El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 9
Emma no tolera que otras mujeres miren a Noah, y está dispuesta a marcar su territorio en público. Pero cuando Noah se queda solo con los secretos prohibidos de su padre, el deseo se vuelve una necesidad urgente que no puede ignorar.
PARTE 9
El sol apenas se alzaba en el horizonte cuando decidí que era hora de hacer algo diferente. El gimnasio parecía una buena idea para despejar la mente, liberar tensiones y tal vez encontrar algo de claridad en medio del caos que rodeaba mi vida últimamente. Antes de salir, revisé mi teléfono, y para mi sorpresa, un mensaje de Emma me esperaba.
—¿Qué tal amaneciste? —preguntó, seguido de un emoji de sol que parecía burlarse de mi estado de ánimo.
Le respondí con sinceridad, contando lo que Claudia había escrito en su mensaje la noche anterior. Detallé sus disculpas, su declaración de amor y la confusión que había sentido al leer que testificaría a favor de Chad.
Emma no tardó en responder.
—Eso es... sorprendente —escribió. Después, como si dudara de sus propias palabras, agregó—: No entiendo cómo puede hacer eso, considerando todo lo que Chad ha hecho. Tal vez no conoces tanto a Claudia como pensabas.
Leí esas palabras varias veces. Había una lógica incómoda en lo que Emma decía. Quizá tenía razón. Quizá Claudia no era la persona que yo creía conocer.
—¿Crees que debería dejar de intentar hablar con ella? —pregunté, buscando un consejo.
—Sí —respondió con firmeza—. Si está del lado de Chad, será mejor que no interfieras. Podrías salir lastimado de muchas formas.
Asentí para mí mismo. Su argumento era claro y sensato, pero no dejaba de doler.
—Gracias por tu opinión, Emma —escribí. Luego, intentando cambiar el tema, agregué—: Estaba pensando en inscribirme en un gimnasio. Tal vez el ejercicio me ayude a aclarar la mente.
La respuesta de Emma fue casi inmediata.
—¡Gran idea! ¿Puedo acompañarte?
Me sorprendió su entusiasmo, pero asentí con una sonrisa que, por primera vez en días, se sentía genuina.
—Claro, nos vemos en una hora.
Nos encontramos frente al gimnasio a la hora acordada. Emma llegó con ropa deportiva y una coleta alta que le daba un aire juvenil. Su sonrisa iluminaba la mañana, y por un momento, me sentí más ligero.
—¿Listo para sudar? —preguntó con una sonrisa traviesa mientras me daba un leve golpe en el hombro.
—Listo es una palabra fuerte —respondí, bromeando, mientras nos dirigíamos al mostrador para inscribirnos.
El lugar estaba lleno de energía. Música de fondo animaba el ambiente, y había más personas de las que esperaba para esa hora. Me llamó la atención que había mayor proporción de mujeres que hombres y muchas de ellas parecían estar en su mejor forma física. Miré alrededor mientras caminábamos hacia el área de inscripción, sintiéndome un poco fuera de lugar.
—Veo que este gimnasio es bastante popular —comenté, intentando sonar casual.
Emma me miró, como escudriñando mis pensamientos. Luego soltó una sonrisa.
—¿Lo dices por la gente o por las chicas guapas? —dijo con una ceja levantada, pillándome con la guardia baja.
—Por todo en general —murmuré, desviando la mirada mientras ella reía suavemente.
Nos acercamos al mostrador, donde una joven monitora con una figura impecable y una sonrisa deslumbrante nos recibió.
—¡Bienvenidos! —dijo con entusiasmo, sus ojos alternando entre Emma y yo—. ¿Primera vez en nuestro gimnasio?
—Sí, queremos inscribirnos —respondió Emma, tomando la iniciativa.
La instructora nos observó detenidamente y sonrió con complicidad.
—¡Qué lindo que vengan juntos! ¿Es un compromiso de pareja o algo así?
Ambos nos quedamos helados por un segundo, antes de que Emma soltara una risa nerviosa.
—Oh, no, no somos pareja —aclaró rápidamente, aunque su tono tenía un deje de incomodidad.
Yo asentí, sintiendo que mi rostro se calentaba ligeramente.
—Solo amigos —añadí, con una sonrisa torpe.
La monitora arqueó una ceja, como si no estuviera del todo convencida.
—Bueno, si cambian de opinión, avísenme —dijo con un guiño que no supe interpretar del todo. Luego, dirigiéndose específicamente a mí, agregó—: Si necesitas ayuda con alguna máquina o rutina, no dudes en buscarme.
Emma cruzó los brazos y miró a la monitora con una sonrisa educada pero tensa.
—Gracias, pero creo que nos las arreglaremos.
La monitora nos acompañó al área principal del gimnasio, explicándonos brevemente el uso de las máquinas y sugiriendo ejercicios básicos para principiantes. Sin embargo, parecía particularmente interesada en quedarse cerca de mí.
—¿Has hecho pesas antes? —preguntó, colocándose a mi lado con una confianza natural.
—Un par de veces, pero nada serio —respondí, intentando concentrarme en lo que decía.
—Tienes buena estructura; con un poco de disciplina podrías lograr mucho —dijo, tocando brevemente mi hombro.
Mi cabeza iba de un lado a otro. Por un lado, trataba de prestar atención a lo que decía la monitora, pero la malla pecada a su cuerpo hacía que mi mente divagase entre mirar su escote o apreciar su trasero levantado, tenía una buena cintura que le daba un aire fitness impresionante, era como decían mis amigos: Una mujer cañón.
Y por otro, sentía la mirada de Emma. Su expresión era difícil de leer, pero había un brillo en sus ojos que delataba algo parecido a la irritación.
—Gracias, pero creo que empezaré con algo más sencillo —dije finalmente, intentando cortar la interacción.
Emma se pegó a mi cuerpo, rozando los pezones a mis brazos. Una chispa de corriente recorrió mi cuerpo, y me sentí mal porque estaba con un buzo que podía resaltar mi excitación. Luego intervino agarrándome del brazo y jalándome apuntando hacia otro lugar.
—¿Por qué no comenzamos con las caminadoras? Así calentamos un poco.
La monitora sonrió y asintió, pero antes de alejarse, me dedicó una última mirada. Como si se hubiese percatado de que mi entrepierna acababa de despertar.
—Si cambias de opinión, estaré cerca.
Cuando se fue, Emma soltó un leve suspiro y me miró con una mezcla de diversión y reproche.
—Creo que tienes una nueva admiradora —dijo, alzando una ceja.
—No es para tanto —respondí, encogiéndome de hombros.
—Claro, porque ella solo estaba siendo profesional —replicó con un tono sarcástico, pero su sonrisa suavizó sus palabras.
Sonreí en mi interior, había escuchado que era una práctica común atraer a los clientes para buscar servicios adicionales, como mentorías y suplementos. Probablemente solo estaba haciendo su trabajo.
Subimos a las caminadoras y comenzamos a caminar en silencio. Poco a poco, el ritmo y el movimiento nos relajaron, y Emma finalmente rompió el hielo.
—¿Sabes? Lo que me contaste de Claudia sigue rondándome la cabeza. No entiendo cómo puede estar tan dividida entre tú y Chad.
—Yo tampoco lo entiendo —admití, ajustando la velocidad de la cinta—. Tal vez hay algo que no sé, algo que no me ha dicho.
Emma asintió, su rostro reflejando un pensamiento profundo.
—Es difícil cuando alguien que amas se convierte en un enigma. Pero a veces, el amor no basta para mantenernos cerca de quienes queremos.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Había una verdad incómoda en lo que decía.
—Gracias por acompañarme hoy —dije finalmente, buscando cambiar el tono.
Emma sonrió, y su rostro se iluminó.
—Siempre, ya te lo dije. No tienes que cargar con todo esto solo. Me tienes a mí para ayudarte en lo que desees.
Cuando me dijo eso, mi mente se sacudió, ¿era una insinuación? Últimamente mis hormonas estaban alborotadas y necesitaba un desfogue. Tal vez ella podría ayudarme, pensé, pero luego saqué eso de mi cabeza pensando que me estaría aprovechando de ella.
Seguimos nuestro entrenamiento, probando diferentes máquinas y compartiendo bromas. Al final, estábamos agotados pero satisfechos. Emma, como siempre, tenía una sonrisa lista para encender cualquier momento.
—Esto fue divertido —dijo mientras salíamos del gimnasio.
—Sí, creo que lo necesitaba —admití, sintiéndome un poco más liviano.
En ese momento, me di cuenta de lo mucho que valoraba su presencia en mi vida. Emma era como un faro, una guía en medio de la tormenta, y aunque mi mente aún estaba llena de dudas y emociones encontradas, sabía que con ella cerca, podía encontrar algo de paz. Después de todo ella seguía a mi lado.
Cuando estábamos a punto de salir del gimnasio, sentí el aire fresco de la mañana chocando con nuestra piel ligeramente sudorosa. Estaba a punto de comentarle a Emma lo bien que había resultado todo cuando, de pronto, la monitora apareció detrás de nosotros.
—¡Espera! —dijo, llamándome con una voz suave y cargada de intención.
Me giré, algo confundido, y antes de que pudiera reaccionar, ella se acercó demasiado. Sus labios se posaron cerca de la comisura de los míos, un beso rápido, casi superficial, pero lo suficientemente cercano como para que el calor de su aliento me estremeciera.
—Por si necesitas algo, no dudes en buscarme —dijo con una sonrisa provocadora antes de alejarse, dejándome congelado en mi lugar.
Emma observaba todo, y aunque su expresión se mantuvo estoica, pude notar cómo sus ojos se estrechaban y sus labios se tensaban en una línea fina.
—Vaya, parece que tienes a todo el gimnasio a tus pies —comentó con una mezcla de sarcasmo y molestia contenida mientras cruzaba los brazos.
—Yo... no sé qué decir —balbuceé, incapaz de articular una respuesta coherente.
Emma soltó un suspiro y comenzó a caminar hacia el estacionamiento. Tuve que apresurarme para alcanzarla.
—Es solo una monitora, Emma. No significa nada —intenté justificarme mientras caminaba a su lado.
Ella se detuvo de repente, se giró hacia mí y me tomó del brazo. La intensidad de su mirada me desarmó por completo.
—¿No significa nada? —preguntó con un tono que oscilaba entre la incredulidad y el reproche—. ¿Te das cuenta de lo que hizo? Si no fuera porque estoy aquí, probablemente habría intentado algo más.
—No fue así —respondí con una mezcla de nervios y desconcierto.
Emma soltó una risa irónica y, antes de que pudiera decir algo más, se acercó aún más, apretando su brazo contra el mío. La forma en que lo hizo no dejó lugar a dudas: quería que cualquiera que pasara nos viera como algo más que amigos.
—¿Qué haces? —pregunté, sorprendido por su actitud repentina.
—Si las demás quieren jugar, yo también puedo hacerlo —murmuró, pegando su cabeza a la mía. Su tono tenía una mezcla de desafío y coquetería que me dejó sin palabras.
Caminamos unos pasos más, y Emma, sin soltarme, acercó sus labios a mi oído. Su voz era un susurro que me hizo estremecer.
—Noah preguntó por ti esta mañana —dijo suavemente—. Dice que te extraña.
—Oh, claro. Puedo pasar a verlo —respondí con rapidez, queriendo demostrar que me importaba.
—Perfecto —continuó, su tono adoptó un matiz más juguetón—. Y quién sabe, tal vez después podamos hacer algo más.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Me giré hacia ella, buscando en sus ojos alguna pista sobre lo que realmente quería decir. Pero Emma solo me miró con una sonrisa misteriosa, disfrutando de mi confusión.
—¿Algo más como qué? —pregunté, tratando de aclarar la situación.
—Eso tendrás que averiguarlo tú —respondió con un toque de ironía antes de soltarme y caminar hacia su auto, dejándome plantado en medio del estacionamiento con la mente completamente revuelta.
Me quedé mirando cómo se alejaba, su figura era iluminada por el sol de la mañana. Mis pensamientos se atropellaban entre sí. Emma tenía esa habilidad de dejarme desconcertado y, al mismo tiempo, deseando más.
Cuando encendió su auto, bajó la ventana y, con una sonrisa que bordeaba lo traviesa, dijo:
—Nos vemos más tarde, ¿no?
Asentí, sin atreverme a decir nada más. Mientras su auto se alejaba, sentí un revoltijo de emociones en el pecho. Por un lado, el beso de la monitora aún me tenía confundido, pero por otro, la manera en que Emma me había hecho sentir dueño de su atención me tenía atrapado.
Sabía que esa tarde sería crucial. Noah era solo el pretexto. Lo que Emma realmente quería decir con "algo más" me tenía dando vueltas en mi propia mente. Sin embargo, había algo claro: con ella, nada era predecible, y tal vez eso era lo que más me atraía.
Llegué a casa con la mente atrapada en las palabras de Emma, su insinuación sutil pero cargada de significado daba vueltas en mi cabeza como un disco rayado. ¿Qué habría querido decir con "algo más"? Hacía tiempo que no sentía este tipo de tensión emocional, esta mezcla de expectativa y duda. Me quité los zapatos en la entrada, dejándolos desordenados, y fui directo a la cocina por un vaso de agua fría. Necesitaba calmarme.
Después de unos minutos de introspección, mi cuerpo parecía querer explotar, mi erección se prendía ante cualquier pensamiento, así que decidí que era mejor mantenerme ocupado. Bajé al sótano, donde aún me esperaba el desorden acumulado durante años. Entre las cajas polvorientas y las pilas de objetos olvidados, me sentí un arqueólogo en mi propia historia familiar.
Abrí una caja que parecía intacta, con la cinta amarillenta y frágil por el paso del tiempo. En su interior encontré varias cosas que parecían pertenecer a mi padre: recortes de periódicos antiguos, algunos boletos de conciertos y una botella vacía de whisky con una dedicatoria grabada. Sin embargo, al fondo de la caja, algo llamó poderosamente mi atención: una colección de revistas para adultos, cuidadosamente apiladas y en sorprendentemente buen estado.
Me quedé inmóvil por un momento, incapaz de procesar lo que estaba viendo. Las portadas eran explícitas, mujeres de todas las edades aparecían mostrando los senos, y su parte íntima, dejando poco a la imaginación, y los años de impresión databan de aproximadamente cerca de mi nacimiento. Mi primera reacción fue una mezcla de sorpresa y curiosidad. ¿De verdad eran de mi padre? Ese hombre siempre me había parecido un ejemplo de rectitud, alguien que irradiaba sabiduría y bondad. Sin embargo, ahí estaba la prueba irrefutable de que también tenía un lado oculto, como todos.
La curiosidad me llevó a seguir viendo esas imágenes, había algunas más comprometedoras, una rubia con el cuerpo cubierto por una especie de látex se metía un consolador por el coño. Eso hizo que mi pene se llene de sangre. La incomodidad hizo que mi mano se acerque a la zona, y empiece a masajear el tronco. Enseguida sentí un calor punzante en la punta.
—¡Mierda! —maldije al darme cuenta de mis actos —. ¿Qué estoy haciendo?
Estaba a punto de reventar como un volcán, necesitaba un alivio cuanto antes.
—Así que el viejo también tenía sus secretos —murmuré, medio sonriendo mientras hojeaba una de las revistas con recelo.
Me sentía como si estuviera invadiendo su privacidad. Las imágenes eran demasiado explícitas para mi gusto, pero lo que más me inquietaba era la idea de que un día, yo también dejaría atrás cajas llenas de recuerdos y secretos para que alguien más las descubriría.
Dejé las revistas a un lado, tratando de enfocarme en otra cosa, pero no podía evitar pensar en lo que eso decía sobre él. Me pregunté si habría alguna conexión entre esos objetos y las lecciones que me había dado sobre la vida y el amor. ¿Acaso tenía una faceta de su personalidad que nunca llegó a compartir conmigo?
Suspiré profundamente y cerré la caja con cuidado. No sabía si debía guardarla, tirarla o simplemente olvidarme de su existencia. Al final, opté por dejarla en un rincón, por ahora.
—Otro día me ocuparé de esto —me dije, tratando de sacarme las imágenes de la mente.
El reloj avanzaba lentamente, y el sótano se llenaba del eco de mis pensamientos. Por alguna razón, recordar esas revistas me hizo pensar en mi propia vida amorosa, o más bien, en su ausencia. Me sentí como un extraño en mi propia piel, intentando descifrar cómo los hilos del pasado y del presente se entrelazaban.
La tarde se acercaba, y con ella, mi cita con Emma. La sensación de expectativa seguía latente, pero ahora estaba teñida de una melancolía inesperada. ¿Qué secretos cargamos todos? ¿Y cuántos estamos dispuestos a compartir?
Continuará...
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