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Secretos y Mentiras 6

Verónica estaba rota, y el deseo de destruir a su marido era más fuerte que su moral. Cuando se montó sobre él, pidiéndole que la usara como arma de venganza, Samuel tuvo que elegir entre el placer prohibido y la lealtad.

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Secretos y Mentiras

Capítulo 6

La revelación de Eva supuso un shock difícil de asumir tanto para mí como para ellas dos. Todo aquel suceso, la infidelidad de Teresa con Raúl, su supuesto embarazo, ahora quedaba en tela de juicio, algo que no sabíamos si se había producido y eso provocaba que nuestras emociones fueran confusas y nuestros pensamientos caóticos.

Después de un intenso silencio y viendo el cariz que habían tomado las cosas, fue la propia Eva, sin duda la más entera de los tres, la que sugirió que regresáramos a su casa. Nadie osó llevarle la contraria. Ni siquiera yo, tan reacio momentos antes a aceptar su invitación a quedarme en la misma. Hicimos una breve parada en el hostal para recoger mis cosas, pagar la cuenta y seguir el camino hasta el piso de Eva.

El trayecto lo hicimos en completo silencio, sin que ninguno de los tres hiciera ademán e intención de querer romperlo, cada uno sumido en sus propios pensamientos, tratando de buscar algún indicio, algún recuerdo del pasado que pudiera darnos alguna pista que diera verosimilitud a la presunta infidelidad de nuestras ex parejas. En mi caso, fue tarea inútil.

Sabía que, si quería conocer la verdad, solo había una posibilidad y ésta era hablar con Teresa, interrogarla, sonsacarle lo que realmente había ocurrido, si realmente me había sido infiel. Pero no iba a ser tarea fácil. Los días posteriores a nuestra ruptura, ya había tratado de hablar con ella, de verla, de buscar que me aclarara todo aquello pero fue en vano. Y no creía que ahora las cosas fueran a ser distintas.

Por mi mente pasó la posibilidad de comentarle a Eva que intentara contactar con Raúl, intentar abordar aquel espinoso asunto desde otro punto de vista, el del amante de mi ex, pero lo descarté nada más pensar en ello. No podía pedirle algo así a Eva. No me parecía justo involucrarla en aquel embrollo teniendo en cuenta por todo lo que había pasado.

Cuando llegamos a su casa, Eva me acompañó a aquella habitación donde yo la había acostado la noche en que se sinceró conmigo, liberándome así de volver a pasar la noche en aquel sofá que tan malos recuerdos me traía. Ella, según me explicó, compartiría cama con su hermana quién no puso ninguna pega a que aquello ocurriera.

Verónica, desde lo ocurrido en el parque, se había sumido en un extraño silencio que ni siquiera rompió al llegar al piso de su hermana. Nos dejó solos y se refugió en aquella habitación que iba a compartir a partir de ese momento con su hermana y se encerró en su interior. Temía que todo aquello hubiera empeorado su estado de ánimo, que hablar de la infidelidad de Teresa y Raúl hubiera reavivado la de su propio marido y que aquel recuerdo la estuviera fustigando.

-No te preocupes –quiso tranquilizarme Eva como si leyera mis pensamientos –estará bien. Supongo que ahora mismo todos necesitamos pensar, aclarar nuestras ideas y ver cómo arreglar este entuerto.

Asentí aunque, en mi interior, no veía las cosas tan claras como ella. Un sinfín de dudas me asaltaban y no veía cómo resolverlas, cómo dilucidarlas. Eva se fue, me imaginé que en busca de su hermana para hablar con ella y yo, solo, aproveché para deshacer mi maleta y guardar en el armario la poca ropa que me había llevado conmigo cuando había dejado mi piso.

Me tumbé en la cama con el teléfono en mano y dudé si dar aquel paso, si intentar volver a contactar con la mujer con la que había compartido mi vida durante los dos últimos años. Suspiré sabiendo que no tenía otra opción, que aquella era la única manera de saber la verdad.

Marqué su número. Los tonos empezaron a sonar uno detrás de otro, pocos, hasta que ella rechazó la llamada. Sentí una mezcla de enfado y desesperación al ver que ella, como había hecho meses antes, se negaba a hablar conmigo. Lo volví a intentar pero corrí la misma suerte. Ella volvió a rechazar mi llamada.

-Necesito hablar contigo –le escribí optando por aquella opción aunque mucho me temía que tampoco iba a valer de nada.

Durante unos segundos permanecí con el teléfono en mi mano, observando la pantalla, buscando ver la señal que ella había recibido el mensaje, que lo había leído, que escribía una respuesta. Pero nada de nada. Sospeché, como ya hice tiempo atrás, que me había bloqueado y que aquella vía era inservible, otro camino muerto.

Si quería hablar con ella, me temía que solo me quedaba hacer lo mismo que había hecho Juan, si era cierto lo que me había contado. Debía ir a donde trabajaba, buscarla allí y no dejarle otra opción que hablar conmigo, darme una respuesta a las preguntas que tenía. También lo había hecho en el pasado y con resultado infructuoso pero no tenía otra opción.

-Samuel.

La voz de Verónica, de pie en el umbral de la puerta, me sobresaltó. No la había escuchado llegar, absorto como había estado en mis pensamientos y en los actos que debía realizar. Se había cambiado de ropa y puesto algo más cómodo para estar por casa, una camiseta holgada y unos leggins que moldeaban su figura, por lo que solo verla me puse nervioso.

-¿Podemos hablar? –me preguntó mientras, sin hacer ademán de esperar mi respuesta, se adentraba en la habitación para ir a sentarse sobre la cama donde estaba postrado.

-Sí, claro –respondí aunque ya no hiciera falta.

-Es sobre Juan –me anunció sus intenciones.

-¿Qué quieres saber? –pregunté tensándome al escuchar mencionar el nombre de su marido y mi amigo, si es que aún se le podía considerar así.

-Verás… -empezó a decir de forma titubeante –me gustaría saber si, cuando lo viste, aparte de hablar de lo de Teresa, te dijo algo de mí…

-Sí –le confirmé –fue el motivo por el que accedí a entrar en vuestra casa cuando fui a buscar mi coche.

-¿Y? –quiso saber.

-Bueno, más o menos vino a decir lo que ya sabes –le dije.

-¿Nada más? –insistió ella.

No supe qué hacer, si contarle todo lo que me había dicho Juan sobre lo que él quería, lo que le había llevado a caer en la tentación, según sus palabras. Le había prometido a Juan mantenerme al margen, no inmiscuirme en aquel asunto que a mí no me concernía pero, después de lo ocurrido, después de ver cómo él me había ocultado su encuentro con Teresa y lo que ella le había contado, fuera cierto o no, me sentí liberado de romper mi promesa.

-Puede que sí –le reconocí –quizás me dijera algo más.

-¿El qué? –quiso saber ella.

-Me confesó que, en cierto modo, el saber el tipo de vida que llevaba Lara le había hecho recordar cómo era él antes de conocerte, la vida disoluta y desenvuelta que llevaba –le expliqué –y añorar aquella época de su vida.

-¿Cómo? –Dijo Verónica sorprendida y a la vez extrañada por mi revelación –nunca me había dicho nada.

-Tenía miedo, según me confesó él –le aclaré –quería probar cosas nuevas, experimentar, cambiar la relación que ambos teníais, hacerla más abierta, más liberal.

-Bufff… -bufó Verónica mientras agitaba su cabeza.

No supe interpretar si su reacción había sido de enfado, de desesperación o solo un indicativo que demostrara que estaba sobrepasada por mis palabras, por conocer aquel aspecto de su marido que desconocía y que, según él, le habían llevado a pecar, a caer en la tentación y engañarla.

-Supongo que debió hablar contigo –dije tratando de romper el silencio creado entre los dos.

-¿Crees que eso habría cambiado algo? –Respondió ella -¿Que, si hubiera hablado conmigo, que me hubiera explicado lo que necesitaba, lo que quería, algo de todo esto no habría ocurrido?

-No lo sé, Verónica –le contesté no sabiendo a qué atenerme, cómo interpretar sus palabras.

-¿Piensas que yo hubiera aceptado algo así, Samuel? –Me preguntó siseando con rabia -¿qué hubiera aceptado a meter otro hombre en nuestra cama? ¿Qué hubiera aceptado que él se fuera follando a quién quisiera? ¿De verdad lo crees?

-No –le reconocí –y me imagino que él tampoco.

-Y por eso decidió ir por su cuenta –recalcó rememorando la escena ocurrida en el sótano entre su esposo y Lara –por eso hizo lo que hizo.

Verónica se levantó de la cama y empezó a deambular de forma enérgica por la habitación, delatando en cada paso que daba la rabia que sentía, el enfado que la consumía. Yo solo me limité a observarla, permaneciendo en silencio, esperando que ella retomara la conversación ya fuera para saber más, desahogarse o lo que precisara en aquellos instantes.

-¿Sabes todos los sacrificios que he hecho por él? –espetó deteniéndose y girándose hacía mí, inclinándose para que nuestros rostros quedaran cara a cara.

-No –negué tragando saliva ya que, en aquella postura, la apertura de su camiseta me estaba ofreciendo una panorámica de sus pechos cubiertos por el sujetador.

-Siempre quise tener hijos, crear una familia –me confesó con el rostro contrito, airado –y renuncié a ello por él ya que no quería ser padre. ¿Sabes lo que eso significó para mí? ¿Lo que me costó aceptarlo? Pero lo hice por él, porque le quería, porque Juan era lo más importante para mí.

La confusión se apoderó de mí al escuchar las palabras de Verónica. Recordaba, tiempo atrás, como el propio Juan me había explicado que la decisión de no tener hijos había sido consensuada, que ninguno de los dos quería dar ese paso y ahora, a través de Verónica, me enteraba que eso no era así.

-Yo… -balbuceé apartando mi mirada de su escote y buscando la suya –no lo sabía… Juan me dijo…

-¿Qué? –Me inquirió Verónica sin cambiar su postura, continuando exhibiendo aquella apertura que me atraía como la miel a las moscas y que hacía difícil no caer en la tentación -¿qué fue lo que te dijo Juan?

-Que fue una decisión de los dos –le confesé mientras trataba de contener mi mirada, que esta no volviera a traicionarme y buscara echar un nuevo vistazo a aquellos pechos que, aunque ya los había visto y con menos ropa de por medio, eran como un imán para mí.

-¡Por dios! –Bufó con desesperación, poniéndose en pie y dándome la espalda, liberándome de aquel tormento que estaba sufriendo -¡no me lo puedo creer!

Mientras Verónica ocultaba su rostro entre sus manos, no supe si a punto de llorar o solo tratando de calmarse, de buscar sosegarse, mis ojos, aquellos que antes habían buscado con desesperación dar un vistazo a sus senos, ahora caían a la parte alta de sus piernas, hacia aquellas nalgas que las mallas que llevaba perfilaban a la perfección y que ahora quedaban justo frente a mí.

“Se puede saber qué estás haciendo, Samuel” me recriminé mientras observaba su culo, pequeño, redondo, bien formado. El mismo culo que había visto aquella mañana en el baño solo cubierto por sus braguitas y que ahora, al igual que esa vez, provocaron que mi miembro despertara de su letargo y se irguiera bajo mi pantalón.

De nuevo, al igual que me había sucedido aquella misma mañana, tuve la tentación de alargar mi mano y acariciar aquella parte de su anatomía. Levantarme y atraerla hacia mí, sentir su cuerpo contra el mío, sus pechos bajo mis manos, sus labios contra los míos y su pubis pegada contra mi entrepierna sintiendo mi miembro, la dureza que ella provocaba con su sola presencia.

-Renuncié a lo más importante para mí –dijo Verónica casi en un susurro, apenas un murmullo pero suficiente como para que, haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, recobrara la cordura y dirigiera mi mirada hacia su cabeza, hacia su rostro que seguía no dejándome ver -¿y cuál es su respuesta? Engañarme, acostarse con esa furcia. Y solo por no poder renunciar a algo, por no ser capaz de hacer un sacrificio como yo había hecho.

-Verónica… -empecé a decir para hacerle saber que la comprendía, que estaba de su lado y que yo tampoco entendía la actitud de Juan pero ella no me dejó continuar.

-Quizás debería darle lo que quiere –siseó Verónica –aceptar sus deseos, cumplir sus fantasías y que no le haga falta buscar fuera lo que ya tiene en casa.

Miré a mi amiga confuso, no dando crédito a lo que acababa de oír salir de sus labios, cómo parecía estar planteándose aquel estilo de vida que su marido quería y más después de lo que me acababa de confesar y con su infidelidad recién consumada. Aquello no era propio de ella, de la Verónica que yo conocía. Y eso fue algo que me quedó meridianamente claro cuando, por fin, se giró y ambos nos miramos fijamente.

Su mirada era dura, fría, casi despiadada. Parecía como si algo en ella hubiera cambiado, como si otra Verónica, que llevara escondida muy en su interior, se hubiera liberado de su cautiverio y emergido para tomar el control. Aquella mujer, la que tenía ahora mismo delante de mí, parecía estar a las antípodas de la Verónica de siempre, de mi amiga.

-Verónica –dije con un hilo de voz, sin entender muy bien qué estaba pasando y qué pretendía ella.

Ella no contestó. Se movió, de forma lenta y calculada, acercándose hacía el borde de la cama donde yo estaba sentado y se paró a apenas unos centímetros de mí, observándome desde el lugar privilegiado que le daba su posición. Su presencia, su cercanía, la forma en que me miraba, me turbaba y me enervaba a la vez.

¿De qué iba todo aquello? ¿Qué pretendía Verónica con su actitud? ¿Tenía aquello algo que ver con lo que acababa de decir, lo de acceder a los deseos de Juan, de adaptarse a sus necesidades? Y si era así, ¿Qué pintaba yo en ese asunto? No iba a tardar en averiguarlo.

Verónica extendió su brazo de forma súbita y sorpresiva, empujándome a la altura del pecho y haciéndome caer hacia atrás, quedando tumbado sobre la cama. Hice ademán de alzarme, de recobrar mi anterior postura y reclamarle a mi amiga su conducta, preguntarle por qué había hecho aquello.

Ella me lo impidió. Durante aquel breve impasse de tiempo que tardé en reaccionar, Verónica aprovechó para recorrer la escasa distancia que nos separaba, subirse sobre la cama y colocarse a horcajadas sobre mí, su sexo contra el mío, sus manos apoyadas contra mi pecho y su rostro, aquella máscara inexpresiva, impasible en que se había convertido, se situó a escasos centímetros de la mía.

-¿Se puede saber qué estás haciendo? –pregunté totalmente desconcertado y asustado a la vez tanto por el extraño comportamiento de Verónica como porque se percatara, estando en aquella postura tan comprometida, del estado en que se hallaba mi miembro.

-¿No es obvio? –fue su respuesta mientras movía su pelvis contra la mía y provocándome un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

Nervioso ante el cariz que estaban empezando a tomar las cosas, traté de zafarme de ella agarrando sus manos para apartarlas de mi pecho y así buscar algo de separación entre nuestros cuerpos, que la distancia entre ellos aumentara. De nuevo fracasé.

Ella, más rápida, más certera, más resoluta que yo, asió las mías y las alzó por encima de mi cabeza, quedando ahora todo su cuerpo encima del mío y nuestros rostros totalmente pegados. Sentía perfectamente sus pechos aprisionados contra mi torso, la calidez de su aliento y la tersura de su piel contra la mía y abajo, allá donde nuestros sexos confluían, percibía a la perfección el calor que emanaba de su coño incluso a través de las mallas que llevaba.

Yo no comprendía nada, todo aquello se escapaba de mi entendimiento y estaba completamente sobrepasado. Busqué su mirada, entender a través de ella qué pasaba, reclamar una explicación pero no hallé nada. Estaba vacía, vacua, un cuerpo sin alma. Era como si Verónica hubiera abandonado su cuerpo y éste, autómata, actuara por su propia cuenta.

“Esto no está bien” me dije mientras me conminaba a actuar, a reaccionar, a despertar de aquel letargo en el que parecía haberme sumido desde aquel primer instante en que ella se había girado y había perdido toda mi capacidad de reacción. Sabía que debía detener aquello, impedir que fuera a más, que no cruzáramos aquella línea que, de hacerlo, estaba seguro que luego nos íbamos a arrepentir.

Pero aquel ser, aquello en que se había convertido mi amiga, como si pudiera leer mis pensamientos, se adelantó de nuevo y volvió a tomar la iniciativa impidiendo cualquier atisbo de reacción por mi parte. Su cuerpo empezó a moverse contra el mío, rozando sus pechos contra el mío, notando sus pezones endurecidos a través de la tela de la camiseta que llevaba.

Y su sexo, aquel que desprendía un calor abrasador, se empezó a agitar contra mi entrepierna, contra la erección que lucía bajo el pantalón que llevaba y que ahora, con aquellos gestos, con aquellos movimientos lascivos de Verónica, ya era imposible que no percibiera, que no se diera cuenta de lo dura que estaba y que se percatara que ella era la causante, la culpable de que aquello estuviera así.

Y por si aquello no fuera poco, como si no fuera suficiente el estar sintiendo todo aquel cúmulo de placenteras sensaciones, su respiración ligeramente entrecortada golpeando mi rostro, sus labios ligeramente entreabiertos exhalando quedos suspiros de placer y percibir como sus mejillas se ruborizaban fruto de la excitación que la consumían, obnubilaron mi razón y a punto estuve de claudicar, de rendirme y entregarme por completo.

Acariciar, con su consentimiento, aquellas nalgas en las que antes había fijado mi mirada, primero por encima de sus ropas y después, colando mis manos por dentro de ellas, sentir su piel contra la mía. Desprender aquella camiseta, liberar sus pechos y llevarlos a mi boca, besarlos, lamerlos, engullir aquellos pezones que se percibían duros como piedras. Y ya desnuda, colarme entre sus piernas e insertar mi erección en su interior, sentir la calidez, la estrechez de su cueva antes de vaciarme dentro de ella después de un coito corto pero intenso donde ambos liberaríamos aquella tensión que nos consumía.

-Tócame –escuché salir de sus labios, incitándome a que abandonara mi inacción, a que actuara de una vez, a que dejara de lado la actitud pasiva que había adoptado desde el inicio de aquella situación y me dejara llevar, olvidando mis miedos, mis temores, mis dudas.

Aquellas palabras, aquella petición por su parte, consiguieron el efecto contrario al propósito demandado. Reaccioné, sí, pero no como ella quería o exigía. Desperté de la especie de trance en el que estaba sumido donde el placer y el deseo habían obnubilado mi razón, dándome cuenta que aquello no estaba bien, que estábamos cometiendo un terrible error. Su voz, aquella que había lanzado aquella petición, había sido más un grito de auxilio que la expresión de lo que deseaba que hiciera. Y entonces supe, comprendí, que Verónica estaba actuando más por despecho que porque realmente deseara que aquello ocurriera.

Y aunque nada me hubiera gustado más que cumplir lo que me había pedido, recorrer con mis manos aquel cuerpo con el que llevaba fantaseando desde que la había visto semidesnuda, hice todo lo contrario. Me desprendí de su agarre, liberando mis manos y llevando éstas hasta su cintura donde la así y, sin demasiada resistencia por su parte ya que mi reacción la había cogido totalmente por sorpresa, conseguí desprenderme de ella y posarla sobre la cama donde quedó tumbada, desmadejada y confusa por lo que acababa de suceder.

Sentado a su lado, observé con cautela su reacción, alerta por si trataba de repetir de nuevo aquella locura que acababa de intentar pero eso no sucedió. Su mirada, aquella que instantes antes parecía ausente, ahora parecía recobrar la vida y el sentido, viendo como el desconcierto, la vergüenza y la tristeza se adueñaban de ella.

Me percaté que ella empezaba a darse cuenta de lo que acababa de hacer, a ser consciente de lo que acababa de ocurrir. Era como si, fruto del enfado, de la ira que sentía hacía Juan por lo sucedido, por lo que le había contado, hubiera sufrido una especie de enajenación mental transitoria, actuando casi por inercia me pareció que, o buscando una especie de venganza o bien tratando de igualar las tornas, equilibrar la balanza que su marido había descompensado al follarse a Lara.

Sentí una profunda lástima por ella, porque estuviera pasando por algo así y, aunque temí su reacción, que me rechazara o peor aún, que retomara lo recién atajado, acerqué mi mano a la suya y la acaricié con cariño, con ternura. Solo fue un pequeño gesto, un acercamiento para ver cómo estaban las cosas y para demostrarle que no pasaba nada, que todo estaba bien.

Pero no lo estaba. No me miró, no podía. Tampoco apartó su mano, lo que fue un alivio. Pero no duró demasiado. Su cuerpo empezó a agitarse mientras lágrimas empezaban a desprenderse de sus ojos y, ahora sí, aquel leve contacto se rompió mientras ella me daba la espalda, ovillándose sobre la cama y llorando de forma desconsolada. Me destrozó verla así. Verónica, en esos momentos, era una mujer rota, un alma desconsolada, alguien que necesitaba mi ayuda, una que le había prometido y que pensaba ofrecerle.

-No pasa nada –le dije con calma mientras me acercaba, me tumbaba junto a ella y la abrazaba desde atrás –todo saldrá bien.

Verónica no respondió pero tampoco me rehuyó así que hice lo único que podía hacer en aquellos instantes, permanecer allí junto a ella, demostrarle que no estaba sola y que, pasara lo que pasara, seguiría a su lado como llevaba demostrándole desde aquella fatídica noche que parecía tan lejana pero que en realidad había tenido lugar solo un par de días atrás.

-Lo siento –balbuceó entre lágrimas –lo siento, Samuel.

-Tranquila –le contesté buscando que se relajara, que se olvidara de lo ocurrido.

-No me dejes, Samuel –volvió a decir ella –no me dejes tú también…

-Nunca lo haré –respondí.

-Prométemelo –insistió Verónica cogiendo mi mano entre las suyas –prométemelo, Samuel.

-Te lo prometo –le afirmé mientras sentía como ella tiraba su cuerpo atrás, reduciendo a la mínima expresión la distancia que separaba nuestros cuerpos y, aunque ya no estaba erecto, tampoco mi miembro había perdido toda su dureza. Pese a ello, no me aparté. Sentí que, si lo hacía, sería como rechazarla, herir sus sentimientos y su orgullo y estos ya se hallaban bastante mancillados como para que yo añadiera más leña al fuego.

-Gracias –musitó ella con voz apagada –gracias, Samuel.

Durante un tiempo que no pude definir, noté como su cuerpo se agitaba fruto de los sollozos que aún recorrían su ser pero, poco a poco, estos fueron remitiendo y, en un momento determinado, me di cuenta que éstos habían desaparecido y que su respiración era ahora tranquila y acompasada. Verónica se había quedado dormida.

Allí, tumbado en aquella cama que no era la mía y abrazado a una mujer que no era la mía sino la de otro, me sentí en paz, tranquilo, como hacía tiempo que no me sentía. Aquella era una de las cosas que más había echado de menos desde que Teresa me había dejado, aquella sensación de tener a otro cuerpo pegado al tuyo, otra mujer compartiendo cama y no me refería solamente al aspecto meramente físico.

No, era más bien la sensación de confianza, de entrega, de compartir aquel espacio tan íntimo con otra persona que te importaba, que significaba algo para ti. Y debía reconocer que Verónica me importaba mucho, quizás más de lo que nunca me había imaginado. Estaba claro que las cosas habían cambiado entre nosotros, al menos por mi parte, durante las últimas horas, los últimos días.

Era consciente que aquello estaba mal, que no debía estar haciendo aquello. Al fin y al cabo, ella seguía siendo la mujer de Juan y, aunque las cosas entre ellos no estuvieran precisamente en su mejor momento, cabía la posibilidad que las arreglaran, que se reconciliaran. ¿Y eso donde me dejaba a mí? En una situación incómoda, difícil y embarazosa.

Pero en aquel momento, con su cuerpo pegado al mío y su cabello rozando mi mejilla, sentía que era allí donde debía estar, que aquella era la forma en que Verónica me necesitaba. Y yo no pensaba fallarle como había hecho Juan. Le había hecho una promesa y pensaba cumplirla, costase lo que costase.

Y allí, en aquella cama y abrazado a la menuda figura de Verónica, escuchando su rítmica respiración, notando la placidez de su sueño, me sentí confortado como hacía tiempo que no lo estaba y todos los problemas que nos acechaban, los líos con Juan, Eva, Teresa y Raúl, me empezaron a parecer lejanos, distantes, como si ya no importaran, como si no me afectaran. Y con esa sensación de placidez, de que todo estaba bien después de mucho tiempo sin estarlo, me quedé dormido abrazado a ella.

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