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Travesía a una traición - parte 7

Vanessa creía haber encontrado consuelo en la amistad de Patricia, pero una llamada telefónica y la presencia de Martín revelan que la lealtad es una ilusión. Ahora, atrapada entre la culpa y la sospecha, debe decidir si confiar en quien la abraza o enfrentar la verdad que la está destruyendo.

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Capítulo 7

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VANESSA

Las lágrimas corrían por las mejillas de Vanessa sin control. Se sentía vacía, rota, como si una parte de ella se hubiera ido para siempre. La conversación con Sebastián había sido devastadora. Sabía que lo había lastimado profundamente, que había roto su corazón en mil pedazos. Pero también sabía que no podía seguir viviendo con la culpa, con la mentira, con el engaño.

"Lo siento mucho, Sebastián", susurró para sí misma, mientras se acurrucaba en el sofá de Patricia. "Te amo, pero no puedo seguir así. No puedo seguir mintiéndote, engañándote. Necesito ser honesta contigo, conmigo misma".

Patricia se acercó y la abrazó con fuerza. "Tranquila, Vanessa", le dijo con voz suave. "Todo va a estar bien. Ya verás que sí".

"No lo sé, Patricia", respondió, con la voz temblorosa. "No sé si podré superar esto. Me siento tan culpable, tan arrepentida...".

"Es normal que te sientas así", le dijo Patricia. "Pero tienes que ser fuerte. Tienes que seguir adelante con tu vida".

"No sé cómo podré seguir adelante sin él", confesó, con los ojos llenos de lágrimas. "Lo amo tanto, Patricia. No puedo imaginar mi vida sin él".

"Lo sé, Vanessa", le dijo Patricia. "Pero a veces las cosas no salen como queremos. A veces tenemos que tomar decisiones difíciles, decisiones que nos duelen, pero que son necesarias".

"¿Y tú crees que hice lo correcto?", le preguntó, con la voz culpable.

Patricia la miró a los ojos y le dijo: "Hiciste lo que tenías que hacer, Vanessa”.

"Pero me siento tan sola", dijo Vanessa, con la voz quebrada. "Me siento tan vacía, tan perdida...".

"No estás sola, Vanessa", le dijo Patricia. "Me tienes a mí. Siempre estaré aquí para ti".

"Gracias, Patricia", le dijo Vanessa, con una sonrisa triste. "No sé qué haría sin ti".

"No tienes que agradecerme nada", le dijo Patricia. "Para eso están las amigas. Para apoyarse, para ayudarse, para quererse".

Se quedaron en silencio durante un rato, abrazadas, sintiendo el calor de su amistad. Luego, comenzaron a hablar de cosas triviales, tratando de distraerse de sus problemas.

"¿Y tú cómo estás?", le preguntó Vanessa a Patricia. "¿Cómo te va con... todo?".

"Bien", le respondió con una sonrisa. "Las cosas van bien. Estoy contenta".

"Me alegro por ti", le dijo Vanessa sinceramente. "Te lo mereces. Te mereces ser feliz".

"Y tú también te lo mereces, Vanessa", le dijo Patricia. "Te mereces encontrar a alguien que te ame, que te valore, que te haga feliz".

"No lo sé, Patricia", le respondió Vanessa. "No sé si podré volver a amar a alguien. Sebastián era el único hombre que he amado de verdad".

"Ya lo verás", le dijo Patricia. "Cuando menos te lo esperes, el amor te llega".

"Eso espero", le dijo Vanessa, con una sonrisa triste. "Pero ahora mismo solo quiero estar sola. Quiero llorar, quiero desahogarme, quiero olvidar".

"Está bien", le dijo Patricia. "Te dejo sola. Pero si necesitas algo, no dudes en llamarme. Estaré aquí para ti".

"Gracias, Patricia", le dijo Vanessa. "Eres la mejor amiga del mundo".

Patricia le dio un beso en la frente y salió de la habitación. Vanessa se quedó sola en el sofá, llorando desconsoladamente. Se sentía vacía, rota, como si una parte de ella se hubiera ido para siempre.

"Te amo, Sebastián", susurró para sí misma.

De repente, sonó el teléfono de Patricia. Vanessa lo cogió y vio que era Martín quien llamaba.

"¿Martín?", preguntó sorprendida. "¿Por qué te llama Martín a ti?".

Patricia regresó a la habitación, interrumpiendo los pensamientos de Vanessa. "Ya vuelvo", dijo con una sonrisa. "Voy a comprar algo de comida para que cenemos juntas. ¿Te apetece algo en especial?".

Vanessa negó con la cabeza, sin prestar demasiada atención a lo que Patricia decía. Su mente seguía dando vueltas a la llamada de Martín. ¿Por qué la llamaría a ella? ¿Qué relación tenían? Un sentimiento extraño, una mezcla de confusión y aprensión, se instaló en su estómago.

"No te preocupes por mí", respondió Vanessa, con voz apagada. "Lo que sea está bien".

Patricia le dio una palmada en el hombro y salió de la habitación. Vanessa se quedó sola, sumida en sus pensamientos. La imagen de Martín llamando a Patricia no la dejaba en paz. ¿Qué clase de secreto ocultaban? ¿Por qué la había mentido Patricia?

Cerró los ojos, intentando alejar los pensamientos intrusivos. Necesitaba descansar, desconectar del mundo exterior. El cansancio la venció y se quedó dormida en el sofá, con la imagen de Martín y Patricia rondando en su cabeza.

Soñó con Sebastián, con los momentos felices que habían compartido. Lo veía sonreír, abrazarla, decirle que la amaba. Pero de repente, la imagen de Sebastián se distorsionaba y aparecía Martín, con una mirada fría y calculadora.

Se despertó sobresaltada, con el corazón latiendo con fuerza. La pesadilla la había dejado inquieta, angustiada. Miró su teléfono y vio la hora, aun no llegaba Patricia. La tentación de husmear la casa era muy fuerte, pero se resistió. No quería invadir su privacidad, no quería descubrir algo que la lastimara aún más.

Se levantó del sofá y fue a la cocina. Tenía hambre, pero no sentía ganas de comer nada. Abrió la nevera y sacó una botella de agua. Se sirvió un vaso y bebió lentamente, mientras observaba el vacío de la habitación.

Patricia regresó al cabo de un rato con varias bolsas de comida. "Ya estoy aquí", dijo con entusiasmo. "Traje pizza, sushi y ensalada. ¿Qué te apetece más?".

Vanessa la miró sin decir nada. La llamada de Martín seguía presente en su mente, como una sombra oscura.

"¿Te pasa algo?", le preguntó Patricia, al ver su cara de preocupación.

"No, nada", respondió Vanessa, con una sonrisa fingida. "Solo estoy cansada".

"Pues vamos a cenar y luego te acuestas", le dijo Patricia. "Verás como te sientes mejor después de descansar".

Vanessa asintió y se sentó a la mesa, junto a Patricia. Intentó disimular su inquietud, pero la duda la carcomía por dentro. ¿Qué clase de relación tenían Martín y Patricia? ¿Por qué la había mentido?

La cena transcurrió entre conversaciones triviales y risas fingidas. Vanessa no podía concentrarse en nada, su mente estaba en otra parte. La llamada de Martín era un enigma que necesitaba resolver.

Después de cenar, Patricia insistió en que se acostara temprano. "Necesitas descansar", le dijo. "Mañana será otro día".

Vanessa le dio las gracias por su apoyo y se fue a la habitación. Se acostó en la cama y cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. La imagen de Martín y Patricia la atormentaba, la incertidumbre la mantenía despierta.

Finalmente, el cansancio la venció y se quedó dormida, con la esperanza de que al despertar, la duda que la atormentaba hubiera desaparecido.

A la mañana siguiente, Vanessa se despertó con la misma sensación de inquietud que la había acompañado la noche anterior. La llamada de Martín a Patricia seguía rondando en su cabeza, como una melodía desafinada.

Se levantó y se preparó un café, mientras observaba por la ventana el amanecer de un nuevo día. El cielo se teñía de tonos naranjas y rosados, pero la belleza del paisaje no lograba calmar su ansiedad.

Patricia se despertó poco después y se unió a ella en la cocina. "Buenos días", dijo con una sonrisa. "¿Dormiste bien?".

"Más o menos", respondió Vanessa, evitando su mirada. "Tuve un sueño raro".

"¿Sobre qué?", preguntó Patricia con curiosidad.

"No recuerdo bien", mintió Vanessa. "Solo sé que me desperté con una sensación extraña".

"Seguro que es por todo lo que has pasado", le dijo Patricia. "Necesitas descansar y relajarte. ¿Qué te parece si hoy nos quedamos en casa y vemos películas?".

"Me parece bien", aceptó Vanessa. "Pero antes tengo que hacer algunas cosas en mi apartamento. Tengo que ordenarlo un poco".

"¿Quieres que te acompañe?", se ofreció Patricia.

"No, gracias", respondió Vanessa. "Prefiero ir sola. Necesito un poco de tiempo para mí misma".

"Está bien", le dijo Patricia. "Pero si necesitas algo, no dudes en llamarme".

"Gracias", le dijo Vanessa.

Patricia le dio un beso en la mejilla y se despidió. Vanessa salió del apartamento con la sensación de que le estaban ocultando algo. La llamada de Martín a Patricia era un enigma que no lograba descifrar.

Al llegar a su apartamento, se puso manos a la obra. Comenzó a limpiar, a ordenar, a deshacerse de cosas que ya no necesitaba. Necesitaba distraerse, necesitaba mantener su mente ocupada para no pensar en Sebastián, en Martín, en Patricia.

Pasó todo el día ordenando y pensando en cómo haría para estar tranquila y volver a la normalidad. La conversación con Sebastián, la discusión con Patricia, la llamada de Martín... Todo se había juntado en un torbellino de emociones que la habían dejado exhausta y confundida.

Mientras doblaba ropa, pensó en Sebastián. ¿Cómo estaría él? ¿Estaría sufriendo como ella? ¿Habría rehecho su vida? La idea de que él pudiera estar con otra persona la atormentaba.

También pensó en Martín. ¿Qué clase de hombre era? ¿Por qué la había engañado? ¿Qué quería de Patricia? La imagen de Martín llamando a su amiga la llenaba de rabia e impotencia.

Y luego estaba Patricia. ¿Por qué le había mentido? ¿Qué clase de relación tenía con Martín? La traición de su mejor amiga la dolía más que ninguna otra cosa.

Mientras limpiaba el polvo de los muebles, se preguntó si alguna vez podría volver a confiar en alguien. La vida le había demostrado que las personas no siempre son lo que parecen, que los secretos y las mentiras pueden estar ocultos detrás de la sonrisa más amable.

Cuando el sol comenzó a ponerse, Vanessa se sintió agotada pero satisfecha. Había logrado ordenar su apartamento y, de alguna manera, también había logrado ordenar sus pensamientos.

Se sentó en el sofá y se preparó una taza de té. Mientras lo bebía lentamente, reflexionó sobre su futuro. Sabía que no sería fácil olvidar a Sebastián, que la herida tardaría en cicatrizar. Pero también sabía que tenía que seguir adelante, que tenía que encontrar la manera de ser feliz de nuevo.

De repente, alguien llamó a la puerta. Vanessa se extrañó. No esperaba a nadie.

Se levantó y abrió la puerta. Se sorprendió al ver a Camila, la hermana de Sebastián.

Camila la miró fríamente. "Hola, Vanessa", dijo. "¿Puedo pasar?".

Vanessa asintió, sin saber qué decir. Camila entró en el apartamento y se quedó mirando a su alrededor.

"Qué bonito tienes todo", comentó. "Se nota que has estado trabajando duro aquí".

"Sí", respondió Vanessa. "Necesitaba distraerme".

"¿Cómo estás?", le preguntó Camila. "Sebastián me contó lo de... bueno, ya sabes".

Vanessa asintió. "Estoy bien", mintió. "Estoy intentando seguir adelante".

"Me alegro", le dijo Camila. "Sebastián también está un poco mejor. Le ha hecho muy bien hablar conmigo y Sofía".

Se quedaron en silencio durante un momento, mirándose fijamente. La tensión entre ellas era palpable.

"Sobre Sebastián", dijo Camila. "Él está mejorando mucho. Yo y sobre todo Sofía lo hemos estado ayudando a que se sienta mejor.

Vanessa sintió un escalofrío recorrer su espalda. La forma en que Camila mencionaba a Sofía la hizo sentir incómoda.

"Me alegro", dijo con voz tensa. "Es bueno que tenga a alguien que lo apoye".

"Sí", dijo Camila. "Sofía es un ángel. Siempre está ahí para él, dispuesta a ayudarlo en lo que necesite. Es un sol de persona, ¿sabes?".

Vanessa sintió un nudo en la garganta. "Supongo que sí", dijo. "Es una gran amiga".

Vanessa sintió cómo la incomodidad se transformaba en un peso insoportable sobre su pecho. Camila seguía de pie frente a ella, con los brazos cruzados, como si estuviera evaluándola, como si estuviera a punto de decir algo que cambiaría todo.

"Sabes, Vanessa", dijo finalmente, con un tono de voz calmado pero cargado de veneno. "Nunca encontrarás a alguien como mi hermano".

Vanessa sintió un nudo formarse en su garganta. Mantuvo la mirada baja, intentando no reaccionar, pero el temblor en sus manos la traicionó.

"Sebastián es especial. Es alguien que te dio todo, y tú...", Camila suspiró, fingiendo una tristeza que no sentía. "Tú solo lo dejaste ir. Y espero que algún día pagues por todo lo que hiciste".

Vanessa cerró los ojos. No tenía fuerzas para responder. Las palabras de Camila eran como dagas, cada una clavándose en su corazón con precisión quirúrgica. No intentó defenderse. No intentó justificarse. Simplemente dejó que las lágrimas comenzaran a deslizarse por su rostro en silencio.

Camila dio un paso atrás y tomó su bolso, como si su trabajo ahí estuviera terminado. "Solo quería decirte eso", añadió con una frialdad que le heló la sangre a Vanessa. "Y también, que no quiero que vuelvas a contactar a Sebastián. No necesita volver a verte, no después de todo".

Vanessa sintió que el aire se volvía denso, difícil de respirar. Se llevó una mano a la boca, tratando de ahogar el sollozo que amenazaba con escapar.

"Cuídate", dijo Camila con una sonrisa burlona que no llegó a los ojos de Vanessa. "O al menos, inténtalo".

Y con esas palabras, se giró y salió del apartamento, cerrando la puerta detrás de ella. Vanessa se quedó de pie en medio de la sala, con el corazón hecho pedazos y el alma vacía. Las lágrimas seguían cayendo, y esta vez, no intentó detenerlas.

La noche cayó sobre la ciudad, tiñéndola de sombras y misterio. Vanessa, sentada en el sofá de su apartamento, repasaba mentalmente los acontecimientos del día. La conversación con Camila, la mención de Sofía, Sebastián... Todo se había acumulado en su interior, creando una sensación de caos y ahogo.

"Mi vida se ha convertido en un infierno en tan poco tiempo", pensó Vanessa, con la mirada perdida en la oscuridad. "Todo era tan perfecto, tan feliz... Y ahora, todo se ha derrumbado como un castillo de naipes".

"Me siento tan sola", pensó Vanessa, con los ojos llenos de lágrimas. "Me siento como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no puedo despertar".

Se levantó del sofá y fue a la cocina. No tenía hambre, pero se preparó una taza de té para intentar calmar sus nervios. Mientras lo bebía lentamente, observó por la ventana el paisaje nocturno.

"¿Cómo he llegado a esto?", se preguntó a sí misma.

No encontraba respuestas a sus preguntas. Solo sentía una profunda tristeza, una sensación de vacío que la invadía por completo.

Cenó sola, en silencio, con la televisión encendida pero sin prestarle atención. La comida no le supo a nada, solo sentía un nudo en la garganta que le impedía tragar.

Después de cenar, recogió la mesa y lavó los platos. Necesitaba hacer algo para distraerse, para no pensar en lo que había pasado. Pero era inútil. Los recuerdos, las imágenes, las palabras, la perseguían como fantasmas.

Se sentó de nuevo en el sofá y cogió un libro. Intentó concentrarse en la lectura, pero las palabras se mezclaban en su mente, formando frases sin sentido.

"No puedo más", pensó Vanessa, con la voz temblorosa. "Necesito hablar con alguien, necesito desahogarme".

Cogió su teléfono y buscó el número de Patricia. Dudó un momento antes de llamar, pero finalmente se decidió.

"Hola, Patricia", dijo con voz apagada. "¿Cómo estás?".

"Bien", respondió Patricia. "¿Y tú? ¿Cómo te fue hoy?".

"Bien", mintió Vanessa. "Estuve ordenando mi apartamento".

"Me alegro", le dijo Patricia. "¿Quieres que vaya a verte? Podemos cenar juntas y charlar un rato".

"No, gracias", respondió Vanessa fríamente. "Estoy bien. Necesito un poco de tiempo para mí misma".

"¿Segura?", insistió Patricia. "Te noto un poco rara".

"Sí, estoy segura", respondió Vanessa. "Solo estoy cansada. Necesito descansar".

"Está bien", le dijo Patricia. "Pero si necesitas algo, no dudes en llamarme.

"Gracias", le dijo Vanessa.

Colgaron el teléfono y Vanessa se quedó pensando en la conversación. Las palabras de Patricia le habían sonado huecas, falsas. Ya no confiaba en ella, ya no creía en su amistad.

"Estoy sola", pensó Vanessa, con los ojos llenos de lágrimas. "Estoy completamente sola".

Se levantó del sofá y fue a la habitación. Se acostó en la cama y cerró los ojos, intentando conciliar el sueño. Pero el sueño no llegaba. La imagen de Patricia y Martín, las palabras de Camila sobre Sofía, la conversación con Sebastián... Todo se mezclaba en su mente, impidiéndole descansar.

Finalmente, el cansancio la venció y se quedó dormida, con la esperanza de que al despertar, la pesadilla hubiera terminado.

A la mañana siguiente, Vanessa se despertó sintiéndose un poco más tranquila. La noche anterior había sido difícil, pero el descanso le había ayudado a aclarar sus pensamientos. Decidió salir a correr para despejar su mente y liberar tensiones.

Mientras corría, observaba a las personas que la rodeaban. Parejas felices, familias disfrutando del día, amigos compartiendo risas... Un sentimiento de envidia la invadió por un momento. ¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido así de feliz?

Se sentó en un banco del parque y observó a las parejas que pasaban a su lado. Se tomaban de las manos, se abrazaban, se besaban... En su mente, reflexionó sobre la complejidad de las relaciones.

"Desde fuera, parecen tan felices", pensó Vanessa. "Pero quién sabe qué secretos guardan cada uno en su corazón. Cada pareja es un mundo, un universo de misterios".

Miró hacia el cielo azul, respiró el aire fresco de la mañana y sintió una sonrisa dibujarse en su rostro. Quizás no todo estaba perdido. Quizás aún había esperanza para ella.

"Tengo que seguir adelante", se dijo a sí misma.

Se levantó del banco y comenzó a caminar lentamente, disfrutando del sol, del aire, de la compañía de los demás. Mientras caminaba, Vanessa observó a una pareja de ancianos que se tomaban de la mano y caminaban lentamente por el parque. La imagen la conmovió profundamente.

Cuando Vanessa regresó a su apartamento, se encontró con Martín afuera. La sorpresa y la angustia la invadieron al instante.

"¿Qué haces aquí?", le preguntó con voz temblorosa.

"Necesito hablar contigo", respondió Martín con seriedad.

Vanessa dudó por un momento. No quería hablar con él, no quería revivir el dolor del pasado. Pero la curiosidad pudo más que el miedo.

"Está bien", le dijo. "Pasa".

Martín entró en el apartamento y se sentó en el sofá. Vanessa lo siguió y se sentó frente a él, manteniendo una distancia prudencial.

"¿De qué quieres hablar?", le preguntó con voz fría.

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