Larga batalla por una esposa. 22
Dormía a su lado, creyendo que era inocuo. Pero al amanecer, el correo electrónico reveló una verdad que le destrozó el alma: su exesposa no solo lo había engañado, sino que lo había convertido en el espectador forzado de su propia degradación.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 22.
Aquella noche fue muy singular. Debo decir que María se comportó como si, efectivamente, un colega masculino fuera. Se desnudó delante de mi con soltura y me invitó a que la mirara. Por muy homosexual que fuera, sus caracteres eran las de una hembra. Pechos medianos y una vulva inusualmente abultada. Se puso una pantaloneta y camisola y se acostó en un lado de la cama. Yo ocupé el opuesto. Ella se durmió enseguida, yo permanecí en duermevela.
¿Porqué hizo eso? Lo supe mucho más tarde, cuando me confesó que tenía miedo a que yo hiciera alguna barbaridad, no sabía cual, pero mala en cualquier caso. Estando con ella alejaba cualquier posibilidad de que así fuera. Aunque no era mi intención llegar a nada así, lo cierto es que se lo agradeceré siempre.
Al amanecer, decidí levantarme y abrir el portátil. Cada día lo hacía, porque revisaba el correo del trabajo. Apareció la lista de mensajes, larga como siempre, pero muy pronto me atrajo la atención uno de ellos. Remitente desconocido, pero incluía un pesado archivo que solo podía enviarse por WeTransfert. Lo bajé de inmediato, porque el título me obligaba: “Beatriz en el Fénix”. De nuevo la frecuencia cardiaca desbocada y la adrenalina inundando cada uno de mis órganos. Miré a María y seguía profundamente sumergida en el sueño.
Se trataba de un video, y aniquilador es una palabra que apenas lo podría definir. Se iniciaba con el trío llegando efectivamente a la puerta del Hotel Fénix, este mismo donde me encontraba, y se correspondía a la fecha de ayer mismo, a las 14h. Eran escenas a modo de “selfis” y mi ex-mujer llevaba ese traje que yo mismo le había arrancado hacia apenas unas horas. Una sección corta del video transcurría en el ascensor, donde Rubén metía la mano por debajo de la falda de Beatriz mientras se besaban apasionadamente. Luego ya era la habitación, muy similar a la mía. La cámara estaba ahora en el habitual trípode para grabar. Se veía como Joana desnudaba a Beatriz y luego como las dos desnudaban lentamente, con parsimonia a Rubén, quien a renglón seguido recibía una dulce y suave felación de mi ex-mujer, arrodillada ante él. Todos ya sin ropa, habiéndose colocado esa víbora un arnés, Beatriz quedó en la cama justo entre ambos, emparedada, con el falo de plástico en la vagina y el muy real y no menos macizo de Rubén en su ano. El movimiento de ambos era perfecto, acompasado al milímetro, y no tardó la doblemente penetrada en llegar a su primer orgasmo. Como ya sabía que era habitual, eso no significó más que un punto y seguido. Sin cambiar, continuó el proceso hasta llegar a un segundo clímax. Pero tampoco la dieron respiro. Ahora simplemente cambiaron la postura. Mi mujer tenía sobre el rostro la vulva de Joana, quien la sujetaba por los tobillos para que abriera las piernas al máximo, a fin de que Rubén la penetrara cómodamente hasta el fondo. El varón fibroso lo hacía con una cadenacia magistral, entraba y salía de su intimidad femenina deleitándose, casi musicalmente. Se le veía disfrutar y llegado el momento, a una señal, Joana saltó como una gacela para acariciar desde atrás los testículos de su marido mientras descargaba el semen, muy adentro, lo más que pudo. Se mantuvo un rato inmóvil, con pequeños espasmos testiculares, y cuando salió, Joana ya tenía la cámara en la mano y grababa un plano muy cercano. Se podía distinguir perfectamente el semen en el introito vaginal.
A renglón seguido venía otra sección. El plano era Rubén sentado en la cama, apoyado sobre los cojines, satisfecho y con relajada sonrisa. En medio de la habitación, Joana y Beatriz se besaban y acariciaban. Cierto es que la arpía retorcía los pezones de mi ex-esposa con fuerza, y la hacía casi gritar. Tumbándola en el suelo, se puso de nuevo a horcajadas sobre su boca, para que continuara ese cunnilingus antes iniciado. Continuó el proceso hasta que Joana alcanzó lo que supuse era un orgasmo, aunque se manifestó con apenas algún quejido. Para entonces, Rubén ya estaba de pie, ayudando a incorporar a Beatriz que, casi con el flujo de la otra en la boca, inició una nueva caricia bucal del pene ya de nuevo casi erguido por completo. La cámara ahora se acercó increíblemente al espectáculo. El glande brillante con su capucha prepucial y el tronco con gruesas venas se veían aparecer y desaparecer entre los rojos y carnosos labios de Beatriz, a veces con la lengua ayudando en la tarea. Fueron muchísimos minutos, tal vez diez, no sabría decirlo porque le di al aumento de velocidad. Las manos de Beatriz sopesaban los testículos, y particularmente con firme dulzura cuando comenzó a eyacular. El líquido de la vida apenas desbordó esa boca, tan solo unos ligeros grumos se abrieron paso en las comisuras. Se mantuvo así la situación también otro par de minutos. Al dejar libre el miembro viril, la voz de Joana sonó como es habitual en ella, enérgica y sin réplica:
— Abre y enséñamelo!
Mi mujer cumplió, y se distinguía perfectamente el dorso de la lengua y los vestíbulos orales a rebosar de semen, blanco y espeso.
— No lo tragues todo, que el primer beso te lo de con ello ahí, que lo recoja.
Luego la hizo ponerse de pie y continuó ordenándola:
— Vístete, corre rápido a su habitación y procura que te coma el chichi, queremos que se trague el zumo de Rubén, tanto de arriba como de abajo.
Justo cuando se iba a poner la braga, Joana se lo impidió.
— No, mejor sin la braga, así te correrá el semen por las nalgas y se lo comerá también de ahí.
Lo siguiente es mi ex-mujer andando por un pasillo del hotel, seguida evidentemente por Joana con la cámara, justo hasta que llegan al número de la habitación donde yo estaba…
Había un corolario. De nuevo dentro de la que ocupaba el trío, sonaban unos golpes de llamada. Abría Rubén, grabando Joana evidentemente, y entraba Beatriz, presurosa y desencajada. La voz de nuevo, esa voz de la muy infame preguntó:
— Se lo ha comido todo?
Mi ex-mujer asintió, cabizbaja.
—Dónde se ha corrido?
Beatriz no pudo hablar, sólo señaló hacia su entrepierna.
— Pues a la ducha, te voy a limpiar a fondo. Y nos vamos enseguida que quiero llegar a casa para una sesión. Y enviarle ya esto al iluso del Javierito.
Dirigiéndose ahora a su marido, continuaba el soliloquio de esa espeluznante hembra/macho:
— Cariño, ¿vas pagando y recogiendo el coche? Bajamos nosotras enseguida.
Así terminaba ese documento infernal, que me dejaba al borde del colapso, sin exagerar un ápice.
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