Larga batalla por una esposa. 12
Ella llega con el corazón en la mano y los genitales tatuados. Él llega con la intención de conquistar, pero no imagina que la batalla no será contra ella, sino contra sus propios fantasmas y sus secretos más oscuros.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 12.
Sin llegar a conclusión alguna, únicamente alcancé a decidir que intentaría volver a verla. Más aún, quería estar a solas con Beatriz, en algún lugar donde pudiéramos, si llegaba el caso, tener intimidad. Una idea, de echo, comenzó a dominar mi mente: tener sexo sin límites, ver hasta donde era capaz yo de llegar y, sobre todo, de que ella llegara conmigo. Sentía un temor grande al fracaso, pero se impuso ese espíritu de osadía que alumbra lo que los biólogos llaman “selección competitiva”, heredado del lejano paleolítico, junto al ego. Mi objetivo sería mostrarme potente, dominante, como un guerrero que al contraataque retoma una colina que acaba de capturar el enemigo. Ciertamente daba por descontado cosas que en absoluto estaban claras… Primero, ¿desearía ella tener un encuentro de esa índole conmigo?, y segundo, ¿serviría eso de algo?
Me volví a sentir con el pulso acelerado cuando marqué el número de María. Se lo dije sin ambages, le solicitaba que hablara con Beatriz y propusiera una cita nueva, pero esta vez en un hotel. Me dijo que se lo iba a decir, pero que seguramente tendría que ser en Madrid mismo, porque era sólo durante el tiempo que se encontraba con nuestra hija cuando podría hacerlo. Pasaron algunos días, que se me hicieron eternos, antes de recibir contestación. Sí, lo aceptaba, pero rogaba que fuera por la zona centro, dado que apenas tendría tiempo para desplazarse. Concretamos que sería en el Hotel Miguel Angel, a las 14 horas, dos sábados después.
Con ánimo de cubrir cualquier imprevisto, y obtener lo máximo de mi virilidad, tomé una hora antes la pastilla azul. También una bebida energética. La esperé en el hall de entrada, ya habiendo cogido las llaves de la habitación. Cuando traspasó la puerta principal, de nuevo me maravilló su belleza. Venía con un vestido corto, medias negras y una sonrisa espectacular, luciendo un semblante que se me antojó de ilusión y esperanza. Le di un casto beso en la mejilla, pero la tomé de inmediato de la mano y nos encaminamos hacia el ascensor. Dentro, solos, la tomé de la cintura, la atraje hacia mi y nos fundimos en un beso apasionado, sin mediar palabra. Me sorprendió ver que sollozaba, notaba caer las lágrimas por sus mejillas y mojar también las mías. Salimos dando trombos y buscando afanosos la puerta del que iba a ser nuestro nido de amor, clandestino. La dejé, casi arrancando la vestimenta, en ropa interior, un impactante conjunto azul de encaje clásico.
— Es todo nuevo, lo estreno ahora mismo, lo he comprado esta mañana…
Me lo decía mientras me observaba con una pizca de preocupación.
— Pero debo decirte algo antes de que me hagas el amor, por si te arrepientes y ya no quieres hacerlo..
Se quedó rígida en espera de mi respuesta.
Alarmado, sin comprender, acerté a decir:
— ¡Qué pasa?
Su respuesta volvió a dejarme helado, lo cual erróneamente juzgaba ya algo imposible.
— Llevo piercings en los pezones y en los labios, abajo, y me han hecho un tatuaje, son sus iniciales, encima de la vulva.
¡Santo dios, cómo era posible? La llevé hasta la cama acostándola al borde, con las piernas en el suelo, y extraje su braguita. En efecto, justo en el empeine sobre el monte de Venus estaban una R y una J, enlazadas con un signo “et” (&) y sobre ellas un pequeño corazón y la correspondiente flecha… la vista pasó apenas unos centímetros más abajo y allí estaba, un aro dorado justo encima del clítoris, que parecía tener una inscripción, como si un anillo de boda fuera… le solté el sujetador y también, allí había una barrita similar, aunque los externos brillaban porque probablemente eran diamantes…
La palabra “atónito” no sirve para describir el estado que me embargó en ese momento. La miré directamente a los ojos y su expresión era de auténtico pánico, pero aún así pudo articular palabra: ¡Por favor, cariño, por favor, cariño, por favor cariño… no me abandones, no me dejes sola, por favor, mi vida! Comenzó de nuevo a llorar, como una niña, con un sentimiento que venía de muy hondo, con una intensidad que no se puede simular.
Nunca sabré porqué reaccioné de ese modo. Pero seguramente fue lo mejor que pude hacer. Me arrodillé y comencé a besar sus labios vaginales, muy lentamente, lamiendo el interior de la vagina hasta donde alcanzaba mi lengua. Su reacción fue inmediata, empezó a temblar y suspirar, tensando el cuerpo y estirando los brazos hacia abajo. Seguí, besando y lamiendo, sorbiendo el clítoris con cuidado, sintiendo el metal ciertamente, pero no dejando por ello de hacerlo con todo el esmero posible. No tardó en alcanzar un gran orgasmo. Llegué a notar, por vez primera en mi vida, un aluvión de flujo y la contracción de su periné, mientras dejaba escapar un grito y se doblaba sobre si misma.
Me incorporé y volví a dirigir mis ojos hacia los suyos. Su expresión era indescriptible, podría definirlo como de felicidad y no me equivoco.
— Cariño mío, no te mentiré ni te ocultaré nada jamás, créeme cuando te digo ahora que ellos nunca me han acariciado con su boca el sexo, ni ella ni él.
Tenía en mente muchos videos y, ciertamente, no recordaba que esos déspotas se hubieran “rebajado” a hacerla un cunnilingus. A todo ésto mi erección era poderosa, notaba el grado de tensión y dureza que había alcanzado, que casi me causaba molestia. El prepucio no era capaz de cubrir el glande. Cuando percibió mi siguiente paso, abrió a tope sus piernas y las dobló hacia arriba todo lo que pudo. La agarré por los tobillos y metí mi pene sin prisa, saboreando cada milímetro de avance. Una vez entrado a tope, intenté reproducir el ritmo… No se si lo logré, pero mi ex-esposa no tardó apenas en volver a mostrar signos de placer intenso. Lo acompañó con algunas palabras, entrecortadas, que sonaban verídicas: ¡cariño, cariño, cariño, te quiero, te quiero! Continué en la misma tónica, me sentía cómodo, con fuerza para aguantar lo que fuera necesario. Cuando noté su nuevo orgasmo, me incliné para besarla en la boca, soltando sus piernas y abarcando ahora sus glúteos, desde abajo y atrás. No cejé en el empeño. En absoluto pretendía copiar nada, me salió instintivo. La puse a cuatro patas y la entré vaginalmente desde atrás. Solté su moño y tiré de la melena para dejarla mirando al techo. De nuevo la bese y del goce perdió la fuerza en las rodillas, cayendo boca abajo, cuan larga es. No me importó, seguí, con una cadencia que me marcaba una misteriosa canción, como un autómata. Un tercer clímax se manifestó por un profundo suspiro y una relajación total de aquel cuerpo, donde veía apenas signos de celulitis incipiente en su caderas.
Yo estaba a mil, pero muy cómodo, fresco diría. Me eché boca arriba y rápidamente ella se subió sobre mi miembro, firme y consistente como una piedra. Empezó a cabalgar y el panorama de sus pechos balanceándose era sublime. Brillaban los metales que le habían insertado, y no pude menos de reconocer que aumentaba todavía más la belleza de todo ello. Se dobló para besarme y así estuvimos, lenguas y sexos entrelazados durante un gran rato. Ora juntábamos las manos, cruzando dedo con dedo, ora la agarraba por sus nalgas, intentando abrirlas y llegando a rozar con las yemas el entrar y salir. No lo esperaba, pero consiguió otro orgasmo, gimiendo entrecortadamente, ya en verdad exhausta.
Con lo que sabía, decidí experimentar lo que los otros ya habían hecho. Sería la primera vez para mí. La coloqué doblada, enseñándome el culo, como había visto que hicieron ellos, y acerqué mi instrumento a su ano. Ella misma, entendiendo y asumiendo, separó los glúteos para facilitarlo. No fue difícil entrar, en absoluto, prácticamente era idéntico a su vagina. Empecé el mete/saca. Estuve un rato y comprobé que para el varón esa vía no era muy distinta a la ordinaria o natural. Me vinieron incluso ganas de eyacular allí dentro, pero no sé porqué me había propuesto hacerlo en su boca, algo que también sería para mí la primera vez.
Al desinsertar, la pedí que se diera la vuelta y fui muy directo:
— Quiero correrme en tu boca
Su respuesta fue gestual, de infinita ternura, por no decir devoción. Me empujó suavemente para que me echara, y comenzó a lamer, besar y succionar con delicadeza extrema mi pene, mis testículos y el periné. Cuando la vi intentarlo, me incorporé ligeramente para que pudiera acceder a mi ano y lamerlo, introduciendo su lengua todo lo que pudo. Cuando sentí que el final estaba cerca, quise que fuera más contundente. Me levanté, la levanté a ella y salimos fuera de la cama. Con gentileza pero también energía contundente, la hice poner de rodillas. Cuando tuvo el pene totalmente dentro de su boca, mientras con sus manos mimaba mis bolsas llenas del líquido de la vida, una impresionante corriente eléctrica recorrió mi espalda, un placer inconmensurable (tal vez nunca había sentido algo así) dejó mis sentidos colapsados. Me pareció que descargaba una catarata de semen (cierto es que mi ultima eyaculación fue en aquel chalet del horror). Aún tuve el aplomo suficiente para ordenarla que me mirara directamente a los ojos. Apenas Beatriz podía tragar y sin poder evitarlo los grumos salían por ambas comisuras. Pero me sonreía con sus pupilas azules. Curiosamente, la erección apenas disminuyó, así que me eché en la cama y ella siguió en esa tarea. El “minuto de oro” que le había visto hacer a Rubén, lo recibía ahora yo. Debo subrayar que hay pocas cosas más placenteras en la vida.
El resultado fue que al cabo de unos minutos me supe con potencia sobrada para reanudar el combate. Era tal la pasión que quise tomarla de nuevo a lo misionero, sujetándola con fuerza de las nalgas, besándola sin cesar. Estuve un rato increíble, sin descanso, ella en un gemido continuo, acompasado, como una batuta de orquesta. Tardé en desear descargar por segunda vez, y cuando lo hice ella levantó las caderas, abrió sus piernas al máximo y se empotró para que mi semen llegara bien al fondo de su vagina. Me vacié cayendo sobre ella.
Seguro que estaba cansada, pero no por ello dejó de bajar a mis genitales y proceder a la limpieza y acomodo en su boca. Esta vez bajó la erección, pero tampoco tardaría en recuperarse, acaso no tan fuerte, pero más que suficiente. Supe en ese momento que iba a cumplir lo que me había propuesto, llenar sus tres cavidades.
Ella sabía lo que venía. Nuestros ancestros lo llamaban “contra-natura”. Se colocó doblada sobre sus rodillas, apoyó la cabeza en la colcha. No tuve dificultad ninguna en entrar, su esfínter anal estaba ya muy acostumbrado. También estuve un buen rato, tal vez más que en la vagina, porque los orgasmos anteriores me habían dejado más renuente. Pero al final llegó. La agarré por los pechos, desde atrás y empujé a fondo. Noté cómo salía mi semen, aunque no debía tener la misma fuerza de chorro que en las dos ocasiones anteriores.
Me derrengué, agotado. Mi pene estaba flácido y eso no impidió que Beatriz lo tomara entre sus labios, lo besara y lo mantuviera un tiempo fabuloso dentro de su boca, acariciado con extrema delicadeza por la lengua.
Estaba a punto de dormirme, cuando ella se levantó como un resorte, miró el móvil y corrió al baño. Sentí la ducha, apenas unos minutos y volvió para vestirse, aceleradamente. Sus palabras fueron estas:
— Amor mío, debo irme, me controlan el tiempo y si me retraso no iría bien la cosa. Estamos en contacto por María. No me olvides, por favor. Habla con María, ella te contará más cosas que yo ahora mismo no puedo.
Me dio un último beso, dulce, amoroso, y salió corriendo de la habitación. Me quedé frío, con la soledad metida en los huesos. Odiaba que se fuera. El mundo estaba al revés. Yo ahora era el amante, clandestino, fugaz, sin derechos ni deberes. El absurdo más esquizofrénico.
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