La confesión prohibida, el límite de la amistad
Oscar le pide a Alex que sea el 'experimento' sexual de su novia antes de la boda. Alex acepta, creyendo cumplir una lealtad, pero el viaje al Caribe despierta instintos que no conocía. Ahora, Tatiana no es la víctima, sino la cazadora, y Alex es solo una pieza en su nuevo juego de poder.
Oscar, un gran amigo, gestor de cuentas con mucho éxito o, más rimbombante, account manager. Desde pequeños nuestras vidas se unieron en el colegio, a los tres años, hasta la universidad. De mí misma edad, más bajo que yo, físicamente muy cuidado. En un principio en el colegio fuimos el escarnio de los abusones. Por nuestro físico, que al principio nos perseguía. A él le llamaban la lombriz y a mí el burro. Si, por lo que estáis pensando: por el tamaño de nuestras pollas. Eso hizo que nuestra amistad fuera más inquebrantable y que nos hiciéramos más fuertes. La verdad, yo había olvidado esa etapa.
Oscar, por motivos profesionales, viajó a donde estaba yo y, como estaría menos de 24 horas, quedamos para cenar después de sus reuniones. Sería una cena entre amigos, con pocas novedades que contarnos, porque era raro el día que no nos mensajeábamos. Durante la cena hubo momentos en que nos reímos hasta saltársenos las lágrimas. No hablamos ni de trabajo, ni de política, ni de fútbol... solo reírnos.
—Alex, ahora muy en serio, en nombre del amor y de la amistad tenemos o tienes que hacer un sacrificio— dijo Oscar, cortando el buen rollo y provocando una tensión en el aire que no era normal. De manera fulminante me vino al recuerdo un momento de nuestro pasado en el que, cosas de críos, nos hicimos una paja uno delante del otro y su mirada me llamó la atención. Pensando que lo mismo quería hacer una declaración de amor o de intenciones, no me atreví ni a preguntar, aunque eso le dio igual, porque continuó.
—Vas a ser el segundo que lo sepa. Quiero pedirle a Tatiana que se case conmigo y espero que me digas sí.— El susto inicial se me pasó. —Es una noticia muy buena, seguro que te dirá que sí, estáis los dos muy enamorados, se os ve, se os nota y se respira cuando estáis juntos. Aunque no sé, sois muy jóvenes, eso ya no se lleva, me refiero a lo de casarse tan jóvenes. Pero dicho eso, ¿qué tiene que ver lo de "en nombre de la amistad el sacrificio"? Sorpréndeme—
—Pues necesito que hagas el amor con Tatiana— dijo con una tranquilidad absoluta, o al menos aparentemente. —Vamos a ver, Oscar. Sabes que eres el hermano que no he tenido, que eres el único que sabe mi vida y milagros. Tatiana es una tía de puta madre, lleváis toda la vida juntos, eso te puede llevar a confusiones. No sé qué pájara te ha dado, le vas a pedir que se case contigo... esto que me pides puede estropear nuestra amistad... no sé... dime algo coherente, porque estoy perdido ahora mismo. No sé qué pinto en todo esto.—
—Mira, Alex, ahora recordemos el pasado. Tú eres el burro y no te enfades, yo soy la lombriz. Quiero que Tatiana, por lo menos una vez, pruebe al “burro” en su vida, para que pueda dar una respuesta más “estudiada” y que luego no se arrepienta— seguía igual de tranquilo. El que estaba más intranquilo, más jodido, era yo. El remate fue cuando me dijo: —Ah, y ella no sabe nada, tiene que ser una sorpresa para ella.— Sarcásticamente le respondí: —Eso me deja más tranquilo. Entonces es muy fácil, voy de visita y cuando nos encontremos le digo a Tatiana... "Hola, Tati, he pensado en cuándo te viene bien para follar"... bueno, le diría "hacer el amor", que vosotros sois muy finos.
—¡REPUÑETAS, Alex! Que te estoy hablando en serio. Lo tengo todo muy estudiado y si no me interrumpes te lo explico. Todo esto sucedería en el Caribe, un encuentro casual y tú, con tus dotes de siempre y con mi ayuda, lo hacemos realidad— se notaba que lo tenía estudiado. —No te das cuenta. Si eres fino hasta para, en vez de decir cojones o coño, dices "repuñetas". Sabes que yo no soy así, eso lo primero, os escandalizaríais los dos con mi lenguaje. Y la verdad, no veo a Tati diciendo que sí y luego esta...— Me interrumpe. —Si es por los billetes, el hotel y el resto de los gastos, no te tienes que preocupar, que eso lo tengo controlado. Lo único que necesito es saberlo pronto. Y si te preguntas cuándo es pronto, pues mañana como muy tarde. Solo espero que me digas la fecha en la que tú puedes, porque tú irás un día por delante.—
Al día siguiente consulté mis vacaciones y le llamé diciéndole las fechas. Con eso ya no hacía falta decirle que más. A la mañana siguiente me llegó un mensajero con un sobre. Al abrirlo, estaba todo allí: billetes de avión y la reserva de hotel. Lo primero que hice fue mirar el hotel. No había escatimado en nada. Un hotel solo para adultos y tenía de todo: spa, sauna, una piscina serpenteante de la leche, salida a la playa, golf (que me daba igual porque nunca lo había practicado), tenis, varios restaurantes... de todo. Y viendo los alrededores pude ver que no muy lejos se encontraba una playa nudista. No quise ni pensar cómo tenía planeado todo Oscar una vez que estuviéramos allí.
Tatiana (1,65 m — Ojos azul claro intenso — 48 kg — Pecho muy pequeño — Melena un poco por debajo de los hombros de color caoba castaño oscuro — Culo potente, no gordo — Cara dulce — Callada, discreta, si no la conocías, pero siempre vergonzosa), no era el tipo de mujer que me llamara la atención a la primera, tal vez por ser la novia de mi amigo, pero tenía su punto.
Tuve que ir hasta Barcelona para coger el avión. El vuelo duraría unas doce horas, un poco más. En el avión coincidí con un padre, sus tres hijas y sus respectivos maridos. Deduje que era viudo y que había invitado a sus hijas a ese viaje. Por los comentarios y por lo que se enseñaban, iban al mismo hotel. Las tres hijas estarían entre 38 y 45 años, las tres estaban para follárselas, eran mi tipo en todo. Uno de los matrimonios iba sentado conmigo. A mí me tocó el asiento de en medio, que no me gusta nada, y me ofrecí para cambiárselo para que pudieran ir juntos. El hombre me dice que a él le gusta el asiento de ventanilla y ella me da las gracias, pero está hablando con sus hermanas desde el asiento del pasillo. Me hago el dormido y puedo ver por el rabillo del ojo lo que se escriben las hermanas: "Esto es lo que me receta el médico", "Está para follárselo, hermanita", "Cumplía mi fantasía de hacerlo en un avión", "Tan buenorro, seguro que es gay"... y no paraban. Se hacían comentarios de viva voz como si yo no supiera de qué hablaban.
Tenía unas piernas preciosas, porque cuando las cruzaba, la falda, que era amplia, se le subía, dejando ver mejor los muslos. El aire del avión era gélido, pidió una manta y se la trajeron. Se la pone por encima de su regazo. Se queja de algo, que no logro saber qué es, hasta que una de sus hermanas le dice que ella cuando va en avión no lleva, que o bien vaya al aseo y se lo quite o que se lo suelte. Se levanta, coge una bolsa y se va al aseo. Estaba claro, se había quitado el sujetador.
El avión empieza a quedarse completamente en silencio, la luz en penumbra invita a dormirse. Se escuchan los primeros resoplidos. El marido se había puesto unos auriculares, había apoyado la cabeza en la parte de la ventanilla y va somnoliento como mínimo. Los asientos eran una incomodidad para mi tamaño, no sabía dónde colocar los brazos; la postura menos incómoda era llevarlos cruzados. La mujer también se colocó unos auriculares y me pareció que se dormía. Al rato, cayó un poco hacia mí y mis dedos tocaron algo blando. Era una de sus tetas. Ni respiré, no me quería mover, porque si lo hacía, seguro que lo notaría más de lo debido y no quería ningún escándalo.
Ese era mi pensamiento, pero sin querer —o no tanto sin querer—, un dedo se movió y tocó el pezón. Ella se quedó igual. Luego se pegó un poco más y eso me animó. Ya eran dos dedos y atrapé entre ellos el pezón. Noté cómo se ponía durísimo y cómo sus tetas, más bien blandas, aunque grandes, se amoldaban mejor a mis "manipulaciones". Ella misma se delató, porque su respiración era acelerada, aunque contenida, y se puso casi de lado, mirando hacia mí, dejándome más libre para seguir acariciando sus tetas, porque ahora tenía a mano las dos.
Luego tuvo un movimiento abrupto, que aproveché para dejar parte de la manta encima de mis piernas y, a continuación, me empezó a acariciar mi polla por encima del pantalón. Todo esto sin abrir ella los ojos. Después de ponerme como un burro, se dio la vuelta, se puso de lado y me daba la espalda. Protegido por la manta, su mano encontró la cremallera y la bajó con una lentitud agonizante. El contacto de su piel con la mía fue un shock eléctrico. Empezó a moverse con una habilidad que no tenía nada de espontánea. Cada movimiento era una afirmación de que estaba despierta, de que sabía perfectamente lo que hacía y que su marido, a centímetros, era el último de sus problemas.
La desconocida me saco la polla del pantalón e inicio una paja muy suave, pero sabiendo lo que se hacía, de vez en cuando sacaba la mano de debajo de la manta, la llenaba discretamente de saliva y volvía a continuar con la paja. No paro hasta que me tense, la miraba y entonces abrió los ojos, mostrándome una mirada de deseo, sabía que me corría y su cara fue de pura satisfacción cuando sintió en su mano mi corrida, me exprimió la polla al máximo y luego saco la mano chupándosela descaradamente, a continuación, me dio la espalda levitándose la falda y tapándose con la manda, era una invitación a devolverla el favor.
La invitación era tan clara como el agua. La manta era una fortaleza de complicidad, y dentro de ella, las reglas de la tierra firme no existían. Mi corazón era un tambor de guerra contra mis costillas, una mezcla de pánico por ser descubierto y una excitación animal que me nublaba el juicio. El marido roncaba a mi derecha, un cerdo sordo en el festín de su propia ignorancia. El pasillo era un río de sombras silenciosas. Con un movimiento lento, casi reverencial, deslicé mi mano bajo la manta. Mis dedos encontraron el calor de su piel lisa en la parte interna de su muslo. Ella no se movió, pero su cuerpo se tensó en anticipación, un arco tenso esperando la flecha. Subí mi mano, explorando el terreno hasta que encontré la fina tela de su tanga, ya empapada. La moví a un lado y mis dedos se encontraron con sus labios, abiertos y húmedos. Un temblor recorrió su cuerpo, apenas perceptible, pero lo sentí como un terremoto. Comencé a mover mis dedos con la misma delicadeza con la que ella me había tratado, un roce circular sobre su clítoris que se fue haciendo más firme a cada vuelta. Su respiración, antes contenida, se convirtió en un jadeo ahogado que luchaba por no escapar.
Noté cómo sus caderas empezaban a moverse sutilmente, empujando contra mi mano, buscando más. Introduje un dedo, y luego otro, deslizándome dentro de ella con una facilidad que me hablaba de su deseo. La manta se movía al ritmo de mi mano, un baile secreto a trece mil metros de altura. El mundo se había reducido a ese espacio cálido, al sonido de su respiración y al movimiento de mis dedos dentro de ella. De repente, su cuerpo se arqueó con una fuerza que contuvo a duras penas. Su mano se aferró a mi muslo, las uñas clavándose a través del pantalón. Una oleada de calor recorrió mi mano mientras su interior se contraía en espasmos. Se quedó así, tensa, durante varios segundos eternos, antes de relajarse por completo, desplomándose contra el asiento con un suspiro largo y tembloroso.
Se quedó quieta, recuperando el aliento. Yo retiré mi mano, con los dedos brillando por su humedad. Ella se giró lentamente, me miró a los ojos con una gratitud tan profunda que casi me dolió, y se arregló la falda. Se volvió a poner de espaldas, se cubrió con la manta y, esta vez sí, se quedó dormida de verdad. Yo no pude dormir, tuve que ir al aseo porque mi pantalón estaba manchado. Miraba hacia la ventanilla y la oscuridad infinita, con el cuerpo aún vibrando y el olor de ella impregnado en mis dedos. El plan de Oscar sobre Tatiana parecía ahora una idea de un niño, un juego ingenuo. Acababa de vivir algo real, salvaje y prohibido. Y una parte de mí, una parte que no conocía tan bien, sabía que el Caribe no iba a ser solo arena y sol. Iba a ser una jungla, y yo acababa de aprender a cazar.
El avión tocó tierra con una suavidad que contrastaba con el torbellino en mi mente. El piloto dio las gracias en su nombre y en el de la tripulación por un vuelo que, para mí, había sido cualquier cosa menos ordinario. Los pasajeros empezaron a moverse, desperezándose y recogiendo sus cosas, recuperando la normalidad como si se la pusieran una chaqueta. El marido de mi compañera de aventura se despertó con un bostezo monumental, se estiró y le preguntó si había dormido bien. Ella asintió con una sonrisa angelical, la misma sonrisa con la que había chupado mi semen de sus dedos horas antes. La hipocresía era un arte que se notaba que ella dominaba.
Nos levantamos. Por un instante, nuestras manos se rozaron al coger nuestros respectivos bolsos de mano. No hubo palabras, solo una mirada. Una mirada que decía: "Esto fue real. Esto fue nuestro secreto". Luego, se giró para seguir a su marido y sus hermanas, y se perdió en la multitud del pasillo. Nunca supe su nombre, y pero no dudaba que volviera a verla. Era un fantasma, una polizón perfecta en el viaje de mi vida.
Un coche del hotel me esperaba en el exterior, un conductor con una tabla con mi nombre. El trayecto fue un desfile de paraísos tropicales que yo veía sin registrar. Mi cabeza estaba en otro sitio, reconstruyendo cada segundo de lo ocurrido en el aire, cada tacto, cada mirada, cada jadeo ahogado. La culpa por Oscar y el plan que me esperaba seguía ahí, como una sombra, pero ahora era una sombra más pequeña, opacada por el recuerdo brillante y ardiente de aquella mujer.
Llegué al hotel. No era un hotel, era una fortaleza del lujo y la discreción. Me registraron en un recepcionista cuya sonrisa era tan perfecta que parecía falsa. Me dieron una llave magnética de una suite en la planta principal. "El señor Oscar ha insistido en que tuviera la mejor vista, señor Alex", me dijo. Por supuesto que Oscar lo había hecho todo perfecto.
La suite era espectacular. Suelos de mármol blanco, una cama enorme con un dosel de seda, y un salón con paredes de cristal que se abrían a un balcón privado con vistas al mar Caribe, de un azul tan intenso que dolía. Dejé la maleta en medio de la habitación y salí al balcón. El aire cálido y salado me golpeó la cara. Aquí abajo, en la playa, la gente paseaba, la piscina infinita brillaba bajo el sol. Era el escenario perfecto para la locura de Oscar.
Me duché, intentando lavar el viaje y el cansancio, pero el olor a sexo y a secreto parecía haberse impregnado en mi piel. Me puse ropa limpia y decidí explorar. Caminé por los jardines impecables, pasé junto a la piscina donde ya había gente tomando cócteles, y me dirigí hacia el bar de la playa que había visto desde el avión. Necesitaba una bebida. Necesitaba poner orden en mi cabeza. Me senté en la barra y pedí un combinado que anunciaban y tenía muy buena pinta, había que probar de todo. El sonido de las olas, la música suave de fondo, el murmullo de las conversaciones... era el antídoto perfecto contra el silencio tenso del avión. Estaba empezando a relajarme, a sentirme de nuevo en el mundo real.
Y entonces la vi.
Estaba a unos metros de mí, de pie junto a una palmera, hablando por el móvil. Llevaba un vestido blanco de lino muy sencillo que se pegaba a su cuerpo. Era una de las hermanas de mi compañera de vuelo. Colgó el teléfono, guardó el móvil en su bolso y se giró. Sus ojos recorrieron la barra y, cuando me encontraron, se detuvieron. Una sonrisa lenta y deliberada se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de sorpresa. Era una sonrisa de depredadora que acaba de localizar a su presa.
Caminó hacia mí, moviendo las caderas con una confianza que desafiaba la gravedad. Se sentó en el taburete de al lado. —Vaya sorpresa— dijo, con una voz más suave y melódica de lo que imaginaba. —Que pequeño es el mundo, ¿no?— respondí —sí que es pequeño—
—Mis hermanas y sus maridos se han ido echar una siesta. Parece que el viaje les ha cansado— dijo, haciendo un gesto de desprecio con la mano. —Yo prefiero explorar un poco—.
—Explorar es una buena idea—.
Se inclinó hacia mí. Su perfume, una mezcla de jazmín y sal, me envolvió. —Yo también prefiero explorar— susurró, y su mano descansó ligeramente sobre mi muslo, por encima del pantalón. —Y sé exactamente lo que quiero ver. ¿Tu habitación tiene buenas vistas?—
Su pregunta flotó en el aire húmedo, cargada de una intencionalidad tan directa que me dejó sin aliento. Su mano en mi muslo no era un accidente, era una declaración. El plan de Oscar, Tatiana, el "sacrificio" en nombre de la amistad... todo se desvaneció, convertido en un eco lejano y absurdo. Lo único real era el calor de la mano de aquella mujer y la mirada desafiante en sus ojos. —La vista es... aceptable— logré responder, mi voz más ronca de lo que esperaba. —Pero creo que el interior es mucho más interesante.—
Una sonrisa triunfante se dibujó en su cara. Se levantó sin prisa, ajustándose el vestido y dejando caer una moneda en la barra para el camarero. Yo hice lo mismo, dejando mi bebida a medio terminar. No nos dijimos nada. Caminamos uno al lado del otro por el sendero de madera que llevaba a las habitaciones, con el sonido del mar como única banda sonora. El silencio entre nosotros era eléctrico, denso de promesas.
Llegué a mi puerta y pasé la tarjeta. La luz verde se encendió con un clic que sonó como un disparo de salida. Empujé la puerta y la sostuve para que pasara. Entró, y yo la seguí, cerrando la puerta con un suave click que nos aisló del mundo. Ni siquiera miré la vista. La habitación estaba bañada por la luz dorada de la tarde, pero mis ojos estaban solo para ella. Se giró para mirarme, y en un solo movimiento, se deslizó el tirador de la cremallera de su vestido. La tela se deslizó por su cuerpo y se amontonó en un montón blanco a sus pies. No llevaba nada debajo. Su piel era dorada, perfecta. Sus tetas, más pequeñas que las de su hermana, estaban erguidas, con unos pezones oscuros que me llamaban. Su vientre plano y el triángulo perfecto de vello entre sus piernas.
—Yo soy Sofía— dijo, rompiendo el silencio. Pensando que era la tercera Sofia que conocía en mi vida y las tres no me defraudaron. Lo mismo era el nombre que las hacia así, tan decididas.
—Alex.
Se acercó a mí y empezó a desabrochar mi camisa, sus dedos eran rápidos y seguros. La tiró al suelo y luego sus manos bajaron a mi cintura, desabrochando el cinturón y el pantalón. Se arrodilló lentamente, sin quitarme los ojos de encima, y me bajó la ropa interior.
Mi polla saltó, ya dura por la excitación del camino y la visión de su cuerpo. La rodeó con su mano, no como su hermana en el avión, tal vez por ser una manta lo único que nos protegía. Ahora estábamos en la seguridad de la habitación. Me miró de nuevo y, sin romper el contacto visual, se la metió en la boca. El calor y la humedad me hicieron estremecer. Su movimiento era lento al principio, profundo, saboreándome. Luego fue acelerando el ritmo, una mano apretándome la base mientras la otra acariciaba mis testículos. La hermana en el avión era muy “profesional”, pero Sofía era una artista.
Sentí que me acercaba al límite y no quería que terminara así. La agarré suavemente por los hombros y la levanté. La besé. Fue un beso voraz, lleno de la tensión que habíamos acumulado. La levanté en brazos como si no pesara nada y la llevé hasta la cama. La tumbé sobre las sábanas blancas y me arrodillé entre sus piernas.
La recorrí con mi boca, besando su cuello, sus pechos, mordisqueando sus pezones hasta que gemía. Bajé por su estómago, hasta llegar a ese olor a mar y a mujer que me había vuelto loco. La separé con mis manos y le pegué la lengua. Su espalda se arqueó y sus manos se agarraron a mi pelo, empujándome hacia ella. La lamí y la bebí, disfrutando de cada uno de sus gemidos, de cada contracción de sus caderas.
Cuando sentí que estaba a punto de explotar, subí por su cuerpo. Me posicioné en su entrada y la miré a los ojos. —Hazlo— susurró.
Se la metí de un solo golpe. Era cálida, estrecha, y se ajustó a mí como si hubiera sido hecha a medida. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada centímetro de su interior, luego más rápido, más fuerte. Sus piernas se enroscaron en mi espalda, empujándome más profundo. La habitación se llenó de nuestros jadeos, del sonido de nuestros cuerpos chocando, del olor a sexo y a mar.
La volví y la puse a cuatro patas. La entré desde atrás, agarrándola por las caderas, viendo cómo mi polla desaparecía dentro de ella. La mirada desde el balcón era espectacular, pero la que tenía ahora era infinitamente mejor. La follé con una ferocidad que no sabía que poseía, liberando toda la tensión del avión, toda la confusión sobre el plan de Oscar. No había amistad, ni sacrificios, ni novias de amigos. Solo había ella y yo, dos animales en una jaula de lujo.
Sentí cómo sus espasmos se apoderaban de ella, cómo gritaba mi nombre contra la almohada. Eso me llevó al límite. Con un último movimiento profundo, me corrí dentro de ella, vaciándolo todo en un torrente que parecía no tener fin. Nos quedamos así, los dos temblando, sin poder movernos, hasta que nos caímos exhaustos sobre la cama, jadeando uno al lado del otro. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y púrpura.
—Bueno —dijo Sofía, con la voz ronca por el esfuerzo—. Yo diría que la vista es excelente. Me reí. Una risa liberadora, de verdad. Por primera vez desde que Oscar me había propuesto su loco plan, me sentí libre. Pero al mismo tiempo, una nueva sensación se apoderó de mí: el pánico. Mañana llegarían Oscar y Tatiana. Y el circo, mi circo, estaba a punto de empezar.
El sol del Caribe era puro fuego, calentaba de distinta manera o es era mi sensación, golpeaba sin piedad. Estaba tumbado en una tumbona junto a la piscina infinita, con los ojos cerrados, intentando ordenar el caos de mi cabeza. No había dormido nada bien, a pesar del cansancio, puede ser que por cierta intranquilidad. El cuerpo me pedía a gritos otra dosis de Sofía, pero la mente me recordaba la llegada inminente de la comitiva. El circo se avecinaba.
El teléfono vibró sobre la mesita de al lado. Era Oscar. —Oye, tío, ya hemos llegado. El hotel es una pasada, parece de otro planeta. ¿Dónde estás? Quiero dar un paseo y encontrarnos contigo, pero ya sabes, no vayas a meter la pata, que hace siglos que no nos vemos ni hablamos—. Leí el mensaje y solté una carcajada sorda. "Hace siglos que no nos vemos". Qué actor. Qué gran comediante. Le respondí con la mayor naturalidad que pude.
—Tranquilo, acabo de llegar. Estoy en la piscina principal, tomando el sol y ahogando a los gusanos. Pasead por aquí y me encontráis—. Guardé el móvil y me puse las gafas de sol. No quería verlos llegar. Quería que ellos me encontraran a mí, para mantener la ficción de la casualidad. Me recliné en la tumbona, fingiendo una relajación que estaba a kilómetros de mi estado real. Cerré los ojos y me dejé llevar por el murmullo de la gente y el chapoteo del agua, mi mente vagando de vuelta a la suite y al cuerpo de Sofía.
—Alex, ¿eres tú?— Abrí los ojos y me la encontré de pie. Era Tatiana. Su silueta se recortaba contra el sol cegador, y por un segundo, no supe qué decir. Llevaba un bikini. Un bikini diminuto, de dos triángulos de tela que apenas cubrían lo necesario. Sabía que el pecho era muy pequeño, pero lo tenía bien levantado, erguido, marcando una manera excitante contra el tejido. Pero mi atención, mi maldita atención, fue a parar a su culo. Pequeño, sí, pero perfectamente redondo, apretado, con las nalgas separadas como una invitación directa. Era un culo hecho para ser agarrado, para ser follado.
Me puse de pie y la abracé, un gesto torpe y fraternal que se sintió como una mentira. —Tati, qué alegría. ¿Como tú por aquí? ¿Qué tal el viaje?— y luego siendo muy ingenua —Bien, bien. ¡Oscar, mira! ¡Mira a quien me he encontrado aqui! —gritó, volviéndose hacia la dirección de la que había venido. Oscar apareció por detrás de un seto, con una sonrisa de oreja a oreja. Me abrazó con fuerza, dándome unas palmadas en la espalda que sonaron más como una orden que un saludo. —¡Hermano! ¡Por fin! ¡Te lo dije, Tati, que lo encontraríamos por aquí! ¡Qué suerte! Es que te llame a tu trabajo y me dijeron que estabas de vacaciones en esta zona y le decía a Tati que cruzáramos los dedos para encontrarte— esto se salía del guion que me había dicho.
La suerte. Qué palabra más estúpida. Nos sentamos en las tumbonas contiguas, y el espectáculo comenzó. Oscar, nervioso, no paraba de hablar, señalando las cosas, preguntándome por el viaje, por la habitación, por mis planes. Tatiana, en cambio, era más quieta, observándome con sus ojos azules, con una sonrisa tímida y genuina. Para ella, esto era un encuentro casual, una feliz coincidencia. No tenía ni idea de que su novio me había pagado para estar allí, con un único y retorcido objetivo.
Y mientras Oscar hablaba, yo no podía evitar mirarla. Mirarla de verdad. No como a la novia de mi amigo, sino como a la mujer que era. Y mi mente, esa traidora, empezó a hacer comparaciones. Recordé el culo de Sofía, más grande, más blando, pero también recordé cómo se sentía cuando me lo follaba, cómo se abría para mí. Y miré el culo de Tatiana, ese pequeño y perfecto cofre del tesoro, y me pregunté cómo sería. Cómo se sentiría. Cómo gemiría.
La ironía era tan gruesa que casi la podía morder. Oscar, el "lombriz", el clásico, el moralista, el que, seguro que nunca se había atrevido a explorar ciertos territorios con su novia, quería que yo, el "burro", fuera el pionero. Quería que yo le abriera las puertas de un mundo que él ni siquiera se atrevía a imaginar. Me pedía que hiciera con ella las cosas que a él le daban pánico. Y ella, pobre Tati, con su cara dulce y su vergonzosa naturalidad, no tenía ni la más remota idea de que era el premio de un juego perverso.
—¿Alex? ¿Estás tú? —me preguntó Oscar, dándome un codazo.
—Ah, sí, perdona. Estoy un poco ido por el viaje. ¿Decías algo?
—Decía que esta noche cenamos todos juntos. Voy a hacer una reserva en un restaurante que he visto que es solo de marisco. ¿Te parece? —Claro, perfecto— dije, mientras mi mente seguía en otro lugar, preguntándome si el bikini de Tatiana tendría la misma suerte que el vestido de Sofía la noche anterior.
El plan de Oscar me parecía cada vez más imposible. ¿Cómo? ¿Cómo me acercaba a una mujer así? Una mujer que no tenía pinta de entrar en esos juegos. Se me antojaba una misión suicida. Pero entonces, Tatiana se inclinó hacia adelante para coger su bebida, y el bikini se le tensó en las caderas, dibujando una curva que me robó el aliento. Y en ese momento, el "burro" despertó. Y el "burro", por primera vez, sintió hambre. Hambre de esa presa.
La cena fue un suplicio de sonrisas forzadas y conversación banal. Oscar, en su delirio de director de escena, no paraba de lanzarme miradas significativas cada vez que Tatiana se reía de uno de mis chistes o me contaba alguna anécdota de su trabajo. Él estaba interpretando su papel de "novio feliz y despreocupado" con una torpeza que me resultaba patética y, a la vez, irritante. Yo, por mi parte, me sentía como un impostor, un lobo disfrazado de cordero sentado en una mesa familiar, devorando con los ojos a la cordera.
Tatiana estaba relajada, feliz. El vino le había subido un poco a la cabeza y sus mejillas estaban sonrosadas, sus ojos brillaban con un brillo de confianza que no le había visto antes. De vez en cuando, su pie rozaba el mío debajo de la mesa, un contacto casual y fugaz que para mí era una descarga eléctrica. Cada vez que ocurría, yo levantaba la vista y me encontraba con la de Oscar, que me hacía un gesto casi imperceptible, como diciendo: "¿Ves? Es fácil".
Cuando el postre llegó, Oscar se excusó para ir al servicio. A los treinta segundos, mi teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje de él. —«Oye, necesito que empieces esta noche. No podemos esperar. Tati está relajada, es el momento perfecto»—.
Le respondí al instante, con una rabia contenida. —«Tranquilo, Oscar. ¿Qué te pasa? ¿Quieres que la asuste? No se trata de lanzarse a por ella como un salvaje. Tengo que ganármela, crear el ambiente, hacer que se sienta cómoda... deseosa. Esto no es un negocio de cuentas»—.
La respuesta llegó casi de inmediato. —«Tienes razón, tienes razón. Disculpa, es que estoy nervioso. Pero he hecho las cosas bien para que te sea más fácil. Nuestras habitaciones son contiguas. La mía es la 408 y la tuya la 410. Y hay algo más. Fíjate en las terrazas. Son de madera, con las barandillas de listones de madera. He estado probando. Se escucha TODO. Si dejas la puerta abierta, aunque sea un poquito, puedes oír lo que hablamos, lo que hacemos... todo. Así sabrás cuándo estoy dormido o cuándo... bueno, ya sabes. Estate atento»—.
Leí el mensaje y sentí un escalofrío. La maquiavélica planificación de mi amigo me heló la sangre. No solo me estaba empujando a traicionarlo, sino que me estaba convirtiendo en un voyeur de su propia relación, en un espía al servicio de su lujuria. Quería que escuchara sus cenas, sus peleas, sus... caricias. Quería que me convirtiera en un fantasma en su pared, esperando la señal para entrar en acción.
Oscar volvió a la mesa, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Todo en orden, hermano— dijo, dándome una palmada en el hombro que sonó a "cumple tu parte". Pagamos la cuenta y nos despedimos en el pasillo, frente a las puertas de sus habitaciones. Tatiana me dio un beso en la mejilla, dulce y perfumado. —Ha sido un gusto de verdad, Alex. Me alegro mucho de que nos hayamos encontrado. Nos vemos mañana en el desayuno—.
—Buenas noches, Tati. Descansa.
Entré en mi suite, la 410, y cerré la puerta con un portazo seco. Me apoyé en la madera, intentando procesar lo que estaba pasando. Me quité la ropa y me fui a la terraza. El aire nocturno era cálido y olía a jazmín y a mar. A través de los listones de la barandilla de la terraza de al lado, vi la silueta de Tatiana, ya en su camisón, preparándose para dormir.
Oscar tenía razón. Se oía todo. El roce de cualquier cosa que movieran, el susurro de su voz al decirle a Oscar que se había sido muy bonita la cena. Como se lavaba los dientes el correr del agua. Eran los sonidos de la intimidad de mi mejor amigo con la mujer que, teóricamente, debía seducir.
Me serví un whisky del minibar y me senté en un sillón, oscuro, en la esquina de la terraza, convertido en el monstruo que Oscar había creado. Y esperé. Esperé la señal. Esperaba a que mi amigo se durmiera para empezar a cazar a su novia. El plan ya no era una locura, era una pesadilla con banda sonora. Y yo era el protagonista.
El whisky se me había quedado helado en la mano. Esperé durante lo que parecieron horas, escuchando los ruidos amortiguados de la habitación de al lado. El susurro de sus voces, el golpe de una puerta de un armario, el sonido de la ducha. Me imaginaba a Tatiana desnuda bajo el agua, y mi cuerpo reaccionó con una mezcla de deseo y culpa. Era un voyeur, un topo al servicio de la enajenación de mi mejor amigo. Finalmente, el silencio. Me imaginé a Oscar roncando, a Tatiana dándose la vuelta para dormir. La señal. Me levanté, decidido a poner fin a aquello, a mandarlo todo a paseo y coger el primer avión de vuelta a casa a la mañana siguiente.
Pero entonces, sus voces volvieron a romper el silencio. No eran susurros. Era una discusión. Una discusión contenida, pero clara.
—Oscar, ¿estás loco? —fue la voz de Tatiana, temblorosa pero firme—. ¿Qué me estás diciendo?
—Shhh, baja la voz, Tati. Es que... es que necesito decírtelo.
—¿Necesitas decirme que quieres verme con tu mejor amigo? ¿Qué quieres que me lie con Alex? Es una broma de muy mal gusto. Porque no me estoy riendo. ¿Por qué quieres cortar conmigo? O porque no te atreves y quieres que sea yo la que corte.
—No es una broma —la voz de Oscar era un hilo, tensa y desesperada—. Joder, Tati, ¿cómo te lo explico? No quiero cortar contigo. ¡Te voy a pedir matrimonio! ¿O es que no te lo crees?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Me quedé inmóvil, con el vaso en el aire, sin poder creer lo que estaba oyendo. Oscar se había salido de su propio guion. El idiota se había adelantado y había destrozado el plan.
—¿Matrimonio? —repitió ella, con la voz rota—. ¿Me pides matrimonio y en la misma frase me dices que quieres verme haciendo el amor con otro? ¿Oscar, qué te pasa? ¿Estás enfermo?
—¡No! No estoy enfermo. Es... es un tema físico. Mira, esto es muy difícil de decir. Tú sabes que te amo, que te quiero, yo sé que tú me quieres. Nuestro amor es sólido, es de verdad. Pero... pero a veces pienso. Pienso en tu pasado, en lo que has vivido, en lo que te has perdido...
—¿Mi pasado? ¡Yo solo he estado contigo!
—¡Exacto! ¡Solo conmigo! Y yo quiero que tengas todo, Tati. Quiero que no te quede ninguna duda, ninguna curiosidad por la vida. Quiero que seas feliz de verdad, sin arrepentimientos.
Hubo un largo silencio. Pude imaginarla mirándolo con los ojos llenos de lágrimas y confusión.
—¿Y eso tiene por qué ver con Alex? ¿Por qué tiene por qué verme con él?
—Porque... porque él es diferente. Tú no lo conoces de verdad, no como yo. Te he dicho que nos llamaban la lombriz y el burro, ¿verdad? Pues te mentí. O mejor dicho, no te dije toda la verdad. A él le llamaban el burro no por su torpeza, sino por... por su polla, Tati. Es descomunal. Es una cosa que no es normal.
Me bebi el vaso con un golpe seco. El cabrón. El jodido cabrón.
—¿Qué...? —susurró ella, sin dar crédito a lo que oía—. ¿Estás diciendo esto en serio?
—Totalmente en serio. Quiero que la pruebes. Quiero que sientas lo que es estar con alguien así, para que luego, cuando estemos los dos, cuando nos casemos, sepas que no te has perdido nada. Que has probado lo mejor y que has elegido quedarte conmigo por amor, de verdad. No por ignorancia.
Su lógica era tan retorcida, tan perversamente masculina, que me daban ganas de romper algo. Estaba vendiendo la traición como un acto de amor.
—¿Y yo... qué tengo que hacer? —preguntó ella, y su voz ya no sonaba a enfado, sino a una extraña y morbosa curiosidad—. ¿Se lo digo? ¿Le digo: "Hola, Alex, mi novio quiere que me te acuestes conmigo"? ¿Te das cuenta de lo que dices?
—¡No! ¡Claro que no! —se apresuró a decir él—. Tienes que seducirlo, Tati. Tienes que ser tú la que lo inicie. Él es mi amigo, es leal, nunca se atrevería a hacer nada si no es tú la que le das la luz verde. Tiene que ser tuya la iniciativa, tiene que ser tú la que lo desee. Así no hay traición, es solo... un experimento. Un regalo. Un regalo que tú me haces a mí, demostrándome que confías en mí y en nosotros.
Otra mentira. El plan original era que yo fuera el depredador. Pero ahora, en su pánico, había invertido los papeles. La había convertido a ella en la cazadora.
—Seducirlo... a Alex... a tu amigo —repitió ella, como si saboreara las palabras—. Es... es muy raro, Oscar. Me siento como si me estuvieras usando.
—¡No es usar! Es confiar en ti. En nuestra fuerza. Te lo ruego, Tati. Piénsalo. Es solo una vez. Una noche. Para que no te quede ninguna duda. Para que podamos ser libres para siempre.
Hubo un silencio muy largo. El único sonido era el de las olas y mi propia respiración. Me estaba convirtiendo en el trofeo de una discusión de pareja.
—Y si lo hago —dijo ella al fin, con una voz baja y cargada de una tensión sexual que me erizó la piel—. Si lo consigo... ¿tú estarás ahí? ¿Qué quieres hacer, mirar?
—No. No podría. Me mataría. Pero... sé que nuestras habitaciones son contiguas. Y sé que por las terrazas se escucha todo. Me quedaré en la mía, con la puerta abierta. Y escucharé. Escucharé que te lo pasas bien. Escucharé que gimes. Y eso, saber que eres feliz, que te estás complaciendo... eso será suficiente para mí. Será la prueba de que nuestro amor es más fuerte que todo.
Mi mandíbula se tensó. No solo quería que follara a su novia. Quería escucharlo. Quería ser el consumador de su fantasía masoquista.
—Es la cosa más loca y excitante que he oído en mi vida —dijo Tatiana, y pude distinguir un temblor en su voz que no era de miedo, era de pura adrenalina—. Es... enfermizo, Oscar. Pero... pero una parte de mí, una parte maldita, quiere hacerlo. Quiere saber qué se siente. Quiere ser la que le diga a "el burro" que la... ya sabes.
—¿Lo harás? —preguntó él, con la voz llena de esperanza.
—No lo sé —respondió ella, honestamente—. Me da miedo. Me da miedo de que me guste demasiado. Me da miedo de que no sea capaz. Seducirlo a él... a tu amigo... es como escalar una montaña. Es difícil. Y si lo intento y no lo consigo, ¿qué pasa? ¿Qué pasa si me rechaza?
—No te rechazará, Tati. Eres tú. Cualquier hombre sería un idiota si te rechazara.
—No es cualquier hombre. Es Alex. Es tu hermano. Y es mucho más complicado que eso.
El diálogo continuó, un ida y vuelta de promesas, miedos y fantasías retorcidas durante casi una hora. Ella no se comprometía a nada, pero ya no decía que no. Ya no era una víctima. Se estaba convirtiendo en una cómplice. Una cómplice intrigada, curiosa, y, sobre todo, excitada. La idea de seducirme a mí, su novio, se había convertido en un desafío personal, en el juego más peligroso y excitante de su vida.
Yo, al otro lado de la pared, había dejado de ser el amigo leal y el cazador designado. Me había convertido en el premio. En el trofeo. Y por primera vez desde que empezó aquella locura, sentí un miedo auténtico. Porque Tatiana, la tímida y vergonzosa Tatiana, había despertado. Y la bestia que ahora quería cazar era yo.
Al día siguiente despues de un desayuno en paz y armonía, como si nada hubiera pasado, nos fuimos a la playa. Oscar decidido quedarse en la arena y nosotros nos fuimos a bañar. El agua helada me erizó la piel, pero el calor del cuerpo de Tatiana lo contrarrestó todo. Aquella ola la pilló por sorpresa, la levantó un segundo y, cuando la volví a tener cerca, la agarré con más fuerza de lo necesario. No fue un acto de rescate, fue una declaración. Me miró, sus ojos azules fijos en los míos, y en lugar de alejarse, se apretó aún más contra mí.
—Me agarraste como si pesara una pluma—, susurró, con la voz casi ahogada por el ruido del mar. —Es que no pesas nada—, le respondí, y mis manos ya no estaban en su cintura, sino deslizándose por su espalda, sintiendo el tacto del bañador mojado. —Además, con estas olas, hay que sujetarse bien a lo que importa—. Sonrió. Una sonrisa cómplice que me dijo que había entendido perfectamente a qué me refería. El juego que había empezado con un mensaje de venganza contra Oscar ahora era exclusivamente nuestro. —¿Y qué es lo que importa?—, me retó, mientras una de sus manos se posaba en mi pecho.
Le incliné la cabeza hacia mí, hasta que nuestros labios estuvieron a un punto de tocarse. —Verás—, le susurre al oído, —lo que importa es que Oscar, ahí en la arena, se aburre. Y nosotros nos estamos divirtiendo—.
Ella no respondió con palabras. Fue su mano la que bajó de mi pecho hasta mi abdomen, deteniéndose justo en el límite de mi traje de baño. El mensaje era claro. No solo estaba siguiendo el juego, lo estaba dirigiendo. La venganza ya no era solo mía; ahora ella era mi cómplice perfecta, ansiosa por participar en el castigo. El mar nos cubría, nos daba un refugio perfecto para conspirar, y yo sabía que cuando saliéramos de allí, Oscar vería exactamente lo que le había prometido que vería.
La mano de Tatiana no se movió, pero su presión era una promesa. La sentí vibrar contra mi piel, un desafío silencioso bajo el agua. —Parece que a ti también te gusta lo que es importante—, le dije, dejando que mis dedos trazaran el contorno de su cadera, bajando lentamente hasta la curva de su trasero. Ella apretó los dientes, un pequeño temblor recorrió su cuerpo que no era por el frío.
—Oscar nos está mirando—, dijo, no como una advertencia, sino como un hecho excitante. No giré la cabeza. No hacía falta. Sabía que, desde la arena, su figura sería un pequeño punto borroso, incapaz de distinguir los detalles, de imaginar lo que nuestras manos hacían bajo la superficie. —Que mire—, respondí. —Es el principio de su lección—.
Mis dedos encontraron la cuerda de su bañador. La toqué, la jugué con ella sin desatarla. Un gesto deliberado. —Tatiana—, susurré, mi voz grave y directa, —mañana, o cuando sea, vas a cumplir mi palabra. ¿Me entiendes?—. Levantó la vista, sus ojos ardían con una mezcla de sumisión y deseo puro. Asintió, lentamente, sin apartar la mirada. —Sí—, fue todo lo que dijo, pero valía más que mil palabras.
Esa confirmación fue todo lo que necesitaba. La atraje hacia mí y la besé. No fue un beso tierno, fue un beso de conquista. Profundo, húmedo, un sellado de pacto bajo el mar. Mientras nuestras lenguas bailaban, su mano finalmente se deslizó dentro de mi bañador y me agarró con firmeza. No exploraba, no tanteaba. Tomaba posesión. Rompí el beso, ambos jadeando. —Ahora vamos a salir—, ordené. —Y vamos a caminar hacia él. No te laves, no te arregles. Quiero que huela a mí, a mar, a sexo—. Sonrió, pícara. —Es tu castigo, ¿no?—. —Nuestro castigo—, corregí. Y empezamos a caminar, dejando atrás el refugio de las olas para ir a por nuestra recompensa.
Caminamos hacia la arena, y cada paso era una declaración. El agua se deslizaba por nuestros cuerpos, pero el calor que emanábamos no tenía nada que ver con el sol. Tatiana iba a mi lado, ligeramente retrasada, y su mano rozaba la mia de vez en cuando, un contacto eléctrico que mantenía la tensión en su punto álgido. Oscar nos vio acercarnos y levantó una mano, con su típica sonrisa de amigo ingenuo.
—¡Uf, qué frío! Habéis sobrevivido—, bromeó Oscar al vernos llegar.
Nos detuvimos junto a su toalla. Tatiana se dejó caer de rodillas en la arena, justo frente a mí, una posición que parecía casual pero que era cualquier cosa menos eso. —El océano estaba... agitado—, dijo, y sus ojos se clavaron en mí mientras hablaba. —Pero Alex me mantuvo a salvo—. La forma en que pronunció mi nombre fue pura provocación.
Me quedé de pie, dominando la escena, y le sonreí a Oscar. —La verdad es que agarré a Tatiana con fuerza. Casi se la lleva una ola—. Me agaché, para quitarme arena de la pierna, pero mi mirada se cruzó con la de ella. —¿Verdad, cariño? Que te agarré bien fuerte—.
Ella asintió, su labio inferior atrapado entre los dientes. —Muy fuerte—, susurró, y su voz llegó justo a nosotros. —Tan fuerte que no quería que me soltara—. El doble sentido era una bofetada en la cara de Oscar, aunque él no lo supiera interpretar todavía. Se rio, creyendo que era una simple coquetería.
—¡Ahí está! Siempre Alex el protector—, dijo, dándome una palmada en el hombro. Ese fue mi momento. Me enderecé y miré a Tatiana. —Tatiana—, dije, mi voz perdiendo toda su calidez anterior y adquiriendo un tono de mando absoluto. —Levántate—. Se levantó de inmediato, sin dudar. —Ahora, agárrame la polla—. El mundo se detuvo. La sonrisa de Oscar se congeló en su cara, sus ojos se abrieron como platos, incapaces de procesar lo que acababa de oír. Tatiana, en cambio, no vaciló un segundo. Su mano, todavía húmeda y arenosa, fue directamente a mi traje de baño, me deslizó la tela y me agarró, tal y como le había ordenado la polla. Su presa era firme, segura, un acto de obediencia total.
—¿Qué... qué puñetas está pasando aquí?—, logró farfullar Oscar, poniéndose de pie de un salto. —Esto es tu castigo, Oscar—, le dije, sin quitarle los ojos de encima. —Esto es lo que prometí. Me engañaste, y ahora te toca ver. Verás cómo me la follo, pero no solo eso—. Miré a Tatiana. —Tú vas a hacer de mamporrero, vas a agarrar mi polla y la pondrás en su coño. No es negociable—. La expresión de Oscar era de pura incredulidad, pero de total excitación, aunque pareciera humillación. Estaba paralizado, viendo cómo su novia obedecía ciegamente mis órdenes más sórdidas. La “venganza” era real, estaba sucediendo, y era mucho más dulce de lo que había imaginado.
No esperamos más y nos fuimos a mi habitación. El aire en la habitación era denso, cargado con el peso de lo que estaba a punto de suceder. La puerta se cerró con un chasquido sordo, y el sonido de las olas quedó afuera, reemplazado por el de nuestra respiración. Oscar estaba de pie, rígido, un espectador de sus propios deseos. No le di tiempo a pensar.
—Desnúdala, Oscar—, ordené, mi voz cortando el silencio. —Hazlo por mí—. Él me miró, buscando en mi rostro una señal de complicidad. Solo la certeza fría de que iba a cumplir su sueño, su fantasía. Sus manos temblaban mientras se acercaba a Tatiana, pero lo hizo. Con cada prenda que quitaba de su cuerpo, la veía menos como su novia y más como una ofrenda para mí.
Cuando ella quedó desnuda, mi mirada recorrió cada centímetro de su piel. Luego, me fijé en él. —Ahora, a mí—. La orden lo golpeó como un latigazo. Desvestir al hombre que estaba a punto de follar a su novia era el último peldaño de su fantasía. Sus dedos torpes me desabrocharon el pantalón, y cuando me quedé tan desnudo como ella, su rostro mostró una mezcla de terror y... otra cosa. Una fascinación oscura que siempre había sospechado. Sabía que le gustaba, que mi polla había sido un fantasma en sus fantasías, y ahora la tenía delante, real y palpitante.
Fue entonces cuando Tatiana explotó. Su actitud cambió de la sumisa complaciente a una dominadora carnal. Se giró hacia Oscar, y sus palabras, cargadas de un veneno dulce. —¿Ves, cariño? Tenías razon menudo P O L L Ó N—, le susurró, mientras una de sus manos acariciaba mi pecho. —Esto es lo que una polla de verdad hace contigo. Te pone como tienes que estar, lista para ser usada—. Se acercó a mí y me besó el cuello, sin dejar de mirarlo a él. Él me va a follar tan duro que voy a gritar su nombre. Y tú vas a estar ahí, mirando, aprendiendo cómo se debe hacer... ¿ES LO QUE QUERIAS, NO?—.
Mientras yo la arrojaba a la cama y mis manos exploraban cada rincón de su cuerpo, ella no paraba. Le describía cada sensación, cada movimiento mío, como si le estuviera leyendo el guion de su propia traición. —Me está lamiendo los pezones, Oscar... algo que tú nunca haces con tanta devoción. Ah, sí... sus dedos... están en mi coño... Dios, cómo me abren—. Se comportaba como toda una puta, sí, pero era mi puta, y el público era él. Oscar no quería que folláramos a pelo y lo dijo. Saque una caja de condones y le dije que, si no quería, que me pusiera uno. Tatiana se puso fachendismo al ver como em lo colocaba.
Y lo más devastador para él era el amor. Entre gemidos y suciedades, le lanzaba fragmentos de verdad. —Te quiero, Oscar, te juro que te quiero... pero necesito esto. Necesito que me parta en dos. Mírame... mírame mientras me folla... porque sigo siendo tuya, pero mi cuerpo es suyo ahora—. Sacaba toda la furia y la frustración acumulada, y me la transmitía a través de su cuerpo y de sus palabras. Oscar no solo veía, escuchaba. Escuchaba el más mínimo detalle, cómo ella jadeaba mi nombre, cómo me pedía más, más fuerte. Y no podía apartar la vista, porque Tatiana se lo había prohibido sin decirlo. Él estaba atrapado, consumiendo el festín de su propia degradación, viendo a la mujer que amaba convertirse en el instrumento de sus fantasías, y descubriendo, en el fondo de su humillación, que le excitaba hasta la médula.
Ella sigue hablando con su novio y llega un momento que quiere que me quite el condón, Oscar no quiere y ella dice que entonces no continua y con voz dulce le dice a Oscar que necesita sentir ese pollón sin condón. Sentir como se corre dentro de ella, el acepta y la coloco a cuatro patas, quedándose Oscar delante de ella viendo su cara, su expresión de estar gozando y sin esperarlo, empiezo a follar su culo super estrecho con mis dedos, ella se lo detalla y de paso azoto su culo muy suavemente. Oscar hace la pedida de casamiento más increíble del mundo, no creo que haya habido otra igual, porque saca la alianza y con todo el boato le pregunta si quiere casarse con ella, Tatiana alucina como yo y le contesta —si mi amor, si mi... quiero casarme contigo— él le coloca el anillo y la besa con un beso con lengua de lo más sonoro y bestial.
Mientras Oscar y Tatiana siguen besándose con una furia recién descubierta, yo aprovecho para retirar mis dedos de su culo y, sin darle tiempo a reaccionar, posiciono mi glande en la entrada de su ano, que estaba preparado por mis dedos. Con un empujón lento pero firme, empiezo a introducirme en su culo, sintiendo cómo se abre paso a la fuerza, desgarrándola sutilmente. Tatiana rompe el beso con Oscar, gimiendo entre el dolor y el placer, con los ojos muy abiertos, mirándolo a él como si buscara permiso o consuelo. Ella con un hilo de voz —uf, uf, uf, me arde, me la está metiendo por mi culito, amor—
Oscar, en lugar de enfadarse, se pone aún más excitado. Sujeta la cara de Tatiana y le susurra al oído: —Acéptalo todo, mi amor. Acéptalo todo por mí—. Esas palabras son la clave. Tatiana se relaja y empuja su cadera hacia atrás, tragándome entero de un solo golpe. Un gemido gutural sale de su garganta. Ahora, con el anillo de compromiso brillando en su dedo mientras su marido la observa, empiezo a follarla por el culo con toda mi fuerza, cada embestida la hace gritar y moverse hacia adelante, donde Oscar la recibe con mordiscos en el cuello y palabras sucias.
El sonido de mis golpes contra sus nalgas se mezcla con sus gritos y los jadeos de Oscar. La humillación y la sumisión de Tatiana han alcanzado un nuevo pico, y el anillo en su mano es el símbolo perfecto de esa locura. La giro sobre mi espalda sin salirme de ella, para que Oscar vea cómo mi polla le está haciendo cornudo porque la estoy llenando por completo. Él, arrodillado, empieza a lamerle el clítoris mientras yo la sigo follando por el culo, llevándola al borde del orgasmo más brutal de su vida. Una vez que se ha corrido y sin apenas recuperarse, le dice a Oscar que se la folle el ahora. Oscar va con la intención de follarse su culo, pero ella le dice —amor, no te va a llegar la lombriz, mejor como siempre—
Oscar ni rechista se pone a follársela en la posición del misionero y quiero hacerles un regalo a los dos para que no olviden el día de su compromiso. Me coloco detrás de mi amigo y cuando se da cuenta de lo que quiero hacer, se resiste, pero de manera muy poco convincente. La “humillación” de Oscar es total. Se da cuenta de mi intención cuando me coloco detrás de él, pero su débil intento de apartarme es inútil. Tatiana lo sujeta por los hombros, mirándolo fijamente a los ojos con una sonrisa perversa. —¿Qué pasa, mi cornudo? ¿No te gusta que te den lo mismo que tú me pedias? No seas hipócrita. Acéptalo todo, mi amor. Acéptalo todo por mí—. Con esas palabras, le quita toda la fuerza de voluntad y él se rinde, dejando que separe sus nalgas.
Sin más preámbulos, mojo mi glande, ya lubricado con el jugo de Tatiana, y lo presiono contra su anillo resistente. Oscar gime, un sonido ahogado de vergüenza y placer, mientras Tatiana le susurra al oído: —Relájate, cariño, acéptalo. Seguro que lo deseabas desde hace años, ¿no es verdad? Cuando me contabas lo grande que era la polla de Alex, se te iluminaban los ojos—. El recuerdo de sus propias palabras usadas en su contra es la afrenta final.
Con un empujón firme, entro en él. Su culo es mucho más apretado que el de Tatiana, y su grito es de puro dolor. Empiezo a moverme, estableciendo un ritmo lento pero profundo, obligándolo a follarse a Tatiana al compás de mis embestidas. Cada vez que me meto en su culo, él se clava más en el de ella. Somos una máquina de placer y humillación, un trenecito de sumisión donde él es el vagón central, atrapado entre la novia que lo corrompe y el amigo que lo domina.
Tatiana se vuelve para mirarme por encima de su hombro, con una expresión de puro éxtasis. —Así, Alex, fóllalo bien. Que aprenda a su vez lo que es una buena polla—. Y luego, de vuelta a Oscar, le da la orden final: —Y tú, córrete dentro de mí. Ahora mismo—. La combinación de mi polla en su culo, la orden de su novia y el sabor de su propia humillación es demasiado para él. Con un último gemido de derrota, se vacía dentro de Tatiana, mientras yo, sintiendo cómo se contrae su ano con su orgasmo, exploto a mi vez, llenándolo por completo.
La escena post-orgasmo es extrañamente íntima. El agua caliente de la ducha ha lavado el sudor, los fluidos y, en parte, la culpa. Oscar se sienta en el borde de la cama, aún desnudo, con una mirada perdida que intenta procesar la avalancha de sensaciones y humillaciones. Tatiana, radiante y revitalizada, se arrodilla frente a mí en el suelo, y con una naturalidad que aterra, empieza a lamer mi polla semi erguida, limpiándola con devoción.
Mientras sus labios se deslizan por mi carne, levanta la vista y se dirige a su novio, cuya atención está completamente cautivada. —Oscar, mi amor... lo de hoy ha sido increíble. Increíble—. Hace una pausa para pasar la punta de su lengua por mi glande. —Recuerdas que dijiste que era una vez y no más. Pues me he dado cuenta de que eso es una estupidez. No podemos desperdiciar esto—.
Mi polla se endurece de nuevo en su boca, y ella sonríe antes de continuar. —He estado pensando... en una solución perfecta para todos. Tú, mi amor, serías mi marido oficial—. Le guiña un ojo, como si le ofreciera un gran premio. —El que me lleva al altar, el que vive conmigo, el que todos conocen como mi hombre. Y Alex... Alex sería nuestro marido no oficial—. La frase cuelga en el aire, densa y transgresora. —El marido de los dos. El que me folla como necesito y el que te enseña a ser el marido que yo quiero que seas—.
Oscar abre la boca para protestar, pero no sale nada. Solo un balbuceo incoherente. Tatiana, sin dejar de mamar, aprieta la mano de él. —No digas nada ahora. Piénsalo. Piensa en lo bien que te has sentido. En lo mucho que me has visto gozar. Esto es para siempre, cariño. Para los tres—. Y con esa declaración, se sumerge de nuevo, tragándome entera, demostrándole con hechos que su nueva realidad ya ha comenzado y que él no tiene más remedio que aceptar su papel en ella.
Tatiana suelta mi polla con un ruido sonoro y, con una sonrisa diabólica, se gira hacia Oscar. —Ven aquí, mi amor. Creo que no lo tienes del todo claro. Las palabras se las lleva el viento, pero las lecciones se aprenden con la lengua—. Le toma de la mano y, con una suavidad que contrasta con su firmeza, lo arrastra hasta que se arrodilla a mi lado, frente a mi polla ya erecta de nuevo por la escena.
—Mírala, seguro que siempre la has deseado y no me extraña", le susurra Tatiana, señalando mi polla. —Es la fuente de todo. De mi placer y de tu nueva realidad. Voy a enseñarte a adorarla como lo hago yo—. Con eso, ella empieza a darme un beso lento y húmedo en el glande, luego mira a Oscar y le indica que haga lo mismo. Dudando, con el rostro ardiente de vergüenza, Oscar se inclina y da un tímido lametón.
—No, no, cariño, con más ganas—, le corrige Tatiana, mientras ella misma se traga media de mi polla. —Así, métela en la boca, siente su peso, su poder, su calor—. Oscar la imita, torpe al principio, pero poco a poco, bajo la tutela de su novia, va ganando confianza. Pronto, sus dos lenguas bailan juntas alrededor de mi glande, sus labios se rozan mientras comparten mi polla en un ritual de sumisión compartida. Tatiana le enseña a usar las manos, a estimular mis testículos, a mirarme a los ojos mientras lo hace.
La sensación de tener a dos novios, uno oficial y uno en formación, adorándome a la vez es electrificante. Siento cómo el orgasmo se acumula en mis entrañas. —Voy a correrme—, aviso, y Tatiana aprieta la nuca de Oscar, impidiendo que se aparte. —No te quites cornudo, es tu bautismo—.
Con un gruñido, exploto en sus bocas. El primer chorro cae directamente en la garganta de Tatiana, que traga con deleite. El segundo y el tercero los dirijo hacia la boca abierta de Oscar, que se ahoga un poco pero no se atreve a apartarse. Cuando me termino, sus caras están salpicadas de mi semen, y sus bocas se unen en un beso sucio y compartido, pasándose mi leche de uno a otro.
Tatiana se separa, limpia una gota de la comisura de los labios de Oscar y, con la voz llena de triunfo y satisfacción, le pregunta mirándolo fijamente a los ojos: —¿Qué me dices ahora, mi cornudo? ¿Aceptas ser mi marido oficial?—
Oscar se limpia la comisura de los labios con el dorso de la mano, tragando el resto de mi semen. La vergüenza ha sido reemplazada por una especie de revelación, una rendición total. Levanta la vista, primero a Tatiana y luego a mí, y su voz, aunque temblorosa al principio, sale firme y cargada de una lujuria que nunca antes había mostrado.
—Acepto—, dice, y la palabra resuena en la habitación como una sentencia. —Lo acepto todo. Quiero ser tu marido oficial, Tatiana. Quiero que todo el mundo vea el anillo en tu dedo y sepa que eres mía... y al mismo tiempo, quiero que todos los días, cuando cerremos la puerta, seas la puta de Alex. Quiero ver cómo te folla, cómo se corre dentro, cómo te hace gemir como yo nunca he podido—. Se gira hacia mí, con una mezcla de miedo y anhelo en los ojos. —Y quiero ser vuestro marido no oficial. El que os sirve. El que limpia ti polla y tu coño. El que os prepara para follaros. Soy vuestro cornudo y me encanta—.
Tatiana escucha su confesión con una sonrisa que va de oreja a oreja. Ha roto su última barrera. Se levanta, se pone de pie frente a nosotros dos y se convierte en la maestra de ceremonias.
—Así me gusta, mi amor. Así me gusta que hables—, dice, su voz ahora es un puramente sexual y autoritaria. —Ya no hay vuelta atrás. A partir de hoy, vosotros sois mis dos maridos y el día que nos casemos lo estaremos haciendo los tres y tendremos nuestra luna de miel juntos—. Me mira a mí. —Tú, Alex, eres mi macho. El que me posee, el que me rompe el culo y me hace sentir viva. Tu polla es la que manda aquí—. Luego mira a Oscar. —Y tú, mi cornudo precioso, eres mi dueño... oficial. Eres el que me cuida, el que me besa por la mañana y el que, cuando yo te lo ordene, se arrodilla y me abre las piernas para que nuestro marido me folle delante de ti. Tu boca y tu culo son para nosotros, para nuestro placer. ¿Lo tenéis claro, mis dos hombres?—. No espera una respuesta. Solo se acaricia el vientre y añade: —Y ahora, que empiece nuestra nueva vida. Oscar, prepara la cama. Alex, ven aquí y dame un beso. Luego fóllame de nuevo y esta vez que los azotes no sean tan suaves, que quiero probarlo todo, quiero que me lo enseñes—
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