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El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 12

Emma es la mujer perfecta: devota, compasiva, intocable. Pero detrás de las puertas de la iglesia, su fachada se quiebra. Cuando descubren un acto prohibido en la oscuridad, el límite entre la culpa y el placer se desvanece. ¿Podrá contener su fuego sin romper sus votos?

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PARTE 12

El timbre del teléfono me arrancó de un sueño profundo, uno de esos donde mis padres aún eran jóvenes y reían juntos en el jardín. Papá, con su camisa impecable y su sonrisa serena, mamá con su vestido floreado y la mirada llena de luz. Una imagen idílica, la familia perfecta que siempre anhelé tener. Desperté con esa sensación de calidez aún en el pecho, pero también con la punzada de la realidad. Mis padres ya no estaban, y la casa de mi infancia se alzaba vacía, llena de ecos del pasado.

Busqué a tientas el teléfono en la mesita de noche. La pantalla iluminó la habitación con un nombre que me hizo olvidar por completo la nostalgia: Emma.

—¿Emma? —respondí con la voz aún ronca por el sueño.

—Buenos días —su voz, cálida y melodiosa, contrastaba con la frialdad de la madrugada—. ¿Te desperté?

—No, no te preocupes —mentí, intentando ordenar mis pensamientos. Emma. Su casa, el aroma a jazmín que inundaba el salón, la conversación y el momento de pasión que se extendió hasta casi la medianoche… y ese beso, inesperado, apasionado, que me dejó sin aliento e inició todo ese ciclón de lujuria.

—Es que… —titubeó, y por un instante creí escuchar una nota de timidez en su voz, algo inusual en la normalmente resuelta Emma—. Quería decirte… sobre ayer…

Un escalofrío me recorrió la espalda. Ayer. No fue un simple encuentro, fue una explosión de emociones contenidas, una entrega mutua que me hizo cuestionar todas mis convicciones.

—Fue un momento… emocionante —continuó Emma, con la voz un poco más firme—. Nunca había sentido algo así.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una intensidad que me robó el aliento. Emma, la mujer fuerte, la líder espiritual, la madre devota, confesando una emoción tan profunda, tan inesperada… Y yo, que creía estar buscando la estabilidad, la tranquilidad, me encontraba de pronto en medio de un torbellino de pasión.

—En cada momento pienso en ti —añadió Emma, con una sinceridad que me desarmó por completo—. En tu sonrisa, en tus palabras, en la forma en que me miras…

Cerré los ojos, intentando asimilar la magnitud de sus palabras. Emma, la mujer que creía inalcanzable, la que representaba un amor prohibido, un sueño imposible, estaba confesando sus sentimientos por mí. ¿Era ella la mujer correcta? ¿La que me ayudaría a construir esa familia que tanto anhelaba?

—Hoy… —su voz recuperó la seguridad habitual—. Hoy tenemos una labor social en la iglesia. Vamos a repartir alimentos y ropa a las familias más necesitadas. Me preguntaba… si te gustaría acompañarme.

La petición me sorprendió. No era la invitación romántica que quizás esperaba, pero en el fondo, tenía sentido. Era Emma en estado puro: compasiva, entregada a los demás, buscando compartir su luz con el mundo. Y en ese momento, lo único que deseaba era estar cerca de ella, sumergirme en su aura de bondad, aunque fuera en medio del caos y la pobreza. Quizás, observándola en su elemento, podría comprender mejor si realmente era la mujer con la que quería compartir mi vida.

—Me encantaría —respondí sin dudarlo, con una sonrisa que se extendió por todo mi rostro.

—Perfecto —dijo Emma, con un tono de alivio en la voz—. Te paso a buscar en una hora.

Colgué el teléfono con el corazón latiendo a un ritmo desenfrenado. Me levanté de la cama, sintiendo una energía renovada, una esperanza que no experimentaba hacía tiempo. El día se presentaba lleno de incertidumbre, pero una cosa era segura: iba a pasarla junto a Emma, y eso era todo lo que importaba.

El ambiente en el descampado era una mezcla de caos y esperanza. Niños correteaban entre las cajas de donaciones, sus risas agudas se elevaban por encima del murmullo general, ajenos a las preocupaciones de los adultos. Madres con bebés en brazos hacían fila para recibir alimentos, sus rostros reflejando una mezcla de cansancio y gratitud. Ancianos con rostros curtidos por el sol y las dificultades de la vida esperaban pacientemente su turno, sus ojos parecían apagados por la resignación, pero con un destello de esperanza ante la posibilidad de un poco de alivio. En medio de todo ese ajetreo, Emma se movía como un ángel de la guarda, con una sonrisa serena que iluminaba su rostro y una palabra amable para cada uno. Observaba con admiración cómo la gente se acercaba a ella, no solo para pedir ayuda, sino también para compartir sus penas y alegrías, sus miedos y esperanzas. Emma escuchaba con atención, asentía con la cabeza, ofrecía consejos, y en ocasiones, simplemente un abrazo reconfortante, un gesto de solidaridad que trascendía las palabras.

Sintiendo que mi presencia allí era casi anecdótica, como un espectador más en esa obra de caridad, decidí tomar la iniciativa.

—Voy a la iglesia a recoger la ropa que falta —anuncié a Emma, intentando que mi voz se escuchara por encima del bullicio—. ¿Necesitas algo?

—No, gracias —respondió ella, con la mirada fija en una anciana que le contaba su historia con lágrimas en los ojos, absorta en el drama ajeno—. Ve tranquilo, yo me quedo aquí ayudando.

Asentí, admirando su capacidad de entrega y compasión, y me dirigí hacia mi coche, consciente de la mirada de Emma siguiéndome. Mientras abría la puerta del conductor, sentí una ligera presión en mi brazo. Me giré y vi a Emma a mi lado, con una sonrisa tímida en sus labios.

—Te acompaño —dijo con voz suave—. Necesito un respiro.

Me sorprendió su decisión, pero no pude evitar sentir una alegría secreta, un cosquilleo en el estómago que se extendió por todo mi cuerpo. Tenerla a mi lado, aunque fuera por unos minutos, era un regalo inesperado, una oportunidad para escapar del caos y compartir un momento de intimidad.

—Claro, sube —respondí, abriéndole la puerta del copiloto con una galantería que no me era habitual.

El trayecto a la iglesia fue corto, pero se me hizo eterno. Emma se mantuvo en silencio, con la mirada perdida en el paisaje, quizás reflexionando sobre las historias que había escuchado, sobre el dolor y la resiliencia del ser humano, sobre la fragilidad de la vida. Yo, en cambio, no podía apartar mis ojos de ella. La luz del sol se filtraba por la ventanilla, iluminando su piel blanca, casi traslúcida, como la porcelana más fina, y el delicado rubor de sus mejillas, que contrastaba con la intensidad de sus ojos. Recordé la noche anterior, la pasión que habíamos compartido, la forma en que su cuerpo se había entregado al mío con una intensidad bastante peculiar, con una mezcla de abandono y ternura que me había dejado sin aliento. Y me pregunté, ¿cómo una mujer tan entregada a los demás, tan pura e inocente en apariencia, podía albergar semejante fuego en su interior? ¿Cómo podía ser tan fuerte y vulnerable al mismo tiempo?

Al llegar a la iglesia, un edificio antiguo de piedra gris que contrastaba con el colorido caos del descampado, Emma se bajó del coche con agilidad. Mientras ella buscaba las llaves en su bolso, yo no pude evitar fijarme en su escote. El sencillo vestido de algodón se tensaba sobre su pecho, revelando una curva generosa que me hizo recordar la suavidad de su piel bajo mis dedos, la forma en que se arqueaba mientras chupaba sus pezones, el calor que emanaba su cuerpo cuando se masturbaba. Tragué saliva, intentando controlar mis pensamientos, recordando que Emma era una mujer admirable, compasiva, espiritual… pero también era una mujer deseable, que despertaba en mí un deseo incontrolable, una necesidad de poseerla que me hacía olvidar cualquier reparo moral.

Entramos en la iglesia. El ambiente fresco y silencioso contrastaba con el bullicio del descampado, creando una atmósfera de recogimiento y solemnidad. Emma se dirigió a la sacristía, donde se guardaban las donaciones de ropa. Yo la seguí, sintiendo una mezcla de excitación y nerviosismo, como un adolescente que se aventura en un territorio desconocido.

Los paquetes estaban ordenados cerca a la puerta, no fue muy difícil para nosotros meter al auto las cosas, en todo momento cumplí el rol de hombre, cargando los paquetes al maletero del auto, estuvimos a punto de irnos, cuando escuchamos unos ruidos que provenían de algún lugar cercano.

Al acercarnos, escuchamos unos gemidos provenientes del interior, unos sonidos guturales que rompían la tranquilidad del lugar. Intercambiamos una mirada de sorpresa y curiosidad, una complicidad inesperada que nos unió aún más. Con cautela, nos acercamos a la puerta y miramos por una rendija. El guardián de la iglesia, un hombre mayor con fama de santurrón, de rostro adusto y mirada severa, tenía un encuentro íntimo con una mujer de la calle, una joven de mirada perdida y ropas desgastadas. La escena era grotesca e inesperada, y un escalofrío de incomodidad recorrió mi espalda.

Con cautela, apreté mi oído contra la puerta. Los gemidos se hicieron más claros, más urgentes, puntuados por el crujido rítmico de la madera. ¿Qué demonios?, le dije en voz baja a Emma, ​​que estaba lo suficientemente cerca como para que pudiera sentir el calor de su aliento. Se encogió de hombros, con los ojos muy abiertos, pero no había forma de confundir el rubor que se extendía por sus mejillas. Lentamente, empujé la puerta para abrirla solo un poco, lo suficiente para ver el interior y pensar que lo que estaba pasando no era un sueño.

La escena ante nosotros era nada menos que impactante.

Allí, a la tenue luz de las velas parpadeantes, pude observar mejor la escena, estaba el guardián de la iglesia: un hombre conocido por su comportamiento severo y sus sermones santurrones. Su cabello canoso estaba despeinado, su rostro desfigurado en una mezcla de placer y desesperación. Y debajo de él, presionada contra el altar, había una mujer joven. Su ropa gastada estaba amontonada alrededor de su cintura, sus manos agarraban el borde de la losa de mármol mientras él la penetraba con salvaje abandono. Su rostro estaba vuelto hacia otro lado, pero la tensión en su cuerpo lo decía todo.

Sentí un escalofrío recorrer mi columna, una mezcla de asco y fascinación. Esto no solo estaba mal, era grotesco. Y, sin embargo, no podía apartar la mirada.

A mi lado, Emma jadeó suavemente, su mano volando hacia su boca. Pero no dio un paso atrás. En cambio, se inclinó más cerca, con su cuerpo rozando el mío. Podía sentir el subir y bajar de su pecho, el calor que irradiaba de su piel. Su mirada estaba fija en la escena, sus labios ligeramente separados. Había algo en su expresión, algo hambriento, casi depredador.

—¿Puedes creer esto? —susurró, con su voz temblando como si existiese una extraña excitación.

Sacudí la cabeza, incapaz de formar palabras. Mi mente corría, dividida entre la urgencia de irme y la inexplicable atracción que me llevaba más profundamente al momento. Y entonces, sin previo aviso, Emma se movió. Se puso delante de mí, con su espalda presionando contra mi pecho. Sentí que se curvaba hacia mí, con sus caderas rozando mi creciente excitación.

—Oh Dios —dijo al ver de nuevo.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, y puso sus manos apoyadas en el marco de la puerta como para estabilizarse. El movimiento fue deliberado, calculado. Sus nalgas redondas, parecían quirúrgicamente mejoradas, y presionaron firmemente contra mí; podía sentir cada centímetro de ella a través de la fina tela de su vestido. Mi respiración se entrecortó mientras mi miembro se endurecía, tirando contra mis pantalones.

Emma me miró por encima del hombro, sus ojos brillaban con algo peligroso.

—No me digas que no estás disfrutando esto —murmuró, como goteando una acusación burlona.

Tragué saliva con fuerza, mi pulso se aceleró.

—Esto es una locura —logré decir, aunque mi voz sonó extraña para mis propios oídos.

Ella sonrió, volviendo su atención al espectáculo que se desarrollaba ante nosotros.

—¿Una locura?... Tal vez. Pero también es... emocionante, ¿no crees?

Quería discutir, negarlo, pero la verdad era innegable. Mi cuerpo me estaba traicionando, respondiendo a su cercanía, a la naturaleza prohibida de lo que estábamos presenciando. Estaba mal, muy mal, y sin embargo...

Emma se movió de nuevo, frotándose contra mí sutilmente, enviando otra ola de calor recorriendo mis venas. Su aroma llenó mis fosas nasales, algo floral, embriagador. Apreté la mandíbula, tratando de mantener algo parecido al control, pero se me estaba escapando entre los dedos como arena.

—Puedes fingir todo lo que quieras —su voz apenas era audible—. Pero puedo sentir cuánto te excita esto.

Mis manos se crisparon a mis costados, ansiosas por tocarla, por acercarla más. Sin embargo, dudé, dividido entre la culpa y el deseo. Emma no esperó a que le diera permiso. Extendió la mano hacia atrás y sus dedos rozaron mi muslo antes de deslizarse hacia arriba para agarrar mi muñeca. Con un suave tirón, llevó mi mano hacia su cadera y la guió hacia abajo hasta que toque la curva de su trasero.

—Joder —susurré en voz baja, mi determinación se desmoronó.

Ella dejó escapar un suave suspiro de satisfacción, inclinándose más hacia mí.

—Eso está mejor —ronroneó.

Su otra mano se estiró hacia atrás, buscando la cremallera de su vestido. Con un movimiento suave, tiró de ella hacia abajo, la tela se desprendió para revelar el delicado encaje de su sujetador y la curva de sus caderas.

Mi cerebro hizo cortocircuito.

—Emma, me dijiste que ​​no podemos...

Me interrumpió con una risa aguda mientras empinaba más el culo.

—¿De verdad vas a parar ahora? ¿Después de todo esto?

Inclinó la cabeza hacia la pareja que todavía estaba encerrada en su abrazo apasionado, sus gemidos se hicieron más fuertes, más desesperados.

—Ya somos parte de esto, lo admitas o no.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago, despojándome de cualquier pretensión de inocencia. Ella tenía razón. No solo estábamos mirando, estábamos involucrados. El escenario tabú que estábamos presenciando, nos había arrastrado a esta danza retorcida.

Emma se dio la vuelta por completo y deslizó las manos por mi pecho mientras presionaba su cuerpo contra el mío. Sus labios rozaron mi oído y su respiración era caliente y pesada.

—Acércate —susurró—. Pega tu cuerpo.

Dudé solo un momento más antes de ceder, mis manos agarraron su cintura mientras la acercaba más. Nuestros labios se unieron en un beso febril, olvidando toda restricción. El mundo exterior se desvaneció y solo nos dejó a los dos... y la sinfonía pecaminosa que se desarrollaba justo detrás de la puerta entreabierta.

A medida que nuestros movimientos se volvían más frenéticos, Emma rompió el beso y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que envió una sacudida por todo mi cuerpo. Yo estaba con la verga al aire libre, mientras presionaba contra su trasero.

—Más fuerte —exigió, con la voz temblorosa de necesidad.

Mis manos se deslizaron más abajo y ahuecaron su trasero con firmeza mientras la levantaba del suelo. Envolvió sus piernas alrededor de mi cintura y sus uñas se clavaron en mis hombros mientras la llevaba hacia el banco más cercano. La madera crujió bajo nuestro peso cuando la dejé en el suelo y mi cuerpo se presionó contra el suyo.

—¿Estás segura de esto? —pregunté, con la voz ronca por el deseo, creyendo que podría penetrarla.

Ella sonrió y sus dedos recorrieron mi pecho.

—Nunca he estado más segura de algo en mi vida, pero lo haremos después de casarnos, por ahora solo puedes rozarlo, tienes el resto de mi cuerpo a tu disposición.

Estaba algo decepcionado, pero ella se enfocó en quitarme esos pensamientos de la cabeza, hundió su lengua en mi boca mientras se contorsionaba moviendo sus nalgas como si se tratase de una vaquera. Mi pene estaba humedecido, reaccionando al calor de su concha. Sus movimientos aumentaron, causando que el roce se incremente y traslade su tanga a un lado, sentí sus labios vaginales tocando el tronco de mi miembro, la zona empezó a humedecerse gracias al incremento de nuestros fluidos, ella empezó a gemir en voz baja, mientras sus tetas presionaban mi rostro.

—Mmm… —gimió con la voz baja—. Me gusta esta posición.

Mi verga seguía dura, con un ímpetu increíble, buscando penetrar sus agujeros, pero en los momentos más delicados, cuando el orificio vaginal parecía acercarse, ella conseguía moverse sutilmente. Con un movimiento de caderas conseguía quitarse el peligro. Yo estaba al límite cuando un sonido peculiar llegó a mis oídos.

—Tac tac —parecía provenir del lugar donde el guardián tenía sexo.

Eran sonidos de tacones, rápidamente me levanté. Emma, con el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par, me jaló a un lado.

—Será mejor que nos vayamos —dijo mientras nos poníamos la ropa.

Asentí, sintiendo una mezcla de vergüenza ajena y alivio por no haber sido descubierto, por no haber interrumpido esa escena que no debía ser vista. Salimos de la iglesia en silencio, cada uno con sus propios pensamientos. Yo no podía dejar de pensar en la hipocresía del guardián, en la fragilidad de la moral humana, en la contradicción entre la apariencia y la realidad. Y en cómo no éramos diferentes haciendo cosas indebidas a solo unos pasos de ahí. Emma, en cambio, parecía absorta en una profunda reflexión, con la mirada perdida en el vacío, como si estuviera cuestionando sus propias creencias. Caminó con rapidez como queriendo irse rápido. Yo la seguí despacio, buscando que mi erección disminuya y pensando en lo ocultaría su mente.

Quizás se preguntaba cómo conciliar la fe con la realidad, cómo mantener la esperanza en un mundo lleno de contradicciones, cómo seguir creyendo en la bondad del ser humano después de haber presenciado semejante acto lujurioso.

Al salir de la iglesia, el sol me cegó por un momento, obligándome a cerrar los ojos. Al recuperar la visión, vi a Emma hablando con un grupo de personas en el descampado, gesticulando con energía, su rostro reflejaba una profunda angustia. Me acerqué a ella, con el corazón en un puño, con la preocupación inundando mis sentidos. ¿Qué habría ocurrido? ¿Estaría todo bien?

Al acercarme a Emma, estaba con las manos en las caderas y la mirada fija en el horizonte, parecía contener una furia silenciosa. Su tono de voz, aunque controlado, transmitía una indignación que contrastaba con su habitual serenidad.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, con el corazón en un puño.

Emma respiró hondo, como intentando calmarse antes de hablar.

—Unos jóvenes... —comenzó, con la voz temblorosa—. Unos jóvenes me han faltado al respeto.

—¿Qué te han hecho? —pregunté, sintiendo cómo la sangre me hervía de indignación.

—Me han silbado —explicó Emma, con un gesto de desprecio—. Y me han dicho... cosas obscenas.

Cerré los puños, imaginando la escena. No podía creer que alguien se atreviera a faltarle el respeto a Emma, una mujer que parecía tan bondadosa y entregada a los demás.

—¿Qué te han dicho exactamente? —pregunté, necesitando conocer los detalles para poder canalizar mi rabia.

Emma dudó por un momento, como si le costara repetir las palabras que le habían dirigido. Finalmente, con la voz baja y llena de vergüenza, me contó lo que esos jóvenes le habían dicho.

—Dijeron que tenía un buen par… de tetas, y luego que podían hacerme ver el cielo mientras me daban con fuerza —mencionó tras una pausa—. Notaron que aun tenía el vestido desencajado.

Eran frases degradantes, referencias a actos sexuales humillantes, palabras que solo hombres llevados por la lascivia podían dirigir a una mujer.

—¡Mierda! —dije empuñando las manos—. La juventud merece ser adiestrada como en épocas anteriores.

Sentí una oleada de ira recorrer mi cuerpo. Tenía ganas de ir a buscar a esos jóvenes y hacerles pagar por su insolencia. Pero al mirar a Emma, vi que su rostro reflejaba más tristeza que miedo. Era como si la hubieran herido en lo más profundo de su ser, como si hubieran mancillado su dignidad.

—No te preocupes —mencioné, tomando su mano con delicadeza—. Esos tipos no valen nada. Son unos cobardes que solo se atreven a molestar a las mujeres.

Emma me miró con gratitud, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

—Gracias —murmuró, apretando mi mano con fuerza—. Me alegra que estés aquí.

En ese momento, supe que tenía que protegerla, que no podía permitir que nadie la volviera a hacer sentir así. La abracé con fuerza, sintiendo su cuerpo temblar ligeramente.

—No dejaré que nadie te haga daño —le susurré al oído—. Te lo prometo.

Emma se acurrucó en mi pecho, buscando consuelo en mi abrazo. Permanecimos así durante unos minutos, en silencio, sintiendo la conexión que nos unía, una conexión que iba más allá de la pasión y el deseo, una conexión que se basaba en el respeto, la admiración y el deseo de proteger al otro.

Cuando Emma se separó de mí, y su rostro había recuperado la serenidad.

—Gracias —repitió, con una sonrisa sincera—. Me siento mucho mejor.

—Me alegro —respondí, sintiendo una profunda satisfacción por haberla ayudado.

En ese momento, decidimos dejar atrás el incidente y continuar con la labor social. Pero la imagen de Emma, con la mirada llena de indignación y la voz temblorosa, quedó grabada en mi memoria.

Continuará…

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