Xtories

Los días vividos 4

Nacho la esperaba en el portal con la mirada fija, sabiendo que ella no miraría atrás. Pero dentro de su apartamento, la tensión no se disipa con la puerta cerrada; se intensifica. Él promete no forzar nada, pero sus ojos delatan que la noche apenas comienza.

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4

Nacho…

El recorrido en el taxi fue tranquilo. Apenas había tráfico. El chico miraba a través de la ventanilla del automóvil. Continuaba sin prestarme atención. Me sorprendía su falta de interés. Estuvimos callados casi todo el viaje, cada uno mirando por su ventanilla. Él ya no estaba atento a su móvil y yo acababa de comprobar que tenía otros seis nuevos mensajes. Dos de Javier, preguntándome si quería hablar con él por teléfono. Insistía en que lo de hoy había sido una tontería. Otro par de ellos eran de Nacho, en su tono más cortante, preguntándome si nos podíamos ver «hoy mismo a tomar algo. O mejor a cenar». «Quiero hablar contigo. Tranquilamente», añadía en su último mensaje.

El taxi, en ese momento, se detuvo en la esquina donde yo vivía.

—Dime qué te debo —le dije.

—Nada.

—¿Estás seguro? ¿Dijiste que lo compartiríamos? —le recordé, esta vez mostrando una pequeña sonrisa.

—Lo sé, pero ahora no me parece muy cortés.

—¿No era un tema económico? —Le reté.

Alternativamente, yo miraba sus ojos y mi bolso, mientras guardaba el monedero. Él empezó a sonreír muy lentamente. Aquí viene la frase de que me cambiaba el dinero por una cerveza mañana o algo así. Pero no, tampoco.

—De acuerdo. Me debes ocho euros. —Dijo aquello con un aplomo completo. Y adelantó la mano hacia mí—. La propina la pongo yo.

Sopesé si decía la verdad o simplemente me tomaba el pelo. Pero algo me decía que se trataba de lo primero. No movía la mano, y yo entonces, con toda la dignidad que pude mostrarle, abrí el bolso y saqué un billete de diez euros.

—Me debes dos —le espeté, seria.

—¿Tiene usted cambio? —se dirigió al taxista alargando el billete que yo le había dado, pero sin quitarme la vista de encima.

El taxista rebuscó en su caja de monedas y le dio varias hasta juntar la cantidad de diez. Separó dos y me las puso en la mano.

—Aquí tienes.

Con tranquilidad, abrí la puerta, mientras él hacía lo mismo y ayudaba al taxista a sacar del maletero mi troley.

—Bueno, pues hasta otra —me dijo sin hacer el más mínimo movimiento para darme los dos consabidos besos de despedida.

En ese momento, vi a Nacho descender de su bonito deportivo y quedarse observando la escena. Nuestro taxista se introducía en su vehículo y el chico de tren y yo nos mirábamos sin tener ninguno una mínima reacción. Finalmente, yo me adelanté y le ofrecí mis mejillas. Nos dimos dos rápidos besos de despedida. Él sonrió y se metió de nuevo en el taxi.

—Ha sido un placer —me dijo mientras entraba y se sentaba en el asiento.

Yo, ni le contesté, aunque pensé que tenía una sonrisa muy atractiva. No nos habíamos ni dicho nuestros nombres, por lo que, aunque me chocó, me dije que nuestro contacto se terminaría y que la tal Natalia sería con quien hablara esa noche en su hotel. Con toda mi decisión me encaminé hacia donde estaba Nacho, quieto, hierático, observándome. Por supuesto, no miré atrás, ni cuando escuché arrancar al taxi. Avancé con determinación hacia donde me esperaba mi compañero de despacho. No se podía negar el tremendo atractivo físico que tenía, pensé. Y aquyello me hozo ponerse algo nerviosa e insegura.

—Hola —me dijo con algo de sequedad.

—Hola, Nacho. ¿Qué quieres?

—Te he pedido cenar contigo hoy. Me gustaría hablar.

—¿Hablar?

—Sí. De ti y de mí —contestó con un retardo de dos segundos.

No le repliqué y entré en el portal. Me dirigí al ascensor y pulsé el botón de llamada.

—¿Puedo subir?

Me encogí de hombros por respuesta. Tampoco me había negado a cenar con él, aunque me notaba algo cansada. Pero debía reconocer que verle allí, esperándome con su cara guapa, me animó algo. Me mantuve callada, sin mirarlo. Con mi vista quieta, apretada en la botonera vertical del ascensor.

Me acarició el brazo.

—Elena… —se me acercó.

—Estoy cansada, Nacho. Ahora, no.

—No pretendía nada… —se quejó.

—Necesito ducharme y… —no terminé la frase.

—¿Vamos a ir a cenar? --me preguntó

Respiré hondamente y tardé en contestar.

—Estoy agotada, Nacho. De verdad.

—Me gustaría hablar contigo.

Llegó el ascensor y entré. Ni siquiera observé a Nacho mientras me miraba en el espejo. No nos dijimos nada más. Cuando llegamos a mi piso, salí inmediatamente del ascensor, llegué a la puerta, saqué la llave y entré.

—Espérame aquí, por favor.

Sin tampoco detenerme, ni reducir la rapidez de mis pasos, me dirigí a mi dormitorio, me desvestí, y con la misma celeridad con la que había entrado, me encerré en el cuarto de baño. Abrí la ducha y me introduje en la catarata de agua dejando que esta resbalase por mi piel. No quise pensar en nada, intenté dejar mi mente en blanco, sin rememorar ni un solo instante el fin de semana con Javier ni tampoco asumir la presencia de Nacho en mi apartamento. Necesitaba estar unos minutos sola, conmigo misma.

Me sequé mirándome en el espejo, observando mi gesto serio, adusto, con la frente a la altura de mis cejas, ligeramente arrugada. Mientras el agua caía sobre mí, me dejé llevar por esa sensación placentera y relajada del agua moderadamente caliente. Con suavidad y abandonada a no penar en nada, me enjaboné y volví a quedarme quieta mientras el agua me despejaba la piel de la espuma.

Abrí los ojos y pestañeé con rapidez, mientras resoplaba. Nacho estaba en mi salón, esperando a cenar o a hablar conmigo. No tenía claro qué debía hacer. Por una parte, me apetecía una explicación de lo que yo era para él. Pero tampoco me engañaba. Aunque eso era nuevo, no las tenía todas conmigo. De pronto me asaltó una duda que, aunque me pareció lejana y extraña, la curiosidad me iba venciendo poco a poco. ¿Y si era Nacho esa persona con la que intentar un futuro en común? ¿Si conseguíamos un compromiso mutuo, sería él? Era guapo, inteligente, tenía un futuro por delante y, salvando el aspecto bizarro y autoritario en el sexo, cumplía con varias de las expectativas que yo podía albergar. Aquella pregunta o duda, se quedó colgada de mis reflexiones mientras el agua caía sobre mí.

Salí de la ducha y volví a mirarme en el espejo. Me sequé con rapidez y al pensar en la conveniencia o no de Nacho en mi vida, otra furtiva lágrima empezó a asomarse en mis ojos. Me sentía atrapada en mñí misma, en un bucle propio y sin salida. Dentro de mi cabeza se sucedía el debate y no era fácil. Querer a alguien normal, con una relación si,mple y contidiana, no pegaba con Nacho. O al menos, no hasta ahora Me debatía entre escucharlo o recordar su trato áspero y distante cuando no le apetecía estar conmigo. Resoplé, me juré a mí misma que debía hacerme valer e intenté calmarme. Respiré con profundidad, serenándome y transmitiéndome a mí misma confianza. Esa noche tendría que valerme para hacerme una idea de lo que él sería para mí. Y me juré que fuera lo que fuera, yo debía estar por encima de apetencias y me centraría en mi futuro.

Salí del baño y me dirigí a mi dormitorio. Con rabia creciente, advertí que, aunque de una forma no determinante, el cosquilleo de mi consabida atracción tóxica que me llevaba hacia él una y otra vez, empezaba a bullir en mi interior. Con un movimiento seco y de enfado propio al comprobar que una vez más, el lado carnal se hacía hueco en mis reflexiones, me despojé de la toalla que me cubría. Me vestí con un pantalón vaquero y una camisa, sin despejar las vueltas que los pensamientos daban en mi mente. Algo que valiera tanto para salir como para quedarme en casa. No sabía qué hacer y me debatía entre la Elena cerebral y la que pugnaba por indagar con Nacho un futuro que se presentaba, aún con las mejores intenciones, bastante incierto. Salí al salón, donde mi compañero de trabajo permanecía de pie. Me quedé en silencio a un metro de él, sin decir nada. Entonces, él hizo un lento y pausado intento por abrazarme. No le rehuí, pero tampoco correspondí a ese abrazo.

—Me gustas… —susurró.

Cerré los ojos. No podía evitar la sensación de cierta conformidad y comodidad en aquellas palabras. Noté que Nacho hizo un amago para fortalecer su abrazo, pero me revolví ligeramente.

—Para… —objeté anteponiendo mis manos en su pecho

Él redujo la firmeza en su abrazo, pero no me soltó.

—Para, joder… —Mi voz salió ronca, un punto brusca y provocó que Nacho casi se sobresaltara.

Quitó los brazos de mi cintura y se separó un paso. Me miró con una insospechada mezcla de desesperación e incomprensión.

—Elena, solo intento ser amable.

—Ya… disculpa... —Tampoco pude quitar de mi entonación una displicencia ruda—. No estoy de humor… —resoplé.

—Elena…

—Nacho, por favor, no fuerces las cosas. Lo siento si he sido brusca, pero he tenido un mal día.

—Por eso creo que deberíamos ir a cenar. Así te distraes. No haré nada que no quieras, Elena. Te lo prometo.

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—No puedo evitar que me gustes, Elena.

No daba crédito. O más que eso, me parecía muy extraño que Nacho se portara como lo estaba haciendo en la cena. Porque sí, al final fuimos a cenar algo rápido a un restaurante cercano. No era mi intención hablar demasiado con él, pero me vencía ese punto de curiosidad y me atracción que de forma compleja sentía por él.

—Si te gusto, ¿por qué eres tan gilipollas conmigo? —le pregunté, todavía algo aturdida por la repentina e inesperada confesión.

—Porque a veces los hombres somos idiotas.

La voz de Nacho salió baja, pero suficientemente audible para mí. No le había visto así nunca. Y aquella manera de comportarse en la cena, desentonaba con lo que yo había vivido con él.

—No digas chorradas, Nacho. Será lo que sea, pero dudo que se trate de eso. Eres un tipo que va de duro, de controlador… en fin, muy seguro de ti mismo. Cuando hablas, das órdenes —le dije con un ligero aspaviento de mis manos—. Hay veces que me da la sensación de que piensas que te pertenezco o algo así.

Fui a añadirle que últimamente había sido aún más gilipollas que al principio de conocernos.

—Hasta que no he sentido celos de… joder, del de Madrid, no me he dado cuenta —me confesó al fin.

Me extrañaba, porque Nacho, en su vanidad, se consideraba muy por encima de Javier. Más hombre, más atractivo, más interesante, mejor cualificado y con una especie de ascendente extraño sobre mí.

—No te imagino celoso, la verdad —insistí.

—Estoy intentando ser amable y hablar contigo… ¿por qué eres tan arisca? —me dijo con el ceño fruncido y una expresión que empezaba a ser hosca.

—Pues, mira, porque últimamente no me has dado motivos para fiarme de ti. Me tratas con desdén y hasta me ignoras, desde que… desde que salgo con Javier —no quise quitar el ya inapropiado presente—. Por eso dejé de verte.

—Cuando estabas con Fernando, bien que venías a buscarme… —rezongó.

—¿Ves? A esto me refiero. Te crees que voy suplicándote un polvo. Joder, si voy es que me atraes. ¿No puedes entender algo tan sencillo?

—Si te atraigo…

—No empieces —le corté—. Me atraen muchas cosas y no por eso me arrastro.

Me quedé mirándolo. Su cara angulosa, de piel siempre morena, barba de dos o tres días, pelo negro, liso pero con ondulaciones. Era más guapo que atractivo.

—Te pido perdón. Nunca debí comportarme así —admitió finalmente echándose algo hacia atrás en la silla.

—En eso te doy la razón —le contesté sarcástica y retándole con una mirada con algo de rabia y malestar.

—Sé que no debí hacerlo… Escucha… —carraspeó un par de veces—. Al principio, cuando empezábamos con lo nuestro…

—¿Lo nuestro? —Sonreí—. Suena cursi, Nacho. Nos hemos acostado. Nos gustábamos y dejamos de hacerlo.

—Sí… tienes razón. Solo que… Bueno que no esperaba que me terminaras gustando, Elena. —Nacho me miraba con un halo que se podía definir como suplicante. Nunca lo había visto así, ni tampoco dirigirse a mí de esa forma.

Me tenía confundida y un punto de esperanza o de sana curiosidad empezó a abrirse paso, a pesar de que las reticencias y dudas permanecieran.

—Nacho, estoy con Javier… —le dije forzando una especie de parapeto que, en realidad, no existía ya.

—Lo sé. Y no me gusta ese tipo, la verdad.

—No le conoces —me quejé.

—Te ha cambiado.

—No, Nacho. Es que ya no me atraes. —En este punto supe que no había sido sincera. Aquello no era cierto, porque verdaderamente, sí sentía por él una sugestión confusa y enrevesada.

—¿Seguro? Escucha —se me adelantó a mi protesta—. No niegues que sigues mirándome en el despacho. Lo he notado. Y me gusta, Elena. Insisto, ¿estás segura de que ya no te atraigo?

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Fragmento de "Los días vividos", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.

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