Xtories

El albañil me coge mejor que mi novio (1)

Siempre me sentí distinta. Y esta noche, mientras camino sola bajo la luz de la luna, el miedo y el deseo se mezclan en un solo impulso: cruzar la línea que nunca debí cruzar.

mversalles27K vistas9.5· 12 votos

Siempre me sentí un poco distinta al resto. No sé si mejor, probablemente solo más puta y desquiciada. A ver, lo de puta lo digo solamente porque me excito con cosas que al resto del mundo le parecerían deplorables, no porque en realidad las haya llevado a cabo. Pero ¿si no lo hice fue por falta de oportunidad o porque en realidad no me animaría nunca?

Desde que mis dulces y tiernos catorce años, donde todavía no conseguía masturbarme en el punto exacto para correrme, tengo esta imagen dando vueltas en la cabeza: Yo, con mi uniforme de colegiala mientras volvía a pie de la escuela, y una obra en construcción con un puñado de hombres que no pueden sacar los ojos de mi enorme —incluso por ese entonces— par de tetas rebotando a cada paso. Nunca se me va a olvidar que mi primer orgasmo, después de estar durante incansables minutos frotándome el clítoris sin parar, se lo debo a la recreación de una escena similar. Se me contrajo el cuerpo, sentí un calor descomunal entre las piernas y dejé de respirar; se detuvo el mundo mientras experimentaba, por primera vez, esa corriente eléctrica que anuncia una descarga de adrenalina tan precoz como lo es el primer orgasmo. ¿Y gracias a qué? A algún albañil que me dejaba comerle la verga a pesar de no haber probado una nunca en mi vida.

Por eso digo que no sé si entro en la categoría de “normal”. También podría describir cómo me desvirgué yo sola porque no quería que mi virginidad se la llevara nadie más que yo (irónico, ya lo sé), pero esa es historia para otro momento. A lo que quiero apuntar, además de a estar un poco desequilibrada, es a que no es una fantasía de mis tempranos veintes. No sigo la moda fetichista donde, cada cierto tiempo, hay fantasías que parecen volverse furor en las redes; no sueño con una erección de piel salada a causa del sudor por parecer más perra frente a otro hombre. No lo necesito, es algo que tengo dentro desde mucho antes de lo que creo recordar. Por eso me veo motivada, casi sin querer queriendo, a cumplirlo mediante letras. Espero que lo disfruten, recuerden enviar valoraciones y que mi correo ([email protected]) está abierto para conocer de primera mano qué efectos tuvieron este centenar de palabras en ustedes. ¡Besos!

—Mel, basta. Dejate de joder, terminala.

Facundo me agarra de las muñecas y empuja, harto, para que deje de estar jugando con el botón de su pantalón. Lo miro fijamente, con mis ojos verdes comenzando a cristalizarse por la humillación y el calor descomunal que —otra vez— me provoca su rechazo. Tiene que ser el único tipo de veintitrés años que no quiera tener a su novia chupándosela todo el día.

—Ay, bueno —respondo, vencida. En esto no quiero pelear, me siento una puta. Y no una puta deseada (¡qué más quisiera yo!), sino una puta rechazada—. Qué exagerado…

—Exagerado no, ya me la chupaste dos veces hoy.

Más humillación, las mejillas más rojas. Quiero desaparecer.

—¿Y?

Facundo sonríe, suelta un soplido entre dientes y vuelve la vista a la pantalla de su celular. El imbécil está todo el día viendo TikTok, incluso ahora, cuando tenemos un rato solos en su casa y, echados en su cama, me tiene completamente entregada a él. Chasquea la lengua como si yo no entendiera nada. Puede ser que yo no entienda nada, quizá por tener tres años menos que él, quizá porque él es mi única experiencia sexual, quizá porque soy muy adicta al porno y tengo la idea de que cualquier tipo querría que se la chupara todo el día.

—Y nada, Mel, que me duele.

—Bueno.

Me siento en la cama, estiro la camiseta hacia abajo para que me tape la panza y me subo el jean todo lo que puedo. El cabello castaño, abundante, cargado de bucles naturales en las puntas, se vence hacia delante cuando me estiro para agarrar las zapatillas que dejé cuando llegué a su habitación.

Facundo se ríe de algún vídeo, yo sigo muerta de vergüenza. Nunca le hubiera dicho lo mismo que me dijo él; por lo menos, no así. Supongamos, y solo supongamos, que me estimuló tanto durante el día que siento dolor y que ya no puedo tolerar otro orgasmo; finjamos que eso no sería un premio tortuoso y absoluto para mí, finjamos que… que en realidad me molestaría. Lo que haría, llegado el caso, sería decirle que por hoy siento que ya no puedo más, pero que, si él se quedó caliente, que se arrime, que yo lo ayudo. Obvio, eso haría. No haría que se sintiera mal, como si fuera un depravado sexual y yo un blanco cordero. Lo ayudaría a bajarle la calentura. ¡Y, además, le daría las gracias! Él se piensa que yo quiero chupársela para darle el gusto a él; y en parte sí, obvio, pero el idiota sigue sin entender que ahogarme en su verga me moja más que nada en la vida.

Lo hago también por mí, él no es el centro del mundo.

Cuando me levanto para buscar mi bolso, se gira un poco porque ahora tiene más espacio en su cama de una plaza. Solamente cuando muevo el cierre para abrirlo y dejar el teléfono, se da cuenta de que me estoy preparando para irme.

—¿Te vas? —pregunta.

—¿Para qué me voy a quedar? —respondo, todavía dándole la espalda—. Estás muy entretenido con ese teléfono de mierda.

“Además, me tratás mal y me siento la peor puta de la historia”. Me hubiera encantado decirle eso, pero no estoy en condiciones de una humillación mayor.

—¿Qué te molesta? Yo no te digo nada cuando te la pasás leyendo tus libros de mierda.

Giro y lo vuelvo a mirar, porque con mis libros no.

—¿Vas a comparar?

—No hay diferencia.

—Obvio que hay diferencia. TikTok te está quemando el cerebro, Facundo, parecés un neandertal cada vez que te juntás con tus amigos a repetir las pelotudeces virales que ven por ahí.

—¡Ay, perdóóón! Cierto que la señorita es superior a todos porque le gusta leer —responde, con sarcasmo, y hace un gesto con la cabeza que desestima todo lo que podría responderle—. Dale, si fueras tan superior no estarías tan sola; ni un amigo tenés, te la pasás en tu casa o en la mía. No se te puede decir que no a nada porque mirá cómo te ponés.

Sí, evidentemente soy superior, por eso no le respondo. Lo dejo que siga mencionando golpes bajos como si fuera su enemiga y no su novia desde hace poco más de dos años. Por supuesto que me lastima, pero no es la primera vez y, por lamentable que suene, comienzo a acostumbrarme. Se me llenan los ojos de lágrimas y el corazón me late a mil por hora, pero solo cruzo los brazos por debajo del pecho y espero a que termine.

Se da cuenta de que la cagó, especialmente al hablar de mi falta de amigos, pero no se disculpa. Solamente baja el tono de voz y la cantidad de mierda por segundo, nada más. Me esquiva la mirada y finge estar muy interesado en su teléfono otra vez, pero sé que ahora quien siente vergüenza es él.

Avanzo hasta la puerta de su habitación, donde hay un póster de Slash, y la abro sin cuidado.

—Avisame cuano llegués a tu casa.

Suelto una risa burlona, entre asombro y desesperación, y doy un portazo antes de salir. ¡Su puta madre le va a avisar algo!

Me cuelgo el bolso al hombro y bajo las escaleras a trote. Es algo que intento no hacer, no solo porque se ve un poquito obsceno cuando es en público —ahora no hay nadie en su casa—, sino porque de verdad me hace doler las tetas. Pesan, pesan tanto y son tan evidentes que por eso le robo sus camisetas —como la de ahora— y parezco tener un cuerpo más grande del que tengo en realidad. En pocas palabras: soy puro tetas. También tengo un buen culo, pero ni me acuerdo de él porque no es quien me provoca dolores de espalda cada minuto del día.

Son las seis de la tarde cuando retomo la calle principal, están cayendo los últimos rayos del sol de invierno y me maldigo en voz alta porque me olvidé la campera en la casa de Facundo. Ni loca vuelvo, prefiero enfermarme y estar una semana en cama antes que tocar timbre para decirle que me olvidé algo. Bastante tengo con haberme olvidado la dignidad en algún rincón de su cama.

Hijo de puta. Lo insulto mentalmente durante todo el camino, a cada paso, a cada segundo. Intento mantener un ritmo de caminata constante, porque es la única manera de descargarme un poco antes de llegar a la parada del colectivo. Me iría caminando, como cada vez que me enojo —si no es con él, es con la vida—; es una terapia que me ayuda bastante a canalizar las emociones, pero hace mucho frío y ya siento la nariz roja. Cuando llego, me siento en el banco y respiro un par de veces para intentar calmar la respiración; hice diez calles en lo que se supone que hubiera hecho cuatro. Apoyo las manos en las rodillas y miro hacia delante.

Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta.

Por el rabillo del ojo veo que se acerca el colectivo. Bien, una buena; pensé que iba a tener que esperar cuarenta minutos. Me levanto, me ajusto el bolso al hombro y camino hasta el cordón de la calle para estirar el brazo y hacerle señal para que se detenga. Me quedo con el brazo estirado durante dos o tres segundos y lo bajo. Se supone que me vio, pero no baja la velocidad. Frunzo el ceño, y vuelvo a estirar el brazo. ¿Me vio o no me vio?

Sí, claro que me vio, pero está lleno de gente. Lo compruebo cuando me ignora y pasa por delante, sin frenar ante la única persona —yo— que está esperando para subir.

Piso el cordón de la calle con fuerza y aprieto los puños.

“¡Manejate como quieras, forro!”.

Eso hubiera querido gritarle, pero, de nuevo, no puedo. Tengo las palabras en la punta de la lengua, quiero sacarlas, necesito liberarme, pero no puedo gritar. No me gusta hacer sentir mal a los demás, incluso aunque eso signifique un alivio grandísimo para la adrenalina atascada que llevo dentro.

Solamente resoplo, indignada, y giro de nuevo hacia el banco. No voy a quedar esperando, el próximo micro pasa en una hora y ya está empezando a oscurecer. Prefiero caminar, que, de alguna forma, me va a hacer entrar en calor y no voy a estar tan congelada como acá, sentada esperando. La idea no me encanta, no cuando hay poca luz, pero estoy tan enojada que razono poco. Empiezo a elaborar un montón de ideas macabras mientras camino; cosas que podría decirle a Facundo; cosas que podría hacer para desquitarme; escenarios donde tengo el valor suficiente para decir lo que quiero decir, hacer lo que quiero hacer, comportarme como me salga de los ovarios sin fijarme tanto en lo que van a decir los demás. Ojalá, me encantaría. Me cambiaría la vida, pero no puedo.

Dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce, catorce, dieciséis calles. Voy tan rápido que la espalda se me resiente por el sube y baja de las tetas; comienzo a sentirme un poco sudada debajo de la camiseta de algodón y tengo la cara un poco enrojecida, es el contraste entre el calor corporal y el frío invernal. Voy metida en mi mundo, preguntando y respondiéndome mentalmente porque —encima— no me traje los auriculares, cuando escucho la voz de alguien al lado mío.

—Uuh, mi amor, mirá esas tetas.

Me sobresalto, no solo por el contenido de esa oración (en cualquier caso, significa “peligro”, “corré”, “no mires”, “ni contestes”, “seguí caminando”, “hacete la boluda”), sino porque realmente ni lo vi venir.

Giro la cabeza y alcanzo a distinguir una silueta entre barrotes de un futuro edificio en construcción. El corrientazo de miedo es uno que adoraría no conocer, pero lo experimento segundo. Es como si el corazón enviara una señal al resto del cuerpo, un latido distinto, más intenso, casi doloroso, y el sabor posterior en la saliva. Algo cambia, algo se activa; no sé, no tengo tanta información, pero sé reconocer el miedo y el estado de alerta cuando los siento.

Sé que tengo que seguir caminando, pero no me puedo mover. Cuando se acerca un poco fuera del pseudo edificio, veo que es un tipo de unos treinta y largos. Tiene la ropa sucia, seguro que de haber estado trabajando todo el día, y, por algún motivo, él tampoco lleva abrigo. ¿Qué me importa si tiene abrigo o no?

Hacemos contacto visual durante un segundo casi inexistente y sigo caminando. No, no camino como antes, me alejo tan rápido que se me resienten las plantas de los pies. No quiero darme vuelta para mirar, pero me muero de miedo solo de imaginar que lo tengo atrás… ¿Es miedo o…?

Cada vez que paso por una obra en construcción, pienso lo mismo. Me acuerdo de mi primer orgasmo, de la fantasía, de lo bueno que sería poder realizarlo, pero de lo incapaz que me siento. No es algo particular, de esta ocasión, es algo de siempre. Lo que pasa es que ahora, por primera vez, no escucho a mi cerebro decir que no con tantas ganas.

El corazón desbocado y… No, los pezones ya los tenía duros por el frío. Trago, sigo caminando; en lugar de ir hacia delante, como debería, doblo a la derecha. Necesito pensar, no sé si quiero alejarme tanto de la obra.

Dios, ¿qué estoy haciendo?

Camino durante esa calle entera preguntándome si de verdad me estoy replanteando lo que me estoy replanteando. Giro de nuevo a la derecha, casi dándole la vuelta a la manzana. Siento las palpitaciones en el clítoris, no me lo estoy inventando. ¿Qué pasaría si intento cogerme el tipo aquel?

No, no, no, estoy loca. ¡¿Qué sé yo dónde metió la pija antes?!

¿Y si me rechaza? Porque también está eso. Si él también me rechaza, no sé, me tiro debajo de un puente. Sería lo único que me falta. Que un albañil, asumo yo necesitado y con una vida marital muy triste, me dijera que no. Me mato.

Ni siquiera soy fea. Yo creo que soy linda, pero tengo el autoestima por el subsuelo. Me siento acobardada por la vida; y eso es a propósito, siempre lo pienso. Si yo tuviera el autoestima intacto, ¡já! Es que no domino el mundo porque no quiero, la verdad…

¿Y si me hace algo que no quiero? ¿Y si me lastima?

No tengo con qué pegarle. No tengo mucha fuerza, tampoco, eso es sabido. Bueno, tengo más fuerza en las piernas que en las manos. Le puedo dar una patada en los huevos y chau. ¿Las llaves de casa? ¿Me animaría a clavarle las llaves de casa en el cuello?

Dios, qué salvaje.

Giro una última vez. Estoy en el comienzo de la misma calle donde me lo encontré hace… ¿Cuánto? ¿Dos minutos?

Veo el humo de cigarrillo salir de entre los barrotes como una cafetera. Qué asco, la puta madre, y cómo me moja.

Obviamente, ralentizo el paso. Voy a hacerme la boluda —según mi novio, lo soy, así que “fingir” serlo debería ser fácil—, camino cerca de ahí otra vez y, si me dice algo, lo tomo como una señal para… ¿Qué? Si no me dice nada, me voy.

Que no me diga nada, por favor.

Que no me diga nada, que no me diga nada, que no me diga nada.

—¿Se te perdió algo?

Me llega el aliento con olor a cigarrillo y se me seca la garganta.

Todo dentro de mí me dice que no me quede ahí, que siga y que por nada del mundo le responda, pero supongo que hoy terminé de enloquecer. Qué poquito necesitaba para perder los estribos.

—A mí no, ¿a vos? —contesto, desafiante. Lo miro de arriba abajo.

Se ríe y eso me hace acordar a Facundo. Aprieto los dientes.

—Ah, contestona la nenita…

Ay, qué hijo de puta.

Siento tanto calor entre las piernas, me contraigo de una forma tan brutal que tengo que apretar los muslos. Podría haberme venido solo con eso. De hecho, ya sé con qué me voy a pajear estas noche: la imagen de este tipo y, como en loop, su “contestona la nenita”.

—¿Te estás meando? —me pregunta, mirando fijamente entre mis piernas.

Yo, estúpida, bajo la mirada para ver lo mismo que él. Sí, meándome de gusto. Tengo las piernas tan apretadas que parece que estuviera haciendo lo posible para no hacerme pis encima.

—Sí. ¿Tenés un baño?

Mentira, no me estoy meando. Ni siquiera usaría —por nada del mundo— el baño de una obra, no sé ni para qué se lo pregunto.

—Y… la verdad… No sé si una nenita como vos tendría que meterse a un baño así. Te vas a ensuciar toda.

Me tiemblan los labios. Tengo tanto miedo y estoy tan caliente como nunca en mi puta vida.

—Mm, qué asco —respondo. No dejo de mirarlo a la cara, tiene los ojos oscuros y los labios bastante más gruesos que los de mi novio—. Mejor no, gracias.

—Igual, vos podrías mearme en la boca y yo te daría las gracias.

Le da otra calada al pucho y me mira, sin inmutarse por lo que acaba de decir. ¿Cómo puede decir lo primero que se le viene a la cabeza, por más cuestionable que sea, y no morirse en el intento? Yo… Y, sin embargo, la idea de tenerlo abajo para mearle la boca me sacude con una violencia que no me esperaba.

Estoy muda, justo como no quería que pasara. Él ya no se ríe, no sé si porque está considerando irse —podría tener problemas, definitivamente— o porque me ve, en efecto, como una nenita precoz. Supongo que lo soy.

Bajo la mirada sin disimulo, buscando otra alerta que me ayude a irme. Una señal, le llamo yo. “Si no la tiene parada, es señal de que me tengo que ir”. Parada es poco. Tiene la verga tan marcada abajo del pantalón de algodón gris que siento que tengo un charco entre las piernas. Inspiro, con los ojos bastante abiertos por el tamaño de lo que se alza ahí abajo, y trago.

—Sos un asco.

—Las chetitas como vos siempre dicen lo mismo; son las primeras en discriminar y las primeras en buscarse una buena poronga de estas porque en casa no la encuentran. —Cuando dice eso, se aprieta el bulto entre las piernas con la mano con la que no sostiene el cigarro.

Frunzo los labios con cierto asco, porque una parte de mí está profundamente asqueada. Y creo que es la misma parte que se siente caliente por lo que está viendo y escuchando, por la idea de tener, en efecto, “una buena poronga” que me sirva. Pero, para su mala suerte, bastaba compararme para impulsar la idea de querer irme de ahí. Yo no soy como las demás.

—¿Sí? ¿Te pasó muchas veces? —contesto, burlona.

—No, nunca, pero es algo que dicen por ahí.

¿Nunca? ¿O sea que sería la primera…?

—Bueno, no deberías creer todo lo que dicen por ahí. ¿Puedo pasar a hacer pis o no?

En medio de otra calada, niega con la cabeza.

—No, bebé. Ese lugar no es para vos. Pero podés pasar y mear acá, yo no tengo problema.

—No voy a mear adelante tuyo.

—Bueno, entonces meate encima o aguantá a llegar a algún baño.

Lo debato durante unos segundos que parecen eternos. Ahora sí que quiero hacer pis, pero no necesariamente por una necesidad fisiológica. Agarro mejor el bolso que llevo al hombro y paso al lado del obrero para meterme entre los barrotes de la construcción. Es un mar de polvo, madera, cemento y algunos baldes con sogas. Arriba nuestro, por suerte, todavía no hay nada, solo la estructura.

—¿Al menos podés mirar para otro lado? —pregunto.

Estoy rogando que me diga que no.

Sonríe y se da vuelta. Está apoyado contra uno de los barrotes y me da miedo que todo se caiga a la mierda conmigo abajo, que tengan que sacarme los bomberos entre escombros. No sé qué estoy haciendo, pero dejo el bolso a un costado y me desprendo el pantalón. Me lo bajo mientras me agacho hasta quedar en cuclillas. Él no me mira, pero yo no le quito la vista de encima.

Pensé que no me iba a poder concentrar para mear con un desconocido adelante mío, así, en la tarde-noche —casi no se ve nada—, pero empiezo por soltar un chorrito y se me escapa un sonido de alivio de entre los labios. Él se gira y vuelve a mirarme descaradamente. Hago fuerza y el chorro se vuelve más denso, se escucha el repiquetear de las gotas y yo siento un alivio inmenso mientras me descargo. Él, como si le importara una mierda la vida, empieza a tocarse la verga por encima del pantalón. ¡Le calienta verme mear!

En este punto, estoy tan necesitada que no puedo ni siquiera disimularlo. No terminé de mear todavía cuando bajo la mano derecha entre mis piernas y empiezo a acariciarme el clítoris. Vuelvo a quejarme, bajito, y él no acredita lo que está viendo. Se saca la verga del pantalón y la que no puede creerlo soy yo: una pija hermosa, grande, hinchada, con las venas marcadas, oscura. Empieza a pajearse, y yo también.

Gimo como una putita, con esa voz quebrada que me da vergüenza cuando se me escapa.

—Uuuh, nena, qué puta que sos.

Síiii, ya lo sé.

Me toco más rápido, sin dejar de mirarlo. Permito que esos gemidos “vergonzosos” salgan, que delaten lo caliente que estoy. Solamente necesitaría una cosa más para poder estar completa…

No sé cómo reúno el valor, pero lo hago.

—¿Te la puedo chupar?

Mi voz sale entrecortada, aniñada por naturaleza. Casi triste, diría yo; quizá porque llevo un buen rato queriendo que el chico con el que estoy me mire como este tipo me está mirando. Le brillan los ojos con mi pregunta. Se pajea más rápido y para en seco, como si hubiera estado a punto de acabar. ¿Qué? ¿Tan rápido?

No me pregunta si lo digo en serio o no, aunque sé, por sus facciones, que es eso lo que se está preguntando. Se acerca, sin soltarse la verga, y se queda a unos centímetros de mi cara.

—¿Te la vas a comer, bebé?

Vuelve a masturbarse, ahora delante de mí.

Yo siento que acabo, al final soy más precoz que él.

—¿Puedo? —le respondo. Ahora sí lo estoy provocando, y funciona.

Él también gime.

—Cometela toda, puta.

Obvio que lo hago.

Separo los labios y me meto el glande brilloso a la boca. Succiono como si pudiera tomar agüita de ahí, como si, en efecto, fuera él quien me estuviera amamantando. Chupo, chupo, chupo, succiono y miro para arriba. Me encuentro con sus ojos, que apenas pueden mantenerse abiertos.

Está salado, muy salado. Tiene olor a transpiración, aunque no me desagrada. Me acuerdo de la cantidad de veces que soñé con este momento y no puedo creer que esté pasando. Necesito pellizcarme para comprobar que no es otro de mis sueños húmedos, pero mi cuerpo decide dar otra señal. Aún sin siquiera haberme tragado la mitad de su verga, empiezo a acabar. Gimo con la boca llena y se me ponen los ojos en blanco.

—¿Estás acabando, pedazo de puta? Dios, ¿de dónde saliste? —Me empuja la cabeza y me obliga a tragar más. Me palpita la concha, pero hago un esfuerzo sobrehumano por volver a hacer foco, mirarlo y seguir con mi labor a pesar de que mi orgasmo apenas esté terminando—. Tragá, mi amor. Cométela toda.

Asiento, como la “nenita” más obediente del mundo. Le escupo en la pija, para chupársela más fácil, y empiezo a mover la cabeza de adelante hacia atrás. Cada vez que avanzo, me meto unos centímetros más a la boca.

Aunque chupar pija sea mi deporte favorito, tengo muchísimas arcadas. Por eso, aunque Facundo diga que “la chupo como nadie”, me siento mal cuando no consigo tragármela entera durante mucho tiempo. Pero ante la primera arcada que hago con este tipo, en un intento de metérmela toda en la boca, me agarra del pelo y me saca de un empujón.

—Pará, pará, pará. Dios, pará que acabo.

Lo miro desentendida, con un hilo de baba que me conecta desde los labios a la punta de su verga. ¿O sea que le gusta que me ahogue…?

Me suena el teléfono adentro del bolso, pero ni siquiera miro en esa dirección. Que suene, yo no puedo moverme más que para cambiar de estar en cuclillas a ponerme de rodillas.

—Levantate la remerita.

Me la saco por encima de la cabeza, esa camiseta, la de mi novio, y me quedo solo con el corpiño negro. Tengo la piel tan blanca que, incluso de noche, parezco un farol acá abajo.

—Mirá las tetas que tenés, nena, la puta madre.

No me pide permiso, solamente me las agarra con las dos manos —sucias, sucísimas— y la aprieta por debajo de las copas del corpiño. Yo vuelvo a chupársela, pero solo la cabeza. Chupo, doy lamidas sin sacármela de la boca y repaso la uretra una y otra vez. Él se siente en el cielo; no lo digo yo, lo dice él.

El cigarro le molesta, así que suelto su pija para que me lo ponga en la boca. Fumo y él me saca las tetas por encima del corpiño. Caen como… Bueno, como tienen que caer por el peso que tienen. Me pellizca los pezones y yo doy una segunda calada al pucho; después, suelto el humo sobre su glande muy despacito.

—Me estás volviendo loco, hija de puta, mirá lo que sos.

Muestro una sonrisita genuina. No sé si es normal ponerse feliz porque un desconocido que te está toqueteando te diga “hija de puta”, pero yo nunca me sentí más feliz.

Me la meto en la boca otra vez. Con una mano lo pajeo, con la otra sostengo el cigarro que, cada tanto, uso para darle una calada; y, cuando no fumo yo, estiro la mano para apoyarla contra su boca y que sea él quien fuma.

—Así, así, asíiii, puta, chupá.

Empuja las caderas contra mi boca y me la llena. Me cachetea las tetas y yo gimo, atorada y con los ojos llenos de lágrimas, mientras él, con su otra mano, me sostiene del pelo para que no me mueva ni un centímetro. Por instinto saco la lengua, para hacer más lugar en la boca, y empieza a cogérmela como nunca nadie —literalmente— me cogió en la vida.

Lloro, soy un mar de lágrimas por las arcadas que me genera el tamaño que tiene —y algún sabor que no reconozco y que en realidad no quiero detenerme a identificar…—, me estoy muriendo de frío y quiero acabar otra vez.

Me manipula la cabeza como si fuera una muñeca de trapo, una muñeca inflable, una boquita de silicona para usar a su antojo. Cuando aprovecho para respirar, se lo digo:

—Usame, dale, llename la boquita de leche.

—¿La querés toda, bebé? ¿Querés toda la lechita?

—Sí, sí, sí. Usame, cogeme toda la boc… gggsf gggsf.

—¿Qué decías?

Intento hablar, pero eso hace que me ahogue más.

—¿No te enseñaron a no hablar con la boca llena, zorra?

Pienso en mi mamá y en lo que me enseñó. Definitivamente no me enseñó esto.

—Metete los dedos. Cogete esa conchita como si te estuviera clavando toda la verga adentro, dale.

No hace falta que me lo diga dos veces. Llevo la mano entre mis piernas, por delante, y empujo los dedos en el agujero más tibio, empapado y necesitado que toqué en mi vida. Meto dos sin esfuerzo y los ojos se me entornan, de nuevo en blanco. Empiezo un mete y saca que envuelve el lugar con chasquidos húmedos y necesitados.

Le estoy babeando las bolas, que me encantaría comer si me diera espacio para respirar; babeo también el piso de cemento y la camiseta de Facundo, que quedó entre nosotros y llena de polvo.

Lo escucho gemir, esta vez más prolongado, y siento que me muero. Gime como un animal, como una bestia, no sé ni con qué compararlo. Me mueve la cabeza y me usa la boca con una necesidad —de mí— tan grande que no puedo procesar. Sentirme así de necesitada era lo que, valga la redundancia, necesitaba. ¡Por Dios! Un hombre que me necesite así, esto es, esto quería.

Se le quiebra la voz en medio de su mete y saca, mientras que yo, sin poder evitarlo, sumo un tercer dedo dentro de mí y me toco el clítoris con la otra mano. Acabo, pero no me suelta ni siquiera para juntar aire. Al contrario, mientras acabo como la putita asquerosa que soy, me deja la verga tan adentro que me pongo de todos colores. Y, en un gemido descomunal, empieza a vaciarse. Vacía los huevos en mi boca, me la llena de leche y yo me araño el clítoris, los labios, la pelvis; no sé qué más hacerme para sentir que no me estoy ahogando por la falta de aire y por la leche, o que no me estoy muriendo por tenerle cogiéndome contra el “edificio”.

Le clavo las uñas en los muslos cuando ya no puedo más, y me suelta. Gimo, no de placer sino en busca de aire, y me chorrea una cantidad obscena de baba y semen, todo junto. Soy una catarata de fluidos: el pis que hice antes de empezar, las dos veces que acabé, las lágrimas, la baba y ahora el semen. Todo esto salió de mí.

Cierro la boca e intento tragar, pero es mucho y, ahora que ya acabé, la arcada es más genuina. Tengo… ¿asco?

Me muevo a un costado y escupo todo lo que me quedaba en la boca. Él no deja de suspirar y de intentar recobrar el aliento. Creo que lo maté en vida. Ahora ya sé qué es lo que más me calienta, y no, tal vez no era cogerme a un obrero, sino cogerme a alguien que me necesitara como al aire para seguir viviendo.

Con la camiseta me limpio la cara, la misma que me voy a tener que poner para volver a casa. ¿Cómo voy a volver a casa así?

Intento subirme el pantalón cuando consigo levantarme, porque tengo las piernas tiesas por el frío y por haberlas clavado en cemento durante tanto tiempo. Él no me ayuda, obvio que no me ayuda. No es un príncipe azul, es un pajero que se encontró con una puta gratis.

—Dame cinco minutos y estoy, eh, no te vas a ir así.

—Me tengo que ir…