Intercambio entre hermanas - completo (cap. 13)
La casa de las hermanas se convierte en un campo de batalla donde el deseo y el abuso se entrelazan. Cuando el amante de Marta llega borracho y violento, Ana debe decidir entre proteger a su hermana o salvar su propio secreto. Lo que empieza como una noche de gritos en la cocina terminará revelando quién realmente tiene el control.
Cap. 15 – EL LÍO DE JOAN
FRAN & ANA
Fran
El lunes trascurrió sin muchas novedades. Todos en la clínica estábamos de recuperación de la resaca de la fiesta del sábado —y parte del domingo.
Sole se pasó por mi despacho por asuntos de trabajo y nuestras miradas se cruzaron en diferentes ocasiones con ese tipo de expresión de una que se pregunta «¿lo sabrá?» y otro que parece contestarle: «lo sé todo». No obstante, recordando la advertencia de Ana, me mordí la lengua y el momento pasó. Noté cierto alivio en la expresión de Sole cuando salía por la puerta tras la reunión, seguida por el resto de los asistentes.
No obstante, había alguien a quien no podía ocultárselo. Si no soltaba la bomba, y pronto, me iba a reventar dentro. A la hora del desayuno, fui a buscar a Zahara y la llevé a la cafetería habitual. Y, por supuesto, le canté todo, desde la A hasta la Z.
Ver reír a Zahara, a pesar de que la amenacé de muerte violenta si una sola palabra salía de su boca, me sentó tan bien o mejor que si se lo hubiese explicado a todos los compañeros de la oficina desde un púlpito.
Cuando ya hubimos reído lo suficiente a cuenta de la pobre Sole, entonces hablamos de lo nuestro:
—¿Estás bien? —le pregunté. Hubiera querido cogerle las manos, pero me contuve porque en la cafetería desayunaban a nuestro alrededor otros compañeros.
—Sí, genial… —afirmó y movió la cabeza convencida—. Fue una experiencia maravillosa… Gracias.
—Gracias a ti, por dios… —le respondí—. Yo también lo pasé genial. Fue tan… emotivo… Hacerlo con mi mejor amiga ha sido una experiencia inolvidable…
—Siento lo mismo…
—Sin embargo…
—Sí… totalmente de acuerdo… —se echó hacia atrás en la silla y se volvió para pedir la cuenta al camarero. Luego finalizó mi frase—. Es una experiencia que no debe volver a repetirse.
—Vamos a tener que buscarte un novio… tienes mucho fuego dentro como para que se desperdicie.
Sonrió y pagó el desayuno antes de volver a la oficina.
Aquella jornada me sentí cansado muy pronto por las emociones del fin de semana y, durante la última reunión de la tarde, aproveché para echar un sueñecito.
No eran las seis todavía cuando decidí irme para casa.
*
Ana
Miré el reloj y marcaba las cinco de la tarde. Marta y yo bostezábamos sobre el sofá del salón, con el run-run de la televisión de fondo. No había mucho más que hacer en aquel lunes que había amanecido lluvioso y que se había despejado a la hora de comer.
Mi hermana jugueteaba con el móvil mientras yo hojeaba una revista de sociedad.
—Me estoy planteando ir a hacer unas compras aprovechando que ya no llueve —dijo Marta—. ¿Me acompañarías?
—Uff… qué pereza… —repliqué, dejando la revista que hojeaba sobre el regazo—. Tendría que ducharme, huelo fatal… y solo con pensar en ir hasta la ducha ya me dan sudores.
—¿Hueles mal…? —se sonrió— A saber lo que habrás hecho tú esta mañana en la academia…
—Si te refieres a guarrerías, que sepas que nada de nada…
—Ah, ¿no? —dijo con retintín—. ¿Y qué pasó con ese chico que andaba detrás de ti…? ¿Cómo se llamaba?
Puse gesto de desagrado y se lo hice notar.
—Bah, no me fastidies… Ese tipo no era un ligón, sino un acosador. Y, para que lo sepas, ya le he dado puerta. Además, ya te lo conté, ¿no lo recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo… —replicó—. Y también me lo contó Fran, con pelos y señales, por cierto… Pero, si te soy sincera, pensé que lo de darle puerta en el lavabo de señoras era un teatro tuyo para quedar bien con Fran… Vamos, que te lo ibas a tirar en cuanto lo pillaras en la academia, incluso en el lavabo, para desagraviarle.
—Joder, hermanita —me quejé— que poco me conoces… Ya sabes tú que a mí los chulitos no me van… Y, sin ir más lejos, el cerdo de Joan es uno de esos a los que les tengo una manía que no puedo con ellos...
Marta rió.
—Sí, ya sé lo mucho que adoras a tu querido «novio». Pero te toca apencar delante de Fran, no tienes otra opción.
—Por dios, Marta, no me obligues a fingir mucho tiempo más, porque yo a ese tipo le acabo cortando la p…
En ese instante entraron varios mensajes en el móvil de Marta. La música atronadora que le había asignado a los wasap de Joan cortaron mi frase.
—Mira —dijo Marta con sorna—. Hablando del rey de Roma…
—Vale, ya está el impresentable dando las nuevas del día… —dije frunciendo el ceño—. Anda, me largo, ahí te quedas con él…
Me levanté y eché a andar hacia el pasillo, pero Marta me detuvo con una carcajada.
—Espera, mira lo que me manda…
Mi hermana me mostraba la foto enviada por Joan, en la que se le veía saliendo de la ducha como le trajo su madre al mundo. Se hallaba totalmente empalmado. Con una mano se agarraba el aparato y con la otra hacía el selfie.
El mensaje adyacente a la foto no era menos grosero.
JOAN: Todo esto es para ti, mi cielo.
Marta se relamió. Yo puse cara de asco.
—Ay, por dios, que pedazo de tranca… —rió—. ¡Es que me la estaría comiendo todo el día…!
Su gesto de lujuria al decir esto me revolvió el estómago.
—Marta, contrólate, por dios… —la regañé—. No entiendo como una mujer tan entera como tú para todo, te rebajas ante semejante capullo… y, ¿todo por qué? ¿Por qué tiene una polla grande?
—Gigante, hermanita, gigante… —me corrigió—. No la subestimes… jajaja.
Mi cara de pocos amigos era más que evidente.
—Además —prosiguió—. ¿De dónde vamos a sacar otro tío que nos sirva como él lo hace? ¿No te has dado cuenta de lo capaz que es en su trabajo? Atrae a las niñas como por ensalmo, las enamora, las «transforma» y nos las entrega en bandeja para sumarlas al «harem». Y, como «protector» de las chicas, con esa pinta de matón que se gasta, no tiene igual. Es el tío perfecto, créeme. Y lo tenemos gracias a ti. Eres mi diosa, hermanita.
Me hizo una carantoña amorosa. Puse una mueca de disgusto y ella volvió a reír a carcajadas.
—Y hay que ver lo bueno que está… ¿No te parece? —se regodeó.
Su risa era nerviosa. Se estaba poniendo cachonda y verla así me desagradaba sobremanera.
—Sí, buenísimo, no te fastidia.
—¿Qué quieres que le responda? —dijo mirándome.
—Por mí le dices que se vaya a la mierda.
Marta sonrió, pícara.
—Me parece que no es eso lo que le voy a poner… jajaja.
Escribió algo con rapidez y luego me lo enseñó.
MARTA: Y qué harías con esa cosa tan pequeña que ni se la ve?
La carcajada de mi hermana contrastó con mi frialdad. La respuesta del tipejo no se hizo esperar.
JOAN: Con esto tan “pequeño” te iba a destrozar la boca primero, luego seguiría por el culo y al final me rogarías a gritos que te follara como a una perra, despatarrada en el suelo…
Me senté al lado de Marta y seguí la conversación en su móvil. Mi hermana, una mujer hecha y derecha, se convertía en un corderito en cuanto el cerdo de Joan le tocaba la fibra. El muy asqueroso, tan amo en estos momentos como esclavo cuando la cosa no iba de sexo, se aprovechaba de ella como de cualquier fulana arrastrada.
Y yo me tenía que interponer entre ambos para que Marta no perdiera los papeles, cosa que ocurría más que a menudo, para mi desgracia.
MARTA: Mucho de pico te veo yo hablar… pero tengo aquí a un amigo que me lo está haciendo mucho mejor que tú…
JOAN: No te preocupes, no soy celoso, si quieres voy a tu casa y te follamos entre los dos. Así podrás gritar a lo bestia como a ti te gusta…
—¡No, Marta, de eso nada…! —le espeté—. Por nuestro padre dile que en casa ni de coña. Ya es una hora avanzada y Fran podría volver en cualquier momento.
Mi hermana miró el reloj de su pulsera y le restó importancia.
—Bah, es muy temprano, hasta las ocho por lo menos no suele volver.
—Ni hablar… En el caso de que esté visitando a alguien por las cercanías podría volver antes. No sería la primera vez…
Marta se había puesto muy colorada, casi granate. Estaba cachonda como una perra en celo, y eso me dio mucho miedo.
—Lo siento hermana, pero esta calentura que me ha entrado no me la puedes quitar tú con palabritas… Necesito un buen macho…
MARTA: Vente corriendo y no te toques la polla no sea que se te vaya a encoger…
Antes de que pulsara el icono de «enviar», salté sobre ella para evitarlo. Sin embargo, no llegué a tiempo y el mensaje voló hacia su destino.
—¡Estás loca…! —le dije, y salí super cabreada hacia mi habitación.
*
Ana
Media hora más tarde, asomé la cabeza fuera de mi dormitorio y atisbé a los posibles sonidos que vinieran de la habitación de Fran y Marta.
Sabía que Joan había llegado por el ruido del portazo que solía dar cuando entraba en casa, como si se tratara del rey del castillo al que todos debían servir para cumplir sus deseos en cuanto cruzaba el umbral.
De la habitación, sin embargo, no salía murmullo alguno. El sexo entre Joan y Marta solía ser muy ruidoso, así que imaginé que no estaban haciéndolo en ese cuarto. No obstante, asomé la cabeza para cerciorarme del todo.
Nada, total silencio.
Agudicé el oído y entonces escuché los gemidos que provenían de la cocina. Salían ahogados, lo que me indicaba que la puerta se hallaba, como mínimo, entornada.
Me llegué hasta ella y comprobé que, en efecto, la escena entre los amantes se estaba desarrollando en la cocina. Asomé la cabeza por el resquicio de la puerta y la cruda realidad se mostró ante mí.
Marta estaba de cara a la pared, sujetándose al fregadero como podía. La blusa la tenía desabrochada, el sostén colgando sobre el grifo, y sus senos se movían como péndulos por las arremetidas de Joan. La falda era un ovillo de tela a sus pies, los que curiosamente no habían perdido las zapatillas de andar por casa.
Joan, sudando por el esfuerzo acometía por detrás a mi hermana, abriéndole las nalgas para agrandar sus orificios. La estaba penetrando por el culo con un grito de triunfo cada vez que su verga tocaba fondo, a lo que Marta correspondía con un gritito entre placer y dolor.
—Por el coño, Joan, ahora por el coño… —la oí decir.
—Por el coño te follo luego, so zorra —fue su zafia respuesta, muy en su línea—. Pero antes te voy a romper el culo…
Los pantalones de Joan anillaban sus tobillos, y en ellos vi un arma. Entré dando un portazo e intenté detenerles.
—¡Basta ya…! —grité—. Esta cocina está pegada a la de la vecina, se va a enterar de vuestras mierdas y al final se liará.
Marta se volvió hacia mí, su bonito pelo le caía por la cara y sudaba por el esfuerzo. No llegó a decir nada porque Joan se le adelantó.
—¡Sal de aquí ahora mismo…! —resopló cabreado—. ¡A ti nadie te ha dado vela en este entierro!
—A mí me importa una mierda si folláis o si jugáis al parchís… Pero no en esta cocina. Por dios, Marta, reacciona, no te das cuenta de que Fran se va a enterar de todo… ¿Qué va a ser de nosotras si alguien le comenta los gritos que salen de esta casa? Al menos podíais iros a la habitación de Joan.
Marta siguió impertérrita y asumí que su boca estaba sellada por las emociones que le provocaba el sexo de Joan, el «mejor del mundo» en sus propias palabras. Joan, sin embargo, no pudo contener la rabia provocada por mi interrupción. Se salió del interior de mi hermana y estiró la mano para agarrarme del pelo.
No lo pude resistir. Esquivé su mano y le propiné un fuerte empujón. Los pantalones se enredaron en sus pies y los cien kilos del muy cerdo dieron de lleno contra las losetas del suelo.
El tipejo empezó a imprecar y Marta reaccionó. De una bofetada le hizo callar y Joan bajó la mirada, humillado.
—Tiene razón Ana —dijo y me sentí feliz. Había conseguido ganar a aquel capullo, al menos por esta vez. No fue todo tan maravilloso como lo había supuesto, sin embargo—. Sigamos con lo nuestro en la habitación.
Les seguí con la mirada, el gesto de «ya me las pagarás» de Joan pintado en su rostro. Recogieron las ropas y se fueron hacia el dormitorio… pero no al de Joan, como les había pedido… sino al de matrimonio.
—¡Joder, Marta…! —pensé para mí—. Nos vas a buscar la ruina…
*
Ana
Me encerré en mi habitación e intenté no oír los gruñidos producidos por los amantes. Llevaban media hora sin parar y no parecía que tuvieran bastante.
Sentí sed y me dirigí a la cocina para beber agua. Apenas le había dado un sorbo al vaso cuando noté el tintineo de unas llaves en la cerradura. A punto estuvo el vaso de caérseme de las manos. Mis peores presentimientos se estaban cumpliendo.
Fran cruzó la puerta y se descalzó, dejando los zapatos dentro del armario como era su costumbre. A continuación, echó un vistazo a la cocina, seguramente contrariado de que la luz estuviese encendida sin nadie en su interior. Yo me había escondido en el hueco anexo al frigorífico y conseguí que no me viera.
Apagó la luz y se dirigió hacia su habitación. Le observé desde un rincón del pasillo, aterrada por si entraba directamente en su dormitorio. A veces pasaba antes por el despacho que compartía con mi hermana y dejaba allí la cartera y los papeles del trabajo que necesitara revisar antes de irse a la cama.
No hubo suerte en esta ocasión. Fran giró al llegar a su cuarto y cruzó el umbral. Me eché las manos a la cabeza y recé lo primero que se me ocurrió. Los gritos de Joan y mi hermana llegaron hasta mí.
El siguiente ruido lo provocó la cartera de Fran al caer al suelo. Y acto seguido vi salir a Fran hacia el salón. Se sentó en el sofá y, metiendo su cabeza entre las manos, empezó a bramar todos los tacos que conocía.
Me sentí angustiada. No sabía qué hacer. Aquello iba a ser peor de lo que imaginaba.
Corrí hacia el cuarto y me encontré la escena que esperaba. Los dos amantes se habían sentado al borde de la cama y respiraban agitados. Las manos de Marta sujetaban su cabeza, dando una imagen de tan «sobrepasada por los acontecimientos» como lo estaba su marido en el salón. Joan, sin embargo, se rascaba la entrepierna y la miraba con expresión de anormal.
La imagen me dio una idea. Les hablé rápido, les hice cambiar ligeramente el atuendo y la posición, y en pocos segundos monté una escena que iba a intentar explotar delante de mi cuñado.
Seguidamente, salí de la habitación y llegué al recibidor lo más silenciosa que pude. Saqué unos zapatos y una chaqueta del armario y me los puse conteniendo el aliento. Abrí la puerta de la calle y la volví a cerrar, dando un portazo para no pasar desapercibida.
—¡Ah de la casa…! —dije en el tono más desenfadado que pude—. ¡Ha llegado la princesa…!
Miré hacia el salón y comprobé que había conseguido atraer la atención de Fran con mi pequeño teatro. Mi cuñado volvió la cabeza y me miró, absorto. Sus ojos estaban rojos de haber llorado.
Entré en el salón sin descalzarme y con la chaqueta en la mano y le pregunté:
—¿Qué pasa, Fran?
Soltó un sollozo y me señaló el pasillo.
—¿Por qué no lo ves tu misma? En el dormitorio de matrimonio puedes comprobarlo.
Salí corriendo hacia la alcoba y me detuve allí un segundo. Observé que mi escena seguía intacta, y que los actores no se habían movido de su posición, y de nuevo volví hacia el salón.
—¡Ayúdame, Fran, por dios! —grité con tono de urgencia—. Joan se ha caído sobre Marta y mi hermana no se puede mover… Está como una cuba el muy cerdo…
Fran puso cara de no entender nada, pero me siguió y, cuando llegamos al dormitorio, se inició el acto final.
Marta se encontraba debajo del gigante Joan, y trataba de quitárselo de encima empujándole por los hombros. Esto era, por supuesto, imposible.
Marta ya no se hallaba casi desnuda como unos momentos antes, sino que la blusa se hallaba suelta, pero abrochada, y la falda le cubría las piernas hasta por debajo de las rodillas. Las bragas, por supuesto, se hallaban en su sitio.
Cuando mi hermana me comentó segundos antes la escena que se había encontrado Fran al entrar en la habitación —ella a cuatro patas y Joan atacándola por detrás—, imaginé que, desde su posición, Fran no podía haber visto si su mujer se hallaba vestida o desnuda.
En mi escena, había dejado a Joan con los pantalones por los suelos, tal y como lo habría encontrado Fran, pero entre sus piernas asomaba un colgajo sin valor y, por supuesto, del condón que le cubría unos minutos antes no había ni rastro —tuve la prudencia de metérmelo en el bolsillo de la chaqueta.
El último toque del teatro eran los gemidos y ronquidos del gigante, «durmiendo la mona» como un bendito.
En cuanto rescatamos a Marta de debajo del muy cerdo, las explicaciones empezaron a volar, algunas pedidas por Fran, otras antes de que las pidiera. Marta sollozaba como una artista de primera cuando iba relatando lo sucedido.
La historia que había inventado para intentar arreglar aquel lío era la siguiente:
Joan había aparecido aquella mañana en Madrid por sorpresa. Venía a unas jornadas de su empresa y se iba a quedar hasta el jueves. Marta y yo misma lo habíamos sabido casi por casualidad porque él no había querido confesarlo para no importunar. Sin embargo, al enterarnos, habíamos insistido en que se alojara en nuestra casa, como en la anterior ocasión.
Joan había aparecido minutos antes de la llegada de Fran. Venía bebido —la fiesta de trabajo había sido sonada y debían de haberles dado garrafón, ya que Joan tenía un hígado capaz de aguantarlo todo—, y se había puesto un pelín violento cuando observó que Ana no estaba en casa. Dentro de su locura, la había acusado de ponerle los cuernos y se la había tomado con la pobre Marta.
Mi hermana había corrido a refugiarse a la habitación y él la había atrapado en la postura descubierta por Fran, sujetándola por detrás y culeando su trasero, aunque sin que hubiera penetración ni nada parecido. Estaba claro que era del todo imposible pensar en una violación consumada viendo semejante pingajo inútil anulado por el alcohol. Solo la tontería de la borrachera. Las pruebas eran que Ana estaba totalmente vestida —bragas incluidas.
Todo esto suena a cuento chino cuando se cuenta de un tirón, es verdad. Pero explicado por una mujer llorosa, que abraza a su hombre feliz de que la haya salvado del muy cretino, y con arrumacos de cuando en cuando, sonaba mucho más real.
Y Fran, buen hombre por naturaleza, y deseoso de creer a su querida esposa, pareció tragársela por entero.
Movimos a duras penas a Joan y lo llevamos entre los tres a su habitación, donde lo dejamos acostado hasta el día siguiente para que durmiera la mona.
De todas formas, si yo me pensaba que mi cuñado era un inocente sin remedio, estaba muy, pero que muy, equivocada.
*
Ana
A la mañana siguiente, todos madrugamos excepto Joan. Parecía que el muy capullo esperara a que nos fuéramos todos de casa para así dejar pasar la tormenta y ganar, al menos, unas horas.
Mi cuñado, sin embargo, se mostró más contundente de lo habitual. Después de desayunar sin prisas, se acomodó en el salón y nos pidió que fuéramos a buscar al gigante. Su expresión de cabreo no dejaba lugar a malos entendidos.
Ambas nos miramos acobardadas al ver a un inusual Fran. Unos minutos antes le había preguntado a Marta por cómo había sido la noche entre los dos. Su respuesta fue muy corta: nada, no había pasado nada. Fran había apagado la luz antes de lo habitual, se había dado la vuelta en la cama y no había dicho una sola palabra.
Asumimos que, o bien no se había tragado nuestra historia, o bien estaba mortalmente cabreado por la presencia de Joan en aquella casa —su casa— sin haber sido avisado.
Por fin apareció Joan en el salón, desarreglada la ropa como de haber dormido vestido, y nosotras le seguíamos como dos corderos degollados.
Joan se plantó ante Fran y se disculpó balbuceante:
—Lo siento, cuñado —dijo—. Ayer me han emborrachado y la he cagado, lo sé… Pero espero que sepas perdonarme… Te prometo que esto no va a volver a suceder.
Fran se levantó y se acercó al gigante. En realidad, Joan no le sacaba tanta altura a mi cuñado. La diferencia entre ambos era más bien por el cuerpo musculoso del catalán frente a la delgadez sin músculos del madrileño.
—Estoy seguro de que esto no va a volver a suceder —dijo Fran muy serio y sin pestañear—, porque ahora mismo vas a salir de mi casa y no vas a volver jamás. Si quieres ver a Ana, lo harás fuera de aquí. Ahora, lárgate.
Joan se le quedó mirando sin entender lo que pasaba. Debía de pensar que Fran era un blandengue y se esperaba una escena de familiar comprensión y de abrazos de perdón. Aquella situación no le estaba encajando y se notaba en su mirada incrédula.
—¡Fuera! —gritó Fran y le señaló la puerta de la calle al ver que no se daba por enterado.
Antes de decidirse a salir, Joan miró a Marta como esperando que mi hermana hiciera algo, dueña siempre de todas las situaciones dentro de su familia. Mi hermana, sin embargo, le retiró la mirada y le dejó claro que no podía ayudarle.
Segundos después, la sombra de Joan en aquella casa desaparecía para siempre.
«¿Para siempre? —pensé—. Ni de coña me creo que sea para siempre. Ojalá fuera así, pero sospecho que me equivoco.»
Lo que peor me supo, una vez que me quedé sola entre las cuatro paredes de mi cuarto, fue el sentimiento de pérdida de confianza que se había producido entre Fran y yo. La conexión que nos había unido durante nuestras salidas en los meses anteriores, y que parecía haberse consolidado en la noche de la fiesta de su empresa, ahora la veía como un hilo muy frágil y, si no roto del todo, a punto de romperse.
No era porque Fran desconfiara de mí, si mi obra teatral había funcionado debía de creer que yo no me hallaba en la casa durante el incidente. La pérdida de confianza parecía haberse producido entre Fran y el resto del mundo, arrastrándome a mí. Su rutinaria vida, esa vida corriente que de tan «normal» pudiera parecer anodina, había pasado de ser irrompible por su vulgaridad, a ser una jaula de grillos donde cualquier cosa podría ocurrir.
Y todo gracias a la gran idea de Marta de dejar entrar en nuestra casa aquella fuente de problemas llamada Joan. Maldito fuera el miserable de él y maldita la estupidez de mi hermana.
No pude por menos que llorar desconsolada.
*
Extracto del diario de Ana
Querido diario, me temo que algo se ha quebrado en esta familia y que nunca volverá a ser igual. Y mira que le llevo advertido a Marta mil veces que esto podría ocurrir.
Marta, una mujer hecha y derecha, templada y capaz de manejar con firmeza el complejo reino que ella misma ha creado, se deja perder por un tipejo cuyo único mérito es el de tener una verga gigante.
Y, como era mi presagio, Fran les ha pillado en la cama. Sabía que esto ocurriría tarde o temprano, pero no por ello ha sido menos terrorífico. No quiero preocuparte del todo, querido diario, porque creo que he conseguido salvar los muebles de momento. Al menos en parte.
Y digo «en parte» porque no estoy segura de que Fran sea tan bobalicón y buenazo como parece. Ya te he comentado en alguna ocasión que este hombre me sorprende de vez en cuando. Pero en este caso me ha sobrecogido la valentía con la que ha enfrentado la situación. Primero, no perdiendo los papeles en el peor momento del incidente. Luego, dejando sentado quien es la autoridad en esta casa, a pesar de lo manipuladora que es su mujer, y poniendo a Joan en su sitio. Te aseguro que ha hecho callar y hasta temblar de terror a Marta.
No puedo decir que yo haya disfrutado con la situación, sino todo lo contrario: me ha horrorizado. Pero descubrir a este Fran fuerte y templado, y con un carácter de hombre maduro y seguro de sí mismo, ha despertado en mí una emoción nueva, que se suma a mis sentimientos anteriores.
Y, si antes le quería, ahora le amo con tanta fuerza que me siento con ánimo para revelarme ante Marta y escapar de su control.
Uff, me vengo arriba y quizá escriba sandeces, pero tiempo al tiempo, diario, tiempo al tiempo…
Buenas noches, querido diario, te seguiré contando.
Continuará...
Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se publicó con el título HERMANA INTERCAMBIADA. (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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