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El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 11

Emma le niega el sexo, pero le ofrece algo más prohibido: sus senos y su control absoluto. ¿Podrás resistirte a ser su 'pequeño' mientras ella decide hasta dónde llegar?

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PARTE 11

La casa de Emma era pequeña, acogedora, sin lujos. Un espacio cálido y personal, lleno de pequeños detalles que la hacían sentir como un hogar. La luz de una lámpara de pie con una pantalla de tela suave inundaba el salón con un brillo tenue y dorado. Emma se levantó del sofá, un sillón sencillo pero cómodo, con una gracia que siempre me cautivaba. Tomó una manta de lana doblada sobre el respaldo y la extendió sobre la alfombra desgastada en el centro de la habitación. No había chimenea, pero el calor humano que emanaba de ella llenaba el espacio de una calidez reconfortante.

Me miró con una sonrisa que iluminó su rostro, una sonrisa que me transmitía una paz que pocas veces había encontrado. Apagó la luz del techo, intensificando la atmósfera íntima que ya se respiraba en el ambiente.

—Ven —me dijo nuevamente con una voz suave, casi un susurro, extendiéndome una mano.

La tomé y me levanté, sintiendo una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo al contacto con su piel. Me guio hasta la manta y nos sentamos uno junto al otro. El silencio entre nosotros no era incómodo, sino denso, cargado de una anticipación que hacía latir mi corazón con fuerza. Desde niño…, pensé, desde niño soñaba con un momento así. Con ella. En un lugar como este, sencillo, real.

—¿Estás cómodo? —me preguntó, con la mirada fija en mis ojos.

—Más que cómodo —respondí, con la voz un poco temblorosa. Era la verdad. Estar allí, con ella, bajo la luz tenue de la lámpara, en su humilde hogar, era como entrar en un sueño largamente acariciado. La sencillez del entorno lo hacía aún más especial, más auténtico.

Emma se acercó lentamente, su perfume, una mezcla embriagadora de jazmín y sándalo, que me envolvió por completo. Sentí el calor de su cuerpo cerca del mío, el suave roce de su brazo contra el mío. Era una cercanía que anhelaba a cada instante, una cercanía que me hacía sentir vivo, completo. Este es el momento, pensé, con una mezcla de incredulidad y dicha. Este es el momento que siempre imaginé. Aquí, con ella.

—Esta noche… —comenzó a decir, con la voz apenas audible, como si temiera romper la magia del momento—… esta noche es especial.

Asentí en silencio, incapaz de articular palabra. Sus ojos brillaban con una intensidad que me hipnotizaba. Lentamente, acercó su rostro al mío y me besó. No fue un beso rápido o impulsivo, sino un beso lento, profundo y tierno, un beso que parecía explorar cada rincón de mi alma, un beso que confirmaba que este no era un sueño, sino una realidad palpable. Sus labios se movían suavemente sobre los míos, con una delicadeza que me hacía temblar, despertando en mí recuerdos de fantasías adolescentes, ahora convertidas en pura verdad, en la calidez de su modesto hogar.

—Me has hecho mucha falta —susurró entre besos.

—Y tú a mí —respondí, con la voz entrecortada, sintiendo cómo la emoción me embargaba.

Era como si cada célula de mi cuerpo reconociera este momento, como si estuviera destinado a suceder, en este preciso lugar.

Sus manos acariciaron mi rostro, bajando lentamente por mi cuello hasta mis hombros. Yo rodeé su cintura con mis brazos, atrayéndola más hacia mí. El calor de su cuerpo se fusionó con el mío, creando una sensación de intimidad y conexión profunda que me hacía sentir completo, como si finalmente hubiera encontrado la pieza que faltaba en mi vida. Es ella, pensé, casi siempre fue ella, la que estuvo en mis pensamientos por mucho tiempo. En un lugar sencillo como este, donde el amor se siente más puro.

—Emma… —susurré su nombre, como una plegaria, como una confirmación de que este sueño era real, en este espacio íntimo y real.

—Dime —respondió, con la respiración agitada, con la misma intensidad reflejada en sus ojos.

—No quiero que esto termine nunca —dije, con la sinceridad que solo se siente cuando un anhelo profundo se cumple, en la sencillez de su hogar.

Ella sonrió y me besó de nuevo, un beso que hablaba por sí solo, un beso que prometía un futuro juntos, un beso que sellaba un sueño de la infancia hecho realidad, en la calidez de su humilde morada.

Me encontraba completamente hipnotizado por Emma, la mujer que tenía frente a mí. Sus labios suaves aún estaban cerca de los míos, y podía sentir su respiración cálida en mi rostro. El deseo que había crecido en mí desde el momento en que la vi amamantar a su hijo, Noah, ahora era un fuego ardiente en mi interior.

Mientras nuestros labios se separaban lentamente, mi mente recordaba con detalle la escena que había presenciado antes. Emma, sentada en el sofá, sosteniendo a su bebé en sus brazos, ofreciéndole su pecho con amor. La imagen de su hijo succionando ávidamente, la expresión de paz en el rostro de Emma, y la forma en que su blusa se abría ligeramente para revelar la curva de su seno, habían quedado grabadas en mi memoria.

—No podemos tener sexo, cariño —susurró Emma, leyendo mis pensamientos como si fuera una adivina—. Pero, como lo insinué antes, hay otras formas de disfrutar, ¿no crees?

Sus palabras me excitaron aún más. La idea de explorar placeres prohibidos con esta mujer era tentadora. Bajé la mirada hacia su cuerpo, admirando sus curvas bajo la ropa. Su blusa ajustada marcaba la forma de sus senos, y mi mente imaginaba cómo sería sentir esa suavidad en mis manos.

Con un movimiento rápido, Emma deslizó su mano dentro de mi pantalón, agarrando mi pene erecto con firmeza. Un gemido escapó de mi garganta, y ella sonrió, sabiendo el efecto que causaba en mí.

—Vamos, no te resistas —susurró, mientras comenzaba a masturbarme lentamente—. Déjame darte un poco de placer.

Mi mente estaba en un torbellino de sensaciones. Sentir su mano en mi miembro, la calidez de su piel, y la humedad de su saliva que usaba para lubricar mis movimientos, era una combinación explosiva. Mientras ella me masturbaba con habilidad, mi otra mano se aventuró a tocar su cuerpo. Deslicé mi mano por su cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela.

—¿Te gusta, cariño? —murmuró Emma, inclinándose hacia mí, su aliento caliente llegó a mi oído—. Quiero que disfrutes cada momento.

Mis dedos encontraron el borde de su blusa y, con su aprobación, la levanté lentamente, revelando sus senos. Sus pechos eran perfectos, redondos y firmes, coronados por pezones rosados y erectos. La visión me dejó sin aliento, y un gemido de placer escapó de mis labios.

—Tócame —susurró ella, guiando mi mano hacia su pecho—. Siente lo que es mío, lo que alimenta a mi hijo.

Mis dedos temblorosos acariciaron su seno, sintiendo la suavidad de su piel. Emma cerró los ojos, inclinándose hacia mí, ofreciéndome su pecho como si fuera el manjar más delicioso. Bajé la cabeza y tomé su pezón en mi boca, chupando suavemente, recreando la imagen de Noah amamantándose.

Emma gimió, arqueando su espalda ligeramente. El sabor de su piel, la textura de su pezón en mi lengua, y el sonido de su respiración entrecortada, me excitaban más de lo que jamás imaginé. Su mano libre continuaba masturbándome, siguiendo el ritmo de mis caricias en su pecho.

—Ah, sí... —susurraba Emma, alentándome—. Chupa, mi amor. Imagina que eres mi pequeño Noah.

Sus palabras me excitaron aún más. La idea de ser su hijo, de ser el receptor de su leche materna, era un fetiche que nunca había explorado. Mi boca trabajaba con fervor, succionando y lamiendo, mientras mi mente imaginaba la calidez de su leche llenando mi boca.

Emma se movía debajo de mí, guiando mi cabeza hacia su otro seno. Cambié de pezón, chupando y mordisqueando suavemente, mientras ella gemía y me alentaba con palabras seductoras.

—Eres tan apasionado... —susurraba, acariciando mi cabello—. Me encanta cómo me deseas.

Mis caricias en sus pechos se volvieron más urgentes, y mi lengua bailaba alrededor de sus pezones, disfrutando de su sabor único. Mientras tanto, su mano trabajaba con frenesí en mi pene, ahora completamente lubricado por la mezcla de su saliva y mi excitación.

Emma se movía rítmicamente, moví por un instante mi cabeza y observé que tenía una mano sobre su entrepierna, se movía con rapidez, acariciando su coño con esmero. Y siguiendo el ritmo de mis caricias. Sus gemidos se volvieron más intensos, y su cuerpo se tensaba bajo mis manos.

—¡Ah, sí, mi amor! —exclamó ella, con su voz entrecortada—. Sigue así, no pares.

Mis movimientos se aceleraron, impulsados por la necesidad de liberar la tensión que se había acumulado en mi cuerpo. Mi pene palpitaba, suplicando por la liberación de mis fluidos, mientras mi boca continuaba adorando sus senos.

—¡Vamos, cariño, córrete para mí! —animó Emma, apretando mi pene con más fuerza—. Quiero sentir tu leche en mi mano.

Sus palabras fueron el detonante final. Un orgasmo poderoso me sacudió, y mi semen brotó en abundancia, salpicando su mano y parte de su pecho. Emma sonrió con satisfacción, disfrutando de la vista de mi placer.

—Ah, mi amor, eso fue increíble —dijo, acariciando mi rostro con su mano libre—. Me encanta ver cómo te excito.

Me sentía exhausto y extasiado a la vez. Mi respiración era agitada, y mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Emma se inclinó y me besó suavemente, saboreando el sabor de mi deseo en sus labios.

—¿Te gustaría explorar más placeres, cariño? —susurró contra mi boca—. Podríamos hacer cosas... muy interesantes juntos.

La tentación en su voz era irresistible. Mi mente ya estaba imaginando las posibilidades, los juegos eróticos que podríamos inventar.

—Me encantaría, Emma —respondí, tomando su mano y llevándola a mis labios para besarla—. Estoy dispuesto a descubrir todo lo que tengas para enseñarme.

Ella sonrió, sus labios eran llenos de promesa y deseo. En ese momento, supe que esta aventura erótica con Emma apenas estaba comenzando, y que los placeres que me darían serían una experiencia que marcaría mi vida para siempre.

No hubo necesidad de palabras explícitas, la pasión se había manifestado en la intensidad de nuestras miradas, en el roce de nuestras pieles, en el calor de nuestros cuerpos entrelazados. Era una intimidad que trascendía lo físico, una conexión profunda que unía nuestras almas, un sueño de niño que, finalmente, se estaba haciendo realidad, en la sencillez y la calidez de la casa de Emma.

De repente, un llanto infantil rompió el silencio. Un llanto que venía de la habitación contigua, un sonido agudo y demandante que resonó en el pequeño apartamento. Emma se tensó ligeramente, una expresión de preocupación cruzó su rostro, aunque una pequeña sonrisa permanecía en sus labios.

—Es él —dijo con una voz suave, apartándose un poco, aunque sin romper el contacto visual—. Se ha despertado.

Me incorporé lentamente, sintiendo una mezcla de decepción y comprensión. La magia del momento se había roto, pero entendía que su hijo era su prioridad.

—Iré a ver qué le pasa —dijo Emma, poniéndose de pie y arreglándose el cabello con un gesto rápido.

La seguí con la mirada mientras salía de la habitación, con la manta cayendo suavemente a mis pies. Unos minutos después, que se sintieron como una eternidad, regresó con una sonrisa dulce, aunque con un dejo de cansancio en los ojos.

—Ya está dormido —dijo, suspirando levemente—. Solo tuvo una pequeña pesadilla. A veces… a veces se despierta así.

—No te preocupes —respondí, acercándome a ella y tomando suavemente su mano—. Entiendo.

Un silencio incómodo, cargado de una mezcla de resignación y deseo, se instaló entre nosotros. Sabía que era hora de irme. La atmósfera íntima se había disipado, reemplazada por una sensación de realidad.

—Bueno —dije, poniéndome de pie, sintiendo un nudo en la garganta—. Creo que debería irme.

Emma me miró con una expresión de tristeza que me conmovió profundamente.

—¿Te tienes que ir? —preguntó, con una voz suave, casi suplicante. Sus ojos brillaban con un brillo húmedo.

—Sí —respondí, con la voz apenas audible—. Es tarde. Y…

—Podrías quedarte en el sofá —me ofreció, interrumpiéndome—. No quiero que conduzcas a estas horas. Además… me gustaría que te quedaras.

La tentación de quedarme era inmensa. Quería pasar más tiempo con ella, aferrarme a la magia que habíamos creado. Pero la responsabilidad me llamaba.

—Gracias, Emma —dije, con una sonrisa triste—. Pero prefiero ir a casa. Tengo que… tengo que pensar.

Me acerqué a ella y la besé suavemente en los labios, un beso corto pero cargado de significado. Un beso de despedida, pero también un beso que prometía un reencuentro.

—Gracias por esta noche —susurré, con la voz ronca por la emoción.

—Gracias a ti —respondió ella, con una sonrisa triste, con sus ojos fijos en los míos—. Ha sido… perfecto.

Salí de la casa de Emma y me dirigí a mi coche. El aire fresco de la noche me golpeó en la cara, intentando despejar mis pensamientos. Mientras conducía por las calles solitarias, mis pensamientos eran un torbellino. La noche con Emma había sido un bálsamo, un respiro en medio de la tormenta que se avecinaba. Pero el juicio de Chad se cernía sobre mí como una sombra, recordándome la dura realidad que me esperaba. Pensaba en las muchas dudas que se aclararían, en la verdad que saldría a la luz, en las consecuencias que todo aquello traería.

Y también pensaba en Claudia. En su decisión de apoyar a su hermano, a pesar de todo. ¿Cómo puede hacerlo?, me preguntaba, apretando el volante con fuerza. ¿Cómo puede defender lo indefendible? ¿Qué la motivaba a permanecer a su lado? Su lealtad ciega me desconcertaba y me dolía profundamente. Recordaba los momentos que habíamos compartido, los sueños que habíamos construido juntos, las promesas que nos habíamos hecho. ¿Cómo hemos llegado a esto?, me preguntaba, con el corazón apesadumbrado. ¿Cómo había terminado todo así?

El rostro de Claudia se dibujaba en mi mente, su mirada llena de contradicciones, de dolor y de una determinación que me helaba la sangre. Una parte de mí la entendía, comprendía el peso de los lazos familiares, la presión que debía estar sintiendo. Pero otra parte, la parte herida, la parte que la amaba, se sentía traicionada, abandonada por su elección. El juicio se acercaba inexorablemente y con él, la confrontación final. No solo con Chad, el causante de todo este dolor, sino también con Claudia, con el pasado que compartíamos y con las decisiones que nos habían separado, quizás para siempre.

Llegué a casa y me metí en la cama. El silencio de mi habitación contrastaba con el calor y la intimidad que había dejado atrás en casa de Emma. Pero la tranquilidad no llegaba. Mis pensamientos seguían dando vueltas, ahora enfocándose en otro aspecto de la noche. Pensaba en Emma, en su entrega, en la manera en que me estaba seduciendo, parecía que estaba a unos pasos por encima en cuanto a mis debilidades. Pensé en la forma en que me había satisfecho. Era evidente que tenía experiencia, una experiencia que me había tomado por sorpresa.

Un pensamiento cruzó mi mente, un pensamiento que me hizo sentir una extraña mezcla de halago e incomodidad. Ella… ella sabe lo que hace. No era una crítica, en absoluto. Al contrario, me había encantado. Pero al mismo tiempo… me hacía sentir un poco inseguro. Era como si ella hubiera tomado el control, como si me hubiera llevado por encima. Y eso, aunque en cierto modo me excitaba, también me hacía sentir un poco fuera de lugar.

Se supone que yo debo llevar la iniciativa, pensé, revolviéndome entre las sábanas. Era una idea anticuada, lo sabía, pero estaba arraigada en mí. La imagen del hombre como el líder, el que toma las riendas, seguía presente en mi subconsciente. Y la realidad era que, esa noche, Emma había sido la que había marcado el ritmo.

El recuerdo de sus manos, de sus besos, de sus senos a mi tacto, me hizo estremecer. No podía negar que me había gustado, me había gustado mucho. Pero esa sensación de haber sido llevado, de no haber tenido el control total, y la forma en que me había negado el sexo me dejaba un regusto agridulce.

¿Será así siempre?, me pregunté, mirando al techo en la oscuridad. ¿Será ella siempre la que tome la iniciativa? ¿Necesitaré casarme para tenerla por fin? ¿Cómo se sentirá su coño, mientras la penetre con fuerza? ¿Soy mejor que Chad en ese aspecto? La idea de que esto se repitiera en futuras ocasiones me generaba una extraña mezcla de anticipación y nerviosismo. Una parte de mí quería que volviera a suceder, disfrutar de su entrega y su experiencia. Pero otra parte, la parte insegura, la parte que se aferraba a viejos esquemas, anhelaba tomar el control, ser yo quien marcara el camino.

Tal vez… tal vez la próxima vez sea diferente, pensé, cerrando los ojos. Tal vez la próxima vez le dé la vuelta a la situación. Era una idea que me rondaba la cabeza, una promesa silenciosa que me hacía a mí mismo. Una promesa de que, aunque había disfrutado de la noche con Emma, no iba a dejar que esa dinámica se repitiera indefinidamente. Necesitaba, por mi propio bienestar, sentir que yo también tenía el control. Necesitaba demostrarme a mí mismo que yo también podía ser el que guiaba el camino.

Pero otro pensamiento, aún más profundo y perturbador, comenzó a abrirse paso entre los demás. Pensé en Chad. En su presencia invisible, pero palpable, en la vida de Emma. Sabía que habían tenido una historia, una historia que, por lo que entendía, había sido importante para ella, las imágenes de esos videos me llegaban a la cabeza, como espadas perforando corazones inocentes en una guerra sin tregua.

Y aunque Emma nunca hablaba de él directamente, yo sentía su sombra proyectándose sobre nosotros.

¿Qué pensará ella cuando me bese?, me pregunté, con un nudo en el estómago. ¿Me comparará con él? ¿Recordará sus besos, sus caricias, su forma de hacerla sentir? La idea me atormentaba. No quería ser un simple sustituto, un recuerdo pasajero. No quería ser comparado con el fantasma de su pasado.

La necesidad de superarlo, de borrar su huella, se convirtió en una obsesión. Tengo que ser mejor que él, pensé con determinación. Tengo que ser un mejor amante. Tengo que hacerla sentir cosas que él nunca pudo. Tengo que borrarlo de su mente, de su corazón.

No era una competencia, al menos no en el sentido estricto de la palabra. Era una necesidad interna, una necesidad de reafirmarme, de demostrarme a mí mismo que era digno de ella, que podía ofrecerle algo que nadie más podía. Quería que cuando pensara en mí, no hubiera lugar para comparaciones, solo para el recuerdo de nuestras noches juntos, de la intimidad que compartíamos.

Pensé en sus manos sobre mi piel, en sus besos apasionados, en la forma en que me miraba. Recordé la calidez de su cuerpo contra el mío, la sensación de completitud que sentí al estar con ella. Y entonces, una nueva determinación nació en mi interior.

No voy a dejar que haya comparación alguna, me dije, con una firmeza renovada. Voy a ser el mejor amante que haya tenido. Voy a hacer que se olvide de Chad, que solo piense en mí.

No era arrogancia, sino una profunda necesidad de seguridad. Necesitaba creer que podía ofrecerle a Emma algo único, algo que la hiciera feliz, algo que la hiciera olvidarse de su pasado. Necesitaba superar a Chad, no para ganarle una batalla inexistente, sino para ganarme el corazón de Emma, para construir un futuro juntos, libre de fantasmas y comparaciones. Y sabía que debía empezar derrotándole en el juicio.

Continuará…

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