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Infiel en mis Bodas de Plata - Cap 2

Samy sabe que un solo mensaje puede arrasar con veinte años de matrimonio perfecto. Pero cuando la voz de Javier le susurra que esta vez no se escapará, su cuerpo responde antes que su conciencia.

Samy13K vistas

A duras penas recuerdo mi llegada a Lima con mis padres, un éxodo silencioso de migrantes andinos huyendo de un pueblo que amaba pero que no ofrecía futuro. La ciudad me recibió con indiferencia, abusos y un racismo que se colaba incluso en los cumplidos. Mi padre, con su orgullo intacto, moldeó mi carácter, enseñándome a levantar la cabeza ante las miradas de desprecio. Aprendí a desarmarlos con una sonrisa, a convertir su juicio en deseo —un poder que me sostuvo, pero que también me hizo adicta a las validaciones que llenaban los vacíos de mi juventud. A pesar de todo, alcancé mis metas: primera de mi clase, abriéndome paso en empresas de renombre antes de graduarme. Pero esas heridas nunca sanaron del todo, ni siquiera cuando mis suegros, con su mezcla de linaje italiano y peruano, insinuaban que Miguel, mi esposo, merecía a alguien “mejor” que yo, una mujer de sangre andina que no encajaba en su mundo.

Esa fortaleza que mi padre me inculcó me ha sostenido, pero también me ha aislado. En el trabajo, he ganado respeto y éxito como ejecutiva, mi esfuerzo hablando más alto que cualquier prejuicio. Tres días después de conocer a Javier, mientras revisaba informes, un mensaje rompió mi concentración: él, el taxista, me recordaba el labial que olvidé en su auto. Me molesté; estaba ocupada, y el recuerdo de nuestro encuentro —un coqueteo que no debí permitir— me inquietó. ¿Qué habría pasado si mi esposo hubiera visto el mensaje? Sin embargo, su mensaje era correcto, casi respetuoso, como si supiera que cruzaba una línea. “¿Por qué no lo ignoro?”, pensé, sintiendo esa pulsión irracional que me hace coquetear: una rebelión contra las miradas que me juzgaron en mi juventud, una búsqueda de control en un mundo que me negó tanto. Decidí zanjarlo: le dije que me recogiera a las 7 p.m. Quería el labial y nada más.

Llegó puntual, vestido con ropa deportiva que dejaba ver sus brazos musculosos y piernas velludas, un detalle que aceleró mi pulso. Me subí al asiento del copiloto con una sonrisa pícara, y él, con audacia, sugirió que si le pedía, saltaría el gimnasio por mí. Reí, tentada, y le seguí el juego: “¿A dónde me llevarías?” “Donde tú quieras, mami,” respondió, y la conversación se tiñó de coqueteo. Notó mis miradas a sus piernas y, al estacionar en una zona tranquila, me invitó a tocar sus músculos, advirtiendo que él haría lo mismo si aceptaba. Pensé un instante: “Esto es lo que busco, sentirme deseada sin las cadenas de mi vida perfecta, pero ¿a qué costo?”. Dije: “Quiero tocarte, pero es muy pronto para dejarme tocar”. Exploré sus brazos duros, sintiendo la tensión de sus músculos bajo mis dedos; luego bajé a su abdomen marcado, rozando la línea de vello que descendía; y finalmente sus piernas firmes, donde sentí el calor de su excitación creciendo. La sensación me encendió, mi propia humedad empezando a mojar mis bragas, pero cuando intentó tocarme, lo detuve; mi autocontrol prevaleció, aunque mi cuerpo gritaba por más. Le pedí que me llevara a casa.

Desilusionado, arrancó, y al despedirme, le dije que no habría más, aunque su “me has puesto a mil” resonó en mí, haciendo que mi clítoris latiera. En casa, mi esposo me recibió solo. La excitación acumulada explotó entre nosotros: me arrancó la ropa, me saboreó el coño con su lengua hasta que me corrí en su boca, me penetró con fuerza hasta que grité de placer, y terminé relamiendo su clímax de su verga palpitante. Exhaustos, me acurruqué contra él, agradeciendo en silencio a Javier por avivar ese fuego. Pero mientras gemía bajo Miguel, pensé en Javier, y una punzada de culpa me atravesó: esto es placer robado, una transgresión que podría romperlo todo.

Al día siguiente, otra llamada: el labial seguía en su auto. Furiosa conmigo misma, le dije que lo botara y no me llamara más. Pero su voz arrepentida me ablandó —“Solo quiero verte otra vez, Samy”—, y, atrapada entre culpa y curiosidad, accedí a que me recogiera de nuevo. “¿Por qué cedo?”, me pregunté, reconociendo esa pulsión irracional: a mis casi 50 años, con un matrimonio perfecto, busco esa dopamina prohibida que me hace sentir viva, como si desafiara las heridas de mi pasado. Cerré el teléfono, el corazón latiendo con fuerza. En ese momento, un nuevo mensaje apareció: “Mami, hoy no te escapas tan fácil.” Mi mano tembló al leerlo, y supe que el juego había cambiado.

Posdata: Este relato combina un fuerte componente erótico, cargado de sensualidad y tensión para quienes buscan ese enfoque, con una narrativa profunda que incluye psicología de los personajes, literatura y una trama bien elaborada para los lectores interesados en una experiencia más literaria. Advertencia: No se apresura hacia escenas de sexo de inmediato; cada capítulo construye la historia con propósito, por lo que puede no satisfacer a quienes buscan encuentros explícitos desde el inicio, mientras ofrece una experiencia rica tanto para amantes de la pasión como de la reflexión.