La escala (Capítulo 6)
Óscar no está en la habitación, pero sus instrucciones son claras: calentar al comandante. Carla intenta resistirse, pero la voz de su marido a través del teléfono y la desnudez provocativa de David rompen sus barreras. Esta noche, el juego de poder lo decide él, pero el cuerpo decide ella.
La escala
Capítulo 6
Salimos de la discoteca y la noche está algo más fría que cuando entramos. David vuelve a sorprenderme con su caballerosidad despojándose de su americana, me la coloca sobre mis hombros desnudos. Ahora soy yo, por un momento, la comandante y no puedo más que devolverle una sonrisa a ese hombre, que hasta ahora sólo ha estado jugando, tal y como quiere mi esposo.
Ese hombre me tiene bien agarrada, caminando pegados rumbo al hotel, pues no hay ningún taxi a la vista. La noche es oscura y silenciosa, sólo se escucha el sonido de mis tacones sobre la acera y creo que hasta los latidos de mi corazón. Voy muy bien acompañada por ese chico tan buenorro y yo con un calentón de campeonato. No dejo de maldecir a Óscar, teniéndome tan cachonda caminando pegada a este crío que me tiene loca.
La mano de mi acompañante pasa de mi cintura hacia mi espalda y parece querer colarse más abajo.
- No te pases, David. - le recrimino mirándole seria.
- Perdona, Carla, es que eres un pibonazo y no me puedo resistir contigo y más sabiendo que no hay nada debajo del vestido.
- Pues resístete. Lo que hay debajo del vestido no es para ti. Ya lo sabes - le digo como si fuera un niñato, que en el fondo es... y para que le quede bien claro que él no me va a catar.
- Ya, ¡Qué pena! - añade.
Seguimos caminando en esa noche parisina y vamos charlando de cosas del trabajo, principalmente del mío, porque el suyo es alto secreto en esas escalas por varios países y de algún modo él ha dejado de atosigarme y se muestra mucho más amable y menos baboso, hablando por un momento maravillosamente de mi marido, admirándole como hombre, como militar y como compañero, algo que me hace sentirme orgullosa.
- Oye, Carla, por cierto ¿puedo preguntarte algo?
- Dime. - digo con reticencia.
- ¿Por qué no tenéis todavía niños? Ya sé que todavía eres joven, pero me extraña y seguro que Óscar, además, sería un padrazo.
- Bueno, no soy tan joven, te recuerdo que hoy cumplo los 40.
- Perfecto para ser madre hoy en día. Conozco varias con esa edad.
- En realidad, Óscar y yo no dejamos de intentarlo, pero bueno, ya sabes no quiere venir. Precisamente en este viaje queremos intentarlo de forma especial.
- Claro, tener un bebé fabricado en Paris, suena bien... jeje - añade riendo.
Hay un silencio y añade.
- Pues os deseo mucha suerte en ese nuevo intento. - dice y agradezco su interés y sus ánimos.
- Bueno, Óscar está tomando un tratamiento hormonal para producir más espermatozoides y ahora estoy en el momento álgido de ovulación, así que si no sale ahora...
- Verás como sí, Carla. Piensa en positivo.
Llegamos a recepción, caminando agarrados, sintiéndome protegida y acompañada por el comandante, cuando el joven que está de guardia me echa un buen repaso al escote y luego a mis piernas. Vuelvo a notar un cosquilleo por todo mi cuerpo con esas miradas. A estas alturas de la noche, cualquier aliciente resulta excitante.
David, le va explicando en francés que no tengo la tarjeta del hotel y que la dejé en el bolso, pero el chico de recepción dice que no puede hacerme un duplicado si no me identifico.
- Es que no tengo el bolso aquí. Lo tiene mi esposo. Estoy sin documentación. - añado.
El recepcionista mira a David, después a mí, pues no entiende que yo venga con otra persona que no sea mi esposo, ni que yo no tenga mi bolso y eso parece confundirle más... desconfiando. ¡Malditos parisinos!
A partir de ese momento David hace todo lo posible por convencerle en un perfecto francés, pero a pesar de todo, el recepcionista me mira de reojo y desconfía, por lo que David tiene que llamar a Óscar, para identificarse y darle la numeración de su propia tarjeta.
Una vez confirmado, con recelo, me entrega la tarjeta duplicada para mi habitación, mientras oigo que David habla con mi marido y se ríe, luego me mira al pecho y a las piernas. ¿Qué estarán diciendo? David extendiendo su teléfono me dice que Óscar quiere volver a hablar conmigo.
- Hola preciosa, ¿todo bien? - dice cuando pongo el móvil junto a mi oído.
- Sí, todo bien. No me acordé de lo del bolso.
- Tranquila, luego te lo llevo, mi amor. Ya está arreglado. ¿no? - dice al otro lado, aunque se le oye entrecortadamente.
- Vale. Si, ya tengo la tarjeta.
- Bueno ¿Cómo te trata mi jefecillo? - me dice.
Por un momento me veo con la americana del comandante y cómo amablemente sigue hablando con el recepcionista, mostrándose muy caballeroso e intentando explicarle lo que pasa. El otro no hace más que mirarme las tetas.
- Te oigo mal, a ratos… - le digo a Óscar al que no he logrado entender alguna frase apartándome para coger cobertura.
- Sí, es por la base y los inhibidores de los cojones… estos yanquis… - creo escuchar algo así.
No entiendo muy bien a qué se refiere y se oye un ruido largo, parece que le pierdo y vuelvo a escucharle.
- ¿Carla?
- Sí, ya tengo la llave. ¿Tú, cuando vienes? - le insisto.
- Bueno, primero a ver si se le pasa a uno de estos la tremenda borrachera y creo que estoy a punto de que firmen. Lo que hace el alcohol… jeje.
En ese momento pienso en ello, pues justamente mi calentura y el alcohol que he ingerido están poniéndome mucho más cachonda.
- Te decía que David te ha acompañado amablemente hasta ahí. - me comenta – es un buen tipo, no temas.
No sé si estar segura de eso, pero al fin y al cabo es cierto, me ha acompañado amablemente.
- Sí. Te ha hecho caso. - respondo a mi marido mirando a ese chico que en ese momento habla algo con el recepcionista al tiempo que ambos miran mis piernas y se ríen.
- Le habrás tenido al borde de la taquicardia todo el camino. - añade Óscar.
- Pues sí. No me quitaba ojo.
- Ufff, cariño, como me pone eso. Me encanta. Me imagino que no habrá podido despegar la vista de tu culo o tus tetas. Debe estar empalmadísimo.
- Óscar, por favor… no sigas con eso. - le digo en forma recriminatoria, pero orgullosa de haber cumplido esas expectativas con las que mi esposo tanto se excita y yo evidentemente también.
Vuelvo a escuchar ruidos de frecuencias raras y de pronto escucho la voz de Óscar:
- Si supiera que no llevas braguitas
- Calla, por favor, cariño. - le digo.
Lo lógico sería decirle a mi marido, ajeno a todo lo que sucede, que su jefecillo ya sabe que no llevo nada bajo el vestido, que sus manos juegan más allá de lo permitido y que es conocedor de demasiadas cosas sobre mí y que me las ha dicho así de sopetón, que sabe cómo la chupo, conoce mi postura favorita y tantas cosas que no debería ni imaginar. Estoy en la encrucijada de sentirme molesta y al tiempo orgullosa de que sepa cosas tan íntimas y las desee. Pero no soy capaz de comentárselo a Óscar, porque no sé cuánto de verdad hay en sus confesiones. Miro a David que sigue conversando a lo lejos con el recepcionista y parecen muy enfrascados en una conversación que evidentemente es por mí. A saber, qué demonios están hablando, sus risas delatan algo obsceno.
- Vamos amor, sabes que me encanta que provoques a los hombres y sé que a ti también te pone, ¿no? - sigue Óscar con su maldito juego, al otro lado de la línea con la voz que se va por momentos.
- Sí, pero cariño…
- Mujer, es nuestro secreto y solo va a quedarse en eso, en una calentura tremenda, de “solo ver y no tocar”. - lo dice con esa vocecita que usamos en nuestras fantasías de cama.
Trago saliva, pues lo de no tocar se me ha hecho complicado hasta ahora y los roces de ese chico, junto con los sobeteos a mi culo, me han desarmado y matado de gusto, pero claro no soy capaz de confesar tales cosas.
- Cariño, ¿no crees que esto del juego lo hemos llevado demasiado lejos? - le pregunto con inquietud.
- Vamos, Carla, si es lo que más nos pone y ahora la tengo dura con sólo pensarlo. ¿Acaso no te excita a ti?
Mi marido es incorregible, pero tiene razón. Sigue convenciéndome de que no hay nada malo y cuando voy a decirle todo lo que ha pasado hasta ahora, la comunicación se hace inaudible, durante un rato y miro a David que se encoge de hombros, como si aquello fuera normal seguramente porque están en una base americana protegida. En ese instante vuelvo a escuchar a Óscar:
- Me encanta que se sienta tan atraído por ti y no te pueda tener. ¿No te parece bestial?
- Sí, no sé… Bueno, ¿cuánto vas a tardar? - le pregunto impaciente pues lo único que quiero es tener una buena sesión de sexo de una maldita vez...
- Bueno, mira, le he dicho al comandante, que me esperéis en la cafetería del hotel mientras yo despacho a estos tipos.
- Pero...
- Sí, mujer, tómate una copa allí con David y yo llego justo cuando le tengas a tope.
- No sé...
- Vamos, nena, así seguirá admirando esas curvas y suspirando por cada una de ellas. Tú pon esas poses sexys que vuelven locos a todos. Cuanto más le enciendas, más me enciendo yo. Luego me lo cuentas todo con detalle y nos cogemos un calentón de los nuestros. ¿Lo harás por mí? - añade.
Es increíble su obsesión porque muestre lo mejor de mí, no solo con mi vestido ceñido, sino que lo exagere con movimientos provocadores. Desde luego, parece enfermiza esa obsesión suya.
- Carla cariño, ¿Lo harás por mí? ¿Le calentarás? - me repite justo cuando iba a decirle que le esperaba en la habitación.
- Vale, pero date prisa. - le insisto, pero en ese momento la comunicación se corta definitivamente.
Miro a David para entregarle el móvil.
- ¿Qué tal preciosa? - me pregunta acercándose a mí y acariciando mi espalda desnuda ante la atenta mirada del otro joven.
- Bueno, se ha cortado la comunicación, parece ser que sigue con los militares americanos.
- Sí, es que esa zona de la base yanki tiene inhibidores. No te preocupes que no tardará. Le esperamos aquí, si quieres.
- ¿Y para que ponen eso?
- Es algo que utilizan los americanos para que no los espíen, ya sabes cómo son, aunque seguro que ellos escuchan toda la conversación.
- ¿Han escuchado lo que hablamos?
- Seguro. – dice riendo.
Vuelvo a notar mis carrillos arder e imaginar que algún soldado americano se estará riendo de nuestra charla cachonda.
Le comento a David que Óscar no tardará y que podemos esperarle en el bar del hotel. Entonces se acerca al recepcionista y poniendo cara seria, este niega con la cabeza.
- ¿Qué ocurre ahora? – pregunto.
- El bar está cerrado.
- Oh, vaya. Entonces… - digo descolocada ante ese imprevisto.
- Pero tienen su botella de champagne en la habitación como habían pedido. – dice el chico de recepción.
- No, nosotros no… - intento explicar que no somos pareja, pero es David quien interviene.
- Genial, preciosa, pues nos tomamos la copa arriba tú y yo para esperar al capitán.
Tras darle un billete al chico de recepción, David me toma por la cintura ante la sonrisa socarrona del otro y cuando me quiero dar cuenta, estamos dentro del ascensor.
- David, no creo que sea buena idea que subamos tú y yo a la habitación. - le digo deteniéndome en mitad del pasillo.
- Te recuerdo que fue tu marido el que me dijo que le esperásemos tomando una copa.
- Ya, pero no es... - intento hablar para explicarle que es diferente hacerlo arriba que en el bar del hotel.
- ¿Vuelves a tener miedo?, ¿de mí o de ti? - dice desafiante quitando un mechón que se desliza sobre mi ceja y con su mano rozando mi cadera y parte de mi culo.
- Vamos, comandante. – le digo seria para que recuerde quien es.
- ¿No has visto la cara que se le quedó al de recepción? Se cree que somos dos amantes o algo así. ¿Has visto?
- Seguramente ha pensado que somos pareja.
- Sí, está convencido de que vamos a follar como locos allá arriba.
- ¡David! - exclamo seria.
Esas palabras hacen que mi sexo vuelva a derramar un poco más de humedad que noto a punto de escurrirse por mis muslos. Desde luego, nunca he pensado tener un amante, como él dice, pero si lo tuviera, sería uno como este hombre. Si además de estar tan bueno y tenerla tan grande, folla como dice, debe ser algo increíble. ¿Pero en qué demonios estoy pensando? No puedo beber, estar sin bragas y estar alentada continuamente por mi marido juguetón.
Llegamos a la habitación y noto mi corazón palpitar más fuerte que nunca. Tanto champagne y tanto toqueteo me han vuelto loca. Por un momento, intento ser cabal.
- Creo que deberías irte ahora. - le digo cuando abro la puerta, poniendo mi mano a la altura de su duro tórax, deteniendo su avance.
- Vamos mujer, tu esposo nos dijo que le esperábamos.
- Sí, David, pero no aquí arriba, dijo en la cafetería, no creo que...
- Una copa no mata a nadie. ¿Otra vez tus miedos? - añade él, empujando la puerta y entrando en la habitación, flanqueándome.
Por un momento me quedo ahí, bloqueada.
- No creo que a Óscar le haga gracia - replico una vez más, pero sin creerme yo misma que eso pueda ser verdad, pues el hecho de seguir calentando a su comandante le debe estar volviendo realmente loco.
- Seguro que le gusta que me calientes… - añade sabiendo que es nuestro juego que yo creía secreto hasta ahora.
- Pero...
- Venga, mujer, tomamos esa copita y ya. De verdad. No haremos nada que tú no quieras- insiste.
- Desde luego que no. - afirmo para dejárselo claro.
Ha cerrado la puerta tras de sí y no sé qué me pasa, pero no soy capaz de razonar y decirle amablemente que me deje sola. Dios, eso me está poniendo realmente nerviosa, pero más aún cuando llega a la cama de matrimonio y ve mi conjunto de lencería, las medias, el liguero, el tanga y la batita transparente allí todo bien estirado y preparado para mi noche especial con mi marido.
- Vaya, con que este es el conjunto sexy que le vas a regalar al bueno de Óscar. - dice recogiendo la bata y notando la suavidad de esa tela casi transparente.
- Sí, es para luego. - respondo ruborizada.
- Ya veo. ¡Qué suerte!... Le envidio
Me limito a sonreír, pues eso es precisamente lo que busca Óscar, volverle loco de envidia.
- Y el tanga te tiene que quedar espectacular - añade esta vez recogiendo las mini braguitas, pasando los dedos por la tela de esa prenda negra, descubriendo que no tapa por detrás, al ser una fina tira, pero casi peor por delante, donde sus dedos se transparentan claramente.
- Bueno, tomamos la copa… - digo entregándole la botella que saco del minibar y arrebatándole el tanga de sus dedos, pues estoy realmente incómoda y nerviosa.
Me mira sonriente y tras abrir la botella, la agita varias veces, a modo de gracia y el champagne sale entonces disparado por todas partes, pero manchando principalmente su camisa y sus pantalones.
- ¡Mierda! - dice él, al verse empapado.
- ¿Qué haces?
- ¡Ufff, vaya!
Pone cara de no haber roto un plato y yo me fijo en su pecho transparentado con el líquido totalmente impregnado en su blanca camisa, pudiéndose verse unos marcados abdominales. Noto también sus pezones claramente y ese cuerpo que ahora se muestra más atrayente todavía.
- Joder, me he quedado empapado. ¡Qué tonto soy! – comenta mientras yo no puedo dejar de mirar ese cuerpo.
Por un momento me mira con algunas gotas de champagne en su cara y no estoy muy segura de sí lo ha hecho a propósito. Ya no sé qué pensar...
A continuación, se suelta la corbata y se quita la camisa, sin despejar la vista de mis ojos, en una clara provocación a despojarse de la prenda.
- Espera, espera ¿Qué haces? - le pregunto de nuevo cuando ya se ha quitado por completo la camisa y deja la vista su torso desnudo.
- Pues quitarme esto que está mojado. - dice él como si tal cosa.
En ese momento me quedo embobada ante ese torso moreno y musculado y justo cuando voy a decirle algo, comenta:
- Vaya, los pantalones, también.
Seguidamente, sin tiempo a que reaccione, se suelta el cinturón, bajándose los pantalones y quedándose totalmente desnudo, para sentarse en la cama y estirar las prendas para que se sequen. ¡Estoy alucinando!
- ¡David, por favor! – exclamo viendo ese cuerpo perfecto y esa polla que sin estar en erección se ve enorme descansando sobre su muslo.
Es enorme, a pesar de no estar empalmado... No creo que eso me entre, pero ¿qué digo?
- ¿Asustada? - me pregunta viéndome inquieta.
- Pero David… yo… no creo que esto… mi marido... - respondo dubitativa, todavía en shock viendo ese cuerpazo a tan pocos centímetros de mí. Con esos músculos y esa polla que se ve prominente. ¡Madre mía!... ¡Qué bueno está! ¿Qué coño hace aquí?
Estoy en shock, de pie allí plantada con mi copa vacía y mirando ese cuerpo tan bien cincelado mientras él mira su ropa empapada con naturalidad pasmosa recolocándola sobre la gran cama. ¡Pero está desnudo!
- ¿Todo bien? - pregunta al verme ensimismada con su musculado cuerpo y especialmente con ese tan gordo que le cuelga de las piernas.
- Ya habrás visto a más hombres en pelotas- dice él riendo.
- David, esto no puede estar pasando… - respondo, pero desde luego no puedo afirmar que he visto muchos con un cuerpo como ese. ¡Qué pedazo de tío!
Mis ojos pasan por sus pectorales, tan bien definidos, su tripita con la tableta de chocolate dibujada, los bíceps poderosos de sus brazos y sus portentosos muslos, por no hablar del enorme pene totalmente libre de vello. No puedo quitar la vista de ese fornido chico que, si ya me gustaba vestido, así, desnudo, es tremendo. En un momento dado me descubre mordiéndome el labio y me siento ridícula por mi embobamiento. Óscar, ¿por qué me haces esto? - pienso asustada.
- Ven Carla que no muerdo. Siéntate a mi lado mientras eso se seca un poco - comenta.
- David, por favor, ponte algo y sal de aquí. ¡Estás en pelotas!
- Vamos, mujer. No voy a hacerte nada. Seguro que habrás visto a más hombres desnudos – añade y se coloca ese cimbel portentoso con naturalidad pasmosa.
- Por favor, vístete. Esto no es normal. Soy una mujer casada, esta es mi habitación...
Creo que no, no he visto a un hombre desnudo, en vivo, tan de cerca y menos que estuviera tan bueno.
Sigo sin despegar mi vista de ese cuerpo que me electriza. David, me sonríe al verme tan flipada y orgulloso sirve dos copas e insiste en que me siente a su lado, pero yo niego con la cabeza.
- Mira, no quiero que te incomodes, pero no puedo salir con esa ropa mojada. Me tomo la copa, espero que se seque y me voy. ¿vale?
- David, esto no puede estar pasando. - repito sin dejar de mirar su cuerpo.
- Prometo portarme bien.
Estoy tan impactada que noto el brindis de su copa en la mía incapaz de dejar de observarle y al final me convence para que me siento junto a él. David me observa detenidamente y el hecho que lo haga desnudo, es ya el sumun de la provocación a mi cuerpo tan vulnerable, tan excitado y con ese puntillo de locura, que ya no sé dónde está.
- ¡Eres preciosa! - dice pasando su pulgar dibujando mis labios justo cundo retiro la copa de mi boca
No soy capaz de decir nada y es que no me creo que esté pasando esto. Pienso en Óscar, en lo que debería estar pensando, en cómo le he llegado a excitar para llegar a esta situación.
- ¿Por qué no te pones cómoda? - me comenta de pronto.
- ¿Cómo?
- Sí, mujer, como yo…
- Si estás esperando a que me quede desnuda, lo llevas claro. – digo rotunda.
- No, pero podrías, ponerte el conjunto sexy ese. - añade rozando de nuevo con sus dedos la fina tela de mi camisón que está sobre la cama.
- ¿Estás loco? - le digo con los ojos abiertos, pensando en esa locura.
- ¿Y por qué no?
- No, David, no me voy a poner ese conjunto aquí.
- Es lo que te vas a poner luego… para Óscar.
- Si, por eso, es exclusivamente para mi esposo. - digo dándole otro trago a la copa queriendo contener mis nervios, que creo que se me notan, pues no puedo disimular mis temblores ni mirar de reojo ese cuerpo despelotado, sentado a mi lado. ¿Cómo he llegado a esto?
- Pues más a mi favor. Mientras le esperas, te puedes ir cambiando y así estás preparada. Prometo comportarme como un caballero. Solo valoraré lo que tantas veces ha puesto tu marido por las nubes, ese cuerpo que tienes y que se adivina precioso.
El chico no deja de mirarme y de tirar dardos envenenados.
- No, David. No es muy normal, ¿no crees? - le digo.
- Mujer ya tenemos confianza como para eso. Al fin y al cabo, ya me has visto a mi desnudo, tú seguirías vestida.
Fuerzo una sonrisa, pues esa ropa no viste demasiado.
- No, no... no insistas. No me voy a poner eso ahora, por favor – afirmo entre incómoda y excitada al mismo tiempo.
- Así te puedo dar mi opinión por saber cómo te queda, aunque debes estar especular. Daría lo que fuera por vértelo puesto. - añade acariciando mi muslo sobre la media con la punta de sus dedos.
A mi mente llegan las palabras de Óscar, en las que insistía en que le pusiera cachondo. Si me viera con esta batita medio transparente, de seguro que le pongo más. Por mi cuerpo pasa un escalofrío y es que tengo reconocer que me encantaría mostrárselo y que sienta mayor atracción por mi cuerpo vestida de esa guisa mientras él sigue desnudo.
- Mira cómo estoy yo. Desnudo y no pasa nada. - añade adivinando mis pensamientos confusos y poniéndose en pie me muestra frente a mi cara ese atlético cuerpo y en primer plano su pene que está empezando a tomar forma.
Me quedo pasmada viendo como ese tronco enorme va creciendo por momentos, duplicando el tamaño de Óscar en largura y grosor... y eso que todavía no está duro del todo.
- No es eso, es que es un regalo para Óscar. ¿Lo entiendes verdad? No le puedo hacer eso - respondo admirando esos músculos frente a mí y sin quitar la vista de su portentoso pene.
- Y lo será, uno de los mejores regalos, pero recuerda que tú también tenías una deuda pendiente conmigo. - añade con esa sibilina sonrisa.
- ¿Deuda?
- Bueno, lo de tus braguitas, fue un poco de trampa por tu parte.
- David, no es normal lo que me pides… no creo que a Óscar le haga gracia. Por favor…
- Pues se lo pregunto si así te quedas tranquila. - añade de repente.
- ¿Cómo?... No, espera. - le sostengo la muñeca, pero él se ha levantado y está llamando a mi marido.
- ¡David, no! – exclamo pues todavía no sé cómo se lo puede tomar Óscar, ni siquiera sabe que su jefe está desnudo dentro de nuestra habitación.
Me quedo noqueada. Si Óscar se entera de que estamos aquí arriba, no creo que le haga tanta gracia, pues el juego ya resulta demasiado fuerte. Ya no estamos jugando a provocar, su jefe inmediato está en pelotas.
David intenta llamarle, pero no hay respuesta, seguramente porque no tiene cobertura con los inhibidores esos.
- No contesta. - me dice negando con la cabeza.
- Bueno, mejor… olvídate, vamos a terminarnos la copa y te largas cuanto. - digo apurando de un trago la mía y mirando de reojo lo que le cuelga poderosamente entre las piernas.
- Espera, que le mando un mensaje. – insiste.
- ¡No, David!
A continuación, mando un mensaje al móvil a mi esposo y yo me quedo más alucinada con su descaro. Me muestra lo que ha escrito, para que no me queden dudas:
“Hola Óscar, la cafetería estaba cerrada y estoy tomando una copa con tu esposa en vuestra habitación, espero que no te importe. Ahora le he pedido que se ponga el conjunto que tiene reservado para ti, pero no quiere. No es tan lanzada como decías”
Mis ojos se abren como platos al ver el mensaje dirigido a nombre de mi esposo. Me tapo la boca con las manos esperando la respuesta de Óscar y que debe sentarle a cuerno quemado. En ese momento me quiero morir, pues me imagino que mi marido estará irritado. Yo sé que le gusta que yo caliente a su jefe fanfarrón, pero en la cafetería, no aquí en la habitación y menos estando este en desnudo… bueno, eso ni siquiera lo sabe. No soy capaz de razonar ¡Óscar me va a matar!
Rezo para que ese mensaje no llegue, pero tras unos segundos suena el bip con la respuesta y me imagino que Óscar le habrá dicho alguna burrada. David sonríe orgulloso y me muestra la contestación.
“Claro. Dile a mi mujer que te lo enseñe y así verás que bonita está con ropa sexy, más aún de lo que la has visto ya. Vas a flipar y que sepas que no es ninguna paradita, es muy lanzada”
No me lo puedo creer, pero Óscar ya no solo está jugando a provocar, si no que no es consciente de que eso ya es una pasada y que estamos solos su jefe y yo aquí, con un cachondeo en el ambiente… Compruebo otra vez que el teléfono es el de mi marido y es que me cuesta asimilar lo que leo. Esto ya no es seducir, es una provocación fuera de lo normal y es que con esa ropa se me va a ver todo.
- Vamos, Carla, recuerda que yo estoy desnudo y no pasa nada. Tu esposo quiere que te luzcas para mí. – afirma el comandante con una gran sonrisa.
Me quedo de pie, junto a la cama en donde ese hombre está desnudo observándome y recolocándose esa polla que no deja de crecer.
- No me acabo de creer que te diga eso. Esto no me parece ni medio normal.
- Ya lo has visto, a tu Óscar le gusta este juego. Dale por el gusto y de paso me lo das a mí.
Intento pensar rápidamente y serenar mi turbulenta cabeza, hasta que le digo.
- Mejor lo aclaro. Igual mi marido no lo ha entendido.
Le quito el móvil de su mano y soy yo la que escribe.
“Hola Óscar, soy Carla. No sé si has entendido bien, pero tu alumno quiere verme puesto el conjunto sexy que tenía reservado para ti. No creo que eso esté bien. Esto ya no es un juego. Esto ya es pasarse, ¿no te das cuenta? Además, el conjunto es casi transparente... se me va a ver todo”
Le devuelvo el móvil al comandante y vuelve a sonreír. Unos segundos más tarde llega la respuesta y David tras leerlo, sonríe contento y me lo pone ante los ojos:
“Claro que sí. Caliéntale como tú sabes. No me enfado, al contrario, me encanta. Vas a volverle loco, cariño.”
¡Dios, no me lo puedo creer! Me quedo pensativa. Óscar no es consciente de mi calentura, ni de que el chico está desnudo, que con ese conjunto se me va a ver prácticamente todo… que voy a estar casi desnuda yo también.
- Ya has visto que tu maridito quiere que sigas provocándome.
- No sé… Óscar ha perdido la cabeza.
- ¿No quieres hacerle feliz? Vamos, demuéstrale que eres la mejor provocando. Seguro que, con esa excitación máxima de tu marido, hoy te deja embarazada. - añade desafiante.
Por un momento pienso si eso podría ayudar, ya que desde luego Óscar va a estar más excitado que nunca. Miro al techo y noto que todo se mueve ligeramente, de seguro que estoy muy borracha, porque le contesto:
- Vale, te lo enseño y luego te vas. ¿De acuerdo? No me líes más. – digo y me cuesta escucharme a mí misma.
- ¡De acuerdo! - añade visiblemente excitado, mientras se coloca ese pene que parece crecer notablemente.
Continuará...
Sylke
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