Xtories

La granja perfecta. 4. El toro

Nunca fue un hombre, fue un animal entrenado para el placer ajeno. Ahora, con la chapa al cuello y la fuerza en la sangre, su misión es simple: encontrar la hembra dispuesta y al macho que sepa agacharse. Esta vez, el jardín de Sonia es el escenario de una lección que nadie olvidará.

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Soy Toro1. Lo sé porque desde mi adolescencia llevo una chapa al cuello con mi nombre.

Mi niñez fue corta. No conocí a mi familia porque desde que recuerdo vivía con mujeres blancas muy maduras que me cuidaban a mí y a otros como yo. Creo que pertenecía a un grupo de escogidos por características físicas.

Me criaron con una alimentación especial muy rica en proteínas y con constante ejercicio físico. Muy competitivo todo. Además recibíamos un tratamiento especial a base de hormonas. Por tanto, crecimos rápido y fuertes.

Nuestras criadoras, ademas de alimentarnos nos adiestraban en el sexo. Nos estimulaban con caricias. Nos masturbaban a menudo, incluso antes de ser sexualmente adultos. Lo que nunca podíamos conseguir era follarlas. Todo esto hacía que estuviéramos casi permanentemente salidos y excitados.

Todos éramos altos, fuertes, negros y bien dotados. En la adolescencia el clima se fue poniendo cada vez más agresivo y debido al peligro de que nos hiciéramos daño entre nosotros, nos aislaron a todos.

La vida pasó a ser muy monótona entonces. Era una especie de cárcel de aislamiento.

Cada día una hembra blanca de las que nos criaron, nos sacaba a pasear desnudos y visitábamos sin ser vistos las viviendas de parejas blancas en las que la hembra siempre era descomunal y el macho inferior. Contemplábamos como los machos eran sumisos. Entonces veíamos como entraban cuando estaban solas, machos negros como yo pero adultos y montaban a las hembras a veces con el sumiso delante. De esta manera fui comprendiendo cual sería mi papel en esta vida.

En algunas ocasiones en mi ración de diaria creo que incorporaban un sedante porque me quedaba dormido y al despertar notaba que tenía mi sexo dolorido, como si me hubieran sacado alguna muestra. Fue por entonces cuando debieron ponerme la chapa al cuello.

Seguidamente me pusieron a trabajar. Mi primera vez fue inolvidable. Mi criadora me llevó como de costumbre a pasear pero en esta ocasión me abrió la puerta trasera de un jardín y me obligó a pasar. Entré atemorizado de no saber cómo sería acogido pero allí encontré una hembra poco más jóven que mi criadora, de grandes caderas, bastante rellenita, que me miraba con lujuria. A su alrededor jugaban varias crias. Ella las mandó a jugar a un rincón del jardín y obedecieron. Desde allí nos observaban.

No había rastro de su macho y eso me dio confianza. Ella se puso a gatas y me dio la espalda, o mejor, el culo. Como ya he dicho era grande. Me fui acercando con cautela y como nunca me habían dejado montar, temía una trampa.

Mi rabo colgaba entre mis piernas, casi me llegaba a las rodillas. La hembra entonces se acercó,lo olió y empezó a chuparlo. Como un resorte creció y endureció. Al verlo, me volvió a ofrecer su grupa. No lo dudé, a cuatro patas como ella, salté a su lomo y la cabalgué. Fue mi primera vez. Su coño era húmedo y suave. Mi rabo entró con facilidad pese a sus dimensiones. Dí unos empujones y mi leche fluyó allá adentro. Me bajé de mi cabalgadura y ella pasó a chupar la leche sobrante. Esto hizo que otra vez me excitara.

Sin darle apenas tiempo a reaccionar, la rodeé y salté de nuevo hasta vaciarme nuevamente. Ella dejaba hacer y esta vez oí sus alaridos. Cuanto más gemía, más me excitaba yo. Subía y bajaba de mi yegua con una frecuencia que ella estaba ya agotada, pero eran muchos años de preparación y ahora era mi turno.

Estuve con ella toda la mañana. Por sus muslos corrían rios de leche. Por fin, agotado, oí la llamada de mi criadora y acudí. Cuando salí, recibí un premio. Mi comida favorita y un descanso merecido.

Al día siguiente y los siguientes más, la escena se repitió. Así mi experiencia me dio tranquilidad y dominio de la situación. Las hembras me esperaban siempre dispuestas. Les gustaba ser folladas. Empecé a gozar de la escena. Uno de los días ví cómo el sumiso de la hembra de aquel día nos miraba por la ventana de la casa sin intervenir y entonces ese día le miré mientras eyaculaba en su hembra. Él se masturbaba.

Mis órganos sexuales acabaron de desarrollarse con este uso intensivo. Mis cojones crecieron y colgaban enormes. ¡Cómo golpeaban la entrepierna de mis hembras! ¡clap, clap, clap!.

A medida que aumentaba mi edad, disminuía la de mis hembras, y por tanto su experiencia. Hoy en día soy el macho alfa del grupo y he fecundado a cientos de hembras.

Mi última hembra, Sonia, estaba aterrada al verme en su jardín. Trató de huir pero yo soy un toro experimentado y le cerré el paso con suavidad, sin asustarla más. Era el primer fecundador que veía y le asustaban mis dotes. Abría hacia mí sus grandes ojos verdes sin poder gritar llamando a su amigo. Lo ví por la ventana pero no salió. Ella trató de acurrucarse pero yo la sujeté con cariño y caricias durante un buen rato hasta ganarme su confianza y despertar en ella el deseo. Con su macho beta seguro que no conocía el placer de un gran macho encima preñándola.

Poco a poco fui acariciándola y lamiendo todo su cuerpo. Cuando llegué a su culo y bajé a su raja, arqueó el lomo para facilitarme todo. Su rajita estrecha se fue humedeciendo poco a poco. Entonces me paseé delante de ella mientras el olor de su coño empezaba a levantarme la polla. Ella me lo olió y noté su excitación. Volví a trabajarle el coño y poco a poco seguí por las nalgas, la espalda y el cuello desde arriba. Mi polla apuntaba directamente a su raja. Empujé dos veces pero era virgen. Demasiado estrecha. Yo quería que cuando terminase con ella quedase con más ganas de macho, no traumatizada y asqueada.

Con toda mi experiencia, volví a las caricias y lametones. Su coñito era un río de fluídos. Volví a la monta. Esta vez al tercer intento entró la punta. El camino estaba preparado. Me acomodé en su espalda, le dí un lametón en la oreja y entonces arqueó más su espalda si cabe. Suavemente empecé con el ritmo de mete-saca y empezó a gemir. Suavemente con mis dientes aprisioné su oreja y amplié mis movimientos adelante-atrás. Sus gemidos pasaron a pequeños gritos de placer. Mis cojones a reventar querían explotar. La metí hasta el fondo y así, inmóvil, la tuve debajo de mí unos quince minutos hasta que apenas sin moverme, la inundé de leche. Ella todo el tiempo gemía y de vez en cuando notaba nuevos flujos dentro de su vagina. ¡Era multiorgásmica!

Ella sudaba bajo mi peso, pero sus piernas eran fuertes y no cedían. Mis huevos trabajaban sin parar. Así, sin bajarme me corrí varias veces más. Ahora sí, dándole ritmo a mi monta. Ahora era yo el que bufaba como macho preñador. Ella lo soportaba todo. Estaba siendo una alumna de primera. Me vacié por completo y allí la dejé, satisfecha y agotada. Seguro que dolorida también, pero con ganas de repetir.

Al cabo de unas semanas, y como excepción, me enviaron de nuevo a visitar a Sonia. Esta vez, como ya me ha pasado con otras, su sumiso estaba con ella. Como experto que soy, ya sé cómo actuar. Los sumisos son débiles y afeminados en su mayoría. Nos admiran a los sementales y éste no iba a ser una excepción.

Me esperaba entre la hembra y yo, cerrándome el paso y con su pequeña polla tiesa.

Me acerco rápido, le miro a los ojos con gesto amenazante, emito un rugido delante de su cara demostrando dominio y veo como su polla se encoge. Es la señal. Se acurruca ante mí y yo, con gesto de desprecio, levanto la pierna y le meo encima. Avanzo orgulloso hacia su hembra con la polla bien tiesa y veo que él se pone nuevamente en medio.

Está a gatas, como yo. Su pene cuelga diminuto. No entiendo. Le bufo, se encoge, gime y mea en cuclillas. Ahora entiendo. Le rodeo pavoneándose, le escupo en el culo y le monto. Me deja, sumiso. Su culo resiste dos empujones, pero con él no hay piedad. Debe saber quién manda. Le ensarto de dos golpes y grita como una hembra. Su chica mira la escena. Se acerca y le besa.

El machito no merece mi leche por ahora. La más fresca la reservo para preñar a su hembra y que me vea siempre en su cría. Es el precio. Descabalgo y hago que me limpie su mierda de mi polla. Le he hecho una limpieza de culo a fondo y bien completa. Sentado en un charco de pis y mierda nos contemplará a partir de ahora, dolorido y tratando de meneársela sin mucho éxito.

Es el turno de Sonia. Esta vez no necesito demasiados preámbulos. Está sobreexcitada por lo que acaba de contemplar. Al fin su pareja ha sido desvirgada y su deseo de ser una hembrita, complacido. La monto y la leche que no le he inyectado en el culo a su machito entra en ella rápido debido al estímulo previo del trabajo de limpieza con la boca que me ha hecho Félix.

Mientras me corro, miro a Félix y exagero mis bufidos para que sepa él que sus cuernos crecen como lo va a hacer la tripa de su Sonia. Mi cría ya está dentro. De todos modos, mientras Sonia grita y gime, me corro un par de veces más.

El cornudo se acerca y trata de besar a Sonia. Ésta le mira con ternura mientras acaricia suavemente su frente y le susurra “cornudito mío, ya has conocido macho, como yo. Mira cómo me preña”. “Seguro que me está haciendo una tripa para tí” “Lo has conseguido. Somos dos hembras sumisas y por eso, te quiero”. Mañana te levantarás y como has querido siempre, podrás vestirte con braguitas y ver en el espejo unos cuernos que yo haré crecer cada día.

Con impresión de dominio, salgo de allí, no sin antes hacer que sea nuevamente el sumiso quién recoja las últimas gotas de mi rabo.

Cuando cerraba la puerta del jardín, ví como Sonia, antes de dejarle a Félix sacar mi leche de su raja, contemplaba el culo de su machito bien dilatado y roto. Parecía no ya un culo, sino una vulva fuera de sitio. Certificó así que su machito no lo era más, que tenía rajita y todo.

Ella abrió sus piernas y mientras el trataba en vano de vaciarla, le acariciaba nuevamente la frente a su ciervo. Mi primera leche había llegado hacía ya rato a sus ovarios.

Mi cría estaba en camino.