Los días vividos 5
Elena creyó que esta vez sería diferente, que el sexo podría sanar la herida de la indiferencia. Pero la noche se vacía, el teléfono se apaga y Nacho recupera el control con una brutalidad que ella, a pesar de su resistencia, no puede negar.
5
Otra vez...
Tragué saliva sin saber qué contestar. En ese momento, sonó el teléfono y cerré los ojos, con una mueca de hastío.
—Dime Javier —contesté.
—Hola Elena. Solo quería saber si has llegado bien. Y pedirte que no te enfades —hablaba con total tranquilidad y naturalidad—. Que lo de la comida… ya verás como en unos días no le das importancia. Estamos bien así, yo quiero seguir viéndote y… ya veremos el futuro. No cierro nada. Me importas, pero ahora… es mejor ir despacio. No quiero arriesgar… poner en peligro lo que tenemos
—Eres un mierda, Javier… —no me pude contener al escuchar la última frase que me había soltado.
Nacho arrugó la frente y me preguntó con un gesto de su mano si me dejaba a solas con la conversación telefónica. Pero no, me apetecía que me escuchara. En cierta medida, me acababa de envalentonar y, de forma inconsciente me sentía fuerte y capaz de trasladarle lo mismo a él. Si escuchaba aquella conversación, me dije, se percataría de mis deseos afectivos, procurando no caer en los mismos errores del pasado. Acababa de dar crédito, aunque no me di cuenta de ello, a que yo le gustaba.
—Es que es la verdad… —continué con Javier al teléfono—. Te gusta follar conmigo. Y no tener ninguna obligación. Eso es todo.
—No jodas, Elena… —se quejó Javier.
Nacho estaba quieto, tragaba saliva. Me miraba con una mezcla de extrañeza por mi sinceridad y algo de vergüenza porque, porque no le había pedido ni dicho nada a su interrogación a si debía irse y dejarme a solas con la conversación.
—Aunque matizo. Te gusta conmigo y con otras.
—Elena…
—No jodas, Javier —le corté. Estaba cabreada y molesta con él y conmigo—. Al menos ten la decencia de admitirlo.
—Tú haces lo mismo, ¿no? No nos hemos prometido exclusividad y ambos estamos contentos así.
—Habla por ti.
—¿Tú no lo estás? —Su voz salió en un hilo. Dubitativa y diría que casi miedosa.
—Esto no tiene mucho sentido, Javier. —Suspiré—. No quieres exclusividad, ¿no? Para mí significa que te apetecería echarme un polvo ahora o dentro de quince días, pero sin ataduras y seguir así hasta que alguno se canse. Sin preguntas, sin problemas… ¿verdad?
—Si eso es lo que quieres… —Me contestó a su vez.
—Vete a la mierda, guapo… —le colgué con un gesto duro, de pétrea determinación. Aunque en realidad distaba de sentirme así.
Por mi cabeza pasaban muchas ideas e imágenes. Me eché el pelo hacia atrás e inevitablemente, como otras veces, sentí el impulse de tener a Nacho conmigo. Tras aquello, retiré un poco el plato y puse ambos codos en la mesa. Me encontraba ofuscada, molesta y rabiosa. Miré a Nacho, pero no dijo nada. Se mantuvo serio. El móvil volvió a pitar y cerré los ojos hastiada. Los abrí un par de segundos después y empecé a teclear contestando el mensaje.
Javier
En fin, que tengas suerte
Me exasperó su tono indulgente y tan desapegado.
Sin ti, seguro
Tecleé con prisa.
Javier
Nunca pensé que fueras tan borde
Hoy ya no tengo nada de qué hablar contigo. Si te apetece, me llamas un día de estos y chalamos como dos personas normales
Dejé el móvil en la mesa y lo apagué.
—¿Todo bien? —me preguntó Nacho.
—No. Ya lo has oído… —resoplé, frotándome la cara con ambas manos.
—Elena…
—¿Qué? —pregunté sin mirarlo.
—No quiero decir que te lo dije…
—Me temo que lo acabas de hacer —sonreí de lado con sarcasmo.
—Ese tipo…
—Nacho, estoy jodida. ¿No lo ves? —le espeté cabreada, cortándole la palabra—. No me sermonees.
—Solo quiero ayudarte, de verdad.
Me limité a mover la cabeza en una negación corta y repetitiva. Me entraron ganas de chillar y de romper cualquier cosa que cayera en mis manos. Nacho, entonces, adelantó sus manos y cubrió las mías, en un gesto que parecía brindarme protección y amparo.
Lo miré con una mezcla de curiosidad y de agradecimiento por aquel gesto. No era propio de él y me sorprendió para bien. La pregunta volvió a presentarse en mi cabeza. ¿Sería Nacho el indicado?
Pestañeé varias veces e intenté que las lágrimas no asomaran a mis ojos. Me sentía débil en medio de la ofuscación. Javier, aunque era un chico voluble, con poca madurez afectiva e intermitente en sus sentimientos, era una muesca frustrada en mi vida. Un nuevo fracaso, en definitiva. Y Nacho, con sus oscuridades, su carácter opaco, insondable en ocasiones y complicado en la mayoría de las ocasiones, se me presentaba como el único candidato que ahora tenía para enderezar mi vida. Y fue entonces, cuando la duda se fue convirtiendo en una posibilidad. Si yo era capaz de domar a ese Nacho de reacciones algo tortuoso y perverso, incluso en el sexo, ¿sería el indicado?
__________________________________________
No sabía la hora que era. Ni tenía claro cómo había surgido otra vez aquello. En parte, por la sorpresa de ver a ese Nacho comedido y cercano. Y también, por esa curiosidad y esperanza de intentar plegar a mis deseos la parte que no me gustaba de mi compañero de trabajo y amante. Yo sabía que aquello no era sencillo y no me engañaba. Pero esa mezcolanza confusa de pensamientos, donde se enlazaban deseos de tranquilidad y serenidad, con el ansia de establecer una relación de pareja normalizada, actuó en el sentido de dejarme llevar por Nacho a la cama.
Estaba completamente desnuda y me sentía muy excitada. Me prometí a mí misma que esta vez no sería como las otras. Me propuse un sexo más calmado, más tranquilo y sensual. Si aquello funcionaba, quizá habría una posibilidad con él. Tuve que detener a Nacho, al que sus instintos le vencían. Me alegré, porque logré que se dejara hacer y que no llevara él la iniciativa con ese ímpetu que rozaba la dureza limítrofe con saña disfrazada de frenesí.
Me otorgué la victoria e intenté disfrutar con una calma que era nueva para ambos. Ver la polla de Nacho, grande y gruesa, ahí, delante de mi cara, provocaba en mí un nivel de apetencia sexual que me desbordaba y hacía que llegara a perder el control. Entraba en una especie de trance maligno y atractivo, bizarro y con oscuridades, pero que me empujaba sin remedio a ese sexo cada vez más desatado y descontrolado.
A gatas, en mi cama del dormitorio, me acerqué hasta poder lamer con suavidad aquel glande oscuro y palpitante. Lo miré. Estaba duro y parecía desafiarme. Abrí la boca y cerré los ojos. Fui tragándomelo poco a poco, queriendo que Nacho sintiera las mismas sensaciones que yo. Lo sentí dentro, casi tocando mi garganta, llenando por completo mi boca. Nacho jadeó ligeramente y yo acompañé cada movimiento de mi lengua en su pene, con un ligero gemido.
Me mantuve quieta, abarcando la mitad de ella en mi boca, luego lo miré a los ojos y él me devolvió una sonrisa y una caricia. Me la saqué de la boca y volví a engullirla. Aceleré el movimiento de mi cuello, manteniendo siempre su glande dentro de ella. La tragaba hasta más de la mitad y me detenía en el principio de su capullo, con un ritmo adecuado, ni muy rápido ni demasiado lento.
Después de estar así un tiempo, agarré con la mano su miembro y me la saqué de la boca. Empecé a lamerle los genitales, hinchados y pesados, mientras acomodaba con la palma de la mano todo su miembro en su vientre. Los lamí con la lengua, me los introduje con delicadeza, notando como se contraían de placer.
Pasé mi lengua por todo el tronco de su pene, terminando siempre en la punta de su glande, con varias vueltas sobre él. Repetí aquello una y otra vez, notando que la excitación de Nacho iba en aumento, al igual que la mía. Volví a introducirme más de la mitad de su pene en mi boca, sintiendo todo su tamaño de nuevo. Era excitante, morboso. No podía parar…
—Túmbate. —Nacho, aunque debo decir que lo hizo más suavemente que otras veces, me movió para que me echara sobre la cama. Tuve una sensación sombría, porque notaba que se terminaba el encanto de la tranquilidad y que como siempre que habíamos tenido sexo, él me ordenaba y mandaba y establecía el ímpetu casi furioso que convertía el sexo en un refriega con tintes demasiado ardientes. No quise ver el tono imperativo y casi chulesco que utilizaba cada vez que nos acostábamos. Ejercía sobre mí, aunque yo no quisiera admitirlo, una especie de poder o de influencia que no me gustaba, pero de lo que tampoco me terminaba de despegar.
No supe o no encontré la manera de retrasar aquello y poco a poco, fue venciendo ese ardor oscuro que él siempre imponía. En determinado momento, ya no intenté suavizar las formas de Nacho. Lo cierto es que a pesar de todo, deseaba que me penetrara y, como tantas veces, yo me abandonaba a él, a sus deseos y a sus maneras de sexo brusco y desapegado.
Me tumbé en la cama esperándolo y él, de rodillas se fue acercando a mí. Tenía la polla dura, apuntándome; grandiosa y enorme. Colocó la punta en la entrada de mi vagina y comenzó a frotarla contra los labios. Era una manera de decirme que dominaba la situación, que me tenía a mi merced. Y era cierto, mal que me pesara. No quise esperar más y la cogí yo misma, para empezar a introducírmela con suavidad. Él ayudó igualmente con un firme movimiento de su cadera, ahuyentando la levedad y delicadeza que yo pretendía. Su miembro entró fácil, poderoso, firme, recreándose él con una sonrisa de victoria. Lo sentí pleno y profundo, haciendo que abandonara toda intención de sexo afectivo. Me concentré en el placer que Nacho me transmitía con cada centímetro de él que penetraba en mí. Empujó un poco más y yo gemí con un punto de incomodidad. La metió por completo y la dejo ahí un momento, acercando la cara a la mía. Nos besamos y comenzó a mover las caderas con ritmo creciente.
—Te gusta cómo te follo… —me susurró cerca de mi cara, altivo y desafiante.
—Sí… mucho —admití mientras sentía la oleada de placer en cada una de sus acometidas.
—Me echabas de menos… —volvió a decirme en un tono, ya no tan imperativo, pero demandando una respuesta por mi parte.
—Sí… hum… —concedí dejando que su potencia me llenara con cada acometida, incrementando la fuerza con cada una de ellas.
—Te gusta que te folle así… como una puta —insistió susurrando, mientras continuaba con su pelvis empujando su polla en mí, cada vez con mayor de potencia y vigor.
—Dios, Nacho… sí… sí… me gusta, me encanta…
Mis gemidos fueron en aumento a medida que él aceleraba sus movimientos. Le noté excitado y con la contundencia de antaño. Las caricias y la calma, se habían esfumado por completo. Javier y todo lo demás, sencillamente, dejaron de existir y comenzó el sexo desaforado y brusco.
—¿Te estoy follando bien? —dijo Nacho de nuevo con esa sonrisa triunfal suya tan característica en su semblante, mientras su miembro percutía con triunfal brusquedad dentro en mí.
—Sí, sí… me gusta. Pero más despacio… por favor —le rogué cuando noté que el ímpetu volvía a desatarse por completo.
Aunqueo hizo caso omiso, por lo que lo abracé por la espalda, para amortiguar sus acometidas. Noté su musculatura, su cuerpo bien definido, y volví a excitarme. En mí se mezclaban varias sensaciones: la excitación de un hombre aytractivo y poderoso, con el sobresalto y temor que provocaba la rudeza de sus manera de entender el sexo. Y añadido a eso, una enrevesada atracción por mi parte, al brío extraño e impetuoso que terminaba en una sexo turbio, iracundo y furioso.
—Ponte a gatas —dijo deteniéndose, sacando sin miramientos su pene de mí y volviendo a ese tono de orden.
Me golpeó las nalgas con una fuerza un ápice excesiva.
—Te gusta que te follen a veinte uñas… —No vi su sonrisa, pero sabía que era desdeñosa, dominante y pueril.
No quise o no supe o no me atreví a retrasar aquello. Su cara, como bien sabia por otras ocasiones, era de sexo ardiente y fiero, así que, obediente, solícita y entregada, lo hice. Cerré los ojos y supe que volvía a ser suya, aunque no mme gustara...
Nacho farfulló nuevas imprecaciones y empezó a bombear con contundencia desaforada. Acompañando con cachetes y pellizcos, los insultos y vejaciones.
Hundí por un momento la cabeza en la almohada y me entregué a sus acometidas cada vez más recias y poderosas. Nacho me manoseó el culo, lo apresó y metió casi medio dedo en él, lo que provocó un gemido de dolor en mí, al que hizo caso omiso. Sacó su pene y comprobó mi humedad una vez más.
—Te mojas como una perra… —comentó emitiendo una risita de menosprecio.
Seguidamente, y manejando ya por completo la situación, entró otra vez de un fuerte empellón, sin ninguna oposición. Lo hizo hasta el fondo, con un movimiento firme y profundo, sin paradas intermedias. Gemí de un placer ligeramente doloroso. Lo repitió varias veces, siempre al ritmo de sus robustos y formidables embates. Me tiró del pelo y sentí una cachete en mi cara. No fue fuerte ni doloroso, pero sentí el desdén que ya conocía. Sus dedos me engarfiaron con fuerza excesiva las caderas y, poniéndose en cuclillas, incrementó la fuerza y el vigor de las arremetidas.
—Qué puta eres… —farfulló mientras seguía con una mano hundiendo los dedos en mis caderas y la otra me tiraba del pelo de una manera rayana en lo excesiva.
Sabía que Nacho ya estaba en el punto del sexo desatado, brutal y tremendo. No quería aumentar el punto casi iracundo, por lo que me concentré en sentirlo y volverme a abandonar. Su polla se movía de nuevo dentro de mí, sin delicadezas ni remilgos; brava, contundente, escuchándose con dureza el impacto de su carne en la mía. Sentí temor y placer, y gemí cada vez más alto, más forzada, más temerosa, más desinhibida y más desatada. Nacho resoplaba, me agarraba con inusitada fuerza de las caderas y el pelo, y sostenía un ritmo acelerado, contundente y preciso. Aquello le gustaba. Sentirse poderoso, hercúleo, dominador… Cerré los ojos y me concentré en el cercano orgasmo que ya se me avecinaba y en que si era así, aquella noche terminaría. Nacho lo notó y aceleró aún más sus embestidas haciendo que yo me moviera hacia el cabecero de la cama. Tuve que agarrarme a las sábanas y aguantar firme sus penetraciones, mientras un gruñido largo salía de mi garganta. El ritmo de nuestros gemidos se fue solapando mientras avanzaba en el estallido de mi disfrute. El suyo más ronco y brutal, el mío más extenso, sentido y entregado. Siguieron varios espasmos de placer, que me hicieron arquear la espalda, sintiéndome, a mi pesar, plena y satisfecha. Gemí, gruñí y miré a Nacho por encima de mi hombro, notando mi melena en la cara, salvaje y doloridamente excitada.
El orgasmo me recorrió todas mis entrañas. Fue un latigazo eléctrico profundo y largo. Cuando me invadió, solté un gemido gutural, salvaje y liberador, seguido de varios más cortos, acordes a los últimos rescoldos de goce que me inundaban. De alguna forma me sentí algo liberada. Nacho sacó la polla, y de rodillas, se acercó a mí. Me hizo tumbarme de espaldas con un brusco empellón de sus mano izquierda. Con un gesto arrebatado y poseído, puso muy cerca de mi cara su pene, mientras se pajeaba con una expresión de absoluto triunfo y dominio, sin importarle mi opinión o si me apetecía aquello.
—Para… —susurré, pero no hizo por detenerse.
—Abre la boca, puta —ordenó con un semblante agresivo mientras se sentaba a horcajadas sobre mí.
Temí otra vez que su sexo y caracter terminara por obligarme y agarrarme la cara, así que, absurdamente, adelanté mi lengua para lamerle el glande. Estaba salado, amargo, presto a explotar… Cerre los ojos y apreté las mandíbulas. me sentía incómoda y forzada. Dos o tres sacudidas más, y sentí un calor denso y un sabor agrio en mis mejillas, mi boca y mi cuello.
—Cómo te gusta mi polla… —exclamó con una sonrisa que me imaginé delirante y ligeramente trastornada.
_________________________________________
Fragmento de "Los días vividos", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
Continúa en
- Relato #233336— title-regex: contiguous parts (4 -> 5)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Ese accidente que lo cambió todo (1)
El accidente no fue solo un choque de metales, fue el impacto de dos vidas que se cruzan. Él, buscando solo placer sin ataduras; ella, atrapada en…
Comparte:Relacion clandestinaDominacion masculinaSoledad y deseo
- Hetero: General
La habitación oscura 9/15
La barrera entre jefe y empleado se desmorona tras una noche de placer prohibido, pero la verdadera sorpresa llega cuando la distancia no es un…
Comparte:Relacion jefe subordinadaDominacion masculinaPoder y control
- Hetero: Infidelidad
La noche que Alito me rompió el culito
La noche de la fiesta prometía ser su venganza, pero el alcohol y la furia la llevaron a un motel donde el placer se convirtió en dolor.
Comparte:Infidelidad descubiertaDominacion masculinaRelacion jefe subordinada
- Hetero: Infidelidad
Tinder, Lugo y el amor
Magdalena creía tener el control de su vida y su deseo, pero la soledad en Lugo y la tecnología la han llevado a un abismo de placer anónimo.
Comparte:Relacion clandestinaDominacion masculinaSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
Aventuras 13.
Teresa no pedía amor, pedía fuego. Con la mirada fija y las manos temblorosas, me ofreció su cuerpo como un contrato de obediencia absoluta.
Comparte:Relacion jefe subordinadaDominacion masculinaPoder y control
- Hetero: General
Cuando me sale la zorra
Lleva años cansada de hombres que no la satisfacen. Esta noche, decide tomar el control y buscar a alguien capaz de hacerla temblar.
Comparte:Dominacion masculinaRelacion clandestinaSoledad y deseo