastado con una placa que decía "Kira". No llevaba orejas postizas ni nada por el estilo, solo el collar. Estaba en cuatro patas dentro de la jaula, con la cabeza baja, las rodillas y las manos apoyadas en la manta. Sus articulaciones parecían rígidas, y se notaba que estar en esa posición le costaba, pero no se quejaba.
Los otros invitados se acercaron, y Laura empezó a hablar de Kira como si fuera un objeto. Dijo que llevaba más de diez años con ellos, que había elegido vivir como perra porque era lo que la hacía sentir completa. No hablaba a menos que se lo ordenaran, comía de un cuenco, dormía en la jaula o en el suelo, y solo usaba gestos para comunicarse. Marcos añadió que Kira no necesitaba muchas órdenes porque sabía exactamente lo que se esperaba de ella.
—Vamos a enseñaros cómo se porta —dijo Laura, con una sonrisa que no era cruel, pero tampoco amable.
Marcos abrió la jaula con una llave que llevaba colgada del cinturón. La puerta chirrió, y Kira levantó la cabeza, pero no salió hasta que Laura le dio una palmada en el muslo.
—Fuera, perra —dijo, con voz seca.
Kira salió gateando despacio, con las rodillas rozando el césped. Sus movimientos eran lentos, no por desobediencia, sino porque su cuerpo no era el de una veinteañera. Se notaba que le dolía, pero seguía adelante, con la cabeza gacha y el culo en alto. Cuando estuvo fuera, se quedó quieta, esperando. Laura se agachó y le dio un empujón suave en la espalda.
—Muévete, vaga. Enséñales lo que eres —dijo.
Kira empezó a gatear por el césped, haciendo un círculo torpe alrededor de la jaula. Sus pechos se balanceaban ligeramente, y el pelo le caía sobre la cara. La ama joven se rió por lo bajo y comentó algo sobre lo patética que parecía. El tipo mayor solo asintió, como si estuviera evaluando un coche usado. Yo observaba en silencio, notando cómo Kira temblaba cada vez que se detenía, como si el esfuerzo y la vergüenza la estuvieran desgastando.
Laura sacó un cuenco de metal de una mesa plegable y lo llenó con agua de una botella. Lo puso en el césped y chasqueó los dedos.
—Bebe.
Kira se acercó al cuenco y metió la cara, lamiendo el agua con la lengua. Salpicaba mucho, y parte del agua le corría por la barbilla y el pecho. Laura frunció el ceño y le dio un azote fuerte en el culo con la mano abierta. El sonido resonó en el jardín.
—Eres un desastre, perra. No sabes ni beber sin ensuciar —dijo, y le dio otro azote, esta vez más fuerte. Kira soltó un gemido que sonó como un ladrido, pero no paró de lamer.
Marcos se acercó con una bolsa de patatas fritas y tiró unas pocas al césped, cerca de Kira.
—Come, vamos —ordenó.
Kira dejó el agua y empezó a comer las patatas directamente con la boca, mordiendo el césped en el proceso. Escupió un poco de tierra, y Laura se rió.
—Mira qué asco. Ni para comer sirves —dijo, empujándole la cabeza con el pie hacia las patatas que quedaban.
Kira siguió, con la cara sucia de tierra y migajas. Los invitados mirábamos, algunos con sonrisas, otros en silencio. La humillación era constante, pero no había gritos ni dramatismos. Era como si fuera parte de la rutina, algo que Kira aceptaba como normal.
Entonces, escuchamos un ruido desde el otro lado del jardín. Un pastor alemán, grande, con el pelo negro y marrón, venía trotando hacia nosotros. Tenía las orejas levantadas y la cola en alto, moviéndose con esa energía de perro que sabe que es el rey del lugar. Laura lo llamó con un silbido.
—Rex, aquí.
El perro se acercó y se sentó a su lado, jadeando. Kira seguía en el césped, con la cara sucia, pero levantó la cabeza cuando oyó al perro. Sus ojos se encontraron con los de Rex, y algo en su postura cambió, como si supiera lo que venía.
Marcos volvió a abrir la puerta de la jaula, pero esta vez no dijo nada. No hizo falta. Kira gateó hacia el centro del césped, se puso en posición —culo en alto, cabeza baja, rodillas separadas— y esperó. Nadie le dio una orden, nadie la tocó. Era como si estuviera programada para esto. Rex olfateó el aire, se acercó a ella y empezó a husmearle el cuerpo, la cara, las piernas. Kira no se movió, solo temblaba ligeramente, con las manos clavadas en el césped.
El perro dio un par de vueltas alrededor de ella, olfateando, y luego la montó con un movimiento rápido. Sus patas delanteras se apoyaron en la espalda de Kira, y ella se mantuvo firme, sin emitir un solo sonido humano. Rex empezó a moverse, con esa energía instintiva de un animal, empujando contra ella. El acto fue rápido, apenas un minuto, pero cada segundo se sentía eterno. El cuerpo de Kira se sacudía con cada embestida, sus pechos rozaban el césped, y la tierra se le pegaba a la piel sudada. Nadie hablaba. Los invitados mirábamos, algunos con la boca entreabierta, otros con una mezcla de fascinación y desconcierto.
Cuando Rex terminó, se bajó y se alejó, lamiéndose como si nada. Kira se quedó en la misma posición, con el cuerpo temblando y el culo todavía en alto. Laura se acercó y le dio una palmada en el muslo.
—Buena perra. Qué obediente —dijo, con un tono que era más burlón que de alabanza.
Marcos se rió y añadió:
—Mira cómo le gusta. Ni siquiera hay que decirle nada.
El paseo y la vuelta a la jaula
Después de eso, Laura enganchó una correa al collar de Kira y la hizo gatear por el jardín. La llevó hasta un árbol, le dio un tirón suave y dijo:
—Venga, mea.
Kira se agachó más, con las rodillas abiertas, y orinó en el césped, como un perro marcando territorio. La ama joven soltó una carcajada, y el tipo mayor comentó algo sobre lo bien entrenada que estaba. Kira no levantó la mirada, solo siguió gateando cuando Laura tiró de la correa. La pasearon por todo el jardín, haciéndola rodar, sentarse y traer un palo que Marcos tiró a unos metros. Cada vez que fallaba, Laura le daba un azote con una fusta que sacó de su cinturón. Los azotes no eran brutales, pero dejaban marcas rojas en la piel pálida de Kira.
En un momento, Marcos tiró un puñado de pienso para perros al césped y le ordenó comer. Kira se arrastró hasta allí y empezó a comer con la boca, mezclando el pienso con tierra. Laura se agachó y le empujó la cara más cerca del suelo.
—Come bien, perra. No dejes nada —dijo.
Kira obedeció, con la cara llena de tierra y trozos de pienso pegados a los labios. Cuando terminó, Laura le limpió la cara con un trapo húmedo, pero lo hizo con desprecio, como si estuviera limpiando a un animal sucio.
Finalmente, la llevaron de vuelta a la jaula. Kira gateó dentro sin que se lo ordenaran, se acurrucó en la manta y cerró los ojos. Marcos cerró la puerta con el candado y dio un golpe suave en las barras.
—Descansa, que mañana hay más —dijo.
Laura se giró hacia nosotros y sonrió.
—¿Qué os ha parecido?
Nadie dijo mucho. La ama joven comentó que era "intenso", y el tipo mayor solo asintió. Yo dije que era una dinámica distinta a todo lo que había visto, y Laura pareció satisfecha con la respuesta.
La fiesta siguió en el jardín, con más copas y charlas sobre otras cosas, pero la imagen de Kira no se me iba de la cabeza. No era solo la humillación o lo extremo de su rol. Era la forma en que lo vivía, como si no hubiera otra manera de existir para ella. Cuando me despedí, Laura me dio un abrazo y dijo que esperaba verme en la próxima.
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