Secretos y Mentiras 5
La verdad que Samuel creía tener era solo el primer eslabón de una cadena de mentiras. Cuando la única persona que podía confirmar la infidelidad niega la posibilidad biológica, el dolor se transforma en una incertidumbre mucho más peligrosa: ¿quién está mintiendo realmente?
Secretos y Mentiras
Capítulo 5
Aun hoy sigo preguntándome como llegué aquel día a casa y de una sola pieza. Hice todo el trayecto en piloto automático, sin ser consciente ni por donde iba ni como lo hacía. Mi mente estaba lejos de allí, tratando de asimilar las revelaciones de Juan, tratando de comprender la profunda traición de la mujer a la quería y amaba más que a mi vida.
Sentía que toda mi relación había sido un fraude, un engaño o, al menos, la mayor parte de ella. Un año engañándome, siéndome infiel, acostándose con otro hombre que no era yo. Era algo difícil de digerir especialmente cuando, hasta solo unas horas antes, ni siquiera me había planteado la posibilidad que esa opción, la infidelidad, pudiera ser la causante de nuestra ruptura.
Pero, en realidad, esa no había sido la auténtica causa. No, lo era el hecho que, fruto de ella, Teresa se hubiera quedado embarazada de su amante, de Raúl. Y eso aún me enervaba más. Ella no tomaba la píldora, nunca le había sentado bien, con lo cual nuestras relaciones siempre habían sido con preservativos y el hecho que ella se quedara encinta significaba que con él había trasgredido ciertos límites que a mí no me había dejado traspasar jamás.
Decir que estaba en estado de shock era quedarse corto. En ningún momento había sospechado nada, nunca había intuido que ella llevaba una doble vida, que compartía su intimidad con alguien más que no fuera yo pero siempre dicen que el cornudo es el último en enterarse y, en este caso, daba buena fe de ello. Hasta Juan, el que creía mi amigo, lo había sabido antes que yo y, aunque él me había asegurado que su encuentro con Teresa había sido a espaldas de su mujer, empezaba a dudar que ésta estuviera al margen y que desconociera algo de tanto calibre.
¿De ahí venía su animadversión hacia ella? ¿Conocía sus deslices fuera de nuestra relación? ¿También ella me lo había ocultado? ¿Y Eva, su hermana? ¿Era ella conocedora de todo? ¿Sabía que su novio se follaba a mi chica? Era un pensamiento absurdo, algo que no podía ser cierto. Había visto el dolor en la mirada de Eva cuando me contó su desliz, cómo engañó a Raúl y como, siendo consecuente con sus actos, rompió con él por no creer estar a su altura. ¿Cómo iba ella a saber y aceptar algo así?
Y Verónica, a la que había visto descompuesta al descubrir la infidelidad de su marido con Lara, el dolor que había sentido al saberse traicionada por el hombre que amaba ¿cómo ella iba a callar algo así? ¿A mí? empezaba a comprender sus palabras, aquello que desconfiaba de todo y todos. A mí me estaba sucediendo algo parecido. ¿En quién confiar? ¿A quién creer? ¿Había alguien libre de culpa en aquella historia? No lo podía saber y eso me exasperaba.
No fui plenamente consciente de lo que ocurría a mi alrededor ni tan siquiera de donde estaba hasta que el agua caliente cayó sobre mi cuerpo desnudo en la ducha de mi piso. Fue como un bálsamo para mi ser, uno que necesitaba de forma urgente e imperiosa. No sé el tiempo que permanecí allí, bajo aquella ducha purificadora, buscando que el agua se llevara por el desagüe mis preocupaciones, mis quebraderos de cabeza, mis dudas, mis temores, mi dolor.
Lo hizo pero solo de forma provisional. En cuanto salí de allí, envuelto en una toalla como una única prenda cubriendo mi desnudez, toda la dureza de los hechos narrados por Juan regresó y con efectos aún más devastadores que los que había experimentado hasta aquellos instantes. Mientras recorría aquel piso no podía dejar de preguntarme si también allí, entre aquellas cuatro paredes, Teresa había compartido momentos de pasión con su amante, con aquel hombre que la había dejado preñada.
¿Quizás en aquella ducha que acababa de abandonar, un último polvo antes de regresar a su normalidad? ¿En nuestra cama, aquella donde tantas veces ella y yo habíamos gozado el uno del otro y que yo, sin saberlo, yacía sobre ella ajeno a lo ocurrido horas, minutos antes sobre ella? ¿En aquel sofá donde tantos momentos románticos y tiernos habíamos compartido como pareja ella lo había montado con el frenesí propio de los amantes? ¿O puede que incluso en la cocina, sobre aquella encimera donde ambos preparábamos la cena juntos, ella se habría abierto de piernas para que aquel cabrón la inseminara? ¿Habría algún rincón, entre aquellas cuatro paredes donde ella me había prometido su amor eterno, donde ella no hubiera follado con él?
Mirara donde mirara, allí donde antes veía buenos recuerdos de lo que había sido nuestra relación, ahora solo me asaltaban imágenes de los dos amantes dando rienda suelta a su concupiscencia, a su lujuria, a su pasión. Todo era un recordatorio de su traición, de que todo lo vivido había sido simple y llanamente una mentira, una farsa, que nada había sido verdad.
Y supe que debía irme, que no podía permanecer ni un segundo más allí. Al romper, no me había ido porque aquel piso era como un ancla, como seguir unido a aquella época tan bonita y especial que había vivido con Teresa pero ahora, con lo descubierto, aquel ancla solo me arrastraba hasta el fondo de un abismo desgarrador donde, si caía, quizás ya no podría volver a salir de él.
Me vestí, hice las maletas con lo necesario para poder tirar durante un tiempo y salí de aquel piso sin ningún destino fijo, sin tener ni idea de adónde iba a ir ni que iba a ser de mí y de mi futuro. Deambulé con el coche sin rumbo, sin ninguna idea sobre lo que hacer, solo con el propósito en mente de huir, de alejarme de aquel lugar que una vez había sido mi hogar y que ahora consideraba maldito.
No sé el tiempo que me dediqué a moverme por la ciudad sin ton ni son pero ya caía la noche cuando el rugido de mi estómago me alertó que era el momento de parar, comer algo y, lo más importante, empezar a tomar decisiones. Entré en la primera cafetería que me encontré y allí devoré la comida que pedí recordando, al hacerlo, que no había metido nada sólido en mi barriga desde la cena de la pasada noche, aquella donde todo aquel calvario había empezado.
Era irónico cómo una infidelidad, la de Juan con Lara, había sido el desencadenante para que otras salieran a la luz y no pude dejar de preguntarme si aquello acababa allí, si durante los próximos días o semanas nuevos hechos o revelaciones iban a seguir surgiendo y dejando al descubierto que, todo lo que me rodeaba, estaba corrompido. Mi vida, en aquellos instantes, era como una ciénaga lúgubre e insalubre que amenazaba con engullirme, arrastrarme hasta lo más hondo de ella y que, con cada revelación, con cada secreto desvelado, lo iba consiguiendo poco a poco.
Mientras comía, fue inevitable que, por primera vez en muchas horas, me acordara del teléfono y de si alguien habría intentado ponerse en contacto conmigo. ¿Juan, quizás, buscando saber cómo me hallaba después de descubrir aquel secreto que él me había estado ocultando? ¿Verónica, arrepentida de su trato hacia mí después de hablar con su hermana y descubrir lo injusta que había sido conmigo? ¿O la propia Eva, preocupada por mí después de descubrir lo que su hermana había hecho y buscando mostrarse igual de empática que yo lo había sido con ella la madrugada pasada? No pude descubrirlo. El móvil, después de tantas horas, estaba más que muerto. Necesitaba un lugar donde hospedarme pero, sin el móvil, esa tarea se había complicado mucho más.
Hay un sabio refrán que dice que dios aprieta pero no ahoga y en aquel momento de frustración, de empezar a estar desesperado, cuando ya no veía otra opción que deambular de un lugar a otro tratando de encontrar algún sitio decente y económico donde poder alojarme, acudió en mi rescate la joven camarera que me había atendido, recomendándome un hostal cercano y por el que ella respondía. Agradecido, dejé una generosa propina y me encaminé sin mayor demora hacia aquel lugar.
El sitio era algo modesto, sencillo pero limpio y acogedor. No lo dudé y alquilé una habitación para un par de días ya que no tenía ni idea de cuánto tiempo iba a permanecer allí. Me instalé rápidamente, puse a cargar el teléfono y, cuando quise darme cuenta, había caído rendido sobre aquella cama que, sin ser la mejor del mundo, en aquellos instantes me pareció el mejor lugar donde había yacido nunca.
Cuando me desperté, la luz del día entraba a raudales por la ventana de la habitación donde me hallaba. Había sido un sueño reparador, un sueño necesario, un sueño que necesitaba para desconectar, para dejar de pensar, de recordar, de sentir. Me sentía fresco, renovado y con ganas de volver a la rutina del trabajo, de realizar aquellas tareas mundanas que mantendrían atareado mi cerebro y no permitirían que éste volviera a caer en la desesperanza y el malestar en que se hallaba sumido durante buena parte del fin de semana.
Me duché, regresé a aquella cafetería donde había estado la pasada noche y desayuné allí antes de partir hacia mi trabajo donde pensaba pasar la mayor parte del día para abstraerme de volver a revivir aquello que tanto mal me hacía. No iba a tener esa suerte. Al llegar al lugar donde trabajaba, junto a la puerta, me estaba esperando Verónica con una expresión en su rostro que no tuve claro si demostraba preocupación o enfado.
-¡Samuel! –Gritó al verme delatando que era más lo primero que lo segundo -¡nos tenías preocupadas! ¡Llevamos desde ayer llamándote y buscándote! ¿Se puede saber qué ha pasado?
-Lo siento, Verónica –me disculpé –se me acabó la batería del móvil, me quedé dormido y esta mañana, con las prisas, ni me he acordado de encenderlo.
No era del todo cierto. Había visto sus llamadas, las de ella y Eva, al igual que las de Juan pero la verdad es que no había tenido ganas de afrontar aquella situación. Habría preguntas que no quería o podía responder, situaciones que enfrentar y dudas que resolver. Y no me sentía con fuerzas para ello.
-¿Qué ha pasado, Samuel? –Me preguntó con preocupación –Juan llamó a Eva preguntando por ti, queriendo saber si estabas con nosotras. Dijo que había pasado algo entre vosotros y que había ido a tu casa y no estabas allí. No nos dijo el qué pero me imagino que algo tiene que ver con… bueno, ya sabes…
-Mira, Verónica –suspiré con resignación –ahora mismo estoy hecho un lío ¿vale? He descubierto algo que… buff, es que no sé ni cómo explicar y ni mucho menos cómo asimilar.
-¿Tiene algo que ver con Juan? –cuestionó ella nerviosa.
-En cierto modo –dije sin querer aclararle nada ya que aquel no era ni el lugar ni el momento para ello –pero más bien con Teresa. Por eso me he ido de casa. He pasado la noche en un hostal.
-¿Qué? –Exclamó ella sorprendida –por qué…
-Mira, ahora no puedo hablar –le dije atajando su amago de protesta –tengo que entrar a trabajar. Ya hablaremos en otro momento.
Hice la intención de alejarme de ella, de huir de aquella conversación que no quería mantener pero algo me lo impidió. La mano de Verónica, firme, me agarró del brazo y evitó que mi huida se hiciera factible.
-Solo una cosa, Samuel –dijo con voz queda.
-¿El qué? –pregunté con algo de temor y frustración, sin saber por dónde me iba a salir ella.
-Lo siento –se disculpó Verónica cogiéndome completamente por sorpresa –lo que te dije… -añadió negando con la cabeza –fui injusta. No estuvo bien. Cuando hablé con Eva y ella me explicó…
-Lo sé –respondí no pudiendo evitar sonreír al darme cuenta que, como había supuesto, todo iba a quedar en un malentendido –y no estoy enfadado, Verónica. Nunca lo he estado. Comprendí tu reacción y entendí que necesitabas tiempo, que permanecer allí solo podía empeorar las cosas. Por eso me fui.
-¿De verdad? –Insistió ella incrédula -¿no lo dices por decir?
-No –le aseguré –tengo que irme, Verónica.
-¡Espera! –gritó ella volviendo a detener mi marcha.
Me giré hacia ella, tratando de saber qué es lo que quería ahora pero, para mi sorpresa, lo que me encontré fue a ella a apenas unos pasos de mí, sus brazos abiertos y estos rodeando mi cuello, pegándome a su cuerpo y uniéndose a mí en un estrecho abrazo que me descolocó y me cogió por sorpresa. Instintivamente, mis brazos rodearon su cuerpo y el abrazo se hizo completamente efectivo, notando como ella se relajaba al sentir como no la rechazaba, que no la apartaba de mí.
Fue un alivio sentir aquella unión, comprobar que las cosas volvían a su cauce entre los dos y que ninguno nos guardábamos rencor por lo ocurrido. Ella había cometido un error, había dudado de mí pero, ciertamente, yo había hecho lo mismo la tarde anterior cuando me había llegado a cuestionar si tanto ella como su hermana eran sabedoras de la doble vida que Teresa llevaba a mis espaldas.
Pero aquella unión, aquella cercanía con su cuerpo, también despertó otras sensaciones que había tratado de olvidar, de enterrar en lo más hondo de mí, hacer como si nunca hubieran existido. Sentir su pelo acariciando mi rostro, sentir la suavidad de su piel rozando la mía, oler la fragancia que exudaba pero, sobre todo, notar su figura, aquella que había vislumbrado sin ropa aquella mañana, la que había provocado una excitación hacia ella que nunca había sentido, provocaron que esas sensaciones resurgieran con vigor, con plenitud y que mi deseo, aquel que llevaba tanto tiempo abotargado, despertara en toda su plenitud en forma de una erección que temí ella notara, enturbiando aquel momento tierno, de reconciliación, de perdón.
Por un breve lapso de tiempo, estuve tentado de dejar de lado los pensamientos y emociones que me retenían, que me impedían ir más allá. Olvidar el sentimiento de culpabilidad hacia mi amigo por desear a su mujer, obviar aquella sensación de estar aprovechándome de la vulnerabilidad de Verónica.
Deseé pegarme más a ella, que nuestra unión fuera completa, que ella pudiera sentir, notar, la excitación que me provocaba, la erección que ella estaba haciendo crecer bajo mi pantalón. Quise bajar mis manos que reposaban sobre su espalda y posarlas sobre su culo, sentir bajo ellas aquellas nalgas que ya había vislumbrado y que ahora quería, necesitaba, acariciar, palpar. Y sus labios, carnosos y apetecibles, estuve tentado de saborearlos, degustarlos mientras disfrutaba de la sensación de sus pechos oprimidos contra mi torso.
-Lo siento –me disculpé tratando de alejarme de ella, tratando de luchar contra la tentación, haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad –luego hablamos.
Me alejé de Verónica sin querer mirar atrás, temeroso de ver en su rostro algo que delatara que se había dado cuenta de todo, que había percibido mis pensamientos impuros, mi deseo libidinoso hacia ella. Era una situación que me avergonzaba, que me causaba desconcierto y a la que todavía no conseguía hallar explicación. Habían bastado solo unos segundos, su cercana presencia, para que volviera a ocurrir, para que la excitación se apoderara de mí.
Me podía imaginar el desconcierto en su rostro tras mi abrupta despedida por la forma tan repentina en que había roto aquel abrazo y por cómo me había despedido de ella. Pero la alternativa era mucho peor. No me quería ni imaginar su expresión si supiera que había vulnerado su intimidad y, mucho menos, cómo había reaccionado ante algo tan inocente como un abrazo. No, aquello era lo mejor.
Aquella mañana, al contrario de lo que había sido mi intención, me costó concentrarme y aislarme en mi labor. La aparición de Verónica, inesperada, había alterado mis planes. Me fue imposible sacarla de mi cabeza, apartar de mi mente las sensaciones que ella despertaba. Y temí el momento en que volvería a verla cosa que, conociéndola como lo hacía, sabía que sería más pronto que tarde, que aquella conversación que yo no había querido tener solo había sido postergada pero no olvidada.
Durante toda la mañana estuve convencido que ella aparecería a la hora de comer, que buscaría pasar aquel rato conmigo y aprovechar ese momento para hablar, para buscar alguna explicación a lo ocurrido. Por fortuna, eso no sucedió. Pero, a medida que la tarde avanzaba, que las horas transcurrían y que la jornada laboral llegaba a su fin, mis miedos volvieron a incrementarse e intuí que, cuando saliera, ella me estaría esperando fuera como había sucedido aquella mañana.
No me equivoqué o, al menos, no del todo. Y es que, cuando salí, junto a Verónica me encontré a su hermana Eva quien había decidido acompañarla. Las dos me miraban de forma seria, decidida y comprendí que de aquella no me libraba, que contra aquel frente común poco o nada tenía que hacer y que aquella era una batalla que no podía ganar.
Me acerqué a ellas intranquilo, indeciso, no sabiendo cómo afrontar aquel encuentro. Si aquella mañana, cuando había hablado con Verónica, había intentado esquivar la conversación por no estar preparado ya que aún me costaba asimilar toda la información que Juan me había dado, ahora, con la presencia de Eva, hacía todavía más difícil el asunto.
¿Cómo decirle que aquel hombre que idolatraba, al que todavía echaba de menos, la había estado engañando durante toda su relación? ¿Qué su reacción, al serle infiel, había sido vacua y sin sentido porque a él poco o nada le importaba ella? ¿Cómo revelarle que, en lugar de un novio desconsolado y destrozado por la ruptura, el suyo solo había cambiado de cama y mujer y se había dedicado a tirarse a mi novia mientras ella se fustigaba por el error cometido? ¿Podía hacerle algo así a Eva, causarle semejante dolor?
-Samuel –dijo Eva tomando la iniciativa, acercándose a mí y buscando un abrazo que no pude negarle.
Mientras lo hacía, mientras sostenía a su hermana, contemplé a una Verónica que me observaba desde la distancia de una forma extraña, como si me evaluara, pendiente de todos y cada uno de mis gestos y miradas. Me cohibió, acentuando mi incomodidad y mi sensación de malestar, de estar ante algo que no me apetecía hacer pero que no me quedaba otra que realizar.
-Me ha dicho Verónica que estás en un hostal –dijo Eva rompiendo el abrazo y escudriñándome con el rostro severo -¿Por qué no viniste a casa?
-Yo… -balbuceé sin saber qué decir, sin querer recordarle que si había salido de allí había sido por su hermana que, fruto de un exabrupto, me había echado de ella.
-Verónica ya me contó lo que pasó y está todo arreglado –me echó un cable ella lanzando una mirada de soslayo a su hermana –espero que se haya disculpado…
-Lo ha hecho –le aclaré queriendo tranquilizarla –aunque tampoco hacía falta. Estamos todos un poco susceptibles después de lo que ha pasado.
-Eso no justifica lo que hizo –dijo Eva haciendo que su hermana apartara la mirada avergonzada –como tampoco que tú, por el motivo que sea, hayas decidido alojarte en un hostal en lugar de acudir a mí.
No supe qué contestar a sus palabras. Sabía que, en parte, Eva tenía razón pero lo cierto era que ella desconocía muchas cosas, cosas que le afectaban de forma directa y que no me sentía preparado para compartir con ella por miedo, por no querer dañarla. En cierto modo, solo quería protegerla, que no experimentara la misma desazón que sentía yo en ese momento.
Pero ¿hacerlo no me ponía al mismo nivel que Juan? ¿Tenía derecho a hacerlo? ¿A negarle la verdad? ¿A ponerle una venda sobre los ojos para que siguiera en la inopia? ¿No se merecía saber la verdad para, como yo, poder pasar página, cerrar esa etapa de su vida sin los remordimientos que acarreaba?
-Por eso vas a ir ahora mismo a ese lugar, recoger tus cosas y te vas a venir con nosotras –siguió diciendo Eva –y no acepto un no por respuesta.
-No puedo –le contesté.
-Claro que puedes –insistió ella con firmeza, no dándose por vencida –y lo vas a hacer.
-No –volví a negar –ahora mismo necesito estar solo, pensar y tratar de asimilar todo lo que ha ocurrido.
-¿Por qué? –preguntó ella sin comprender, sin ser capaz de entender mis palabras y el significado que llevaban implícitas.
-Créeme, no es una buena idea –respondí –no insistas, Eva.
-No lo entiendo –dijo Eva con el ceño fruncido –por qué te afecta esto tanto. Sé que Juan es tu amigo y que te ha jodido un montón lo que ha hecho, lo que le ha hecho a Verónica pero…
-No es eso –la corté –sí, no me ha gustado nada como se ha portado con Verónica pero hay otras cosas…
-¿Tiene esto algo que ver con lo que dijo Juan? –Preguntó Verónica interviniendo por primera vez en la conversación, situándose a nuestro lado y haciendo frente común con su hermana -¿Qué pasó, Samuel? Puedes decírnoslo. Confía en nosotras como nosotras hicimos contigo.
Dudé. ¿Callar o decir la verdad? Era el momento de tomar una decisión, de decidir qué hacer. Suspiré con resignación. Sabía cuál debía ser mi elección. A mí no me había gustado que me ocultaran la infidelidad de Teresa y creía que Eva se merecía conocer la verdad como yo también me había merecido conocerla mucho antes de lo que lo había hecho.
-Aquí no –dije a modo de respuesta.
Nos hallábamos justo delante de mi trabajo, en una calle pública y no era el lugar donde hablar de todo aquel asunto. Necesitábamos un sitio más tranquilo, más aislado, un lugar donde poder hablar de forma sosegada y calmada. Emprendí el camino hacia un parque cercano donde a veces me gustaba sentarme y pensar. Sabía que, en algunas zonas más apartadas y alejadas de la ruta principal, hallaríamos lo que necesitábamos.
Las dos mujeres, sin decir nada, me siguieron de forma tácita, dejando que yo les guiara el camino. Casi podía oír sus cerebros funcionando a todo ritmo, calibrando hipótesis, formulando suposiciones e imaginando escenarios que, lamentablemente, no estaban a la altura de lo que la realidad les deparaba.
No tardamos en llegar al lugar indicado, sentándome en un banco y viendo como las dos mujeres hacían lo mismo, Eva justo a mi lado y Verónica junto a ella. Había expectación en sus miradas, una urgente necesidad por averiguar a qué venía todo aquello pero, a la vez y especialmente en la expresión de Verónica, algo de temor, como si presagiara que algo horrible iba a ocurrir.
-Juan se vio con Teresa después de romper conmigo –revelé finalmente y rompiendo así la promesa que le había hecho a Juan pero sin remordimiento alguno ya que sentía que él me había fallado a mí de una forma mucho peor.
-¿Qué? –Dijo una atónita Verónica que, con la confusión dibujada en su rostro, confirmaba que era ajena a todo aquello, provocando un inmenso alivio en mi persona -¿por qué? ¿Para qué?
-Según él, quería ayudarme –contesté –que ella le diera alguna explicación que justificara lo que había hecho y eso me ayudara a superar nuestra ruptura.
-¿Y le dio alguna? –preguntó ahora Eva.
-Sí –respondí sin mirarla, sin ser capaz de sostener su mirada.
-¿Cuál? –quiso saber Verónica con tono hostil, duro.
-Se veía con alguien –dije tras unos segundos de duda, de tratar de buscar una forma suave de describir lo que Juan me había hecho saber.
-¿Qué quieres decir? –dijo Eva de forma inocente.
-Que lo engañaba –le aclaró su hermana con ira, con rabia.
-¿Qué? –exclamó ella atónita, sorprendida por aquella revelación. Y todavía no sabía lo peor -¿Cómo? ¿Con quién?
No contesté. No tenía ni idea de cómo decir aquello de forma delicada, de procurar hacer el menor daño posible a Eva. Miré a Verónica quién no apartaba su mirada de mí, buscando su ayuda, su colaboración. Aquella mirada, al principio dura, llena de furia, empezó a mutar como si fuera consciente de lo que estaba sucediendo, como si se diera cuenta de por dónde iban los tiros.
La noté vacilar, su boca se abrió como si fuera a decir algo pero las palabras no pudieran salir de sus labios y sus manos, antes crispadas, se aflojaron y me pareció que empezaban a temblar. Y supe que, sin una sola palabra, ella me había entendido, que había comprendido el porqué de mi silencio, mis dudas a revelar la verdad a su hermana.
-¡No! –exclamó ella llevando su mano a su boca.
-¿Qué es lo que pasa? –preguntó Eva mirando a su hermana primero y luego a mí, buscando una respuesta a la reacción de su hermana.
-Un año –dije buscando aquella conexión con Verónica, queriendo saber si debía seguir o no y, ante su muda afirmación, proseguí –me estuvo engañando durante más de un año.
Eva no dijo nada, solo enfurruñó su expresión como si le costara creer aquello, como si dudara de mis palabras. Notó las manos de su hermana rodear su cuerpo desde atrás, abrazándola y aquel simple gesto hizo que se estremeciera y se pusiera en alerta, intuyendo que alguna cosa estaba a punto de suceder, algo que no iba a ser de su agrado.
-Empezó en San Juan –proseguí –aquellos días que alquilamos aquella casa rural y pasamos juntos.
La expresión de Eva mutó de nuevo. De incredulidad pasó a sorpresa y enseguida a confusión.
-¿Con quién? –preguntó aunque, en el fondo, ella ya sabía la respuesta.
De nuevo busqué la ayuda de Verónica que solo asintió mientras sus manos abrazaban con mayor fuerza a Eva, como si quisiera sostenerla, estar preparada por si aquella revelación era demasiado para su hermana como le había pasado a ella misma al descubrir a su marido con otra.
-Raúl –fue lo único que dije no viendo necesidad de decir nada más, de aumentar más el dolor.
Eva no dijo nada, permaneció en silencio mientras trataba de asimilar lo que le acababa de decir. No supe qué hacer, cómo reaccionar, qué decir. ¿Había alguna manera de suavizar aquello? ¿Hacer que aquel trago fuera más llevadero? No, no lo había. Lo sabía por experiencia propia. Dijera lo que dijera, nada podía mitigar el daño que le acababa de causar a Eva y, aunque era algo que debía hacer, no podía dejar de fustigarme por ser yo el causante de ello.
-¿Cuánto tiempo? –Preguntó de sopetón, cogiéndonos por sorpresa tanto a Verónica como a mí -¿Cuánto tiempo se la estuvo tirando?
-No creo que sea necesario… -empecé a decir pero ella no me dejó continuar.
-Necesito saberlo –dijo Eva soltándose del agarre de su hermana y acercándose a mí, cogiendo con sus manos las mías y mirándome fijamente.
-Eva… -intervino Verónica.
-Puedo con ello –quiso tranquilizar a su hermana –dímelo, Samuel. ¿Cuánto tiempo estuvo ese hijo de puta follándose a Teresa?
Ira, rabia, enfado. Todo aquello quedaba reflejado en las palabras de Eva, en su expresión, en sus gestos. Estaba claro que las dos hermanas eran diferentes, distintas y que, mientras una había reaccionado de forma desconsolada y atribulada a la traición de su esposo, la otra lo hacía de forma airada, furiosa.
-No ha dejado de hacerlo –le revelé sin tener claro si aquello haría que todo cambiara, que la situación diera un giro de 180 grados y aquello fuera demasiado para ella.
-Hijo de puta –musitó Eva conteniéndose, no queriendo montar una escena en aquel lugar.
Detrás de ella, me pareció que Verónica llevaba mucho peor el conocer aquellos hechos. Había incredulidad, confusión, desconcierto en su mirada. Nunca había congeniado con Teresa pero aquello, lo que me había hecho, me pareció que, al igual que a mí, era algo que nunca se hubiera podido imaginar.
-¿Por qué ahora? –preguntó de nuevo Eva, buscando respuesta a aquella misma pregunta que yo le había hecho a Juan, tratando de comprender el motivo que le había llevado a romper conmigo después de un año de estar acostándose con otro hombre.
No supe si debía contestar aquella pregunta, si debía seguir clavando aquella daga, profundizando en aquella herida que, si bien ella parecía estar asimilando mejor de lo esperado, a mí me estaba haciendo revivir aquellas sensaciones que llevaba tratando de enterrar, de olvidar desde que Juan me las había hecho saber.
-Samuel –insistió ella con suavidad, con ternura, como si todo aquello fuera algo más por mí que por ella –dilo.
-Está embarazada… -susurré –de Raúl…
Fueron unos instantes de incertidumbre, de duda, de no saber cuál iba a ser la reacción de Eva. No tenía ni idea si iba a estallar en un brote de ira como había sido en cierto modo hasta ese momento o, por el contrario, aquello ya era algo que la superaba y se iba a venir abajo.
Detrás de ella, Verónica parecía tener la misma inquietud que yo y observaba a su hermana con gesto contrito esperando su reacción, que delatara como había recibido aquella revelación. Cuando por fin Eva hizo amago de reaccionar, de mostrarnos como había asimilado aquella noticia, ésta no pudo menos que cogernos completamente por sorpresa por lo inesperada que fue.
-Eso es imposible –dijo con rotundidad, con firmeza.
-Eva… -empezó a decir su hermana volviendo a rodear su cuerpo con sus brazos pero ella se levantó del banco y negó categóricamente con su cabeza.
-Te digo que no puede ser –se reafirmó en sus palabras –Raúl, cuando era más pequeño, tuvo cáncer. Leucemia. Estuvo grave, a punto de morir y necesitó un trasplante de médula. Las operaciones, el tratamiento, le dejaron secuelas. No puede ser padre. Es totalmente imposible.
Las palabras de Eva, la forma en que se expresaba, la rotundidad que utilizaba para corroborar su afirmación, causaron un fuerte estrago en mí. Si aquello era cierto, si lo que Eva decía era verdad, aquello abría un sinfín de nuevas dudas, preguntas e incertidumbres.
¿Me había mentido Juan? ¿O lo había hecho Teresa a Juan y éste solo se había limitado a relatarme lo que ella le había dicho? Y si era así ¿con qué fin ella había mentido? ¿También era falso lo de su affaire con Raúl? ¿No había sido con él sino con otro hombre? ¿era otro el que la había dejado embarazada? ¿O quizás era otra cosa, otra opción que ni siquiera era capaz de vislumbrar?
Dudas y más dudas y ninguna respuesta. “Joder” musité sabiendo que solo había una forma de obtenerlas, de saber la verdad: debía verme con Teresa.
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