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Mi amiga de la oficina - completa (06 - FIN)

El silencio de la oficina se rompe con el sonido de la piel contra la piel. Ella necesita un alivio urgente y él no puede negarse, pero el riesgo de ser descubiertos es solo el principio de un juego de mentiras que podría costarles todo.

Abel Santos11K vistas8.3· 17 votos

Las palabras de María me cogieron desprevenido. Con todo el ajetreo, se me había olvidado el objetivo de la aventura de mi compañera con Ramón. Y dudé unos segundos en responder.

—Bueno… en fin… la verdad es que con todo este lío casi que se me han quitado las ganas.

María puso cara de incredulidad.

—¡No me fastidies…! —protestó—. ¿Después de hacerme pasar el peor rato de mi vida me sales con esto…?

—No sé… también lo hago por ti… —respondí intentando mostrar empatía—. Antes parecía que no te apetecía hacerlo.

Se metió las manos entre los muslos empujando la falda y silueteando las piernas. Estaba más sexy que cuando se fue.

—Pues ahora sí que tengo ganas… —resopló—. Ese cabronazo de Ramón me ha puesto a cien… Necesito un buen polvo, tío, no me puedes dejar a medias…

No me lo podía creer. La buena de María reconocía que el machirulo la había calentado de lo lindo y me suplicaba que la follara. Mi entrepierna comenzaba a despertar a toda leche.

—No sé, María… —balbuceé—. Pero si es lo que quieres, pues entonces…

—Espera… —dijo y se puso en pie.

Se sentó sobre mis piernas, como antes de la aventura, y empezó a rozar sus muslos y su entrepierna contra mi bragueta. Comprobé que no mentía, su coño emitía un calor sofocante. De hecho, quemaba.

Volvimos a morrearnos, sus brazos en mi cuello y mis manos en su culo perfecto. Le introduje una mano entre las piernas y dos dedos entraron en su vagina sin esfuerzo.

—Ufff… qué bien… así…

—Te gusta, ¿eh…?

—Sabes que sí, cabroncete…

—Pues toma otro dedo más…

—Auuuu…

La seguí follando con los dedos unos segundos, pero no parecía que eso fuera suficiente.

—¿Cómo… lo ves…? —me dijo separando su boca de la mía—. ¿Te animas a follarme? Necesito que me la metas…

Balbuceaba ansiosa susurrando en mi oreja.

—Sí, venga… en realidad ha sido un lapsus… ahora ya estoy a tope y puedo darte lo tuyo sin problemas.

—¡Serás asqueroso! —rió dándome un puñetazo de mentirijillas—. ¡No te jode que me dice que «me va a dar lo mío» el muy…!

Reí con ella y la abracé excitado.

—Lo que tú digas, querida, pero que hoy te la clavo lo saben los negros…

Y volvimos a reír a coro.

A continuación nos levantamos y ella miró a nuestro alrededor.

—¿Cómo me pongo? —preguntó inocente—. ¿Me vuelvo a sentar sobre la mesa?

—No —corregí—. La mesa es un poco alta y no te llego bien. Me apetece follarte a cuatro patas, ¿quieres?

—Ah, vale… —respondió—. Así también me gusta…

Cogí un condón y rasgué el sobre con los dientes mientras me desabrochaba el cinturón.

—Deja… —me dijo quitándome el condón de las manos—. Yo te lo pongo, no quiero sorpresas.

No me ofendí por su insistencia. Sabía que no era que desconfiara, sino que quería estar segura de que quedaba bien colocado.

—Joder, Jose… —dijo sonriendo por primera vez desde que había vuelto—. No es que lo parezca, es que tienes una buena polla… Aunque un poco blanquita para mi gusto… Y se te ha puesto dura como una piedra.

Me sobaba los huevos con una mano mientras con la otra desenrollaba el látex del condón. El cosquilleo en mis testículos hacía cabecear a mi verga.

—Gracias… —repliqué como un imbécil. Confieso que nunca he sabido qué decir ante el piropo de una chica sobre el tamaño o dureza de mi aparato. Y esta vez tampoco fui muy ocurrente—. Si está así es solo por ti…

Rió bajito y me dio un chupetón en los labios. Luego se colocó sobre la moqueta y me miró despojarme de los pantalones y los bóxer.

—¿Qué hago con la falda? —pregunté cuando estuve de rodillas a su espalda—. ¿Te la quito o te la dejo?

—No, no me la quites… —negó—. Haz como antes, súbemela por las caderas y sujétala para que no caiga y moleste.

—Vale…

Sin más preámbulos, le metí la polla por completo de una embestida y su vagina, húmeda hasta casi gotear, la abrazó con regocijo. Como se abraza a alguien a quien has esperado por mucho tiempo. Mientras la follaba, María daba grititos y gemía con palabras fuertes. La parte delantera de la falda se balanceaba adelante y atrás al ritmo de mi culeo.

—Ah-ah-ah-ah-ah-ah…. Joder… Jose… qué bien… dame… dame… joder… bien… así… así… hummm… vale… vale… más fuerte… aaahhh… sí… dame… dame… ah-ah-ah-ah-ah…

Yo le replicaba con susurros parecidos, agachándome sobre su oído y aprovechando para sobarle las tetas. Luego, sin haberlo premeditado, la sujeté por la melena y comencé a cabalgarla como a un potro salvaje.

—Sí… toma… toma… joder, guarrilla, qué ganas te tenía… llevaba varios meses con ganas de romperte el coño… y por fin te lo rompo… Y si luego puedo, te voy a romper el culo… Toma polla… toma…

Ella se defendía ante mis subidas de tono.

—No, de eso nada… por el chocho lo que quieras… pero el culo ni tocarlo…

—¿Eres virgen…?

—Sí… pero joder… deja de hablar… y dame más… así… así… ah-ah-ah-ah…

Aproveché para darle un cachete en una nalga. Era algo que siempre había deseado hacer, pero nunca me había atrevido con ninguna chica, ni siquiera con mi novia.

—No, Jose, cachetes no… no jodas…

No me extrañé de su enfado… Ya me esperaba algo parecido.

—Perdona, ha sido un impulso… —dije al tiempo que le arreaba un segundo y después un tercero…

—Serás cabrón… —se quejó levantando la cabeza para evitar mis tirones de pelo.

—Jajaja… calla, guarrilla…

Durante unos minutos nos callamos los dos y solo se oía el plas-plas de mis huevos contra sus nalgas. Era música celestial. De pronto, ella comenzó a inquietarse.

—Joder, Jose… dame… dame… que ya me viene…

—¿Ya…? —me extrañaba—. ¿Tan pronto?

—Sí… me voy a correr… sigue… sigue… más fuerte… Ooohhh…

—¿No puedes esperarme…?

—No sé… ¿te queda mucho…?

—No, ya no mucho… unos segundos…

—Pues te espero… pero… no… tardes… ah-ah-ah-ah-ah-ah… —jadeaba y bajaba la cabeza para apoyar la frente en el suelo. Le había soltado la melena y el cabello le tapaba media cara, embelleciéndola.

Estaba a punto de reventar, cuando decidí que no me apetecía terminar en aquella postura. Un tanto impersonal, pensé. Me salí de ella y la volteé, poniéndola boca arriba.

—¿Qué haces…? —preguntó sorprendida.

—Quiero metértela más profundo… —me justifiqué. En realidad me había cansado de aquel juego. Me apetecía más hacerle el amor que simplemente follarla. María se lo merecía. Me había demostrado una fidelidad que por lo visto no guardaba hacia su novio.

—Levanta las piernas, quiero verte bien.

—Si quieres, ahora puedo quitarme la falda.

—No, déjala, creo que me da más morbo de lo que molesta.

—Jajaja… —dobló las rodillas y alzó los muslos. Su «chocho», como ella lo llamaba, estaba rojo e hinchado como un tomate rajado, a punto de reventar.

Me incliné sobre ella y apunté mi rabo con la mano derecha, apoyando la izquierda en la moqueta para mantener el equilibrio.

—¡Métemela de un golpe, como antes…!

Así lo hice y ella gritó.

—¡Hummmm… joder… que bien…! —y comenzó a jadear en cuanto empecé a culearla lo más fuerte que pude—. Ah-ah-ah-ah-ah-ah……

Cuando ya estaba al borde del abismo, le hice una señal y ambos nos corrimos al unísono. Entre gruñidos, jadeos, murmullos y grititos nos vaciamos el uno en el otro. La vagina de María, además de caliente, abrazaba mi polla a impulsos como si quisiera aplastarla. Aquellas compresiones, las más fuertes que me han producido jamás un coño, me ordeñaban con eficacia y mi leche iba llenando el condón amenazando con reventarlo.

Al terminar, agotados por el esfuerzo, nos dejamos caer frente a frente, abrazados. Nos comimos la boca durante unos minutos más, aunque esta vez con suavidad y dulzura.

No sé por qué lo hice, pero me fijé en que las rodillas de María se hallaban enrojecidas. Imaginé que habría sido por el roce contra la moqueta. Pero ella se giró a toda prisa para ocultármelas y una duda nació en mi cabeza.

*

Nos recompusimos la ropa y fuimos al lavabo por turnos para asearnos.

—Oye, Jose —me dijo cuando volvió de su turno—. ¿Tú has visto si se te ha roto el condón.

La pregunta me extrañó.

—No, no creo… al menos yo lo he visto bien —respondí con la mosca tras la oreja—. Y cuando lo he tirado al wáter no goteaba. ¿Por qué lo preguntas?

—No, nada… —replicó—. Ha debido salirse algo por arriba, porque me has pringado de lefa la parte exterior de los labios.

—¡No jodas…! —dije asustado.

—Tranqui, no es nada… —me acarició el brazo—. Ya te he dicho que es superficial. Me he limpiado bien y luego en casa me lavaré a fondo.

—Ah, vale… —suspiré aliviado.

Pero ella soltó la broma final, consiguiendo acojonarme.

—Y si no… pues le llamamos Josito y tan a gusto… —concluyó.

Y se lanzó a reír ante mi cara de espanto.

Tras unos segundos de bromas por un potencial bombo, acordamos terminar el trabajo y marcharnos a casa. Cada uno a la suya.

Media hora más tarde estaba acabado.

—¡Punto y final…! —dije tras escribir el último párrafo.

—¡Por fin…! —gritó María levantando los brazos.

—Aunque el puñetero trabajo te haya costado las bragas… —le sonreí con picardía.

Ella sonrió a su vez y, revolviéndome el pelo, respondió:

—No me importa. Ha valido la pena.

Comenzamos a recoger los papeles y apagamos los ordenadores. Terminábamos de introducir todo en nuestras mochilas, cuando mi teléfono sonó con un timbre estridente.

En aquella época no existían aún los modernos móviles, con aplicaciones de mensajería como wasap y similares. De haber existido, esta historia habría terminado de otra manera. Un mensaje que se lee en privado no genera tantos problemas como una llamada de voz.

—¿No vas a cogerlo? —preguntó María extrañada al cuarto o quinto timbrazo.

—Si, claro… —carraspeé.

Tomé mi flamante Nokia y me alejé lo más que pude para responder. Y al hacerlo susurré con el volumen más bajo que conseguí.

—Sí, dime… —respondí.

La voz del otro lado era la de mi novia. Me llamaba para recordarme el compromiso que teníamos aquella tarde.

—¿Vas a tardar mucho? —dijo en un tono que sonó más estridente de lo que me hubiera gustado—. Recuerda que hemos quedado con mis padres para celebrar su aniversario.

—Eh… claro… claro… —repliqué atolondrado—. De hecho, acabamos de terminar. En media hora llegaré a mi casa.

—Ok, te recojo allí a las ocho.

Colgué la llamada y recé para que María no hubiera escuchado la conversación. Aquel maldito aparato sonaba como un grillo, y la voz del otro lado de la línea se podía escuchar a varios metros de distancia.

Pero no hubo suerte. Al girarme me choqué con mi compañera, que se había acercado tanto a mi espalda que casi me rozaba.

—¿Esa era tu novia? —preguntó con expresión ceñuda. Su frase había sonado más a acusación que a pregunta.

—Sss-sí… —respondí acongojado.

—¿Pero no dijiste que lo habíais dejado? —su cara de enfado era un poema.

Tragué saliva. Lo que había temido se cumplía punto por punto.

—No, en realidad no dije eso… Lo que dije es que lo habíamos dejado… por un tiempo… Nos hemos dado un descanso y…

—¿Estáis en un descanso y cenáis con sus padres?

—Bueno… —cada vez deseaba más que me tragara la tierra—. No es eso… Es que ellos no lo saben y hemos acordado hacer un poco de paripé y…

María no quiso escuchar más. Se colgó la mochila del hombro y echó a andar hacia la puerta.

—¡Hijo… de… puta…! —fueron sus últimas palabras.

*

Podéis imaginar lo jodido que me quedé. El fin de semana había empezado como una locura de trabajo y había acabado como una locura de sexo. No tenía claro que quisiera volver con mi novia después de nuestro descanso. Pero tampoco sabía si entre María y yo podría haber algo. Al fin y al cabo ella también tenía novio. Aunque por culpa de aquella llamada, me temí que ya no fuera a haber nada de nada.

O mucho me equivocaba, o un polvo de oficina era lo único que iba a tener con María.

Me tomé un café para darle tiempo a salir del edificio y no cruzarme con ella en la parada del autobús. Ese día había hecho una excepción y había ido a la oficina con mi Opel Corsa, mientras que María había utilizado el bus, como siempre. Tras el café, bajé en el ascensor y, una vez en el coche, conduje hacia la salida del parking.

Conducía despacio y dándole vueltas a la puñetera llamada. Parecía que mi novia, el Karma, o lo que puto fuera, se habían empeñado en joderme y lo habían conseguido a la perfección.

Apenas me había alejado del edificio de la empresa unos doscientos metros, cuando una moto me sobrepasó a toda velocidad.

Si no hubiera sido por el uniforme, no me habría dado cuenta de que el motero no era otro que el vigilante de nuestra oficina. Y, por si os lo estáis preguntando, os diré que estáis en lo cierto: María abrazaba fuertemente al cachitas desde el asiento trasero de la moto.

Lancé los juramentos más procaces que hayáis escuchado en vuestra vida y golpeé el volante con saña.

EPILOGO

Como en todas las experiencias que os estoy contando en esta serie de historias reales, he reflexionado bastante en lo —poco— que tuve con María.

Pero, si lo miro bien, no fue solo un polvo de una mañana de domingo. En realidad, ella me estuvo «cortejando» durante semanas, a la espera de que yo me lanzara. Y debió de pensar que aquel día era el momento propicio para conseguirme. Por ello aquel cambio de look con respecto al sábado. Se había vestido para mí de una forma espectacular.

Es decir, María había entendido por mis comentarios que había roto con mi novia y se pensó que tenía el campo libre. Me halaga pensar que tenía tanto interés en mí que aceptó humillarse cuando le pedí que bajara a pedirle al vigilante un condón para follarla, a sabiendas de que al cachitas le quedaría claro para qué lo quería.

Tuvo que pasar un mal rato la pobre. Menudo gilipollas estaba yo hecho. Aunque a veces pienso que el color rojo de sus rodillas tal vez no se debía solo al roce de éstas contra la moqueta mientras la follaba a cuatro patas. Siempre me quedará la duda, pero no puedo dejar de preguntarme si, además de regalarle las bragas, María se habría «puesto de rodillas» ante el machirulo para conseguir sacarle los condones. Si os preguntáis si no detecté sabor a sexo al besarla, os diré que me fue imposible porque María mascaba chicle de menta. Bien mirado, quizá eso es también una pista.

Y, como es normal, la intriga me corroe al pensar en lo que pudo pasar entre los dos aquella tarde después de salir de la oficina. ¿A dónde se dirigían con tanta prisa en la moto?

En fin, siempre me quedará la duda.

*

Por si queréis saber lo que pasó entre María y yo a partir del siguiente lunes, os lo resumiré en pocas líneas:

Mi compañera dejó de visitarme tan a menudo en mi mesa de trabajo como había hecho en las últimas semanas. La información que intercambiábamos comenzó a llegarme por e-mail o por teléfono. Las faldas cortísimas que lucía para enseñarme las bragas se convirtieron en vaqueros holgados y otros pantalones de lo menos sexy que podáis imaginar.

Por una amiga común supe de su ruptura con su novio, algo que ya me había esperado. Porque, si quería enrollarse conmigo, debía de ser porque con su chico las cosas no estarían funcionando.

El proyecto terminó con felicitaciones de los jefes y un bonus que nos repartirnos en un 60/40. Mi parte fue la mayor por ser el jefe del programa. En la pequeña fiesta de celebración en el despacho del director general, María brindó con todo el mundo menos conmigo.

Y mi compañera del alma, sin decir ni palabra, un buen día desapareció de la oficina y no he vuelto a saber de ella. Alguien me dijo que se había cambiado a una empresa en otra ciudad y que le iba bastante bien.

En fin, no voy a deciros que se me partiera el corazón. Tampoco es para tanto. Pero aún hoy siento un sabor amargo en la boca cuando pienso en ella. Sobre todo me duele que no aceptara la propuesta que le hice el mismo lunes para hablar del tema cinco minutos. Se negó rotundamente y no hubo manera de que entrara en razón.

En cuanto a mi novia, lo dejamos tras el descanso. Quizá María y yo podríamos haber llegado a algo más.

Es una lástima, pero nunca lo sabré.

FIN