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El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 10

La noche en casa de Emma se transforma de una cena tranquila a un encuentro cargado de deseo. Cuando el masaje se vuelve demasiado íntimo y el beso lo lleva al borde, ella pone un alto: no puede cruzar la línea sin estar casada. Pero la noche no termina ahí, y la tensión solo se intensifica.

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PARTE 10

El sol se había ocultado por completo cuando finalmente salí de casa, llevando conmigo la mezcla perfecta de nervios y entusiasmo. Me miré en el espejo antes de partir, asegurándome de que cada detalle estuviera impecable. Mi camisa blanca de algodón de alta calidad estaba perfectamente planchada, y un par de pantalones oscuros completaban el conjunto. Había invertido en un perfume que prometía captar la atención, ese aroma amaderado y especiado que te hace oler inolvidable. Con el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás con gel, me sentí seguro y listo para lo que fuera que esta noche trajera.

Antes de llegar, me detuve en una tienda de juguetes y escogí un juego de carritos para Noah. Sabía que su sonrisa sería suficiente para alegrarme la noche. También tomé un detalle para Emma: una delicada pulsera plateada con pequeños colgantes en forma de estrellas. Algo sencillo pero lleno de significado, como ella misma.

Al llegar al barrio, observé que era una zona modesta, con casas pequeñas, pero bien cuidadas. La casa de Emma tenía un encanto peculiar; una parcela discreta con un jardín frontal lleno de flores que seguramente ella misma cuidaba. Antes de tocar la puerta, respiré hondo para calmar mis nervios.

Cuando abrió, mi corazón dio un vuelco. Emma estaba radiante. Su vestido sencillo realzaba su figura, y su cabello caía en ondas naturales que desprendían un aroma fresco, como si acabara de salir de la ducha. Llevaba un maquillaje discreto, pero el labial carmín hacía que sus labios lucieran irresistibles. Me recibió con un abrazo cálido y un beso que rozó la comisura de mis labios, un gesto que, aunque probablemente inocente, despertó todos mis sentidos.

—¡Llegaste! —dijo con una sonrisa que iluminó toda la entrada—. ¿Qué traes ahí?

Le mostré las bolsas, y al ver el regalo para Noah, sus ojos se llenaron de un brillo especial.

—¿De verdad pensaste en él? Eres increíble. —Llamó a Noah desde la sala, donde jugaba con un par de carritos viejos. Cuando el pequeño vio el regalo, caminó tambaleándose hacia mí con los ojos abiertos como platos.

—¡Gracias, de verdad eres muy considerado! —exclamó su madre mientras se abalanzaba sobre mí para abrazarme con una fuerza que me sorprendió.

Emma me miraba con ternura, y cuando me separé, le entregué su regalo.

—No me olvidé de ti —le dije, sintiendo un ligero calor en las mejillas.

Ella abrió la cajita con cuidado, y al ver la pulsera, cubrió su boca con una mano, visiblemente emocionada.

—Es preciosa. —Su voz era un susurro cargado de emoción—. No tenías que hacerlo, pero gracias… de verdad, gracias.

Me tomó de la mano por un instante, y aunque fue breve, su tacto dejó una huella imborrable.

—Ahora me toca a mí consentirte —dijo, guiándome hacia la sala.

Nos sentamos mientras Noah jugaba felizmente en una esquina. Emma apareció con una botella de vino y dos copas. Me di cuenta de que no tenía un abridor, y ella, algo apenada, lo confesó.

—Espero que no te importe, pero no tenía tiempo ni dinero para un vino como el que me diste aquella noche. Este no es tan elegante, pero...

La interrumpí con una sonrisa.

—No importa la calidad del vino, Emma. Lo que importa es la compañía.

Ella sonrió con una mezcla de alivio y gratitud, pero aún quedaba el problema del abridor. Después de buscar un rato, terminé improvisando con un tenedor y un cuchillo, arrancando la tapa con algo de esfuerzo.

—¡Nunca dejas de sorprenderme! —dijo entre risas mientras servía el vino en las copas.

Brindamos con entusiasmo, mientras ella no dejaba de observarme con unos ojos aduladores.

—Por las sorpresas de la vida —dije, mirándola a los ojos.

—Y por las personas que llegan a iluminar nuestros días, incluso cuando no lo esperamos —respondió ella con una mirada que parecía atravesar mis defensas.

La noche continuó con una conversación ligera al principio, pero poco a poco se tornó más profunda. Hablamos de sueños, de miedos, de lo que esperábamos de la vida. Sus palabras parecían honestas, y su risa, era como una melodía que hacía que todo a mi alrededor se sintiese bien.

Emma, con su cabello castaño cayendo en suaves ondas sobre sus hombros y una sonrisa radiante, se veía aún más bella de lo habitual. Su vestido ajustado resaltaba sus curvas, y yo no podía evitar admirar su figura cada vez que se movía para servirnos más vino. Había algo en su presencia que me atraía irremediablemente, una mezcla de sensualidad y calidez que me hacía desear estar más cerca de ella.

Mientras charlábamos animadamente, compartiendo historias y risas, un llanto repentino interrumpió el momento. Noah, quien había estado gateando por el suelo, ahora lloraba desconsoladamente. Emma, con una habilidad maternal innata, se agachó rápidamente y lo levantó en brazos.

—¿Qué pasa, mi amor? ¿Tienes hambre? —murmuró ella con dulzura, acariciando la mejilla de su hijo.

El pequeño Noah, con sus ojos brillantes y su pequeño cuerpo retorciéndose, parecía confirmar su suposición. Emma se encogió de hombros y me miró con una expresión divertida.

—Parece que es hora de la comida —dijo, dirigiéndose hacia la cocina—. Lo siento, pero tengo que atender a mi pequeño glotón.

Yo me puse de pie, sintiéndome un poco nervioso. La idea de que Emma estuviera a punto de amamantar a su hijo frente a mí me provocaba una mezcla de emociones. Recordé la primera vez que la vi amamantando, en el auto de camino al cementerio de mascotas, y cómo mi cuerpo reaccionó de manera inesperada.

—No te preocupes, ya me has visto antes —dijo ella, leyendo mis pensamientos—. Además, no hay nada de qué avergonzarse, es algo natural.

Con esas palabras, Emma se sentó en un sillón y, con delicadeza, levantó su vestido, revelando sus pechos llenos y redondos. Mi corazón dio un vuelco al ver sus pezones rosados y erectos, endurecidos por la leche materna. Sentí una oleada de deseo y curiosidad que me dejó sin aliento.

Emma sonrió al notar mi reacción, y con un gesto coqueto, me invitó a acercarme.

—Ven, siéntate a mi lado —me dijo en un susurro seductor e irónico—. No te haré daño, al menos no siempre.

Obedecí, sintiéndome como un adolescente en su primer encuentro íntimo. Me senté a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir su calor, pero lo suficientemente lejos como para no invadir su espacio personal. Mi mirada se fijó en sus pechos, ahora expuestos ante mí, y en la forma en que Noah se aferraba a uno de ellos, succionando con entusiasmo.

—¿Te gusta lo que ves? —susurró Emma, inclinándose hacia mí—. No te preocupes, puedes mirar todo lo que quieras. Te diré un secreto, me gusta que me veas así, me hace sentir deseada.

Sus palabras me dejaron sin palabras. Nunca había experimentado algo tan íntimo y, al mismo tiempo, tan erótico. Ver a Emma amamantando a su hijo despertaba en mí un deseo contradictorio, una mezcla de ternura y lujuria que me hacía sentir vulnerable y excitado a la vez.

Mientras observaba, mi mente comenzó a imaginar escenarios prohibidos. Me pregunté cómo se sentiría tener esos pechos en mis manos, cómo sería saborear la leche que ahora alimentaba a Noah. Mi pene, respondiendo a mis pensamientos, comenzó a endurecerse dentro de mis pantalones.

Emma, aparentemente consciente de mi creciente excitación, se movió ligeramente, ajustando su posición. El movimiento hizo que su vestido se deslizara aún más, revelando la curva de su cintura y la suave piel de su vientre.

—¿Te estás poniendo cómodo? —preguntó con una sonrisa pícara—. No te preocupes, puedes tocas si deseas hacerlo. Tengo la piel delicada, así que ten cuidado. No puedo hacer menos por un hombre que se preocupa por mí. Sabes… a veces, la lactancia puede ser aburrida, y un poco de distracción no viene mal.

Sus palabras me sorprendieron, pero también me llenaron de un deseo ardiente. Sin dudarlo, extendí mi mano y la posé suavemente sobre su muslo, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos. Emma emitió un pequeño gemido, una mezcla de placer y sorpresa.

—¿Te gusta? —susurré, acercando mi rostro al suyo.

Ella asintió, sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y deseo.

—Me encanta —respondió, tomando mi mano y guiándola hacia su pecho—. Toca, siente lo llenos que están.

Mis dedos exploraron su pecho, sintiendo la firmeza de sus pechos y la suavidad de su piel. Emma cerró los ojos, disfrutando de la sensación, mientras yo me deleitaba con su reacción.

—¿Quieres probar? —susurró, su voz era ronca de deseo—. Puedes saborear mi leche, si te atreves.

La invitación me dejó sin aliento. Mi mente imaginó la escena, mi boca en sus pechos, saboreando la leche materna que fluía de sus pezones. Era un pensamiento prohibido, pero la tentación era demasiado grande.

Justo cuando estaba a punto de inclinarme y cumplir mi fantasía, Noah se separó de su pecho, satisfecho y somnoliento. Emma lo meció suavemente en sus brazos, y me miró con una sonrisa enigmática.

—Lo siento, parece que la fiesta ha terminado por ahora —dijo, levantándose de la silla—. Pero no te preocupes, esto no ha terminado. No te vayas, tal vez después podamos explorar juntos… estuve tan sola por tanto tiempo.

Me quedé sentado, sintiendo la intensidad del momento que acababa de vivir. Mi cuerpo ardía de deseo, y mi mente estaba llena de imágenes eróticas. Mientras observaba a Emma desaparecer por el pasillo, llevando a Noah a su habitación, supe que esta no sería la última vez que compartíamos un momento tan íntimo y provocador.

Regresó después de unos minutos, se sentó a mi lado y algunos mechones de su cabello seguían cayendo en suaves ondas sobre sus hombros. En un tono entre risueño y quejumbroso, comentó:

—Creo que mi espalda no soportará mucho más. Estar en esta posición tanto tiempo me está matando —giró la cabeza hacia mí y añadió con una sonrisa pícara—. ¿No serías tan amable de ayudarme un poco? Un masaje no me vendría mal.

Me quedé inmóvil por un segundo, procesando sus palabras. Mi mente se llenó de nerviosismo, pero también de cierta emoción ante la idea de tener contacto físico con ella. ¿Podría rechazar esa petición? Claro que no.

—Eh... claro, por supuesto —dije, tratando de parecer relajado, aunque sentía el calor subiendo por mi cuello.

Me puso de pie frente al sofá, mientras ella giraba ligeramente el cuello con una expresión de alivio anticipado.

—Gracias. Si no fuera por ti, estaría buscando un masajista profesional —su tono estaba cargado de un humor ligero, pero la mirada que me lanzó tenía un matiz diferente, algo que no podía definir del todo.

Se sentó en el borde del sofá y me señaló con un movimiento de su cabeza.

—Aquí estoy, lista para que el experto haga su magia.

Sonreí nervioso mientras me colocaba detrás de ella. Sus hombros estaban tensos bajo la suave tela de su blusa, y el perfume que llevaba parecía intensificarse con cada movimiento. Coloqué mis manos sobre su espalda, comenzando con movimientos suaves y torpes.

—No soy un experto, pero haré lo mejor que pueda —murmuré, más para mí mismo que para ella.

—Confío en ti —respondió en un susurro, inclinando la cabeza hacia adelante para dejarme más espacio.

A medida que mis manos recorrían su espalda, trataba de concentrarme únicamente en el masaje, pero era imposible ignorar la calidez de su piel a través de la tela. Mis dedos, ahora más confiados, se movían sobre los puntos donde su musculatura estaba más tensa. Sentía su respiración acompasada, casi como si estuviera dejando escapar todo el estrés acumulado en cada exhalación.

—Eres bueno en esto... demasiado bueno. —Su voz era apenas un murmullo.

—Creo que exageras —respondí con una risita nerviosa, aunque sus palabras hicieron que una oleada de orgullo se colara en mi pecho.

Por un momento, el silencio reinó en la habitación, roto únicamente por el sonido de nuestras respiraciones y el leve crujir del sofá bajo su peso. Entonces, Emma habló de nuevo, con una nota de seriedad que no esperaba.

—¿Sabes? Hace mucho que nadie me cuida así, ni siquiera en las cosas pequeñas.

—¿Cómo que nadie? —pregunté, sorprendido, mientras mis manos seguían trabajando en su espalda.

—Bueno, Chad no era exactamente un ejemplo de cuidado... y después de él, no me he permitido depender de nadie. Supongo que olvidé cómo se siente que alguien esté ahí para ti.

Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Era difícil imaginar que alguien como Emma, fuerte, segura y llena de energía, pudiera sentirse sola o descuidada.

—No mereces eso, Emma. Mereces a alguien que esté contigo, en las cosas pequeñas y en las grandes. Alguien que te cuide como tú cuidas a los demás.

Ella giró ligeramente la cabeza para mirarme de reojo, con una expresión que mezclaba agradecimiento y algo más, algo que no pude descifrar del todo.

—Eres un buen hombre —dijo, con un tono que parecía más íntimo que antes—. Noah tiene suerte de tenerte cerca. Yo también.

Me quedé sin palabras por un momento, sintiendo cómo el calor subía por mi rostro. La vista de su escote estaba a mi disposición, y con cada movimiento, su cuerpo se retorcía, causando que sus senos temblaran, podía distinguir pequeñas venas azules que se mostraban seductoramente. Decidí concentrarme de nuevo en el masaje, aunque mis movimientos se volvieron más delicados, casi como si estuviera respondiendo a la ternura de sus palabras.

Cuando terminé, Emma suspiró profundamente y se levantó con una sonrisa satisfecha.

—Eso fue increíble. Te debo una —dijo, girándose hacia mí. Pero antes de que pudiera responder, se acercó y me dio un suave beso en la mejilla, tan cerca de los labios que el roce fue casi eléctrico, luego bajó la vista a mi entrepierna—. Veo que también algo está estresado ahí.

Era claramente un aliciente para mi lujuria, me acerqué a ella y la besé con determinación, ella abrió sus labios permitiendo que mi lengua se entrelazase con la suya, solo quería hacerla mía, con mi mano derecha me apoderé de sus senos, y con la izquierda quise sacar su ropa y dejarla como Dios la trajo al mundo.

Emma se separó por un momento, y como tomándose un respiro se acomodó en el sofá junto a mí. Su postura era relajada, pero sus manos jugueteaban con el borde de su blusa, un claro indicio de nerviosismo. De repente, giró hacia mí, y sus ojos encontraron los míos con una intensidad que me tomó por sorpresa.

—Tengo que decirte algo —empezó, su tono más bajo de lo habitual—. Algo importante.

—Claro, dime —respondí, tratando de sonar tranquilo, aunque mi corazón comenzaba a latir con fuerza.

Emma respiró hondo antes de continuar.

—Sé que... hay algo entre nosotros, hay algo que ha estado creciendo desde hace un tiempo. Lo siento cuando estás cerca, cuando me miras. Pero hay algo que necesitas saber.

Me incliné ligeramente hacia ella, asintiendo para animarla a seguir.

—Desde que todo pasó con Chad y volví a esta comunidad, he estado buscando algo que me dé estabilidad. Algo que me haga sentir completa. Y encontré eso en mi fe.

Sus palabras me tomaron por sorpresa. Aunque sabía que era activa en la iglesia, no había imaginado cuánto influía en su vida.

—¿A qué te refieres exactamente? —pregunté, intentando entender.

Emma bajó la mirada por un momento, como si estuviera buscando las palabras correctas.

—Quiero decir que... no puedo tener intimidad contigo. No puedo estar contigo de esa manera, al menos no mientras no estemos casados.

La declaración cayó como un balde de agua fría, apagando cualquier expectativa que había alimentado esa noche. Traté de procesar sus palabras mientras ella continuaba.

—Sé que esto puede parecer extraño o anticuado, pero es algo en lo que creo profundamente ahora. Mi fe me ha dado fuerza y propósito, y no quiero comprometer eso.

Mi mente era un torbellino de emociones. Por un lado, admiraba su convicción; por otro, no podía negar la decepción que sentía. Había imaginado esta noche de muchas maneras, pero ninguna incluía esta conversación.

—Emma... —empecé, buscando las palabras adecuadas—. Yo respeto lo que crees, de verdad. Y entiendo que esto es importante para ti. Pero no puedo negar que me sorprende. No esperaba esto.

Ella asintió, con una leve sonrisa que parecía mezclar comprensión y tristeza.

—Lo sé. No es algo fácil de explicar, ni siquiera para mí. Pero necesito que lo sepas. No quiero que te hagas falsas expectativas.

Me quedé en silencio por un momento, pensando en cómo responder.

—Emma, quiero ser honesto contigo. Me importas mucho, más de lo que puedo expresar. Y quiero estar a tu lado, de la manera que sea. Pero esto es... complicado.

Ella alargó su mano, colocando la suya sobre la mía con un gesto que era tanto reconfortante como íntimo.

—No estoy diciendo que no te quiera, o que no desee estar contigo. Solo que, si seguimos adelante, quiero que sea de una manera que no me haga traicionar lo que ahora soy.

Sus palabras, aunque difíciles de escuchar, estaban cargadas de sinceridad. Sentí que esta mujer, con su fuerza y sus convicciones, merecía todo el respeto del mundo, incluso si eso significaba contener mis propios deseos.

—Lo entiendo, Emma. Y te agradezco que seas honesta conmigo. Quiero que sepas que estoy aquí para ti, sin importar lo que eso implique.

Ella sonrió, y sus ojos brillaron con una mezcla de gratitud y algo más, algo que parecía decirme que, a pesar de todo, había un futuro para nosotros, incluso si ese camino era diferente al que había imaginado.

El ambiente en la casa de Emma era cada vez más íntimo. La tenue luz del salón y el suave murmullo de la noche creaban un espacio en el que parecía que cualquier cosa podía pasar. Después de nuestra conversación sobre sus creencias, pensé que la noche terminaría ahí, y con mis gestos había un desánimo, que no podía ocultar completamente, pero Emma tenía algo más en mente.

Cuando terminé de hablar, ella me miró con una sonrisa ladeada, una mezcla de ternura y travesura que me desconcertó.

—No quiero que pienses que estoy cerrada a todo —dijo, moviendo sus dedos con suavidad sobre mi mano—. Podemos hacer otra cosa, no tan agresiva como... bueno, la intimidad.

Su tono era calmado, pero sus palabras estaban cargadas de implicaciones. Me quedé mirándola, tratando de entender a dónde quería llegar.

—¿Otra cosa? —pregunté, intentando sonar casual mientras mi corazón empezaba a latir con fuerza.

Emma asintió, acercándose un poco más a mí. Sus ojos brillaban con una calidez que derretía cualquier barrera que pudiera haber entre nosotros.

—Sí. Algo que nos permita... conectar, sin cruzar ciertos límites.

Me costaba procesar lo que decía, porque cada vez que la miraba, la imagen de sus labios color carmín y su cabello perfectamente arreglado me hacía perder el hilo de mis pensamientos.

—¿Qué tienes en mente? —pregunté, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

Emma se levantó del sofá, tomó una manta del respaldo de una silla y la extendió en el suelo. Después, me miró con una sonrisa mientras apagaba las luces principales y dejaba encendida una lámpara de mesa.

—Ven —dijo, señalando la manta—. Siéntate conmigo.

Continuará...

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