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Larga batalla por una esposa. 10

María tenía las llaves de su dolor y las usó con precisión quirúrgica. Ahora, la duda se ha instalado en su mente: ¿es Beatriz una víctima real o el eslabón de una trama más oscura? La línea entre la venganza y el rescate se difumina.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 10.

Durante una semana permanecí en Zamora. No comía y apenas dormitaba. Continuaba sin contestar a las llamadas de Beatriz (de nadie en general), pero le enviaba algún mensaje para que no pensara en algún accidente o enfermedad. A buen seguro ella estaba empezando a pensar que algo no iba bien. Debía estar preocupada, sin duda. Afortunadamente empecé a dar largos paseos, por las murallas y junto al río, ausente de todo, con un carrusel imparable de pensamientos, al principio en confuso desorden, luego progresivamente más claros y estructurados. El último día, estando en la Plaza Mayor, resolví lo que iba a hacer.

Llegado a casa, recogí la ropa imprescindible, algunos libros y recuerdos personales, ninguno que hubiera compartido con ella. Apenas estuve un rato, no era capaz de sobrevivir en lo que hasta hacía apenas una semana era mi hogar, rodeado de lo que habían sido hasta entonces mis cosas, mi ambiente íntimo. Me trasladé a vivir con un hermano, viudo, que no acertaba a explicarse qué podía haberme pasado. Le dije que me divorciaba y que no iba a darle razones, al menos de momento. Finalmente marqué su número. Descolgó casi de inmediato y la voz denotaba ansiedad, suma inquietud. La tranquilicé y mentí, diciendo que estaba perfectamente y que el trabajo había sido muy demandante. Pero sin pausa solté la bomba, sin opción a responder, de forma súbita, directa y cortante.

—Raquel, lo se todo, no me preguntes cómo, pero lo se absolutamente todo, lo tuyo con tus jefes. Me marcho de casa, llegaremos a un acuerdo en los temas económicos, no trates de ponerte en contacto conmigo, mi abogado lo hará con el tuyo. Adiós.

Debió quedarse hablando, con el pitido intermitente de una conexión cerrada. Luego supe que salió de inmediato hacia nuestra casa, esperando que aún yo estuviera allí. Ciertamente intentó durante meses ponerse en contacto conmigo de todas las maneras posibles, por medio de amigos y familiares. Rechacé enérgicamente los intentos de mediación, que no fueron pocos.

Pedí el traslado a Toledo, y en menos de un mes estaba instalado en ese oasis de paz, muy cerca del Puente de San Martín, a la vera del Tajo, donde nada en absoluto me evocaba lo anterior, aunque sí una historia arcana, de espadachines y leyendas, aspectos que siempre me han gustado. Comencé una existencia espartana, trabajo y solitarias caminatas, parándome a ver los atardeceres desde la Peña del Moro, mientras se encendían las luces de la ciudad imperial. Apenas mantenía contacto tampoco con los allegados. De Beatriz no sabía nada, le dije a mis hijos que ni le hablaran a ella de mi, ni me hablaran a mi de ella. Creo que lo cumplieron. Yo también permanecí mudo, no debían modificar la relación con su madre, que siempre fue perfecta.

Pudiera parecer que estaba cerrado, con punto y final, y tras un año yo estaba convencido. La herida abierta, pero al menos no supuraba, empezando a salir algo por las tascas y lugares de vida social. Un viernes, muy cerca de Zocodover, me topé de bruces con María, una colega de trabajo de mi mujer, residente en Valladolid, y que también me era conocida, porque en alguna ocasión habíamos coincidido en diversos eventos. Lesbiana reconocida, sin pareja estable, llevaba una existencia cómoda, de continuas escapadas turísticas. Resultó que estaba aquí pasando el fin de semana con un grupo. Nos pusimos a charlar y hacía tanto tiempo que no lo hacía con nadie que hasta sentí alivio. Me dijo que sabía que nos habíamos separado y eludió, con buen criterio, hablar de Beatriz, aunque sí entendí que seguía teniendo mucho contacto con ella. Fue agradable, sintiéndome cómodo, así que intercambiamos teléfonos y quedamos para estar en contacto.

No pasó mucho tiempo cuando recibí el primer mensaje de María, preguntando por cómo me encontraba y proponiéndome vernos, si me apetecía, en Madrid, porque tenía entradas para una interesante obra de teatro, una pudiendo ser para mi. Sin pensarlo mucho, y sin peligro a la vista, asentí. Fue todo perfecto, vimos el espectáculo y luego cenamos, con una larga sobremesa. Tal vez cometí el error de tomar vino en abundancia y, sumando la copa posterior, me encontrada un tanto vulnerable. Fue entonces cuando María comenzó a decirme cosas que, casi de golpe, levantaron la gruesa cortina y la dura coraza con las que había tapado la hoguera y protegido mi mente, respectivamente. Recuerdo como si fuera ahora, sus dos primeras frases:

— Sabes, tengo que decirte algo importante. No puedo dejar de hacerlo…

Lo debo resumir, aunque no resulta en absoluto fácil. Me dijo que Beatriz vivía con Joana y Rubén, pero que estaba en una verdadera prisión. Sí, me había sido infiel durante años, pero debería escuchar cómo y porqué ocurrió. Me quería, yo era el hombre de su vida, en cuanto a pareja con la que vivir y compartir. No podía ser feliz, se acordaba de mi cada segundo, le relataba nuestros sueños conjuntos, nuestros buenos momentos, nuestro amor, mi maravillosa forma de ser y de compartir. Aún más, le había confesado que ellos la maltrataban, la golpeaban, la impedían tener cualquier contacto que no autorizaran, que la posesión a la que estaba sometida era asfixiante. Y no, no podía escapar, porque se sentía dominada como un toxicómano con la droga. Les temía y hasta despreciaba, pero era incapaz de dejarlos. Sólo los abandonaría si yo acudía al rescate, conmigo, agarrada de mi brazo estaba segura de que podría salir de ese infierno y jamás volvería a estar con ellos. Soñaba con que la recogiera en brazos y nos marcháramos muy lejos, sin dejar dirección, que nadie pudiera encontrarnos. Terminaba puntualizando que, por su condición de homosexual, ella estaba en condiciones de recordarme que Beatriz era “un pivón”, una hembra increíblemente hermosa y sensual, capaz de dar placer a un hombre como pocas mujeres serían capaces de hacer. Y una esposa perfecta en el hogar, con la que todo sería cómodo y hermoso.

La dejé hablar. No entendía y a la vez creía entender. Mientras la escuchaba se venían estampas de hermosos días, de risas, de cariño, de alegría inocente. Debo decir que me invadía la nostalgia y la ternura, sin que simultáneamente no tardara en imponerse el rencor y la satisfacción de la venganza, el pueril regusto de saber que el otro, el que te hizo daño, sufre y le ha ido muy mal. También recuerdo la frase final de María:

— Tu eres un hombre inteligente, estás por encima de los idiotas que inundan este mundo y se creen los más puros y morales de la tierra, esos que le dan al sexo un valor religioso aunque sean ateos… Usa esa mente que tienes y dale una vuelta a todo lo que te he dicho. Hay una mujer, la tuya, que te necesita, sin ti no podrá dejar de padecer, y cada vez más. Y tu, estoy segura, la sigues queriendo.

No pude articular palabra. La acompañé a su hotel y me despedí afectuosamente, pero sin decir más que lo necesario para ser cortés. Al día siguiente, ya en mi Toledo salutífero, el paseo no fue tan balsámico como solía ser. Se había instalado en mi mente lo peor, la duda.

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