Xtories

Martín el camionero y la inspectora de ITV

El olor a gasoil y sudor no es lo único que llena el aire en ese taller abandonado. Cuando la inspectora atlética cruza la mirada con el camionero de brazos descomunales, la revisión técnica se convierte en algo mucho más primitivo. Ella sabe que no debería, pero su cuerpo ya ha tomado una decisión.

AntonioSPA7.7K vistas10.0· 6 votos

Martín aparcó su tráiler en el arcén de tierra con un rugido de motor que parecía un gruñido de perro viejo. El polvo se levantó en una nube parda mientras bajaba de la cabina con su habitual parsimonia: pantalones vaqueros sucios, camiseta de tirantes pegada al torso sudado y las botas llenas de barro seco. Su cuerpo parecía tallado con martillo: hombros descomunales, brazos como vigas con tatuajes y una barba negra espesa que le bajaba hasta la mitad del cuello como un matorral bravo. La cabeza rapada brillaba bajo el sol del mediodía.

La estación de ITV era una nave oxidada en mitad de la nada, junto a una gasolinera abandonada. El cartel estaba medio torcido. Perfecto. Martín escupió al suelo y cruzó el umbral de la nave mientras se encendía un cigarro.

—¿Hola? —gritó con voz ronca—. ¿Esto está abierto o qué cojones?

Del fondo salió una mujer de constitución atlética, de treinta y pico largos, con el mono de mecánica remangado a la cintura y una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver un sujetador de encaje negro. Llevaba la cara sudada, el pelo recogido a lo loco, y unas manos manchadas de grasa que no le quitaban ni un gramo de su atractivo.

—¿Qué quieres, armario? —dijo la mujer, levantando una ceja con una sonrisa burlona—. Esto es un taller de revisión, no un puticlub. Aunque con esa pinta de chulo poligonero, igual te has equivocado de sitio.

Martín soltó una carcajada grave, casi como un rugido, dejando ver unos dientes grandes y blanquecinos entre la espesura de su barba.

—Pues si fuera un puticlub, ya estaría dentro del local VIP... y tú ya estarías sin bragas en la zona de descanso.

—Venga, suelta las llaves del camión y espera fuera —replicó ella con descaro—. A ver si no explota al arrancarlo... el camión, digo. Aunque tú también pareces a punto de estallar con ese bulto que llevas ahí apretado.

Martín se la quedó mirando con descaro. Le repasó las caderas estrechas, el pecho bien plantado bajo la camiseta, y esa mirada de tía con mala leche que a él siempre le ponía más que una teta al aire. Le lanzó las llaves con desgana y se apoyó en la pared, fumando como quien espera a que le sirvan un plato caliente.

Patricia, que así se llamaba la ingeniera, se metió en la cabina y arrancó el camión. Rugió como una bestia vieja, pero no se desarmó. Lo llevó hasta la línea de inspección. El interior olía a tabaco, sudor y gasoil, pero también, curiosamente, a algo masculino que le resultaba ofensivamente excitante.

Al bajar, y mientras se agachaba para comprobar la suspensión, notó los pasos de Martín detrás. Se giró con un destornillador en la mano.

—¿Te he dicho que entres?

—Solo estoy mirando si haces el trabajo como Dios manda —contestó él, con media sonrisa torcida—. Aunque así, agachada, te veo más el culo que los amortiguadores.

Patricia se irguió de golpe. Tenía el mono sucio, pegado a la piel, con la cremallera abierta hasta el ombligo. Caminó hacia él con paso decidido y la herramienta aún en la mano.

—Como me sigas mirando así, te meto esto por el culo, camionero.

Martín no se apartó. Se sacó el cigarro de la boca, lo tiró al suelo y lo pisó. Entonces, se llevó la mano a la bragueta y bajó la cremallera con un gesto lento, deliberado.

—Prueba con esto primero, que está más caliente.

Al no llevar calzoncillos debajo se sacó la polla con una facilidad casi obscena: semidura, venuda y más gruesa que un vaso largo de cubata. Patricia se quedó paralizada un segundo. No por miedo, sino por impacto. Esa cosa era una puta barbaridad.

—¿Tú estás loco o qué? —dijo ella, pero no se movió—. Esto es una inspección técnica, no un casting para una peli porno.

—Tú dime que no te pica el coño desde hace tres meses, y me subo al camión. Pero miente bien, guapa.

Patricia lo miró, apretó los labios, y entonces dejó caer el destornillador al suelo. Caminó hasta él y le agarró la polla con una mano sucia de grasa.

—Si me dejas el suelo hecho un asco, lo limpias tú. Con la lengua.

Martín gruñó satisfecho y se bajó los pantalones del todo, dejando al aire ese rabo monstruoso, grueso como una morcilla de Burgos, con las venas marcadas como si fuera una pieza de maquinaria a punto de estallar. El calor que desprendía era casi animal, y al instante se desató un olor denso, áspero, a sudor seco y macho en celo, que impactó en las fosas nasales de la mujer como una bofetada en plena cara.

Ella se arrodilló sin decir palabra, como si ese momento lo hubiera estado soñando cada semana sin admitirlo, con las bragas empapadas y los labios hinchados de deseo. Sus ojos se clavaron en ese pollón como si fuera un manjar prohibido, y sus dedos temblorosos rozaron el tronco antes de agarrarlo con las dos manos, notando el pulso latente que recorría cada centímetro. Su respiración se aceleró, el pecho se le movía con violencia, y su boca se entreabrió con una mezcla de asombro y hambre descarada.

Empuñó la base de la polla con ambas manos y empezó a lamerla despacio, subiendo desde la base hasta el capullo ligeramente morado, brillante, caliente como un tubo de escape tras cinco horas de ruta. Su lengua era ágil, sucia, descarada. Martín echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido que retumbó en la nave.

—Así, joder… chúpamela como si me debieras dinero.

Patricia se la tragó hasta que el grueso glande le tocó la campanilla, con un sonido húmedo y gutural que le hizo cerrar los ojos y gemir de manera ahogada. Se atragantó un poco, soltando un jadeo asfixiado, pero no se detuvo ni por un segundo. Al contrario, volvió a metérsela hasta el fondo con un gemido desesperado, como si estuviera famélica. La mezcla de saliva espesa, babas calientes y restos de grasa del taller le resbalaba por la barbilla en hilos viscosos, chorreando hasta sus pechos.

Martín la sujetó del moño con fuerza, dominando el ritmo, empujando con las caderas en embestidas lentas pero profundas, mientras ella miraba hacia arriba con los ojos llorosos, sumisa y caliente, entregada por completo al trabajo sucio que le tocaba hacer.

—Te vas a tragar el gasoil, zorra —gruñó él, empujando duramente con las caderas.

La mujer avanzaba y retrocedía con la mandíbula tensa, concentrada, babeando sin pudor, con los ojos húmedos por el esfuerzo pero brillantes de deseo. Cada vez que intentaba ir más profundo, la punta de aquel cipote XXL le rozaba la garganta y sus reflejos de arcada se activaban, pero ella los controlaba con oficio, cerrando los puños, respirando por la nariz, tragando aire y voluntad.

Martín gruñó con los dientes apretados, las venas del cuello marcadas como cables en tensión, y de repente la agarró del pelo con una mano firme. Le retiró la polla de la boca con un chasquido húmedo, y Patricia se quedó jadeando, con los labios enrojecidos y brillantes, como si acabara de salir del infierno y pidiera más.

—Para el carro, guapa —le dijo con voz grave, socarrona, mirándola desde arriba como un dios pagano—. Enséñame ese cuerpo, venga. Quiero verte bien… sin esa mierda de marimacho que llevas puesta.

Ella tragó saliva, se mordió el labio con las pupilas dilatadas y asintió en silencio. Se puso de pie sin dejar de mirarle, y con movimientos lentos, casi ceremoniales, se desanudó las mangas del mono. Lo bajó por sus caderas con las manos pringadas de grasa, dejando a la vista su camiseta mojada, sus curvas tensas por el trabajo duro y la excitación.

Se lo quitó del todo y lo dejó caer al suelo, quedándose en ropa interior: unas bragas negras de algodón ajustadas y una camiseta blanca pegada al torso, translúcida por el sudor. Luego se quitó también la camiseta, alzando los brazos y sacudiendo el pelo al despegarla. Por último el sujetador y sus pechos quedaron al aire, firmes, con los pezones oscuros, erectos, y el vientre marcado de una mujer que no le teme al esfuerzo físico.

Finalmente, bajó las bragas con los pulgares, despacio, dejando que el elástico le acariciara los muslos hasta que cayeron al suelo junto al resto. Lo único que conservó fueron las botas de trabajo: pesadas, sucias, con los calcetines asomando, como una diosa de taller dispuesta a ser devorada.

Martín la observó con una media sonrisa torcida, frotándose la barba mientras su rabo palpitaba empapado de saliva.

—Así me gusta —dijo con tono canalla, sin quitarle el ojo de encima—. Ahora sí. Venga, bonita. A currar, que la polla del Caballo no se mama sola.

Patricia sonrió de medio lado, se arrodilló de nuevo entre sus piernas y volvió a abrir la boca con ansias, dispuesta a ganarse hasta la última gota.

La boca de Patricia era una fábrica de placer, sucia, entregada, hambrienta. El miembro de Martín entraba y salía con chasquidos obscenos, embadurnado de saliva caliente y espesa, mientras sus labios se cerraban con ansia alrededor del tronco como si quisieran ordeñarle el alma. Las arcadas eran suaves, controladas, como si su garganta estuviera hecha a medida para aquella bestia. Sus propias piernas se abrían poco a poco, vencidas por el deseo, empapadas como si le hubieran volcado un cubo de agua caliente entre los muslos, chorreando sobre el suelo grasiento del taller con un goteo lento, húmedo, descarado. Su coño palpitaba solo con el sabor de esa carne brutal reventándole la boca.

Martín no tardó en correrse en su boca con un gemido cavernoso. Tres chorros densos, calientes, directos, que ella tragó sin pensarlo, mirándole a los ojos.

—Ni una gota, ¿eh? —dijo ella tras sacar la lengua, exhibiéndole con orgullo su boca vacía de lefa y lamiéndose los labios después—. Vaya surtidor tienes, cabrón.

Martín la levantó del suelo como si no pesara más que una caja de herramientas vacía. La tumbó de espaldas sobre una mesa metálica, ruda y fría, que vibró bajo el peso del cuerpo desnudo de Patricia. No hizo falta arrancar nada esta vez: ella ya estaba completamente desnuda, salvo por las botas de trabajo que seguía calzando con un aire de desafío erótico.

Él la contempló un segundo con una mueca de satisfacción, como si evaluara un trabajo bien hecho. Entonces, sin pedir permiso, le agarró los pechos con sus enormes manos, apretándolos con esa mezcla de deseo y dominio que lo caracterizaba. Le pellizcó los pezones con los dedos manchados de grasa, haciéndola gemir de forma aguda y descontrolada.

—Menuda maquinaria tienes aquí, joder… —gruñó entre dientes, saboreando cada curva, cada estremecimiento de ella bajo sus manos rudas.

Acto seguido, le agarró las piernas con firmeza y se las abrió de golpe, como quien desmonta un capó sin cuidado, dejando expuesto ese coño húmedo, hinchado, que palpitaba entre los muslos manchados de sudor. Patricia jadeó, sorprendida por la fuerza con la que la había abierto, pero también encantada de sentir la brutalidad contenida en cada movimiento del camionero.

Martín escupió entre sus propios dedos y le frotó el clítoris con rudeza, sin previo aviso, haciéndola arquear la espalda con un chillido entre placer y shock. La mesa chirrió por el impulso.

—Estás más empapada que mis sobacos en pleno Agosto —gruñó, pasándole dos dedos por el coño y chupándolos después—. Esto no es profesional.

—Métemela ya, cabrón, o llamo a la Guardia Civil.

—Así me gusta, que me lo pidas ansiosa como una perra… bien abierta y goteando… lista para que te reviente —respondió él con voz ronca.

Martín no necesitó más. Se escupió en la mano, se la restregó por el rabo y la empotró de una sola embestida. Patricia soltó un grito que rebotó contra las paredes de la nave. El monstruoso pene de Martín la llenó hasta el alma. Acto seguido empezó a follarla con fuerza, sin delicadezas, como quien ajusta una pieza con un martillo. Las caderas de ella chocaban contra la mesa, las herramientas caían al suelo, los gemidos eran salvajes, brutales.

—Joder, joder, joder, joder… —repitió ella, con los ojos en blanco.

Martín la agarró del cuello con una mano, sin apretar demasiado, solo para dominar. La otra mano se la metió en la boca, haciéndole chupar sus propios fluidos mientras la seguía taladrando con un ritmo constante y desmesurado.

—Dime si esto no es mejor que pasar la ITV —le dijo él, jadeando.

—Esto es… una inspección integral… hijo de puta.

La sacó de la mesa de un tirón, cogiéndola por la cintura con esas manos curtidas de volante, y la colocó a cuatro patas sobre un capó viejo cubierto de polvo y manchas de aceite. El metal crujía bajo su peso, frío contra sus pechos colgantes, mientras Patricia arqueaba la espalda sin perder el aliento.

Martín le escupió en el culo con fuerza, dejando un hilo espeso y caliente que goteó entre sus nalgas. Con una mano le separó las carnes, y con la otra le encajó la verga de nuevo, esta vez más profundo, con un gruñido de satisfacción al notar cómo se la tragaba entera. Ella gimió, sudada y enloquecida, empujándose hacia atrás contra su rabo como una posesa, con el pelo revuelto y los ojos en blanco, perdida entre el dolor y el placer de aquel polvo salvaje.

El jugo de hembra, el sudor, la grasa, el olor a macho y a coño, todo se mezclaba en un festín animal que no parecía tener fin. La nave entera vibraba con sus jadeos, sus gemidos roncos, y los golpes de carne contra carne, una sinfonía sucia y brutal que habría hecho sonrojar a cualquier espectador.

Martín la folló durante casi media hora como una bestia en celo, sin pausa, sin miramientos. Cambió de postura una y otra vez: la tuvo con las piernas colgando de la mesa, con las rodillas abiertas sobre un neumático, de pie contra la pared, encima de un capó caliente por el sol. La hizo chuparle los huevos con devoción mientras le acariciaba el pelo sudado, sujetándola del moño con una mezcla de ternura bestial y dominio absoluto. Le restregó la cara contra el cristal sucio de un coche viejo hasta que le quedó la mejilla marcada, sus labios hinchados y la baba escurriéndosele por la barbilla.

Cada vez que ella gemía, él respondía con una embestida más profunda, más ruda, ya fuera a su boca, a su coño o a su ojete, como si quisiera dejarle grabada la forma de su rabo por dentro. Y ella, lejos de resistirse, lo pedía con el cuerpo entero, retorciéndose, apretando, mordiéndose los labios mientras se le escurría el jugo por los muslos como si le rebosara el deseo.

—Joder, cómo aprietas, cabrona… me vas a sacar hasta el carnet de conducir por la punta —gruñó él, dándole una nalgada que resonó como un látigo.

—¡Dale, animal! ¡No pares! —gimió Patricia, jadeando—. Quiero sentirla hasta que no pueda ni sentarme mañana… ¡Hazme tuya, puto salvaje!

—Mía ya eres —masculló Martín, pegando una embestida seca—. Mía desde que abriste esa puta boca de chulita.

Finalmente, cuando ya la tenía temblando de placer, con las piernas flojas y los gemidos saliéndole sin control como a una perra en celo, la agarró con sus brazos enormes, la levantó en vilo con una facilidad insultante y la empotró contra una columna de hierro oxidado. El contacto frío del metal en su espalda contrastaba con el calor ardiente de su cuerpo. La sostuvo en el aire mientras la penetraba con embestidas profundas, brutales, haciéndola rebotar contra el poste a cada golpe de cadera.

Patricia gritaba, arañándole la espalda sudada, marcando con sus uñas el esfuerzo y la pasión de ese polvo salvaje. Y entonces él rugió, se clavó hasta el fondo y se corrió con una sacudida bestial, una segunda descarga caliente y espesa que la hizo estremecerse entera, gritando como si la poseyera un demonio, mientras sus piernas se aferraban con fuerza a su cintura.

Ambos cayeron al suelo, jadeando, sudados, cubiertos de polvo y líquidos.

—Si esto no pasa la inspección, me borro de la DGT —dijo ella, riéndose con voz ronca.

Tras ponerse de pie, Martín se subió los pantalones sin decir palabra. Parecía algo cansado, pero no exhausto como ella. Acto seguido se encendió otro cigarro.

—Apúntame para la siguiente revisión, guapa. Dentro de seis meses —le indicó con un tono sarcástico, caminando hacia la salida

—O antes —dijo ella—. Pero tráete lubricante. Y condones. O no. Da igual.

Patricia, aún con las ingles doloridas, se recompuso como pudo. Tras cubrir su magullada desnudez, se puso a revisar los puntos clave del vehículo, profesional pero con el cuerpo todavía caliente. Al cabo de unos minutos, salió con la carpeta en mano y una sonrisa ladeada.

—Todo en orden, camionero. Tienes el pase —dijo, dándole una palmada en el hombro y después un apretón en los huevos.

Martín sonrió. El sol caía a plomo fuera. El tráiler esperaba rugiendo. Se subió, arrancó, y se marchó dejando tras de sí una nube de polvo… y una mujer con las piernas temblando y la sonrisa más sucia que había tenido en años.