INFIDELIDAD PLACENTERA EN LIBERTAD (Primera parte)
Siempre imaginó que su esposa jugaría con la idea de acostarse con su primo, pero nunca sospechó que el juego ya había comenzado en serio. La verdad, revelada en la intimidad de la cama, es que la traición ya ocurrió, y ahora el marido debe decidir si el placer de la fantasía vale más que la posesión exclusiva.
Nadie puede tener más suerte que yo, enseguida os diré por qué. Como bien sabéis, en anteriores escritos he relatado ciertas aventuras — y cuando digo ciertas, es que los son— respecto a las experiencias que mi extraordinaria esposa y yo hemos experimentado, disfrutando de algunas inolvidable aventuras de las que gozamos al recordarlas. Pero es verdad que, cuando escribí aquellos relatos, lo hice un poco como iniciativa propia, un poco en privado rememorando momentos que, si bien vivimos en mi matrimonio, no me había atrevido a compartir la redacción con mi mujer. No obstante sí que se los leí, buscando un poco su consentimiento para su publicación y nunca me puso ningún impedimento, pero tampoco puso mucho interes en participar. Sin embargo en esta ocasión ha sucedido algo inesperado, y tan especial que me ha inspirado quizá el mejor relato que se me podría haber ocurrido. Y es que mi maravillosa compañera, a la que debo situaciones tan deliciosamente inolvidables, esta vez me propuso lo siguiente:
— Cariño, ya que has relatado acontecimientos de nuestra intimidad haciéndolos públicos ¿ por qué no cuentas lo de mi primo? Creo que es una historia que puede ser del agrado de los lectores que han conocido lo que escribiste de nuestros asuntos más secretos.
— Lo he escrito pero nadie sabe que somos tú y yo. Lo de tu primo… no me he atrevido a contar aquello— la respondí, sin salir de mi asombro ante su propuesta.
— Hombre, supongo que no pones nuestro nombre, apellidos y número de identidad….Lo que te sugiero es porque a mí me parece buena idea. Además, como a ti te gusta recordarlo de vez en cuando y te excita tanto que yo participe comentándolo cuando estamos en la cama, cuando te pones tan caliente ¿ por qué no disfrutas escribiéndolo, contándoselo a los demás? y alguna vez lo podemos pasar muy bien leyéndolo tú y yo juntos. Estoy segura de que si lo detallas en un relato te gustará lo suficiente como para reventar de gusto.
Esta sugerencia sonó como la más hermosa de las melodías. Sus palabras eran las notas perfectas de la más grande composición…¡ Mi mujer me estaba sugiriendo que relatase una de nuestras magnificas aventuras, dispuesta a colaborar en el relato mencionando momentos que hasta ahora habíamos guardado. Así lo entendí cuando me dijo:
— Supongo que no se te ha olvidado nada, pero si eso ocurre te ayudaré recordándote algunos detalles, incluso te hablaré de algunos que desconoces.
— ¿ Puedo contarlo todos, con todos los detalles?
— Si no eres fiel a lo que ocurrió o lo disfrazas, el efecto será falso. Escribe lo que pasó, cuando pasó y como pasó. No tengo ningún inconveniente, incluso me apetece que lo hagas, porque sé que disfrutarás a tope. A mí no me importa. Es verdad que tienes que mantener el anonimato porque no todo el mundo lo entenderá, pero siempre será mejor que escribir sobre un fantasía inventada. Yo creo que lo pasamos tan bien que merece ser comentado. Y tú sabes hacerlo muy bien.
— El anonimato está garantizado, no te preocupes.— respondí sintiéndome cada vez más contento.
— Pues venga, ponte a ello…Y ya sabes, si te falla la memoria me preguntas y yo te la refresco. Y como te he dicho, también te contaré algunas cosas que tú no conoces y que te sorprenderán, para que el relato sea más completo.
En aquel momento no tuve más remedio que dar un abrazo a mi esposa, agradeciéndole con un inmenso beso tan espectacular propuesta. Ella simplemente respondió prolongando mi beso, que me supo a sensualidad pura y me excitó como nunca. No podría haber imaginado que no la importara que contase uno de nuestros secretos más ocultos. Ocultos por aquello de que alguien pudiera escandalizarse, como suele ocurrir en la hipócrita sociedad de los puritanos.
Dicho y hecho. Me acomodé en mi escritorio y comencé a plasmar lo que me dictaban tan estupendos recuerdos, y que ahora os dedico con el mismo entusiasmo que me produjo cuando mi compañera me propuso que hablara de ello. Y creo que necesitaré más de un capítulo para contarlo todo, pues duró lo suficiente como para que el desarrollo de lo acontecido se extienda en estas páginas, lo que me proporciona un especial placer al evocarlo.
Fue así:
En tiempos muy anteriores a lo que vengo a contaros, mi mujer, entonces muy joven todavía, pero ya esplendida físicamente hablando, percibió por primera vez que uno de sus primos se dirigía a ella de forma distinta a la que suele hacerlo un pariente. Ella, que rebosa inteligencia, lo detectó desde los primeros momentos y, aunque no se interesó mucho por ello, sin embargo sí la producía cierta complacencia. No necesitaba aprovechar la coyuntura para sacarle producto al asunto, ya que de admiración por parte de los hombres andaba sobrada, pero no rechazaba el comportamiento extraordinariamente cortes de su primo en determinadas ocasiones de sus casuales encuentros, que en principio no tuvieron consecuencias, ni a mi chica le inquietaban demasiado, o casi nada. Según me dijo ella, aquello venía de un tanto atrás, cuando todavía era muy jovencita, que notó cierto interes por parte del primo.
En el tiempo al que ahora estoy refiriéndome, ya era mi novia. Éramos una pareja de pipiolos sin demasiada experiencia en la vida, aunque siempre con una madurez más desarrollada por parte de ella, que la hacía ir por delante de los demás, de cualquier persona que pretendiera embaucarla y que no decidiera ella atender.
Y así pasó el tiempo, y que yo sepa no hubo más entre su primo y mi mujer que unos simples escarceos sin importancia, coincidencias en determinados lugares comunes, y sencillos vaciles que no fueron más allá de algún que otro cumplido a modo de piropo, algún beso de saludo quizá un poco más cerca de los labios de lo que es habitual, de acuerdo al comportamiento cariñoso del primo y su soslayada intención de agradarla, pero poco más.
Si es verdad que él aprovechaba cualquier ocasión para intentar trasmitir a su prima algunos de los sentimientos que a mi novia no la inquietaban, pero que no dejaban de llamar su atención, al darse cuenta claramente de la intención seductora de su primo, doce años más mayor que ella, pero no por esta razón más listo que una mujer capaz de intuir a varios metros la tendencia de cualquiera.
Yo entonces era asquerosamente celoso y mi chica evitaba cualquier comportamiento con su primo, como con cualquier otro hombre, que pudiera mosquearme. Desconozco si alguna vez al solas actuaría de otra forma, pero en principio puedo decir que todo al parecer quedó en unas más o menos oportunas insinuaciones por parte de él, que no consiguieron más respuesta que una coqueta sonrisa sin transcendencia.
Y transcurrieron los años sin mayor novedad. Ya éramos matrimonio a los 20 años de edad. Desde nuestra boda algo cambió en mi mente, no sé si porque pensé que eso era garantía de protección ante el riesgo de que alguien la apartase de mi lado. Debía ser algo así como un sentimiento de posesión, lo que siempre es un error; primero porque nadie posee a nadie, y en segundo lugar, porque el matrimonio no evita la infidelidad, ni debe obsesionarse con evitarla. Se conocen ahora múltiples casos en que ha resultado ser positivo para muchas parejas, liberarse de esa tensión y no hacer de ello una tragedia, incluso puede tener aspectos muy recomendables. Ya sé que pensareis que la infidelidad no deja de ser un engaño, pero hay diversas maneras de ser infiel, incluyendo la de serlo de forma consentida. Pues se sabe que eso no solo no ha separado a parejas que lo han experimentado sino que ha recuperado e intensificado su relación. Pero cada uno que piense de esto como quiera. Lo que no admite duda es que el temor a la infidelidad puede llevar a actitudes muy toxicas y estúpidas, de consecuencias impredecibles; os lo dice uno que fue un insoportable celoso.
Pasado algún tiempo, después de catorce años de casados, entonces mi mujer ya tenía 34 años, coincidió que su primo vino a trabajar muy próximo a nuestra vivienda, dándose con más frecuencia los encuentros en la calle, que en principio fueron de saludo cotidiano, poco a poco de aproximación a otras oportunidades de relación, otras de pretendida amistad sin más intención. Y así fue durante algunas semanas, durante las cuales, en alguna ocasión, su primo subía a casa a tomar algo para charlar los tres juntos.
Tengo que decir que se trata de un buen tío, que en ningún momento nos decepcionó. Siempre ha sido un caballero y persona muy noble.
Poco a poco se fue introduciendo en nuestra vida en forma de reunión placentera, alguna que otra vez, para compartir momentos de ocio, como echar una partida de algún juego, o simplemente divertirnos un rato con conversaciones sin demasiada trascendencia.
Pronto intuí su especial interes por estar en casa, y no hacía falta ser muy sabio para darse uno cuenta de que lo que le gustaba era estar con mi mujer.
Efectivamente, en esos momentos, mi mentalidad había cambiado radicalmente con respecto a mis celos en los tiempos previos a mi matrimonio. Tan radicalmente que se me podría considerar en buena parte un liberal, siempre compartiendo mis ideas con la mujer que me había casado, sin en principio ir demasiado lejos en la aplicación real. Ya, cualquier alago a mi mujer por parte de mis amigos, conocidos, compañeros de trabajo y demás no me importaban, incluso me complacían haciéndome sentir a gusto. Y puedo asegurar que fueron muchos los que admiraban las virtudes de una mujer que les encantaba, porque encantos la sobran, es verdad. Pero en el caso de su primo, esa sensación se intensificó, y noté que yo disfrutaba de aquella manera cuando ese hombre le gastaba bromas de cierta intención, o cuando a veces se lanzaba en alguna expresión más directa en cuanto a los encantos de mi mujer.
Día a día me iba interesando la idea de que siguieran un juego que tenía mucho de placer para mí, como fue aquella ocasión que, a modo de chascacarrillo, le dijo: «Si no fuese porque estas casada no te puedes imaginar lo que haría yo con ese culo. No sabes tú el Kiki que te echaba». Lejos de ofenderme, seguí la corriente de la broma y nada se alteró que no fuese mis ideas de ir más lejos mientras mi mujer se limitaba a librar una sonrisa más o menos cómplice. Me encantaba el ambiente que se estaba creando las tardes, cada vez más frecuentes, en las que él subía a nuestra casa a pasar unas horas en nuestra compañía. En los juegos de mesa generalmente yo no participaba, pero ellos dos habían creado una especie de competencia que les divertía, principalmente apostándose algo al dominó, de lo que hablaré más adelante, pues es especialmente significativo.
Viendo cómo evolucionaba aquella relación, de vez en cuando, a solas con mi mujer, comencé a sugerirle a los oídos, durante nuestro juegos de cama, que me encantaría que se insinuase a su primo a ver como respondía. Propuse que la próxima vez se desabrochara un poco más la camisa, para dejar ver la mayor parte de su sujetador, que estuviera con falda corta sin preocuparse por si alguna vez se dejaban ver sus bragas, que cuando él gastase bromas le siguiera la corriente, y que si en alguna ocasión el jugueteaba con darla un beso que de algún modo lo consintiera… Creo que fue en esos días, con esos comentarios en la cama, cuando descubrí que nada me pondría más caliente que ver cómo alguien besara a mi mujer en la boca, la desnudara y follaran hasta caer rendidos. Digo esto porque, solo con hablarlo con ella disfruté de los mejores polvos que había echado hasta entonces….solo con hablarlo en nuestros momentos de intimidad.
Mis fantasías fueron creciendo, y mi mujer participaba cada vez más del juego aquel de ponerme caliente. Pero no acababa de llegar la oportunidad de ver cómo se revolcaban en la cama. Hubo bromas subidas de tono, pequeños pellizcos o alguna tímida caricia, algún que otro inocente beso, pero nada de tumbarse uno encima de la otra y brindarme lo que realmente me habría gustado.
Una y otra vez volvimos a hablar de ello en nuestros momentos más caldeados, alterados los dos por mis propios comentarios, insinuando, cuando nos referíamos a lo de jugar a aquello de la provocación, que nada me gustaría más que se acostase con nuestro amigo común cualquier día, y si fuera posible delante de mí. Con estas fantasías disfrutamos durante un buen periodo. Pero luego esas insinuaciones se convirtieron en propuesta, y pedí directamente a mi mujer que se decidiera a follar con su primo lo antes posible. No obstante siempre he tenido presente que era una decisión suya complacerme o no en ese sentido, y aunque lo mencionaba frecuentemente, nunca la presioné para que lo hiciera. Entre tanto, me seguía excitando cada vez más el interes creciente de su primo por estar con ella.
Como siempre, mi esposa supo equilibrar la lógica, nunca se precipita, y hace las cosas con la suficiente firmeza. Bien es verdad que a mí, cuando me veía tan acelerado pensando en que un día podría ocurrir con su primo lo que yo tanto deseaba, me prometía que lo haría cuando menos yo lo esperara, pero que a ella le gustaba llevarlo a cabo a su forma. Él ya subía casi todas las tardes, y yo los observaba expectante a ver como progresaba la cosa, que todavía no pasaba de algunas carantoñas, risas y abrazos de simpatía compartida.
Un buen día, él nos invitó a compartir un rato en la taberna del mesón donde trabajaba, que como antes he dicho era un lugar muy próximo a nuestra casa.
Su misión en este edificio era de encargado de la vigilancia de las instalaciones a lo largo del día, y especialmente a últimas horas después del cierre, hasta que todo se suponía en orden y sin novedad. Aprovechando esa circunstancia, nos quedamos los tres solos en la taberna, compartiendo una copa de vino de gran calidad.
Como siempre, surgieron las bromas, los comentarios cada vez más atrevidos, las risas…Y en una de esas, en que mi mujer se mostró más complaciente que otras veces, bromeo con aquello de «No te atreves a darme un beso porque te cortas delante de mi marido» y la respuesta vacilona de él «A qué si te lo doy» y la directa provocación de ella «Venga valiente…dámelo si eres hombre» Pues resultó que si se lo dio, y ella no solo se lo permitió sino que respondió mordiéndole la boca con gran pasión, a la par que las manos de un hombre acelerado se deslizaban por la cintura hasta las nalgas de una mujer evidentemente enfebrecida. No voy a mentir diciendo que no me sorprendió, pero fue más fuerte el gozo que sentí que la sorpresa.
Después de ese beso y las caricias, que duraron lo suficiente como para inspirar los más intensos deseos, se separaron y guardaron durante algunos segundos un mutuo silencio que yo compartí.
En muy poco tiempo fui yo el que hablé primero:
—No os cortéis…que no pase nada. Es solo un beso.
—Pues tengo que decir que besa muy bien, me ha guastado mucho— dijo ella con cierta satisfacción en su rostro pasando sus dedos por los labios de él.
—Pero…como dice tu marido, ha sido solo un beso—añadió él queriendo romper la transcendencia del hecho.
—No temas. Mi marido a esto no le da mayor importancia que la que tiene— exclamó mi mujer queriendo también romper el hielo que se había producido.
—Bueno…yo lo único que puedo decir es que nadie me había dado nunca un beso así—comentó el primo con cierta inseguridad.
Reímos los tres como si nada hubiera pasado. Volvimos a llenar nuestras copas de aquel vino, teniendo que descorchar una segunda botella.
A partir de ese momento, mi mujer se mostró más cariñosa con su primo, cogiendo su mano de vez en cuando y brindando con alegría por lo bien que lo estábamos pasando.
Y surgió otro beso, más intenso si cabe que el primero…y luego otro que duró más que los dos anteriores. Incluso se sentaron en uno de los sillones de la taberna para abrazarse y poderse comer mejor sus bocas.
Mis sensaciones de aquel momento son indescriptibles. Nunca había sentido mi polla tan dura en ninguna otra ocasión de mi vida. Quería salirse de mis pantalones y retozar alrededor de ellos mientras jugaban con sus lenguas.
El primo sugirió, después del festín de labios que se había dado, que si queríamos algo de la cocina, como una tapita de queso, o de jamón, o de otra cosa, que podía prepararlo. Mi mujer dijo que sí, y se ofreció para ayudarle. Yo me quedé en el sillón digiriendo todavía lo que acaba de presenciar.
Como vi que tardaban en volver, y también porque sospechaba el motivo de la tardanza, me aproxime sigilosamente a la puerta de la cocina, y desde allí pude contemplar una de las escenas que jamás se borrará de mi memoria:
Estaban abrazados, superando la pasión de lo acontecido en los sillones de la taberna. Las manos de él subían la falda de ella por encima de su culo dejando ver unas bragas semibajadas. Por un momento pensé que estaban follando. Pero no era así; la acariciaba sus nalgas mientras mordía su cuello, pero pude fijarme que él no tenía siquiera la bragueta desabrochada. Posiblemente si yo hubiera tardado un poco más en aparecer, seguramente él se la habría metido estando como estaban de pie recostados en la cámara frigorífica.
No sé si es que pudieron verme, o simplemente porque comprendieron que estaban tardando demasiado y que yo estaba esperando, de repente, a modo de respingo, mi mujer se colocó la falda, cogió un plato con algunas lonchas de jamón y él unas copas nuevas de la estantería. Volví apresuradamente a mi sillón intentando simular que no me había movido de allí, cundo ellos regresaron.
—Bueno, aquí viene este jamoncito que hemos cortado, que está diciendo cómeme— dijo mi esposa aún con cierto sofoco en su cara.
—Tú sí que estás para comerte, de buena que estás— respondí yo.
—Y yo traigo estas copas, pues ahora nos vamos a tomar un champán como no lo habéis tomado nunca— añadió él intentando que no se le notase su evidente alteración.
Descorchó aquella botella que liberó, a la par que el zumbido de su corcho, una abundante espuma.
El primo hizo una broma intencionada de aquello:
—Mira, parece que se está corriendo la botella.
—No me extraña—añadí yo— eso es que se ha fijado en el culo de mi mujer y se ha puesto cachonda.
—Mira…pues eso no es malo. Lo mismo es que la botella es más macho que otros— bromeó mi mujer
—No me digas eso, que no respondo….y no respeto ni que está tu marido delante, que te agarro y te hago lo que sea ahora mismo, y lo de la botella no es nada comparado con lo que yo te voy a echar. —dijo muy excitado el primo acercándose a ella muy cerca de su boca, queriendo poner un simulado tono de guasa, pero que resultó ser la voz de un tío que estaba muy cachondo.
Volvieron a reservar sus gestos, como si hubieran comprendido que en ese comentario se había pasado un poco.
Para evitar su incomodidad intervine inmediatamente:
— Claro que si…es que esta mujer está para hacerle de todo y no parar en tres días.
Volvimos a reír, ya distendidamente, y cogimos nuestras copas para brindar.
Después de los primeros sorbos, fue mi mujer quien dijo:
— Te voy a decir una cosa que a lo mejor mi marido no se atreve a decirte….a él no le importa que tú me beses, que me abraces…y se me apuras, hasta que hagamos el amor. Incluso le gustaría verlo, ya me entiendes.
— ¿De verdad…?—respondió sorprendido a la vez que observaba cual podría ser mi reacción.
— Te dice la verdad. No me importa, y también es verdad que me gustaría que lo hicieseis si queréis alguna vez.—contesté convencido.
— A ver si lo entiendo. Vosotros queréis hacer un trio…espero que no me estéis utilizando de comodín para vuestras fantasías.
— No es imprescindible que se trate de un trio. Es solo que si queréis follar no me importaría… y lo de estar presente, depende del momento y las circunstancias. Aunque tengo que decirte que me encantaría.—aclaré yo.
— Es solo un suponer….no te asustes. No te estamos proponiendo nada, Solo estamos diciendo que en el caso de que tú y yo nos acostásemos no pasaría nada…y creo que para ser más claros ¿ no crees que tendríamos que contarle algo a mi marido de lo que ha pasado ya? —añadió mi mujer.
— El primo respondió de forma extraña, como si no quisiera hablar más de eso. Recogió las copas, y como si quisiera acelerarlo todo de repente, sugirió irnos ya.
— Si quieres subes a casa, estamos solos y podemos seguir hablando de esto—le sugerí.
Como si algo urgente ocurriera, colocó todos los utensilios, fue apagando las luces y rápido cerró las puertas. Justificó esas prisas argumentando que ya eran horarios en que habría extrañado que hubiera alguien en la taberna, y a los dueños no les gustaría.
Llegamos a nuestro portal, y antes de coger el ascensor, los dos comenzaron a besarse y a decirse cosas al oído, mientras él no dejaba de acariciar aquel culo que se me antojó más maravilloso que nunca.
En mi mente comenzaron a oscilar escenas imaginarias: a ella desnudándose, a él desnudo con su polla tiesa buscando una raja húmeda y hambrienta, follándosela en el sofá…
Pero todavía nada de eso estaba ocurriendo. Al llegar a casa, ella se metió al aseo, pensé yo que para asearse las partes que estaba dispuesta a utilizar durante la velada y perfumarse.
Él se quedó a mi lado, sentado en el sofá, esbozando un tímido comentario:
—¿ De verdad que no te importa? ¿ No me estaréis tendiendo una trampa?
—Tranquilo tío….no se trata de eso. Yo creo que le gustas a mi mujer y ella a ti….no veo la razón para que no echéis un polvo. Yo no voy a participar si ella o tu no queréis….no pasa nada.
Tardó mi mujer más de lo normal en salir del aseo. Yo esperaba que apareciese con la indumentaria propia para comenzar la fiesta. Quizá en braguitas, sin ningún sujetador y dispuesta a follar con dos hombres que la estaban esperando en el salón.
Pero no fue así. Apareció vestida con la misma falda con la que había llegado y con la que parecía una verdadera muñeca, y con la camiseta que dibujaba insinuantes sus dos perfectas pezones, que te invitaban a ser mordisqueados. Me confundió verla de esa forma, que no se correspondía precisamente con lo que yo esperaba que sucediese. Creo que su tardanza me hizo creer que vendría muy preparada para brindarnos todo un sueño increíble.
Nos pidió a los dos que nos sentáramos junto a ella, uno a cada lado, y con tono un tanto trascendental y muy firme, nos dijo:
—Quiero aclarar algunas cosas: No sé si ha sido lo que hemos tomado, o la juerga, o lo que sea, nos ha traído aquí dispuestos a pasarlo bien entre los tres….hasta cuando queramos y haciendo lo que los tres sabemos que terminaremos haciendo. Pero antes quiero que en todo esto haya sinceridad. A ti, como eres mi marido, ya sé que no te importa que me acueste y haga lo que quiera hacer con este hombre, pero en otras cosas no te puedo engañar.
—No pasa nada cariño…—quise interrumpirla.
—Déjame que te explique, y luego habláis vosotros. Vamos a ver: yo no sé si me he enamorado o no de este hombre, pero me gusta estar con él y por eso hago lo que hoy has visto. Tú lo has visto hoy, y seguro que quieres ver más cosas durante la noche, y yo estoy dispuesta a ello porque creo que le quiero y si no fuese así no lo haría. Pero necesito que sepas que hoy no sería la primera vez. Él ya ha estado aquí en alguna ocasión cuando no estabas tu….y ya hemos hecho lo que tú crees que vamos a hacer por primera vez. No quiero engeñarte—manifestó todo esto con una sorprendente naturalidad.
Por mi parte, como si me hubiese caído un jarro de agua fría, atónito ante sus palabras, en principio asentí como asumiendo que eso era lo lógico después de tantas ocasiones de jugueteos y comentarios provocadores, buscando el resultado que deseaba. Pero respondí de forma un tanto absurda.
No podría explicar mi reacción, no sabría hacerlo, pues mi respuesta fue de disgusto. Realmente me sentí engañado….¡ Lo habían hecho sin estar yo!. No supe que contestar, pero en ese momento se me pasó por la cabeza que realmente había corrido el riesgo de perder a mi mujer porque se había enamorado de otro hombre. De repente sentí la ansiedad del que pierde lo más preciado de su vida y no pude disimular una profunda tristeza.
Ella lo esperaba, sabía que yo podría tomármelo así. Incluso corroboró que efectivamente el peligro de ciertos juegos es el que la cosa no se quede en un asunto de folleteo sino de algo más. Ella estaba muy por encima de las circunstancias dominando la situación. Yo estaba muy confuso y su primo un tanto aturdido. Mi sentimientos se me hacían insoportables, y mis suposiciones me hacían revelarme contra la posibilidad de quedarme sin ella.
Mi comportamiento acababa de dar al traste con una noche que se presumía mágica.
El primo, que no pronunció ni una sola palabra, consideró que lo mejor era que acabase ahí la velada y nos despidiésemos. Lo hicimos con la debida y natural forma de hacerlo con un «hasta mañana»
Nosotros no hablamos demasiado de ello al acostarnos, alguna tensión nos lo impedía. Esa noche no solo me quedé con un calentón, sino con un disgusto que no me dejaba dormir. Lo que me preocupaba no era que hubieran follado, sino lo que había dicho mi esposa sobre su relación… Y le di vueltas a sus palabras sobre lo de enamorarse y querer a ese hombre.
Todo, al otro día,amaneció con relativa normalidad, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en considerar que no había pasado nada, que no era conveniente hablar más de ello.
Y pasaron los días, apenas una semana, y todo fue colocándose en el lugar que le correspondía. No volvimos a tratar el tema de aquella absurda forma. Quien tampoco volvió en esos días fue su primo, quien luego nos confesó que creyó que todo había terminado y que había que despertar de tan buen sueño. Pero pronto sabría que no sería así.
Una buena noche, cuando menos yo lo esperaba, mi imprevisible esposa sacó la conversación un momento antes de irnos a la cama:
—Cariño, he reflexionado sobre lo que ha pasado con mi primo y me gustaría volver a preguntarte si todo lo que pretendías realmente te gustaría realizarlo. Que sepas que yo no tengo inconveniente, y sigo pensando que si queremos hacerlo no tenemos que plantearnos mayores gilipolleces. Hoy quiero que te lo pase bien, y por eso me gustaría contarte lo que pasó, que es a lo que me refería el otro día, y así poner los puntos donde corresponde. A ti te gustaría que yo tuviese una aventura, según me has dicho últimamente. Pues es lo que tenemos. Tú y yo estamos de acuerdo y a ti es lo que te complace, pues ¿por qué tenemos que pensar en otra cosa.? Tú piensas así y yo te lo admito, pues cuando quieres le vuelves a llamar y seguimos con el juego.
—¿ Me lo dices de verdad?
—Pues claro. Si la otra noche no te hubieras puesto tan tonto te lo habrías pasado fenomenal. Yo no creía que reaccionarias tan mal. Con que me hubieras dicho que no te importaba habrías tenido un espectáculo para morirte, porque yo esa noche, entre lo que hablamos y las copas tenía tantas ganas, que lo mismo me habría dado hacerlo con los dos como con tres, te lo digo sinceramente,
—Es que yo no quiero perderte…
—No empecemos con eso, cielo. Todo placer tiene un precio, y el de tu placer puede tener el precio de correr ese riesgo….Pero tú no pienses ahora en eso. Piensa en que podemos realizar lo que la otra noche teníamos que haber realizado. Ven, desnúdate, que te quiero contar algo que tengo pendiente para contarte.
Me intimidaba la naturalidad con la que hablaba de todo eso, como si tuviera total experiencia en tratar estas situaciones, en controlarlas.
—¿ De qué se trata?—pregunté con una mezcla de interes y de incertidumbre.
—De lo de la primera vez con mi primo. Tú solo escucha. Y cuando te parezca me haces el amor, porque estoy segura de que te pondrás muy caliente...vas a reventar de gusto.
Algo me hacía intuir que sería un polvo glorioso. Mientras mi polla merodeaba en torno a su coño ella comenzó a hablar:
—Ya te dije que había habido una primera vez con mi primo, y de momento la única. Y es que de tanto ir el cántaro a la fuente…ya sabes. Un día se hizo el encontradizo y, al verme cargada con las bolsas de la compra, se ofreció a ayudarme y subírmelas a casa para que no me pesarán. En principio pensé que solo se trataba de eso, de un cumplido. Pero ya en el ascensor, que, como sabes, tiene un espejo, observé cómo me miraba el culo relamiéndose. Cuando entramos a casa, al pasar a la cocina se rozó deliberadamente conmigo, y eso me estremeció de alguna forma. Ese gesto ya lo había repetido delante de ti otras veces,, cuando hace sus bromas, pero este vez fue diferente. Dejamos las bolsas sobre la encimera de la cocina, y entonces le noté muy cerca de mi espalda percibiendo su aliento en mi cuello. Al volverme tenía su boca delante de la mía y fue inevitable besarnos….. Su primer beso tengo que decirte que fue muy bueno. Me beso un largo rato, mordiendo mis labios como si quisiera quedárselos. Me llevó hasta la pared del pasillo acariciándome por todos lados queriendo deshacer cada parte que me tocaba encendiéndome al máximo cuando separó un poco mis bragas para hurgar mi coño. Note cómo se me humedecían las bragas y su bulto se clavaba en mis inglés, sin poder huir cuando ya recosté mi espalda contra la pared. Me puso tan caliente que, aunque en principio me pareció que podía rechazarle, pensé: ¿por qué no puedo hacer esto, si me apetece follar.?... si además a mi marido le gustará, porque en realidad estábamos buscando una oportunidad, y ahora se ha presentado. Siguió besándome y yo hice como que no me había dado cuenta de que sus dedos separaban lentamente mis bragas para meterlos en mi raja empapada. Cuando me frotó el clítoris, pensé que nunca antes había sentido esa sensación; lo hacía muy bien, el tacto y ritmo de sus dedos era perfecto. Quizá por la novedad, o por la habilidad en sus manos que hacían que me abriese el coño de par en par, deseaba ser penetrada, conocer una nueva polla ahí dentro, y no permitir que la sacara. Pronto me di cuenta de que ya había liberado del calzoncillo y del pantalón aquel rabo bien enderezado, y me lo fue clavando suavemente. Me penetró con la justa profundidad y rozó mi clítoris con tal delicadeza que a punto estuve de correrme en ese instante. Pero quien se corrió fue él. Resultó muy precoz; soltó sus chorros de esperma llenándome la vagina hasta rebosar. Esto me asustó al reflexionar, de pronto, que me estaba follando sin condón. Entonces me separé de él, corrí hasta el lavabo y quería arrancarme las entrañas en el bidet para sacarme todo aquello. Lo último que habría deseado era quedarme embarazada. Cuando terminé de lavarme, regresé al salón donde él esperaba. Yo iba sin bragas debajo de la falda, pues me las había manchado. Le pedí disculpas por la estampida y nos besamos. Cuando sus manos recorrieron mis muslos y se deslizaron hacia arriba, al comprobar que no llevaba bragas se empalmó de nuevo, me llevo hasta el sofá, pero yo le sugerí que nos fuéramos a la cama. Mi coño estaba dispuesto a más y más, pues su temprana eyaculación me había dejado a medias y con muchas ganas. Su polla, aun chorreante del polvo anterior, se encandiló con mi raja, que estaba muy excitada, y comenzó a follarme otra vez más impulsivo todavía. Le pregunté si tenía condones y me dijo que llevaba uno en el bolsillo del pantalón….porque lo guardaba siempre desde que pensó que un día podría ocurrir lo que estaba ocurriendo, pero que con la emoción se le había olvidado ponérselo. Fue a por el condón y se lo puso. Cuando me la metió enfundada en este plástico asqueroso, no me gustó nada. Pero seguimos follando con la funda puesta, hasta que, acelerada cuando comencé a correrme, tiré de mi culo hacia atrás y se salió su polla de mi raja, De un tirón le quite el condón, le pedí que me follara más rápido. Noté como que se estaba agotando en el esfuerzo, y temí que no pudiera terminarme. Le dije que siguiera dándome más fuerte, y en un par de acometidas más me corrí sin pensar en nada que no fuese lo bien que lo había pasado. Nos besamos para celebrarlo, pero no podíamos relajarnos pues tu estabas a punto de llegar. Pasado solo un pequeño rato llegaste. Él ya se había ido. No te diste cuenta de nada, ni siquiera de que mis labios echaban fuego de tanto usarlos. No me arrepentí en ningún momento de lo que acababa de hacer, pero no me atreví a contártelo. Todo eso había ocurrido por la mañana y esa noche también me follaste tú, y me corrí contigo pensando en mi primo, en cómo manejaba sus dedos….tengo que insistirte en que eso lo hace distinto a cómo tú me lo haces, y me encantó. Me gustó que me follara y estaba convencida de que no sería la última vez, y que en la próxima ocasión ya te enterarías porque procuraría que estuvieses presente, y disfrutaríamos tal como me habías propuesto hacerlo algún día… Perdona que no te lo haya contado antes….
Puede imaginar el lector o lectora como me puse cuando me contó esto mi esposa. Comenzamos a follar mientras la escuchaba. Me encantaba oírla expresar como se la fue metiendo y ella simulaba no darse cuenta mientras él balanceaba sus caderas al ritmo de su codicia por poseerla. Me enloquecía que me dijese cómo le gustó la novedad de follar con otro, de conocer una polla distinta, una forma nueva con un amante. Me fascinaba el tono con que me explicaba cuando la tocó por primera vez su clítoris, y cómo en ese momento se abandonó al placer que la estaba dando, follando de pie contra la pared. Según me lo iba contando quería romperle el coño con mi polla enardecida pensando que de esa misma forma a como yo lo estaba haciendo se lo había hecho su primo. Seguramente ni él podía creerse que se estaba tirando a la prima que deseo durante tantos años. Le parecería mentira haberse corrido dentro de ella y además repetir inmediatamente con un segundo polvo en ese mismo día. Dos polvos seguidos, después de desearla toda una vida, para él sería impensable, incluso lo de besarla y recibir los besos de la forma en que besa mi mujer. Increíble para él encontrase solo con ella en casa; por mucho que lo hubiera deseado, le parecería increíble haber logrado acariciar sus tetas con su lengua, pinzar con su boca aquellos erizados pezones. Impensable para él poder acariciar la entrepierna de una mujer así, y terminar follando a quien durante tanto tiempo pensó como objetivo imposible, y ahora le costaba todavía creer que había sido verdad que la había tenido para él de forma tan imprevisible y poder gozar de los impulsos de sus acometidas mientras sujetaba aquel culo que antes le pareció tan lejano y que de pronto apretó con sus manos para reafirmar su penetración. Nunca pudo imaginar que fuera posible tenerla delante totalmente desnuda en la cama y gozar de su cuerpo, de poder estar entre sus piernas abiertas para recibirlo a él. Todo eso era un privilegio con el que muy pocos podrían soñar, y él no solo lo había soñado, sino que su sueño se realizó.
Así fue como me describió mi mujer las sensaciones que él le había trasmitido y con ello me iba calentando cada vez más. Lo que me estaba contando era mucho más que el relato de una aventura pasional; era la gloriosa expresión de la satisfacción plena para mis sentidos. Y creció el efecto de sus palabras en mi organismo, del que yo ya no era dueño, cuando me decía que su primo en su precoz eyaculación la había impregnado hasta derramarse su leche por los labios de su coño y que por más que se lavó no dejaba de gotear. Estuve a punto de desvanecerme cuando me corrí pensando cómo se lo había llenado otra polla que se vació bien dentro antes que la mía. Llegué al éxtasis absoluto cuando me dijo que le quitó el condón para sentirle en carne viva hurgándola en su excitada vulva, satisfecha del placer recién estrenado. Recordé los besos que la dio en el mesón y cómo podríamos haber follado con ella esa noche, porque ella tenía ganas, tal vez penetrándola los dos a la vez, dejándola satisfecha en un trio que podíamos haber disfrutado.
Nunca temí tanto por mi corazón como cuando terminamos, pues se me salía del pecho cuando añadió:
—Cuantas cosas nos perdemos a veces. Ahora pienso en que hacía mucho tiempo que mi primo me podría haber follado y eso nos lo hemos perdido por no hacerlo, Si volviéramos a nacer después de lo vivido te aseguro que al conocerle desde el primer momento me entregaría a él y te lo contaría inmediatamente para que gozases. Y te juro que te compensaré por no haberte contado antes mi primer polvo con él, el mismo día que ocurrió….volverá a suceder y tú tienes que verlo, Te juro que lo verás muy pronto, vas a verme follando.
CONTINUARÁ
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