Travesía a una traición - parte 9
Vanessa siempre confió en Patricia, pero una llamada perdida y una mirada en una foto antigua encienden la alarma. Ahora, con el teléfono de su amiga en las manos y la verdad al alcance de un dedo, la amistad se convierte en el campo de batalla más traicionero.
Capítulo 9
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VANESSA
Vanessa cerró la puerta tras la salida de Martín con un golpe que resonó como un trueno en el silencio de su apartamento. El sonido se extendió por el espacio, reverberando contra las paredes desnudas y los muebles escasos, como si quisiera llenar el vacío que ella sentía en el pecho. Apoyó la espalda contra la madera fría, dejando que su peso se descargara por un momento mientras cerraba los ojos y respiraba hondo, intentando calmar el torbellino que giraba en su interior. La conversación con Martín había sido breve pero intensa, un enfrentamiento que había dejado heridas frescas sobre cicatrices aún tiernas. “Te arrepentirás,” había dicho él, con esa mezcla de amenaza y arrogancia que siempre lograba sacarla de quicio. Pero no era esa frase lo que la tenía atrapada ahora, sino algo mucho más inquietante: la pregunta que había soltado casi sin pensarlo, como una flecha disparada al azar que había dado en el blanco sin que ella lo esperara.
“¿Por qué llamaste a Patricia?” Había sido una pregunta simple, casi espontánea, pero la reacción de Martín la había dejado helada. Sus ojos se habían abierto un poco más de lo normal, su boca se había torcido en una mueca nerviosa antes de soltar una excusa torpe: “Solo quería saber cómo estabas.” Vanessa no era ninguna ingenua; conocía a Martín lo suficiente como para reconocer cuando mentía. Esa vacilación, ese cambio rápido en su tono, eran señales que había aprendido a descifrar en los meses que habían pasado juntos. Y ahora, esas señales apuntaban a algo que no podía ignorar: una conexión entre Martín y Patricia que ella no había visto venir.
Se apartó de la puerta con un movimiento brusco, como si el contacto con la madera la quemara, y caminó hacia la cocina con pasos rápidos y decididos. Sus zapatillas resonaban contra el suelo de madera, un ritmo constante que contrastaba con el caos de sus pensamientos. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para no dejar que la duda la consumiera allí mismo. Abrió el armario con más fuerza de la necesaria, sacó una taza blanca con el borde ligeramente desgastado y puso agua a hervir en la tetera. Mientras esperaba, sus dedos tamborilearon sobre la encimera, un tic nervioso que no podía controlar. Miró por la ventana hacia la ciudad que se extendía frente a ella, un mosaico de luces parpadeantes que parecían burlarse de su confusión. “¿Qué estás ocultando, Patricia?” susurró para sí misma, su aliento empañando el vidrio por un instante antes de desvanecerse.
El silbido agudo de la tetera la arrancó de su ensimismamiento. Vertió el agua caliente sobre una bolsita de manzanilla que encontró en un cajón, y el aroma suave y floral llenó la cocina, un contraste irónico con la tormenta que crecía en su mente. Se sentó en la mesa pequeña junto a la ventana, sosteniendo la taza con ambas manos como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio. Recordó el momento exacto en que había visto la llamada de Martín en el teléfono de Patricia: había sido en casa de su amiga, justo después de su encuentro con Sebastián en el parque. Estaba tan destrozada por la despedida final con él que apenas había prestado atención al detalle, pero ahora lo veía con claridad cegadora. El nombre de Martín había aparecido en la pantalla, y Patricia lo había ignorado con una rapidez sospechosa, como si temiera que Vanessa lo notara. En ese momento, ella no había preguntado nada; estaba demasiado rota para pensar en conspiraciones. Pero ahora, con la cabeza más fría y el corazón un poco más endurecido, no podía dejar de darle vueltas.
¿Por qué Martín llamaría a Patricia? Apenas se conocían, o eso había creído ella. Patricia era su mejor amiga desde la universidad, una constante en su vida incluso cuando todo lo demás se derrumbaba. Martín, por otro lado, había entrado en su mundo mucho después, como un torbellino que prometía aventura y terminó trayendo caos. Vanessa siempre había pensado que sus interacciones se limitaban a encuentros casuales en grupo, nada más. Pero la reacción de Martín al mencionarla, esa evasiva torpe, le decía que había algo más, algo que ambos le estaban ocultando. Y la sola idea de que Patricia, su confidente, su apoyo, pudiera estar involucrada en un secreto con Martín la llenaba de una mezcla de rabia y traición que apenas podía contener.
Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, el líquido caliente salpicando un poco sobre la madera. Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro, sus pasos resonando en el silencio opresivo del apartamento. No podía quedarse quieta; la energía nerviosa que corría por sus venas necesitaba una salida. Fue hasta el sofá donde había dejado su bolso y sacó su teléfono, sosteniéndolo entre las manos como si fuera una bomba a punto de estallar. Buscó el número de Patricia en la lista de contactos, su dedo flotando sobre la pantalla mientras una lucha interna se desataba en su cabeza. Quería llamarla, enfrentarla directamente, exigirle una explicación. Pero sabía que no funcionaría. Patricia era demasiado astuta, demasiado buena para esquivar preguntas incómodas con una sonrisa y una excusa convincente. Si quería la verdad, tendría que encontrarla por sus propios medios.
Guardó el teléfono con un suspiro frustrado y se dirigió a su habitación, dejando la taza de té olvidada sobre la mesa. Encendió su laptop y se sentó en la cama, cruzando las piernas mientras la pantalla cobraba vida con un zumbido suave. Abrió el navegador y escribió “Martín Génova” en la barra de búsqueda, seguida de “Patricia Salas”. No esperaba encontrar gran cosa; ninguno de los dos era particularmente activo en redes sociales, y sus vidas no eran lo bastante públicas como para dejar un rastro evidente. Pero tal vez había algo, un detalle pequeño que se le había escapado antes. Los primeros resultados fueron decepcionantes: un par de perfiles de LinkedIn genéricos, menciones en publicaciones de amigos comunes, nada que los conectara de manera directa. Vanessa frunció el ceño y cambió de estrategia. Abrió su propio Instagram y empezó a revisar sus fotos antiguas, buscando cualquier indicio de que Martín y Patricia hubieran cruzado caminos más de lo que ella recordaba.
Pasó casi dos horas desplazándose por publicaciones, álbumes de cumpleaños, salidas nocturnas, viajes de fin de semana con amigos. Sus ojos se detuvieron en una foto tomada hacía casi un año en un bar del centro, un lugar ruidoso y lleno de luces neón que solía frecuentar con su grupo de la universidad. Era una imagen de grupo: ella, Patricia, dos amigas más y un puñado de conocidos borrosos al fondo. Vanessa acercó la imagen con los dedos, entrecerrando los ojos para distinguir los detalles. Allí, en una esquina apenas visible entre la multitud, estaba Martín. Llevaba esa chaqueta negra que parecía ser su uniforme personal, y su postura confiada lo hacía destacar incluso en la penumbra del bar. Pero lo que realmente la golpeó como un puñetazo fue la dirección de la mirada de Patricia. En la foto, su amiga estaba girada ligeramente hacia él, con una sonrisa que no parecía casual, una sonrisa que Vanessa no recordaba haber notado en ese momento.
“¿Qué demonios?” murmuró, su voz temblando ligeramente en el silencio de la habitación. Amplió la imagen aún más, hasta que los pixeles empezaron a difuminarse, pero no había duda: era Martín. Y Patricia lo estaba mirando. Vanessa intentó reconstruir esa noche en su memoria, pero los detalles eran vagos, emborronados por el paso del tiempo y las copas de más que había tomado. Lo único que recordaba con claridad era que Martín no había sido invitado por ella; de hecho, en esa época apenas lo conocía, era solo un amigo de un amigo que aparecía de vez en cuando en las salidas grupales. Entonces, ¿qué hacía ahí? ¿Y por qué Patricia parecía tan cómoda con su presencia?
La sospecha se enredó en su mente como una maleza persistente, creciendo con cada segundo que pasaba. Cerró la laptop con un movimiento brusco y se levantó, paseándose por la habitación como un tigre enjaulado. Su respiración se volvía más rápida, más pesada, mientras las preguntas se acumulaban sin respuesta. ¿Habían estado en contacto desde entonces? ¿Era posible que Patricia hubiera jugado un papel en su relación con Martín desde el principio? La idea era tan absurda como aterradora, pero no podía descartarla. Patricia había sido su roca durante años, la persona en quien confiaba ciegamente, incluso cuando todo lo demás en su vida se derrumbaba. Pero también había sido la que la animó a “explorar” cuando se sentía atrapada con Sebastián, la que le había dicho que abortar era “lo mejor” sin consultarlo con nadie más. ¿Y si no había sido solo una amiga bienintencionada? ¿Y si había tenido motivos ocultos?
Vanessa se detuvo frente al espejo de su habitación y se miró fijamente, como si esperara que su reflejo le diera una respuesta. Sus ojos estaban rojos, con ojeras marcadas por el cansancio y la tensión de los últimos días. “Estás paranoica,” se dijo a sí misma, intentando reírse de la idea. Pero la risa no llegó; en su lugar, un nudo se apretó en su garganta. No era paranoia, era instinto. Y su instinto le gritaba que algo no estaba bien, que la verdad estaba ahí, justo fuera de su alcance, esperando a que la encontrara.
Entonces se le ocurrió una idea, una chispa de claridad en medio del caos. Patricia siempre había sido descuidada con sus cosas, especialmente cuando estaban juntas. Dejaba su bolso abierto, su teléfono desbloqueado sobre la mesa, sus secretos al alcance de cualquiera que quisiera mirar. Si lograba acercarse a algo personal de su amiga —su teléfono, una libreta, cualquier cosa— tal vez encontraría la prueba que necesitaba. No estaba orgullosa de lo que estaba planeando, pero la necesidad de saber era más fuerte que cualquier escrúpulo moral. Había sido traicionada demasiadas veces como para seguir confiando ciegamente.
Tomó su teléfono y escribió un mensaje rápido a Patricia:
“Hola, ¿qué tal? ¿Te apetece que nos veamos mañana? Podríamos tomar algo en el café de siempre. Necesito despejarme un poco.”
Presionó enviar y esperó, mordiéndose una uña mientras el reloj marcaba los segundos. La respuesta llegó casi de inmediato:
“¡Claro, Vane! Me encantaría. ¿A las 6 te va bien? Te extraño.”
Vanessa leyó el mensaje varias veces, buscando algún indicio de falsedad en esas palabras. “Te extraño,” decía, como si todo fuera tan simple, tan puro como antes. Respondió con un “Sí, perfecto. Nos vemos,” y dejó el teléfono sobre la cama, sintiendo una mezcla de alivio y ansiedad. Si Patricia estaba ocultando algo, mañana lo descubriría. Y si estaba equivocada, si todo esto era solo una ilusión creada por su mente herida, entonces podría dejar descansar sus sospechas y seguir adelante. Pero en el fondo, sabía que no estaba equivocada.
La tarde siguiente llegó con un cielo gris y pesado, cargado de nubes que parecían reflejar el peso que Vanessa llevaba sobre los hombros. Se puso una chaqueta ligera y salió rumbo al café, un pequeño lugar en el centro que había sido su refugio compartido con Patricia durante años. Mientras caminaba por las calles abarrotadas, repasó mentalmente su plan: mantener la calma, actuar como si todo estuviera bien y buscar una oportunidad para revisar el teléfono de su amiga. Era un plan simple pero arriesgado, y la sola idea de traicionar la confianza de Patricia —aunque fuera para confirmar sus propias dudas— le revolvía el estómago. Pero no había vuelta atrás.
Llegó al café unos minutos antes de las seis y eligió una mesa junto a la ventana, desde donde podía ver la calle y la entrada. Pidió un latte para calmar los nervios y esperó, jugueteando con la cucharilla mientras observaba a los transeúntes: parejas riendo, niños corriendo, vidas que seguían adelante mientras la suya parecía atrapada en un bucle de traiciones. Cuando Patricia entró, puntual como siempre, Vanessa sintió un nudo apretarse en su estómago. Su amiga llevaba un vestido azul sencillo y una sonrisa que parecía genuina, pero ahora Vanessa no podía evitar verla con ojos distintos, ojos que buscaban grietas en la fachada.
“¡Vane!” exclamó Patricia, acercándose a la mesa con los brazos abiertos. La abrazó con fuerza, y Vanessa correspondió el gesto, aunque su cuerpo estaba tenso como un resorte a punto de saltar. “Qué bueno verte. ¿Cómo estás hoy?”
“Mejor,” mintió Vanessa, forzando una sonrisa que esperaba pareciera natural. “Necesitaba salir un poco de casa. ¿Y tú?”
“Oh, bien, como siempre,” respondió Patricia mientras se sentaba y pedía un cappuccino al camarero que se acercó con una libreta en mano. “Un poco ocupada con el trabajo, pero nada que no pueda manejar. ¿Qué querías contarme?”
Vanessa se encogió de hombros, manteniendo la conversación en terreno seguro. “Nada especial, solo charlar. Han sido días raros, ¿sabes? Todavía estoy procesando todo lo de Sebastián... y lo de Martín.”
Patricia asintió, su expresión cambiando a una de empatía que Vanessa ya no sabía si creer. “Lo entiendo, debe ser durísimo. Pero oye, hiciste bien en cortar con Martín. Ese tipo no te convenía.”
Vanessa la miró fijamente, buscando alguna señal de nerviosismo, alguna grieta en su fachada. “Sí, supongo que sí. Aunque ayer vino a mi casa. Quería hablar, intentó convencerme de volver con él.”
Los ojos de Patricia se abrieron un poco más, pero rápidamente recuperó la compostura, cubriendo su sorpresa con una risita. “¿En serio? Qué pesado. ¿Y qué le dijiste?”
“Que se acabó, que no hay vuelta atrás,” respondió Vanessa, observando cada gesto de su amiga como un detective en una escena del crimen. “Pero me dejó pensando en algunas cosas. Como... no sé, su obsesión conmigo. Me hace preguntarme si alguien más estuvo metido en todo esto.”
Patricia dejó escapar una risa nerviosa, un sonido que Vanessa reconoció al instante como una de sus defensas habituales. “¿Qué quieres decir? ¿Crees que Martín tiene un club de fans conspirando por él?”
“No sé,” dijo Vanessa, inclinándose ligeramente hacia adelante para aumentar la presión sin que se notara demasiado. “Solo que a veces siento que no tengo toda la historia. Como si me faltaran piezas.”
El camarero llegó con el cappuccino, interrumpiendo el momento con un tintineo de porcelana contra la mesa. Patricia aprovechó para tomar un sorbo, evitando la mirada de Vanessa por unos segundos que parecieron eternos. Cuando volvió a hablar, su tono era más casual de lo necesario, casi forzado. “Bueno, la gente como Martín siempre tiene sus secretos. Pero tú ya estás fuera de eso, ¿no? Mejor no darle vueltas.”
Vanessa asintió lentamente, pero su mente estaba en otra parte. El bolso de Patricia estaba sobre la mesa, y su teléfono sobresalía ligeramente del bolsillo lateral, la pantalla oscura pero tentadora. Era su oportunidad. “Tienes razón,” dijo, forzando una sonrisa que esperaba pareciera sincera. “Voy al baño un segundo, vuelvo enseguida.”
Se levantó y caminó hacia el fondo del café, pero en lugar de entrar al baño, se detuvo detrás de una columna desde donde podía ver la mesa sin ser vista. Esperó unos segundos, conteniendo la respiración, y como había previsto, Patricia sacó el teléfono y empezó a revisarlo, probablemente pensando que tenía tiempo antes de que Vanessa regresara. Era ahora o nunca.
Volvió sobre sus pasos con paso rápido pero silencioso, fingiendo que había olvidado algo. “Ay, qué tonta, dejé mi celular,” dijo mientras se acercaba a la mesa con una risita nerviosa. Patricia levantó la vista, sobresaltada, y en su prisa por guardar el teléfono, lo dejó caer al suelo con un ruido seco que resonó como un disparo en el ambiente tranquilo del café.
“¡Uy, perdón!” exclamó Vanessa, agachándose rápidamente para recogerlo antes de que Patricia pudiera reaccionar. Mientras lo tomaba, deslizó el dedo por la pantalla, que aún estaba desbloqueada, y alcanzó a ver una notificación antes de devolvérselo: un mensaje de Martín que decía, “¿Ya hablaste con ella? Necesito saber.” El corazón de Vanessa dio un vuelco, pero mantuvo la calma, su expresión neutra como una máscara bien ensayada. “Ten, aquí está,” dijo, entregándole el teléfono con una sonrisa inocente.
Patricia lo tomó con manos temblorosas, murmurando un “gracias” que sonó más como un susurro ahogado. “¿Todo bien?” preguntó Vanessa, sentándose de nuevo como si nada hubiera pasado, aunque por dentro su mente estaba en llamas.
“Sí, sí, todo perfecto,” respondió Patricia, pero su voz era más aguda de lo normal, y sus dedos tamborileando nerviosamente sobre la mesa. Tomó otro sorbo de cappuccino, claramente buscando una distracción.
Vanessa no dijo nada más sobre el tema, dejando que la conversación derivara hacia cosas triviales: el clima, una película que habían visto juntas meses atrás, los planes para el fin de semana. Pero en su cabeza, las piezas empezaban a encajar con una claridad aterradora. Martín y Patricia estaban en contacto, y no era una casualidad. El mensaje era una prueba, pequeña pero innegable, de que algo estaba pasando a sus espaldas. ¿Habían conspirado juntos para separarla de Sebastián? ¿Era Patricia la que había empujado a Martín hacia ella desde el principio, o al revés? Las preguntas se multiplicaban como sombras en una habitación oscura, y cada una traía consigo una nueva ola de desconfianza.
Cuando se despidieron media hora después, Vanessa abrazó a Patricia con una calidez fingida que le costó cada fibra de su ser mantener. “Gracias por venir, Patty. Nos vemos pronto,” dijo, sonriendo mientras su amiga se alejaba por la calle con paso rápido. Pero en cuanto Patricia desapareció de su vista, la sonrisa de Vanessa se desvaneció, reemplazada por una expresión de determinación helada que endurecía sus facciones.
Caminó de regreso a su apartamento con la mente en llamas, el aire fresco de la tarde apenas aliviando la presión que sentía en el pecho. El mensaje que había visto no dejaba lugar a dudas: Martín y Patricia estaban coordinando algo, y ella era el centro de ese algo. Pero ¿qué querían? ¿Controlarla? ¿Hacerla sufrir? ¿O era otra cosa, algo más oscuro que aún no podía imaginar? Cada paso que daba resonaba con una certeza creciente: no podía seguir confiando en las palabras de nadie. Tenía que encontrar la verdad por sí misma, aunque eso significaba traicionar la poca fe que le quedaba en su amiga.
Al llegar a casa, cerró la puerta con llave y se dirigió directamente al sofá. Tomó una libreta que había sobre la mesa de centro y un bolígrafo que encontró entre los cojines, y empezó a anotar todo lo que sabía, todo lo que había visto y oído. La foto del bar, la llamada que había interceptado en casa de Patricia, el mensaje en el teléfono de su amiga. Cada detalle era una pista, un hilo suelto que podía tejer una red más grande si lograba seguirlo. Pero necesitaba más. Necesitaba enfrentarlos, sacarlos de su zona de confort y obligarlos a confesar lo que escondían.
“Voy a descubrir qué están tramando,” se dijo a sí misma, apretando el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. “No voy a dejar que me sigan manipulando. No otra vez.” Las palabras salieron como un juramento, un grito silencioso que llenó el espacio vacío del apartamento. Dejó la libreta sobre la mesa y se recostó en el sofá, cerrando los ojos mientras el cansancio la envolvía como una manta pesada. Mañana seguiría buscando. Mañana encontraría la manera de desenmascararlos. Pero por ahora, dejó que el agotamiento la venciera, sabiendo que esta batalla apenas comenzaba.
La noche cayó sobre la ciudad, envolviendo el apartamento de Vanessa en una penumbra silenciosa que parecía contener el aliento. Afuera, las luces parpadeaban como ojos vigilantes, pero dentro, ella estaba sola con sus pensamientos, con la certeza de que la verdad estaba ahí, esperándola, y con la resolución de no descansar hasta encontrarla.
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