Travesía a una traición - parte 8
Vanessa creyó haber cerrado el capítulo más oscuro de su vida al echar a Martín, pero una sombra de sospecha la persigue. Mientras ella descarta a su pasado, Sebastián encuentra en Sofía la calma que tanto necesitaba, bailando bajo la luz de las velas hacia un futuro que promete ser diferente.
Capítulo 8
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Martín entró al departamento de Vanessa con pasos firmes, cerrando la puerta tras de sí con un suspiro contenido. Su mirada reflejaba una mezcla de ansiedad y determinación. Se pasó una mano por el cabello, buscando las palabras correctas antes de hablar.
—Vanessa, no puedo dejar de pensar en ti —dijo al fin, su voz cargada de urgencia—. Desde nuestra última conversación, desde la reunión con Sebastián, desde que me suplicaste que retirara la denuncia... No me devuelves las llamadas. Necesito hablar contigo, de nosotros, de intentar algo juntos.
Vanessa cruzó los brazos y lo observó con una mezcla de frialdad y cansancio. Ya no sentía la agitación de antes, la incertidumbre que había dominado su relación con Martín. Ahora solo había una certeza incuestionable.
—Martín, esto se acabó hace mucho. Ya no hay un "nosotros". No puedes seguir apareciendo aquí como si nada hubiera pasado.
Martín frunció el ceño y dio un paso hacia ella, pero Vanessa no se movió.
—Dices eso ahora, pero sé que todavía me recuerdas. Lo que tuvimos, lo que sentimos... No puede desaparecer de la noche a la mañana.
Vanessa soltó una risa seca, sin humor.
—¿Lo que tuvimos? Lo que tuvimos fue una relación basada en engaños, en manipulaciones. Desde el principio trataste de controlar mis decisiones, de moldearme a lo que tú querías. Y lo peor es que te creías con derecho sobre mí incluso cuando yo ya había elegido alejarme.
Martín apretó los puños, su expresión se torció en una mezcla de frustración y negación.
—No es cierto, Vanessa. Siempre quise lo mejor para ti. Te protegí de Sebastián, de su indiferencia, de su hipocresía. Él no te merecía.
Vanessa dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos, pero no como un gesto de reconciliación, sino de firmeza.
—No se trata de Sebastián, Martín. Se trata de mí. Y tú nunca lo entendiste. Siempre pensaste que podías decidir por mí, que tu versión de la verdad era la única que valía. Pero ya no más. Ya no quiero seguir atrapada en este juego.
Martín tragó saliva, su postura perdió algo de su arrogancia. Buscó en su expresión alguna señal de duda, de debilidad, pero no encontró ninguna. Finalmente, su expresión cambió a una mezcla de derrota y amargura.
—Así que eso es todo... ¿Vas a desechar todo como si nunca hubiera significado nada?
Vanessa asintió, sin titubeos.
—No lo estoy desechando. Estoy cerrando un ciclo. Uno que debí haber cerrado hace mucho.
Martín permanecó en silencio por unos segundos antes de soltar un suspiro y negar con la cabeza.
Vanessa suspiró profundamente y se dejó caer en el sillón, sintiendo el peso de la conversación con Martín. Sus palabras resonaban en su cabeza, pero ya no con la fuerza de antes. La manipulación, los intentos de justificación... Todo se sentía lejano, como un eco de un pasado que ya no tenía poder sobre ella.
De repente, una pregunta surgió en su mente, una duda que había estado posponiendo. Martín seguía allí, de pie junto a la puerta, esperando una respuesta, una señal.
—Martín —dijo Vanessa, su voz firme pero serena—, hay algo que no entiendo.
Él la miró, expectante, y ella continuó:
—El día que llamaste a Patricia, ¿por qué lo hiciste? Casi no se conocen, ¿qué relación tienen ustedes dos?
Martín vaciló un instante, su rostro reflejaba sorpresa, tal vez incluso un atisbo de culpa.
—Yo... yo solo quería saber cómo estabas —respondió, evitando su mirada—. Patricia es amiga tuya, pensé que ella podría darme alguna noticia.
Vanessa entrecerró los ojos, incrédula.
—¿En serio? ¿Llamaste a Patricia, una persona que apenas conoces, solo para preguntar por mí? ¿No podías simplemente llamarme a mí?
Martín se puso nervioso, se pasó una mano por el cabello y comenzó a caminar de un lado a otro.
—Es que... no me contestabas las llamadas, no sabía qué hacer. Estaba preocupado.
Vanessa negó con la cabeza, una sonrisa irónica dibujándose en sus labios.
—Preocupado. Esa es tu excusa para llamar a mi mejor amiga a mis espaldas, para crear una relación paralela sin que yo lo supiera.
Martín se detuvo y la miró con intensidad.
—No es como tú piensas, Vanessa. Yo...
—No quiero explicaciones, Martín —lo interrumpió ella, levantándose del sillón—. Ya no más mentiras, ya no más engaños.
Vanessa se acercó a él, su mirada reflejaba una determinación inquebrantable.
—Lo nuestro se acabó, Martín. Y esta vez es definitivo. No voy a seguir perdiendo el tiempo contigo, con tus manipulaciones, con tus excusas.
Martín la observó en silencio, su rostro reflejaba una mezcla de incredulidad y frustración.
—Te arrepentirás —murmuró finalmente, con un tono amenazante.
Vanessa no se inmutó.
—Esa es tu opinión —respondió con frialdad—. Ahora, por favor, vete de mi casa.
Martín la miró por última vez, sus ojos reflejaban una profunda decepción. Luego, sin decir nada más, se dio la vuelta y salió del apartamento, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.
Vanessa suspiró aliviada y se dejó caer en el sillón. La conversación con Martín había sido difícil, pero necesaria. Por fin había puesto punto final a esa relación tóxica, a ese círculo de mentiras y manipulaciones.
Se sintió liberada, dueña de su propia vida, lista para empezar de nuevo. Pero una sombra de duda cruzó su mente. La llamada de Martín a Patricia, la relación que parecían tener a sus espaldas... ¿Qué tramaban ellos dos?
"Tengo que averiguarlo", se dijo Vanessa con determinación. "No puedo seguir adelante sin saber la verdad".
Pero la idea de tener que alejarse de Patricia, su mejor amiga, la entristeció profundamente.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero esta vez no eran de tristeza, sino de rabia, de decepción.
"No voy a dejar que me engañen de nuevo", se prometió a sí misma. "Voy a descubrir la verdad, cueste lo que cueste".
Vanessa se levantó del sillón y fue a la cocina. Se preparó un té y se sentó en la mesa, mirando fijamente la taza.
"¿Qué voy a hacer ahora?", se preguntó a sí misma.
No tenía respuestas para sus preguntas, pero sabía que tenía que actuar. No podía seguir viviendo con la duda, con la incertidumbre.
"Voy a empezar por investigar", se dijo Vanessa. "Voy a averiguar qué relación tienen Patricia y Martín, qué secretos esconden".
Vanessa bebió su té y se levantó de la mesa. Cogió su teléfono y buscó el número de Patricia. Dudó un momento antes de llamar, pero finalmente se decidió.
"Hola, Patricia", dijo con voz temblorosa. "¿Cómo estás?".
"Bien", respondió Patricia. "¿Y tú? ¿Cómo te fue hoy?".
"Bien", mintió Vanessa. "Necesito verte. ¿Podemos vernos esta tarde?".
"Claro", le dijo Patricia. "¿Dónde y a qué hora?".
"En el parque", respondió Vanessa. "A las cinco".
"Está bien", le dijo Patricia. "Te veo allí".
Vanessa colgó el teléfono y se quedó pensando en la conversación. Patricia le había parecido un poco nerviosa, como si estuviera ocultando algo.
Vanessa pasó el resto del día investigando sobre Patricia y Martín. Buscó en internet, habló con amigos en común, intentó encontrar alguna pista que la llevara a la verdad.
Pero no encontró nada. Patricia y Martín parecían ser dos personas normales, sin secretos, sin nada que ocultar.
"¿Estaré equivocada?", se preguntó Vanessa. "¿Estaré exagerando las cosas?".
A las cinco de la tarde, Vanessa llegó al parque. Patricia ya estaba allí, sentada en un banco, esperando.
"Hola", le dijo Vanessa.
"Hola", respondió Patricia. "¿De qué querías hablar?".
Vanessa dudó un momento. No sabía cómo empezar la conversación, cómo preguntarle a Patricia sobre Martín sin delatar sus sospechas.
"Quería hablar de nosotros", dijo finalmente. "De nuestra amistad".
"¿Qué pasa con nuestra amistad?", preguntó Patricia con curiosidad.
"Siento que algo pasa, tengo un mal presentimiento, además ya no estamos tan unidas como hace años", respondió Vanessa.
"Es verdad", reconoció Patricia. "Pero es normal. Las dos estamos muy ocupadas".
"No es solo eso", dijo Vanessa. "Siento que me estás ocultando algo. Siento que no confías en mí".
Patricia guardó silencio durante un momento. Luego, dijo: "No sé de qué estás hablando".
"De Martín", dijo Vanessa. "¿Qué relación tienes con él?
Patricia se puso pálida. "Yo... yo no tengo ninguna relación con Martín".
"No te creo", le dijo Vanessa. "Sé que me estás mintiendo. Sé que hay algo entre ustedes dos".
"No es verdad", insistió Patricia. "No hay nada entre nosotros".
Vanessa la observó con detenimiento, buscando en sus ojos alguna señal de sinceridad. El silencio entre ellas se hizo denso, cargado de una tensión palpable. Finalmente, Vanessa no pudo más.
—Patricia —dijo con voz firme, casi cortante—, ¿alguna vez Martín te ha llamado?
Patricia se quedó paralizada por un momento, sus ojos vacilando, y luego, rápidamente, contestó:
—No, nunca. ¿Por qué me preguntas eso?
Vanessa sintió cómo una punzada de sospecha la atravesaba.
—¿Estás segura? —insistió Vanessa, su mirada intensificándose, buscando una fisura en el rostro de su amiga.
Patricia tragó saliva y se acomodó en el banco, evitando la mirada de Vanessa. La incomodidad era evidente en su postura. Un hilo de sudor perlaba su frente, pero ella intentaba mantener la calma.
—Sí, estoy segura —respondió finalmente, pero sus palabras sonaron vacías, forzadas.
Vanessa permaneció en silencio, procesando la respuesta de Patricia. Aunque su amiga intentaba parecer tranquila, no podía evitar sentir que algo no encajaba. La mentira era evidente, pero decidió no confrontarla aún. Quería ver hasta dónde llegaba Patricia con su ocultamiento.
—Entiendo —dijo Vanessa, forzando una sonrisa para que Patricia no sospechara nada—. No tienes que explicarlo más, te creo.
Patricia parecía más aliviada, sin saber que Vanessa había afirmado sus sospechas sobre ella.
Gracias Vane —respondió Patricia, aliviada—. A veces no sé cómo puedes pasar por todo esto, debe de ser agotador, no te culpo por buscar fantasmas donde no los hay.
Lo sé, ni yo sé cómo aguanto. Tal vez he sido un poco paranoica, ¿no? —bromeó, aunque sus palabras ocultaban una tensión que Patricia no parecía notar—. No te preocupes, solo... necesitaba aclarar algunas cosas.
Patricia sonrió, sin percatarse de lo que realmente estaba pasando.
—No pasa nada, Vanessa. Ya sabes que siempre estoy aquí para ti.
Vanessa la miró por un momento, evaluando cada palabra, cada gesto. La sensación de traición seguía en su mente, pero por el momento, lo mejor era seguir jugando el juego.
—Gracias. Aprecio que siempre estés ahí. —Vanessa hizo una pausa, mirando el reloj. Era el momento de marcharse. Ya había sacado todo lo que podía de esa conversación.
Se levantó lentamente, sonriendo con una expresión más suave.
—Bueno, me tengo que ir. Ya sabes cómo es la vida, siempre ocupada... —dijo Vanessa, haciendo un gesto como si se disculpara.
—Sí, lo sé —respondió Patricia, poniéndose de pie también. —Nos vemos pronto, ¿vale?
—Claro —respondió Vanessa con una sonrisa tranquila—. Hablamos luego.
Con una última mirada a Patricia, Vanessa se dio la vuelta y se alejó, su mente llena de preguntas sin respuesta. Mientras caminaba, sentía cómo la verdad seguía revelándose ante ella, lentamente, pero con una claridad inquebrantable. Tenía que descubrir todo lo que estuviera oculto, y esta conversación solo había sido el primer paso.
Sabía que el juego no había terminado.
………………………………………………………..
Sebastián estaba sentado en su escritorio, en su oficina del trabajo, sumido en sus pensamientos. Las últimas semanas habían sido un torbellino de emociones, un torbellino de locura. La ruptura con Vanessa, la discusión con Patricia, la pelea con Martín... Todo se había juntado en un caos que lo había dejado exhausto y confundido.
Pero ahora, poco a poco, las aguas parecían estar volviendo a su cauce. La conversación con Vanessa, aunque dolorosa, había sido un punto final necesario. Había cerrado un capítulo de su vida y, aunque aún sentía la herida, también sentía una sensación de liberación.
"Todo está volviendo a la normalidad", pensó Sebastián. "O al menos, a una nueva normalidad".
En ese momento, sonó su teléfono móvil. Era un mensaje de texto.
"Hola, Sebas", decía el mensaje. "Soy Sofía. ¿Te apetece cenar conmigo en mi casa esta noche? Me encantaría cocinar para ti".
Sebastián sonrió al leer el mensaje. Sofía era una persona especial, una mujer inteligente, divertida, cariñosa. Desde que había roto con Vanessa, Sofía había estado a su lado, apoyándolo, animándolo, haciéndolo reír.
"Sofía es increíble", pensó Sebastián. "Es tan linda, tan atenta, tan... tan todo".
Sebastián dudó un momento. ¿Debía aceptar la invitación de Sofía? ¿Estaba preparado para empezar una nueva relación? ¿O era demasiado pronto?
"No tengo que precipitarme", se dijo a sí mismo. "Puedo ir a cenar con Sofía, pasar un rato agradable, conocernos mejor. No tengo que tomar ninguna decisión ahora".
Con esta idea en mente, Sebastián respondió al mensaje de Sofía.
"Hola, Sofía", escribió. "Me encantaría cenar contigo. ¿A qué hora?".
Sofía le respondió al instante.
"¡Genial!", escribió. "Te espero a las ocho en mi casa".
Sebastián guardó el teléfono y se puso a trabajar. Pero su mente no estaba en el trabajo. Estaba pensando en Sofía, en la cena, en el futuro.
"Quizás no tenga que esperar tanto en sanar solo", pensó Sebastián. "Quizás pueda intentar sanar con Sofía. Ella es una persona maravillosa, que me quiere y me apoya. Quizás ella es la persona que estoy buscando".
Sebastián sonrió. La idea de una nueva relación con Sofía lo ilusionaba.
"Pero tengo que ir con calma", se dijo a sí mismo. "No quiero cometer los mismos errores que con Vanessa. No quiero precipitarme. Quiero conocer a Sofía poco a poco, sin presiones, sin expectativas".
Con esta idea en mente, Sebastián siguió trabajando, esperando con ilusión la hora de la cena.
Eran las 8:30 pm y Sebastián salía de su oficina, un poco tarde para la cena con Sofía. Había tenido un problema con un cliente que se había extendido más de lo esperado.
"¡Maldición!", pensó Sebastián mientras corría hacia su auto. "Voy a llegar tarde".
Mientras conducía, llamó a Sofía para explicarle la demora.
"Hola, Sofía", dijo Sebastián con voz agitada. "Siento mucho llegar tarde. Tuve un problema con un cliente y se me hizo imposible salir a tiempo".
"No te preocupes, Sebastián", respondió Sofía con una sonrisa en su voz. "Entiendo que el trabajo es importante. Yo ya tengo todo listo, solo te estoy esperando".
Las palabras de Sofía calmaron un poco la ansiedad de Sebastián.
"Gracias por entender, Sofía", dijo Sebastián. "Voy a toda velocidad. En unos minutos estoy allí".
"Te espero con ansias", respondió Sofía. "Conduce con cuidado".
Sebastián llegó a la casa de Sofía y tocó la puerta. Al instante, Sofía abrió la puerta y Sebastián se quedó sin aliento.
Sofía llevaba un vestido negro por encima de la rodilla, ajustado a su cuerpo como una segunda piel. El vestido resaltaba sus curvas y su figura esbelta. Sus tacones del mismo color la hacían ver aún más alta y elegante.
Pero lo que más llamó la atención de Sebastián fue su sonrisa. Era una sonrisa gigante, llena de emoción y alegría.
"¡Hola, Sebas!", dijo Sofía con entusiasmo. "¡Qué bueno que ya estás aquí! Estaba empezando a preocuparme".
"Hola, Sofía", respondió Sebastián con una sonrisa. "Siento mucho la demora. Te ves espectacular".
Sofía se sonrojó ante el cumplido de Sebastián.
"Gracias", dijo Sofía. "Tú también te ves muy bien".
Sebastián llevaba un traje gris oscuro que le quedaba perfecto. Su cabello estaba peinado hacia atrás y su rostro reflejaba una sonrisa sincera.
"Pasa, por favor", dijo Sofía. "La cena está lista".
Sebastián entró en la casa de Sofía y se quedó maravillado. La casa era hermosa, decorada con un estilo moderno y elegante. Había flores por todas partes y un aroma delicioso inundaba el ambiente.
"Qué casa tan bonita tienes, Sofía", dijo Sebastián. "Me encanta cómo la has decorado".
"Gracias", respondió Sofía. "Me alegra que te guste. He puesto mucho cariño en cada detalle".
Sofía tomó a Sebastián de la mano y lo llevó al comedor. La mesa estaba elegantemente dispuesta, con velas, flores y una vajilla de porcelana fina.
"Wow", dijo Sebastián. "Todo se ve delicioso".
"Espero que te guste", dijo Sofía.
Sofía y Sebastián se sentaron a la mesa y comenzaron a cenar. La conversación fluyó de manera natural y amena. Hablaron de sus trabajos, de sus hobbies, de sus sueños.
Después de la cena, Sofía y Sebastián se sentaron en el sofá de la sala a terminar la botella de vino que habían comenzado. La conversación fluía de manera natural y amena, pero había una tensión en el aire, una chispa que amenazaba con encenderse en cualquier momento.
Sofía se levantó y fue hacia el equipo de sonido.
"¿Te gusta esta canción?", le preguntó a Sebastián.
"Me encanta", respondió Sebastián.
Sofía sonrió y puso play. La música comenzó a sonar suavemente, llenando la sala con su melodía sensual y romántica. Era "Just the two of us" de Grover Washington Jr.
Sebastián se levantó y se acercó a Sofía.
"¿Me permites este baile?", le preguntó con una sonrisa.
Sofía se sonrojó y asintió con la cabeza.
Sebastián tomó su mano y la guió hacia el centro de la sala.
Bailaron lentamente, dejándose llevar por la música, por la atmósfera mágica que los envolvía. El saxofón de la canción embriagaba el momento, creando un ambiente íntimo y romántico.
Sofía se sentía nerviosa, pero a la vez feliz. La cercanía de Sebastián, su mirada dulce y sus manos cálidas la hacían sentir especial, deseada.
Sebastián la abrazó con suavidad y la acercó más a él. Sofía apoyó su cabeza en su pecho y cerró los ojos, disfrutando del momento, del calor de su cuerpo, del aroma de su piel.
Bailaron en silencio, comunicándose a través de la música, de las miradas, de los sentimientos que surgían en lo más profundo de sus corazones.
La canción llegó a su fin y Sebastián y Sofía se quedaron abrazados, sin decir nada, con la respiración agitada.
Sebastián sintió el impulso de besarla vorazmente. Pero se contuvo. No quería arruinar el momento, no quería precipitarse.
"Gracias por esta noche, Sofía", dijo Sebastián con voz suave. "La he pasado muy bien".
"Gracias a ti por venir", respondió Sofía. "Me encantó compartir esta noche contigo".
Se quedaron en silencio un momento, mirándose fijamente a los ojos. La tensión entre ellos era palpable.
Sebastián se acercó a Sofía y le dio un beso cálido en los labios.
"Buenas noches, Sofía", dijo Sebastián. "Nos vemos pronto".
"Buenas noches, Sebastián", respondió Sofía con una sonrisa y nerviosismo gigante. "Que descanses".
Sebastián salió de la casa de Sofía con una sonrisa en el rostro. La noche había sido perfecta. Se había sentido muy a gusto con Sofía y había descubierto que tenían muchas cosas en común.
"Quizás Sofía es la persona que estoy buscando", pensó Sebastián. "Quizás con ella pueda volver a ser feliz".
Pero Sebastián sabía que tenía que ir con calma. No quería precipitarse ni cometer los mismos errores que con Vanessa.
"Voy a seguir conociendo a Sofía poco a poco", se dijo a sí mismo. "Voy a disfrutar de su compañía y a dejar que las cosas fluyan de manera natural".
Con esta idea en mente, Sebastián regresó a su casa, feliz y lleno de esperanza.
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