Siete (2)
La puerta se cierra y el calor se vuelve insoportable. No hay sillas, no hay ropa, solo siete cuerpos desnudos y un viejo que decide quién merece trabajar y quién será desechada. La primera regla del juego: aguantar. La segunda: destruir a las demás.
La primera parte de este relato lo publique en sexo con maduros. Pero la historia se centrará más en la sumisión de la protagonista, por lo que creo que este es su lugar. En mi perfil podéis encontrar fácilmente la primera parte.
- Entra y cierra la puerta. – dijo una de ellas, bastante molesta.
- Ho…la. – dije yo, haciendo lo que me dijo.
No hubo contestación por su parte, ni por ninguna de las otras. Todas me miraban mal. Caí en la cuenta de que era una nueva competencia y eso no les hacía ninguna gracia. Quién me habló llevaba el número 3 escrito en la tripa, como yo el 7. Era morena de pelo y de piel más blanca que yo. Con unos pechos más pequeños pero bonitos. Todas allí eran jóvenes, 3 parecía la que más, no tendría más de 20 años. 6 podría ser la mayor, pero no creo que superase los 28. Todas muy bellas y con buenos cuerpos.
Descubrí la razón por lo que me pareció recién lavada su polla. Antes que yo, 6 bocas habían pasado por allí. Ese viejo había probado la boca de 7 increíbles mujeres en unas pocas horas. Todas eran jóvenes y bonitas, esa ventaja que creía tener por mi físico, había desaparecido.
Allí hacía un calor horrible. Una sala diáfana, con un ventanal que daba al patio exterior de la nave y por el que entraba el sol, haciendo de aquella sala un invernadero. ¿Por qué me dijo que cerrase la puerta? si lo que tenían que hacer era abrir para que entrase algo de fresco. Tampoco había silla alguna. Las 5 estábamos de pie, sobre tacones la mayoría. Y había un olor asqueroso, como a orín.
Ninguna decía nada, solo se miraban entre ellas, como con odio. Supongo que todas deseábamos ese trabajo, tanto como para vernos como simples rivales. Me di cuenta que faltaban la número 1 y 4. Al menos había descartado a dos. Recé para que el 7 fuera mi número de la suerte.
Pasó como media hora y ya no aguantaba más. Estaba sudando como una cerda, muerta de sed y mis pies me mataban. 2 y 3 tenían unas pequeñas botellas de agua, pero no creo que fueran a compartirla. Desesperada, decidí sentarme en el suelo. Tuve que hacerlo de lado, pues el rotulador se me clavaba más adentro. Entonces vi como varias de ellas sonreían al verme sentarme en esa extraña postura. Allí no había ningún tipo de compañerismo.
5 se dirigió hacia a mí. Era rubia, ojos verdes, muy guapa. Sus pechos eran algo mayores a los míos, muy bonitos y bien firmes. Un vientre plano y ejercitado. Todo un pibón. Sobre su frente tenía escrito Puta. Y en sus mejillas, fitness y tetona. Se agachó a mi lado y me dijo.
- No te sientes. Y no lo digo por el rotulador. Él no quiere. 4 fue descartada por eso.
- ¿Por qué?
- No lo sé. Pero viene de vez en cuando a vigilarnos. A 4 la encontró sentada. Y 1 estaba apoyada en el marco de la puerta escapando del calor.
- ¿Para qué te metes? ¿Quieres que estemos todo el puto día aquí? – dijo 2, de muy malas maneras.
- Yo no creo que esto sea una prueba de resistencia. Solo quiere putearnos. Le encanta hacer sufrir a las mujeres. – contestó 5.
- Me da igual. Si viene y la encuentra sentada, a la puta calle. Una menos. Solo quiero acabar de una vez. – dijo 2.
Me levanté de inmediato. No quería ser descalificada, necesitaba ese trabajo. Me fijé, en 2. También rubia, ojos azules y unos labios gruesos y pintados de rojo como yo. Tenia los pechos operados, era imposible que ese tamaño no cediera a la gravedad. Un par de años menos que yo. En su frente llevaba escrito “Zorron” y en sus mejillas, “melones” y “perversa”. Dio un trago de agua de su botella y uso otro poco para refrescarse la cara. Algo me decía que solo quería jodernos. Me moría de sed, pero no le daría la satisfacción de pedírselo.
- ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? – le pregunté a 5.
- No lo sé con seguridad. Pero diría qué dos horas. 6 llegó después que yo, las demás estaban antes.
- Me muero de sed. Y tengo que hacer pis… ¿Dónde esta el baño? – le dije bajito, para que no me oyeran las demás.
- Bajo esa manta. Allí puedes hacer pis. Él agua no te lo recomiendo a no ser que no puedas aguantar.
Miré donde señalaba su dedo y había un trozo de tela tapando algo en el suelo. Supuse que sería alguna mesa o algo por el estilo, pero no podía imaginar que allí había un retrete en medio de la sala. Decidí que era mejor aguantar, que tener que mear delante de todas.
Unos 20 o 30 minutos después, don Ernesto abrió la puerta. Todas esas caras serias y enfadadas cambiaron de golpe. Las mujeres corrieron a su alrededor sonrientes, como una mascota cuando llega su dueño a casa. Esas mujeres le odiaban, pero en su presencia les falta cola para menearla.
- Perdonar señoritas. Estaba esperando a una última candidata, pero parece que no va a venir.
Al fin una buena noticia. En sus manos llevaba una única botellita de agua. Mis ojos estaban clavados en esas gotitas que recorrían el plástico, señal inequívoca de la baja temperatura del refrescante líquido. Medio litro de agua para 5 sedientas mujeres. Entonces hizo algo que me dejó confundida.
- ¡Siete! ¡Toma! Esto para ti. – dijo, lanzando la botella a mis manos.
- Gracias. Muchas gracias, Don Ernesto. – contesté yo, como una niña feliz con su regalo.
- Bueno… como se ha hecho tarde lo mejor es que vaya a comer. No es bueno tomar decisiones con el estómago vacío.
Nuestras caras cambiaron de nuevo. No dio tiempo a queja alguna, pues diciendo esto, volvió a cerrar la puerta tras él. Al poco le vimos por el ventanal, saliendo de la nave con los dos albañiles de antes. Maldito hijo de puta, aunque yo no podía quejarme, al menos me había dado agua. Bebí más de la mitad de la botella de un trago. Las 5 mujeres me miraban con envidia y odio. Pensé en hacer lo mismo que 2 y refrescarme con ella en sus narices. Pero ya me odiaban bastante.
- Bebe. – le dije a 5, dándole mi botella.
- Gracias. – me dijo ella con una bonita sonrisa, bebiéndose el resto del agua.
Al menos había hecho una posible aliada. Aunque fuera mi rival. Y posiblemente la más dura. Sin contar los pechos falsos de 2, ella tenía el mejor cuerpo de todas. Se notaba que se cuidaba mucho. Sus piernas, aunque femeninas, marcaban sus músculos, al igual que su abdomen y brazos. Me di cuenta que lo que cada una tenía escrito en su cara, eran los aspectos que para el viejo eran más importantes de cada una de nosotras. ¿Qué me habría escrito a mí?
Después de haber placado mi sed, no podía aguantar las ganas de orinar. Por lo que, superando mi vergüenza, por otro lado cínica después de estar desnuda y con un rotulador en mi culo delante de todas, fui a destapar el retrete. La sorpresa que me llevé fue muy desagradable. Allí solo había dos cubos, uno con agua y otro lleno de orina. Ahora entendía el mal olor y la razón de tenerlo tapado. Mis rivales me miraron con una sonrisa al ver mi cara de asco. Pero no podía aguantarme más, por lo que no me quedó otra que ponerme en cuclillas delante de todas y mear en aquel mugriento cubo.
El tiempo pasó lentamente. No sabría decir cuánto, seguro que más de una hora, aunque a mí se me hacía eterno. Ya volvía a tener sed. Y varias chicas habían hecho sus necesidades como yo. Ninguna se atrevió a abrir la puerta, a pesar de saber que Don Ernesto estaba comiendo fuera. Y eso que el calor era insoportable. Todas estábamos sudadas y agotadas.
- Me voy. Yo no aguanto más. – dijo 3.
- Adelante. Ahí tienes la puerta. – contestó 2.
- Pero… ¿Y tu ropa? – le pregunté yo.
En su cara se reflejaba la desesperación al darse cuenta de su verdadera situación. Aunque quisiéramos abandonar, no teníamos ropa para irnos. Estábamos presas hasta que él volviera.
Escuché el sonido de la verja de la entrada. Estaban volviendo. Nos revolucionamos deseosas de su presencia. Aquel maldito viejo había conseguido convertirse en lo más importante para nosotras. Y aún no habíamos empezado a trabajar para él.
Todas corrieron frente a la puerta y yo las imité. Pasaron al menos 15 minutos desde que entró en el edificio hasta que vimos la puerta abrirse. Tras ella apareció él, junto con los dos albañiles. Uno de ellos tenía en sus manos unos papeles. Y todos parecían algo borrachos.
- Por favor, reparte un folio a cada una de estas señoritas. – dijo Don Ernesto al más joven.
El trabajador fue repartiendo los papeles a cada una de nosotras, mientras nos repasaba con lujuria. Era evidente que habían bebido de más durante la comida. Cuando me lo entrego a mí, después de repasarme de arriba abajo mi desnudez, pude comprobar que lo único que había en ese folio era nuestro número.
- Bien señoritas. En ese documento están todos vuestros derechos si decidís trabajar conmigo. Las que estén de acuerdo con las condiciones, dejar el papel en el suelo y firmarlo con vuestros culos.
Nosotras nos miramos sorprendidas al escuchar a don Ernesto. 2 fue la primera que dejó el papel entre sus piernas y destapando el rotulador que llevaba incrustado en su ano, firmó lo que no era más que una manera degradante de aceptar nuestra condición de objetos sin derecho alguno. Una a una, fueron adoptando esa posición tan bochornosa, de cuclillas sobre el papel, garabateando como podían moviendo sus caderas. 5 y yo nos miramos, en estas circunstancias habíamos forjado una cínica amistad. Con la tapa del rotulador sujeta con nuestros labios, nos apoyamos cada una en los hombros de la otra, para así poder firmar nuestro contrato en blanco. Nos ayudábamos, sabiendo que en realidad éramos rivales, igualmente degradadas, luchando por conseguir serlo durante un año entero a manos de ese viejo pervertido.
- Bien señoritas, guardar bien ese precontrato. Quién consiga el puesto deberá tener claro cuáles son sus derechos como trabajadora de mi empresa.
- Sí, don Ernesto. – contestamos todas.
- Bueno, la verdad es que después de una buena comida, lo único que me apetece más que echarme la siesta, es una buena mamada para hacerlo relajado. Por lo qué, quien acabe con mi corrida en su boca, tendrá inmunidad y podrá eliminar a una de las otras candidatas. ¿Entendido?
No me dio tiempo para asimilar lo que había dicho, cuando 6 ya estaba arrodillada delante de don Ernesto, esperando que este se sacase la polla. Liberé mis labios de la tapa del rotulador devolviéndola a su lugar, notando un fuerte dolor al presionar sobre él para taparlo. El rostro de 5 reflejó lo mismo cuando ella tapó el suyo. Estaba cansadísima, sudada, con sed, los pies me mataban de los malditos tacones y el culo me ardía. Lo que menos me apetecía era mamarle el rabo a ese viejo. Pero tenía claro que si conseguía que ese cerdo se corriese en mi boca, tendría mucho más cerca el ansiado empleo.
Detrás de 6 estaba 3 arrodillada esperando su turno. A su espalda 2 aguardaba de la misma manera. 5 se puso en la fila y yo la imité ocupando el último lugar.
6 seguía mamando sin parar. No parecía querer soltar la verga que le daría tan preciado premio. Supongo que como yo, 3 pensaba que sería don Ernesto quien decidiera cuando cambiar. Pero eso no pasó. Él solo disfrutaba de la boca de la más madura de nosotras, qué aprovechaba su oportunidad, chupando con ansia mientras sus grandes pechos botaban exageradamente.
- ¡Qué bien la chupas, zorra! Está claro que la experiencia es un grado. Y vosotras, no sé qué esperáis. Buscaros la vida si queréis rabo.
Según dijo eso, 3 pasó al frente colocándose al lado de 6. Como pudo metió su cabeza buscando un hueco para mamar. Pero 6 no estaba por la labor de soltar lo que ya tenía caliente para descargar. La joven 3 miraba con desesperación, sin saber cómo soltar el pene de don Ernesto de la boca De 6.
Ya llevaba un rato así y a excepción de algunas lamidas de 3, allí solo había comido polla 6. No se las veces que se habría corrido ese hombre hoy, pero al menos conmigo no lo hizo. Por lo que no creo que pudiera aguantar mucho el frenético ritmo de la boca de 6. 2 debió llegar a la misma conclusión, pues se cansó de esperar. Agarrando de los pelos a 6, la separó de él, para ocupar después su lugar.
No fue mucho el tiempo que chupó, pues 6 volvió a la carga y haciendo lo mismo, tiró de 2 impidiéndole continuar con su mamada. Empezaron a forcejear de rodillas. Lo qué permitió a la joven 3 llevarse aquel trozo de carne a la boca.
5 llevó sus manos al pelo de 3, pero en lugar de tirar de él, empujó su cabeza contra la verga del viejo. Con una fuerza sorprendente, 5 obligaba a 3 a follar con su boca la polla de don Ernesto.
El viejo resoplaba de placer, mientras la joven 3 no podía aguantar las arcadas e intentaba separarse, empujando con sus manos en los muslos del hombre. 5 continuó follando la boca de 3 hasta que los jadeos de don Ernesto fueron más que evidentes. Entonces apartó a la joven, que después de dar una bocanada de aire comenzó a toser histéricamente. Su cara era un poema, con los ojos llorosos y el maquillaje corrido por sus lágrimas y babas. No hubiera imaginado que mi nueva amiga podía ser tan sádica.
Ahora era 5 quien chupaba a buen ritmo, dando la impresión de que no tardaría mucho en correrse. Yo me acerque a 5, mirándome ella a los ojos sin dejar su cometido. Debía hacer algo si quería conseguir la inmunidad, pero antes de decidirme fue 3 quien ataco a mi amiga. 5 continúo chupando a pesar de los tirones que 3 ejercía sobre su melena rubia. No fue hasta que 2 apareció, agarrando a 5 por el cuello, que esta soltó de su boca el rabo del viejo.
5 luchaba con 3 y 2 arrodilladas en el suelo. Entré en acción llevando a mi boca aquella polla. El sabor a semen me confirmó que estaba muy cerca del orgasmo. Chupé con todas mis ganas, pero no pude hacerlo durante más de unos segundos, hasta que 6 agarro con su brazo mi cuello y me hizo apartarme. 6 me ahogaba apretando su brazo en mi garganta. Vi como intentaba llegar a la polla de Don Ernesto, no podía permitirlo. Intenté golpearla pero era inútil, me tenia bien cogida y mis golpes no eran certeros.
Don Ernesto, desatendido como estaba en ese momento, se alejó de nosotras. Seguro que en su sádica mente, aquello era una fantasía morbosa. Cinco mujeres desnudas, luchando por chupar su polla. Debía soltarme de 6, pero no conseguía nada tirando de su pelo ni golpeando sus costados con mis hombros. Con los ojos llorosos y casi sin respiración, mi lado salvaje despertó en mí. Llevando mi mano a su espalda, recorrí su culo, hasta que lo encontré. Allí tenía, como yo, un rotulador metido en su ano. Con rapidez y más fuerza de la que me gustaría reconocer, saqué el objeto de su culo casi en su totalidad, para volver a meterlo con crueldad. Ella gritó, aflojando su brazo de mi cuello. Entonces mis dedos fueron a su coño y agarrando sus labios pellizqué con fuerza. 6 soltó un alarido que hizo que las demás dejaran de luchar entre ellas.
No me dio tiempo a saborear mi victoria. Antes de que pudiera buscar al viejo con mi mirada, este nos arrojó el cubo de agua encima. Después de la sorpresa, pude verle, machacando su miembro, junto al cubo que quedaba. 5 seguía peleando con 3 y 2, bien mojadas. 6 estaba tirada en el suelo con las manos en sus bajos. No lo pensé, corrí a gatas hacía don Ernesto, dejando a mis compañeras atrás.
Se había colocado justo detrás del cubo donde todas habíamos orinado. El muy cerdo quería hacerlo más difícil todavía. Ya me daba igual todo, hasta el repugnante olor. Arrodillándome junto a ese asqueroso cubo, llevé mis labios a su polla cerca de explotar. El olor era muy desagradable, por lo que intenté no mirar hacía abajo. No quería darme cuenta que estaba haciendo una mamada a un viejo, sobre un cubo de pis. Solo chupé como si no hubiera un mañana, como si la corrida de aquel hombre, me fuera a cambiar la vida.
Escuché gritar a mi amiga. 2 y 3 la estaban golpeando por todo el cuerpo. En otra ocasión la habría ayudado, pero conseguir que don Ernesto se corriese en mi boca era más importante.
El viejo empezó a jadear. Se iba a correr. Lo había conseguido. Un poco más y saborearía la victoria en forma de lefa de abuelo. Lo deseaba tanto. No solo por empleo. Algo me excitaba. Entre toda esa barbarie de degradaciones hacía nosotras. Algo me ponía cachonda. Deseaba el trabajo, ese dinero me salvaría la vida. Pero algo más primitivo hacía que mi coño se mojase. Chupé con ansia, como si fuera la polla del hombre más atractivo del mundo. Le iba a hacer correrse en mi boca. Entonces sentí un dolor terrible en mi culo. Volteé a mirar entre gritos. Era 6, empujando mi rotulador hasta quedar completamente dentro de mi recto.
No me dio tiempo a reaccionar. Solo a sentir como todo el objeto estaba dentro de mí. Ella agarró mi pelo y tiró fuerte, para después empujarme hacía abajo. Casi no me dio tiempo a poner las manos sobre el cubo, lo que evitó que mi cara entrase de lleno en aquella mezcla vomitiva. Con sus manos aún en mi cabeza, usó su peso para empujar hacía abajo. Saqué fuerzas de donde no las tenía para aguantar con mis manos en los bordes de aquel cubo. Quedé con mi cara muy cerca de aquella guarrada y no pude hacer nada para evitar que ella continuase con la mamada que yo había dejado a medias.
- ¡Ufff! ¡Sí! Me encanta. Eres la que mejor la chupa de todas. Empuja fuerte. Quiero correrme viendo su cara dentro de los meados.
Animada por el viejo, puso todas sus energías en meter mi cara en aquel maloliente balde de pis. Los músculos de mis brazos estaban tensos como nunca en mi vida, pero aun así veía como cada vez estaba más cerca del amarillento líquido. Odiaba a esa mujer. No solo iba a ganarme la batalla por la inmunidad, que quería ganar méritos con don Ernesto, a costa de hacerme algo aberrante. Pensé en patearla, pero si movía las piernas era seguro que caería dentro del cubo.
- Vamos 6. Estoy a punto de correrme. Si le metes la cara, te doy ahora mismo 2000€.
¡Hijo de puta! ¡Maldito malnacido! Deseaba matarlos a los dos. El muy cerdo… Mis brazos empezaban a flaquear. Ella ya casi no chupaba, solo se limitaba a empujar mi cabeza con su rabo en la boca. Mi cara ya estaba dentro del cubo, a unos centímetros del líquido. Cada vez era más difícil aguantar.
- Ve, don Ernesto. Esta no vale para nada. Le voy a hacer tragar todo para que usted se corra disfrutando viendo cómo se ahoga. Yo no tengo ningún límite, haré todo lo que ordene para hacerle disfrutar. – le dijo 6, apretando más fuerte si cabe.
Luchaba con todas mis ganas por librarme de aquello. Pero no podía evitarlo. Estaba demasiado cansada, me dolía muchísimo el culo y los brazos empezaban a flaquear. Iba a acabar con la cara metida allí. Ya casi sentía aquello en mi piel. Mi cuerpo se había rendido. Caí en la cuenta que era mejor ceder. Poner de mi parte para el placer de don Ernesto. Cerré los ojos y me dispuse a ser sumergida en aquello.
De repente la fuerza que me empujaba desapareció. Escuché el aullido de 6. Saqué la cabeza del cubo y vi a 5 tirando de los pelos a 6 y llevándola a rastras por el suelo. No perdí un segundo y volví a mi trabajo oral.
No había mamado ni 10 segundos cuando sentí como retorcían mis pezones brutalmente. Era 2, arrodillada a mi espalda. Al soltar mi presa para gritar, ella la cazó al vuelo, continuando la mamada donde yo lo había dejado. Intenté separar sus manos de mis tetas, pero era imposible. Cuánto más me esforzaba, más fuerte retorcía los pezones.
De nuevo fue 5 quién me sacó de encima a 2. Pero quedándose sus labios a unos centímetros de la tranca del viejo, volvió a tener a 2 sobre ella. A mi me ocurrió igual, siendo 6 quien agarró mi cuello y me tiró al suelo.
Sin darme cuenta de cómo pasó, 6 estaba sentada a mi espalda, retorciendo mi brazo sobre esta. No podía escapar, estaba demasiado agotada para liberarme de ella. 6 tiró con fuerza de mi brazo, haciéndome suplicar que parase.
- Si vuelves a intentar chupar, te lo rompo.
Yo solo pude asentir con la cabeza esperando a que me soltase. Lo hizo y fue directa a don Ernesto. Me quedé tirada sin moverme, viendo cómo 6 chupaba y como 3 ayudaba a 2 contra 5. Mi amiga fue reducida como yo, quedando 3 tumbada sobre ella, agarrando su cuello con sus muslos y abrazando las piernas de mi amiga impidiendo defenderse. 2 dejó que la joven retuviera a 5 y fue también con el viejo. Por unos instantes me excite viendo cómo 3 tenía su coño en la cara de mi amiga. ¿Cómo podía pensar en algo sexual en este momento?
Ambas llevaban su boca al miembro del viejo y se empujaban la cara con sus manos para evitar que la otra pudiera metérsela. Don Ernesto gritaba de júbilo, viendo a dos bellas mujeres pelearse por su rabo. Yo no tenía fuerzas para nada. Deseaba el trabajo. Deseaba comerle la polla al pervertido viejo. Pero no podía moverme. Estaba agotada. Mi culo me ardía con el rotulador incrustado. Mis brazos no me respondían. No podía más. Había perdido. Y lo peor, es que estaba segura que cualquiera de esas dos, me elegiría a mí para eliminarme. 2 me odiaba claramente desde que don Ernesto me dio la botella de agua. Al igual que 6, después de nuestra pelea. Mi sueño se esfumaba. Adiós a mi casa, adiós a mi vida.
Entonces escuché un alarido de la pobre jovencita. No se que le había hecho 5, pero 3 quedó tirada en el suelo llevando sus manos a sus bajos y llorando como una niña.
- ¡Vamos! Levanta. – me dijo 5.
- No puedo. No puedo moverme. No me quedan fuerzas.
- Déjate de tonterías. Yo sola no puedo. Yo me ocupo de ellas y tú se la chupas. Si ganan ellas, una de las dos vamos fuera. Así que déjate de tonterías y ponte a chupar hasta que se corra en tu puta boca. – me dijo 5, agarrándome la cara con fuerza.
Me soltó y se lanzó a por 2 y 6. Miré y vi que 3 seguía lloriqueando en el suelo. No se que le había hecho 5, pero la había dejado fuera de juego. Increíblemente, separó a ambas de él. Forcejeando, 2 acabó en el suelo y 5 atrapó su cuello con sus muslos como había hecho antes 3 con ella. 6 intentó escapar para llegar al viejo, pero 5 agarró sus piernas y la hizo arrastrase boca arriba por el suelo. Abrazó las piernas de 6 a la altura de los muslos, impidiendo sus movimientos. Esta intentaba escaparse golpeando a 5 como podía, pero ella aguantaba como una roca cada golpe.
Tenía que hacerlo. Como fuese, debía llegar hasta él y chupar para hacer que se corriese. 5 se estaba sacrificando por mí. Gracias a ella podía ganar. Como pude gatee hasta él. Sentí como tiraban de mis piernas de nuevo, era 6. Con una fuerza increíble, 5 la hizo retroceder un poco más. Pude llegar hasta don Ernesto. Él me miraba con una sonrisa mientras balanceaba su polla con la mano. Abrí mi boca y él mismo me la metió dentro. Chupé como si fuera mi última comida. Como una perra hambrienta.
- ¡Chupa, Siete! ¡Chupa! – me gritaba 5.
La sala se volvió un maremoto de gritos e insultos hacía nosotras. Notaba golpes en mis piernas, seguramente de 6 intentando alcanzarme, pero 5 la tenía bien sujeta. Escuchaba sus quejidos, seguramente estaría siendo golpeada por ambas intentando escapar. Tenía que acabar rápido. Aquella mamada le daba placer a él, pero era una tortura para mi amiga.
Estaba cerca, muy cerca. Entonces vi como agarraba el cubo que quedaba a sus pies. Cerró los ojos, se iba a correr. Comencé a follarme la boca como una loca. No había arcadas ni falta de aire, eso me daba igual ya. Solo me importaba que ese hombre se corriese. El sonido de mis babas chocando con aquel trozo de carne ensordecieron los lamentos de 5 y los gritos de las otras. Solo se escuchaba mi boca siendo follada por aquella polla.
- ¡Chupa! ¡Chupa, Siete! ¡Chupaaaa!
Y entonces lo sentí. Un disparo en mi boca, un sabor amargo y caliente. Reduje mi velocidad, pero seguí chupando. Algo me hacía procurarle el mayor placer al hombre causante de todos mis males. Don Ernesto tiró el pis del cubo por encima de mí, llegando todo su contenido sobre las tres chicas, que detuvieron la lucha del susto. Yo misma recibí varias salpicaduras, pero nada comparado con ellas, que fueron bañadas completamente.
Con mi cuerpo sucio y destrozado, mi culo reventado por un rotulador y oliendo a pis, estaba cachonda al recibir más disparos de esa tranca en mi boca. Dejé que me llenase por completo. Era increíble la cantidad de semen que había soltado. Él sacó su pene y yo cerré los labios con fuerza para no perder nada.
- Venir todas aquí. Quiero que lo veáis bien para que no digáis que hay trampas. – dijo don Ernesto.
Todas vinieron, incluso 3 y se pusieron de rodillas junto a él. Me hizo abrir la boca frente a ellas. Yo lo hice con una mano debajo, por miedo a verter lo que tanto me había costado conseguir. Me hizo estar bastante tiempo así, con la boca abierta mostrando su semen. Incomprensiblemente, eso me excitó. Estaba destrozada y notaba mi coño humedecerse. Me ponía que ese hombre me exhibiera como una puta delante de ellas. Por eso cuando le escuché la siguiente orden, casi me corro sin tocarme.
- Traga zorra.
Era un viejo asqueroso. Sin ningún atractivo físico. Pero esos aires de superioridad. Esa manera pervertida de hacernos sufrir… No sé qué tenía, pero me ponía muy cachonda. Y como si fuese la corrida del hombre más sexy del mundo, tragué todo, como una buena zorra.
- Pues ahora piensa a quien quieres despedir. Y para crear un buen ambiente laboral y lleno de cordialidad, quiero que beses en la boca a todas las que continúen en el proceso de selección. Así las afortunadas también podrán saborear mi leche.
Era un hijo de puta y un pervertido. Pero me ponía cachonda. Esa manera de jugar con nosotras y humillarnos solo por la promesa de un trabajo, me hacía sentir muy guarra, muy puta. Todas me miraban con ojos de cachorro abandonado. Aquellas que hasta hace un momento me habían maltratado, golpeado y humillado, ahora deseaban que las besase.
3 estaba la primera de izquierda a derecha. A pesar de ser la más joven y toda una preciosidad, era la más modosita de todas nosotras. Aunque fuera una puta, no llegaba a los requisitos que don Ernesto precisaba. No la veía como una competencia real. Por lo que la besé, juntando mis labios a los suyos. Besando a esa niña buena, compartiendo el sabor a semen de mi boca.
La siguiente era 2. Ella si era una rival. Además de tener un cuerpo de escándalo, con esos pechos enormes. Esa cara de ángel escondía una maldad que podría usar en mi contra. A pesar de eso, la bese. Y lo hice de la manera más lasciva posible. Sintiendo el calor en mis bajos. Aquella zorra me había tratado mal desde que entré, pero estaba tan cachonda viéndola rendida a mis labios, que deseaba tocarme mientras la besaba.
Solo quedaban 6 y 5. Esta última había sido la única que me había ayudado desde el principio. Y gracias a ella había conseguido mi premio. Pero tengo que reconocer que era de lejos mi mayor rival. Su cuerpo era perfecto, mucho más tonificado que el mío. Sus tetas eran más firmes a pesar de ser algo más grandes. Y su culito… dios que culito. Puede que mi calentón me hiciera desvariar, pero 5 era toda una diosa desnuda y arrodillada.
Y 6… esa maldita zorra. La que me había clavado el rotulador tan profundo que no podía casi ni moverme. La que por su culpa casi meto la cabeza en el cubo de pis. Además, en palabras de don Ernesto, era quien mejor la chupaba. Y estoy segura de que esa cualidad era muy importante para ser una buena secretaria.
Si tuviera que elegir racionalmente, 5 sería mi mayor contrincante. Pero me dolía demasiado el culo. Por lo qué, sin tener en cuenta el olor de mi amiga, llevé mis labios a los suyos y nos besamos intercambiando nuestros sabores. Provocando que mi coñito se lubricase esperando pasar al siguiente nivel con aquella espectacular mujer. Mis pechos tocaron los suyos, sintiendo en mi piel la humedad por la ducha dorada que acababa de recibir. Pero eran tan bonitos, tan duros, con unos pezones tan redonditos y puntiagudos… Deseaba lamerlos, por muy manchados que estuvieran. ¡Joder, estaba salidísima!
- 6, a tu puta casa. Las demás, ya os llamaré. En el patio está vuestra ropa. En aquel contenedor de basura. Recordar llevaros vuestros precontratos. Y el rotulador… un regalo de empresa. – dijo don Ernesto, terminando con una sonora carcajada.
6 fue la primera que salió corriendo de la sala, después de mirarme con odio. Las demás hicimos lo mismo. Estaba muerta, casi no podía ni andar. Odiaba esos zapatos. En cuánto tuviera dinero los tiraría por la ventana. Pero lo que más me preocupaba era mi culo. Creo que me había hecho una fisura o algo.
5 me ayudó a bajar las escaleras apoyándome en ella. Por supuesto, llegamos las últimas al patio. 6 ya se había ido y las otras dos estaban saliendo por la puerta. En cuanto salieron, ambas sacaron el rotulador de sus culos y los tiraron al suelo, junto con sus “precontratos”.
- Tú no lo hagas. Por mucho que te duela, no te lo quites hasta que estés segura que no puede verte. Y guárdalo junto al papel. No te fíes de ese cabrón. – me dijo 5.
Ella cogió su ropa del cubo y se la puso. El contenedor era básicamente eso, un contenedor de basura, por lo que la ropa estaba sucia y con mal olor. Aunque ella no olía mejor por culpa de aquel cerdo. Se despidió de mí con un beso casto en la mejilla y una mirada de complicidad, que hizo erizarse mis pezones. Yo fui a por mi ropa, pero por más que rebuscaba entre la basura no la encontraba. Me puse muy nerviosa. Entonces le escuché detrás de mí.
- Tú ropa esta en la calle. He visto a 6 sacarla. – dijo don Ernesto.
Por su mirada, tuve claro que él no iba a convertirse en un caballero y salir a por ella. Muerta de vergüenza me acerqué a la puerta y la vi. Junto a los rotuladores y los papeles de las tres, estaba mi ropa tirada en el suelo. Hecha trapos. La había destrozado. Había vaciado mi bolso en el suelo. Mi cartera no estaba y el móvil tenía la pantalla rota. ¡Zorra, hija de puta!
- Vaya… hay quien no sabe perder. – dijo él, saliendo fuera y recogiendo los tres papeles.
- 2, 3 y por supuesto, 6. Ahora están las 3 despedidas. Mira que les dije que lo guardasen… No sabrás si 5 también lo ha tirado ¿no? – me preguntó.
- Sí… se sacó el rotulador del culo y lo tiró con el papel, en aquella alcantarilla. – le dije, señalando con mi dedo.
- Bueno… pues ya esta decidido entonces. Mañana a las 8 en esta dirección. El puesto es tuyo. – me dijo don Ernesto, dándome una tarjeta.
- ¿Sí? ¿De verdad? Muchas gracias don Ernesto. Muchísimas gracias. No se arrepentirá. Seré la mejor secretaria. La mejor puta. Ya lo vera. – le dije yo, tan emocionada, que me daba igual estar saltando desnuda en la calle.
- Eso espero. A la mínima, ya lo sabes, a la puta calle.
- Sí, sí, don Ernesto. No se preocupe. Haré todo lo que me ordene. Ya vera.
- Venga suelta zorra. Qué no quiero que me vean con una puta en pelotas. – me contesto de mala gana, recordándome mi situación inminente.
- Señor… don Ernesto… vera… no tengo ropa. Y vine en bus. No puedo volver desnuda. ¿Podría ayudarme?
- ¿No te quedó claro? Me importas una mierda. Me da igual si tienes que pedir un taxi y llegar desnuda a tu casa. De hecho, me alegro.
- ¿Podría darme al menos para el taxi, como adelanto? Es que… no tengo dinero.
- Como me ponen las putas desesperadas. Pues no. No te voy a dar ni un duro de adelanto. Pero mira, a ti no, pero a ellos si les puedo dar una propina. – dijo, refiriéndose a los dos trabajadores.
Fue hacia ellos y le dio a cada uno un billete de 10 euros. Les dijo que una mamada mía no valía mas que eso. Y que me vendría bien practicar. Se fue y me dejó allí desnuda con los dos albañiles. Estos se frotaban las manos, su jefe les había invitado a una mamada a cada uno. Mi primer trabajo real como puta. Y cobraría 20 euros por chupar dos pollas mugrientas. Pero estaba contenta. El trabajo era mío. Había tenido que jugar sucio. Lo sentía por 5, pero yo lo necesitaba. En mitad de aquel patio de la nave, me arrodille de nuevo. Era lo más bajo que podía hacer como mujer, pero estaba muy cachonda. Por fin cumpliría mi fantasía de ser una puta que cobra por sexo. 10 euros la mamada.
Muchas gracias por llegar hasta aquí. Es un relato diferente a los que ya he publicado, por lo que agradecería vuestros comentarios y críticas.
Saludos.
Wilmorgan.
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