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Travesía a una traición - parte 10

Sebastián cree haber dejado atrás el fuego que Vanessa encendió en él, refugiándose en la calma de Sofía. Pero los recuerdos no obedecen a la razón, y cuando el pasado llama a su puerta con una verdad que no puede ignorar, la travesía hacia la traición apenas comienza.

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Capítulo 10

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La luz del atardecer se filtraba por las persianas del departamento de Sebastián, trazando líneas doradas que cortaban el suelo de madera desgastada como si fueran pinceladas de un pintor descuidado. El resplandor cálido se reflejaba en las paredes blancas, salpicadas de pequeñas imperfecciones que él nunca se había molestado en reparar, y llenaba la sala de un brillo que parecía fuera de lugar frente al frío que se había instalado en su interior. Estaba sentado en el sofá, un mueble viejo de cuero marrón que crujía bajo su peso, con las piernas estiradas sobre la mesa de centro y una taza de café frío en la mano derecha, sus dedos apretándola más por costumbre que por necesidad. Miraba sin ver realmente el paisaje urbano que se desplegaba más allá de la ventana: edificios de cemento y vidrio que se alzaban como guardianes silenciosos, sus luces empezando a encenderse como luciérnagas en la penumbra creciente, un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque él se sintiera atrapado en un instante detenido.

Sebastián dejó la taza sobre la mesa con un suspiro pesado que escapó de su pecho como un lamento, un sonido que resonó en el silencio opresivo del departamento. La porcelana chocó contra la madera con un golpe sordo, y un poco de café frío se derramó, formando un pequeño charco que se extendió lentamente hasta tocar el borde de una revista olvidada. Él lo ignoró, inclinándose hacia adelante y apoyando los codos en las rodillas mientras se masajeaba las sienes con los dedos, presionando con fuerza como si pudiera expulsar los pensamientos que lo atormentaban. Quería seguir adelante, lo estaba intentando con todas sus fuerzas, y en cierto modo lo estaba logrando. Sofía había aparecido como un rayo de luz en medio de la tormenta que había sido su vida en los últimos meses, con su sonrisa dulce que parecía curar heridas que él ni siquiera sabía que tenía, con su paciencia infinita que lo hacía sentir que tal vez, solo tal vez, podía volver a ser el hombre que había sido antes de que todo se derrumbara. Pero cada vez que cerraba los ojos, no era Sofía quien llenaba su mente, sino Vanessa, con su risa provocadora que resonaba como un eco, sus ojos oscuros que lo desafiaban con cada mirada, y esa química que había sido como un incendio imposible de controlar, un fuego que lo había consumido hasta dejarlo en cenizas.

“¿Por qué no puedo dejarte ir?” murmuró para sí mismo, su voz apenas un susurro ronco que se perdió en el aire quieto de la sala. Se recostó contra el respaldo del sofá, dejando caer las manos sobre sus muslos con un golpe leve, y levantó la mirada al techo, donde las sombras empezaban a alargarse con la llegada de la noche. Había intentado racionalizarlo, analizarlo como lo hacía con los casos en su trabajo de abogado: descomponer los hechos, buscar las causas, encontrar una solución. Pero esto no era un caso, no había un expediente que cerrar ni una sentencia que dictar. Esto era su corazón, su memoria, su piel, y Vanessa estaba grabada en cada rincón de ellos como una marca que el tiempo se negaba a borrar.

Cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta que pequeños destellos de luz bailaron en la oscuridad, intentando alejar esas imágenes que lo perseguían como fantasmas insistentes. Pero en lugar de desvanecerse, se volvieron más nítidas, más reales, llevándolo de vuelta a una noche de verano de hacía más de dos años, una noche que aún podía sentir en cada rincón de su cuerpo como si acabara de suceder. El calor de esa memoria lo envolvió como una ola implacable, arrastrándolo sin piedad al pasado, y antes de que pudiera detenerlo, estaba allí otra vez, perdido en el eco de lo que habían sido.

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El aire estaba cargado de un calor húmedo que pegaba la ropa a la piel y una electricidad casi tangible cuando Sebastián y Vanessa entraron a la discoteca, un antro escondido en una callejuela del corazón de la ciudad donde las luces estroboscópicas cortaban la penumbra como relámpagos y el murmullo de la multitud se mezclaba con el rugido de la música que hacía temblar el suelo bajo sus pies. Era una de esas noches en las que habían decidido escapar del peso de sus vidas cotidianas, dejar atrás las responsabilidades, las discusiones triviales sobre facturas y horarios, y las rutinas que empezaban a sentirse como cadenas invisibles. Habían llegado tomados de la mano, riendo por una broma tonta que había surgido en el camino —algo sobre el calor sofocante del verano que los había obligado a salir en busca de aire acondicionado, alcohol y un poco de caos—, pero en cuanto cruzaron el umbral, la atmósfera del lugar los envolvió como una segunda piel, y la risa dio paso a algo más profundo, más primal, una corriente subterránea que los conectaba sin necesidad de palabras.

Vanessa iba delante de él, abriéndose paso entre la gente con una seguridad que siempre lo había fascinado, como si el mundo entero le perteneciera y ella simplemente lo estuviera reclamando. Llevaba un vestido negro ajustado que parecía haber sido cosido directamente sobre su cuerpo, marcando cada curva con una precisión que lo hacía contener el aliento cada vez que la miraba. El escote profundo dejaba entrever la piel bronceada de su espalda, brillante bajo las luces parpadeantes, y el dobladillo apenas rozaba la mitad de sus muslos, revelando esas piernas largas y tonificadas que él había recorrido tantas veces con las manos, los ojos y los labios. Su cabello estaba suelto, una cascada oscura que se movía con cada paso como si tuviera vida propia, y cuando se giró para mirarlo, sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de desafío y deseo que lo golpeó como un puñetazo en el estómago, deteniéndolo en seco por un instante.

“¿Qué esperas, Sebas?” dijo ella, su voz apenas audible sobre el rugido de la música que llenaba el lugar, pero cargada de una promesa que no necesitaba palabras para ser entendida. Le tendió la mano, sus dedos elegantes y seguros, las uñas pintadas de un rojo oscuro que contrastaba con su piel, y él la tomó sin dudar, dejando que lo guiara hacia el centro de la pista como si fuera una criatura mitológica llevándolo a un abismo del que no quería escapar. El olor a sudor, perfume barato y licor llenaba el aire, una mezcla embriagadora que se pegaba a la garganta, pero para él, solo existía el aroma de Vanessa: una combinación de jazmín y algo más oscuro, más terroso, que siempre lo había vuelto loco desde la primera vez que lo percibió.

“Oye, ¿no te parece que hace más calor aquí dentro que afuera?” gritó él sobre el estruendo, inclinándose hacia ella para que pudiera escucharlo, su aliento rozándole la mejilla. Vanessa giró la cabeza, su cabello rozándole el rostro, y le lanzó una mirada divertida, sus labios curvándose en una sonrisa que era mitad burla, mitad invitación.

“¿Qué pasa, abogado? ¿Ya te estás quejando?” respondió ella, alzando la voz para hacerse oír, su tono juguetón pero con un filo que lo desafiaba. “Pensé que querías diversión, no aire acondicionado.”

Sebastián rió, una carcajada corta pero genuina que se perdió en el caos del lugar. “Diversión es lo que voy a tener contigo,” replicó, apretándole la mano mientras la seguía entre la multitud, sus dedos entrelazados con una familiaridad que aún lo sorprendía después de tanto tiempo juntos. “Pero si me desmayo por el calor, será tu culpa.”

“Te reviviré con un trago,” dijo ella, girándose para guiñarlo con un ojo antes de seguir adelante, su risa resonando por encima del ruido como un eco que lo envolvía. Había algo en la forma en que se movía, en esa mezcla de confianza y descaro, que lo atraía como un imán, y él la siguió sin pensarlo, dejando que lo llevara al centro de la pista como si fuera un náufrago siguiéndola a la deriva.

La pista era un caos de cuerpos sudorosos y rostros borrosos, un mar de desconocidos que se movían al ritmo de la música como si fueran olas en una tormenta, sus siluetas difuminándose bajo las luces parpadeantes. Pero en ese momento, mientras las primeras notas de "Crazy" de Aerosmith irrumpían desde los altavoces, todo lo demás se desvaneció para Sebastián. La voz rasgada de Steven Tyler llenó el espacio con una energía cruda, “Come here, baby…”, y Vanessa lo miró con una sonrisa que era puro fuego, como si la canción hubiera sido escrita para ellos dos, para esa noche, para ese instante exacto. El riff de guitarra cortó el aire como un látigo, y ella empezó a moverse al ritmo, sus caderas ondulando con una gracia felina que lo dejó paralizado por un segundo, incapaz de apartar los ojos de ella, su cuerpo respondiendo antes que su mente.

“¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a bailar conmigo?” gritó ella sobre la música, su voz cargada de una provocación que lo hizo sonreír mientras se acercaba, cerrando la distancia entre ellos con un paso decidido. La tomó por la cintura, sus manos firmes sobre la tela ajustada del vestido, y la atrajo contra su cuerpo hasta que no quedó ni un milímetro de espacio entre ellos. El calor de su piel traspasaba la camisa que llevaba, una prenda azul oscuro que ya empezaba a pegársele al cuerpo por el sudor, y el roce de sus muslos contra los suyos envió una corriente eléctrica por su columna que lo hizo apretar los dientes, conteniendo un gruñido que amenazaba con escapar.

“You know you drive me up the wall…” cantaba Tyler, y Vanessa giró en sus brazos, quedando de frente a él, sus ojos clavados en los suyos con una intensidad que lo hacía temblar por dentro. “¿Te gusta?” susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja, su aliento cálido y húmedo haciéndolo estremecer mientras el coro explotaba a su alrededor, “That kind of lovin’ turns a man to a slave…”. No esperó una respuesta; en lugar de eso, deslizó las manos por su pecho, subiendo lentamente hasta enredar los dedos en su cabello mientras sus cuerpos se mecían juntos, perfectamente sincronizados con la música que los envolvía como una corriente.

“Me gusta demasiado,” respondió él, su voz grave y cargada de deseo, inclinándose para hablarle al oído mientras sus manos apretaban su cintura, sintiendo cómo ella se movía contra él. “Eres un peligro, Vane.”

Ella rió, un sonido ronco y sensual que lo envolvió como una caricia. “Y tú eres un adicto a los peligros, ¿no?” replicó, sus dedos jugando con los mechones de su cabello, tirando ligeramente de ellos mientras lo miraba con esos ojos que parecían ver a través de él. “Admítelo, te encanta esto.”

“No lo niego,” dijo él, sonriendo mientras la hacía girar de nuevo, sus manos deslizándose por su espalda hasta detenerse en la curva pronunciada de sus caderas. Había algo salvaje en la forma en que bailaban, algo crudo y visceral que no tenía nada que ver con la ternura tranquila que ahora compartía con Sofía. Con Sofía, todo era suave, cálido, un vals lento bajo la luz de la luna que lo reconfortaba como un abrazo; con Vanessa, era un incendio, una danza de cuerpos que chocaban como tormentas, cada movimiento cargado de una electricidad que amenazaba con consumirlo todo.

Ella se arqueó contra él, dejando que sus pechos rozaran su torso con una lentitud deliberada mientras la canción seguía, “I’m losin’ my mind…”, y él gruñó suavemente, sus manos apretándola más fuerte, sus dedos hundiéndose en la tela del vestido como si quisiera arrancarlo allí mismo. “Estás jugando con fuego,” murmuró, su voz grave y cargada de un deseo que apenas podía contener, sus labios rozando su cuello mientras hablaba, inhalando el aroma de su piel que lo volvía loco.

“No me digas que no te gusta,” replicó ella, su tono burlón pero cargado de una promesa que lo hacía hervir por dentro. “Sé que te mueres por quemarte conmigo.” Antes de que él pudiera responder, se inclinó hacia adelante y lo besó con una pasión que lo dejó sin aliento, sus labios firmes y exigentes, su lengua buscándolo con una urgencia que borró el mundo a su alrededor. El sabor del vodka con limón que habían compartido en la barra antes de entrar se mezclaba con el dulzor natural de su boca, y Sebastián se perdió en ella, en el calor de su cuerpo, en la forma en que sus uñas se clavaban en su nuca como si no quisiera soltarlo nunca, todo al ritmo de “Crazy for you, baby…” que resonaba en el aire como un himno a su deseo.

“Oye, ¿no te cansas de provocarme?” dijo él entre besos, su voz entrecortada mientras sus manos exploraban su espalda, subiendo y bajando por la piel expuesta, sintiendo cómo ella temblaba bajo su toque. Vanessa se apartó lo justo para mirarlo, sus labios hinchados y brillantes, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de diversión y lujuria.

“¿Cansarme? Nunca,” respondió, mordiéndose el labio inferior con una sonrisa que lo desafiaba aún más. “Además, tú no te quedas atrás. ¿O me vas a decir que no disfrutas esto?” Sus manos bajaron por su pecho, deteniéndose en los botones de su camisa, jugando con ellos como si estuviera decidiendo si desabrocharlos o no.

“Disfruto cada maldito segundo,” admitió él, su voz ronca mientras la tomaba por las caderas y la giraba de nuevo, presionándola contra su cuerpo para que sintiera exactamente cuánto la deseaba. “Pero si sigues así, no respondo por mí.”

“Eso es lo que quiero escuchar,” dijo ella, riendo mientras giraba la cabeza para besarlo de nuevo, un beso breve pero intenso que lo dejó jadeando. Siguieron bailando, pero ya no era solo un baile; era una danza de deseo, un preludio a algo que ambos sabían que no podían contener mucho más. La pista estaba abarrotada, los cuerpos a su alrededor chocando y empujándolos, pero ellos estaban en su propia burbuja, atrapados en un torbellino de calor y tensión. Vanessa se giró de nuevo, presionando su espalda contra su pecho, y movió las caderas en círculos lentos y deliberados que lo hicieron gruñir contra su cabello mientras la canción llegaba a su clímax, “Honey, yeah! I need your love…”.

“No juegues tanto,” susurró él, sus manos deslizándose por su abdomen, subiendo con una lentitud tortuosa hasta rozar la base de sus pechos, sintiendo cómo ella se estremecía bajo su toque. “Sabes cómo termina esto.”

“¿Y si quiero que termine ya?” replicó ella, girando la cabeza para mirarlo, sus labios entreabiertos en una invitación silenciosa, sus ojos brillando con un hambre que reflejaba el suyo. “¿Qué vas a hacer al respecto?”

“No me tientes,” dijo él, su voz temblando de deseo mientras sus dedos apretaban su cintura, su aliento cálido contra su cuello. “Porque no voy a esperar a llegar a casa.”

Ella rió, un sonido que era puro desafío. “Entonces no esperes,” susurró, tomándolo de la mano y tirando de él hacia la salida con una determinación que lo dejó sin palabras. “Vamos, ahora.”

Se abrieron paso entre la multitud, los codazos y las risas de los desconocidos apenas registrándose en su conciencia, hasta que el aire fresco de la noche los golpeó como un balde de agua fría al salir. Pero ese frío no apagó el fuego que quemaba entre ellos; solo lo avivó más, como si el contraste entre el calor de sus cuerpos y la brisa nocturna fuera un combustible extra. El estacionamiento estaba a pocos pasos, un rincón oscuro y silencioso que contrastaba con el caos ensordecedor de la discoteca. Los autos alineados reflejaban las luces de neón del letrero cercano, y el suelo de asfalto estaba húmedo por una lluvia reciente, brillando como un espejo roto bajo la tenue iluminación.

Sebastián la llevó hasta su auto, un sedán negro que parecía insignificante en ese momento, un mero escenario para lo que estaba por suceder. Apenas llegaron, la empujó suavemente contra la puerta del copiloto, atrapándola entre sus brazos con las manos apoyadas a ambos lados de su cuerpo, su respiración agitada formando pequeñas nubes en el aire fresco. “¿Estás segura de esto?” preguntó, su voz baja y cargada de una mezcla de deseo y cautela, sus ojos buscando los de ella en la penumbra.

“¿Tú no?” replicó ella, arqueando una ceja con una sonrisa traviesa que lo desafiaba, sus manos deslizándose por su pecho hasta engancharse en el cuello de su camisa. “Porque yo no pienso esperar más.”

“No hay vuelta atrás,” advirtió él, su tono serio por un instante, pero sus manos ya estaban subiendo el borde de su vestido, dejando que sus dedos recorrieran la piel suave y cálida de sus muslos, sintiendo cómo ella temblaba bajo su toque.

“No quiero volver atrás,” susurró ella, inclinándose para besarlo de nuevo, sus labios reclamándolo con una intensidad que rayaba en la desesperación. “Quiero esto, ahora.”

“Eres imposible,” dijo él contra su boca, riendo suavemente mientras sus manos seguían explorándola, subiendo más el vestido hasta que la tela se arrugó alrededor de su cintura. Vanessa dejó escapar un gemido bajo, un sonido gutural que lo encendió aún más, y rodeó su cuello con los brazos, atrayéndolo hasta que sus cuerpos quedaron pegados, el calor de su piel traspasando la tela de su camisa como una corriente viva.

“Entra al auto,” dijo él, su voz temblando de deseo mientras abría la puerta trasera con un movimiento torpe, sus dedos resbalando por un instante en el picaporte por la urgencia que lo consumía. Vanessa obedeció, deslizándose al asiento trasero con una gracia que lo dejó hipnotizado, el vestido subiéndose aún más mientras se acomodaba, dejando al descubierto sus piernas y el borde de unas braguitas negras que apenas podían contener lo que prometían. Él la siguió, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que aisló el mundo exterior, dejando solo el sonido de sus respiraciones agitadas y el leve crujido del cuero del asiento bajo su peso.

El espacio era estrecho, el aire dentro del auto ya empezaba a cargarse de calor y anticipación, pero eso solo aumentaba la urgencia de lo que estaba por suceder. Vanessa se recostó contra el asiento, apoyando la espalda en la ventana opuesta, el vestido arrugado ahora alrededor de su cintura, exponiendo la piel suave de sus muslos y el contorno de su figura bajo la tenue luz que se filtraba desde afuera. “¿Qué esperas ahora?” susurró, su voz baja y provocadora mientras lo miraba con esos ojos que lo desarmaban, sus manos jugando con el borde del vestido como si quisiera tentarlo aún más.

“Nada,” respondió él, su tono ronco mientras se inclinaba sobre ella, sus manos deslizándose por sus piernas con una mezcla de reverencia y urgencia, sus labios buscando los suyos en un beso hambriento que sabía a vodka y deseo. Vanessa respondió con la misma intensidad, sus dedos desabrochando los botones de su camisa con una rapidez que rayaba en la impaciencia, tirando de la tela hasta dejar su pecho al descubierto. Cuando lo tocó, sus uñas recorrieron su piel, dejando marcas leves que lo hicieron jadear, el contraste entre el dolor ligero y el placer intenso enviando una sacudida por su cuerpo.

“Te deseo tanto,” murmuró ella, sus palabras entrecortadas por la respiración agitada, y él gruñó en respuesta, bajando las manos hasta enganchar los dedos en la tela de sus bragas. “Siempre lo haces sonar como si fuera la primera vez,” dijo él, sonriendo contra su piel mientras deslizaba las bragas hacia abajo con un movimiento lento pero firme, dejando que el aire fresco del auto rozara su piel antes de que sus dedos la encontraran, cálida y húmeda, lista para él.

“Porque contigo siempre se siente como la primera vez,” replicó ella, su voz temblando mientras arqueaba la espalda, un gemido escapando de sus labios cuando él la tocó, sus movimientos precisos y deliberados, cada roce arrancándole un suspiro que llenaba el espacio cerrado. “No pares,” susurró, sus manos buscando el cinturón de sus pantalones con una desesperación que lo hizo reír suavemente, besando su cuello mientras ella luchaba con la hebilla.

“No pienso parar,” dijo él, su voz baja y cargada de promesa mientras la ayudaba, desabrochando el cinturón y liberándose de la tela con un movimiento rápido. Cuando ella lo tocó, sus dedos cálidos y seguros, él dejó escapar un sonido ronco que reverberó en el auto, un gruñido profundo que mezclaba placer y necesidad. Se acomodaron como pudieron en el asiento trasero, sus cuerpos encontrando un ritmo en el caos del espacio reducido, y cuando él finalmente la penetró, fue como si el mundo entero se redujera a ese momento, a esa conexión visceral que los unía.

“Te sientes increíble,” susurró ella, sus piernas rodeándolo mientras sus caderas se alzaban para encontrarse con las suyas, cada encuentro arrancándole un gemido que resonaba como música en sus oídos. El movimiento fue lento al principio, un vaivén que los hacía jadear en sincronía, sus respiraciones mezclándose en el aire caliente del auto, pero pronto la pasión los consumió, y el ritmo se volvió frenético, urgente, sus cuerpos chocando con una intensidad que hacía crujir el asiento bajo ellos.

“No hables, solo siente,” respondió él, su voz entrecortada mientras sus labios encontraban su cuello, besando y mordiendo suavemente la piel perfumada, dejando pequeñas marcas que ella luciría como trofeos al día siguiente. Vanessa clavó las uñas en su espalda, sus gemidos creciendo en intensidad mientras sus cuerpos se movían como uno solo, sudorosos y desesperados, buscando ese clímax que ambos sabían que estaba cerca.

“Sebas…” gimió ella, su voz quebrándose cuando el clímax la alcanzó, su cuerpo temblando bajo el suyo con una intensidad que lo arrastró consigo, sus músculos tensándose y relajándose en oleadas que lo dejaron sin aliento. Él se dejó ir un instante después, un gruñido profundo escapando de su pecho mientras se perdía en ella, en el calor y la conexión que los unía en ese instante fugaz pero eterno, sus cuerpos colapsando juntos en un éxtasis compartido que parecía detener el tiempo.

Permanecieron así unos minutos, jadeando y abrazados en el asiento trasero, el silencio roto solo por el sonido de sus respiraciones y el zumbido distante de la ciudad que se filtraba a través de las ventanas empañadas. Vanessa levantó la cabeza y lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y algo más profundo, algo que en ese momento él había creído eterno, un amor que trascendía las palabras. “Eres una locura,” susurró ella, riendo suavemente mientras le pasaba los dedos por el cabello despeinado, apartando mechones húmedos de su frente.

“Tú eres la locura,” respondió él, besándola con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir, sus labios suaves y pausados contra los de ella. “¿Cómo haces para volverme loco cada vez?”

“Es un talento,” replicó ella, sonriendo mientras se acomodaba contra él, su cabeza descansando en su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón. “Y tú lo disfrutas demasiado como para quejarte.”

“No me quejo,” dijo él, riendo mientras la abrazaba más fuerte, sus dedos jugando con su cabello. “Solo digo que deberías venir con una advertencia.”

“¿Qué diría? ¿Peligro: altamente inflamable?” bromeó ella, levantando la mirada para mirarlo, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y cariño.

“Algo así,” respondió él, besándola de nuevo, un beso lento y profundo que sellaba el momento. Y en ese instante, bajo las luces parpadeantes del estacionamiento, con el eco de "Crazy" aún resonando en su cabeza como un recuerdo lejano, había creído que nada ni nadie podría separarlos, que ese fuego que ardía entre ellos era indestructible.

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Sebastián abrió los ojos de golpe, el recuerdo desvaneciéndose como humo entre sus dedos, dejando tras de sí un vacío que lo golpeó con fuerza en el pecho. El departamento estaba envuelto en penumbra, el sol ya se había ocultado tras el horizonte, y la taza de café frío sobre la mesa era un testigo silencioso de cuánto tiempo había pasado perdido en su mente. Se levantó con un movimiento lento, sintiendo el peso de ese pasado ardiente como una carga que no podía soltar del todo, una mochila invisible que cargaba sobre los hombros y que parecía hacerse más pesada con cada día que pasaba. La química con Vanessa había sido así: pasional, desbordada, un incendio amplificado por el ritmo crudo y sensual de "Crazy" que aún resonaba en su cabeza como un eco lejano, una canción que había marcado esa noche como un tatuaje en su memoria, una marca que no podía borrar por más que lo intentara.

Fue hasta la cocina con pasos pesados, el suelo de madera crujiendo bajo sus zapatillas, y llenó un vaso de agua del grifo, bebiéndolo de un trago como si pudiera lavar el sabor amargo de la nostalgia que se había instalado en su garganta. El agua estaba fría, casi helada, y por un momento lo ayudó a despejarse, a traerlo de vuelta al presente, pero el recuerdo de Vanessa seguía allí, agazapado en los rincones de su mente como un intruso que se negaba a marcharse. “¿Por qué sigues aquí?” murmuró para sí mismo, dejando el vaso en el fregadero con un ruido seco que resonó en la cocina vacía. “¿Por qué no puedo simplemente olvidarte?”

Caminó hacia el equipo de música en la sala y buscó entre los discos con dedos inquietos, pasando por portadas descoloridas de algunas bandas y otros discos que había acumulado con los años. Finalmente encontró uno de Héroes del Silencio, Senderos de traición, y lo sacó de su funda con cuidado, como si fuera un objeto sagrado, un relicario de emociones que no podía dejar ir. Colocó el disco en el equipo, dejando que sonara y cayera con un crujido suave antes de que las primeras notas de “Entre dos tierras” llenaran la habitación, la guitarra inicial cortando el silencio como un lamento.

Se dejó caer de nuevo en el sofá, cerrando los ojos mientras la voz de Enrique Bunbury se mezclaba con sus pensamientos, “Entre dos tierras estás, y no dejas aire que respirar…”. Las palabras se clavaban en él como dagas, reflejando con una precisión cruel el torbellino que lo consumía. Estaba atrapado entre el pasado y el presente, entre el recuerdo abrasador de Vanessa y la promesa tranquila de Sofía, entre la furia que aún sentía por Martín y la calma que intentaba construir con tanto esfuerzo. La música lo envolvía, sus acordes oscuros y melancólicos resonando con las emociones que no podía silenciar, un eco de su propia confusión que lo hacía sentir expuesto, vulnerable, como si alguien hubiera abierto su pecho y estuviera mirando directamente dentro.

“¿Qué estoy haciendo?” se preguntó en voz alta, su voz resonando en la sala vacía mientras se recostaba más en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo y dejando que su mirada se perdiera en el techo, donde las sombras bailaban al ritmo de la luz tenue de una lámpara en la esquina. Pensó en Sofía, en la cena en su casa hace unas noches, en la forma en que habían bailado al son de “Just the Two of Us” con una intimidad que era dulce, casi pura. Había sido un momento hermoso, uno que lo había llenado de esperanza, una promesa de algo nuevo, algo sólido. Pero no podía evitar compararlo con la noche en la discoteca con Vanessa, con esa pasión desenfrenada que lo había consumido hasta dejarlo sin aliento, esa locura que lo había hecho sentir tan vivo que aún podía sentir el calor en las yemas de sus dedos.

“Sofía es diferente,” murmuró para sí mismo, abriendo los ojos y mirando el equipo de música sonar como si trazara el camino de su vida. “Ella es calma, ella es… seguridad. Pero Vanessa…” Su voz se quebró en esa última palabra, y cerró los ojos de nuevo, dejando que la música llenara el silencio que no podía soportar. Con Sofía sentía paz, una conexión que lo anclaba al presente, que lo hacía querer ser mejor; con Vanessa había sido un huracán, una fuerza que lo arrastraba sin importar las consecuencias, un deseo que lo había consumido hasta dejarlo en carne viva. Y aunque sabía que debía elegir la paz, que debía dejar ir el huracán, una parte de él aún añoraba esa intensidad.

El sonido del timbre lo arrancó de su trance, un golpe seco que cortó la música como un cuchillo afilado atravesando el aire, sacándolo de su ensoñación con una brusquedad que lo hizo fruncir el ceño. Su cuerpo se tensó instintivamente mientras se incorporaba en el sofá, confundido, su mano deteniéndose en el aire a medio camino del equipo de sonido. No esperaba a nadie esa noche; Sofía había mencionado que estaría ocupada con un proyecto para su trabajo, algo sobre un plazo que la tenía ansiosa, y le había enviado un mensaje esa mañana diciendo, “Te llamo mañana, Sebas. Hoy voy a estar enterrada en papeles. Cuídate, ¿sí?”. Camila, por otro lado, rara vez aparecía sin avisar, siempre enviando un mensaje con algún comentario sarcástico sobre su “vida de ermitaño” o una amenaza de llegar con comida si no respondía pronto. “¿Quién demonios…?” murmuró, levantándose con desgana y apagando el equipo con un movimiento rápido que hizo que todo el ambiente se apagara de un momento a otro, quedando un incómodo silencio.

Caminó hacia la puerta, el eco de “Entre dos tierras” aún zumbando en su cabeza como un susurro persistente, sus pasos resonando en el suelo de madera con un ritmo irregular. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más de lo que ya estaba, y respiró hondo antes de girar el pomo, preparándose para lo que fuera que lo esperaba al otro lado. Cuando abrió la puerta, se quedó extrañado por un instante, el tiempo congelándose en un latido suspendido que lo dejó sin reacción.

Allí estaba Patricia, de pie en el umbral, con una chaqueta gris que le llegaba a las rodillas y una expresión que no pudo descifrar: una mezcla de nerviosismo y determinación que lo tomó por sorpresa, como un relámpago en un cielo despejado. Su cabello estaba despeinado por el viento, mechones oscuros cayendo sobre su rostro en un desorden que parecía deliberado, y sus ojos lo miraban con una intensidad que lo hizo retroceder un paso sin darse cuenta, su mano apretando el marco de la puerta como si necesitara aferrarse a algo sólido para no perder el equilibrio.

“Sebastián,” dijo ella, su voz suave pero firme, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos como una barrera invisible. Había algo en su tono, una urgencia contenida que lo puso en guardia, pero también una vulnerabilidad que no esperaba, que lo desarmó por un segundo y lo dejó mirándola sin saber qué decir.

Él no respondió de inmediato, sus labios apretados en una línea dura mientras la miraba fijamente, intentando procesar su presencia allí, en su puerta, en su vida otra vez. Patricia, la amiga de Vanessa, la que había estado en el centro de tantas sombras, la que había intentado hablarle después de todo el caos con palabras que él había rechazado con furia, echándola de su casa como si fuera un veneno que no podía tolerar. “¿Qué haces aquí?” preguntó finalmente, su voz ronca y cargada de una mezcla de sorpresa y recelo, sus ojos entrecerrándose mientras la estudiaba.

Ella dio un paso adelante, deteniéndose justo en el borde de la puerta, su figura recortada contra la luz tenue del pasillo que iluminaba el rellano con un brillo frío. “Necesito hablar contigo,” dijo, su tono más firme ahora, aunque sus manos temblaban ligeramente, traicionando el nerviosismo que intentaba ocultar. “No podía esperar más.”

“¿Hablar de qué?” replicó él, cruzando los brazos sobre el pecho como una barrera, su postura rígida mientras la miraba con desconfianza. “La última vez que quisiste ‘hablar’, no terminó bien.

Patricia respiró hondo, sus hombros subiendo y bajando con el movimiento, y levantó la mirada para encontrarse con la suya. “Porque hay cosas que no sabes,” dijo, su voz temblando ligeramente al final, como si las palabras fueran un peso que apenas podía cargar. “Cosas que… que tienes que escuchar, quieras o no.”

No había palabras aún más allá de eso, solo el peso de sus miradas cruzándose, cargadas de preguntas sin respuesta, reproches mudos y algo más que ninguno de los dos podía nombrar. El aire entre ellos estaba cargado, denso como antes de una tormenta, y Sebastián supo en ese instante que lo que fuera que Patricia había venido a decir cambiaría todo otra vez, que esa puerta abierta era el comienzo de un nuevo capítulo que no estaba seguro de querer enfrentar, pero que no podía evitar.

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