Secretos y Mentiras 7
Lara cruzó la puerta con la verdad en la punta de la lengua y el deseo en los ojos. Samuel no sabía si creerla, pero el beso de despedida le confirmó que algo real había ocurrido entre ellos, justo antes de que el mundo se desmoronara.
Secretos y Mentiras
Capítulo 7
Cuando me desperté la mañana siguiente, me encontré la cama vacía. Por unos instantes dudé si realmente había ocurrido, si había pasado la noche con Verónica, si no se había tratado de un sueño, una fantasía pero pronto me di cuenta que sí había sido real. Su parte de la cama deshecha y que aún conservaba parte de su calor corporal atestiguaba que así era y que no hacía mucho que la había abandonado.
El ser consciente que realmente había tenido lugar, me produjo sensaciones contradictorias. No podía negar que me había agradado aquella experiencia, volver a sentir otro cuerpo contra el mío y que, además, éste fuera el de Verónica. Pero, por otro lado, me llenaba de temor e incertidumbre. No tenía ni idea de cuál iba a ser la reacción de ella esa mañana, si se mostraría agradecida por el apoyo y cariño que le había mostrado o, por el contrario, los remordimientos la carcomerían y me culparía de haberme sobrepasado, de haberme aprovechado de su debilidad.
Escuché trajín proveniente de la cocina e intuí que allí se encontraba ella y, teniendo en cuenta que debía levantarme para ir a trabajar, no tenía sentido alguno tratar de retrasar aquel encuentro que debía producirse entre los dos. Así de paso despejaría aquella incógnita y me quitaría aquel peso de encima. Me levanté, me duché y, ya vestido para ir a trabajar, me dirigí a la cocina donde me encontré a las dos hermanas desayunando.
-Buenos días –me saludó Verónica con una sonrisa que me sorprendió y que disipó mis temores -¿café?
-Sí –afirmé mientras me sentaba y observaba a una Verónica feliz, tranquila, que no daba muestras ni de estar molesta, ni con remordimientos ni nada por el estilo.
A mi lado, noté como Eva me observaba con detenimiento, como si sopesara decir algo pero finalmente no lo hizo. Sospeché que, de alguna manera, era conocedora de lo ocurrido, que sabía que Verónica había dormido en mi cama y ese hecho, saber que ella estaba al tanto de todo, volvió a incrementar mis nervios, que el estado de placidez que me había embargado al ver la reacción de Verónica se disipara.
Desayuné rápido buscando salir de allí cuanto antes, temiendo algún comentario por parte de Eva, que me cuestionara o reprochara algo. Me despedí de ellas con cierta premura y salí de aquel piso camino del trabajo, dejando a las dos hermanas conversando y riendo con total normalidad, ajenas a mi nerviosismo, a las dudas que me asaltaban. Tuve la sensación que para ellas era como si nada hubiera ocurrido, como si nada hubiera pasado y eso era algo que me desconcertaba y me sorprendía.
Pasé todo el día en el trabajo sumido en un estado difícil de explicar ya que, si bien sentía alivio porque nadie me hubiera reprochado nada ni nadie hubiera sacado a colación aquel tema, también me inquietaba que aquello solo fuera algo momentáneo, que solo hubieran decidido postergar aquel momento hasta encontrar el instante preciso para hacerlo.
Pero cuando regresé a casa de Eva aquella tarde al finalizar la jornada laboral, me encontré con un ambiente tranquilo, sosegado, relajado. Eva y Verónica bromeaban y reían mientras veían algo en la tele y aquello solo aumentó mi desconcierto y que no entendiera nada de lo que estaba pasando. Quizás solo fueran cosas mías, me dije. “Te comes demasiado la cabeza, Samuel”.
Decidí relajarme, tomarme las cosas con calma y no tardé en acompañar a las dos hermanas en el sofá, compartiendo aquel ameno rato que enseguida me hizo olvidar mis dudas. Lo cierto era que, ver a Verónica así, como siempre había sido, alegre, divertida, ingeniosa, era como un bálsamo, un oasis en toda aquella situación en la que nos hallábamos.
Parecía como si nada hubiera pasado, como si aquellos días intensos en que íbamos de un disgusto a otro, no hubieran sucedido, jamás hubieran tenido lugar. Y, aunque en el fondo sabía que no era así, me dejé embriagar por aquella placentera sensación y olvidar, o al menos simular, que todo estaba bien aunque no fuera así. Todo tenía un halo de normalidad, de cotidianidad, que facilitaba que fuera de esa manera.
Solo hubo algo, un hecho, que hizo que aquella aparente normalidad se alterara. Y es que aquella noche, cuando ya me encontraba en la cama, la puerta de la habitación se abrió y por ella apareció Verónica al igual que había hecho la noche anterior solo que estaba vez en pijama, como si viniera preparada para aquello.
-¿Puedo… entrar? –preguntó con cierto nerviosismo, con voz trémula.
Asentí sin saber qué quería, qué pretendía aunque, en el fondo, sabía a lo que había venido y, si era sincero, deseaba, necesitaba, que aquello sucediera.
-Me gustaría… –empezó a decir con voz vacilante, como si no tuviera claro qué palabras elegir, cómo comunicarme su deseo, lo que necesitaba.
De nuevo no dije nada. Todo aquello era tan confuso, tan desconcertante, que me costaba asimilar aquella situación, lo que estaba ocurriendo.
-Anoche… -dijo Verónica –no sé… me sentí bien después de… bueno, todo lo que ha pasado y, por primera vez… no sé, me consideré querida, protegida… como si nada malo pudiera pasar… es difícil de explicar…
-No, no lo es –negué sin reconocerle que yo había sentido algo igual, que por primera vez desde mi ruptura con Teresa había dormido del tirón, sin sentirme vacío, solo.
-Menos mal –respondió Verónica sonriendo aliviada –no sabía cómo decir esto sin que sonara… raro…
-Anda, ven –dije apartando las sábanas y ofreciéndole unirse a mí en la cama.
Ella no dudó, se acercó y, como la noche pasada, se metió en la cama junto a mí. De nuevo la abracé y ella pegó su cuerpo al mío, cogió con fuerza la mano que reposaba sobre su vientre y la apretó como si no quisiera soltarme, como si temiera que la dejara en cualquier momento, cosa que evidentemente no pensaba hacer ya que yo la necesitaba tanto como ella a mí.
Y de nuevo, como la noche anterior, su cercanía, su proximidad, despertó mis más bajos instintos y mi erección creció bajo mi pijama, pegándose a su anatomía, haciendo imposible que ella no se percatara de ello pero, aun así, ella no rechazó aquel contacto, aceptándolo como algo normal, como algo inevitable y eso me tranquilizó. No tardé en notar como ella caía en el mundo de los sueños y yo me uní a ella a los pocos segundos.
Los siguientes días siguieron la misma tónica. Aquel acto que había surgido espontaneo, fruto de mi deseo de consolar a una Verónica dolida, se convirtió en algo habitual, una parte más de la rutina diaria. Y con cada día que pasaba, con cada noche que pasaba en compañía de Verónica, más difícil se volvía mi situación, más complicada.
Estar junto a ella en aquella tesitura, provocaba que las sensaciones que Verónica despertaba en mí y que había descubierto aquella mañana cuando la vi casi desnuda mirándose en el espejo, solo hacían que volverse más intensas, más frecuentes y que fuera realmente difícil evitar que la cosa fuera a mayores.
Cada día despertaba con una erección dolorosa que a ella parecía no importar y que yo aliviaba bajo el agua de la ducha como remedio para que la situación no se me escapara de las manos. Seguía sintiendo culpabilidad por lo que estaba haciendo, por experimentar aquellas emociones cuando Verónica estaba a mi lado pero, por otro lado, su presencia se volvía más necesaria cuanto mayor tiempo transcurría.
Tenerla a mi lado, había supuesto un bálsamo a la agonía que llevaba experimentando desde la ruptura con Teresa de la cual, desde que compartía cama con Verónica, apenas me había acordado. Se había convertido en un recuerdo, algo del pasado y eso me hacía sentir aliviado, feliz y en paz como hacía tiempo que no me hallaba. Y estaba claro que, viendo a Verónica, a ella le sucedía algo parecido.
Ambos nos comportábamos como si todo aquel dolor, aquellas situaciones inesperadas y malévolas que habíamos sufrido, hubieran quedado atrás, fueran algo lejano. Los dos compartíamos el mismo sufrimiento y nos habíamos refugiado el uno en el otro y eso nos ayudaba, nos servía en aquellos instantes para seguir adelante.
Y, aunque no fuera plenamente así, ya que yo había intentado contactar un par de veces más con Teresa y sabía a ciencia cierta que Verónica había hablado un par de veces con Juan, los dos habíamos aparcado nuestros problemas y, con ello, dejado de lado el buscar soluciones, el pensar qué íbamos a hacer, qué iba a ser de nuestro futuro.
Pero que los ignoráramos no iba a hacer que estos desaparecieran y aquel viernes, casi dos semanas después que todo empezara, la realidad nos alcanzó con toda su crudeza, despertándonos de aquel sueño en el que nos habíamos sumido los dos. Y lo hizo de la forma más inesperada y a través de la persona que menos me podía haber imaginado.
Aquel viernes, al salir del trabajo, me había propuesto regresar a aquel piso que había abandonado días atrás, cuando me enteré por boca de Juan de la infidelidad de Teresa y que ahora no sabía si se había producido o no. Necesitaba ropa, revisar que estaba todo en orden y con esa intención me dirigí hacia allí.
Cuando entré en el piso comprobé, para mi alivio, que aquellas sensaciones angustiosas que me habían obligado a huir de aquel lugar, no se producían. Sí, seguía doliendo estar allí, recordar los buenos momentos e imaginar los malos, pero era un dolor soportable, lejano, llevadero. Estaba claro que aquellos días compartidos con Verónica me habían ayudado a sobrellevar la situación y que empezaba a ver la luz al final del túnel.
Fui al dormitorio y metí ropa en la bolsa que había traído conmigo, dispuesto a salir de aquel piso y regresar con Verónica y su hermana Eva quien, para mi sorpresa y alivio, en ningún momento había dicho o insinuado algo sobre la situación que nos traíamos entre manos su hermana y yo y de la que estaba seguro era conocedora.
Pero no llegué a hacerlo. Cuando me dirigía a la puerta, sonó el timbre y su sonido me sobresaltó, cogiéndome completamente por sorpresa y haciendo que detuviera mi avance. Nadie sabía que estaba allí, así que no tenía ni la más remota idea de quién podía ser el que timbraba la puerta pero tuve un mal pálpito. “No seas paranoico” me dije mientras reaccionaba, me dirigía a la puerta y la abría tratando de convencerme que debía ser algún vecino, alguien que se había equivocado de puerta o vete a saber qué pero en ningún momento me imaginé toparme con quién me encontré al otro lado de ella.
-Hola, Samuel –dijo ella sonriendo y, aprovechando mi estupor, pasar a mi lado para adentrarse en el piso –creo que tenemos que hablar.
La miré con sorpresa, incertidumbre y estupor. Estaba igual de guapa que la última vez que la vi, esta vez ataviada con unos tejanos ajustados que delineaban a la perfección sus torneadas piernas y su generoso trasero y un jersey que, sin ser ceñido, no dejaba lugar a dudas de las dos poderosas razones que coronaban su torso.
-¿No dices nada? –insistió ella mientras se paseaba por el salón bajo mi atenta mirada.
-¿Qué es lo que quieres, Lara? –le pregunté.
Porque sí, era ella, la mujer que había provocado todo aquello, la que conocí aquella noche y cuya infidelidad con Juan había dado inicio a todo aquel escabroso asunto. Y estaba allí, paseándose como si nada por mi piso, como si nada hubiera pasado y provocando que mil preguntas cruzaran por mi mente. ¿Qué hacía allí? ¿Qué le había traído hasta mi hogar? ¿Y por qué ahora, en ese preciso instante?
-Supongo que te preguntarás que hago aquí –dijo como si hubiera leído mis pensamientos.
-Así es –afirmé sin añadir nada más, esperando una respuesta por su parte, una aclaración.
-He venido a hablar sobre Juan, sobre lo que ocurrió aquella noche y, especialmente, sobre lo que él os ha ido contando –explicó, ahora sí, mirándome fijamente a la cara –sobre las mentiras que os ha contado…
No supe qué responder a sus palabras. Si su presencia allí ya me había cogido por sorpresa, más lo hizo escuchar decir aquello porque, si no interpretaba mal sus palabras, ella era conocedora de cómo estaban las cosas, qué nos había contado Juan. Lo que significaba que, o bien había hablado con Verónica, cosa que sabía que no era así porque ella misma me había dicho que llevaba evitando a Lara todos aquellos días ya que no quería volver a verla o que ella y Juan habían mantenido algún contacto después de lo ocurrido aquella noche.
-Eso creo que es algo que deberías hablar con Verónica y no conmigo –le contesté tras unos segundos en que traté de decidir cuál debía ser mi papel en aquella conversación que, en principio, a mí no me inmiscuía.
-He tratado de hacerlo –dijo ella corroborando así las palabras de Verónica –pero no quiere saber nada de mí.
-¿Te extraña? –le pregunté.
-Supongo que no –concedió ella mientras volvía a deambular por la estancia –supongo que me lo merezco por lo que hice.
Ella siguió paseándose y yo observándola sin entender nada de aquella situación, de su presencia, de su comportamiento, de porqué había acudido a mí.
-Juan vino a verme –reanudó la conversación, confirmando así mis sospechas –quería hablar.
-¿De qué? –pregunté.
-De lo que había ocurrido –contestó –o, más bien, de lo que quería que dijera que había ocurrido.
-¿Qué? –dije sin entender a qué se refería.
-¿Crees que esa fue la primera vez? –fue su respuesta, haciendo que mis ojos se abrieran como platos y que mi sorpresa fuera mayúscula.
-¿No lo fue? –pregunté de forma titubeante.
-No, no lo fue –afirmó Lara –de hecho, llevábamos viéndonos desde las navidades pasadas…
Aquella revelación me dejó en shock. Si aquello era cierto, si lo que Lara decía era verdad, eso significaba que lo que habíamos visto en el sótano no había sido cosa de una sola noche, un momento de calentón como nos había tratado de hacer creer Juan sino otra cosa bien distinta. Quería decir que lo que se traían entre manos era un affaire en toda regla, una aventura que duraba casi un año.
-Lo conocí en la fiesta de empresa y me gustó desde el primer momento –prosiguió Lara ajena a mi consternación o, quizás, queriendo aprovecharse de ella –era guapo, divertido…
-Y casado –la interrumpí.
-Sí, eso también –reconoció ella –pero, si te digo la verdad, eso es algo que nunca me ha importado demasiado. Si te soy sincera, es algo que casi prefiero. No te mentí el día en que nos conocimos, Samuel. Me gusta mi vida, disfrutar de mi libertad, de poder actuar sin tener que rendir cuentas a nadie y eso también incluye el sexo. ¿Y qué mejor que un hombre casado para ello? son todo ventajas, Samuel. Sexo sin compromiso, sin ataduras, solo por el mero placer de disfrutar.
No pude evitar negar con la cabeza. Mi mentalidad, mi propia forma de ser y ver las cosas, no era capaz de comprender, de dar sentido a sus palabras. No entendía aquella forma de ver la vida, de actuar. No lo había hecho en el pasado, cuando más de una vez había tenido algún encontronazo con Juan por aquel mismo tema precisamente, y no lo haría ahora. Para mí era inconcebible no sentir nada con la otra persona con la que te acostabas, no compartir absolutamente nada más que fluidos corporales y entrechocar de cuerpos.
-Sé que no lo entiendes, Samuel –reconoció Lara –tú eres diferente. Pero yo soy como soy y, para mí, Juan era el candidato perfecto para compartir cama, para poder pasar un buen rato juntos. Y él pensaba igual que yo.
-¿Por eso lo sedujiste? –le reproché con acritud.
-Eres tan inocente, Samuel –dijo ella mirándome casi con ternura -¿y si te dijera que fue al revés? ¿Qué fue él quien vino a mí? ¿Qué fue Juan quién me propuso vernos otro día, lejos de aquella fiesta y de su mujer?
-No te creo –le respondí pero sin convicción, sin verdadera fe en mis propias palabras.
Recordaba cómo era Juan cuando éramos más jóvenes, cuando íbamos a la universidad, el tipo de vida que llevaba, de todas las mujeres con las que iba y con las que se acostaba. Creía que había cambiado, que había madurado pero ¿y si no lo había hecho? ¿Y si nunca había dejado de ser aquel Juan? ¿Y si todo hubiera sido una fachada, una farsa?
-Pero fue así como sucedió, Samuel –aseveró Lara –dos semanas después, ya acabadas las fiestas, quedamos para tomar un café y, aunque al principio sentía algo de reparo porque, aunque no te lo creas Verónica me cae bien, me dejé llevar y acabamos en mi piso y en mi cama. Esa fue la primera vez.
Ahora fui yo el que empezó a deambular por la habitación, confuso, desconcertado, tratando de discernir qué debía hacer con aquello que Lara me estaba contando, si creerla o no hacerlo. ¿Mentía ella o lo hacía Juan? Y si lo hacía ella ¿por qué? ¿Con qué motivo?
-Desde entonces –continuó hablando Lara mientras me observaba moverme sin ton ni son, de forma errática por mi propio piso –nos hemos seguido viendo casi cada semana. A veces una vez, otras dos. Y lo del otro día… bueno, se nos fue la cosa un poco de las manos…
-¡Un poco! –Le grité mientras me aproximaba a ella y me plantaba enfrente suyo -¡Solo un poco!
-Aunque no te lo creas, yo no tenía ninguna intención que ocurriera nada esa noche –afirmó ella sin amilanarse, sin achantarse por mi exabrupto –al menos no con él.
-¿Qué? –dije sin comprender.
-Ahora ya no tiene sentido seguir ocultando nada –dijo ella –pero aquella noche yo estaba allí para seducirte, para conquistarte y que pasáramos la noche juntos. Juan me lo pidió como un favor, para ayudarte a superar tu ruptura y, si te soy sincera, acepté encantada su propuesta. Me gustaste desde el primer momento en que te vi y estaba deseando que la velada acabara para llevarte a mi casa y que me follaras toda la noche. Pero las cosas se torcieron…
-¡No me lo puedo creer! –Exclamé mientras mesaba mis cabellos con mis manos que noté temblorosas -¡no puedes estar hablando en serio!
-¿Por qué iba a mentirte, Samuel? –Respondió Lara sacando a relucir aquella pregunta que yo no dejaba de hacerme -¿qué gano yo con ello?
-No lo sé –le contesté –dímelo tú.
-Nada, Samuel –dijo ella –no gano nada.
-¿Sabes qué? –le espeté con rabia –que no te creo. No sé por qué has venido, por qué me estás contando toda esta sarta de mentiras ni con qué propósito pero no vas a conseguir nada.
-¿Es por mí? –me cuestionó sin que entendiera a qué se refería.
-No entiendo –le respondí confuso.
-Que si no me crees porque soy yo quien te está contando esto –me aclaró –o no lo haces porque tu amistad con Juan te impide hacerlo.
No supe qué responder a sus palabras. Quizás no era ninguna de las opciones, quizás era que mi negativa a creerla solo se basaba en el hecho que, de hacerlo, aquello supondría admitir que el que creía mi amigo me había estado mintiendo y que aquello supondría un golpe devastador para Verónica, uno que no sabía si podría encajar.
-No lo sé –contesté de forma ambigua, sin decantarme por ninguna de las dos opciones que ella me había planteado.
-Yo sí lo sé –decidió ella por mí –sé que no confías en mí, tampoco tienes porque hacerlo pero, sobre todo, es porque no quieres aceptar que Juan es un infiel patológico, alguien incapaz de comprometerse, alguien que engaña, manipula y tergiversa las cosas a su modo para salirse con la suya…
-¡Basta! –le grité tratando de detener su perorata, que no siguiera sacando a la luz aquellos pensamientos que, en el fondo, yo también me estaba planteando.
-¿Por qué? –Me retó ella -¿no te gusta escuchar lo que te estoy diciendo? ¿O es que no quieres aceptar que todo lo que te he dicho puede ser verdad? Pues lo es. ¿Acaso crees que soy la primera? ¿Qué antes que yo no hubo otras? ¿Qué soy la primera mujer con la que le es infiel a Verónica?
De nuevo me quedé paralizado, sin poder de reacción. ¿Sería aquello verdad o una nueva mentira de Lara? ¿Una nueva farsa de la amante despechada? Porque de ser cierto…
-Samuel… -su voz, de repente cercana, suave, melosa, me hizo volver a la realidad y darme cuenta que Lara estaba junto a mí, a apenas unos centímetros de donde me hallaba –sé que es difícil de asumir pero no te engaño. Es él quien lo hace. Yo solo…
-Tú solo ¿qué? –le pregunté con apenas un hilo de voz.
-Solo quiero que se sepa la verdad –me reconoció –sé que os he hecho mucho daño pero yo no soy la mala de la película y eso quiero que te quede claro.
-¿Por qué dices eso?
-Cuando Juan vino a verme, lo hizo con la intención de convencerme para que corroborara su versión, que contara lo que él quería que vosotros escucharais –empezó a explicarme Lara –quería que, en el caso que Verónica me cuestionara en el trabajo, que dijera lo mismo que él le había dicho a ella.
-Quería salvar su culo… -susurré pero no lo suficientemente bajo para que ella no me escuchara.
-Así es –asintió –y podría haberlo hecho, decirle a Verónica toda esa sarta de mentiras y continuar con mi vida, quizás incluso seguir tirándome a Juan sin que ella sospechara nada pero, aunque no me creas, no soy tan hija de puta como sé que piensas que soy. Sí, me gusta el sexo, follarme a hombres casados pero eso no significa que quiera o busque romper parejas. Ese nunca ha sido mi estilo aunque se te haga difícil de comprender.
-No sé qué pensar –reconocí –todo esto…
-Sé que es difícil de asimilar –dijo ella posando su mano sobre la mía, cosa que me cogió por sorpresa y tardé unos segundos en retirarla, en dar unos pasos atrás y alejarme de ella –lo siento.
-No lo vuelvas a hacer –le reproché de malos modos.
-No lo haré –aceptó ella con voz triste, apagada –ahora me voy y, cuando lo haga, no volverás a verme nunca más.
Estuve a punto de decirle una barbaridad, de reconocerle que ojalá fuera así, que me daba asco su sola presencia y que, por más que intentara exculparse, de justificarse, aunque su versión fuera la buena, eso no la eximía de culpa ni que empatizase lo más mínimo con ella. Pero me contuve, no por lástima, pena sino más bien porque necesitaba saber más, conocer más datos, dar con algún indicio que me indicara que era verdad lo que estaba diciendo.
-Has dicho que no era la primera vez –dije recordando sus palabras –que tú no habías sido la primera amante que Juan había tenido.
-No, no lo fui –admitió ella –ni la única con la que se acostaba durante todo este tiempo. Sé que había otra. ¿Quién? No lo sé ni me importa pero más de una vez había anulado alguna quedada conmigo para verse con ella.
-¿Te lo dijo él? –le pregunté tratando de hallar algún punto débil a su explicación, algo que me demostrara que era una mentirosa redomada.
-No hizo falta, Samuel –respondió ella –esas cosas se notan. Como se comportaba… estaba claro que no era la primera vez que engañaba a Verónica. Pero nunca me dijo nada, no era tan tonto como para hacerlo. Tampoco le pregunté. No era algo de mi incumbencia. Nuestra relación era la que era, cada uno con su vida y, de vez en cuando, nos veíamos para acostarnos y ya está.
-Pero… -empecé a decir pero ella no me dejó continuar.
-No, Samuel –negó Lara –se acabó. Ya he dicho lo que tenía que decir y aun sigues sin creerme. Yo ya he hecho lo que tenía que hacer, ahora es cosa vuestra lo que decidáis hacer con esa información pero, si quieres un consejo, habla con él y presiónalo hasta que confiese, hasta que diga la verdad.
-Quizás ya lo haya hecho… -le recriminé con fastidio, haciéndome el duro, negándome a dar pábulo a su historia.
-Haz lo que quieras, Samuel –respondió ella con desgana mientras se dirigía a la puerta.
-¡Lara! –La llamé, haciendo que detuviera su avance –solo una cosa. Lo de la otra noche…ya sabes, en casa de Verónica… ¿algo fue real?
Era algo que necesitaba saber, si aquellas sensaciones, aquella complicidad que había percibido, habían existido o todo había sido impostado, simulado por su parte con tal de contentar los deseos de su amante.
-Lo fue, Samuel –reconoció con voz apagada, triste –como te he dicho, me gustaste desde el principio y eso quiero que te quede claro. De todo lo ocurrido, es de lo que más me arrepiento, de haber perdido la oportunidad de conocerte mejor.
Fue entonces cuando lo comprendí todo. Sus palabras pero, más que ellas, la tristeza y melancolía que emanaba de ellas, la delataron. Toda aquella palabrería con la que había tratado de justificar sus actos, su forma de ver la vida y disfrutar de ella, solo eran una fachada, un muro que había levantado no sabía con qué propósito o porqué motivo pero algo me decía que Lara, en el fondo, en realidad anhelaba aquello de lo que tanto denostaba, que se sentía sola, que deseaba tener a alguien a su lado que la escuchara y la comprendiera y que, quizás, aquella noche había visto en mí la posibilidad de alcanzar ese deseo, de conseguir esa meta.
Y de ahí su pena. Sabía que con sus actos, con lo que había hecho, había destruido aquella posibilidad, que había perdido todas sus opciones conmigo. Y por primera vez desde su entrada en mi piso, lo que sentí por ella no fue rechazo, ni enfado sino lástima.
-Te creo –le dije tratando de confortarla, aportarle un poco de consuelo que dudaba que le sirviera pero que, aun así, creí que se merecía.
Al fin y al cabo, tener la certeza que aquella conexión que había sentido entre los dos no había sido algo falso, que había sido real y no imaginado, había supuesto un alivio. Después de tantas mentiras, de tantas falsedades, de no saber en quién confiar y a quién debía rehuir, aquel hecho era como un ancla, algo a lo que aferrarme aunque ya no tuviera sentido, algo que ya no iba a ocurrir.
-Adiós, Samuel.
Su voz, cercana, me sorprendió como también lo hizo que ella posara sus labios en los míos en un beso corto, tierno y que sonaba a despedida. Cuando quise darme cuenta, la vi alejarse con aquel poso de tristeza que emanaba de ella y que, aunque no podía ver su rostro, estuve seguro que lo hizo llorando. Y tuve la certeza que, como había dicho ella, iba a ser la última vez que iba a verla.
Su marcha, el quedarme solo, acabó por derrumbarme. Su despedida, el comprender qué la había motivado a hacer lo que hizo, otorgó mayor verosimilitud a lo que me había contado, a su confesión. Y eso implicaba que Juan había mentido a todos. Y no tenía ni idea qué hacer con esa información.
¿Debía confrontar a Juan? ¿Hacerle reconocer la verdad? ¿O debía acudir antes a Verónica y contarle lo que había averiguado? ¿Cómo debía actuar? No tenía ni la menor idea pero lo único claro era que no podía callar, ocultar lo que Lara me había contado.
Pero no era eso lo que más me inquietaba, lo que más me perturbaba. La confesión de Lara había provocado en mí una desazón, un malestar difícil de explicar. Un pálpito, un presagio que algo estaba a punto de suceder, me corroía por dentro. Era una sensación que no podía explicar pero que estaba allí y que me causaba pavor y temor ante lo que estaba por venir. No sabía el qué pero algo me decía que iba a ser algo que no me iba a gustar y, viendo el cariz de todo aquel asunto, intuí que otra pesadilla estaba a punto de iniciarse.
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