Los días por vivir 1
Fernando ya no es el hombre que la defendía, sino el testigo silencioso de su traición. Ahora, con Nacho insistiendo y Iván apareciendo en su teléfono, Elena debe decidir si el infierno que teme es peor que el vacío que siente.
Había resuelto alejarme de mi compañero de despacho tan pronto como pudiera. Y para eso, el primer paso sería irme a Madrid. Tras que se fuera Nacho, el salón se me hacía un espacio turbio y poco acogedor. Las últimas imágenes del sexo mantenido con él se me amontonaban en la cabeza. Con mi complicidad, poca cabeza, falta de criterio y cobardía, quizás había sido yo tan culpable como él. Me eché a llorar despacio, con lágrimas lentas. Me levanté y con el dorso de mis manos aparté el llanto con furia. Era hora de arreglar toda mi vida y se me presentaba una oportunidad.
Rememoré los primeros encuentros con Nacho, las noches esas en que nos quedábamos hasta tarde y de cómo, poco a poco, se fue ganando una especie de confianza conmigo, además de llevarme a la cama. O yo dejarme llevar. Recordé a Fernando, que también me avisó sobre él. Me vino a la memoria aquella conversación que fue la definitiva entre él y yo.
—No te fíes de él —me decía el por entonces mi novio.
Me quedé escuchando, cruzando los brazos en mi pecho, esperando su respuesta.
—¿Por qué?
—No quiero saber qué ha pasado ente vosotros, pero es un cretino, Elena.
—No ha pasado nada —le mentí—. ¿Has hablado con él? —Mi pregunta venía porque la expresión de Fernando era clara y evidente.
—Sí… por desgracia. Me insultó, me llamó imbécil, cornudo… bueno, ya lo puedes imaginar.
—¿Qué te dijo…? —no terminé la pregunta y seguramente me quedé lívida pensando en las noches que habíamos pasado follando, Nacho y yo.
Fernando se limitó a esbozar una ligera sonrisa en la comisura de los labios, pero no dijo nada durante unos segundos que a mí me parecieron eternos y una especie de confesión por mi parte.
—Me dijo que me ibas a dejar. Y que yo no te merecía. Eso me dolió mucho… —se detuvo un momento mirándome por si encontraba un atisbo de comprensión en mí. Creo que mi gesto no le dijo nada en ese sentido, porque me encontraba bloqueada—. Y entonces, me dijo que… que… si quisiera, follaría contigo las veces que le viniera en gana. Y que, además… tú… lo deseabas.
—Joder, Fernando, eso no es…
—¿Es verdad? —me cortó, mirándome con lástima.
Tragué saliva. Ya me era imposible mentirle o fingir que aquello me escandalizaba. No sabía exactamente de lo que habían hablado y temía estropearlo aún más.
—Elena… Según tú, nuestro sexo se ha convertido en repetitivo, rutinario… —continuó Fernando—. Me has dicho bastantes veces que tú necesitas más cosas. Salir, conocer gente… —sonrío con tristeza—. Y… y ya no sé si soy lo que buscas o quieres. No sé si es así, pero tú lo crees. Solo quiero que cuando nos casamos… si lo hacemos, todo cambie.
—No digas gilipolleces —intenté ponerme digna.
—Elena… no creo que debamos seguir engañándonos con esto. Me has hecho creer, o eso pienso, que estás en un momento en que dudas de nuestra relación y que de vez en cuando necesitas… salir, olvidarte de mí, de nuestra vida en común, los planes de futuro… Quizás también buscas ese sexo que ya no tienes conmigo. Algo más fogoso, más pasional. Y Nacho te atrae… lo aseguraría.
—Fernando, vamos a ver… —agité mi cabeza hastiada de todo—. Nacho es un imbécil. Lo sabes. —Quise aclarar ese punto, porque según sonaban sus palabras, me quemaban a pesar de saberlas ciertas, o en buena medida verdaderas—. Es verdad que… de vez en cuando me gusta salir y eso…
—Creo que ya es algo más. Y ahí entra Nacho.
—A ver… —intenté salir por la tangente.
—Estoy seguro de que os habéis acostado… —murmuró—. Completamente seguro.
—Pero ¿qué te ha dicho ese imbécil, Fernando?
Suspiró profundamente y miró al techo.
—Es tu cara, tus dudas al hablar de él. Lo sé…
Fernando me miró y asintió. Lo hizo de manera segura y convincente. Intuí detalles que él no los juzgaba de la misma forma que yo. Pero tampoco quise detenerme en aquello.
—Al menos no me mientas. Me merezco que me digas la verdad.
—Joder, Fernando —me tapé la cara avergonzada. Era una estupidez seguir fingiendo.
—No me importa… O bueno, sí, pero… —respiró con profundidad—. Sabía que terminaría sucediendo. Volvamos a Nacho… ¿en qué quedó todo?
—Fernando… —resoplé—, yo… no sé… sucedió —terminé admitiendo llorosa y entristecida.
Él tardó en contestarme. Asumiendo que ese tono mío era una prueba fehaciente de que la brecha entre él y yo era ya casi insalvable. Incluso sospeché que mi inflexión encerraba una especie de reproche mutuo, a ambos, a los tres, a él, a Nacho y a mí. Quizá, Fernando era el blanco más fácil, y yo intentaba convencerme, cínicamente, que podría haber impedido que hubiera terminado acostándome con Nacho. Un segundo después, Fernando, ya mirando al suelo, continuó hablando.
—Él me dijo que yo sobraba en esta… en esta relación. Lo dijo así. Que no te merecía… y que bueno… que, si quisiera, te follaría siempre que le apeteciera. Tal cual, casi literal. Con toda la crudeza de las palabras y esa expresión de chulo que tiene. —Yo conocía perfectamente esa descripción que estaba haciendo Fernando. Tragó saliva—. Yo… yo… no quiero que lo vuelvas a ver. A Nacho. Nos quiere separar, Elena… Quiere… quiere, no sé… mandar sobre ti. Sabe que te atrae…
Me quedé mirando a Fernando por si no había terminado. Le creí.
—No puedo dejar de ver a Nacho. Trabajamos juntos.
—Cambia de trabajo.
—No es tan sencillo. Por ahora… no puedo dejar de verlo en el despacho.
—Sabes a lo que me refiero, Elena. —Su mirada era de tristeza y derrota.
Miré al techo pensando las palabras, pero no encontré nada que las hiciera más suaves o disimuladas. Y tampoco quise negar lo de Nacho. Me atraía de una forma extraña, compleja. Como si esa atención morbosa que me dispensaba me excitara y me hiciera dar pasos en dirección a un infierno particular que cada vez se ensanchaba más.
Nacho era un elemento muy difícil de definir en mi ecuación. Alguien sexualmente excitante, de extraordinaria polla y muy buen sexo. Pero también me percataba que con un punto oscuro, escondido, bizarro y soberbio. Me creaba desconfianza y me atraía. Era complicado hasta de describir. En el momento de esa conversación, tampoco tenía claro si me importaba de veras o solo deseaba volver a follar con él. Sentí que tenía sobre mí una especie de posesión, de influencia que me hacía no rebelarme ante sus insolencias, no saltar como con cualquier otro lo hubiera hecho. Era una especie de atracción, mezclada con la apetencia a que estuviera atento y pendiente de mí. En aquel instante sentí que en mi cabeza surgían un torbellino de ideas sin madurar, de preguntas con respuestas vagas, cambiantes, inconclusas o inexistentes. Respiré y miré a Fernando. No le iba a gustar lo que estaba a punto de decirle.
—Fernando… no sé si debemos seguir juntos.
Él me miró. Una sombra se posó en sus ojos, turbándolos, pero no dijo nada. Los mantuvo tristes, alicaídos pero serenos. Como si aquello fuera una frase que estuviera esperando. Yo noté que su semblante era de asumir lo que ya esperaba. Nos conocíamos mucho, lo suficiente como para saber cuándo mentíamos o no decíamos toda la verdad.
—Vale… Si crees que es lo mejor, de acuerdo contigo. Me voy a dormir… No quiero cenar nada.
Fernando se levantó y se encaminó a nuestro dormitorio. Escuché cómo se desvestía e iba al baño. Oí escupir en el lavabo la pasta de dientes, el grifo del agua, la puerta cerrarse y el sonido de la cama cuando Fernando se acostó. Recuerdo que cerré los ojos y me sentí mal. Pero no me moví del sofá. Incluso di tiempo a que se durmiera para desvestirme. No deseaba estar con él en ese momento. Cuando ya me quedé tranquila en pijama, cené algo ligero y me puse a ver la televisión sin ninguna gana.
Volví al presente con un rápido parpadeo. Recordaba aquella noche con demasiada frialdad. Sin darle opción a Fernando a oponerse o a argumentar nada. Me sentí dictatorial, situada en una posición superior a él, decisoria. Me percataba que, tristemente, había actuado de forma parecida a lo que me quejaba de Nacho. No había sido justa ni sincera con Fernando. En ese momento se encendió la pantalla de mi móvil. Miré el remitente. Me entró una especie de cansancio infinito. Tenía dos mensajes. Uno era de Iván. El segundo, un audio. De Nacho.
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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
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