Larga batalla por una esposa. 21
La pasión se desborda en una habitación de hotel, pero el encuentro termina en un abandono repentino y una confusión absoluta. Mientras el protagonista se hunde en la desesperación, una amiga inesperada le ofrece una prueba de madurez que podría cambiarlo todo.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 21. Primer encuentro tras el receso, y gran desastre.
Con franqueza, a esas alturas yo tenía claro que amaba a mi ex-mujer. Es más, la deseaba tal vez como jamás antes la había deseado. Me dolía su ausencia y el sufrimiento que me causaba saber lo que la habían hecho, y le hacían, conformaba una tortura indescriptible. Apenas el trabajo era capaz de hacerme abandonar, siquiera durante algunas horas, la obsesiva reflexión, idas y vueltas sobre un tema tan nebuloso como esencial en mi existencia, a la sazón.
Por fin María me dio noticias esperanzadoras, dadas las circunstancias. El trio volvía a Valladolid y el trabajo les imponía algunas obligaciones, que podrían servir para retomar los contactos con mi ex-mujer. Aparentemente todo resultó más fácil de lo esperado. Demasiado, aunque ciego por la pasión que, debo reconocerlo mil veces, se había hecho dueño de mi, ni de lejos pude percibir.
Debería, en efecto, haber sospechado, cuando aparentemente desde la misma Beatriz parecía llegar la oferta de vernos en un hotel. Lo postulaba todo cerrado. Sería en el Meliá Fénix, un enorme establecimiento de lujo en pleno centro de Madrid. Me decía que reservara yo una habitación, esperándola allí. Así hice. Ciertamente María me sugirió prudencia, incluso que dejara transcurrir alguna semana, pero no pude esperar.
Lo recuerdo hasta el más mínimo detalle, porque todo cobraría significado, a posteriori. Estaba nervioso como un adolescente, ansioso por verla y poseerla. Cuando sonaron los golpecitos en la puerta me abalancé para abrirla. Por fin aparecía, con falda más corta de lo habitual, sin medias, lo que no era frecuente en esa mujer ya con ciertos años (aunque sus piernas continuaban siendo llamativas) y una blusa con transparencias, dejando presumir sus potentes senos, apenas cubierta por una chaqueta ligera. Su expresión era peculiar, una amalgama inescrutable entre temerosa, inquieta y espectante. Pero apenas me paré en detalles, la verdad es que no la dejé casi hablar. Tomándole el rostro entre mis manos la besé con pasión, para arrastrarla hasta la cama y tumbarla boca arriba. La despojé de la vestimenta y mi sorpresa fue notable cuando pude advertir que no traía bragas. Da igual, continuaba febril, sin pensar, guiado por el instinto más irracional me arrojé de bruces sobre su sexo, absorbí febrilmente sus jugos, chupeteando labios mayores y menores, introduje mi lengua todo lo que pude en su canal vaginal, relamiendo paredes y clítoris, para saltar después al periné y besar su mismísimo esfínter anal. No se el tiempo que estuve así, pero fue mucho. Mi ex-mujer gemía, pero tampoco me di cuenta hasta después, ya en la resaca del encuentro, de que no llegó al orgasmo. Cuando me agoté, pude ver finalmente los nuevos tatuajes. En letras muy pequeñas pero elegantes, justo bajo el pliegue inguinal en la cara interna de cada muslo se podían leer los nombres, Joana a la izquierda y Rubén a la derecha. Los canallas lo habían echo, seguían marcando a la que había sido mi esposa, a la mujer que amaba ahora con renovado ardor. Respondí echándome sobre ella y metiendo de sopetón mi pene hasta el fondo de su intimidad, para atropelladamente desarrollar un coito desesperado. La visión de esas letras me había vuelto loco, y tremendamente excitado, deseaba eyacular y antes de que me diera cuenta estaba descargando mi semen en el fondo de su cavidad femenina. Me derrumbé después sobre ella y al poco caí a su lado, exhausto, taquicárdico, sin recuperar el resuello. Cerré los ojos y me invadió una singular hipotonía, muscular y mental.
Beatriz se levantó entonces y antes de que me diera cuenta estaba de nuevo vestida, para sin decirme nada salir casi corriendo de la habitación. Cuando quise reaccionar, tan solo pude ver como se alejaba por el pasillo. Tardé apenas un minuto en ponerme calzoncillos, el pantalón y un jersey, pero ya fui incapaz de localizarla en ese larguísimo rellano. Supuse que había tomado el ascensor. Preferí bajar corriendo las escaleras, sin pensar que estaba en un sexto piso. Cuando llegué al hall de entrada, disneico y casi demente, no había ni rastro de ella. Le pregunté al de recepción y al portero, pero ninguno supo darme idea de si ella había salido o no, por allí pasa mucha gente y ellos están a diversas tareas, como ayudar a otros clientes con las maletas. Creo que ni siquiera llegaron a saber por quien preguntaba ese cliente fuera de sus cabales.
Se me vino el mundo abajo. ¿Qué había pasado? ¿Cómo podía haber sido tan torpe? ¿Dónde estaba Beatriz? ¿Ya no me quería?
Me quedé el resto de la tarde en esa entrada del establecimiento hotelero. Escudriñé la figura y el rostro de cada mujer que por allí pasó. Nada, era como si la tierra se la hubiera tragado. A ultima hora salí al exterior y deambulé por los alrededores, en esa Plaza Colon siempre a rebosar de tráfico y de gentes. Nadie, todos aquellos que presurosos se dirigían a sus casas, ejecutivos y trabajadores, los turistas, los jóvenes en busca de la útima cerveza de la tarde… ninguno de ellos sería capaz de entender lo que yo sentía en ese momento, mi confusión y aflicción. Era de noche cuando, desesperado, llamé a María. Creo que llegó a preocuparse mucho por mi estado, tanto como para pedirme que la esperara, cogería su coche y vendría a Madrid, en un par de horas nos veríamos.
Caminé el Barrio de Salamanca entero, desde la Puerta de Alcalá hasta la embajada Americana, sin ser capaz de ver nada ni pararme en ningún sitio. No sabía qué hacer y tampoco tenía claro que es lo que aquella mujer, homosexual estricta y amiga de Beatriz, a la que tampoco conocía tanto, me podría aportar. Por fin sonó el móvil, era ella. Acababa de llegar y dejar el vehículo en el garaje, me emplazaba a encontrarnos en el bar del mismo hotel, antes de que lo cerraran.
Pese a todo, aún en el marco de semejante desatino emocional, con esa sensación horrible de fracaso, ver a María supuso un bálsamo. Al menos podría compartir con alguien tantísima incertidumbre y desconsuelo. Iba en su tono, con pantalón y suéter, media melena corta y aire de fortaleza. De mentón marcado y labios muy finos, pese a unos llamativos ojos verdes no resultaba en absoluto atractiva para un varón al uso. Ciertamente lo remataba todo con una voz inusualmente grave para tener laringe femenina, debido supongo a muchos años de fumadora, aunque hiciera algún tiempo que lo había dejado.
Me sonrió y tomó la palabra de inmediato. No necesitó que le aportara más detalles de los que ya le había dado por teléfono. Primero pasó a reprocharme, mejor dicho, a señalar con precisión los errores que yo había cometido. Mi comportamiento de esa tarde era el propio de un varón inmaduro, de un marido iluso, de alguien sin capacidad ninguna de afrontar un tema tan complejo como el de Beatriz y la pareja que la manejaba. Dejarme llevar por lo inmediato y pretender poseer fácil y rápidamente lo que ya no es mío, suponía un error tremendo. Después, procedió a curar la herida sangrante. Aprender de los fallos es el camino al éxito, reconocerlos, subsanarlos y olvidarlos, tal es el mejor procedimiento a seguir.
Le rogué, sí, llegué a suplicar, que me consiguiera otra cita con Beatriz. Esta vez no me dejaría sorprender y volvería dominar la situación, me impondría sin ceder a debilidad alguna. María me miró con desconfianza, en sus ojos vi que no tenía nada claro la posibilidad de que yo estuviera a la altura de lo que se exigía. Su respuesta me hundió en una mayor confusión, si cabía:
— ¿Quieres que durmamos hoy los dos en la misma habitación? Y digo dormir, yo soy lesbiana sin ninguna apetencia por el sexo masculino, pero quiero ver como te comportas estando con una persona de mi naturaleza, sin pudor y con respeto. Necesito saber si eres capaz de verme como un colega con el que puedes compartir cosas que no harías con nadie que no fuera tu mismísima hembra alfa. Si superas la prueba, tal vez pueda ayudarte.
Asentí… ¿qué otra cosa podía hacer?
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