El destino les jugó una mala pasada... O NO
La ejecutiva que te niega los papeles en el banco esconde un deseo oscuro que solo un desconocido puede despertar. En la oscuridad de la mazmorra, su autoridad se desmorona y solo queda la necesidad de ser dominada. ¿Estás listo para ver qué hay debajo de su traje impecable?
El regreso del Caribe había dejado en mí una tranquilidad casi total. Sabía que las probabilidades de volver a encontrarme con Oscar y su novia Tatiana eran mínimas; evitaba conscientemente sus territorios para no toparme con mi familia, para la cual aún no estaba preparado. Con las vacaciones todavía sin agotar y el cansancio del viaje, pensaba, mi plan era simple: algo de deporte en el gimnasio de la urba, un baño reparador en la piscina, relajación y pedir comida a GLOVO.
El gimnasio estaba desierto. Era temprano, buscaba soledad. Tras un rato en la elíptica y la bici, me dediqué a la musculación. Llevaba los auriculares puestos, pero sin música, porque una conversación captó mi atención al instante. Madre e hija, las dos acaloradas, sus gestos eran elocuentes. Las conocía de vista, eran dos gotas de agua.
—Pues si no estás a gusto, vete a vivir con tu padre, que ya está bien— dijo la madre con voz cortante.
—No es eso, mamá. Es que estás insoportable desde que echaste a papá. Tenéis que arreglarlo, que ya van para diez meses— replicó la hija, mientras la madre subía el tono y ella le pedía que lo bajara.
—Pues lo mismo que tú, hija mía. Que nos hace falta un buen polvo, un buen pollazo en toda regla y tú puedes andar llorando por las esquinas por haberlo dejado con tu novio, pero yo, en el momento que se me cruce el adecuado, me voy a quitar las telarañas— sentenció la madre.
La hija se enfureció. Se lanzó a pedalear en la bicicleta con una furia desesperada, y el movimiento majestuoso de su culo me hipnotizó. La madre la imitó, y esos dos traseros, uno joven y firme, otro maduro y experimentado, me tenían en trance. Calculé que la hija no tendría más de dieciséis años, muy desarrollados para su edad, y la madre rondaría los treinta y cinco. Debieron de tenerla muy joven.
Acabamos enrollándonos en la conversación. Supe que la hija había cumplido dieciocho recientemente y que la madre, aunque la hija lo negaba, estaba divorciada. Nos separamos y me fui a la piscina. Ni media hora después, aparecieron las dos. Desde el primer momento noté el juego de la madre, haciendo de celestina, algo que claramente molestaba a la hija. Cualquiera de las dos estaba para comérsela, y vistas en bikini, mucho más. Pero si solo tuviera una oportunidad, me quedaría con la madre sin dudarlo. Las dos se llamaban igual, pero para simplificar, a la madre la llamaría Carmen y a la hija Lucía.
Estaba completamente relajado en mi tumbona cuando se sentaron en las justo al lado de la mía. Lucía se enfrasco en su móvil, perdida en su mundo. Carmen, en cambio, no me dio respiro. Empezó a soltarme el rollo sobre las maravillas de su hija y lo mal que lo había hecho su novio: un vago sin estudios, un obseso de los juegos de rol y la realidad virtual. La conversación derivó, como era de esperar, hacia terreno más personal. Carmen, con una confianza que se iba forjando, me preguntó qué tipo de mujer me gustaba.
—No tengo un tipo predeterminado— respondí, mirándola a los ojos. —Pero ahora mismo te podría decir que una mujer morena, con ojos castaños, ni muy alta ni muy baja, de pecho generoso, buenas caderas donde agarrarse, un culo con potencial para sujetarlo bien con las dos manos, y una boca con labios carnosos que sepa qué hacer con ellos...—
Era la descripción exacta de ellas dos. Carmen sonrió con complicidad, pensando que hablaba de su hija. Pero yo no había terminado. —...Y que sea madurita, de más de 35 años, que sea atrevida y que le guste el sexo con locura. Que no sea mojigata—. El rostro de Carmen se sonrojó. Se quedó callada un instante, hasta que dijo que se había dejado un fuego encendido y se marchó. Lo hizo removiendo ese culo con una maestría que las jovencitas intentan imitar, pero nunca alcanzan.
Mandé mensajes a varios contactos para avisar de que estaba de vuelta. Pronto sonó mi móvil. Era Mateito. —¿Oye, tío, vamos a otro club de parejas?— me propuso. —Paso, Mateo. Ya hemos ido a varios y fue un fracaso total. No porque no pudiéramos follar, sino porque los sitios dejan mucho que desear, tanto el personal como los clientes. Sabes que soy un poco escrupuloso—. Pero Mateito es un buen comercial, y no está en su puesto por casualidad. Consiguió, no sé cómo, que nos dieran pase libre en un club donde los sábados solían vetar la entrada a chicos solteros, a menos que fueran muy exclusivos.
Me arreglé al máximo y me fui con Mateito al club. Para mí era temprano, pero todo tenía su motivo, algo que descubriría al llegar. El local aún no estaba abierto al público. Al entrar, nos recibió Peter, que debía de ser el dueño. Me miró de arriba abajo. Luego llegó Regina, que hizo lo mismo, pero ella no se quedó callada. —Joder, Mateo, sí que has elegido bien a tu amigo. Alto, fuerte, musculoso y con esa mirada... orgasmo asegurado. ¿Te ha explicado todo, Mateo?.— Mateo asintió con un gesto vago. Regina me agarró de la mano.
—Ven conmigo.— Mientras recorríamos las dos plantas, me lo fue enseñando todo. —Como verás, hay dos barras. Aquí no solo te refrescas, es el punto de partida y un buen lugar para observar. Esta es la zona exclusiva para parejas. Hay varias habitaciones con jacuzzi. Aquí, el cuarto oscuro. Al lado, el pasillo francés: si tienes buen rabo, en cuanto te vean por el agujero, tendrás cola. Eso es la sala sado, la mazmorra. Más allá, la pista de baile, la barra de striptease, la big bed room, que es una pasada, y varias habitaciones comunes.
El olor era increíble, y con las luces normales encendidas, se veía que todo estaba impecablemente limpio. Me indicaron dónde podía estar y que no molestara a menos que me lo pidieran. La gente que iba llegando eran claramente clientes habituales por el trato que recibían y cómo se movían. Todas las mujeres llegaban cubiertas, que se quitaban al entrar para quedar vestidas de una forma provocadora que, seguro, nunca usarían en la calle.
Cerca de las once y media de la noche, entró una nueva pareja. El bullicio aumentó. La mujer se quedó con una minifalda tan corta que con un simple estornudo se le vería el origen del mundo. Saludó a Regina con familiaridad, y su pareja lo hizo efusivamente con dos hombres más. La luz tenue no me permitía verla bien desde donde estaba, pero cuando se acercaron a la barra, no quedaba ninguna duda: era Gloria, una ejecutiva del banco donde tengo mi cuenta. No sé exactamente su cargo, pero es la que tiene paralizada una solicitud mía para un piso. La tenía catalogada en mi ranking personal como "súper buena e inaccesible".
Gloria: 1,75 m, ojos verdes claros, 61 kg, 90/95 de pecho, pelo largo y rubio, entre 38 y 42 años, culo levantado y respingado, brazos siempre desnudos para mostrar lo fuertes y musculosos que son. Siempre que la veía en su despacho, me había imaginado dándole una buena zurra y follándomela por lo estirada y autoritaria que parecía. Mi problema en ese momento era tener que pasar junto a ella para saludar.
Justo entonces, otra mujer se acercó y se fundió en un morreo apasionado con ella. Mientras otro hombre hablaba tranquilamente con la pareja de Gloria. Supuse que lo que buscaban era que sus mujeres exploraran ese otro lado del sexo mientras ellos eran meros espectadores. El hombre de Gloria, un poco más alto que ella, bastante delgado y con un aire de superioridad similar al de ella, hablaba con Peter. Este hizo una señal a Regina, que se acercó y conversó un momento con él. Regina sonrió y miró hacia donde estábamos, bueno, hacia donde estaba yo, porque Mateito ya se había ido a sacar su polla por uno de los agujeros del pasillo francés.
Vi que Regina se acercaba con el hombre, Gloria se había quedado sentada en la barra bebiendo algo. Regina me presentó. —Diego, te presento a mi amigo Alex.— Nos dimos la mano. Yo apreté con fuerza, la de él fue blanda, casi huidiza. No me dejó ni empezar a decir nada. —¿Qué te parece un lugar como este y los que venimos aquí?— preguntó de sopetón.
La respuesta me salió sola. —Pues que todos de una manera u otra venimos a lo mismo... A buscar placer y excitación. A trasgredir la moral de turno, a satisfacer necesidades y fantasías, a romper con la monotonía...— Se rio, un poco complacido. —Eres muy joven, pero con las ideas muy claras. Me has caído bien. Ahora las preguntas personales, y quiero que seas sincero, que las mentiras se notan. A mi esposa le gustan que tengan como dieciocho centímetros, que no sean vergonzosos y que tengan alguna otra cosa... por eso quiero que me cuentes de ti, para no andarme con rodeos.— Sentí que el momento era mío. Llevaba una toalla atada a la cintura, como casi todos los hombres. Esto facilitaría las cosas. Además, por lo que había visto de su mujer, intuía el rol que jugaba y no tenía nada que perder.
—Pues no va a poder ser— dije con toda la seriedad que pude, esperando su reacción. Efectivamente, se quedó extrañado. —¿Y eso por qué?— Me deshice el nudo de la toalla y la dejé caer a un lado, dejando mi polla al aire, ya medio erecta por la tensión del ambiente. —Porque si tu mujer es la rubia espectacular que está sola en la barra, decirte que está para comérsela. Pero no voy a cortarme seis o siete centímetros de polla solo para estar con ella.—Se echó a reír a carcajadas, una risa franca y desaforada. Miró mi miembro y soltó un "GUAU" gutural. Yo continué, subiendo la apuesta.
—Y viendo a tu mujer, que la llevo un rato mirando, creo que antes de follármela bien habría que meterla en vereda. Tiene toda la pinta de controlarte, de darte órdenes... Y a mí me gustan las mujeres dóciles cuando las tengo en la cama.— Se quedó boquiabierto. La risa se le había helado en la cara. —Has acertado en todo. Va a ser un encuentro muy satisfactorio, seguro. Dos cosas: siempre con condón. Y otra, a ella le gusta el sexo MUY DURO.— —¿Y el anal?— pregunté, directamente.
Se rio, esta vez con un matiz de complicación. —En eso es muy especial. Es muy, pero que muy difícil que se deje. Pero te juro que me pondría mucho que lo intentaras y la revientes. Ya tenía la información que necesitaba. Era mi turno de poner las condiciones. —Llévala a la mazmorra. Tápale los ojos y átala a la cruz de San Andrés. Yo voy para allá en un minuto. Y dile a Peter o a Regina que me dejen pasar sin problemas.—
—Hecho— asintió Diego, con un brillo de desafío en los ojos.
Mientras me dirigía hacia la mazmorra, Regina me interceptó con una mano llena de condones. —Por si acaso, campeón.— Le tuve que parar los pies. —Tienen que ser XL, cariño.— Se le abrieron los ojos como platos. —Joder con el amigo de Mateo, contigo todo se pone mejor y más grande— dijo, y me dio un puñado de los que yo necesitaba. Al llegar a la mazmorra, la escena era perfecta. Gloria estaba allí, de espaldas a mí, atada con muñequeras de cuero a la cruz de madera en forma de X. Llevaba una venda en los ojos y su cuerpo vibraba de una anticipación casi palpable. Se le notaba en la respiración entrecortada, en cómo se mordía el labio inferior.
Me acerqué despacio, sin hacer ruido. El único sonido era el de mis pies descalzos sobre el suelo de goma y el jadeo ahogado de ella. La rodeé, quedándome frente a frente. Su pecho se elevaba y bajaba rápidamente, los pezones ya duros y erizados bajo la lencería fina que llevaba puesta. Le pasé la yema de los dedos por el brazo, desde la muñeca hasta el hombro. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—¿Quién... quién está ahí?— preguntó, con la voz ronca por el deseo.
No respondí. En lugar de eso, me agaché y le tracé una línea con la lengua desde su ombligo hasta el nacimiento de sus pechos. Ella arqueó la espalda, un gemido escapó de su garganta.
—Mmmmm... por favor...— La cogí por la nuca, con fuerza, y la besé. Fue un beso brutal, hambriento, donde le mordí el labio inferior hasta casi hacerle sangre. Respondió con la misma ferocidad, devolviéndome el beso con una urgencia que delataba cuánto tiempo llevaba esperando algo así. La solté, dejándola jadeando. —Te van a gustar las reglas de esta noche, Gloria—susurré junto a su oreja.— Porque esta noche, yo mando. Y voy a duchar tu cuerpo con mi leche hasta que te ahogues en ella. Sus piernas temblaron visiblemente al oír mis palabras. La venda negra sobre sus ojos parecía amplificar cada uno de sus otros sentidos; cada roce, cada sonido, cada suspiro mío era una descarga eléctrica en su piel. Me aparté un paso, solo para observarla. Inmóvil, ofrecida, un monumento a la lujuria esperando ser profanado.
—¿Gloria?— dije, con voz baja y autoritaria. —A partir de ahora, no te llamas Gloria. Eres mi zorra. Mi sumisa. ¿Lo entiendes?—
Asintió con la cabeza, un gesto torpe y frenético.
—No. Con palabras. Dímelo.
—S-sí... soy tu zorra— balbuceó, la voz quebrada por la excitación.
—Bien. A partir de ahora, solo hablarás cuando te lo permita. Y solo para suplicar.
Me arrodillé frente a ella. Sin previo aviso, le aparté el tirante del liguero con los dientes y le clavé la lengua en la piel sensible de su entrepierna, justo por encima del borde de la lencería de encaje. Ella gritó, un grito agudo y ahogado que se convirtió en un gemido prolongado. Su cuerpo se tensó por completo, los músculos de los muslos endureciéndose como la piedra. La mantuve ahí, lamiéndola lentamente, saboreando el sabor de su piel y el rastro de su excitación, que ya comenzaba a empapar el delicado tejido.
—Por favor... te lo ruego...— suplicó, rompiendo mi primera regla.
Me levanté de golpe y le di una bofetada en el culo, no muy fuerte, pero suficiente para dejar una marca roja y hacerla chillar de sorpresa y dolor.
—¿Te he dicho que hables?— pregunté, mi voz un susurro helado. —Parece que necesitas una lección.—
Fui hasta la pared donde colgaban una serie de juguetes. Cogí un látigo de varias tiras de cuero. Volví a su lado, dejando que las tiras rozaran su espalda, bajando lentamente hasta sus nalgas. Ella contuvo la respiración, todo su cuerpo en tensión.
¡ZAS!
El primer golpe cayó en su culo izquierdo. Ella se estremeció, mordiendo su propio labio para no gritar.
¡ZAS!
El segundo, en el derecho, a la misma altura. Una línea roja perfecta apareció en su piel pálida.
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!
Tres golpes rápidos y certeros, esta vez más bajos, donde el muslo se une con el glúteo. Sus piernas cedieron por un instante, sostenida solo por las ataduras de sus muñecas. Un sollozo escapó de su garganta, mezcla de dolor y un placer tan intenso que casi era insoportable.
—Ahora vas a pedir perdón por haber hablado sin permiso— ordené, acercándome y pasando mi mano por la piel enrojecida y ardiente de su culo.
—Lo siento... lo siento, amo... por favor... perdóname...— sollozó, completamente rendida.
La recompensa fue inmediata. Deslicé mi mano entre sus piernas y aparté el trozo de encaje mojado que me impedía el acceso. Mi dedo encontró su clítoris, duro y latiendo. Se sobresaltó como si le hubiera pasado una corriente eléctrica. —Esto es lo que se gana una buena zorra— dije mientras comenzaba a frotarle, despacio, con movimientos circulares y precisos. —Esto es lo que te espera si obedeces.—
La masturbé así durante varios minutos, llevándola al borde del orgasmo una y otra vez, solo para frenar justo cuando sentía que estaba a punto de explotar. Su cuerpo era un arco tenso, un instrumento de música que yo afinaba y tocaba a mi antojo. Sus gemidos eran ahora incesantes, un ronroneo animal de pura necesidad.
—Por favor... déjame correrme... te lo ruego...— suplicó, las lágrimas de frustración mojando la venda.
—Todavía no— dije, retirando mi mano y dejándola suspendida en el vacío.
Abrí uno de los condones y me lo coloqué con una lentitud teatral que ella no podía ver, pero que podía intuir en el silencio de la habitación. Me coloqué detrás de ella. Agarré mi polla, ya dura y pesada, y la pasé por su entrepierna, mojándola con sus propios fluidos. Ella se movió instintivamente, intentando atraparme, introducirme.
—Ah, ah, ah— dije, apartándome con una sonrisa. —Paciencia—
Con una mano, la sujeté firmemente por la cadera. Con la otra, guíe la cabeza de mi polla hasta la entrada de su coño, que palpitaba de deseo. Me quedé ahí, un instante, sintiendo el calor que desprendía. —Ahora vas a gritar mi nombre— susurré. —Y vas a pedir que te folle como la perra que eres—
Y sin más preámbulos, me hundí en ella de un solo golpe, profundo y brutal, hasta el fondo. El grito que escapó de su garganta no era de dolor, sino de pura y absoluta rendición. Era el sonido de una presa que finalmente es atrapada por el depredador que ha estado anhelando. Su cuerpo, ya tenso por la anticipación, se convirtió en un arco perfecto, y sus pies se levantaron del suelo, pendiendo de las muñecas atadas mientras la absorbía.
No le di tiempo a adaptarse. Comencé a follarla con la ferocidad que me había pedido Diego, con la que su cuerpo me pedía a gritos sin emitir una sola palabra. Cada embestida era un martillazo, un golpe seco y profundo que la hacía deslizarse hacia arriba sobre la cruz de madera. Mis manos se hundieron en la carne de su culo, usándola como ancla para tirar de ella hacia mí, para encontrarla cada vez más hondo.
—¡DIOS! ¡SÍ! ¡ASÍ! ¡MÁS DURO!— gritaba, rompiendo todas las reglas que le había impuesto, pero en ese momento, su desobediencia era el mayor de los halagos. La mazmorra se llenó con el sonido de nuestros cuerpos chocando, un golpe rítmico y húmedo, y los gemidos incontrolables de ella. La tenía a mi merced, la ejecutiva del banco, la mujer inaccesible, reducida a un saco de nervios y piel que solo pedía ser follada sin compasión.
—¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta como te la meto?— rugí entre dientes, inclinándome para morderle el hombro, dejándole la marca de mis dientes en su piel. —¡SÍ! ¡SÍ! ¡SOY TU ZORRA! ¡SOY TUYA!— gritó, su voz un eco desgarrado en la habitación.
Noté cómo sus piernas comenzaban a temblar de forma incontrolable. Su respiración se cortó en un jadeo agudo y su coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla, aprisionándola con una fuerza increíble. El orgasmo la recorrió como una ola arrolladora, una convulsión total que la hizo sacudirse contra las ataduras. Gritó una palabra que sonó como mi nombre, o quizás solo un sonido gutural, mientras el éxtasis la destrozaba por dentro.
Pero yo no había terminado. Ni mucho menos. Apenas terminó de temblar, me saqué de ella con un movimiento brusco. Ella gimió, sintiendo el vacío repentino. La desaté de la cruz. Sus piernas no la sostuvieron y se desplomó en el suelo, un montón de piel sudada y jadeante.
—Acabamos de empezar— dije, agarrándola pelo y obligándola a levantarse sobre sus manos y rodillas—. Ahora te vas a poner a cuatro patas como la perra que eres. Obedeció sin resistencia, moviéndose como una autómata. Se quedó en el suelo, con el culo en el aire, ofrecido, la venda todavía húmeda por sus lágrimas de placer. Me arrodillé detrás de ella y, sin previo aviso, volví a introducirme en ella de un solo golpe.
Esta vez, el grito fue de pura sorpresa y placer renovado. La agarré de la cadera y empecé a darle otra vez, sin piedad, viendo cómo mi polla desaparecía una y otra vez en ese coño enrojecido y húmedo. Sus nalgas temblaban con cada embestida, y el sonido de mis testiculos golpeando contra su piel se sumaba a la sinfonía de lujuria de la habitación.
Fue entonces cuando vi a Diego. Estaba de pie en el umbral de la puerta, observándonos. Se había quitado la toalla y se estaba masturbando lentamente, con una sonrisa de triunfo y pura felicidad en el rostro. Nuestra mirada se cruzó. Me hizo un gesto con la cabeza, una señal de aprobación y permiso.
Esa era la señal que esperaba.
Seguí follándola, pero ahora mi atención se dividió. Con una mano la seguía sujetando, y con la otra, humedecí mi dedo pulgar en los jugos que corrían por sus muslos. Se lo pasé por su ano, rozándolo lentamente, una pregunta tácita. Ella se tensó por un instante, un gemido de duda mezclado con curiosidad. Pero no se apartó. Al contrario, empujó ligeramente hacia atrás, una invitación silenciosa.
—¿Lo has intentado alguna vez?— le susurré al oído, sin dejar de moverme dentro de ella. Afirmo con la cabeza, la cara todavía pegada al suelo. —Pero solo ha sido la puntita y nada igual de grande que lo que tú tienes, ni por equivocación— añadió. —Pues vas a aprender hoy— dije.
Y mientras Diego observaba, excitado, comencé a prepararla para la lección final. Mientras mi pulgar exploraba el anillo apretado de su ano, noté un movimiento de su cabeza. Intentaba frotarse contra el suelo, desesperada por quitarse la venda, por ver al hombre que la estaba desmontando pieza por pieza. Quien la estaba domando de verdad.
—¡No!— ordené, agarrándola por el pelo y obligándola a mantener la cara pegada al suelo frío de la mazmorra—. No te la quitas. A ti no te toca ver. A ti te toca sentir. Ese acto de sumisión total fue la gota que colmó el vaso para Diego. Su marido. El hombre que la observaba desde el umbral se irguió, una sonrisa de lobo dibujándose en su rostro. Se acercó, caminando despacio, y se arrodilló junto a la cara de ella. Se la acercó mucho, casi rozándola con sus labios.
—¿Lo ves, perra?— le siseó, su voz cargada de un desprecio que se mezclaba con una lujuria absoluta. —Mira cómo te comportas. Como una puta barata. Una zorra en celo. Nunca te había visto así, Gloria. Nunca.—
Ella se estremeció, pero no por mis manos. Fue por sus palabras. El insulto de su marido la encendió de una forma que mi polla no había conseguido. Levantó la cabeza lo que pudo, la venda todavía en su sitio.
—¡Cállate!— le escupió en la cara, su voz ya no era la de una sumisa, era la de una reina desafiante. —¡Tú cállate, mamarracho!—
Diego se rio, un sonido ronco y excitado. La golpeó en la mejilla, no con fuerza, sino con la autoridad de un amo que pone a su sitio a su propiedad. —¡Te he dicho que te calles, puta! ¡Ahora no eres la directora del banco! ¡Ahora eres un agujero caliente que está siendo usado! ¡Una perra a la que le gusta que la traten como lo que es!—
Pero algo se había roto en Gloria. La sumisión había encontrado su límite, y ese límite era él. Se irguió sobre sus brazos, con mi polla todavía enterrada en su coño, y se giró hacia donde estaba su voz.
—¡¿PUTA?!— gritó, con una furia que me hizo parar un instante, asombrado. —¡¿YO?! ¡¿Quién es el que me pedía por las noches que le contara cómo me follaba a mi jefe en el despacho?! ¡¿Quién es el que se venía debajo de mí mientras le describía cómo el portero del edificio me daba por el culo en el ascensor?! ¡¿Quién es el que lloriqueaba como un niño cuando le dije que el gerente de ventas y yo nos habíamos follado en el coche durante la convención de Sevilla?!—
Diego se quedó mudo, con la boca abierta. Sus ojos reflejaban un shock puro, mezclado con un terror y una excitación que no podía controlar. Nunca la había oído hablar así. Nunca. Pero Gloria no había terminado. Volvió su cabeza, ciega, hacia mí, hacia el sonido de mi respiración. Su tono cambió de nuevo. La furia se transformó en adulación pura.
—Y a ti, amo... a ti te doy las gracias— dijo, su voz ahora un murmullo reverente, lleno de devoción. —Gracias por encontrarme. Gracias por hacerme lo que él nunca ha podido hacer. Gracias por tratarme como lo que soy y por darme lo que necesito. Gracias por ser un verdadero toro y gracias por entender mi cuerpo.— Se giró de nuevo hacia su marido, y en su voz había ahora un desprecio absoluto, la frialdad de una verdadera dominante.
—¿Lo oyes, imbécil? Él es un TORO. Tú... tú solo eres el que limpia el establo. Ahora cállate y mira cómo se folla a tu mujer. Y aprende.—
La escena era electrizante. La dinámica se había invertido por completo. La sumisa se había convertido en la ama, y el amo, en un espectador humillado y excitado. Yo era solo el instrumento, el toro que ella había invocado.
Y un toro cumple su función. Con un rugido que salió de lo más profundo de mi garganta, la agarré con ambas manos de las caderas y reanudé la embestida, con una fuerza y una velocidad nuevas, decidido a reivindicar el título que ella misma me había concedido, decidido a darle un espectáculo que su marido jamás olvidaría. La embestida fue brutal, un terremoto que sacudió su cuerpo hasta los cimientos. Cada golpe mi polla contra el fondo de su coño era un trueno que ahogaba cualquier otro sonido en la habitación. Ya no follaba, la estaba demoliendo, la estaba marcando a fuego por dentro.
—¡SÍ! ¡JÓDEME! ¡DEMUELEME!— gritaba, sin importarle quién la oyera. —¡UTILIZAME! ¡MI COÑO ES SOLO PARA TU RABO!— Diego, arrodillado a su lado, estaba completamente hipnotizado. Su propia polla, dura y temblorosa, parecía insignificante, un juguete ridículo comparado con la herramienta que estaba destrozando a su esposa. Se la había sacado y la apretaba con fuerza, sin atreverse a moverse, como si el más mínimo gesto pudiera romper el hechizo.
—¿Lo ves?— le susurré a Diego, sin dejar de moverme, un ritmo infernal y constante. —¿Lo ves cómo necesita un POLLÓN de verdad? ¿Lo ves cómo grita?— Gloria giró la cabeza ciega hacia él, con la boca abierta y la saliva cayéndole por la barbilla. —¡MÍRALO!— le ordenó a su marido. —¡MÍRALO BIEN! ¡ESTO ES UN HOMBRE! ¡NO UN NIÑITO LLORÓN COMO TÚ! ¡ÉL ME LLENA! ¡ÉL ME ROMPE! ¡TÚ NI SIQUIERA TOCAS LAS PUERTAS!—
La humillación era total, y para ella, era el mayor de los afrodisíacos. Su coño se contrajo de nuevo, un espasmo violento que me obligó a detenerme un segundo para no correrme de inmediato. La sensación era increíble, sus paredes interiores succionándome, intentando atraparme, retenerme dentro para siempre.
—Por favor...— suplicó, su voz rota. —Por favor, amo... necesito tu móvil—.
Me detuve en seco. La petición me pilló por sorpresa. Diego la miró, confundido. —¿Qué dices, zorra?— preguntó él, con una mezcla de celos y curiosidad. Eso es romper nuestras normas.
—¡CALLATE, TÚ!— le espetó ella. —¡A ÉL, LE HABLO YO!— Volvió su rostro hacia mí, la venda manchada de lágrimas y maquillaje. —Por favor... dame tu número. Necesito... necesito que me vuelvas a follar así. Necesito que lo vuelvas a hacer. Cada día. Prometo ser tu perra. Prometo chupártelo donde quieras, cuando quieras. Prometo dejarme hacer de todo. Por favor... dame tu móvil—.
La idea era tan perversa, tan excitantemente transgresora, que mi polla latió con fuerza dentro de ella. Le di una bofetada en el culo, haciendo que chillara. —Ya lo pensaré, perra— dije, y reanudé el castigo, esta vez con más fuerza si cabe. La respuesta de Gloria fue un torrente incesante de palabras sucias y agradecidas, un mantra de lujuria dirigido a mí y a su marido humillado.
—¡GRACIAS! DIEGO ¡GRACIAS POR HABERME ENCONTRADO! ¡POR FIN! ¡POR FIN UN TORO SEMENTAL! ¡UN RABO DE VERDAD! ¡Llevaba años esperando algo así! ¡Años follando con un muñeco de goma! ¡Un imbécil que se corre en dos minutos! ¡Tú... tú me estás haciendo tuya! ¡Estás marcándome por dentro! ¡Quiero sentirme así toda la vida! ¡GRACIAS, AMO!—
Diego, superando su shock, se envalentonó. Se acercó más y le tiró del pelo, obligándola a mantener la cabeza levantada. —¡DÍSELO MÁS FUERTE, PUTA!— gritó él, su voz temblorosa de excitación. —¡GRÍTALO! ¡GRÍTALE QUE ERES SU PUTA Y QUE SOLO ÉL TE FOLLA!—
Gloria obedeció, su cuerpo un látigo de placer y dolor con cada una de mis embestidas. —¡SOY TU PUTA! ¡SOLO TUYA! ¡FOLLAME, SEMENTAL! ¡DÉJAME PREÑADA CON TU LECHE! ¡QUIERO TU LECHE DENTRO!—
La escena era un caos perfecto de sudor, piel y lujuria desenfrenada. El matrimonio, roto y reconfigurado en un nuevo orden de sumisión y dominación, giraba en torno a mí, al toro que habían invocado. Sentí que mi propio control empezaba a flaquear. El ritmo se hizo más errático, la respiración más profunda. Estaba a punto de explotar.
—¡Voy a CORRERME!—rugí, agarrándola de las caderas con una fuerza que la haría sangrar. —¡VOY A LLENARTE, ZORRA!—
—¡SÍ! ¡DENTRO! ¡TODO DENTRO! ¡NO TE QUITES! ¡QUE TE SIENTA MI MARIDO! ¡QUE APRENDA DE UNA VEZ!—
Con un último rugido, me hundí en ella hasta el fondo y me quedé inmóvil. Mi polla se disparó, una y otra vez, inundándola con mi semen caliente, un torrente que parecía no tener fin. Sentí cómo sus piernas fallaban por completo, cómo su cuerpo se rendía al éxtasis final, temblando incontrolablemente sobre el suelo de la mazmorra.
Me quedé dentro de ella hasta que el último espasmo cesó. Nos quedamos así un momento, los tres, en un silencio denso y eléctrico, únicamente roto por los jadeos agotados de Gloria y el sonido de Diego, que finalmente se había corrido sobre el suelo, sin siquiera tocarse, solo por la pura y absoluta perversidad de la escena que acababa de presenciar.
Me saqué despacio, mi polla aún semi erecta y brillante. Gloria se desplomó por completo, un montón de carne satisfecha y vencida. Diego se acercó a ella, se arrodilló y le besó los pies, un acto de sumisa devoción hacia la mujer que, paradójicamente, acababa de ser completamente dominada por otro hombre.
Gloria, con la venda todavía puesta, levantó la cabeza y sonrió. Una sonrisa cansada, pero triunfal. Y susurró, para sí misma y para todos nosotros:
—Por fin...—
Antes de que pudiera mover una mano para quitarse la venda, yo ya no estaba. Me deslicé fuera de ella con la misma brutalidad con la que había entrado, me quité el condón lleno de mi semen y, con un movimiento seco y certero, lo tiré a una papelera de metal en la esquina. El sonido del látex golpeando el fondo fue el último sonido que hice en esa mazmorra.
Supongo que Gloria, todavía ciega y temblando, intentaría reaccionar, recomponerse y Diego permanecía arrodillado en su propia humillación o la estaría ayudando, yo era una sombra que se disolvía en la penumbra del pasillo. Cuando sus sentidos volvieron a la realidad y ella se quitará la venda para encontrar un cuarto vacío, salvo por su marido y el condón usado como testimonio de mi paso, yo ya estaba en la barra, bebiendo un trago de agua como si nada y me marché.
Me quedé en los aledaños del club, observando el espectáculo desde la distancia, una serenidad post-coital recorriéndome. No tardó en llegar mi amigo. Mateito apareció por una de las salidas, con una sonrisa tonta de oreja a oreja y el pelo despeinado. Me encontró y me dio un abrazo.
—¡Joder, tío, dónde te has metido! ¡Te he estado buscando!— me dijo, dándome unas palmadas en la espalda. —Regina está alucinando. Dice que ha estado hablando con Diego y que no paran de preguntar por ti. Dicen que eres un animal, que no habían visto nunca a Gloria así. Y lo mejor... le han preguntado a Regina si tenía tu móvil. ¡Se te han quedao las ganas, colega!—
Me rio. Por supuesto que Mateito no se lo había dado. Él sabía cómo se movía el juego. —No se lo diste, ¿verdad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. —Ni de coña, tío. Eso es tuyo. Tú te encargas de tus royos— dijo, guiñándome un ojo. —Pero te lo digo, esa mujer está enganchada. Y el marido también. Van a querer repetir—.
Dos días después, el sol de la mañana entraba por los grandes ventanales del banco. Estaba allí para un trámite, una excusa. Y allí estaba ella. A través del cristal de su despacho, la vi. Gloria. Sentada en su silla de directiva, con su traje impecable, el pelo recogido en un moño severo, las gafas en la punta de la nariz. Parecía la misma mujer inaccesible de siempre, pero yo sabía el secreto que se escondía bajo esa armadura de poder. Sabía el sabor de su piel, el sonido de sus gemidos, la forma en que su cuerpo se rendía.
Y una idea, una idea perversa y brillante, se encendió en mi mente.
Entre por la puerta de la sucursal y saque un número de los que hay sin cita. Me senté y en cuanto vi que la que controla la situación de los clientes, saludaba a un matrimonio mayor, me levanté y me dirigí hacia el despacho de Gloria que me miro como siempre con desdén y superioridad.
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