Xtories

Fóllame (Andrea se siente mujer 2)

Andrea creía haber dejado atrás la sumisión, pero cuando su marido la descubre en un acto de pura liberación, la tensión estalla. Sin embargo, esa misma noche, una invitación a una fiesta y una mirada inesperada en el jardín prometen un placer prohibido que cambiará su vida para siempre.

El Escriba8.3K vistas9.0· 6 votos

A la mañana siguiente de la tórrida tarde en la que Andrea y Edu disfrutaron sin límites de sus cuerpos, Cristina hizo todo lo posible por ver a su amiga para que ésta le contara, con todo lujo de detalles, lo que ocurrió entre los dos. Quedaron en una cafetería y, tras un pequeño preámbulo, Andrea acabó confesando a Cristina todo lo que ocurrió la tarde anterior.

- Por fin, hija. Ya era hora de que disfrutaras un poco. Que tienes cuerpo y edad para ello –le dijo feliz Cristina.

- La verdad es que no me arrepiento para nada. Me siento feliz y viva. Había olvidado la maravillosa sensación de sentirme deseada por un hombre. Y me he dado cuenta de todo lo que me he perdido en estos años –confesó Andrea.

- Estás a tiempo de darle un giro a tu vida. Lo de ayer no tiene por qué ser una excepción, si no un punto de inflexión en tu vida. Ya te dije el otro día que eres muy atractiva, que la mayoría de los hombres se volverían locos por estar contigo, así que no te vayas a enamorar de Edu, que un universo de hombres te está esperando ahí fuera. Lo que creo que debes hacer es disfrutar de verdad, regalarte momentos de placer –explicó Cristina.

- Tienes toda la razón. He dejado pasar demasiados años de mi vida castigándome por algo que sucedió y que no voy a poder cambiar –reconoció Andrea.

- Es aun peor: has pasado muchos años de tu vida dándole la razón al impresentable de tu marido. Tú no tuviste la culpa de nada. Las cosas sucedieron, y punto –matizó Cristina.

Después de un rato de conversación, las dos amigas quedaron en volverse a ver el siguiente domingo, en casa de Cristina, dónde ésta celebraría su cumpleaños e invitaría a más gente. Desde que Cristina se divorció, su vida social era tan variada como intensa.

Por su parte, Andrea decidió que lo mejor sería empezar a hacer su vida sin preocuparse de lo que su marido pensara o hiciera. Igual que él nunca le daba explicaciones a ella, ella tampoco iba a dárselas a él.

La tarde en que Andrea anunció a su marido que el domingo lo pasaría en casa de su amiga Cristina éste, como era de esperar, se enfadó:

- Así que vas a pasar el domingo con tu amiguita, la divorciada. La misma que te ha arrastrado al gimnasio, a zorrear –le acusó él de muy malos modos.

- Vamos a celebrar su cumpleaños, con su familia, por si consideras que eso es zorrear –respondió Andrea, muy segura de sí misma.

- Ya. Lo que tú digas. Haz lo que te dé la gana, cómo haces siempre, pero luego no me vengas con lloros y súplicas cuándo yo también haga lo que me dé la gana –respondió de nuevo su marido.

- Tú nunca has dejado de hacer lo que te ha dado la gana, no vengas de mártir –le acusó Andrea.

La discusión terminó con el marido abandonando la casa tras un fuerte portazo. Andrea, al contrario que otras veces, en las que terminaba discutiendo con su marido, no se sintió culpable, si no realizada, empoderada y satisfecha.

Después de intercambiar algunos mensajes con Cristina, en los que le habló de la discusión con su marido, y concretaron la hora a la que se verían el domingo, Andrea reflexionó sobre lo que estaba viviendo en los últimos tiempos: había dado un primer paso al aceptar el consejo de Cristina de apuntarse al gimnasio. Eso le dio la oportunidad de salir de su casa varias tardes a la semana. Además conoció a Edu, el monitor con el que, tres días antes, le había sido infiel a su insoportable y amargado marido. Y, para finaliza, había discutido con éste último, pero a diferencia de lo que venía ocurriendo habitualmente, se encontraba feliz y satisfecha por no haberse tragado todo lo que de verdad pensaba.

Tan satisfecha se encontró, que decidió darse una ducha relajante.

La ducha relajante se transformó en un recuerdo de la reciente tarde vivida con Edu. Su sexo pronto se humedeció, sus pezones crecieron y se endurecieron, mientras que sus ganas de sentir placer llevaron a sus dedos y manos a explorar cada rincón de su cuerpo. Pronto sus manos se encargaron de acariciar y sobar sus tetas, arrancando suaves gemidos cuando sus dedos hicieron la labor de pinzas en sus pezones, cada vez más endurecidos y receptivos al placer.

Su sexo no dejó de mojarse y excitarse. Los labios se abrieron ligeramente, permitiendo la fácil entrada de sus dedos al interior de su cuerpo, siendo engullidos por facilidad por su vagina, completamente mojada, suave y ardiente.

Bajo el agua cálida que caía sobre ella en forma de suave lluvia, su mano izquierda continuó acariciando y pellizcando sus pezones, mientras con dos dedos de la mano derecha masturbaba su coño, a la vez que la palma de la mano golpeaba, una y otra vez, su cada vez más excitado clítoris.

El placer no dejó de aumentar. Sus ganas y su ansia por sentirlo eran cada vez más grandes e irresistibles. Su mente abandonó todo pensamiento que no fuera su propio cuerpo, su propio placer y su propia estimulación.

Pronto, un orgasmo prolongado, interminable e intenso, inundó todo su cuerpo. Fue incapaz de reprimir todos los gemidos, convertidos en gritos, que de su boca salieron. Su vagina se contrajo sobre sus propios dedos, clavados en lo más profundo de su cuerpo, sintiendo como una corriente húmeda y caliente, chorreaba por ellos, a la vez que con la palma de su mano ejercía toda la presión de la que fue capaz sobre su inflamado clítoris, mientras que con la otra mano pellizcó fuertemente uno de sus pezones.

Fue tan intenso el placer, tan prolongado el orgasmo, y tanto se dejó arrastrar por la deshibinición del momento, que Andrea tuvo que apoyar su frente en los azulejos de la pared, para no caer al suelo, cerrando los ojos con fuerza para sentir aún más placer, con las piernas sin fuerzas para sostenerla, sin dejar de mover sus dedos dentro de su coño, y sin dejar de sentir un abundante torrente de fluidos abandonando su cuerpo. Y todo ello acompañado de un constante gemido.

Cuándo Andrea, después de un par de minutos, dejó de masturbarse y logró sobreponerse al placer sentido descubrió que su marido la estaba observando. Su rostro no expresaba enfado ni sorpresa. Su rostro expresaba deseo. Sus ojos ardían, inyectados en sangre, mientras con una de sus manos había sacado su polla del pantalón, a la cual acariciaba constante y suavemente.

- Ven aquí, zorrita, y encárgate ahora de tu marido –dijo él.

- Encárgate tú, o busca a alguna de las putas con las que follas cuando te apetece –respondió Andrea, mientras trató de tapar su cuerpo con una toalla, todo lo deprisa que pudo.

- Hace mucho que no me chupas la polla, Andreita. Ya va siendo hora de que demuestres en casa lo que has aprendido en tus zorrerías –continuó su marido.

- Jamás lo haré contigo. Tú solo creaste este castigo. Machácatela tú o busca quién lo haga, pero no cuentes conmigo. Y ahora lárgate de aquí, o llamaré a la policía –amenazó Andrea.

- ¿Vas a llamar a la policía? ¿Y qué les vas a decir? ¿Que tu marido quiere que le comas la polla como haces con todos los tíos con los que te cruzas, zorra? –preguntó él, sin dejar de masturbarse y de mirar a su mujer con ansiedad y locura.

- ¿Quieres ver cómo lo hago? –preguntó ella, a la vez que cogió su teléfono móvil antes de que él pudiera hacerlo.

- Vale, vale, zorrita. Tú ganas. Pero como te dije antes. Cuando te arrepientas, no llores. La culpa la tienes tú –dijo él, dándose la vuelta y dejando la puerta del baño abierta.

Andrea no estuvo tranquila hasta que oyó los pasos del cabrón de su marido alejarse por el pasillo y el nuevo portazo con el que abandonó, por segunda vez aquella tarde, su casa.

Tras ello, se puso el pijama y llamó a su amiga para contarle lo sucedido. Ésta le aconsejó que se fuera de su casa, por si el marido volvía aún más enfurecido y, esta vez, no desistía en su intento de tener sexo con ella. Pero Andrea prefirió mantenerse firme en su hogar. No tenía adónde ir, y no quería darle a su marido la excusa perfecta para ir de mártir por la vida. Eso sí, esa noche Andrea durmió con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones bajo la almohada, en la habitación de invitados.

Su marido volvió de madrugada. Ni hizo ni dijo nada. Directamente se dirigió a su habitación, dónde vio que Andrea no estaba. En seguida se percató de que su mujer estaba en la habitación de invitados, y se acostó ocupando todo lo que pudo de la cama de matrimonio.

Los dos días siguientes transcurrieron sin más sobresaltos ni discusiones, sin que ninguno de los dos recordara lo sucedido, aunque con Andrea muy alerta y con Cristina bastante preocupada por la seguridad de su amiga.

Por fin llegó el domingo llegó. Desde la noche de la discusión con su marido, ambos ocupaban habitaciones distintas. Andrea no estaba por la labor de volver al lecho conyugal, y su marido no había vuelto a insistir en tener sexo con ella.

Esa mañana, su marido se levantó y se marchó pronto de casa, por lo que Andrea pudo prepararse para la cita en casa de Cristina, sin tener que ver las caras y gestos de su marido. Tras ducharse, eligió el vestuario para ese día: un vestido rojo, muy veraniego, con escote pronunciado en forma de pico, que debía llevar sin sujetador, que le llegaba unos 25 centímetros por encima de las rodillas y que, además, lucía dos franjas transparentes en los laterales. Completó el atuendo con unas sandalias de esparto, atadas al tobillo y un tanga, también rojo, de encaje.

Cuando terminó de vestirse y maquillarse, Andrea se miró en el espejo, y lo que vio la gustó. Era la imagen de una mujer aun joven, atractiva y segura de sí misma. Con una sonrisa en los labios y la autoestima por las nubes, Andrea salió camino de casa de Cristina. Ésta vivía en un amplio chalet con un jardín aún más amplio, dotado de un gran porche y una piscina que, en verano, era su lugar favorito en el mundo. Lo malo es que la casa estaba en una urbanización un poco alejada de la ciudad.

Andrea fue las primeras personas en llegar al chalet de Cristina. Tan sólo sus padres lo habían hecho antes que ella. A la fiesta estaban invitadas un par de parejas amigos de Cristina, sus propios padres, su hermano y Andrea.

Tras los saludos de rigor con los padres de Cristina, los cuatro se sirvieron un vino blanco mientras comenzaron a tomar un pequeño aperitivo, a la espera de que llegaran el resto de invitados. Las dos parejas llegaron apenas 10 minutos después y casi a la vez, y una media hora más tarde lo hizo Gonzalo, el hermano de Cristina.

- Hermanito, como siempre tan puntual –le dijo irónicamente Cristina cuando le vio.

- Cristina, siempre tan simpática –respondió él.

- Anda, ven aquí, y felicítame en condiciones –le dijo ella.

Gonzalo abrazó y dio dos besos a su hermana. Éste era arquitecto, de 50 años de edad, pelo blanco y abundante, algo revuelto, medía algo más de 1,80 de altura y conservaba un físico cuidado que le hacía parecer más joven de lo que en realidad era. Sus relaciones amorosas se habían reducido a convivir durante varios años con una compañera de profesión, aunque nunca se casaron, con quien tuvo una hija. Desde hacía varios años vivía solo, aunque eso no quiere decir que siempre durmiera solo. Su buena forma física y su aspecto un tanto despistado, a la vez que su buen nivel económico y cultural, le convertían en el objeto de deseo de muchas mujeres.

Andrea, que conocía a Gonzalo por haberle visto alguna vez con su hermana, no pudo quitarle la vista de encima en cuanto le vio aparecer. Incluso se lamentó de no haber sido un poco más estilosa vistiendo, pero ya no había nada que hacer.

- Hola, tú debes de ser la hermana pequeña de Andrea, ¿verdad? –dijo Gonzalo tras saludar a sus padres y a las dos parejas.

- Hola. Soy Andrea –respondió Andrea risueña.

- Creí que eras una hermana menor. Estás estupenda –añadió Gonzalo, tras darse dos sonoros besos.

- Tú sí que te conservas fenomenal, chico. La soltería te está sentando de miedo –dijo Andrea.

- Viniendo de ti, con ese tipazo que tienes y esa sonrisa, capaz de derretir los casquetes polares en estéreo, lo tomaré como un fabuloso cumplido. Inmerecido, eso sí –respondió Gonzalo.

- De inmerecido nada –le dijo de nuevo Andrea, sonriéndole y mirándole descarada de arriba abajo.

- Si no fuera porque te recuerdo casada, cualquiera diría que quieres ligar conmigo –respondió Gonzalo.

- Tómate mi matrimonio como un mero trámite administrativo, que ni impide ni condiciona nada en mi vida –aclaró Andrea.

- Parece que me he perdido algo –terció Cristina, que había escuchado la parte final de la conversación.

- Sólo le intentaba aclarar a Gonzalo mi “nuevo” estado civil –dijo Andrea.

- Ah sí, hermanito: Andrea está en el mercado. Pasa del hijo de la gran puta de su marido. Ahora es una mujer que se pone el mundo por montera y que va a por aquello que la gusta. Así que, si sospechas que le gustas… ándate con ojo, porque caerás –explicó Cristina.

- No me importaría nada… caer –dijo Gonzalo, dando un sensual sorbo a su copa de vino, sin quitar ojo de Andrea, la cual llegó a ruborizarse.

- Bueno, bueno. Que me estáis vendiendo casi como una devoradora de hombres –dijo Andrea.

- Si no lo haces más, es porque no quieres –respondió Cristina.

- Y que conste que, a mi, puedes devorarme cuánto quieras –añadió Gonzalo.

Tras este primer contacto, el grupo se distribuyó alrededor de una gran mesa dispuesta en el jardín, en la que se sirvieron los platos de comida, previamente encargados a un servicio de catering. Cristina se las apañó para sentar juntos a su hermano y su amiga.

A lo largo de la comida, y tras haber bebido algunas copas más de vino, las conversaciones fluyeron con mayor naturalidad, incluidas las personas que apenas se habían conocido aquel mismo día. Pero, de todas las conversaciones y grupos que se fueron formando, lo más evidente era el feeling existente entre Gonzalo y Andrea. Estaba muy claro que entre los dos había algo más que buen rollo: se gustaban y se deseaban.

A lo largo de la tarde las dos parejas de amigos se fueron en primer lugar, mientras que Gonzalo y Andrea continuaban con su particular tertulia, y aprovechando la música que de fondo había puesto Cristina, para marcarse algún baile que, aunque no fue todo lo subido de tono que los cuerpos les pedían por respeto a los padres aún presentes, sí que sirvieron para tomar contacto físico el uno con el otro.

Aproximadamente a las 8 de la tarde, y ya bastante cansados, los padres de Cristina comentaron que les apetecía volver a casa. Aprovechando la situación, Cristina se ofreció a llevarles ella, y así dejar solos a la nueva pareja de tortolitos.

- Chicos, voy a acercar a mis padres a su casa, no me apetece que vuelvan en transporte público. Os quedáis solitos, sed buenos… -sugirió con toda la picardía de la que fue capaz, guiñándole un ojo a su amiga.

- La verdadera fiesta comienza ahora –respondió Gonzalo, levantando al cielo la copa que estaba tomando.

En cuanto la puerta se cerró, Gonzalo se dirigió de nuevo hacia Andrea a la que, sin previo aviso, besó con todo el deseo acumulado durante las horas previas, haciendo el alcohol ingerido el resto. Unieron sus labios, suaves y cálidos, a lo que Andrea reaccionó abriendo ligeramente los suyos para permitir la entrada de la lengua de Gonzalo en su boca.

Sus lenguas jugaron entre sí, las arrastrándolas mutuamente dentro de sus bocas, mordiéndolas con sus labios, succionándose con verdadero ardor, mientras sus manos recorrían los cuerpos que, durante todo el día, habían estado deseando.

Gonzalo atrajo contra sí mismo el cuerpo de Andrea, la cual pudo notar con toda claridad la dureza que su sexo. Por su parte, aquel deslizó sus manos por la espalda de la mujer, hasta alcanzar su precioso y deseado culo, del cual había quedado hipnotizado en cuanto la vio aquella mañana.

Andrea giró sobre sí misma, quedando su culo apoyado en el bulto de la entrepierna de Gonzalo. Éste, en cuanto lo notó, llevó una de sus manos a las tetas de la mujer para apretarlas con firmeza, mientras que bajó la otra mano por su vientre hasta alcanzar el final del vestido, iniciando aquí un viaje en sentido contrario, levantando el vestido hasta poder alcanzar su sexo caliente y húmedo.

Andrea comenzó a mover su cuerpo sobre el cuerpo de Gonzalo, deslizando su culo de arriba hacia abajo, ayudándose así a sentir la polla dura y tiesa del hombre en su propio culo, con lo que su calentón y humedad no dejaron de aumentar.

Gonzalo, cada vez más poseído por el deseo y la atracción física por Andrea, continuó bajándole a ésta los tirantes del vestido, separando un poco ambos cuerpos para dejarle caer al suelo. A continuación, Gonzalo hizo lo mismo con su camiseta.

Con Andrea sólo vestida con un diminuto y semitransparente tanga rojo, dos preciosas tetas, de tamaño medio, coronadas por dos pezones rosados y endurecidos, señalaron desafiantes a los ojos de Gonzalo, el cual procedió a acariciarlos con suavidad y deleite, pudiendo comprobar como el placer se escapaba entre los labios de la mujer, en forma de suspiros y gemidos.

A continuación fue Andrea quien, entre beso y caricia, logró quitarle a Gonzalo su pantalón, permitiendo así que su mano se aferrara al bulto que su verga erecta marcaba en el bóxer.

- Nena, me tienes a 1000 –logró decir Gonzalo

- ¿Crees que yo estoy menos caliente que tú? –dijo Andrea.

- Mmm, no lo creo. Me parece que tu coño tiene tanta hambre de polla como yo de ti –respondió Gonzalo, a la vez que dos de sus dedos recorrieron los pliegues de los labios de Andrea, provocando un nuevo gemido en ella.

Lo siguiente que hicieron fue dejar de hablar, para terminar de desnudarse y abrazarse con fuerza y pasión, dejando que la polla de Gonzalo rozase el coño mojado y el clítoris ardiente de Andrea, mientras que sus bocas seguían devorándose. A continuación, Gonzalo deslizó sus labios por el cuello y el pecho de ella, mordisqueando, acariciando y lamiendo cada centímetro de su suave y cálida piel, hasta quedar prendido en sus pezones, los cuales trató como a la más dulce y apetitosa fruta.

Gonzalo se deleitó lamiendo aquellos dos preciosos pezones. Los metió en su boca para succionarlos y rodearlos con su lengua, antes de morder cada uno de los pezones, y volver a comenzar de nuevo con tan placentero ejercicio, mientras Andrea dejó caer hacia atrás su cuello, llena de ardor y placer, y con una de sus manos masajeando y masturbando la polla de él.

Poco a poco fueron moviéndose por el jardín, hasta llegar al borde de la piscina, dónde Andrea se arrodilló delante de Gonzalo, aprovechando un instante en que éste separó su boca de sus tetas para tomar aire, y tomo la polla de él con sus labios, bajándolos despacio, mirándole a los ojos con ardor, hasta llegar a la base del tronco con los huevos. Ahora fue Gonzalo quién gimió y Andrea quién se sintió poderosa.

La boca de Andrea se hizo dueña de la verga de Gonzalo. Abrió los labios todo cuánto pudo y se introdujo la tranca del hombre dentro de su boca, hasta que, poco a poco y no sin esfuerzo, logró tenerla toda dentro. Allí la dejó durante unos segundos, lo que le provocó una pequeña arcada, y multiplicó sus ganas de sentir tan delicioso trozo del cuerpo del hombre dentro de su propio cuerpo.

Poco a poco, Andrea comenzó a mamar la polla de Gonzalo, dejando que sus labios descendieran y ascendieran por ella, una y otra vez, succionándole la punta en cada ocasión que pudo, y masajeando y amasando a la vez sus huevos con las manos, sintiendo como lograba ponerlos muy duros y calientes.

La polla de Gonzalo estaba cada vez más dura y tensa, sin que pudiera dejar de gemir y de apretar la cabeza de Andrea contra su propio cuerpo, mientras que el coño de ésta se encontraba cada vez más mojado y caliente.

- Nena, si sigues así voy a darte un regalo muy dulce –acertó a decir Gonzalo.

Andrea no respondió. Al menos no lo hizo con palabras. Respondió incrementando el ritmo de su mamada, incrementado la intensidad con la que hundía aquella magnífica polla dentro de su boca, provocando que Gonzalo gimiera aún más y se dejara llevar, sin ningún prejuicio, por el placer que estaba sintiendo.

Y así fue como, mientras Andrea mamaba con total intensidad y entrega la polla de Gonzalo y acariciaba y masajeaba sus huevos, éste acabó estallando de placer, lanzando varios generosos chorros de semen contra la garganta de la mujer, la cual sintió como la leche caliente y de sabor extraño, pero agradable, de Gonzalo, se deslizaban por su garganta y esófago.

Continuó mamándole la verga y acariciándola con su lengua unos instantes más, hasta asegurarse de que había salido la última gota de su leche y de que la polla del hombre estaba completamente limpia y suave.

- ¿Dónde has estado todo este tiempo? –preguntó Gonzalo, dejándose caer en una tumbona.

- Estaba encerrada en la almena del castillo, pero un caballero me liberó –respondió Andrea.

- Pues…, le estoy muy agradecido a tu caballero liberador –dijo con una sonrisa Gonzalo, mientras Andrea se echaba en otra tumbona junto a la de él, tan cercanas las dos, que pronto sus manos comenzaron a acariciarse mutuamente.

Aquellas primeras y suaves caricias se transformaron pronto en algo mucho más intenso. Gonzalo se incorporó en la tumbona que ocupaba y, sin dejar de acariciar con sus dedos el coño y el clítoris de Andrea, lamió y succionó sus pechos y pezones, logrando que estos se endurecieran y erizaran, más aún de lo que ya estaban.

De nuevo Andrea comenzó a gemir y suspirar. Cada vez con más intensidad. Y la intensidad fue aún mayor cuando dos dedos de Gonzalo se abrieron camino en su cuerpo, penetrando despacio, pero sin pausa, en su encharcado coño, a la vez que con la palma de la mano rozaba y presionaba en su caliente y duro clítoris.

Andrea alargó uno de sus brazos, hasta poder agarrarse a la polla de Gonzalo, la cual volvía a dar señales de vida, recobrando poco a poco el vigor que había tenido unos minutos antes.

Por su parte, Gonzalo deslizó su boca por el cuerpo de la mujer, por su suave y terso vientre, dedicándole todos los besos y caricias de los que fue capaz, hasta llegar a su entrepierna, en la que destacaba su precioso coño, envuelto por unos labios vaginales rosados y carnosos y coronado por un clítoris abultado y duro. Todo ello envuelto en una buena cantidad de fluidos.

Gonzalo lanzó su boca sobre el coño de Andrea. Lamió sus labios, los acarició por fuera con la punta de la lengua, mientras sus manos acariciaron y masajearon sus tetas y pezones. Después, y tras deslizar la lengua varias veces sobre la abertura del coño, llegando hasta el clítoris, mordió éste con fuerza con sus labios, tirando de él con fuerza, moviéndolo a un lado y otro, y presionándolo después con la lengua, provocando que una nueva riada de fluidos salieran por el excitado coño.

Sin dejar de succionar y mordisquear el maravilloso clítoris de la mujer, Gonzalo volvió, como ya hiciera antes, a introducirle sus dedos en la vagina, moviéndolos dentro de ella, hasta el fondo y en círculos. Primero muy despacio, muy lentamente y, poco a poco, aumentando el ritmo hasta convertirlo en una verdadera follada, acompañada por la endemoniada forma en que sus labios y su lengua succionaban y lamían su, cada vez, más excitado y endurecido clítoris.

Los gemidos de Andrea podían escucharse por los vecinos, pero poco les importó a los dos nuevos amantes. Y menos aún cuando, invadida por un sentimiento de placer casi desconocido para ella en sus más de 40 años de vida, una fuerza irresistible y fenomenal, recorrió todo su cuerpo, obligándola a gritar y a taparse la boca con sus manos para mitigar el sonido de su garganta, mientras sus piernas se cerraron sobre la cabeza de Gonzalo, obligando a éste a succionar y morder con más fuerza e intensidad, a la vez que un orgasmo, tan intenso como prolongado, sacudió todo su cuerpo, haciéndola temblar por completo durante un buen tiempo.

- Ufff, y tú ¿también has estado encerrado en un castillo? –preguntó Andrea, aún con la respiración entrecortada, sin moverse de la tumbona.

- He habitado varios castillos, y de todos me he ido por mi propio pie –respondió él, mientras se echó de nuevo en la otra tumbona.

- ¿Cómo tienes la polla? –preguntó directamente Andrea, a la vez que trató de alcanzarla con sus manos.

- La tengo lista para ti –respondió Gonzalo.

- Entonces, no me hagas esperar: fóllame –suplicó Andrea, mientras cambió de postura, para colocarse a 4 patas sobre la tumbona.

Gonzalo se puso de pie, detrás del precioso cuerpo de Andrea. El coño brillaba, completamente encharcado por una interminable sucesión de fluidos. Llevó la polla con su mano hasta la entrada del sexo de la mujer, rozándolo a conciencia con la punta dura y caliente de su capullo, presionándolo sin introducirla dentro, arrancando suspiros de Andrea, la cual, presa de la ansiedad y del deseo, movía su cuerpo buscando la penetración del hombre, a la vez que con una de sus manos acariciaba y frotaba su clítoris.

Poco después, Gonzalo sujetó a Andrea por las caderas y, con un fuerte y certero empujón, hundió su polla dentro de su cuerpo, casi por completo, haciéndola gritar, en una mezcla de dolor y placer, que repitió varias veces más, bajo las fuertes embestidas que aquél la propinó.

Las embestidas pararon durante unos segundos, en los que Gonzalo propinó algunos azotes en las redondeadas nalgas de Andrea. Con cada nuevo palmetazo, ella sintió dolor y escozor, pero también placer. Poco a poco, el dolor y el escozor se transformaron en más placer, haciéndola gemir desear más.

La polla de Gonzalo volvía a palpitar, volvía a desear alcanzar un certero y conocido clímax, por lo que pronto volvió a moverse, para deslizar su verga dentro del coño de Andrea, entrando y saliendo casi por completo con cada embestida, sintiendo así él como el coño de la mujer engullía su polla hasta lo más hondo de su cuerpo, mientras que ella sentía su cuerpo lleno e inundado hasta las entrañas, por aquella dura y caliente verga, que tanto placer la estaba proporcionando.

La follada se fue haciendo cada vez más intensa y profunda. En el jardín sólo se oía el chapoteo de la polla dura y caliente de Gonzalo, dentro del coño encharcado de Andrea y los gemidos que, tanto uno como otro, no dejaban de emitir.

Fue Gonzalo el primero que, dejándose llevar por una oleada de placer que le hizo sucumbir, terminó derramando la segunda descarga de leche de la tarde, en el interior del coño de Andrea, azotando de nuevo a la vez las nalgas de ésta, con sonoras e intensas palmadas, lo que provocó que la mujer, sintiendo el líquido viscoso de su amante dentro de su cuerpo, junto con el placer que le suponía sentir sus fuertes palmetazos en el culo, terminara también corriéndose, de nuevo tratando de ahogar un desesperado grito de placer, que fue audible para todos los vecinos.

Tras varias embestidas más, para terminar de depositar toda la leche en el coño de Andrea, Gonzalo salió del interior del cuerpo de la mujer, momento en que los dos se echaron de nuevo en sendas tumbonas.

Perdieron la noción del tiempo, viéndose sorprendidos, a su regreso, por Cristina, aunque ella para nada se sorprendió de la escena con la que se encontró en su propia casa.