En la oficina 2
La puerta del despacho se cierra y el silencio se rompe con el sonido húmedo de la carne. No es una reunión de trabajo; es una sentencia. Juanjo lo sabe: hoy pierde su dignidad para siempre.
Sonia apretó las nalgas contra mi cara mientras su cuerpo se sacudía con otro orgasmo. Sus jugos mezclados con el semen de Ricardo me inundaban la boca y la nariz. gemía sin control, y yo me encontré ahogado contra su coño, mientras Pablo me follaba el culo con embestidas cada vez más profundas y brutales.
—Así… trágatelo todo, cornudo —jadeaba Sonia entre gemidos—. Siente cómo te abren el culo mientras limpias lo que un hombre de verdad me ha dejado dentro… Joder, me corro otra vez…
Pablo me agarró de las caderas con fuerza y empezó a follarme más rápido, sus huevos golpeando contra los míos. El sonido húmedo y obsceno llenaba el despacho.
—Mira cómo aprieta este puto —gruñó Pablo—. Ya está acostumbrado a que le metan polla. ¿Verdad, zorra?
Don Antonio se acercó por el lado, su polla gruesa y venosa ya completamente dura. Me agarró de la cabeza un momento, apartándome de Sonia.
—Abre la boca, putita. Vamos a ver si sabes chupar mientras te follan.
Sin darme tiempo a reaccionar, me metió la polla hasta el fondo de la garganta. Empecé a tener arcadas, pero Pablo me dio un fuerte azote en el culo y empujó más adentro, obligándome a tragarla lo más posible.
—Chupa, cabrón. Usa la lengua. Quiero que Don Antonio se corra en tu boca mientras yo te lleno el culo.
Sonia, todavía inclinada sobre el escritorio, se giró un poco más para verlo todo. Tenía una mano entre las piernas, frotándose el clítoris mientras observaba la escena.
—Dios… qué imagen tan puta —murmuró excitada—. Mi ex novio, de rodillas, con bragas bajadas, comiendo semen, tragando polla y recibiendo por el culo… Me está poniendo loca. Jamás te imaginé tan pervertido,Sigue, Antonio… métela más profundo. Quiero oír cómo gorgotea.
Ricardo, desde su sillón, fumaba tranquilamente mientras nos miraba con una sonrisa satisfecha.
—Pablo, dale más fuerte. Quiero oír cómo gime como una perra. Sonia, ven aquí.
Sonia se incorporó obediente, con las piernas temblorosas. Se acercó a Ricardo y se sentó a horcajadas sobre él, empalándose lentamente en su polla aún semierecta.
—Así, jefa… míralo mientras te follo otra vez —le dijo oído, pero lo suficientemente alto para que todos lo oyéramos—. Mira cómo convierten a tu ex en la puta de la oficina.
Pablo aceleró el ritmo, follándome sin piedad. Cada embestida me hacía gemir alrededor de la polla de Don Antonio, que me sujetaba la cabeza con ambas manos y empezaba a follarme la boca con fuerza.
—Hostia… qué boca más caliente tiene el cornudo —gruñó Antonio—. Va a sacarme la leche en nada…
Sonia empezó a cabalgar a Ricardo con movimientos lentos y profundos, sin apartar la mirada de mí.
—Juanjo… gime más alto… quiero oír cómo disfrutas siendo su puta… —jadeaba ella—. Dime… ¿te gusta que te follen mientras yo me dejo llenar por el jefe?
Pablo me dio otro azote fuerte y se inclinó sobre mí:
—Respóndele, zorra. Dile la verdad.
Con la boca llena de polla, solo pude gemir un “sííí…” ahogado
Don Antonio soltó una carcajada ronca y empujó hasta el fondo.
—Pues prepárate… porque hoy te vamos a llenar
Don Antonio fue el primero en correrse. Con un gruñido gutural me sujetó la cabeza con fuerza y me descargó directamente en la garganta. Chorros espesos y calientes me inundaron la boca sin darme opción a tragarlo todo. Parte del semen se escapó por las comisuras de mis labios mientras tosía y jadeaba. Él sacó su polla y me dio dos cachetes suaves en la cara con ella, extendiendo los restos por mis mejillas.
—Buena puta —murmuró satisfecho.
Pablo, detrás de mí, aceleró salvajemente. Sus embestidas eran cortas, profundas y brutales. Me agarró de las caderas con tanta fuerza que sabía que me quedarían marcas.
—Voy a llenarte, cornudo… toma toda mi leche…
Con un rugido final, Pablo se clavó hasta el fondo y se corrió dentro de mí. Sentí cómo su polla palpitaba y soltaba varios chorros calientes que me llenaban el culo. Cuando terminó, salió lentamente, dejando que un hilo de semen blanco resbalara por mis muslos y cayera sobre las bragas negras de encaje que aún tenía bajadas hasta las rodillas.
Sonia, todavía cabalgando lentamente sobre Ricardo, estaba al borde de otro orgasmo. Sus ojos no se apartaban de mí: arrodillado, con la cara manchada de semen, el culo abierto y goteando, y las bragas ridículamente bajadas.
—Joder… qué imagen… —gimió ella—. Mi ex… convertido en puta… lleno de leche por todos lados…
Ricardo la sujetó por la cintura y empezó a embestirla desde abajo con fuerza. Sonia se corrió gritando, todo el cuerpo temblando, mientras Ricardo gruñía y se vaciaba dentro de ella por segunda vez.
Durante unos segundos solo se escucharon respiraciones agitadas y el sonido húmedo de los cuerpos.
Pablo me levantó del suelo tirando de mi pelo y me puso de pie frente a ellos. Estaba temblando, con las piernas débiles, semen resbalando por mi barbilla, mi pecho y por detrás entre mis nalgas. Las bragas negras de encaje estaban completamente empapadas y manchadas.
Ricardo, todavía sentado con Sonia encima, encendió otro cigarro y me miró con desprecio divertido.
—Bienvenido oficialmente a tu nueva vida, Juanjo. A partir de ahora, cada vez que te llamemos, vendrás. Con bragas, sin bragas, como nos dé la gana. Y harás lo que te ordenemos. ¿Entendido?
Asentí en silencio, avergonzado y excitado a partes iguales.
Sonia se bajó lentamente de Ricardo, se acercó a mí y me dio un beso suave en los labios, probando el sabor del semen de Antonio.
—Gracias por venir, cornudito —susurró contra mi boca—. Me ha encantado verte así. La próxima vez quiero que traigas un plug puesto desde casa… para que estés ya preparado.
Pablo me lanzó el abrigo a la cara.
—Vístete y lárgate. Mañana a las ocho en punto estarás en tu mesa… y por la tarde, cuando te avise, volverás aquí. Sin excusas.
Me puse el abrigo con manos temblorosas, sintiendo cómo el semen de Pablo seguía goteando por mis piernas. Antes de salir, Don Antonio me dio una última palmada fuerte en el culo.
—Buena perra.
Cerré la puerta del despacho detrás de mí. El ascensor privado bajó hasta el garaje en completo silencio. Solo se escuchaba mi respiración entrecortada y el sonido húmedo de mis pasos.
Mientras conducía de vuelta a casa, con el culo dolorido, el sabor de semen todavía en la boca y las bragas empapadas bajo el abrigo, supe que ya no había vuelta atrás.no se como había llegado pero se que no había una salida digna.
Había dejado de ser Juanjo.
Ahora solo era la putita de la oficina.
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