Xtories

Deseos Prohibidos VIII

El cuaderno pesaba como una sentencia en sus manos, pero el sonido de los motores frenando en el estacionamiento lo confirmó: no estaban solos. Mientras Layla torturaba a sus propias víctimas, Gabriel y Violeta corrían hacia la oscuridad de las alcantarillas, sabiendo que cada paso los acercaba más a la muerte o a la verdad.

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La Red de Corrupción

Gabriel no descansaba. Sabía que el golpe que le había dado a Layla era fuerte, pero no definitivo. Para derribarla por completo, necesitaba pruebas irrefutables, documentos que la vincularan directamente con la red de trata, los negocios sucios que había heredado de Don Julián y la manera en que expandió su imperio. Cada minuto contaba, y sabía que su enemigo no se quedaría de brazos cruzados.

Sentado en su oficina, revisaba los archivos que su equipo había conseguido hasta ahora. Documentos financieros, transferencias sospechosas, propiedades que servían como fachadas para operaciones ilícitas. Cada página que pasaba solo reforzaba su convicción: Layla debía caer, y lo haría con pruebas que la hundieran sin posibilidad de escapar.

Violeta entró a la oficina con el paso firme de quien sabía que traía información importante. Llevaba un expediente en mano, su mirada llena de determinación.

—Tenemos una pista —dijo, dejando el archivo frente a Gabriel—. Un ex contador de Layla está en la ciudad. Se esconde, teme por su vida, pero si logramos llegar a él antes que ella, podríamos tener la pieza que nos falta.

Gabriel tomó el expediente y lo revisó con rapidez. El nombre del hombre, Rodrigo Fuentes, aparecía en varios documentos clave. Era uno de los que manejaba las transacciones de Layla antes de que desapareciera del mapa. Si alguien sabía cómo funcionaban los hilos financieros de su imperio, era él.

—¿Dónde está? —preguntó Gabriel, cerrando el archivo.

—En un viejo motel en las afueras. Cambia de ubicación cada dos días, pero mi contacto lo ha localizado.

Gabriel se puso de pie de inmediato, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

—Vamos por él antes de que Layla lo encuentre.

El auto negro de Gabriel y Violeta avanzaba por la carretera, alejándose de la ciudad y adentrándose en un territorio donde las calles estaban apenas iluminadas. Rodrigo Fuentes había elegido bien su escondite: un lugar lo suficientemente discreto como para pasar desapercibido, pero no lo suficiente como para escapar de alguien determinado en encontrarlo.

—Si Layla sospecha que vamos tras él, enviará a su gente —dijo Violeta, mirando por el retrovisor—. No podemos perder tiempo.

Gabriel asintió, su mandíbula apretada. Conocía a Layla y su forma de operar. No dejaría cabos sueltos.

Cuando llegaron al motel, el sitio tenía un aire decadente. Una recepción en mal estado, luces parpadeantes y el olor a humedad impregnando el ambiente. Violeta bajó primero, con la mano lista sobre la funda de su arma. Gabriel la siguió de cerca.

—Habitación 214 —susurró Violeta tras intercambiar unas palabras con el recepcionista, quien, a cambio de un par de billetes, les indicó el camino sin hacer preguntas.

Gabriel subió las escaleras, con los sentidos alerta. Tocó la puerta con firmeza.

—Rodrigo Fuentes, soy Gabriel. Vengo a ayudarte. Abre la puerta.

Hubo un silencio prolongado. Luego, un ruido de cerrojo cediendo. La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a un hombre delgado, con ojeras profundas y la mirada temerosa.

—¿Quién eres? —preguntó con voz tensa.

—Soy el hombre que puede sacarte de esta situación con vida —respondió Gabriel—. Pero necesitamos hablar ya.

Rodrigo dudó por un instante antes de abrir la puerta del todo y dejarlos entrar. El interior de la habitación era caótico: ropa esparcida, botellas vacías y una pistola sobre la mesa de noche.

—Sé por qué están aquí —dijo Rodrigo, hundiéndose en una silla—. Pero si creen que Layla me dejará vivir después de esto, están equivocados.

Gabriel cruzó los brazos y lo miró fijamente.

—No tienes elección. Layla ya te considera un hombre muerto. Pero si cooperas conmigo, al menos tendrás una oportunidad de escapar con vida.

Rodrigo pasó una mano temblorosa por su rostro y miró a Violeta, quien asentía con seriedad. Finalmente, suspiró y tomó un viejo cuaderno del fondo de su mochila.

—Aquí está todo —dijo, entregándolo—. Cuentas, nombres, rutas de tráfico. Layla es más poderosa de lo que creen. Si esto sale a la luz, no solo caerá ella. Muchas figuras importantes estarán en la mira.

Gabriel tomó el cuaderno con cuidado y lo hojeó. Cada página era una bomba de tiempo.

—Bien —dijo con una sonrisa helada—. Ahora, salgamos de aquí antes de que Layla nos encuentre primero.

Pero justo cuando se disponían a salir, el sonido de un motor frenando bruscamente en el estacionamiento los puso en alerta.

Layla también había enviado a su gente. Y estaban a punto de llegar.

La Emboscada

El sonido de los motores deteniéndose bruscamente en el estacionamiento hizo que Gabriel y Violeta se miraran con alerta. Rodrigo palideció de inmediato y comenzó a sudar frío.

—Nos encontraron… —susurró con pánico, retrocediendo hasta la esquina de la habitación.

Gabriel se acercó rápidamente a la ventana, apenas corriendo la cortina para observar. Dos camionetas negras habían llegado, y de ellas descendían al menos seis hombres armados. No llevaban uniforme, pero sus intenciones eran claras.

—No hay tiempo para dudar —susurró Gabriel, sacando su arma y comprobando la carga—. Tenemos que salir de aquí.

Violeta ya estaba en acción. Se movió con rapidez, revisando la única salida posible: una ventana trasera que daba a un callejón estrecho.

—Podemos salir por aquí, pero habrá que saltar —dijo, abriendo la ventana.

Rodrigo negaba frenéticamente con la cabeza.

—¡No puedo! ¡No puedo! Si me atrapan, me matarán!

Gabriel lo tomó del brazo con fuerza, su mirada acerada.

—Si te quedas aquí, también te matarán. Así que muévete.

El primer disparo resonó en el aire. La puerta de la habitación tembló cuando alguien intentó forzarla. Violeta sacó su pistola y apuntó hacia la entrada.

—¡Nos están rodeando! —advirtió.

Gabriel no esperó más. Empujó a Rodrigo hacia la ventana.

—¡Salta!

El contador titubeó, pero el sonido de la puerta siendo derribada lo hizo reaccionar. Se lanzó por la ventana, cayendo sobre unos botes de basura en el callejón. Violeta fue la siguiente, rodando con agilidad al aterrizar. Gabriel disparó dos veces hacia la puerta antes de seguirlos.

Los hombres de Layla irrumpieron en la habitación, pero sus objetivos ya estaban huyendo.

—¡Por ahí! —gritó uno de los atacantes, señalando la ventana abierta.

Los disparos comenzaron a llover en el callejón mientras los tres fugitivos corrían hacia la parte trasera del motel. Rodrigo jadeaba con desesperación, apenas logrando mantenerse en pie.

—¡Nos van a matar! —gimió.

Violeta le lanzó una mirada furiosa.

—Cállate y sigue corriendo.

Gabriel guiaba la ruta, su mente trabajando rápido. Habían dejado su auto en la entrada, pero volver allí sería un suicidio. Necesitaban otra salida.

A lo lejos, divisó una alcantarilla abierta. No era la mejor opción, pero en ese momento era la única.

—¡Ahí! —señaló.

Violeta comprendió de inmediato. Se apresuró a levantar la pesada tapa de hierro mientras Gabriel cubría su retirada con disparos precisos.

Rodrigo dudó un segundo antes de lanzarse al interior del túnel. Violeta lo siguió de inmediato.

Gabriel disparó una última vez antes de deslizarse dentro y cerrar la alcantarilla justo cuando los atacantes doblaban la esquina.

El sonido de los disparos se apagó. Solo el eco de su respiración entrecortada resonaba en el túnel oscuro y húmedo.

—Esto no ha terminado —susurró Gabriel, con la mandíbula apretada—. Layla nos acaba de declarar la guerra.

Castigo, Huida y Respuestas

La noche en la mansión de Layla era silenciosa, pero la tensión era palpable. Esmeralda permanecía encerrada en una habitación oscura, con el cuerpo adolorido y la mente atrapada en el miedo. Layla no la había llamado desde que ordenó su encierro, pero sabía que su castigo llegaría pronto. La puerta se abrió de golpe, y dos guardias la tomaron por los brazos, arrastrándola al gran salón.

Layla la esperaba sentada en un sofá de terciopelo rojo, con una copa de vino en la mano y una sonrisa cruel en los labios.

—Espero que hayas tenido tiempo para reflexionar —dijo con frialdad—. Porque ahora aprenderás lo que significa traicionarme.

Esmeralda intentó hablar, pero un golpe la hizo callar. Layla se levantó con elegancia y caminó hasta ella, inclinándose hasta quedar a su altura.

—Te di un nuevo nombre, una nueva vida… y sigues pensando en él —susurró, refiriéndose a Gabriel—. Eso, querida, es inaceptable.

Los guardias sujetaron a Esmeralda mientras Layla deslizaba sus uñas afiladas por su mejilla.

—Voy a recordarte quién manda aquí —continuó Layla con un tono de amenaza—. Traigan las cadenas.

Un par de minutos después, Esmeralda estaba inmovilizada, sus muñecas sujetas al techo por grilletes fríos. Layla se paseó a su alrededor como una depredadora que disfruta de su presa.

—Quiero que sientas el peso de tu error —susurró, antes de tomar un látigo fino y golpearla con precisión en la espalda desnuda.

Cada azote era un recordatorio de su sumisión. Esmeralda ahogó un grito, pero sus lágrimas hablaban por sí solas.

—No volverás a decir su nombre. No volverás a traicionarme —sentenció Layla, disfrutando de la desesperación en los ojos de la joven.

Mientras tanto, Gabriel seguía huyendo. La persecución había sido intensa, pero ahora, bajo la ciudad, en los túneles abandonados, tenía una breve ventaja. Rodrigo jadeaba, incapaz de seguir el ritmo.

—No puedo más… —balbuceó, apoyándose en la pared húmeda.

Gabriel lo tomó del brazo con fuerza.

—Si te quedas aquí, te encontrarán. Tenemos que seguir.

Violeta revisaba su teléfono, intentando conseguir una ruta de escape segura.

—Tenemos una salida a unas cuadras, pero Layla ya movilizó a más gente. No podemos quedarnos quietos.

Gabriel asintió y se obligó a seguir avanzando. No podía permitir que Layla lo alcanzara. No ahora.

El túnel se tornó más angosto y el eco de sus pisadas resonaba como un aviso de que no estaban solos. Gabriel sintió que los seguían. El aire se volvió pesado, el sonido del agua goteando se mezclaba con su respiración agitada. De repente, cuando llegaron a la alcantarilla de salida, algo le sujetó la muñeca con fuerza.

Rodrigo ahogó un grito. Frente a ellos, en la penumbra, un grupo de jóvenes harapientos emergió de las sombras. Sus rostros estaban marcados por el hambre, la suciedad y el miedo. Uno de ellos, un muchacho de no más de diecisiete años, le hizo una seña con la cabeza.

—No salgan —susurró, su voz ronca y llena de cicatrices del pasado—. Hay hombres de Layla afuera. Revisan cada rincón, cada casa abandonada. Si los ven salir, los matarán.

Gabriel observó al chico y luego al resto del grupo. Eran al menos cinco, todos con la misma mirada de supervivientes al borde de la desesperación.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Violeta, aún con la mano en su arma.

—Somos los que quedaron —respondió el chico, sin miedo—. Sobrevivimos a Don Julián. Nos compraron como ganado, nos preparaban para el matadero… para vender nuestros órganos.

Rodrigo palideció aún más. Gabriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Cómo saben de Layla? —preguntó Gabriel con dureza.

—Ella era su socia —respondió otro joven, una chica de cabello corto y cicatrices en los brazos—. No solo vendía personas, también escogía quién vivía y quién moría. Si nos encontramos con ella, estamos muertos.

Gabriel apretó los puños. La rabia lo consumía, pero sabía que ahora lo más importante era salir de allí con vida. Miró a los jóvenes y luego a Violeta.

—Entonces, ayúdennos a escapar. Y les prometo que esto no quedará así.