Larga batalla por una esposa. 11
Beatriz no vino a pedir perdón, vino a confesar su caída. Y ahora, con el peso de una adicción sexual que la tiene encadenada a una vida de sumisión, solo queda una pregunta: ¿qué está dispuesto a hacer él por ella?
Larga batalla por una esposa. Capítulo 11.
No había pasado una semana cuando María, la providencial, me envió un mensaje de Whatsapp. Era directo, sin preámbulos. Decía que Beatriz estaría en Madrid el próximo sábado, para visitar a nuestra hija, y que si quería podríamos vernos en donde yo dijera, tan breve o largo como fuera.
Tardé en contestar un día. La curiosidad (y, debo admitirlo, el rescoldo de amor que sobrevivía) pudo más que cualquier prevención. Convine una cita en la terraza del Café Gijón, a las 16h, porque pensaba volver a Toledo en el AVE esa misma tarde.
Con tanto disgusto yo había adelgazado mucho, lo cual siempre rejuvenece, y me puse para la ocasión mis mejores prendas. Observándome en el espejo, hasta me reconocí atractivo, para la edad que tengo, ya con 60… ¡Qué sensación más extraña, ciertamente esa preocupación por mi aspecto casi evocaba la adolescencia…!
Llegué media hora antes, no sabía que hacer y preferí tomar posición en alguna mesa con vistas a ese gran Paseo de Recoletos. Fue un acierto. Puntual como siempre, la divisé desde lejos caminando hacia allí. Me pareció aún más hermosa de lo que recordaba. Sin duda era una mujer espléndida, vestía pantalón tejano que marcaba unas curvas de vértigo, blusa y chaqueta que no podían disimular unos senos prominentes, su melena rubia platino, bien que recogida en un elegante moño. Noté su alegría al verme, también nerviosismo.
La conversación giró al principio sobre formulismos y banalidades, ¿cómo estás?, ¡fíjate qué tiempo hace más bueno!, la verdad es que Madrid cada día es un lugar más acogedor, ¡qué suerte hemos tenido con los chavales, ya están en pleno auge de sus trabajos, independientes y sanos!, etc.
Llegado el momento me afirmé en el asiento y pregunté a boca jarro,
— Dime, Bea, deseabas hablar conmigo, ¿para qué?, ¿qué quieres decirme?
Me miró, con temor y casi ansiedad.
— Estoy aquí para no ocultarte nada, abrirme a ti y que tu hagas lo mejor para ti, y solo si lo consideras, me ayudes... Te confieso que he hecho cosas, que las hago aún, inimaginables para ti…
La corté, no quería que perdiera tiempo en lo que ya sabía.
— Bea, conseguí los videos del ordenador de esos dos, no lo he visto todo pero sí mucho, bastante más de lo suficiente…
Los ojos se le inundaron de lágrimas y bajo la cabeza. Estuvo un buen rato sin abrir la boca, temblando. La dejé recuperarse, incluso la animé.
—Ya es agua pasada, te respeto como persona y estoy aquí para escucharte.
Levantó un tanto el ánimo y balbuceando al principio, desarrolló un breve monólogo, algo muy inusual en ella, que prefería habitualmente escuchar y asentir. Vino a explicarme que, siendo ella culpable sin paliativos y habiendo caído en algo imperdonable, debería saber que todo empezó en una cierta ocasión funesta, concatenación de circunstancias, tras beber y usando artes de persuasión de verdaderos expertos. Que se sintió de principio chantajeada, porque grabaron ese primer encuentro sexual, y también, principalmente, porque consiguieron abrirla a un mundo de placer que se volvió adictivo con suma rapidez. No pretendía que pensara que ahora estaba “rehabilitada”, continuaba sumisa a ellos, estremeciéndose cuando la tocaban sabiendo que vendrían a continuación orgasmos impresionantes, uno tras otro. Su sinceridad era tan completa como insólita y desgarradora. Lo cierto es que la depravación, por así decir, lejos de mermar había ido creciendo, aún más aceleradamente desde que rompí con ella. Ahora esa pareja dominante había dado rienda suelta a todo su potencial, por así decir. No me dio detalles, pero lo que sospeché en unos de los últimos videos se reforzaba, había también un punto importante sado-masoquista. Era, reconoció con pesar, una esclava sexual, literalmente, algo que, aunque me pareciera increíble, tampoco dejaba de excitarla y engancharla. Pero en el resto, la vida que le daban era terrible. Celosos, suspicaces, apenas podía tener relación con nadie más fuera del trío, aunque no desaprovechaban ocasión para exhibirla, en la calle (no en su entorno, pero si, y de manera a veces rayando lo tolerable, cuando viajaban lejos) y hasta en locales de intercambio de parejas, bien que sin permitir que nadie la tocara. Se sentía una “enferma”, una “drogadicta”, enajenada y dependiente. Pero quiso insistir en algo para ella esencial. Seguramente lo creería una locura, pero yo era el amor de su vida, pensaba en mi a diario, ¿qué haría? ¿necesitaba algo? Se despertaba pensando que todo había sido una pesadilla y me buscaba en la cama… Deseaba volar y cobijarse en mis brazos, recuperar el equilibrio, el sosiego, la seguridad, la ternura que yo le aporté siempre. Sabía a ciencia cierta que me querría hasta el último de sus días y que el castigo más cruel de su caída era ese, haberme perdido irremisiblemente. No me pedía una segunda oportunidad, tampoco un perdón y vuelta a empezar. Sólo deseaba que yo supiera de su propia voz cuales eran las circunstancias y los sentimientos. Por otro lado, ansiaba volver a verme, estar a mi lado, aunque solo fuera por unos minutos.
Estaba muy claro que estaba allí para no guardarse nada, que tampoco pretendía ninguna piedad de mi parte, se auto-inculpaba sin excusas. Acaso imploraba ayuda, porque su existencia actual era en verdad terrible, y también, lo más importante, debido a su convicción de que sólo yo le podía dar la fuerza suficiente para salir de semejante condena, que cada minuto le resultaba menos soportable.
Me despedí de ella, y no me resultó fácil. La vi alejarse, muy triste pero igual de atractiva, con ese andar hiper-femenino sobre tacones, su rotundo trasero en omega balanceándose sobre el eje de su espalda. Estuve a punto de llamarla a voces y correr para cogerla, raptarla más bien. Pero finalmente me encaminé hacia la estación de Atocha. En el tren pasaban las estaciones y el paisaje árido de la Sagra, anocheciendo en lo que se me antojó un escenario de nostalgia infinita. Una vez más, di las gracias a mi espíritu de ingeniero, me propuse analizar y preparar un plan. Porque algo tenía que hacer, de ninguna manera podía terminar la historia así. Fuera para mejor o para peor.
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