Larga batalla por una esposa. 23
El video la delató, pero la confesión lo dejó helado. No era solo una aventura; era una jaula de placer y dolor que ella no podía romper. Ahora, él debe entender el juego para ganar la guerra que ni siquiera sabía que libraban.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 23.
Cuando María vio aquel video, recién levantada, sólo pudo expresar una palabra:
— Menuda hija de puta!
Estoy convencido de que esa mañana sintió verdadera lástima por mi. Lo noté en su expresión y hasta en su postura corporal. Tardó menos que yo, pero también le llevó su tiempo reponerse. Quiso que de alguna manera no se rompiera el ciclo vital y casi me obligó a adecentarme y bajar a desayunar. La conversación fue muy larga, hasta llegar la hora de recoger las mesas. Noté que no se atrevía a dejarme solo, así que me impuso seguir juntos, sólo cediendo a la propuesta de que se viniera a mi casa, en Toledo. Se quedaría, y estaré en deuda por siempre, durante tres días completos, hasta que me consideró a salvo y tuvimos, por así decir, un plan de acción consensuado.
Me habló de Joana. Era conocida en el ambiente de lesbianas de Valladolid, pero no por tener citas o coqueteos con otras homosexuales, sino por buscar amantes entre mujeres casadas. Probablemente su disfrute era poseerlas, con un fuerte toque sado-masoquista, y compartirlas con el que era realmente el eje de su vida, Rubén, al que sólo pensaba como agradar y dar satisfacción. Matrimonio desde hacía bastantes años, lo cierto es que formaban una simbiosis de enorme beneficio para ambos. Por supuesto no tenían descendencia, y ciertamente nadaban en dinero. Tampoco parece, no obstante, que hubieran tenido éxito alguno reseñable antes de que Beatriz cayera en sus garras. Mi mujer había sido, durante años, la victima perfecta para esa pareja, señora elegante en lo mejor de su madurez, desposada con alguien poco avisado, sumisa y de sensualidad desbordante. Un diamante para esa gente. Respecto a Rubén, tenía fama de galán atractivo y era conocido que había tenido amantes, entre sus subordinadas del trabajo y fuera, aunque todo esporádico, seguramente con la anuencia de Joana, por más que sin su participación. No cabía duda de que ambos eran inteligentes, pero distintos. Ella era de temperamento antipático, arisca y hasta con rasgos de crueldad, aunque tenía cierta capacidad para disimularlo todo y parecer que era condescendiente y hasta amable, llegado el caso. Mientras, él apuntaba a introvertido, recio en lo físico como mental, y desde luego un tanto arrogante.
Desde que vivían juntos, en trío, salían muy poco por la ciudad y prácticamente todos los fines de semana estaban fuera, a menudo haciendo turismo rural. El verano siempre iban a Cataluña y Francia, que parecían ser sus lugares favoritos. En cualquier caso eran discretos, muy pocos conocían la naturaleza de la relación que mantenían entre sí, esas dos mujeres y el varón.
Finalmente, María se sinceró completamente conmigo. Fue a resultas de una pregunta directa por mi parte:
— ¿Qué siente Beatriz por ese tipo?
Pasó un largo minuto antes de contestarme. Estábamos sentados en la terraza de mi salón, mirando a los cigarrales, con el fulgor del ocaso encendiendo las rocas del gran barranco del Tajo. Vengo a resumirlo en estos párrafos que siguen.
Mi ex-mujer había adquirido muy pronto una dependencia extraordinaria de Rubén, en lo sexual pero también en lo emocional. Jamás había sentido tanto placer, él la había hecho alcanzar orgasmos que ni podría haber imaginado que existieran, en intensidad y número. Además la trataba con una mezcla de obligado éxito para conquistar una mujer como ella. Consistía en puntos medidos de delicadeza, signos eventuales de cariño, aderezados por autoridad serena y hombría. Sin duda jugaba con ella, ofreciéndole el cielo y la protección justa frente a la otra cara de la moneda, Joana. Era esencial que yo llegara a entender ese eje bien engrasado y formidablemente coordinado a la perfección que conformaban. La lesbiana era despiadada con Beatriz, manejaba con soltura su debilidad hacia el sometimiento, no sin un plus en absoluto despreciable de disfrute para mi ex-mujer. Había dado con el secreto de un masoquismo innato, que alimentaba y profundizaba magistralmente. Por otro lado, cuanto más servidumbre y hasta temor generaba en su víctima más ésta buscaba el amparo de Rubén y se entregaba a él. El afán por dar placer, ya genérico y connatural en Beatriz, se reforzaba muchos enteros con el intento de escapar/obedecer a Joana.
Nunca esa pareja perversa podría haber soñado con tener una gran hembra como Beatriz bajo su control. Era lo máximo a lo que podían aspirar, sin duda. De rostro y mirada naturalmente dulces, arrugas perioculares apenas esbozadas que sólo denotan veteranía, pómulos y labios perfectos, líneas y volúmenes faciales caucásicos, ojos de azul claro luminoso con cabellos sedosos ligeramente ondulados y de color casi platino, delicada en los movimientos y el lenguaje, universitaria aunque de gustos en el vestir muy tradicionales, ya libre de todo posible embarazo pero a rebosar de puro atractivo sexual, formidables pechos para quien le gusten grandes, abdomen aún en línea pese a algún exceso, caderas anchas en su justa medida, con poderosas nalgas y muslos, pantorrillas bien conformadas, manos finas, virgen cuando la tomaron de penetración anal y tampoco habiendo recibido semen alguno en su boca.
Me arrepiento, muchísimo, de no haber tenido jamás sexo oral cuando fue mi esposa. Jamás lo intenté porque me educaron así y, curiosamente, pensaba que a ella no le agradaría. En cuanto a lo que llamábamos antes “por vía no natural” pues para qué hablar, eso ya me parecía tan indigno como innecesario. Cosas de una época y de un ambiente, en el que crecí, crecimos ambos.
La cuestión estaba clara. Me habían golpeado muy duro, controlaban los tiempos y las formas de actuar, probablemente lo sabían todo de mi y yo apenas empezaba a saber algo de ellos. Todavía no tenía claro el resto de principios fundamentales de la guerra, pero sí que mi voluntad de vencer se reforzaba. Contra todo pronóstico.
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