Secretos y Mentiras 4
Samuel creía conocer a sus amigos, pero la verdad que Juan le revela hoy es más venenosa que cualquier mentira. Mientras descubre que su propia relación terminó por una traición que él ignoraba, se da cuenta de que todos están jugando con fuego y que la próxima víctima podría ser cualquiera.
Secretos y Mentiras
Capítulo 4
Mentiría si dijera que no deseé, mientras bajaba aquellas escaleras, oír la puerta del piso abrirse y a Verónica salir por ella, venir en mi busca y detener mi marcha. Que me dijera que lo sentía, que se había equivocado, que estaba confundida y que por eso se había comportado de aquella manera. Pero eso no sucedió.
En su lugar, bajé por ellas sin prisa pero sin pausa hasta la entrada del edificio para darme cuenta allí que, al haber venido con el coche de Verónica, solo tenía dos maneras de regresar a mi casa: o usar un sinfín de combinaciones de transporte público para atravesar la ciudad o pedir un taxi que me llevara a mi casa o bien a la Juan y Verónica a buscar mi propio vehículo.
Si bien es cierto que la opción de regresar a casa de mi amigo, con la más que probable posibilidad que me reencontrara con él no me apetecía en absoluto, opté por ella ya que necesitaba mi coche de cara al lunes para poder acudir a mi lugar de trabajo. Resignado, detuve el primer taxi con el que me crucé y emprendí el camino hacia el lugar donde todo había empezado la noche anterior.
Durante todo aquel trayecto no hice más que darle vueltas a todo lo ocurrido durante las últimas horas y a cuestionarme sobre qué me deparaba el futuro más inmediato. Era consciente que, al acudir a su casa, era más que factible que Juan y yo nos volviéramos a ver después de todo lo acontecido. La última vez que lo había visto había sido desde el retrovisor del coche de Verónica cuando huía con ella después de descubrir su infidelidad.
Y lo cierto era que no sabía cómo afrontar ese posible encuentro. Nos conocíamos desde que ambos éramos unos adolescentes, una amistad que duraba de toda la vida y que ahora, con aquellos sucesos, se estaba viendo puesta a prueba. No era la primera vez que sucedía. Tiempo atrás, cuando Verónica no había hecho acto de presencia en nuestras vidas y el antiguo Juan campaba a sus anchas, habíamos tenido nuestros más y nuestros menos por la vida disoluta que mi amigo llevaba y a la cual parecía siempre empeñado en arrastrarme y que sabía que, más pronto que tarde, le iba a pasar factura de una manera u otra.
Pero entonces apareció ella, Verónica, y Juan cambió. Maduró, se convirtió en otro hombre y todas nuestras diferencias quedaron atrás, en el olvido. Hasta ahora. Lo ocurrido, el pillar a mi amigo en esa tesitura, había sido un golpe duro, una decepción enorme y había despertado los fantasmas del pasado, aquellos que parecían ya enterrados y que regresaban con toda su plenitud, abriendo antiguas heridas que ya creía olvidadas.
No, no me había gustado ni un ápice lo que Juan le había hecho a su mujer. Ella no se merecía algo así, que la hubiera engañado, traicionado de aquella manera. Había escuchado aquella madrugada las explicaciones que le había dado a Eva, cómo había justificado lo ocurrido y no tenía nada claro si aquello era lo que realmente había pasado o solo era una excusa, una forma de salir airoso de aquella situación donde se había visto envuelto.
Pero ¿y si era así? ¿Y si lo que había relatado era como habían sucedido las cosas? ¿Y si su error había sido el de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y con la persona equivocada? ¿Se merecía una segundad oportunidad, tener derecho a resarcirse de ese error cometido? Era una pregunta difícil de contestar y que, tal como había dicho Eva, no nos correspondía a nosotros manifestar.
Y si mi relación con Juan se hallaba en un punto delicado, no lo era menos el estado en la que se hallaba la mía con Verónica. Había pasado, en solo unas pocas horas, de ser el fiel amigo que la había ayudado en sus momentos más bajos a ser repudiado por ella debido a mi postura mantenida que, según su parecer, era de apoyo a su marido y mi amigo Juan.
Pero no era eso lo que me preocupaba. Sabía que Verónica estaba en una situación difícil, que su estado anímico no era el mejor y que su reacción, aunque errónea, desacertada y fuera de lugar, era hasta cierto punto comprensible. Estaba seguro que, cuando las dos hermanas hablaran, ella se daría cuenta de su error y que inmediatamente buscaría una reconciliación, un acercamiento entre los dos.
No. Lo que me preocupaba, lo que realmente me inquietaba, eran aquellas sensaciones despertadas cuando la había espiado en el baño, cuando la había estado observando en su desnudez y me había excitado con ello. Temía que, después de lo sucedido, no pudiera verla otra vez como siempre lo había hecho y que, cada vez que la mirara, aquellas imágenes y aquellas sensaciones se manifestaran de nuevo y eso era algo que me intranquilizaba y perturbaba.
Y por si con aquello no tenía suficiente, otro asunto había sido puesto sobre la mesa: Teresa. Era una puerta que nunca había cerrado, una página que no había acabado de pasar y que ahora, con todo lo acontecido, cobraba más vigor lo ocurrido entre ambos, las dudas sobre el motivo de nuestra ruptura. Muchos frentes abiertos, todos en pocas horas y tenía la sensación que aquello era solo el inicio de algo que era incapaz de discernir y que no tenía muy claro cómo iba a terminar.
El taxi se detuvo delante de la casa y me bajé de él. Mi coche estaba justo enfrente de mí y solo eran necesarios unos pasos para subirme en él, encender el motor y alejarme de aquel lugar, evitando así aquel encuentro no deseado con Juan pero estaba claro que la suerte no estaba de mi lado y, antes que pudiera hacerlo, mi amigo hizo acto de aparición como si hubiera estado esperando que algo así pasara.
-Samuel –me llamó y yo me giré, resignado, consciente que aquello que tanto temía estaba a punto de suceder.
-¿Qué quieres, Juan? –pregunté de forma tensa.
-Hablar –contestó él -¿cómo está Verónica?
-¿Tú qué crees? –le reproché.
-Anoche estuve en casa de Eva –me comunicó haciendo caso omiso a mi reprimenda.
-Lo sé. Estaba allí –le informé –escuché lo que hablaste con Eva.
-¿Lo escuchaste? –Repitió él –entonces ya sabes lo que ocurrió.
-¿De verdad? –dudé.
-¿No me crees? –Me cuestionó Juan –no mentí, Samuel. Fue lo que pasó.
-No soy yo quien debe creerte o no –le contesté.
-Tienes razón –asintió Juan –pero para mí es importante que tú también lo hagas. Eres mi amigo, Samuel. Déjame que te explique todo.
-No es necesario…
-Sí lo es –insistió Juan –por favor, entra y hablamos. Escúchame y después, si decides no creerme, eres libre de irte, mandarme a la mierda y olvidarte de mí.
Dudé. Lo cierto es que Juan se mostraba contrito y parecía totalmente sincero en sus palabras. Lo fácil era montarse en el coche, alejarse de allí y mantener la distancia con aquella situación pero la verdad era que algo dentro de mí quería saber, conocer su versión y tratar de dilucidar si todo aquello era una patraña o, por el contrario, mi amigo solo había cometido un fatal error.
-Está bien –accedí.
Juan no dijo nada, solo se dio la vuelta y enfiló al interior de la vivienda, siguiéndole yo a escasa distancia. Dentro, aunque solo habían pasado unas horas, todo parecía distinto, diferente. Ya no quedaba rastro de la cena ni de los preparativos de la velada que habíamos compartido los cuatro y que había terminado de forma tan desastrosa.
-Necesitaba estar ocupado –me informó él como si leyera mis pensamientos.
No respondí. Me senté en una butaca justo enfrente del sofá donde Juan había optado por tomar asiento, buscando así algo de distancia, poner algo de espacio entre los dos como si así eso me diera algo de objetividad sobre lo que estaba a punto de acontecer.
También, para qué negarlo, porque me incomodaba su cercanía, su proximidad. Aunque no había pasado nada, todo lo ocurrido con Verónica, el haberla visto casi desnuda y los pensamientos libidinosos que me habían asolado respecto a ella, me hacían sentir culpable. Juan era su marido, mi amigo y, en cierto modo, tenía la sensación de haber hecho algo indebido, algo que no estaba bien y temía que él pudiera darse cuenta, que viera la culpa reflejada en mi rostro. Sabía que era algo ilógico, irracional pero, aun así, preferí mantener las distancias, buscar aquella separación entre los dos.
-No sé ni por dónde empezar –dijo Juan mientras se frotaba las manos de forma nerviosa.
-Prueba a hacerlo por el principio –respondí de forma seca –dicen que suele ser lo mejor.
-Ya –asintió él –puede ser. Aunque no tengo muy claro cuando fue eso.
-¿Qué quieres decir con eso? –dije removiéndome inquieto en el asiento -¿es que esto ya había pasado antes?
-No, no –quiso tranquilizarme Juan –es la primera vez que… bueno, ya sabes. A lo que me refiero es que entre Lara y yo siempre ha habido buen rollo y que, en cierto modo, siempre me he sentido atraído por ella.
-Algo había notado –asentí recordando cómo se había referido a ella la noche pasada –pero eso no es motivo para hacer lo que hiciste.
-Lo sé –afirmó Juan –fui débil e hice algo imperdonable pero, lo que quiero que comprendas, es que lo sucedido fue consecuencia de una concatenación de cosas que culminaron en lo que viste anoche.
-¿Qué cosas? –no pude evitar preguntar viendo como cada vez aquel asunto se enturbiaba más.
-Tú me conoces, Samuel –empezó a decir Juan –mejor que nadie. Sabes como soy o, mejor dicho, como era. Y no sé hasta qué punto conoces como es Lara en su vida privada, lo que le gusta…
-Algo me contó, sí –dije recordando las explicaciones que Lara me dio en su momento, su modo liberal de ver las cosas y las relaciones.
-Bien –aseveró Juan –pues entonces entenderás que, a medida que la conocía y sabía de sus andanzas, de sus aventuras que muchas veces me explicaba Verónica, yo no podía evitar recordar cómo era mi vida antes de conocerla a ella y, en cierto modo, añorar esa época.
-¿Lo estás diciendo en serio? –pregunté incrédulo.
-Sé que es difícil de entender pero sí –me confirmó –sentía envidia de su libertad, de poder acostarse con quien quisiera, sin remordimientos, sin ataduras, sin mediar ningún tipo de compromiso entre las partes. Así que, como ves, no solo era la atracción física que pudiera sentir hacia ella sino que también había una especie de atracción emocional, no específicamente a Lara, sino más bien a su forma de vivir la vida.
-¿Y por eso te la tiraste? –Le cuestioné atónito -¿por qué está buena y querías recordar viejos tiempos?
-No has entendido nada, Samuel –negó Juan sacudiendo su cabeza –estoy tratando de hacerte ver que, antes de lo que pasó anoche, había otras cosas detrás que hicieron posible que eso ocurriera. Sin ello, jamás, Lara y yo habríamos hecho lo que hicimos. Aunque no te lo creas, quiero a Verónica y me arrepiento enormemente de lo sucedido.
-Se me hace difícil creerte, Juan –le contesté con total sinceridad –no entiendo cómo, teniendo a una mujer como Verónica a tu lado, prefieras aquella vida a la que tienes ahora con ella. Para mí es algo incomprensible.
-Somos diferentes, Samuel –dijo Juan confirmando lo evidente –y entiendo que sea complicado para ti ponerte en mi lugar. En cierto modo, los dos sois parecidos en ese aspecto.
-¿Te refieres a Verónica? –Pregunté extrañado -¿Acaso ella sabía algo de todo esto?
-¡No, por dios! –Negó vehementemente –ella no tiene ni idea de nada de lo que te he contado y ahí, quizás, es donde me equivoqué. Puede que hubiera debido decírselo, explicarle como me sentía y esa necesidad que experimentaba pero no lo hice y, al final, pasó lo que pasó.
-¿Por qué? –le cuestioné más por inercia que por otra cosa ya que, conociendo como conocía a Verónica, intuía cual hubiera sido su respuesta.
-Miedo, supongo –respondió de forma vaga –sabía cuál iba a ser su reacción o, al menos, me la imaginaba. Tú la conoces al igual que yo y sabes que si le hubiera propuesto alguna de las cosas que me apetecía hacer, un trío, ir a un club de intercambios o abrir nuestra relación, se habría negado en redondo, puesta hecha una furia y nuestra relación se habría visto comprometida de una manera quizás insalvable. Y yo no quería perderla.
-Y sin embargo, aquí estás –apunté queriendo hacerle ver que la situación en que se hallaba no era muy distinta a aquella que no había querido afrontar por no dejar las cosas claras con su mujer.
-Yo no quería nada de esto –se lamentó –eso te lo puedo asegurar. Si pudiera volver atrás, haría las cosas de forma distinta.
Los dos nos sumimos en un silencio tenso, incómodo. Me costaba comprender a Juan, entender los motivos con los que justificaba, o trataba de hacerlo, el desliz cometido. Para mí era algo incomprensible, extraño, difícil de asimilar. Los dos éramos diferentes y ahí puede que radicara el quid de la cuestión. Yo no entendía aquel tipo de vida que él decía añorar y puede que fuera por eso que no fuera capaz de ponerme en su piel, entender lo que me quería hacer ver.
Y, conociendo a Verónica, algo me hacía pensar que a ella le iba a pasar otro tanto igual. Dudaba que ella pudiera perdonar su infidelidad, olvidar su transgresión pero ¿qué pasaría cuando todo saliera a la luz? ¿Cuándo ella escuchara aquello que Juan me acababa de decir a mí? ¿Qué él necesitaba algo más de su relación, algo que ahora no le estaba dando? ¿Estaría ella dispuesta a dar ese paso, emprender esa senda en su relación en pos de un estilo de vida más liberal? Lo dudaba mucho.
-¿Tú crees que ella lo entenderá? –me preguntó Juan rompiendo el silencio instaurado.
-No lo sé –respondí sin querer comprometerme, sin querer revelar lo que realmente pensaba –supongo que eso es algo que descubrirás cuando hables con ella.
-Tú no lo haces… -no era una pregunta sino más bien una constatación, una afirmación de las sensaciones que mi actitud y mis respuestas le llegaban a él.
-Que yo lo entienda o no es irrelevante –dije restándole importancia a lo que yo pensara o creyera –lo que importa es lo que Verónica piense de todo esto.
-¿Crees que tengo alguna posibilidad? –insistió Juan.
-No lo sé –volví a evadir tomar partido, responder lo que realmente sentía –a veces, la gente te sorprende y hace cosas inesperadas, reacciona de formas que no te esperas. Puede que lo que siente Verónica por ti sea tan fuerte como para perdonarte, para aceptar lo que tú quieres. Lo único claro es que es ella quien tiene la última palabra y que ni tú ni mucho menos yo tenemos nada que decir a la decisión que ella tome. Solo respetarla y aceptarla.
-Supongo que tienes razón –dijo de forma resignada Juan –gracias por escucharme, Samuel. Por darme la oportunidad de poder explicarme, de tratar de hacerte ver porqué hice lo que hice aunque no haya servido de nada.
-Yo… -empecé a decir pero él no me dejó continuar.
-No pasa nada –me atajó –tampoco esperaba otra cosa. Pero necesitaba hacerlo. Solo me gustaría pedirte una cosa, Samuel.
-¿El qué? –pregunté poniéndome a la defensiva no teniendo muy claro que era lo que Juan me iba a pedir.
-Que no trates de influir sobre Verónica –pidió cogiéndome por sorpresa –como has dicho, lo importante es ella y es quien debe decidir. Y sé que ella te aprecia, que valora tu opinión y que, si no lo ha hecho ya, seguro que pedirá tu parecer, tu consejo. Y cuando lo haga, te pido que seas fiel a tu palabra y no trates de ponerla en mi contra. Te prometo que hablaré con ella, que le explicaré las cosas como te las he contado a ti, que seré completamente sincero pero necesito que te quedes al margen, que no te metas en algo que no te incumbe. ¿Harás eso?
Me sentí dolido por sus palabras y no era la primera vez que pasaba ese día. ¿Me creía capaz de algo así? ¿De tratar de influir en su mujer para ponerlo en su contra? ¿Malmeter contra él? ¿Susurrarle a los oídos de Verónica palabras envenenadas contra su marido? ¿Buscar romper su matrimonio? De nuevo, mi decepción era enorme.
-No te preocupes –dije levantándome con aspecto serio –esta guerra no es la mía y aceptaré lo que ambos decidáis. Además, yo tengo mis propios problemas que resolver.
-Teresa –mencionó Juan a mi ex me pareció que con cierto alivio al escuchar mis palabras y mi decisión tomada.
-Exacto –afirmé –necesito hablar con ella, saber por qué hizo lo que hizo. Y si me engañó, necesito que me lo diga para poder pasar página, olvidarla.
-Espera, espera –saltó Juan -¿crees que Teresa te fue infiel?
-¿Acaso eso no explica todo? –le dije como si fuera algo obvio cuando a mí me había costado meses llegar a esa conclusión.
-Ella nunca te haría algo así –dijo él.
-Eso pensaba yo de ti y ya ves –solté sin pensar, dándome cuenta enseguida de lo que acababa de decir –yo… lo siento…
-No tienes porqué disculparte –Juan dijo sin mirarme –al fin y al cabo es lo que piensas. Y en cuanto a Teresa, creo que estás perdiendo el tiempo. Lo que debes hacer es olvidarla y seguir con tu vida.
-¡No puedo! –Exclamé –necesito saber lo que pasó para poder hacerlo.
-¿Y de qué te serviría eso? –Argumentó él -¿acaso cambiaría el hecho de que vuestra relación se haya terminado? ¿Qué cada uno esté por su lado? Solo serviría para causar más dolor, más sufrimiento.
-O no –quise rebatir –quizás, si sé que yo no he tenido nada que ver con la ruptura, sea más fácil avanzar, superar la separación.
-Eres un ingenuo, Samuel –dijo negando con la cabeza –siempre lo has sido.
-¿Por qué dices eso? –pregunté sin entender su actitud, a qué venía aquello.
-Crees que, si la pones a ella al mismo nivel que a mí, la cargas con el mismo pecado que he cometido yo, te será más fácil odiarla –me aclaró –y odiándola, podrás olvidarla más pronto. Pero eso no es así. La odiarás, sí, pero no podrás pasar página porque, en vez de preguntarte por qué te ha dejado, empezarás a preguntarte qué le llevó a serte infiel, en qué fallaste para que ella buscara fuera lo que tú no le dabas. Y la rueda seguirá girando de forma indefinida porque no eres capaz de asumir que lo vuestro se acabó y ya está. No trates de buscar respuestas que, quizás, solo consigan empeorar las cosas.
En aquel momento, escuchando las palabras de Juan, tuve un mal pálpito. No sé por qué pero intuí que detrás de ellas se escondía algo más, una insinuación velada para que dejara las cosas como estaban, que no siguiera indagando más y sospeché que, tal vez, Juan sabía mucho más de lo que yo siempre había creído y que puede que él no estuviera tan a ciegas como estaba yo respecto a lo que había llevado a Teresa a romper nuestra relación.
-Sabes algo –afirmé con toda la rotundidad de la fui capaz en aquel momento.
-No sé de qué estás hablando –negó él pero supe que no era así, que me estaba mintiendo.
-Lo sabes –insistí –sabes porqué Teresa me dejó.
-Yo que voy a saber, Samuel –persistió Juan en su negativa –tío, estás paranoico.
-Y una mierda –le recriminé –por lo que más quieras, Juan. Si sabes algo, si sabes por qué lo hizo, dímelo de una maldita vez. Porque te juro que si me estás mintiendo, ocultando lo que sea, cuando averigüe la verdad, y te aseguro que lo haré, iré a por ti y te haré pagar caro lo que me has hecho.
-Se lo prometí –dijo Juan tras unos segundos de silencio, de mirarme con preocupación, sopesando qué hacer o cómo actuar.
-¿A quién? –pregunté sin tener ni idea de a quién se refería.
-A Teresa –contestó cogiéndome totalmente por sorpresa ya que estaba convencido que, al igual que conmigo, ella había roto todo contacto con mi círculo. Pero estaba claro que no había sido así.
-¿La has visto? –Inquirí incrédulo -¿has hablado con ella?
-Sí –confirmó Juan –fui a verla unas semanas después de haberte dejado. Estabas jodido y yo preocupado por ti. Quería verla, convencerla para que hablara contigo, que te diera las explicaciones que necesitaras y así poder cerrar esa parte de tu vida y continuar con ella.
-¿Y qué te dijo? –quise saber con una mezcla de miedo por conocer, por fin, el motivo que la llevó a dejarme y enfado por haberme ocultado algo así tanto tiempo.
-Samuel… -empezó a protestar Juan.
-¡Que qué te dijo! –le grité, asustándole como quedó reflejado en su rostro.
-Es mejor que… -insistió en su negativa a pesar de los nervios que sentía, del miedo que experimentaba viendo mi reacción.
-Juan, te juro que… -dije avanzando hacia él hecho un basilisco, furioso como creía no haber estado nunca.
-Vale, vale –dijo Juan, alzando sus manos en son de rendición y tratando de detener mi avance –te lo diré. Pero, por lo que más quieras, de esto ni una palabra a Verónica. Ella no sabe nada de todo esto. Sabes que no se llevaba demasiado bien con Teresa y, después de lo que te hizo, digamos que su percepción sobre ella no es que mejorara precisamente. Más bien todo lo contrario. Si se entera…
-No le diré nada –le dije buscando que hablara y sin tener nada claro si iba a mantener mi palabra ya que, visto lo visto, estaba claro que ambos teníamos un concepto distinto de lo que era la amistad.
-Fui a verla al trabajo –empezó a decir de forma dubitativa –le había escrito, llamado y no había recibido respuesta alguna por su parte. Cuando me vio, al principio no quiso hablar pero luego la convencí para tomar un café y ponernos al día.
-¿Y? –le apremié.
-Bueno –prosiguió él –empecé a hablarle de ti, de lo mal que estabas, de lo jodido que te habías quedado al irse así, sin dar explicación alguna… ella también estaba tocada, eso te lo puedo asegurar. Aunque no lo creas, Teresa te quería y nunca quiso hacerte daño. Por eso creyó que esa era la mejor manera de romper.
Sabía que el momento de la verdad había llegado, que las próximas palabras que salieran de boca de Juan iban a revelarme por fin la causa de nuestra ruptura, el porqué de la huida de Teresa y, aunque en parte lo deseaba, también lo temía y me angustiaba.
-¿Te acuerdas de Alicante? –Me preguntó cogiéndome completamente por sorpresa -¿la casa rural que alquilamos en San Juan hace algo más de un año?
-Sí, claro –respondí no teniendo muy claro a que venía todo aquello.
-Fue allí donde empezó todo –empezó a explicarme sin atreverse a mirarme a la cara –una noche de aquellas bajaron a la playa. Hacía calor, no podían dormir y decidieron darse un baño. Al principio solo fueron juegos inocentes que, amparados por la oscuridad, enseguida escalaron de intensidad. Cuando quisieron darse cuenta, ambos estaban desnudos y buscándose el uno al otro para rozarse, para tocarse. Después… pues puedes imaginarte que es lo que pasó. Fue allí mismo, en el mar, la primera vez que tuvo sexo con Raúl…
Cerré los ojos creyendo que de esa manera aquello dolería menos pero no fue así. Recordaba perfectamente aquellos días, aquel lugar, los momentos vividos y eso solo hacía que empeoraran las cosas. ¿Cómo imaginar que algo idílico, aquel bello recuerdo que atesoraba de aquellos instantes, se iba a convertir en el escenario de mi peor pesadilla?
Casi podía verlos a los dos, desnudos, abrazados ambos mientras las tranquilas aguas del mediterráneo se arremolinaban a su alrededor. Los dos besándose bajo la tenue luz de la luna, ajenos a todo y a todos, liberando la pasión que a ambos los consumía. Las piernas de Teresa enroscadas en su cintura mientras sus manos rodeaban su cuello, su cuerpo moviéndose arriba y abajo clavando en sus entrañas la polla del novio de Eva, sus pechos oscilando al son de aquellos movimientos libidinosos, lascivos.
Sacudí mi cabeza tratando de apartar aquellas imágenes de mi cabeza, de borrarlas. No, aquello no podía ser, tenía que tratarse de un error, de una broma de mal gusto. Y sin embargo, sabía que no era así. Desde que había escuchado aquella frase pronunciada por Eva, había sido consciente que aquella posibilidad era real, una explicación bastante plausible a lo ocurrido entre mi ex y yo. Y ahora, esa posibilidad ya no era tal y se convertía en una realidad, dura, cruel, desalmada.
Y lo irónico de la situación era que, horas antes, me hallaba escuchando la confesión de una Eva compungida, totalmente arrepentida por un desliz cometido y que la había llevado a tomar la decisión de romper su relación con Raúl, aquel hombre al que ella amaba y todavía añoraba, el mismo que ahora Juan me confesaba que se había tirado a mi novia más de un año atrás y que, al parecer, no había tenido tantos reparos como ella por su falta cometida.
Un año. Ese era el lapso de tiempo desde aquella primera vez o eso al menos había dicho Juan. Lo que significaba que no había sido la única vez, que habían sido muchas veces más y que durante todo ese tiempo, todo ese año, yo había vivido ciego y sordo, completamente ajeno a la doble vida que la mujer que decía amarme había llevado.
-Se siguieron viendo… -afirmé tratando de confirmar mis sospechas.
-Sí –añadió únicamente Juan –no sé ni cuándo ni dónde ni con qué frecuencia ya que no lo quise saber. Debes comprender que, en aquellos momentos, yo también estaba sorprendido por lo que me acababa de contar Teresa. Nunca me hubiera imaginado algo así de ella pero supongo que nunca acabas de conocer a la gente ¿no?
-Me imagino que no –respondí tratando de mostrarme sereno, no revelar el dolor, el sufrimiento que por dentro me consumía -¿y por qué ahora? –Quise saber -¿por qué justo ahora, un año después de estar follándoselo, decide romper? Y no me digas que por remordimientos ya que era un poco tarde para eso.
-Aunque te cueste de creer, algo de eso sí había –dijo Juan con la voz apagada –como te he dicho, ella te quería y nunca quiso hacerte daño. Lo de Raúl… para ella era solo sexo y nada más. Una diversión, sin ataduras ni emociones en liza. Era contigo con quien quería estar, con quien quería compartir su vida.
-Seguro –bufé con escepticismo.
-Estoy casi seguro de ello –aseveró Juan –pero pasó algo que lo cambió todo y que motivó lo que tú ya sabes, que ella se fuera de aquella manera.
-¿El qué? –pregunté con voz queda, carente de interés y emoción ya que pensaba en aquel instante que ya nada podía ser peor, que nada podía causarme más dolor que el que ya sentía.
-Se quedó embarazada –me reveló dejándome completamente en shock –espera un hijo de Raúl.
Aquello era demasiado, más de lo que podía soportar, de lo que podía asumir. Todo a mi alrededor parecía dar vueltas, como si el mundo se hubiera confabulado contra mí y, en ese momento, así lo creía. ¿Qué había hecho para merecer algo así? En el fondo sabía que nada, que yo no tenía ninguna culpa, que era solo una víctima pero entonces no me sentía así.
-Samuel ¿estás bien? –escuché la voz de Juan preguntar de fondo, casi un susurro, algo lejano.
No contesté. Mis pasos me llevaron hacia la puerta, hacia la calle, hacia mi coche con el que irme de allí, alejarme de aquella casa maldita, de aquel que decía llamarse mi amigo y me ocultaba algo así, de toda aquella situación rocambolesca, enrevesada, que estaba dejando al descubierto un sinfín de secretos, mentiras y falsedades.
Una situación que me estaba llevando al límite, que me estaba destrozando, causándome un daño y un dolor que jamás imaginé posible sentir y mucho menos merecer. Una situación que, solo unas horas antes, no sentía como mía, a la que solo asistía como espectador de lujo pero que ahora, con aquel giro inesperado, me había alcanzado de pleno, dejándome aturdido y completamente fuera de juego. Pero lo peor era que tenía la sensación que no todo estaba dicho, que algo quedaba en el tintero y que no estaba escrita aún la última palabra. ¿Qué me deparaba el futuro? No tenía ni la más mínima idea pero presentía que pronto lo iba a descubrir.
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