Secretos y Mentiras 3
Samuel solo quería ser un amigo leal, pero al ver a Verónica desnuda y vulnerable, su mente traicionó su corazón. Ahora, atrapado entre la culpa de haberla deseado y la ira de ella, debe enfrentar las consecuencias de una noche que cambió todo.
Secretos y Mentiras
Capítulo 3
Aquella mañana me desperté con una sensación extraña. Me sentí confuso, desorientado, sin saber muy bien donde estaba ni qué estaba haciendo allí pero, a medida que mi cuerpo y mi mente se recuperaban de aquella extraña duermevela en la que me había sumido, fragmentos de lo acontecido durante aquella extraña noche me asaltaron y no tardé en ser consciente de la cruda realidad.
Por un instante había tenido la sensación que todo aquello había sido un sueño, una pesadilla y que, al despertarme, todo volvería a ser igual que antes, que nada había cambiado. Pero no había sido así. Por la poca luz que se filtraba a través de las persianas, supe que me hallaba en el sofá de Eva, aquel en el que había tratado de conciliar el sueño de forma infructuosa y donde había mantenido aquella conversación con la hermana de Verónica donde ella se había confesado ante mí, revelando su oscuro secreto, aquel que incluso su propia hermana desconocía.
Y si estaba allí, en aquel lugar, no había sido más que por lo acontecido en aquella cena a la que me habían invitado Juan y Verónica quienes, con la pretensión de hacerme pasar página, me habían preparado una encerrona con una compañera de trabajo de ella, Lara. Y allí, durante esa cena, se había producido la tragedia, el delito que nos había traído a aquella casa, situada en la otra punta de la ciudad y tan lejos de la tranquilidad de mi hogar.
No pude evitar preguntarme qué hubiera pasado si, en lugar de haber aceptado, de haber acudido a aquella cita a la que no me apetecía demasiado asistir, hubiera inventado cualquier excusa verosímil que justificara mi ausencia. Probablemente todo hubiera sido distinto, diferente. Juan puede que nunca hubiera bajado a aquel sótano acompañado con Lara y entonces la infidelidad nunca habría tenido lugar y aquel viaje, aquella huida de Verónica y mía, tampoco se hubiera producido. Y al no estar allí, en su casa, aquella confesión de Eva propiciada por la intempestiva aparición de Juan en busca de su esposa y de su perdón, tampoco habría tenido lugar. Vivir en la ignorancia, no saber los secretos que ocultaban los demás, quizás hubiera permitido que nuestras vidas continuaran como estaban, relativamente felices y completamente ajenos a los quebraderos a los que nos enfrentábamos.
Pero no había sido así y las circunstancias eran las que eran, ya no había marcha atrás y ahora solo quedaba lidiar con las consecuencias de nuestros actos. O, en este caso, los de los demás. Porque en esta historia, en lo que estaba viviendo, yo era un espectador, alguien que se había visto atrapado en una situación compleja, incómoda, extraña en la que no tenía participación directa pero en la que los hechos se empeñaban en involucrarme una y otra vez, enredándome en aquella tela de araña de la que no sabía si podría escapar.
Yo nunca había querido aquello, vivir esa experiencia, pasar por ese trance. Lo único que había querido era dejar pasar el tiempo, que éste cerrara las heridas abiertas tras la repentina marcha de Teresa y que con el paso de las semanas, meses, todo volviera a la normalidad y que ella se convirtiera en un recuerdo, doloroso y amargo, pero solo recuerdo al fin y al cabo.
Pero con todo lo acontecido, con lo visto y oído, aquel fantasma que pretendía dejar atrás, sumir en el olvido, había resucitado y estaba más presente que nunca. Habían sido las palabras de Eva, aquel “él se merecía algo mejor”, las mismas palabras que Teresa había utilizado para cortar conmigo, las que habían reabierto la herida.
Y aquella noche o más bien madrugada, después de haber acompañado a Eva a acostarse, después de haberle asegurado por enésima vez que no la odiaba, después de hacerle prometer que aquello era algo que no podía seguir ocultándole a su hermana, que Verónica se merecía saber lo ocurrido y asegurarle que ella se mostraría igual o más comprensiva que yo mismo, no había podido dejar de darle vueltas a lo ocurrido entre Teresa y yo, a la inesperada y sorpresiva ruptura.
Una pregunta no dejaba de percutir en mi mente: ¿Por qué? Era algo que ya me había preguntado en infinidad de ocasiones sin hallar respuesta alguna pero, tras la pasada noche, una nueva posibilidad emergía, hacía acto de aparición. ¿Me había sido Teresa infiel? ¿Era esa la causa de nuestra separación, de que ella decidiera poner tierra de por medio así como así, de un día para otro? ¿Eran aquellas palabras, aquel “te mereces algo mejor”, la implícita confesión de su falta de lealtad, de su fechoría, de su traición?
De nuevo solo tenía preguntas y ninguna respuesta pero esta vez no pensaba conformarme, dejar que pasara el tiempo y tratar de olvidar. No, no iba a ser así. Llevaba meses con esa estrategia, un día tras otro preguntándome qué había hecho mal, en qué le había fallado, en qué me había equivocado, siempre culpándome, siempre fustigándome pero ¿y si no había sido así? ¿Y si la que había fallado era ella y no yo? ¿Y si yo solo era la víctima de aquella situación, alguien que no se merecía seguir sufriendo, seguir castigándose por algo de lo que no tenía culpa y que incluso desconocía?
Y aquella mañana, sentado en aquel sofá ajeno, rodeado del silencio que reinaba en aquel piso y sumido casi en la oscuridad, me conminé a averiguar la verdad, a acabar de una vez por todas con aquella incertidumbre que pesaba sobre mi vida desde el momento en que Teresa salió de ella. Iba a dar con Teresa, le gustase o no, y esta vez no la iba a dejar marchar sin que me diera una explicación, un porqué a la ruptura de nuestra relación.
Decidido, me levanté del sofá y me dirigí al baño. Necesitaba refrescarme, asearme un poco y recomponer algo mi maltrecha figura que, tras la noche pasada en aquel sofá y vestido con la misma ropa con la que había salido de casa unas doce horas antes, ofrecía un aspecto lamentable.
Avancé por el pasillo, parándome brevemente en la puerta de la habitación donde había depositado a Eva unas horas antes, contemplándola desde la distancia. Dormía apaciblemente, su figura delineada suavemente bajo la sábana que la cubría y en su rostro se reflejaba la calma, el sosiego, como si soltar lo que tanto tiempo llevaba callando, ocultando, le hubiera quitado un peso de encima, una losa que ya no cargaba.
Y aunque no compartía lo que había hecho ni cómo había actuado después, no pude dejar de sentir una gran pena por ella. Sabía que su castigo era grande, ella misma era consciente de ello. Durante el tiempo que había durado su relación, siempre los había visto felices, compenetrados, hasta el punto de creer que aquello que existía entre ellos dos no era algo pasajero, mundano sino algo más permanente, duradero. Algo parecido a lo de Juan y Verónica. O a lo mío con Teresa.
Era irónico. No pude evitar recordar unos veranos atrás, las tres parejas juntas en aquella casa rural de Alicante por la época de San Juan. Había sido un fin de semana especial, único, irrepetible. Unos días donde las tres parejas habíamos compartido el amor que sentíamos, donde habíamos reído, bebido y disfrutado de la vida como si no hubiera un mañana. Éramos jóvenes, felices y parecía que nada ni nadie pudiera acabar con aquello que teníamos y ahora, tiempo después, ni Eva ni yo estábamos con nuestras parejas y, visto lo visto, parecía que lo de Juan y Verónica tampoco tenía visos de perdurar.
Una sensación de tristeza me embargó y de nuevo deseé que nada de aquello estuviera ocurriendo, que no fuera real. Quise volver a estar en aquellas playas, disfrutando de sus aguas durante aquellos cálidos días de verano, compartiendo esos u otros instantes con aquellas personas a las que consideraba mis amigos, mi familia, mi todo. Sentí un vacío en mi interior al saber que ya no iba a ser así, que la vida, las circunstancias, habían decidido que no iba a poder ser, que no era más que un sueño irrealizable.
Abandoné aquella habitación y me encaminé al baño. No fue hasta que llegué a él que me percaté que su luz estaba encendida y que su puerta estaba ligeramente entornada. Estaba claro que quien se hallaba en su interior no podía ser otra que Verónica y me dispuse a dar media vuelta, regresar al salón a esperar que ella terminase.
No llegué a hacerlo. El sonido de un sollozo se escapó del interior de aquella estancia y eso detuvo mi marcha. Dudé qué hacer, si abrir aquella puerta, adentrarme en su interior para descubrir el porqué del llanto de mi amiga y ofrecerle mi consuelo o bien esperar, respetar su intimidad y darle aquel espacio que quizás necesitaba. Y mientras lo hacía, mientras pensaba en qué es lo que debía hacer, es cuando la vi.
La apertura de la puerta, estrecha, no me permitía verla a ella pero si el espejo que adornaba buena parte de la pared donde colgaba. Y fue a través de él, de aquel espejo, que contemplé el cuerpo de Verónica. Se había despojado del pijama y su torso lucía desnudo, sin prenda alguna que cubriera aquellos pechos que, ni grandes ni pequeños, ella sostenía entre sus manos.
Su rostro los observaba mientras los mantenía entre ellas, sopesándolos, sintiéndolos, palpándolos a la vez que de sus ojos caían lágrimas que resbalaban por sus mejillas, recorriendo su piel y amenazando con caer sobre aquellos senos que sostenía
Y fue a través de aquella mirada, perdida, lejana, triste, que comprendí de qué iba todo aquello. Verónica, en su desnudez, buscaba comparar su cuerpo con el de aquella mujer, el de Lara, buscando en esa comparación una causa, un motivo, una falta que justificase que ella no era suficiente y que eso había llevado a su marido a buscar alternativas, otras opciones mejores.
Casi podía ver en aquellos ojos que no dejaban de llorar como ella imaginaba aquellos pechos grandes, turgentes y altivos que poco o nada tenían que ver con los suyos, más pequeños y menos prominentes. Y luego, a medida que sus manos recorrían su vientre, plano y blando, imaginaba el de ella, igual de plano pero quizás más terso, más duro.
Y luego esas manos siguieron bajando hasta sus caderas, más estrechas, menos prominentes que las de Lara, observando, calibrando de perfil aquellas nalgas, aquel culo que poco o nada tenía que ver con el de su compañera de trabajo, más ancho y generoso que el que ella poseía.
Y allí, mientras observaba como sus manos reposaban sobre sus caderas, a escasa distancia del elástico de sus braguitas, única prenda que Verónica aún mantenía y que me impedía contemplarla en su total desnudez, cubriendo su parte más íntima y personal, odié a Juan por lo que le había hecho a su mujer. Lo odié por hacer que ella desconfiara de ella misma, de su propio cuerpo, de su propio ser.
Porque, pese a las evidentes diferencias entre ambas mujeres, más sobria, elegante y sensual Verónica, más exuberante, sexual y explosiva Lara, eso no significaba que Verónica no fuera atractiva o tuviera algo que envidiarle a su compañera de trabajo. Simplemente, eran distintas.
Y no pude evitar reconocer en lo que ella estaba haciendo lo que yo mismo había estado realizando hasta la noche anterior: culpándose, justificando en lo que ella creía sus propias carencias lo que había causado que Juan la engañara, la traicionara cuando, en realidad, ella no era culpable de nada y Juan, solo Juan, era el culpable de su desliz, de la tropelía cometida.
Quise entrar, abrazarla, decirle que no era culpa suya y que ella era perfecta tal como era, que no tenía nada que envidiarle a Lara y que, si me dieran a elegir, sería ella la escogida y no aquella mujer con la que su marido la había engañado.
Pero no pude hacerlo. Mi mente, perversa, influenciada por la imagen de su cuerpo parcialmente desnudo, hizo que recreara aquella escena pero, mientras mis intenciones eran puras y altruistas cuando había sopesado aquella posibilidad, la de irrumpir en el baño y reconfortar a mi amiga, lo que mi pérfida imaginación creó fue algo bien distinto, más infame, más vil.
En ella, Verónica seguía de cara a aquel espejo, semidesnuda. Y detrás de ella, abrazándola como había sido mi intención, estaba yo. Solo que aquel abrazo era de todo menos amistoso, reconfortante. Mis manos abarcaban aquellos pechos que instantes antes ella había tenido entre las suyas y mis labios recorrían su cuello mientras, más abajo, ella agitaba sus caderas de forma sinuosa contra mi entrepierna, contra aquella poderosa erección que palpitaba bajo mi pantalón.
Turbado, comprobé como aquella imagen que mi imaginación me había hecho visualizar, había causado que mi miembro despertara y que, al igual que en aquella escena onírica que acababa de experimentar, mi erección fuera más que notoria. Nervioso a la par que avergonzado, traté de alejarme de aquella posición lo más silenciosamente posible, buscando regresar al salón. No quería que, de ninguna de las maneras, Verónica me descubriese en aquella tesitura, espiándola, aprovechándome de su situación de vulnerabilidad.
Recorrí aquellos pocos metros con una sensación de vergüenza inenarrable. Sentí como, si con mis actos y pensamientos, le hubiera fallado a mi amiga, como si la hubiera traicionado. Verónica, vulnerable y sensible por todo lo acontecido con su marido hasta tal punto que incluso cuestionaba lo incuestionable como era su propia belleza y yo, su amigo, el que debía estar a su lado apoyándola y ayudándola a superar aquel mal trago, me dedicaba a espiarla en una situación tan comprometida como había sido aquella y, lo que era peor, excitándome al hacerlo.
Y sí, sabía que había sido todo fortuito, fruto de la casualidad, que nunca había sido mi intención el de cometer aquel vil acto pero, aun así, no podía dejar de fustigarme por no haberme alejado de aquella puerta nada más vislumbrar en el reflejo de aquel espejo el cuerpo casi desnudo de Verónica. No, en su lugar me había quedado impertérrito, contemplando como ella recorría con sus manos sus pechos, su vientre, sus caderas, su culo, todo de forma más clínica que sensual pero mi mente, perversa, había dotado a aquellos gestos de morbosidad, de erotismo, provocando la terrible erección que me asolaba.
“No es culpa tuya, Samuel” me dije tratando de auto excusarme. En lo más profundo de mi ser, sabía que era así. La noche había sido extraña y, quizás aquello que me acababa de ocurrir, solo fuera consecuencia de aquella bizarra velada. Desde que Teresa me había dejado, no había estado con ninguna mujer y, aunque no hubiera pasado demasiado tiempo ya que solo habían sido un par de meses, la abstinencia pesaba y la presencia de Lara, exuberante y de comportamiento liberal y desenfadado, unido a las indirectas de Juan para que me dejara llevar y cometiera una locura, me habían hecho albergar expectativas, deseos de que algo pudiera pasar entre los dos. Al final nada había pasado entre nosotros pero no se podía decir lo mismo de ellos dos. El hecho de pillar a mi amigo infraganti, fornicando con Lara, de algún modo también me había afectado y, sumado a todo lo demás, había contribuido a que mi libido, adormecida, hubiera despertado. Solo que lo había hecho en el lugar incorrecto y con la persona equivocada.
Y es que eso era lo más incomprensible, lo más extraño de todo. No entendía como me había pasado algo así precisamente con ella, con Verónica. Nuestra amistad era lejana, muchos años a nuestras espaldas y multitud de experiencias y vivencias compartidas. La había visto en infinidad de ocasiones en bikini, en ropas más o menos sugerentes e, incluso en alguno de nuestros viajes compartidos, la había escuchado follando con Juan al igual que ella debía haberme oído a mí con Teresa y jamás, nunca, me había pasado algo así. Verónica siempre había sido alguien intocable, la pareja de mi mejor amigo y nuestra relación era casi fraternal, casi una hermana para mí. Lo cual hacía que la situación fuera más chocante todavía.
Cuando llegué al salón, me senté en el sofá aturdido y sobrepasado por lo que acababa de acontecer. Mi erección seguía latente bajo mis ropas, prueba fehaciente de mi pecado y traición hacia mi amiga. “Joder, Samuel” me recriminé mientras trataba de pensar en cualquier otra cosa que no fuera Verónica y aquella imagen de los dos que parecía tener grabada a fuego en mis retinas, tratando de apaciguar mi calentura, la excitación que su desnudez y mi imaginación desbocada habían causado.
Tan concentrado estaba en ello, tan ensimismado y enfocado en aquella tarea, que ni me percaté que la puerta del baño se abrió iluminando así el pasillo de forma breve antes de extinguirse, como tampoco de los pasos descalzos recorriendo el mismo pasillo que yo acababa de andar ni de la aparición de Verónica en el salón hasta que su voz, cercana, me sobresaltó.
-Buenos días, Samuel –dijo dándome un susto de muerte -¿te he despertado?
Mi primera reacción, instintiva, fue la de dejar caer mis brazos sobre mi regazo tratando de ocultar el estado en el que me hallaba. ¿Demasiado tarde, quizás? No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí Verónica ni si se había dado cuenta ya de ello pero fue lo que me surgió hacer. La miré, tratando de discernir en su mirada algún tipo de reproche, de sospecha, algo que me indicara si su presencia allí era totalmente fortuita o bien, como temía, que mi huida silenciosa no lo había sido tanto y que Verónica me había pillado de lleno vulnerando su intimidad, traicionando su confianza.
Pero no encontré nada en ella. Su mirada era franca, curiosa, como si realmente fuera genuino su interés por saber si ella la causante de mi desvelo, de estar despierto y no cobijado bajo la manta que Eva me había proporcionado para pasar la noche en aquel sofá donde tantas cosas estaba viviendo.
-No podía dormir –le confesé –así que no, no me has despertado.
-Ya –respondió ella con expresión seria –yo tampoco he pasado la mejor de las noches.
Se hizo el silencio entre los dos. Un silencio en donde ella parecía haberse sumido en sus propios pensamientos y en donde yo trataba de recomponerme, de recobrar la compostura. Quise mostrarme tranquilo, relajado, tratar de ocultarle a mi amiga mi nerviosismo, el miedo que sentía a que ella se diera cuenta de la erección que ocultaba y que, de alguna manera, asociara mi excitación a su desnudez en el baño momentos antes.
-¿Te apetece un café? –preguntó súbitamente ella, rompiendo aquel silencio y volviendo a cogerme por sorpresa.
-Eh… sí, claro –respondí viendo en su propuesta una forma de desviar la atención, conseguir liberarme de la presencia de Verónica y ganar algo de tiempo.
Verónica no dijo nada más, se adentró en la cocina y yo, por fin, pude respirar con alivio. Pese a la tranquilidad que había tratado de demostrar, por dentro sentía latir mi corazón de forma desbocada, descontrolada. La tensión contenida durante todo aquel rato pareció mitigar y comprobé con cierto respiro que al menos todo aquello había servido para algo. Y es que mi erección, aquella que tanto había temido que Verónica descubriera, había remitido fruto del miedo y del pánico que su cercana presencia habían causado.
Allí sentado escuché a Verónica trajinar por la cocina, encendiendo la cafetera y usándola para preparar los cafés que, no sabía ella, pero tanto necesitaba yo para despejarme y aclararme las ideas. Era consciente que, más pronto que tarde, Verónica regresaría con las bebidas y que, con toda probabilidad, permanecería allí, conmigo, buscando mi compañía, conversación y eso, en aquel momento, me inquietaba. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar, si su sola presencia o cercanía iba a provocar otro incidente como el ocurrido en el baño anteriormente.
“Cuanto antes te vayas, mejor” me dije a mí mismo. Era la mejor opción. Mi misión había sido la de traer a Verónica junto a su hermana, estar con ella en aquel momento tan difícil y creía haber cumplido. Quedarse allí más tiempo del necesario, viendo lo ocurrido, era algo peligroso, algo que solo podía empeorar las cosas y eso era algo que no deseaba. No quería, por nada del mundo, que mi relación con Verónica se viera afectada por un error, por un momento de debilidad y que, encima, eso también influenciara de algún modo en las difíciles decisiones que ella debía tomar sobre su futuro.
-Toma –dijo Verónica alargándome mi café y, otra vez, cogiéndome con la guardia baja –como a ti te gusta: solo y sin azúcar.
-Qué bien me conoces –dije sonriendo y cogiendo la taza que ella me alargaba –gracias.
-No tienes por qué darlas –respondió ella sentándose junto a mí en el sofá – en todo caso debería ser yo quien te las diera ¿no crees? –Dijo Verónica mientras me miraba fijamente y hacía que mis pulsaciones se disparan -¿has pasado aquí la noche? –preguntó señalando con un gesto de su cabeza a la manta que reposaba sobre el sofá.
-Lo he intentado al menos –le reconocí –demasiadas cosas en la cabeza… y tampoco es que sea el sofá más cómodo del mundo…
-No, no lo es –asintió ella sonriendo –y te entiendo perfectamente. A mí me ha sucedido algo parecido.
-¿Cómo estás? –me interesé por ella.
-Es difícil de explicar –dijo suspirando con resignación –confusa, dolida, sorprendida. Todo esto me supera, Samuel y no sé qué hacer ni cómo actuar. Ha sido todo tan inesperado, tan de sopetón…
-Me puedo hacer una idea –asentí recordando los momentos posteriores a mi ruptura con Teresa.
-Samuel ¿puedo hacerte una pregunta? –Dijo Verónica mientras me escrutaba con atención y aumentando la creciente ansiedad que su sola presencia me ocasionaba –es sobre algo que necesito saber.
-Sí, claro –respondí algo nervioso creyendo que iba a salir a relucir el asunto del baño.
-¿Tú… lo sabías? –Preguntó descolocándome del todo –lo de Juan.
-¿Me lo estás diciendo en serio? –dije estupefacto y, por qué no decirlo, algo decepcionado porque Verónica me creyera capaz de algo así.
-Necesito saberlo, Samuel –perseveró ella con gesto contrito –entiéndeme, eres su mejor amigo, lo conoces mucho antes que a mí y sería lógico, normal que…
-No me puedo creer que me preguntes algo así –dije negando con mi cabeza.
En aquel momento me sentí dolido, defraudado y también molesto porque Verónica dudara de mí, que pudiera siquiera plantearse aquella cuestión. ¿Eso era lo que pensaba de mí? ¿En tan baja estima me tenía que me veía capaz de, en pos de mi amistad con Juan, colaborar con él para cubrir sus desmanes?
-No, no lo sabía –le contesté con voz apagada, seria –estoy tan sorprendido como tú por lo que ha sucedido. Y sí, Juan es mi amigo pero tú también lo eres y, por si no te has dado cuenta, estoy aquí contigo y no con él.
-Yo… -empezó a decir Verónica mientras trataba de coger mi mano pero yo la aparté a la vez que me levantaba del sofá.
Sabía que Verónica estaba pasando por un momento difícil, que estaba sobrepasada por los acontecimientos y por todo lo sucedido pero su sospecha, su querer saber si yo era conocedor de la infidelidad de su marido y había sido colaborador necesario en ella, me había decepcionado sobre manera. Podía entender que en aquellos momentos dudara de todo y todos pero ¿de mí? había salido corriendo tras ella, sin dudar, le había impedido cometer la locura de coger el coche bebida y llorando como estaba y había atravesado media ciudad para traerla hasta casa de su hermana Eva ¿y aun no tenía claro de qué lado estaba?
-Lo siento, Samuel –trató de disculparse al ver mi reacción, el daño que sus sospechas habían causado en mí –yo…
-Anoche vino Juan –revelé interrumpiendo sus palabras.
-¿Juan? –preguntó sorprendida y con una mezcla de nerviosismo e ira contenida.
-Sí –proseguí –estuvo hablando con Eva. Quería verte, hablar contigo, tratar de saber cómo estabas y explicarte lo ocurrido.
-¡Cómo si hubiera algo que explicar! –Bufó -¡como si no estuviera claro lo que estaba haciendo con esa…!
Verónica se levantó y deambuló por el salón con pasos furiosos, delatando la ira, el enfado y el odio que llevaba acumulado dentro contra el que todavía era su marido y la amante de él y compañera suya de trabajo. La observé desde cierta distancia, algo preocupado por su reacción pero sin atreverme a acercarme a ella, a tratar de calmarla, a tranquilizarla, todavía dolido por su falta de confianza hacia mí.
-¿Y se puede saber qué excusa dio para justificar lo que hizo? –Me cuestionó deteniendo sus andares y mirándome de forma inquisitiva –porque me imagino que alguna daría.
-Según él –empecé a decir tratando de reproducir las palabras que había escuchado de los labios de Juan horas antes –todo fue culpa de Lara. Que fue ella quién lo sedujo. Que él iba bebido y que, en cierto modo, ella se aprovechó de él, del estado en el que se hallaba. Que él nunca quiso serte infiel y que cometió un error al caer en la tentación que representaba Lara.
-¡Dios! –masculló Verónica cubriendo su rostro y haciéndome imposible saber si aquella reacción era de rechazo a aquella explicación o todo lo contrario.
Estuve tentado de aproximarme a ella, consolarla, cobijarla entre mis brazos y tratar de confortarla pero no lo hice. Por una lado, seguía molesto por sus recientes palabras y las dudas hacia mí que había planteado y, por otro, seguía temiendo que, pese a ello, su proximidad volviera a provocar alguna reacción en mi cuerpo, que algo parecido a lo ocurrido cuando la había contemplado casi desnuda volviera a producirse solo que, esta vez, con nuestros cuerpos demasiado cerca como para que ella no se percatara de ello.
-¿Le crees? –me preguntó de repente, descubriendo su rostro y acercándose hacia mí hasta quedar nuestros rostros a apenas unos centímetros el uno del otro -¿crees que es eso lo que pasó? ¿Qué Juan estaba borracho y que Lara lo sedujo? ¿Que él solo se dejó llevar?
-Verónica –empecé a decir mientras reculaba, sorprendido por su reacción y cercanía.
-Respóndeme –insistió ella volviendo a reducir aquella pequeña distancia que yo había creado y forzando una respuesta de mi parte.
-No puedo –le contesté no queriendo responder a su pregunta, recordando las palabras de Eva de que aquella no era nuestra lucha sino la de ella y Juan.
-Sí puedes –me presionó ella acercándose todavía más –quiero saber tu opinión, qué es lo que piensas.
-Lo que yo opine da igual, Verónica –contesté tratando de zafarme de su acoso –alguien, no hace mucho, me dijo que no todo es blanco o negro, bueno o malo y que, a veces, las cosas no son siempre como parecen. La gente comete errores, Verónica.
Aquellas palabras, las mismas que Eva me había dicho a mí aquella misma madrugada durante su confesión, surgieron de mi boca de forma natural, espontanea, usándolas como justificación para no querer responder a su pregunta, para tratar de no comprometerme tal como le había prometido a su hermana.
-¡Le defiendes! –me acusó Verónica malinterpretando mis palabras, lo que había dicho -¡te pones de su lado!
-¡No! –Negué –yo solo… lo que quería decir…
-Está muy claro lo que querías decir, Samuel –me espetó Verónica de forma airada y alejándose, por fin, de mí –no me lo puedo creer…
-Verónica…
-Vete –dijo sin mirarme, dándome la espalda, con voz fría, lejana.
No entendía su actitud, su comportamiento, cómo me estaba tratando. Quise acercarme a ella, decirle que se equivocaba, que había malinterpretado mis palabras, lo que había pretendido decir con ellas y que nunca, jamás, había querido posicionarme con Juan sino que hacían más referencia a Eva, su hermana pero ¿debía hacerlo?
Tuve clara mi respuesta. “Es lo mejor” me dije mientras me giraba y enfilaba hacia la puerta del piso. Sabía que, en las condiciones en que se hallaba Verónica, iba a ser difícil, por no decir imposible, hacerla entrar en razón. Ella misma lo había dicho: dudaba de todo y todos y yo estaba incluido en aquel pack por el mero hecho de ser amigo de Juan y a pesar de mis actos durante todas aquellas horas.
Lo mejor en aquellas circunstancias era darle tiempo y espacio, alejarme y dejarle que procesara todo lo ocurrido, que se calmaran los ánimos. Aprovechar para regresar a mi casa, quitarme aquella ropa que me acompañaba desde hacía demasiadas horas, darme una ducha y descansar como dios manda, tratar de olvidar durante unas horas el sinsentido en el que me hallaba inmerso desde la pasada noche.
Pero había algo que me impedía irme, dejar las cosas así. Y es que, con todo lo acontecido, había un tema pendiente entre ella y yo, un tema que la afectaba y que no podía dejar pasar.
-Verónica –dije deteniéndome junto a la puerta.
La miré. Ella seguía dándome la espalda, pretendiendo ignorarme, haciendo como si no hubiera escuchado mis palabras, sin mostrar ningún ápice de querer cambiar su parecer respecto a su decisión tomada. Suspiré con resignación mientras maldecía su cabezonería, su testarudez.
-Habla con Eva –le pedí no dándome por vencido –y, cuando lo hagas, no seas demasiado dura con ella. Lo ha pasado mal y te necesita más que nunca.
Pude percibir como mis palabras, quizás por lo inesperadas ya que me imaginé que ella debía esperar otra cosa bien distinta a que dirigiera mi conversación a su hermana, la hicieron reaccionar. Se giró, extrañada, pudiendo percibir en su mirada y en su expresión la confusión que mis palabras habían generado en ella. Hizo amago de abrir la boca, de cuestionarme a qué me refería pero no llegó a hacerlo. Abrí la puerta y salí por ella, cumpliendo así su deseo de abandonar aquella casa.
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