Larga batalla por una esposa. 14
No sabía que recuperar su corazón implicaba entregar su cuerpo a otra mujer. La dominatrix ya tenía el control, y él solo podía observar cómo su exesposa se rendía al placer que él no podía darle solo.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 14.
Tuve claro que necesitaba asesorarme de algún profesional. Buscando en internet, escogí una sexóloga que me pareció apropiada. Le relaté, sin dejarme nada, lo que ocurría. Afortunadamente lo entendió, y dejó aparte las idioteces propias de la gente (abrumadora mayoría, y no importa que sean “progresistas” o “reaccionarios” en este sentido) abducida por moralinas y pensamiento puritano (cicatero), para los que la sexualidad es un asunto casi sagrado, que domina (y anula) cualquier otra esfera de la pareja, en una única vía de asumirlo (“si tiene sexo con otro ya no me quiere”), un pensamiento dogmático de raíz judeo-cristiana, enraizado profundamente en los subconscientes occidentales y que, estoy seguro, conduce a no pocas frustraciones y problemas de convivencia en la sociedad.
Tras varias sesiones, me propuso algunos abordajes posibles con Beatriz. Lo primero era volver a atraerla/satisfacerla sexualmente, con los actos que fueren, siempre en la medida que a mi también me complacieran. Ello debía incluir prácticas sado-masoquistas, en el nivel que yo mismo entendiera razonable. Lo segundo sería reavivar el sentimiento, rodearla de todo el cariño que necesitaba en igual, o mayor gado, que lo primero. Y lo tercero, no menos esencial, darla toda la seguridad del mundo, que se sintiera protegida y abrigada, tanto en lo físico como emocional.
Me aconsejó que buscara ayuda en alguna “dominatrix”, de las que se anuncian en las páginas de contactos, porque siendo un ignorante completo en ese mundo necesitaba que alguien ejerciera, al menos de inicio, el papel director o de “maestro”.
Así hice. Tardé en encontrarla, pero finalmente me pareció que cierta “mistress” (la voy a denominar “ama Fina”) respondía a lo que exigía la cuestión. Le adelanté que se iba a tratar de una amante (no deseaba dar detalles), que mantenía una relación de convivencia y sado-masoquista con una pareja (hombre-mujer), y que quería darla lo que le pudieran dar ellos, mejorarlo si fuera posible. También que yo no tenía, en principio, ninguna tendencia de ese tipo pero que seguramente ella sí, y necesitaba darla satisfacción y poder después yo mismo continuar esas prácticas, en la medida que fuera capaz. Me advirtió que si la sumisa estaba sometida por otra mujer, seguramente necesitaría, al menos de vez en cuando, recurrir a sus servicios, u otra persona de características similares.
Tras casi un mes, pude quedar de nuevo con Beatriz. La recogí en el Café Gijón y, sin advertirla de donde íbamos, subimos a un taxi. La dirección era justo la de ama Fina. Por supuesto nos esperaba, ya lo había concertado, así que cuando abrió la puerta sonrió ampliamente y nos hizo pasar a su gabinete, por llamarlo de alguna manera. Estaba vestida con ese atuendo habitual en ellas, traje en una pieza de cuero, muy ceñido. Mi ex-mujer me miró sin decir nada, pero sus ojos denotaron esa mezcla de intriga, zozobra y excitación que ya había distinguido en alguno de sus videos con Joana y Rubén. Lo cierto es que todo fluyó muy fácil, como si fuera algo ordinario.
Beatriz fue desnudada por aquella hembra, sin miramientos, antes de tumbarla sobre una mesa, atándola a la misma con una especia de cintas que se ajustaban a unas muñequeras negras. Allí seguían el tatuaje infame y los piercings. Sobre ello me atreví a preguntarle al ama:
— ¿Es posible quitarle todo eso?
Su respuesta fue diáfana, y avispada.
— El tatu se puede enmascarar, hacer otro encima que lo anule, yo aprovecharía para poner tu nombre y alguna fecha o un lema. Respecto a los aros yo simplemente los cambiaría por otros tuyos. El trabajo está hecho, hay que aprovecharlo.
Beatriz miraba al techo y temblaba ligeramente. Ama Fina exploró a conciencia aquel cuerpo, masajeando los pechos y metiendo sus dedos con guante de látex tanto en el ano como la vagina.
— Está bien dilatada, menos tarea que nos queda. Sus tetas me encantan, son geniales. Va a ser miel sobre hojuelas… Vamos a disfrutar.
Me invitó a que yo también me despojara de la ropa, mientras incorporaba a su pupila. A renglón seguido Beatriz, llevada de rodillas por el ama como si fuera una niña pequeña, vino a tomar mi pene entre sus labios. Ya estaba erecto, pero cobró una tensión formidable. Con un gesto, Fina me indicó que me echara en una cama que ocupaba una esquina, para de inmediato hacer que penetrara a mi ex-mujer en la vagina, colocada ella sobre mi, dándome la cara. En apenas dos minutos pude ver de reojo el enorme consolador, con forma anatómica humana, que la ama se había colocado en un arnés. Noté perfectamente como la penetró analmente, y por vez primera en mi vida tuve esa increíble sensación de firme presión sobre mi miembro desde la pared posterior de la vagina, empujada por ese artilugio tan provocador. El vaivén que imprimimos, acompasadamente, no tardó en llevar a mi ex-esposa a su primer orgasmo. Continuamos en la misma tesitura otro buen rato, hasta que alcanzó otros dos más, en verdad formidables, yo con el privilegio de poder observar muy de cerca su rostro, verdaderamente trémulo y congestionado por el intensísimo placer que sentía.
Siempre siguiendo las indicaciones, que no dejaban opción a negativa alguna, cambiamos la disposición. Beatriz se montó de espaldas sobre mí, insertando mi pene en su cavidad anal, sorprendiéndome de nuevo la facilidad con la que entró, mientras en su vagina hacía lo propio la mano de Ama Fina, creo que entera. Sentía ahora el movimiento de esos nudillos, contribuyendo a la fricción, en verdad diabólica y a la vez placentero. Este diferente modo de una “doble penetración” provocó nuevo éxtasis en mi ex-mujer, acaso más sordo, como si un peso aplastara su deseo de manifestar un profundo, atávico, goce genésico.
Ciertamente, a esas alturas Beatriz estaba rota, agotada. Le costó salir de esa postura pese a la ayuda de la dominatrix. Fue ésta la que decidió cómo me correría. Colocó a mi ex-mujer tumbada y con la cabeza colgando fuera del catre. Yo de pie. Acercó mi pene a su boca y ella comenzó a besarlo y succionarlo, lo mismo que el escroto y el periné, hasta la entrada del culo, agarrada con sus manos a mis caderas para poder sostener esa posición un tanto forzada. Mi disfrute iba en aumento, cuando sentí las manos de Ama Fina acariciando mis testículos con esa suavidad que había visto en los vídeos. Mi glande no retrocedía apenas en la boca de Beatriz, y me lo imaginaba prácticamente a la altura del istmo de las fauces. Comencé a eyacular, y bien seguro estoy que el primer chorro debió golpear la pared posterior de aquella faringe, sin que ella aún así apenas emitiera un pequeño gemido, tragando todo sin pestañear.
Me tumbé derrengado, mientras mi ex-mujer se abalanzaba a limpiar mis genitales con su lengua y labios, ese “minuto de oro” que es capaz de llevar al cielo a cualquier hombre que lo sea de verdad.
Ama Fina me pidió que me pusiera la ropa y la acompañara a su despacho, dejando a Beatriz que descansara y también se fuera vistiendo. Las palabras que me dijo no fueron tranquilizantes, precisamente. Lo puedo resumir así: Beatriz estaba ya “muy trabajada”, tenía un nivel medio-alto de sumisión, mantener (no ya superar) eso implicaba bastante empeño. Era multi-orgásmica, y eso le confería la capacidad de alcanzar el máximo nivel en sexualidad. Había notado que tenía sutiles marcas de una flagelación reciente en la espalda y los glúteos (yo soy un desastre, no me fijo en los detalles, parece ser que lo hacen sin que quede huella permanente). Abría que hacerlo también, aunque a Beatriz no le gustara, para imponernos, pero los otros lo notarían enseguida. Entendía que ella me adoraba, porque ser “infiel”, más aún abandonar a unos amos exigentes no era algo ni común ni sencillo. También había advertido que yo amaba a Beatriz, y me advertía de que podría sufrir bastante, porque el objeto de mi amor sin duda era la esclava sexual de otros, con lo que eso implicaba. Me proponía que, al menos hasta nueva orden, procurara tener una sesión con ella cada mes, como mínimo. Y no me garantizaba nada.
Beatriz se marchó en su propio taxi y yo tomé el mío hacia Atocha. No me sentía en absoluto satisfecho, posiblemente me asaltaban más incertidumbres que antes, aún, y encima empecé percibir cierta inseguridad en mi mismo. ¿estaba yo capacitado para esta guerra? ¿tenía la madera necesaria?
Llamé a María esa misma noche. Me escuchó y su frase/respuesta cayó como una losa:
— Te lo dije, no será ni fácil ni rápido.
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