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Cuidado

El empresario orquesta una infidelidad perfecta para divorciarse sin perder dinero, pero su plan se descontrola cuando descubre que su esposa ya ha tenido una aventura. La tensión se dispara cuando el condón usado en su casa revela una verdad que nadie esperaba.

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Cuidado

- Voy a pedirle el divorcio.

- ¿En fefio?

Sonia felaba con un ansia canina.

En realidad, todo lo que acometía sobre una cama, lo acometía con ansia canina.

Porque todo lo que emprendía en su metódica existencia, desde pleitear en los Juzgados de lo Social hasta la maratón del Retiro, desde echarle de más al cubata hasta follarte sobre el capot del Seat León de un desconocido, lo emprendía con ansia canina.

“!Oh se hace bien o no se hace coño!” – solía justificarse.

Adoraba aquella coctelería humana que representaba, a medio camino entre leguleya de élite a coste de trescientos euros la hora, y Makinavaja hembra del barrio más chabacano e inmisericorde.

- Siiii – gemí al sentir como intensificaba la presión de sus labios.

- Pos no ze po que – contestó sin dejar por un segundo de hacer lo que hacía, sobre lo que hacía.

La respuesta me parecía tan obvia, que ni tan siquiera se la regalé.

Sonia era mi abogada.

La mejor abogada especializada en querellas empresariales dentro de una ciudad plagada de querellas y empresas.

Adoraba mi trabajo.

“Novapp” facturaba seis millones por ejercicio y abonaba catorce nóminas anuales a medio centenar de hijos de puta.

Así era como mi mente, cada vez menos diplomática, solía describir a los empleados.

En el arranque del proyecto, recién diplomado, creía en un monte plagado de orégano donde el trabajador podía llegar a ser un compañero dispuesto, un compañero de cafés, un compañero de bromas, un fiel aliado.

Un día sorprendí a Lucas, veterano de la época del IBM, echando una meadita en el baño mientras ponía mi apellido por los suelos, ante la jactanciosa mandíbula de dos recientes fichajes.

- Este es un listín cabronazo de gomina en pelo y poco cerebro. Aquí decidimos los que pintamos mejores canas que el “corbatas”.

Esa misma tarde, lo puse con los morros en dirección a la cola del paro.

Luego surgieron dos falsas bajas; la primera por el fallecimiento de un padre a quien el agente del seguro consiguió grabar renovando su carnet del Rayo Vallecano el mismo día en que lo estaban velando.

La segunda la causó un verdadero accidente de moto cuyas consecuencias se alargaron lo suficiente como para permitir a su víctima, bailar como una rana en el “Hot Rock Festival” de Calpe.

Antes de un año estrenaba mi Curriculum judicial con una denuncia por acoso laboral, al variar el calendario vacacional, sin el obligado preaviso de dos meses.

Después surgió una desorbitada indemnización en favor de un empleado cuyas continuas pifias nos habían costado miles de euros y una señora de la limpieza que, entre escoba y fregona, nos robaba con descaro desde extintores hasta material de oficina.

Al final, tras diez años y mil pufos, decidí que más que cafés y compadreo, lo que necesitaba mi staff, era un buen gestor laboral y un combativo despacho de abogados.

Así fue como puse mis pies en el elegante Bufete “Hermanos Ríos”.

Así fue como acabé conociendo a Sonia y su golosa entrepierna.

Ni le importó, ni me importó, el escaquearnos de lo que debería haber sido una estricta relación profesional.

Ni le importó, ni me importó sacarle horas a la agenda.

Ni le importó, ni me importó, mi condición de casado.

El mismo día en que eché la firma al contrato de colaboración, lo celebramos en una conocida arrocería del centro.

Una comida sibarita donde Sonia demostraba que para las funciones básicas de la vida, exhibía una incontrolable voracidad y que culminamos, con aquel apoteósico beso, dentro del vehículo donde me acercó a la sede Novaap.

La cosa degeneraba en descarado sobeteo, con mi diestra intentando con torpeza, calibrar la tersura de sus muslos.

- Aquí no –me empujó contra la puerta – Aquí tienes catorce enemigos dentro.

Acabé medio beodo, en el cuarto de baño privado anejo al despacho, masturbándome como no lo hacía desde los quince años.

Mucho antes de aquella compulsión onanista, mi matrimonio llevaba años en el despeñadero.

Sonia, sencillamente, se limitó a darle un ligero empujoncito.

Conocí a Marián en la Politécnica.

Una época en la que mi familia no tenía ni un céntimo en la cartilla y yo, sin sufrir por ello, ni un solo gramo de agradecimiento en la conciencia.

Marián, desde el primer segundo, se enamoró sin fisuras.

Acostarse con ella a los veinte años, era un acto de dominio, un símbolo de estatus sexual cuando se carecía del monetario.

Todo el mundo deseaba follársela.

Pero ni los pijos sin talento, ni los del sindicato falangista, ni los de móvil de mil euros, ni los hijos de algo lo consiguieron.

Ese fui yo.

Y nunca le di las gracias.

Marián me gustaba.

Me gustaba tanto como me gustaba el chalet de su familia.

Me gustaba tanto como los fines de semana en su casa de playa.

Tanto con su MasterCard sin fondo.

Me gustaba tanto como me disgustaba su manera de dejarse montar, con una mano clavando uña y la otra poco menos que santiguándose, pidiendo perdón a la inexistencia divina por cada uno de sus represados orgasmos.

Marián se encajonaba, atrapada entre sus deseos de romper moldes y el apego irracional que sentía hacia los rancios valores con los que había sido criada.

Porque a Marián la parieron en una de esas familias, cuyos apellidos cuestan escribir la tinta entera de un bolígrafo.

¿Cómo si no podía un bicho de barro como yo, agenciarse el cuarto de millón que necesitaba para montar “Novaap” desde cero?

¿Creen acaso que un banco es democrático?

¿Creen acaso que se fían de un “sintumba” como yo?

No.

Los bancos, esos hijos sin padre conocido, hubieran robado la idea para luego arrojarme al estercolero.

Nunca me sentí culpable por el oportunismo y desfachatez que demostré ante Marián y su familia.

Al fin y al cabo, esos doscientos cincuenta mil euros, fueron el pago por mi esfuerzo en mentir y fingir tantas cosas.

Y eso que, físicamente, Marián era un goce de hembra.

Alta, incluso más que yo.

Generosa en carnes, oscilante sin rozar si quiera la obesidad, de muslos palpitantes, de pechos bastante sobredimensionados con pezones inopinadamente diminutos y esa melena larguísima, brillantísima, morena, morenísima, que rara vez recogía en moño por el orgullo que sentía presumiendo de aquella orgía queratínica.

Laboralmente muy germánica, en lo hogareño displicente, resultaba tan inquisitiva y disciplinada en la agencia de viajes que dirigía como pasiva y poco entregada a la hora de poner una lavadora o cocer unas lentejas.

No teníamos hijos y, al ritmo decadente de nuestros coitos, todo parecía indicar que comenzaba a sopesar el no tenerlos.

Además, la chupaba con asco, sin mordida, como si le supiera mal el negármelo cuando se lo pedía.

Sonia en cambio, era la pesadilla de un cardiólogo, cuando abría esa boquita suya para comérsela de una tacada, entera, ensalivada, sin remilgos, sin rosarios ni contemplativas.

Porque Sonia fornicaba como ganaba controversias; con salvajismo, con pasión y rabia, con maestría, solazándose en cada una de sus victorias.

Y su victoria, en ese instante, consistía en introducirse mi miembro en aquella garganta sin fin, apresándolo entre aquellas dos suspensiones rojo intenso que eran sus labios.

Contemplar mi polla deglutida, observando que lo poco que quedaba fuera se represaba entre aquellos dos paréntesis rojo sangre, era lamer locura.

Me corrí.

Me corrí sin avisar, sin aferrarle la cabeza.

No era necesario.

Sonia lo devoraba todo, reintroduciendo con los dedos, como macabra golosa que era, cualquier gotita de semen que pretendiera fugarse de semejante caníbal.

- ¿En serio lo de divorciarte? – preguntó ya relajada, sentada en el suelo con la espalda apoyada en el borde de la cama.

- Si – sentencié – Lo tengo clarísimo. Estoy harto. Me divorcio.

- Cuidado – advirtió lanzando una de esas turbadoras miradas a las que recurría cuando tenía delante a un cliente con ganas de entrar en litigios que no podía ganar - Yo, no te lo aconsejo.

No te lo aconsejo.

Pensaba en aquella exhortación, regalada con el sabor de mi semen todavía entre los caninos.

Pensaba en ello, conduciendo por una M40 en hora punta, zigzagueando, esquivando, soltando algún que otro exabrupto cuando algún tortuga me obligaba a bajar de ciento treinta.

Nuestro acuerdo conyugal era, cuanto menos, peculiar.

Y todo porque mis católicos apostólicos y forrados suegros no resultaron ser tan tontos y manipulables como su hija.

Temerosos de la vulgaridad de mi origen, del caradurismo filosófico que captaron desde el primer día en que estrecharon mi mano, nos obligaron, para dar consentimiento al matrimonio, a firmar unos restrictivos compromisos.

Si era yo quien reclamaba el divorcio, debía abandonar la casa, renunciar a los innatos hijos y devolver la financiación concedida más los intereses de quince años.

Casi cuatrocientos mil euros.

Si por el contrario era su hija quien estampaba el anillo en la cara, bastaba con consentirlo yo fingiendo lloro, para ahorrarme tantos gastos.

El error que cometieron fue que no especificaron los motivos por los que se pudiera reclamar ese divorcio.

Marián podía exigirlo en base a un desenamoramiento, por malos tratos, por descubrir su naturaleza lesbiana o por sorprenderme con tres mulatas en el lecho conyugal.

Daba igual la razón.

Si era ella quien daba el primer paso, quien verdaderamente saldría reforzado, era yo.

Y como empresario que era, escogí la opción más rentable, la menos costosa.

Hubiera sido sencillo.

Tanto como sentarla en la cocina, mirarla a los ojos y con descaro, directo como torero entrando a cortar oreja, confesar que llevaba un año comiéndole el coño a Sonia.

Si.

Aquello habría sido antiético, pero correcto.

Claro que yo de ético tenía poco y de correcto, menos.

Decidí hacer de la necesidad negocio y lograr que fuera ella, en base a pistas, quien descubriera y decidiera, con escenita o sin ella, poner punto final a nuestro fracasado matrimonio.

El juego daría comienzo al día siguiente, en la plaza de Santo Cristo.

Aquel era, fuera de bufete y juzgado, nuestro habitual sitio de encuentro.

Y era perfecto.

Distante, chabacano, atestado por un vecindario de nómina pelada, sobrecargado de colores y dominicanos más preocupados por encontrar un alquiler barato que por el Seat León Blanco conducido por una mujer con gafas de sol robóticas y escote muy descarado.

Desde allí, en diez minutos de M30, directos al mismo hotel, al mismo cinco estrellas, siempre a la misma hora, siempre ante los ojos sin interrogantes del mismo recepcionista.

- ¿Qué haces?

- Quito el aire acondicionado.

- ¡No jodas! – sonrió maliciosa – ¡Que afuera estamos a treinta y cinco!

- Saca champán y nos refrescamos.

Sonia se me quedó mirando.

- ¿Qué estarás tramando? – preguntó mientras, con una naturalidad prodigiosa, se libró del vestido liviano, floreado y volátil que había traído puesto.

- Serás…. – no pude acabar la frase.

Durante todo el trayecto, no había llevado nada, absolutamente nada debajo.

Un breve escarceo con el viento, una brisa algo más nutrida, habría dejado sus maravillosas posaderas a la vista de cualquiera.

Sonia se acercó al minibar desplazándose, casi flotando, sobre la punta de sus pies.

Extrajo una botella de Moét Chandon y dos copitas de cristalería exquisita que hizo tintinear con un descarado aire taimado.

Mientras abría y servía, me fui, sin tanto erotismo, con ese practicismo casi cómico que tenemos los hombres para estas cuestiones, desnudando.

- Cada vez me cuesta menos esfuerzo ponerte cachondo – rio, cómplice, comprobando como, sin rozarme y a tres metros, había conseguido que mi polla se le rindiera palpitando y suplicante.

- ¿Te disgusta?

Su respuesta fue la acción, derramando champan sobre mi polla para, arrodillándose, relamerla con sensible gozo.

- Esta mamada te va a salir cara – carcajeó, recordándome que la botellita de las narices salía a trescientos ochenta euros.

- Hay cosas que no tienen precio.

- Si – reconoció – como esto- sentenció deslizando la lengua desde el glande hasta la misma base de los testículos.

La cortinas dejaban entrar un sol ofensivo, imperioso, escandaloso.

Sonia se incorporó, acercándose hasta el bolso, de donde extrajo sus gafas de sol.

Con aire coqueto, se las puso.

Aquel toque chic y antojadizo, la transformó, todavía más, en una diosa.

Una puta diosa.

No se las quitó durante todo el fornicio.

Una hora más tarde apreté los dientes y, con los pies de mi amante haciendo torniquete, clavando talones en mis glúteos, derramé toda mi rabia dentro de su coño.

Lo hice con la piel hirviendo.

No quise follármela en un misionero aliviado, mirándonos mientras la penetraba, alzado sobre los brazos para dejar que entre nosotros discurriera un inexistente oxígeno.

Lo hice hincándome, abrazado a ella, apretados, rozando e incentivando cada una de nuestras glándulas sudoríparas.

Quedamos fundidos, jadeando, satisfechos pero no agotados, hartos pero no rendidos, unidos por nuestros sexos y una capa pringosa, resbaladiza y cálida de sudor.

No daba tiempo a más.

Ella se organizaba con agenda programática.

Yo, casado, no debía retrasarme demasiado si no quería verme obligado a trazar alguna excusa.

- El miércoles más chaval – besó mi pecho extrayendo el miembro de sus propias entrañas cuando aún no había regresado a su normalidad.

Obscenamente meció sus bamboleantes cuartos traseros, dirigiéndose al baño.

Durante largo rato escuché la ducha, sin vapores surgiendo bajo el resquicio, pues con la calima casi a cuarenta, se terciaba agua gélida.

Escuché el grifo y a ella, con ese canto de voz alcoholizada, apaleando el sublime “Enjoy the Silence” de Depeche Mode.

“¡Qué bien follas Sonia! – pensé – Tan bien como mal cantas”

Mi estética apestaba a transpiración, champán y lejía de sabana hotelera.

Entre el sopor y la tranquilidad, entre el relax de mi testosterona y la completa ausencia de mala conciencia, la somnolencia se apoderó de mi mientras escuchaba, de lejos, como la abogada trasteaba en pos de vestido y zapatos.

- Mas vale que espabiles chico guarro – aconsejó antes de desaparecer – Son las ocho.

Daba igual.

Llegué a las once en punto.

Sin cenar.

Sin duchar.

Sin excusas.

- Trabajo – mentí sin tan siquiera cerrar la puerta – Un cliente mejicano con horarios mejicanos – agrandé el embuste.

Marián parecía más ensimismada en un insulso programa televisivo que en la llegada de su marido.

- Ajá.

Me aproximé, la besé, le regalé un fuerte y mal intencionado abrazo.

Marián acercó sus labios besando el mismo cuello que aún conservaba el olor de Sonia y sus mordiscos.

- ¡Buff mi vida! La ducha te llama a gritos – se quejó utilizando la mano para airear el oxígeno que la rodeaba – Hueles a cabra -sentenció volviendo a poner los ojos sobre la pantalla – A cabra vieja.

¿Han tenido la sensación al ducharse, de ver como por el desagüe desaparecen toneladas enteras de porquería?

Yo la tuve.

Aquello que el agua arrastraba, tenía menos de H2O que de basura dermatológica.

Era imposible que Marián no se hubiera dado cuenta que, entre la sudoración, se parapetaban unas gotas de champán, unos gramos de pintalabios y quintales enteros de fluidos que no eran suyos.

Mi pituitaria, masculina y por tanto inepta de distinguir entre boñiga y pétalo de rosa, era capaz en cambio de sentir la mugre sexual que, al entrar en casa, me envolvía.

Marián debió sentirlo.

Debió asquearse.

Sin duda.

Pero si lo sintió, si se asqueó, se lo calló con silencio en tumba.

Porque a la hora y media, se vino a la cama…!vaya rollo de programa!...acarició mi nuca y, dándose la vuelta, tardó dos pestañeos en quedarse completamente dormida.

Una semana más tarde cometí una infracción que nunca creía ser capaz de cometer; cruzar la puerta de un gimnasio.

Jamás sufrí de complejos.

Nunca tuve unas endocrinas rebeldes que me condenara a amontonar grasa, colesterol y tripa.

Podía zamparme media docena de huevos fritos diarios que mi abdomen no abultaba y mis venas, se ofrecían como una carretera rural a las tres de la madrugada.

Eso venía que ni pintado cuando se sufre de alergia al chándal y las pesas.

No tenía la menor intención de acudir.

Me limité a pagar los cuatrocientos setenta euros del abono anual, poner cara de interesado en la foto del carnet y acudir luego a la tienda deportiva más cercana en busca de toallas, zapatillas, muñequeras, calcetines blancos y una ochentera bolsa deportiva con el logo de Adidas que me había parecido ver en una de las películas de Rocky Balboa.

Sonia era incapaz de ocultar una risa vulgar, casi grosera.

- ¡Chaval que tú eres de tortilla y cervecita! – gritó – ¡Y dos o tres por día!

- Querida, solo tengo que fingir que sudo las mancuerdas.

- Ummm, no te cojo.

- Fingir – insistí – Fingir que llevo mal los casi cincuenta. Fingir que busco ganar músculo y quitar arruga. Por Dios Sonia, ¡las mujeres sospecháis de todo!

- Bueno – contradijo acercándose, besándome, introduciendo levemente la puntita de su lengua dentro de mi boca – Razones para sospechar le damos – añadió introduciendo una mano entre los pantalones y la camiseta – Desde luego que le damos.

Sonia recordaba sin esfuerzos porque nos agradaba tanto follar en el mismo hotel, en la misma habitación.

El decorador dispuso armarios empotrados cuyas puertas, ofrecían un colosal espejo corredero directamente enfocado hacia la gigantesca cama.

Pocos afrodisiacos resultan tan poderosos como observar, con tus propios ojos, como practicas la muy placentera cucharita con una mujer que se retuerce para facilitarla.

Resultaba delicioso abrazarla desde atrás, sin aprisionarla, dando rienda suelta a sus movimientos, con cinco dedos encrespados sujetando uno de sus pechos, con los otros cinco dispuestos sobre el bajo vientre, justo encima de sus recortados vellos púbicos.

Ella trataba de girar su cuello para alcanzar mis labios al tiempo que abría su pierna derecha echándola hacia detrás para abrirse y facilitar de más el acceso.

Yo la penetraba a buen ritmo, muy lento y sentido al principio, acelerándose hasta conseguir desbocar el vaivén de sus pechos y lograr que sus gemidos tiernos se fueran transformando en gritos lujuriosos.

Su pie se mecía dislocado.

El reflejo de su vientre, se contorneaba, respirando un goce agitado.

Era eso, su imagen en el espejo, ese placer perturbador, prohibido, pecaminoso, lo que me hacía sentir un todo hacia ella.

Deseaba tener eso, a ella, allí, para mí, dispuesta y a diario.

Por eso, para eso, por ella, dejé el carnet del gimnasio, aparentemente descuidado, dentro de la cerámica de entrada donde depositábamos las llaves.

- ¿Y esto? - preguntó Marián cuando lo descubrió.

- Que me he dejado un poco ¿no crees? – justifiqué tratando de aferrar unos casi inexistentes michelines – Como a las mujeres os hacen cosquillas los tíos con tabletas de chocolate.

- ¡Pero que estereotipado caminas por la vida cielo! – se giró con las llaves del coche en la mano.

- Pero a muchas sí. ¿No? –grité – Tengo que recuperar la forma ¿no te parece? – insistí.

No hubo interrogatorio.

- Te he dejado unas judías en la nevera – sentenció ya detrás de la puerta – Con choricito, como te gustan.

No hubo escena, reproche, exigencias, laceraciones o discusiones.

Marián se limitó a eso; a dejarme las judías en la nevera.

Y yo me las zampé en dos bocados.

Y lo peor es que estaban jodidamente ricas.

El simposio era un tostón de padre y muy señor nuestro.

Todos los simposio son un tostón de padre y señor nuestro.

Como si el objetivo único de plantar a un espigado conferenciante delante de doscientos oyentes, fuera el aburrirlos.

Especialmente aquel, centrado en la reciente reforma laboral y su aplicación práctica.

Ya ni tan siquiera era capaz de represar los bostezos.

- A este lo que le hace falta es que le muerdan la oreja – Sonia, sentado al costado, se sentía igual de aletargada – Ven – cogió mi mano – Tenemos quince minutos.

Caminamos aceleradamente por los inmensos y vacíos pasillos del palacio de Congresos, donde resonaban los tacones altos, casi amenazadores, de la abogada.

Bajamos hasta el aparcamiento, atestado de Jaguares, Gemeral y Bentleis y encontramos sin complicaciones la plaza B44 Zona Amarilla, donde se encontraba aparcado nuestro sencillo Seat.

- Espera, espera – Sonia se detuvo antes de entrar para quitarse las bragas, sentarse en el asiento del copiloto y abrirse de piernas invitándome a acoplarme a ella – Cinco minutos. Diez con suerte.

Fueron siete y medio.

Cuatrocientos cincuenta segundos de salvajes empentones, con ella mordiéndose los labios para no gritar, con un ojo puesto en sus caderas y el otro en la puerta antincendios, temerosa de que esta se abriera y dos centenares de congresistas encorbatados aparecieran en pos de sus coches de lujo, pillándonos con los pantalones bajados.

La posibilidad, la tensión, se reflejaba en su rostro.

Y eso la ponían aún más cachonda.

La jurista y amante, aferró con sus uñas inmaculadamente decoradas, mis glúteos, abriéndose aún más, con un tacón clavado en la encimera y el otro inserto en el volante.

Cuando resopló su orgasmo, intentó inútilmente represarlo, primero ronroneando como una gatita agradecida para luego, expresarlo a gritos como una gozosa hembra sin tapujos, represas, sin miedos ni remilgos.

Yo hundí la cabeza entre el respaldo y su hombro y con dos docenas de tremendas embestidas, me vacié dentro hasta quedar asfixiado, satisfecho, completamente agotado.

- Como me gustas – le dije sin levantar la testa.

- Venga, venga, Romeo, que arriba alguno nos estará echando de menos.

Al escapar del Congreso, tuve a bien darle una alegría al propietario de un “LuisaviaRoma” quien, cuan Julia Roberts flaca, sobrevalorada y bocazas, me vio entrando en su establecimiento con la Visa Oro entre los dientes.

Marian se asombró horas después, viéndome entrar, sobrecargado con seis bolsas de diseño.

No pareció inquietarse demasiado por el estado de nuestras cuentas bancarias.

Ignoraba que acaba de darles un tajo de tres mil euros en base a ropa exclusiva, dos colonias de gama alta, zapatos artesanales de cuero egipcio e incluso media docena de calzoncillos a razón de cincuenta euros la unidad por mantener bien cobijados los testículos.

Durante dos horas había actuado de Nerón caprichoso en una boutique de lujo, sin haberme acordado de gastar un solo céntimo para comprarle un detalle a mi compañera de veinte años.

- ¿Y este derroche? – no intentó ocultar ni un solo gramo burlesco en su tono.

- Para estar más guapo cielo. Unos añitos menos en base a buenos trapos.

- Ya – estiró el cuello, recelosa hacia lo que pudiera parapetarse dentro de cada bolsa – Pero…¿sabrás combinar eso? – rio, recordándome que para mí, unos mocasines con pantalón corto equivalían a traje de domingo.

Dolido en el orgullo, apenas entré en el armario ropero, arrojé desconsideradamente la compra al suelo.

Aquella perturbadora indiferencia conseguía socarrarme los nervios.

Los nervios y la capacidad de concentración.

Al día siguiente, miércoles, contemplaba en el despacho la tintineante pantalla sobrecargada de urgencias.

Se había caído el servidor de la Clínica Estética Doctor Cerrado.

Barrio Húmedo sufría un bajón de potencia.

La cobertura estaba muy ajustada en la calle Costera.

Un impago bastante serio de la cadena Ópticas Retina.

Sin agobios, con desgana, opté por encontrar el número de mi abogada, plasmarlo ante los ojos y decidir si botón verde o botón rojo.

- ¿Nunca has estado en mi despacho? – la tenté – Tiene unas vistas cojonudas.

- Tu despacho querido, es un puto avispero.

- Dime que no sientes cierta curiosidad. Dime que no te pone. Dime que ahora mismo, mientras te lo propongo, no te humedeces con la idea.

Escogí a sede de “Novapp” por la altura.

No había sido edificado todavía en Arganda, una colmena más majestuosa.

Un veinte pisos.

Y en la cúspide, nosotros.

No quise términos medios.

Afuera, una docena de empleados, trataba de arreglar mil desaguisados y entuertos.

Dentro, completamente desnuda, Sonia estampaba sus pechos, de pie, aplastada contra el acristalado tintado.

Ni siquiera conservaba sus adorados zapatos de tacón.

Descalza y de puntillas, alargaba hacia detrás su trasero para facilitar el trabajo de arrinconarla contra el ventanal.

- No…no me hagas gritar….ca…cabrón que…nos van a oír.

Arrecié.

Arrecié sin piedad, con saña.

- Mira abajo golfa – la jaleé – Mira abajo.

No podía ver la expresión de su rostro al contemplar lo que le señalaba.

Pero si sentir su excitación cuando el bamboleo de sus nalgas, el arqueo de su espalda, el sudor derramado de nuca a rabadilla se fue, rápidamente, incentivando.

Veinte pisos por debajo, una verderón autobús urbano abría compuertas para dejar escapar a una treintena de aborregados.

Por la inclinación y los cristales tintados, ninguno de ellos podía vernos.

Pero la sencilla posibilidad de que uno solo pudiera contemplar como los pezones de Sonia se moldeaban contra el ventanal mientras desde atrás la penetraba sin resquemores, provocó el rápido y sonoro orgasmo de la abogada.

- Estas perdiendo la sensatez empresario – advirtió cuando, desnudos sobre la tarima, con la espalda apoyada gustosamente sobre la calidez del cristal, nos rehidratábamos con unas botellitas de agua -Demasiados riesgos.

- Me da igual – encogí los hombros – Alguno de estos pipiolos – punteé hacia donde paraban mis empleados – conoce a Marián. Y todos me odian. Solo es cuestión de tiempo que uno de ellos teclee su número con idea de vengarse.

- No lo hagas. Ten cuidado con lo que deseas y, sobre todo, no…me…involucres – recalcó.

Sonia optó por escurrirse a través de la escalera de servicio.

Yo, pomposamente, escogí pasear mi autoridad, pincho y enhiesto como solía, impartiendo órdenes innecesarias y recibiendo, gustosamente, miradas hostiles, temor, cuchicheos.

Estaba convencido de que, en cuanto desapareciera, cualquiera de ellos, teclearía el número de mi mujer para ponerla al tanto.

Alargué la tarde en el bar de Club de Paddle donde llegué a derramar medio vaso de Mc Callahan del setenta y ocho sobre la bragueta.

Marián estaba ya encapsulada entre sábanas cuando, sin ducharme, sin desprenderme de peste y camisa, la busqué de manera soez, burda, insensible y chabacana.

- Dueeeerme – rechazó sin exabruptos, sin perder la tez somnolienta – Estoy reglosa – añadió retornando al sueño como si en lugar de un marido apestando a alcohol caro y coño ajeno, lo tuviera recién regresado de rezar el rosario.

No me importó la negativa.

La agradecía.

No estaba ni mucho menos en condiciones de brindarle más que un conato de pésimo sexo poco esforzado.

Lo que me enfadó, lo que me sacó de carril, fue la desidia con que se deshizo de aquel torpe intento.

Dos días después practiqué un coito eficaz y rabioso.

No fue con Marián, desde luego.

Sonia salió del Juzgado con la sentencia que eximía a Novaap de una indecorosa indemnización ante el último despido polémico que me había visto obligado a afrontar.

El abogado sindicalista, había entrado sobrado, convencido de que los diez mil euros que reclamaba para su representado, eran cosa de dos minutos y medio argumento.

Cuando salió, su rostro, incrédulo y demacrado, asumía la inesperada derrota en base de una insulsa caducidad en los plazos de reclamación.

Sonia entregó la sentencia y me llevó hasta su casa.

- Esta al ladito – guiño un ojo.

- Nunca me has presentado a tu piso.

- Ganar contra todo pronóstico, me pone muy, muy retozona.

Le leguleya montaba como si lo que paraba entre sus dos muslos, no fuera otra cosa que carne y doscientos seis huesos.

Mientras lo hacía mordía mi yugular, clavaba sus uñas felinas en mis pectorales y, sobre todo, gritaba, gritaba, gritaba como huno cargando contra todo lo que oliera a imperio romano.

La cama se revolcaba con nosotros, expresando en su vaivén el sufrimiento que nuestro fornicio le estaba generando.

Sonia cabalgaba extrayendo mi polla para luego empalarse de un solo empentón y hasta lo más profundo, buscando frenéticamente un intenso orgasmo vaginal.

Así me sentía.

Como un simple peón, un medicamento que, bien administrado, conseguía regar su coño de orgasmos.

Media hora después, con ella relajada al costado, volví a comentarlo mis desafueros antes la indiferente actitud de mi futura exmujer.

- ¿Otra vez en esas? Pensé que habías entrado en razón.

- No se entera – confesé desatendiendo la advertencia – Como no te meta directamente en mi cama.

- ¡Deja de arrastrarme en tus líos! ¿Entendido?

Al salir del bloque, en una esquina adornada con bolardos rosas, descubrí una farmacia de lujo, con un escaparate abierto plagado de productos cosméticos cuyo precio no bajaba de ciento cincuenta euros, servidos en botes de tamaño ridículo.

Entre sus artículos, ofrecían una amplia gama de preservativos “Lelo Hex” servidos en cajitas metálicas de tono dorado e intencionado aire prestigioso.

La caja, modelo King Size estriado en tono negro, costaba veintidós euros y contenía tres unidades.

Apenas salí la abrí y extraje solo uno.

Los otros dos se los puse descaradamente en las manos a un estupefacto veinteañero que, sin casco, trataba de reparar un destartalado monopatín.

- ¡Gracias, campeón! – escuché cuando ya me encontraba lejos.

Marián escobaba la terraza trasera.

Al sentir como se cerraba la puerta gritó con sonido seco.

- ¡Los baños están fregados! ¡Espera a ducharte!

“Perfecto”.

Lo pensé mientras me apresuraba a depositar, el solitario condón, con su envoltorio topacio y la tipografía Calibrí blanco, dentro de la sucia y arrugada chaqueta del chándal.

- Gracias, cielo – respondo mientras deposito la pieza dentro de la cesta semanal de ropa sucia.

Simulando trastear el móvil, contemplé como mi esposa regresaba de la terraza y se metía a hurgar y organizar en el cuarto de lavandería.

Luego, la puerta de la lavadora, el cajetín del detergente, el del suavizante, la programación y el sonido de la primera acometida del tambor, la entrada del agua.

Cuando Marián se acerca, me voy preparando a la idea de encararla con el preservativo exhibido en la mano, dominada por la furia, reclamando explicaciones con la ceja cruzada y la vengativa abierta.

- ¿Qué haces en el sofá y aun sudado? ¡Venga, a la ducha!

- Pe…pero…no dijiste que estaba mo…

- ¡Ya estará seco sin talento! ¡Venga! ¡ Al grifo!

No era miércoles.

Por eso me extrañó que Sonia me citara en una conocida cafetería de ambiente caribeño, con camareros en camisa coloreada y el ritmo de Bob y Peter Tosh acariciando el embaldosado.

El local invadía la calle con notas de órgano Hammond a dos pasos escasos del bufete donde ella se devanaba los sesos.

La vi entrar y acercarse directa, belicosa, como si en lugar del hombre que la hacía humedecer desde hacía un año, fuera un juez amargado del ala más conservadora.

- Hola guapa.

- Hola. ¿A qué viene esa cara chaval?

- A que no consigo que Marián se entere de nada – le relaté el asunto del preservativo.

- ¿Pero tú estás loco? – contestó con cara de sufrir el más insufrible dolor de muelas- ¿Es que no escuchas?

- Sonia yo solo quiero divorciarme. Para que podamos estar juntos.

- Te dije que no lo hicieras.

- Por el papeleo no te preocupes. Lo tengo todo planeado. Resulta que si es mi mujer quien toma la iniciativa…

- ¡Solo es sexo! – interrumpió levantándose, mirándome en pie con aire absolutamente alejado, impasible, taxativamente punzante – Pensé que eras ya mayorcito para saberlo.

- Pero Sonia yo…

- Los miércoles follo contigo. Los lunes suelo hacerlo con un compañero de universidad. A veces, los sábados salgo con la sola idea de tirarme a quien sea. Y entre medias, ¿sabes qué hago? Pues trabajo. ¡Como una mula! Porque soy la mejor con un Estatuto de los Trabajadores en la mano y ¿sabes por qué? Porque no me dejo embaucar con mentirosos patológicos como tú. Ahora, por tu culpa, porque no escuchas, voy a tener que buscarme otro gilipollas para los miércoles.

Los cortados quedaron abandonados, humeantes sobre la mesa.

Marley no gritaba tanto como Sonia.

Nadie en el caribeño, me quitaba la vista de encima.

Entonces comencé a atar cabos.

¿Cuántas veces en doce meses, me había mirado como yo lo había hecho?

La había visto desearme, comerme la polla mirándome desde abajo, guiñarme un ojo invitándome a compartir ducha, cerrar los párpados como si fusionaran mientras me rogaba que aguantara treinta segundos más hasta correrse del todo.

Pero ni una sola vez la vi reteniendo melosa las retinas para escenificar un silencioso “te amo”.

En el viaje de vuelta, en el aparcamiento, en el ascensor, introduciendo la llave en la cerradura, no pensé una décima en Marián.

Indiferencia.

Inercia.

Entré.

Ella veía la tele.

No saludaría con efusividad.

No iba a molestarse a que el sofá perdiera la forma de su trasero.

- ¡Tráeme unas aceitunas! ¡Y una cervecita!

Abrí la nevera.

Saqué las dos latas.

Abrí las aceitunas y las dispuse en uno de esos platos diseñados para contenerlas a ellas en el centro y los palillos y huesos en un costado.

Respiré cansado.

Cansado de aquella inercia tan destructiva.

Pisé el automático del cubo de basura para arrojar el líquido.

Y allí estaba.

El envoltorio del preservativo, torpemente abierto.

Y su contenido, un largo condón negro y estriado, meticulosamente extendido justo a su costado.

Un contenido arrugado, pringoso, repleto hasta rebosar con un semen robusto, brillante, sobrado que lo había colmado de tal manera, que se escapaba por la embocadura.

Con las dioptrías desalojadas, me acerqué para comprobar lo innegable.

El condón había sido usado.

Intensamente usado.

El condón estaba atestado.

Con una curiosidad tan inexplicable como insana, lo toqué con un dedo.

Por obsesión o porque verdaderamente así fuera, creí percibir incluso cierta calidez todavía retenida entre las paredes del látex.

- ¿Vienen o no vienen esas aceitunas? – el tono de Marián era verdaderamente distinto, inequívoco, inflexible, jerárquico – Estoy hambrienta.

Vestía una camisa vaquera, completamente abierta, sin sujetador, con los senos insinuándose sin mostrarse del todo, sin calcetines, sin pantalones, con ese ombligo levemente abombado respirando entre las telas.

Sus larguísimas piernas cruzadas a la indio, con aquella corona que eran esos muslos gruesos, firmes y esos pies descalzos, meciendo traviesamente los dedos, mostrando unas uñas que nunca recordaba haber visto pintadas y ahora se mostraban de un negro azabache y abrillantado.

El pelo desordenado, revuelto, cayendo sobre sus hombros.

La tez, recién duchada, cálida y blanquecina, levemente enrojecida, emitía el sabor fresco del gel y agua fría.

La faz, calmada.

La respiración, apaciguada.

Estaba lujuriosa.

Estaba vigorosa, enérgica, irreconocible, atractiva.

Estaba alzada de todo, pasiva ante cualquier sombra, olvidada por cualquier problema.

Marián me contemplo directa, sin atascos, sin requiebros, embistiendo mi pusilánime semblante con traza de no guardarme ni cariño, ni amor, ni respeto.

Fui incapaz de sostenerle las retinas.

Sus ojos, que siempre me semejaron un hueco insulso y castaño, en aquella, me asolaron como ariete de asirio entrando a degüello.

Humillado, me acerqué, disponiendo dos posavasos sobre la mesita.

Sentado a su izquierda, no pude ocultar un leve temblor de manos, descubierto cuando intenté depositar las aceitunas.

- ¿Qué ves? – osé preguntar después de unos minutos de silencio, incómodo para mí, natural para ella.

- Sonrisas y Lágrimas.

- Nunca me gustó esa película.

- Pues te jodes.