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Dominaciónago 2024

Me llamó desesperada

Llegó a mi puerta con las maletas y el alma rota, pidiendo permiso para dejar de ser humana. No quería ser salvada; quería ser usada. Y yo, que sabía exactamente qué tipo de mujer era, no pude resistirme a hundirla un poco más.

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La puta mierda me llamó desesperada. Su último intento de tener una relación vainilla había fracasado. De nuevo. La muy imbécil llevaba años tratando de hacer funcionar relaciones vainilla, de esas de princesas Disney, con sus besitos y sus planes de boda, cuando en realidad ella sabía que no valía para eso, que no estaba hecho para ella. Puta educación católica y reprimir tabúes.

La había usado apenas un par de veces hace unos años. Ni siquiera me molesté en darle un nombre diferente al de su DNI, para mi no era más que “la puta mierda”. Disfruté usándola, pisándola, vejándola, atándola y degradándola hasta el nivel más abyecto. Y la muy puta era feliz así. Cuanto peor la trataba, más se entregaba. Cuanto más la hundía en la miseria, más me esforzaba por complacerme.

Desgraciadamente, el no poder tenerla 24/7 en aquel momento y vivir lejos hizo que decidiese probar su “otra alma”, echarse novio y querer aparcar a la puta mienda. Spoiler: sale mal siempre, no lo intentes.

El caso es que sabía poco de su vida vainilla, pero algo me contaba. Que si este novio, que si estaba muy bien, que si estaba enamorada, que si menudo cabrón que me ha dejado… Creo que tuvo 3 en poco tiempo. No estaba hecha para esa vida, pero no se daba cuenta y quería intentarlo. Algo debía barruntar cuando era ella misma la que no quería romper el contacto, la que me escribía de vez en cuando para contarme cosas de su vida.

El caso es que un día petó. Tras el tercer novio fallido por fin se dió cuenta: su futuro no incluía un coche demasiado grande para hacer la compra en el Mercadona con dos niños en el carrito, si no lamer las suelas de su dueño y renunciar a cualquier libre albedrío.

Y lo hizo a lo grande, a lo bestia: un sábado de octubre me despertó el timbre de mi casa. Me levanté de la cama maldiciendo a todos los antepasados de puto imbécil que me sacaba de la cama tan pronto (bueno, las 11, me gusta dormir) y, al mirar por la mirilla, casi se me cae la mandíbula. Ahí estaba la puta mierda, con cara llorosa, compungida y acojonada. Sin saber si estaba en casa, pero mirando a la mirilla con un “por favor, Señor, ábrame”

Flipando en colores, pero mucho, abrí y di un paso atrás. Quería ver si era verdad, que las legañas no me habían jugado una mala pasada.

Era real, ahí estaba la puta mierda, con sus ubres impresionantes, su cara de niña buena, su cuerpo hecho para ser usado. Llevaba un bolso de mano, una mochila y una maleta mediana. Me miró con cara de sorpresa (debía de pensar que no estaba en casa, tardé en abrir) pero se le iluminaron los ojos al verme. Apenas 5 segundos después, estaba llorando.

En ese momento, con las neuronas aún durmiendo, podía haber salido en modo “caballero”, haberla hecho pasar, darle un abrazo, ofrecerla un café, escucharla y averiguar qué coño hacía allí. Pero no, me salió el Cabronazo y solo dije: “Protocolo, puta mierda”

Entendió lo que quería decir. Ya lo teníamos hablado, pero poco practicado. Le costó varios segundos componerse, mientras la miraba sin decir nada. No abrió la boca, dió unos pocos pasos y entró en mi casa. Cerré la puerta y vi que me miraba con cara de “¿De verdad, Señor?” No me molesté en decir nada, pero en ese momento, mi polla ya pensaba por mi.

Tras un momento de duda, breve pero intenso, soltó la maleta y los dos bolsos y empezó a desnudarse. El protocolo hablado incluía que en privado, la puta perra no podía llevar absolutamente nada de ropa. Y en público, la poca que yo le dejase llevar.

Dejó la ropa de cualquier manera sobre la maleta y se arrodilló. Echó las manos hacia delante, bajó la cabeza y comenzó a besar mis pies desnudos. La dejé hacer unos instantes, aun no me había recuperado de la sorpresa y aproveché ese tiempo para recomponerme. ¿Qué coño hacía aquí la puta mierda, de sorpresa, obediente como siempre?

Tracé un pequeño plan de acción, basado en dos ideas básicas: La primera, no iba a dejarla salir del protocolo. Era mi puta mierda, no la podía considerar como humana ni aunque estuviese llorando en la puerta de mi casa. La segunda, tenía que averiguar qué coño hacía allí y cómo aprovecharme de ello.

“No te muevas ni un milímetro, puta mierda”

Fuí a por un collar, uno malo, chino, pero que tenía opción fácil de cerrarlo con candado. Volví y, agachándome, se lo puse. Ni se movió. Un par de azotes en el culo completaron la bienvenida.

“Sígueme, puta mierda”.

Fuí a la cocina, necesitaba un café. La puta mierda me siguió a 4 patas, con las ubres bamboleándose. Como me ponían esas ubres, joder.

Me puse un café, con tranquilidad, y una tostada. Me senté a desayunar con tranquilidad admirando “eso” que estaba en mi cocina, aún mirando al suelo.

“Puta mierda, tienes permiso para hablar. Me surgen muchas preguntas, pero te voy a dejar responderme a una básica: ¿Que coño haces en mi casa?”

La puta mierda empezó a sollozar. A llorar. Mi parte humana quería abrazarla, pero eso se lo dejo a las personas que considero seres humanos. Esa puta mierda ni lo es ni merece siquiera que la considere así.

Puedo resumir la historia que me contó entre sollozos en que después de que su último novio la hubiese dejado hacía unos días, se había peleado con su compañera de piso y no podía más. Que se había dado cuenta de que no valía para la vida de parejitas y Tinder, que la vida vainilla no era para ella. Que no valía para nada nada, que realmente era una puta mierda.

La interrumpí. “Vale, puta mierda, pero aun no me has respondido ¿Que coño haces en mi casa”?

Su respuesta me la puso dura instantáneamente.

“Vengo a entregarme a usted. Totalmente, sin límites. Quiero ser la puta mierda que usted sabe que soy. Sin medias tintas, sin pruebas y sin marcha atrás.

En el bolsillo del portátil tiene el contrato que preparamos en su día, he eliminado todos los límites, de cualquier tipo. He añadido una hoja con mis contraseñas del móvil, del ordenador, de redes sociales, del correo y del banco y en mi ordenador encontrará mi firma digital. En el bolso está mi DNI y el resto de documentos.

Mi vida es suya. Quiero entregársela. Quiero ponerme en sus manos, quiero ser solo la puta mierda, no quiero pensar, no quiero volver a mi vida de antes, quiero ser feliz con el cerebro desconectado. Por favor, por favor, por favor”

Me quedé callado. Por supuesto que iba a aceptar su ruego (mi polla ya lo había hecho a la primera frase) pero quería darle un poco de dramatismo. Cabrón que es uno.

Sin decir ni una palabra, abrí el bolso y saqué el documento, Si, ya se que eso no tiene ninguna validez legal, pero era una declaración de intenciones brutal. Ví la lista de contraseñas y comprobé que hablaba en serio. Tenía que grabar un video de la puta mierda diciendo esto en voz alta, pero por ahora, me valía.

“Así que, puta mierda, primero me dejas por novietes de tres al cuarto y ahora vuelves arrastrándote a mis pies.”

Ví como se estremecía. Joder, como me mola hacer sufrir.

“Tengo que pensármelo, puta mierda, no vuelvas a hablar”

Acabé el desayuno viendo a la puta mierda llorar, a 4 patas en mi cocina. Tenía muy claro lo que iba a hacer pero había que darle algo de juego, hundirla un poco más, machacarla, dejarla claro su valor y su situación.

“A ver, puta mierda, dejemos las cosas claras. Yo no soy una hermanita de la caridad. Te plantas en mi casa y esperas que te saque del agujero en el que tu misma te has metido. Me entran ganas de mandarte a la mierda y seguir mi vida, pero…

(las pausas dramáticas son mi especialidad)

… te voy a dar una oportunidad. Te voy a dar hasta el lunes a primera hora para demostrarme que realmente entiendes lo que podría ser tu nueva vida. Voy a dejar aquí encima tus documentación, tu móvil y tus cosas. El lunes a las 8 de la mañana tendrás tu última oportunidad de recuperarlas. Hasta entonces tengo casi dos días en los que no me pienso cortar lo más mínimo. Si te entregas realmente, el lunes serás mía para siempre y se acabarán tus problemas de novietes y esas mierdas. ¿entendido, puta mierda?

La puta mierda no levantó la cabeza, pero la movió en una afirmación muy exagerada. Intuí un alivio enorme, este paso tenía que haber sido jodidamente difícil para ella.

“Para empezar, puta mierda, vamos a comprobar lo de los límites esos que dices que ya no quieres. Sígueme”

La puta mierda me siguió a 4 patas por casa. Fuí al baño (ni mear había podido aún) entré en la ducha, que era bastante grande, y la hice seguirme. La levanté la cabeza y, con los dedos tirando de su boca, la hice ponerse de rodillas y dejar la boca abierta. No necesitaba hablar.

Me saqué la polla, apunté a su cara y comencé a mear. Joder, pues era verdad eso de que estaba dispuesta a aceptar lo que fuese, incluyendo cosas que antes se negaba. Iba a disfrutar mucho de la puta mierda.

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