Larga batalla por una esposa. 13
Descubrí que mi exesposa no era libre. Ahora, con la ayuda de una confidencia, debo infiltrarme en su mundo de sumisión y dolor para intentar sacarla de las garras de quienes la controlan, antes de que sea demasiado tarde.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 13.
Llamé a María, esa misma noche. Estuve al teléfono una hora larga, hasta que me advirtió de lo tarde que era, emplazándome a quedar el siguiente sábado, que ella bajaría a Madrid. Creí que me daba largas y que se mantenía esquiva ante mis preguntas. No obstante también era consciente de la ansiedad que enturbiaba mis entendederas, deseaba con vehemencia saber cómo era la vida de Beatriz ahora, qué pasaba exactamente.
El encuentro fue en el restaurante Merçi, cerca de Tribunal Supremo, un lugar donde se podía hablar sin oídos indiscretos. Esta mujer, de aspecto extraño, como suelen parecerme a mi las lesbianas, tenía/tiene una personalidad fuerte, algo también común a este grupo. Y una perspicacia no menos notable. Parecía ser consciente de mi recién reiniciada necesidad de discernir, y de que sólo ella podría cubrirla. Tuve, por ende, que plegarme a sus tiempos y modos.
Lo primero que me advirtió es que a Beatriz le tenían el móvil controlado, mejor que yo no intentara esa vía directa. Lo cierto es que ni siquiera tenía su número, porque lo había cambiado tras el divorcio y en nuestro encuentro no tuve ocasión de pedírselo. Tal vez ni me lo habría dado, sabiendo esto. Explicó que ella misma era uno de los pocos contactos que la permitían, seguramente porque no atisbaban peligro. Aún así, la norma era hablar entre ellas siempre por WhatsApp, para evitar que pudieran escuchar. Después me fue desglosando, con habilidad y en buen orden, los datos que me permitirían conocer a lo que me enfrentaba, la (enigmática) realidad de mi ex-mujer.
Prácticamente siempre estaba con ellos, en el trabajo y en casa. Apenas salía sola, salvo cuando visitaba a sus hijos, sobre todo a la chica, que vivía/vive en Madrid. Para ello tomaban un hotel, pasaban el fin de semana y la dejaban ir durante unas horas. Me recalcó que el día que estuvo conmigo llegó más tarde de lo que se suponía debía hacerlo y que se habían enojado. Como recordando que debía a la sazón informarme de algo esencial, María se detuvo un momento en la charla y mirándome directamente, con expresión muy seria, me dijo:
— Debes saber que Beatriz supera una relación de sumisión sexual… en realidad es sado-masoquismo. ¿Sabes de lo que te hablo?
Asentí con la cabeza y prosiguió
— Beatriz tiene esa debilidad, o tendencia, no sé como llamarlo, muy intensa. Al llegar a Valladolid, esa víbora de Joana la ató a un potro que tienen en el sótano de su chalet y se aplicó un buen rato con ella. La hizo llorar de dolor, pero también disfrutar. No todo el mundo lo entiende, yo sólo desde la teoría, porque no me van esas historias.
Me quedé casi sin respiración, no pude responder. Pero siguió el relato, sin anestesia, diciéndome que, cuando consideraban que no obedecía (mitad juego, mitad realidad), la bajaban a esa especie de mazmorra para someterla a un sin fin de procedimientos humillantes y hasta sufrimiento físico, no en extremo. Incluía golpearla en los senos y las nalgas, alguna vez provocando la aparición de marcas. Todo a cargo de Joana, Rubén solo miraba, a veces ni siquiera estaba, aunque entonces solía ser mucho más intenso.
Apenas acerté a comentar que le había visto los piercings y el tatuaje. Asintió, y me dijo que seguramente entraba en los planes de la pareja marcarla con alguno más. Le pregunté si continuaban haciendo fotos y videos, a lo que contestó afirmativamente.
— Por ahí empezó todo, ese fue el cierre de la trampa, donde la engancharon.
No terminaba de comprender. Empezó entonces a contarme un episodio, supuestamente el primero, pero mi mente analítica se anticipó y le hice partícipe de que tenía en mi poder las grabaciones, hasta la fecha de mi descubrimiento. María me miró incrédula.
— Pero cómo puedes tener tu eso?
No se lo explicité, pero se dio perfecta cuenta que estaban de verdad en mi poder, con “títulos” y fechas. Tajante, como suelen ser estas mujeres de testosterona en sangre, remató el asunto diciéndome:
— Entonces busca la primera y me ahorro trabajo. Yo no lo he visto, claro está, pero Beatriz me lo ha contado muchas veces y se ha lamentado hasta el infiito de ello. Estoy segura que te puede dar la mejor perspectiva sobre el genuino origen de todo este desatino.
Pasado un buen rato, sin haber podido probar bocado de la comida, que debieron retirar casi intacta, María se atrevió a lanzar la pregunta:
—¿Qué vas a hacer?
Antes de que pudiera responder, ella soltó su retahíla final. No lo tendría fácil sacarla de esa relación ultra-tóxica, pero yo era la única esperanza para su amiga. Beatriz todavía no estaba en condiciones de romper con sus amos, por lo que me encarecía que no la forzara a decidir ahora, que fuera haciéndome con ella, como un tigre caza a su presa. Si le admitía el consejo, debía procurar ir despacio, quedar con cautela, que no se dieran cuenta sus amantes, como un terapeuta ante un toxicómano al que se debe separar de los narcotraficantes. Beatriz era un dimante, y esa pareja lo sabía bien, harían cualquier cosa para no perderla. El hito trascendental sería conseguir que Beatriz un día no volviera con ellos, desde alguna cita que tuviéramos. Y después, no dudarlo, que abandonara su trabajo y poner tierra por medio, cuanto más mejor, destruyendo toda pista en el camino.
Terminó recalcándolo:
— No te engañes, es una batalla muy compleja, y no te puedo asegurar que salgas triunfante. Pero sí te aseguro que merecerá la pena intentarlo, porque tengo muy claro que la adoras y que ella te quiere con locura, en el verdadero significado del término, que no es el del mundo de la moralina y los convencionalismos, sino el de una fusión de seres que empuja una química maravillosa, esa que nos hace enamorarnos y querer compartir la vida, en todas sus facetas. Si lo asumes y vences, no dudes que tendrás una mujer perfecta, muy pocas hay como ella, en el hogar y en el sexo, a tu absoluta disposición, sólo pensando en darte gusto y hacerte la existencia muy fácil.
Los camareros ya nos miraban con mala cara, estaban esperando que nos levantáramos para recoger y cerrar. Habíamos pasado más de cuatro horas allí. No hubo copa post-cena. Al despedirnos, me atrevía yo a interpelarla, con el impulso que concede la necesidad:
— ¿María, tú lo harías?
Bostezó una media sonrisa y mientas se giraba para entrar en el hotel expresó, alto y claro:
— Sin duda, el premio es maravilloso.
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