Cierra la puerta que viene mi marido
La villa olía a salitre y a mentira fresca. Dos amigas, dos maridos, y cuatro amantes escondidos en armarios y baños. Cuando los maridos regresan antes de lo esperado, la farsa comienza: excusas absurdas, cambios de habitación y una carrera contra el tiempo para que nadie descubra la verdad.
La villa “Los Geranios” olía a salitre, a jazmín y a mentira fresca. Estaba encaramada en una cala de la Costa Brava, con dos plantas, cuatro dormitorios y un salón tan grande que parecía diseñado para que la gente se escondiera detrás de los muebles. Laura y Carmen, amigas desde el colegio, habían convencido a sus maridos de alquilarla para un “fin de semana romántico en pareja”. Lo que los maridos no sabían era que el romanticismo iba a ser doble y muy ajeno a ellos.Laura, 48 años, curvas generosas que aún hacían girar cabezas en el supermercado, era la esposa de Antonio, un comercial de seguros con bigote de época y un sentido del humor que consistía básicamente en repetir chistes de los ochenta. Carmen, 47, más menuda pero con un descaro que quitaba el hipo, estaba casada con Paco, fontanero jubilado que creía que el mayor placer de la vida era ver el fútbol en calzoncillos.El viernes por la tarde los maridos se fueron “a pescar atunes” a una lancha que habían alquilado en Roses. Prometieron volver el domingo por la noche. En cuanto el coche desapareció tras la curva, Laura y Carmen se miraron con la misma cara de colegialas pilladas en falta.
—Dos horas —dijo Laura, sacando el móvil—.
Juan y Miguel llegan a las siete.—Perfecto —respondió Carmen, ya quitándose la alianza y guardándola en el cajón de los cubiertos—.
Yo me encargo de que Miguel entre por la puerta de la cocina. Tú ocúpate de Juan por la terraza. Y recuerda: si alguien llama a la puerta, somos dos viudas respetables que están regando geranios.A las siete menos diez sonó el timbre de la cocina. Miguel, 42 años, moreno, con sonrisa de dentífrico y cuerpo de quien hace crossfit tres veces por semana, entró con una botella de cava y una mirada que prometía pecados. Carmen lo empujó directamente al dormitorio principal y cerró la puerta con el pie.A las siete y cinco, Laura abrió la puerta corredera de la terraza. Juan, 45, calvo elegante y con manos de pianista, apareció con una caja de bombones y una erección que ya se adivinaba bajo los pantalones. Laura lo metió en el dormitorio de invitados y, sin mediar palabra, lo tiró sobre la cama.Durante la siguiente hora y media la villa se convirtió en un festival de gemidos ahogados, risas contenidas y colchones que crujían como barcos en tormenta. Laura y Juan habían llegado a la parte en que él la tenía contra la pared y ella le mordía el hombro para no gritar, cuando…
—¡Cariño! ¡Ya estamos aquí!La voz de Antonio retumbó en el salón como un cañonazo. Laura se quedó congelada, con las piernas alrededor de la cintura de Juan y el corazón en la garganta.
—¡Mierda! —susurró—. ¡El coche se averió en Figueres y volvimos en taxi! ¡Rápido, al armario!Juan, desnudo y con los pantalones en la mano, se metió en el armario empotrado del dormitorio de invitados como pudo. Laura, en bragas y sujetador desabrochado, se puso a toda prisa una bata de seda que encontró colgada y salió al pasillo justo cuando Antonio subía las escaleras.—¡Qué sorpresa, amor! —canturreó ella con voz de telenovela—. ¿Ya estáis de vuelta? ¿Y la pesca?—Ni un atún. El motor se ahogó. Paco está abajo sacando las cañas. ¿Qué hacías?—Nada… regando… los geranios del dormitorio. Ya sabes, la humedad.Antonio la miró extrañado. Laura sudaba como si acabara de correr un maratón.En el dormitorio principal, Carmen estaba en una situación aún peor. Miguel la tenía a cuatro patas sobre la cama cuando oyeron la voz de Paco en la planta baja:—¡Carmen! ¡Baja a ayudarme con las neveras portátiles!Carmen empujó a Miguel con tanta fuerza que casi lo tira al suelo.—¡Al baño! ¡Al baño grande! ¡Rápido!Miguel, completamente desnudo y con una erección de campeonato, corrió al baño en suite. Carmen cerró la puerta, se puso una camiseta enorme de Paco que le llegaba a medio muslo y salió al pasillo justo cuando su marido subía.—Hola, mi vida —dijo ella con la sonrisa más falsa del mundo—.
¿Qué tal la pesca?—Un desastre. ¿Por qué estás sudando tanto?—Pilates. Estaba haciendo pilates en la habitación. Muy intenso.Paco frunció el ceño
.—¿Pilates? Tú odias el pilates
.—He cambiado. El yoga me aburre.Abajo, Antonio y Paco dejaron las cañas en el salón y se sirvieron dos cervezas. Laura y Carmen se miraron desde lo alto de la escalera como dos actrices de vodevil a punto de improvisar el número más difícil de sus vidas.—Tenemos que sacarlos de aquí
—susurró Laura.—Imposible. Si bajan ahora nos pillan con dos tíos desnudos.—Pues los entretenemos.Y así empezó la farsa.Primera escena: “La llamada falsa”.Laura bajó al salón con su bata de seda mal abrochada y se sentó en el sofá entre los dos maridos.—Chicos, ¿sabéis qué? Acabo de recibir un mensaje de mi hermana. Dice que viene a cenar con su nuevo novio. En media hora.Antonio abrió los ojos como platos
—¿Tu hermana? ¿La de Barcelona? ¿Ahora?
—Sí, ya sabes cómo es… espontánea.Carmen, que acababa de bajar, añadió
:—Y mi prima Tere también viene. Con su novio. Son cuatro. Mejor pedimos pizzas, ¿no?Los maridos se miraron. Cuatro personas más en una casa donde había dos amantes escondidos. Perfecto.Mientras tanto, en el armario del dormitorio de invitados, Juan intentaba no hacer ruido. Pero el armario era antiguo y la madera crujía. Cada vez que respiraba, sonaba como un barco viejo.En el baño principal, Miguel estaba metido en la bañera vacía, tapado con toallas, y cada dos minutos Carmen entraba con la excusa de “buscar el champú” para susurrarle:
—Calla, coño, que Paco está abajo.Segunda escena: “La distracción del teléfono”.Sonó el móvil de Laura. Ella contestó como si fuera su hermana.—¡Hola, hermanita! ¿Ya estás llegando? ¿Con tu novio? ¡Qué ilusión! Sí, sí, os esperamos. Traed vino.Colgó y miró a los maridos con cara de santa.
—Vienen en veinte minutos. Hay que preparar la mesa.Antonio se levantó.—Voy a cambiarme de ropa, que vengo oliendo a gasolina.
—¡No! —gritó Laura—. Quiero decir… no hace falta, amor. Estás guapísimo así.Antonio la miró raro y subió las escaleras. Laura corrió tras él.Cuando Antonio abrió la puerta del dormitorio de invitados, Laura se interpuso como una defensa de baloncesto.—¡Espera! ¡No entres! ¡Hay… una araña enorme en el techo! ¡Tengo pánico!
—¿Una araña? Tú no tienes pánico a las arañas.—Esta es mutante. De la Costa Brava. Muy peligrosa.Antonio se rio y empujó la puerta. Laura se tiró literalmente sobre él, abrazándolo por detrás y tapándole los ojos con las manos.—Vamos, mi amor, mejor bajamos a abrir el vino. ¡Tengo una sorpresa para ti!Mientras tanto, Carmen, en el baño, fingía una crisis de lumbago.—¡Ay, Paco! ¡Me he quedado enganchada la espalda haciendo pilates! ¡Ven, ayúdame a salir de la bañera!Paco entró y vio a su mujer en camiseta, inclinada sobre la bañera, y dentro de ella… una montaña de toallas que se movía ligeramente.—¿Qué coño es eso?—Toallas. Las estaba doblando.—¿Doblándolas dentro de la bañera?—Es el nuevo método Marie Kondo. Muy zen.Paco se rascó la cabeza y salió. Miguel, debajo de las toallas, estaba sudando como un pollo.Tercera escena: “El armario traidor”.Juan, harto de estar encerrado, intentó cambiar de postura y pisó una percha. Se oyó un ¡crac! enorme.Laura, que estaba en el salón sirviendo copas, gritó:—¡Eso ha sido el gato del vecino! ¡Siempre entra por la ventana!Antonio frunció el ceño.—¿Tenemos gato vecino?—Sí, uno negro. Muy sigiloso.En ese momento Paco subió a buscar hielo al congelador de arriba y pasó por delante del dormitorio de invitados. La puerta estaba entreabierta. Dentro, Juan había salido del armario para respirar y estaba en calzoncillos, pegado a la pared.Paco se paró.—¿Has visto eso?
—le dijo a Carmen, que apareció como por arte de magia.—¿El qué?—Una sombra… en el dormitorio.—Es la cortina. El viento.—No hay viento.—Pues el aire acondicionado.Paco se acercó. Carmen, en un acto de puro vodevil, se tiró al suelo fingiendo un desmayo.—¡Ay, mi espalda! ¡Se me ha ido otra vez! ¡Socorro!Paco se olvidó de la sombra y corrió a levantarla. Laura, desde abajo, oyó el jaleo y subió corriendo.Cuarta escena: “El cambio de habitaciones”.Las dos mujeres se miraron y, sin mediar palabra, decidieron el plan más absurdo del mundo: cambiar a los amantes de habitación mientras los maridos estaban distraídos.Laura bajó al salón y le dijo a Antonio:
—Amor, ¿me traes la maleta grande del coche? Creo que me dejé el neceser.—¿Ahora?—Es que me ha bajado la regla y necesito… cosas.Antonio, que prefería morir antes que hablar de reglas, salió corriendo al coche.Carmen, mientras tanto, le dijo a Paco:—Cariño, ¿puedes ir al garaje a buscar la bombona de butano? Creo que la cocina hace ruido raro.Paco, que era fontanero y no podía resistirse a un ruido raro, también bajó.En los dos minutos que tardaron los maridos en salir, Laura y Carmen hicieron el relevo más rápido de la historia del teatro:
—Juan, al baño grande, ¡ya!—Miguel, al armario del otro dormitorio, ¡corre!Juan, desnudo, cruzó el pasillo como un rayo y se metió en la bañera. Miguel, también desnudo, corrió al armario del dormitorio principal y se escondió detrás de los abrigos de invierno.Cuando los maridos volvieron, todo parecía normal. Demasiado normal.Quinta escena: “La cena de los cuatro”.Los maridos insistieron en cenar en la terraza. Las mujeres pusieron la mesa con velas, música suave y mucha sonrisa. Cada vez que uno de los maridos se levantaba a por algo, la otra corría al piso de arriba a dar agua y comida a los “prisioneros”.En un momento dado, Antonio se levantó a por más vino y Carmen fingió un ataque de tos tan fuerte que Laura tuvo que darle golpes en la espalda… y de paso meterle un trozo de pan en la boca para que no hablara.—Tranquila, mujer, que parece que te estás ahogando.—Es que… el vino… me ha ido por otro lado.Arriba, Juan y Miguel, cada uno en su escondite, empezaron a mandarse mensajes por el móvil (silencioso, claro):Juan: «Esto es de locos. Tu mujer me ha dado un sándwich de jamón york por debajo de la puerta.»Miguel: «La mía me ha pasado una cerveza. Creo que me quiere matar de un infarto.»Sexta escena: “El casi-pilla final”.Eran las once y media. Los maridos, ya un poco bebidos, decidieron ver el partido de fútbol en el salón. Laura y Carmen se excusaron diciendo que iban a “preparar el postre”.En realidad fueron a liberar a los amantes.Pero cuando Laura abrió la puerta del baño, Juan estaba saliendo y chocó de frente con Antonio, que subía a buscar el mando de la tele que se había dejado arriba.—¡Hostia! —gritó Antonio.Laura, en un golpe de genio vodevilesco, se tiró encima de Juan, abrazándolo como si fuera un ladrón.—¡Un ladrón! ¡Hay un ladrón en casa! ¡Socorro!Carmen, que venía corriendo del otro dormitorio, vio la escena y gritó:—¡Es el fontanero! ¡El fontanero de emergencia que llamé antes! ¡Miguel, ¿verdad?! ¡Que venía a mirar la tubería del baño!Paco, que también había subido, miró a Miguel (que seguía en calzoncillos) y luego a su mujer.—¿Tú llamaste a un fontanero a las once y media de la noche?
—Sí, porque… la tubería hacía ruidos raros mientras hacíamos pilates.Antonio, todavía confundido, miró a Juan, que Laura seguía abrazando.—¿Y este?
—Este es… el novio de mi hermana. Se ha adelantado. Ya sabes, espontáneo.Juan, que era un actor aficionado en sus ratos libres, improvisó:—Encantado. Venía a traer los bombones para la cena. Me he perdido por el pasillo.Los cuatro se quedaron en silencio un segundo. El tiempo suficiente para que se oyera, desde el armario del dormitorio principal, un estornudo ahogado de Miguel, que seguía escondido.Paco frunció el ceño.—¿Qué ha sido eso?Carmen, sin pensarlo dos veces, se tiró al suelo otra vez.—¡Mi espalda! ¡Otra vez! ¡Ay, Paco, ayúdame!Y mientras Paco se agachaba, Laura empujó a Juan hacia la terraza y le susurró:—Salta al jardín y corre. Mañana te llamo.Juan saltó la barandilla como un gamo y desapareció entre los geranios.Miguel, desde el armario, oyó el jaleo y decidió salir por la ventana del dormitorio. Se deslizó por el toldo y cayó sobre un arbusto de lavanda.Abajo, los maridos se miraron.—Qué raro está todo hoy —dijo Antonio.—Las mujeres… —suspiró Paco—. Nunca las entenderemos.Laura y Carmen, exhaustas pero victoriosas, se abrazaron en la cocina mientras los maridos volvían al fútbol.
—Ha faltado nada —susurró Laura.
—Mañana repetimos —dijo Carmen guiñando un ojo—. Pero esta vez les decimos que vamos a un retiro de yoga.Y mientras los maridos veían el partido, las dos mujeres maduras, todavía con el corazón a mil, se sirvieron dos copas de cava y brindaron en silencio.—Por el vodevil —dijo Laura.—Por los armarios grandes —añadió Carmen.Y se rieron con esa risa nerviosa y pícara de quien acaba de salvar la farsa por los pelos.
Fin.
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