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El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 8

Claudia lo dejó por su hermano, el mismo hombre que destruyó sus vidas. Ahora, encerrado en su dolor y con la rabia ardiendo, el protagonista se enfrenta a Chad en la prisión, donde las palabras del villano no solo humillan, sino que desvelan una verdad sucia sobre Emma. ¿Qué secretos guardan las paredes de esa casa y qué precio estará dispuesto a pagar por la verdad?

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PARTE 8

La línea quedó muerta, y mi mente comenzó a llenarse de preguntas. Traté de llamarla nuevamente, pero no respondía. Mi inquietud creció, y le mandé un mensaje.

"Claudia, dime qué está pasando. Estoy aquí para ti. Por favor, háblame."

Vi que leyó el mensaje, y mi corazón dio un vuelco al notar los puntos suspensivos indicando que estaba escribiendo. Pero se detuvo. Luego, volvieron los puntos, y de nuevo desaparecieron. Pasaron minutos que parecieron horas, hasta que finalmente llegó un mensaje largo que, al leerlo, sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies.

"Perdóname. Estoy en una encrucijada que nunca imaginé. Me enteré de cosas que nunca pensé que podrían pasar, cosas sobre mi hermano, sobre mi familia… cosas que no puedo procesar. Te amo, te amo como a nadie antes, pero no puedo estar contigo ahora. Mi mente es un caos, y no quiero hacerte daño. No quiero que esto cambie lo que somos, pero necesito espacio. Tenía sospechas sobre Emma, sobre la relación que pudo tener con Chad, lo que implicaba a su vez a ti, pero nunca te lo mencioné ya que no estaba segura y no quería generar discordia. Sé que vas a testificar contra Chad, y lo entiendo, pero no puedo apoyarte en estos momentos. Por más abominables que sean sus actos, sigue siendo mi hermano”.

"No quiero mentirte, pero debo ser honesta contigo. He tomado la decisión de testificar a favor de Chad. No porque apruebe lo que ha hecho, sino porque siento que debo protegerlo, incluso si eso significa perderte. Por favor, entiéndeme. Estoy desgarrada por dentro. Necesito tiempo para aclarar mi mente, para saber quién soy y qué puedo hacer. Hasta que esto termine, no quiero hablar contigo. Por favor, no me busques. Perdóname".

Terminé de leer el mensaje con los ojos vidriosos. Traté de llamarla de nuevo, pero mi llamada fue desviada directamente al buzón. Intenté enviarle otro mensaje, pero cuando revisé, me di cuenta de que me había bloqueado.

Solté el teléfono y me dejé caer en la cama, mirando al techo mientras un torrente de emociones me embargaba. Amor, rabia, tristeza, frustración. Todas se mezclaban dentro de mí, haciendo imposible pensar con claridad.

Me levanté, incapaz de quedarme quieto. Caminé de un lado a otro por la habitación, leyendo y releyendo el mensaje, buscando algún indicio de esperanza en medio de las palabras.

—¿Cómo puedes decirme que me amas y al mismo tiempo alejarte? —murmuré en voz baja, sintiéndome perdido.

Me serví un vaso de agua, pero lo dejé sobre la mesa sin probarlo. La imagen de Claudia, con su sonrisa cálida y su risa contagiosa, llenaba mi mente. Recordé nuestra primera conversación, la complicidad que habíamos construido, y cada momento que habíamos compartido desde entonces.

Pero ahora, esas memorias parecían pertenecer a otra vida. Una vida que ella misma había decidido poner en pausa.

"Me enteré de cosas que nunca pensé que podrían pasar." Las palabras resonaban en mi cabeza. ¿Qué podía ser tan devastador como para hacerla tomar esta decisión? ¿Qué era aquello que la mantenía atrapada entre el amor que decía sentir por mí y la lealtad hacia Chad?

Por un momento pensé en llamar a Emma. Quería escuchar su voz, encontrar consuelo en alguien que entendiera mi dolor. Pero algo me detuvo. ¿Acaso era justo cargarla con mis problemas cuando ya tenía tanto que enfrentar?

Finalmente, me acerqué a la ventana y miré la ciudad iluminada por las luces nocturnas. La gente seguía con sus vidas, el tiempo no se detenía y las palabras de Claudia seguían repitiéndose en mi mente. No importaba cuánto doliera, sabía que tenía que seguir adelante con el juicio. No por mí, sino por las personas que habían sido lastimadas por Chad.

Con lágrimas en los ojos, susurré al vacío:

—Te amo, Claudia, pero no puedo abandonarme a este dolor.

Sabía que el camino por delante sería solitario, pero también sabía que era lo correcto.

La mañana era fría y gris, como si el clima presintiera el peso de las emociones que cargaba en mi pecho. Después de una noche casi en vela, con el mensaje de Claudia retumbando en mi cabeza, decidí que era hora de enfrentar a Chad. Algo había cambiado en ella tras su última visita al centro de reclusión, y necesitaba saber qué era. No podía ignorar que él era la pieza clave en este rompecabezas oscuro.

Cuando llegué al centro de reclusión, el ambiente me golpeó como un muro: frío, austero y lleno de un silencio tenso que parecía arrastrar los ecos de vidas rotas. Al acercarme a la recepción, un guardia con expresión seria levantó la vista de unos papeles.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Quiero hablar con Chad. Soy… alguien relacionado con el caso.

El guardia arqueó una ceja, midiendo mis palabras.

—¿Tiene una cita programada?

—No, pero es importante. Por favor, intente que me reciba.

Con un suspiro pesado, el hombre tomó el teléfono y habló en voz baja durante unos minutos. Colgó y me miró con expresión neutra.

—Si él lo autoriza, podrá verlo. Espere aquí.

Me indicó que me sentara en una de las sillas de plástico desgastadas en la sala de espera. El tiempo transcurrió con lentitud, cada segundo acompañado del tictac de un reloj cercano que parecía martillar mi mente. Pensaba en Claudia, en sus lágrimas, en la confusión en su voz. ¿Qué le había dicho Chad para desestabilizarla tanto?

El guardia regresó tras lo que parecieron horas y asintió.

—Ha aceptado. Sígame.

Me levanté de inmediato, siguiendo sus pasos por un pasillo estrecho y mal iluminado. Mi corazón latía con fuerza, como si presintiera que esta reunión cambiaría todo. Entramos a una sala pequeña dividida por un vidrio grueso, con teléfonos en cada lado. Me senté y esperé, la tensión acumulándose en cada fibra de mi cuerpo.

Finalmente, Chad apareció. Su figura era un reflejo de lo que había escuchado: demacrado, con ojeras profundas y una barba descuidada. Pero sus ojos, esos ojos oscuros y penetrantes, seguían brillando con la misma arrogancia que lo había caracterizado.

Se sentó frente a mí, tomó el teléfono con desgano y me miró con una sonrisa torcida.

—Vaya, vaya… Mira quién decidió venir. ¿Qué te trae por aquí, héroe?

Su tono burlón me irritó de inmediato, pero traté de mantener la calma.

—Quiero saber qué le dijiste a Claudia. Cambió después de verte. Quiero respuestas.

Chad soltó una carcajada seca, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en la mesa.

—Siempre tan directo. Te diré algo: Claudia no cambió por lo que le dije. Cambió porque finalmente está viendo las cosas como son. Algo que tú deberías hacer también.

—¿A qué te refieres? —pregunté, esforzándome por no dejar que su actitud me desestabilizara.

—Me refiero a que tú no sabes nada. Todos ustedes me ven como el villano de esta historia, pero yo soy mucho más que eso. Soy un hombre que entiende cómo funciona el mundo. ¿Tú? Eres solo un peón en un juego que no comprendes.

Sus palabras me hicieron apretar el puño sobre la mesa.

—¿Es eso lo que piensas? ¿Que manipular a tu propia hermana y arruinar vidas te hace un hombre inteligente?

Chad se echó hacia atrás, riendo con desprecio.

—Oh, vamos. No seas tan melodramático. Manipular, arruinar… Qué palabras tan fuertes. Yo no arruiné nada. Solo aproveché las oportunidades que se me presentaron. La vida es un juego, y yo sé jugarlo.

—¿Jugarlo? —mi voz subió un tono, temblando de ira—. ¿Eso es lo que llamas grabar videos sin consentimiento, traicionar a tu familia y destruir relaciones? ¿Un juego?

Su expresión cambió ligeramente, volviéndose más oscura.

—Sí, un juego. Y tú ni siquiera eres un buen jugador. ¿Sabes por qué Claudia está tan confundida? Porque está atrapada entre el mundo de fantasía que tú representas y la realidad que yo le he mostrado. Ella no puede acercarse a alguien tan patético como tú.

—¿Y cuál es esa “realidad”? —pregunté, casi escupiendo las palabras.

Chad sonrió, pero esta vez había algo más siniestro en su expresión.

—Que nadie es completamente inocente. Ni tú, ni ella, ni siquiera yo. Todos tienen sus secretos, sus lados oscuros. Y cuando todo esto termine, me aseguraré de que lo veas.

—Eres un maldito perdedor —le dije lo que pensaba.

—¿Asi? —dijo con una sonrisa—. Apuesto que todavía no te la follaste, a esa perra. Te voy a dar un consejo a Emma le gusta lo rudo, que le den fuerte hasta que gima, parece una ninfómana cuando tiene sexo. Su rostro… aún recuerdo su cara en el orgasmo. Estoy seguro de que se masturba pensando en mí. Jajaja.

—¿Cómo puedes hablar de esa manera de la madre de tu hijo?

—¿Hijo? —preguntó como si nunca se hubiese percatado—. Espero que lo cuides bien. Jajaja.

No pude contenerme más. Me levanté de golpe, golpeando el vidrio con tanta fuerza que el sonido resonó en la pequeña sala.

—¡Eres un cobarde, Chad! ¡Un cobarde que se esconde detrás de mentiras y amenazas porque no puede enfrentar las consecuencias de sus actos!

Los guardias entraron inmediatamente, pero no antes de que Chad hablara una última vez, su tono lleno de burla y desafío.

—Cálmate, campeón. No querrás que te saquen de aquí antes de terminar tu pequeño show. Pero recuerda mis palabras: este juicio no me va a detener. Saldré de aquí, y cuando lo haga, todos ustedes pagarán por subestimarme.

Los guardias me sujetaron firmemente y comenzaron a sacarme de la sala. Chad me despidió con una sonrisa triunfal.

—Nos vemos en el juicio, amigo. Será divertido.

Al salir del centro de reclusión, me sentí como si hubiera estado en una pelea que no había terminado. La rabia seguía ardiendo en mi pecho, pero también estaba la creciente preocupación por Claudia. ¿Qué le había dicho Chad? ¿Qué había descubierto ella que la había llevado a tomar esa decisión?

Subí al auto y apoyé la frente en el volante, respirando profundamente para calmarme. Esto no iba a ser fácil, pero no iba a rendirme. No solo por las víctimas de Chad, sino también por Claudia. Por Emma. Por mí mismo.

De regreso en casa, el silencio parecía más pesado que nunca. Intenté contactar a Claudia después de mi visita al centro de reclusión, pero, como temía, seguía bloqueado. No había forma de llegar a ella. Sus últimas palabras resonaban en mi mente y pensé en voz alta:

—Tal vez, si le dejo tiempo, todo esto se aclare.

Quizá ese pensamiento era congruente. Tal vez forzar una respuesta no haría más que alejarnos más.

Con un suspiro, me obligué a enfocarme en algo más. Miré alrededor de la casa, esa vieja estructura que alguna vez estuvo llena de vida y risas. Ahora, cada rincón parecía un recuerdo atrapado en el tiempo. Decidí que era hora de enfrentar uno de los proyectos que había pospuesto por demasiado tiempo: el sótano.

Bajé las escaleras lentamente, con la bombilla de luz titilando sobre mi cabeza. El lugar estaba lleno de cajas apiladas desordenadamente, cubiertas de polvo y telarañas. No había duda de que esto me tomaría días, si no semanas, pero tal vez encontraría algo que me ayudara a sentirme más conectado con el pasado.

Encendí algo de música, una melodía suave que llenó el espacio con un aire de nostalgia. Mientras revisaba las cajas, cada una parecía contener un pedazo de mi historia familiar: álbumes de fotos, cartas amarillentas, juguetes viejos que alguna vez adoré.

Abrí una caja particularmente desgastada y, entre papeles y libros antiguos, algo rojo capturó mi atención. Lo saqué con cuidado, y mi corazón dio un vuelco al reconocerlo: era la correa roja de Dante.

La sujeté en mis manos, sintiendo su textura áspera y familiar. Mi mente viajó de inmediato al día en que lo vi con esa correa por primera vez. No recordaba haberla comprado ni haberla visto antes de que Dante la usara. Había asumido que Emma la había conseguido, pero nunca le pregunté.

—¿Cómo terminó aquí? —murmuré en voz baja, girando la correa entre mis dedos.

La música seguía sonando, pero ahora apenas era un murmullo lejano. Mis pensamientos estaban atrapados en la imagen de Dante corriendo por el jardín, con esa correa roja ondeando detrás de él. Recordé cómo Emma y yo solíamos bromear sobre lo elegante que se veía con ella.

Sentí un nudo en la garganta. Dante no era solo un perro; era un puente entre Emma y yo, una constante en un mundo lleno de incertidumbre. Tener esa correa en mis manos era como recuperar un pequeño pedazo de él, y al mismo tiempo, sentir su ausencia con más fuerza.

Decidí llamar a Emma. Quizás ella podría darme alguna respuesta sobre la correa. Marqué su número, y tras un par de tonos, su voz cálida y familiar llenó el aire.

—Hola, ¿todo bien? —preguntó, con un tono que parecía aliviado de escucharme.

—Sí, bueno… más o menos. Estaba ordenando el sótano y encontré algo que me recordó a Dante.

—¿Ah, sí? ¿Qué cosa? —su voz se suavizó, como si también recordara al perro.

—La correa roja. La que siempre llevaba.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que Emma respondiera.

—¿La correa roja? Qué curioso… no la habíamos comprado nosotros. Esa correa llegó con Dante, ¿recuerdas? Cuando Chad lo trajo a casa.

Su respuesta me dejó desconcertado. No había pensado en ese detalle en años.

—Es extraño… nunca lo había relacionado, pero ahora que lo mencionas, ¿por qué lo trajo con una correa así?

Emma suspiró.

—Supongo que nunca le dimos importancia. Solo asumimos que era algo que Chad consiguió para él. Pero ahora que lo pienso, Chad nunca fue del tipo que se preocupara por cosas como una correa bonita.

—Eso me hace preguntarme muchas cosas —admití, sintiendo cómo la correa en mis manos adquiría un peso más simbólico.

—Tal vez sea una de esas cosas que nunca sabremos del todo. Pero, ¿sabes qué? Dante era especial, con o sin esa correa. Y siempre fue feliz contigo.

La calidez en su voz alivió un poco el nudo en mi pecho.

—Gracias, Emma. Siempre sabes qué decir.

—Para eso estoy aquí —respondió con un tono que llevaba una sonrisa implícita.

Después de colgar, me quedé un rato más en el sótano, sosteniendo la correa y dejando que los recuerdos de Dante, Emma y todos los momentos compartidos me envolvieran. Algo dentro de mí sentía que este pequeño hallazgo no era casualidad, sino un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, los lazos que nos unen a quienes amamos siempre encuentran la manera de resurgir.

Dejé la correa de Dante sobre la mesa y decidí tomarme un respiro. El aire en el sótano comenzaba a sentirse pesado, y el torrente de recuerdos amenazaba con desbordarme. Subí las escaleras lentamente, dirigiéndome hacia la cocina. Abrí la alacena y saqué un paquete de café, uno de esos que mi madre siempre decía que sabía a hogar. Poner la cafetera en marcha me dio una extraña sensación de normalidad en medio de tanto caos interno.

Mientras el aroma del café llenaba el ambiente, me apoyé contra el marco de la ventana. El cielo estaba teñido de un azul profundo, salpicado de estrellas que titilaban débilmente. La noche parecía tranquila, como si nada en el mundo pudiera perturbarla. Pero dentro de mí había una tormenta.

Tomé un sorbo del café recién hecho, sintiendo el calor reconfortante recorrer mi cuerpo. Miré el cielo y dejé escapar un suspiro pesado.

—La vida es dura, ¿no? —murmuré, como si estuviera hablando con las estrellas.

Había una amarga ironía en todo esto. A veces parecía que la vida disfrutaba ponerme a prueba, como si estuviera jugando a empujarme justo al borde del abismo para ver si retrocedía o caía. Miré el vapor que subía de mi taza y me reí sin ganas.

—Esas novelas románticas están equivocadas. Siempre terminan con finales felices.

Sacudí la cabeza, sintiendo cómo una punzada de tristeza se abría paso en mi pecho.

Me senté a la mesa y saqué mi teléfono, buscando algo que distrajera mi mente de esa maraña de emociones. Abrí las redes sociales y empecé a deslizar el dedo por el feed.

Ahí estaban ellos, mis excompañeros de universidad. Publicaban fotos sonrientes, rodeados de parejas, hijos, y logros. Uno de ellos, Diego, había subido una imagen con su esposa embarazada, ambos radiantes de felicidad. Otro, Mateo, mostraba a su hija dando sus primeros pasos. Las descripciones estaban llenas de frases optimistas: "Nuestra pequeña familia crece", "El mejor regalo de la vida".

Sentí una punzada en el pecho.

Recordé la noche de mi graduación, cuando Claudia estuvo a mi lado. Su sonrisa iluminaba todo a su alrededor, y por un breve instante, pensé que podíamos ser una de esas parejas de las fotos que estaba viendo ahora. ¿Qué había salido mal? ¿Por qué el destino se empeñaba en complicar lo que parecía tan natural?

El eco de su risa me invadió la mente. Recordé cómo me abrazó esa noche, emocionada por mi logro, cómo sus ojos brillaban al decirme lo orgullosa que estaba de mí. En aquel momento pensé que el mundo nos pertenecía, que podíamos enfrentarlo juntos.

Recordé cómo me miró esa noche, sus ojos llenos de orgullo, como si el mundo entero hubiese desaparecido y sólo quedáramos ella y yo.

—Estoy tan orgullosa de ti, ¿lo sabes? —me había dicho, con esa sonrisa que siempre lograba desarmarme.

Había algo en su forma de mirarme que hacía que todo pareciera posible. En su compañía, el futuro se sentía como un lugar cálido y acogedor, no el campo de batalla que ahora enfrentaba cada día.

Regresé al presente con un suspiro. Tomé un trago de café, pero el amargo sabor no podía llenar el vacío que sentía en el pecho.

—Podríamos haber sido algo especial… —susurré, con mi voz apenas audible.

Pero la realidad era otra. El destino parecía haber decidido que las cosas no serían tan fáciles. Ahora estaba atrapado en este torbellino de dudas y conflictos, mientras Claudia y yo nos alejábamos cada vez más, separados por circunstancias que ni siquiera podía comprender del todo.

Tomé otro sorbo de café, buscando consuelo en su calidez. Pero el vacío dentro de mí seguía ahí, un recordatorio de que, a pesar de todo, la vida no siempre seguía el guion de una novela romántica.

Guardé el teléfono, incapaz de seguir viendo las imágenes de vidas que parecían perfectas. La comparación era un veneno que sólo me hundía más. Decidí enfocarme en lo que tenía frente a mí: el presente, con sus retos y posibilidades.

Pensé en la correa de Dante, que había dejado sobre la mesa, era un símbolo de lealtad y amor incondicional. Tal vez, pensé, lo único que podía hacer era seguir adelante, un paso a la vez, como lo había hecho él, siempre confiando en que algo bueno estaba por venir.

Ciertamente, dentro de toda esa tristeza, una chispa de esperanza permanecía. Porque si algo había aprendido de Dante, de Claudia, de Emma, era que la vida, por complicada que fuera, siempre encontraba una forma de sorprenderte cuando menos lo esperabas. Y tal vez, sólo tal vez, todavía quedaba algo bueno por venir.

Continuará...

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