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Secretos y Mentiras 2

Samuel creía conocer a sus amigos, pero al descubrir la infidelidad de Juan, se ve arrastrado a un laberinto de mentiras donde la víctima y el verdugo comparten la misma culpa. ¿Qué secretos oculta la hermana de Verónica que hacen temblar la moralidad de todos?

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Secretos y Mentiras

Capítulo 2

Un alarido como nunca había oído se escapó de los labios de Verónica. Un grito fruto del dolor, del sufrimiento, del daño que aquella imagen le había causado. Le siguieron unos segundos de confusión, unos instantes en los que, aturdido por el devenir de los acontecimientos, observé como Verónica reemprendía el regreso a la cocina, abandonando aquel sótano maldito donde había descubierto la traición de su marido y de la que consideraba su amiga.

Juan, por su parte, alertado por aquel alarido que su esposa acababa de exhalar, miraba sin comprender lo que estaba sucediendo, sin al parecer ser capaz de ser consciente del alcance de sus actos, de lo que acababa de realizar. Parecía sobrepasado, como si todo aquello le cogiera por sorpresa y no supiera cómo actuar, cual debía ser su proceder.

Y Lara, sí comprendiendo y siendo plenamente consciente de lo ocurrido, se zafó de un confuso Juan, procediendo a recolocar sus ropas y tratando de recuperar cierta dignidad, cierto formalismo que las circunstancias le habían arrebatado, tratando de mostrarse serena, tranquila aunque, a pesar que apenas la conocía, podía adivinar que la procesión iba por dentro y que aquello no había sido santo de su devoción.

Y yo, sorprendido por lo rápido que había sido todo, por lo súbito de aquellos momentos, tuve unos segundos de incertidumbre, de no saber qué hacer. Unos segundos en que pensamientos, sentimientos y emociones recorrieron mi interior aturullándome, dejándome paralizado, sin capacidad de reacción.

Pero, pasados esos segundos, esos instantes de dudas, tuve clara cuál debía ser mi reacción, que es lo que debía hacer y con quién debía estar. Salí corriendo hacia las escaleras en pos de Verónica, tratando de alcanzarla, de llegar hasta ella, dejando atrás a una Lara que apenas me miró y a un Juan que me pareció empezaba a despertar de su letargo.

No tardé en alcanzar la cocina, entrando en el salón en busca de una Verónica a la que no conseguía localizar y no fue hasta que llegué a la entrada de la vivienda que la vi. Se hallaba junto a su coche, con los ojos llorosos y tratando de abrir la puerta del vehículo para irse de allí, alejarse de aquella casa maldita y de aquel hombre que tanto daño le había causado.

-¡Verónica! –Grité mientras me abalanzaba sobre ella -¡Se puede saber qué estás haciendo!

-Tengo que irme –respondió de forma desconsolada –no puedo… no quiero…

-¿Y te crees que así vas a llegar muy lejos? –le cuestioné haciendo referencia a que, en su actual estado de ansiedad, no pudiendo parar de llorar y ebria, lo más probable es que acabara teniendo algún accidente.

Dudó. A pesar de todo, algún atisbo de cordura conservaba mi amiga y eso le hizo comprender que tenía razón, que aquella huida desesperada podía ser una muy mala idea y que podía terminar de una forma muy poco halagüeña para sus intereses.

-¡Verónica!

El grito de Juan, proveniente del interior de la casa, rompió aquel instante y Verónica, de nuevo, tuvo la imperiosa necesidad de huir, de poner tierra de por medio.

-¡Samuel! ¡Por favor! –me imploró mientras giraba su rostro hacia la puerta esperando ver aparecer por ella en cualquier momento al causante de todos sus males.

-¡Dame! –Dije quitándole las llaves del coche -¡Súbete! ¡Rápido!

No hizo falta que se lo repitiera dos veces e instantes después arrancaba el coche, alejándonos de aquella casa y pudiendo ver por el retrovisor como un desesperado Juan aparecía tras nosotros, incapaz ya de alcanzarnos y haciendo efectivo así el deseo de Verónica de llevarla lejos de él.

Mientras conducía, miré de soslayo a una entristecida Verónica que, con su cabeza apoyada contra la ventanilla del coche, miraba sin ver como el paisaje discurría sin prestar la menor atención, perdida en sus pensamientos y me imaginaba que tratando de asimilar todo aquel sinsentido.

Sentí una lástima infinita por ella, por lo que estaba pasando y supe que había hecho bien, que estaba donde debía estar, a su lado, y que la apoyaría hasta el fin, con todas sus consecuencias aunque estas supusieran dinamitar mi amistad con Juan, bastante dañada ya por lo que había hecho con Lara e, indirectamente, conmigo.

-Todo saldrá bien –dije acariciando su brazo tratando de animarla, de reconfortarla.

Pareció no escucharme o, si lo hizo, no mostró ademán de reaccionar, de responder. Estaba claro que Verónica no estaba bien y que debía ser yo quien se hiciera cargo de todo, de tomar las decisiones por ella y la primera que debía elegir era hacia donde me dirigía, cual era nuestro destino. Y lo tuve claro desde el primer instante: Eva.

Su hermana, un par de años más joven que ella, vivía en la otra punta de la ciudad y hacia allí me dirigí. Sabía que las dos estaban muy unidas, que Eva adoraba a su hermana y que ambas compartían un nexo que iba más allá de esa relación de hermanas, lo eran el todo la una para la otra y más desde la muerte de su madre un año atrás. Sabía que Eva cuidaría de Verónica, que nadie la conocía mejor que ella y podía ayudarla a salir de aquel pozo, de superar aquel mal trance en el que se hallaba.

Tardamos más tiempo del que me hubiera gustado en llegar a casa de su hermana pero, entre que no me hallaba en mis mejores condiciones para conducir y que no deseaba encontrarme con ningún control policial donde, con toda probabilidad, nos iban a inmovilizar el vehículo, di un amplio rodeo evitando las zonas de ocio y más concurridas de la ciudad.

Finalmente llegamos y, al hacerlo, caí en la cuenta de algo que había pasado por alto. Eva era una mujer joven, soltera y era un sábado noche. Cabía la posibilidad, como las luces apagadas del piso hacían presagiar, que no estuviera, que hubiera salido de fiesta y que aquel viaje hubiera sido en vano.

-Espera aquí –le dije a Verónica que no contestó y que ni siquiera pareció darse cuenta de donde estábamos.

Salí del coche y me acerqué a la puerta del edificio, pulsando el timbre de su piso, permaneciendo a la espera mientras rogaba que estuviera, que alguien respondiera pero no fue así. No supe si insistir o darme por vencido cuando una voz somnolienta se escuchó a través del interfono.

-¿Sí?

-Eva, soy yo –dije aliviado –Samuel. Vengo con Verónica. Necesito que me abras.

-¿Verónica? –preguntó sorprendida y pareciendo despertarse de golpe -¿Qué es lo que ha pasado?

-Déjame subir y te lo explico.

El zumbido de la puerta resonó con estridencia y empujé la puerta, dejándola abierta mientras iba en busca de Verónica al coche. Ella se dejó hacer como un muñeco, como si nada ni nadie ya le importara, entrando en el edificio primero y luego en el ascensor que nos llevó hasta el rellano donde su hermana residía.

Allí, en la puerta, ya nos estaba esperando Eva que, al ver a su hermana, puso cara de preocupación y se acercó corriendo para ayudarme, metiéndola en el piso entre ambos. La sentamos en el sofá, sentándose su hermana a su lado, abrazándola ella con cariño y solo entonces, bajo el amparo de Eva, fue cuando Verónica salió de su letargo rompiendo a llorar.

Eva siguió abrazando a su hermana, acariciando su cabeza con ternura mientras me miraba, cuestionándome con ella sobre qué estaba sucediendo, que a qué venía todo aquello. “Juan” le musité y ella abrió sus ojos, empezando a comprender, o más bien intuir, por donde iban los tiros. No sabía en aquel momento lo mucho que se equivocaba.

Las dejé solas, buscando darles algo de intimidad, y me dirigí a la cocina donde pensé que sería buena idea preparar una tila que calmara los nervios de una Verónica que no pasaba por uno de sus mejores momentos. Era la primera vez que estaba allí, así que me costó un poco encontrar lo que necesitaba pero finalmente lo hice. Cuando la infusión estuvo preparada, regresé al salón donde acerqué la bebida caliente a Eva que me agradeció con un gesto el detalle, encargándose ella que su hermana se la bebiera.

Yo me quedé algo apartado, observándolas desde la distancia, no queriendo molestar, no interrumpir aquel momento entre las dos hermanas. Eva sabía cómo tratar a su hermana y Verónica parecía aceptar con naturalidad su ayuda, dejándose hacer, confiando plenamente en ella.

En aquel momento sonó el teléfono de Eva y, no sé por qué, tuve la intuición que era Juan quien, en su afán por encontrar a su mujer, acudía a la única familia que a ésta le quedaba. Recordé que el mío se encontraba en silencio, que lo había puesto en ese modo al llegar a casa de Verónica y, al sacarlo del bolsillo de mi pantalón, comprobé que tenía infinidad de mensajes y llamadas suyas.

Nada extraño. Al fin y al cabo, nos había visto irnos juntos y era, después del propio móvil de su mujer, el siguiente número de la lista al que acudir. Presumí que, casi con total seguridad, Juan también debía haberse pasado por mi piso y me alegré de no haber ido a él, de haber decidido ir al piso de Eva aunque, o mucho me equivocaba, aquella iba a ser su siguiente parada.

Eva me miró, dudando qué hacer, si contestar o no, dejando finalmente que la llamada llegara a su fin. Supuse que ella, antes de confrontar a su cuñado, quería saber qué había pasado, cuál era el origen de todo aquello y supe que, más pronto que tarde, iba a tener que sufrir el tercer grado que Eva me iba a aplicar.

-Vamos a la cama –dijo Eva tirando de su hermana para que la siguiera –necesitas descansar. Y tú –dijo mirándome fijamente –ni se te ocurra irte que tenemos mucho de lo que hablar.

Asentí y vi como las dos mujeres emprendían el camino hacía el dormitorio.

-Samuel –escuché hablar por primera vez en mucho rato a Verónica quién, antes de salir, se detuvo y se dirigió a mí –muchas gracias por todo.

De nuevo asentí y, ahora sí, las dos hermanas se perdieron por el pasillo en pos de la habitación de Eva. Me senté en el sofá y, de pronto, todo lo sucedido en aquella extraña noche cayó sobre mí, dejándome exhausto, agotado, totalmente rendido. Solo fue cuestión de tiempo que mis ojos se cerraran, que el cansancio se apoderara de mí y que el sueño me invadiera.

No sé cuánto rato dormí pero sí sé que me desperté sobresaltado, confuso y desorientado. Me costó unos segundos darme cuenta que me había quedado dormido en el sofá de Eva y que ésta, al verme así, me había cubierto con una manta. Mientras me recuperaba, mientras trataba de ubicarme, fue cuando empecé a escuchar las voces y adiviné cuál había sido el motivo de mi súbito despertar.

Las voces provenían de la entrada y no me costó nada identificar a quién pertenecían: Juan y Eva. Parecían discutir, con voz queda debido a la hora que era pero con la suficiente claridad como para poder entender de qué hablaban y en qué tono lo hacían.

-Te he dicho que no –negó con vehemencia Eva –está durmiendo y, además, después de lo que le has hecho, no creo que tenga muchas ganas de verte.

-Tengo que verla, Eva –siguió implorando Juan –necesito que entienda…

-Que entienda ¿qué? –Siseó ella con rabia -¿qué le has sido infiel? ¿Qué le has puesto los cuernos? No, si creo que eso lo tiene muy claro por lo que me ha contado Verónica…

En aquel momento comprendí que, en el dormitorio y quizás ya encontrándose mejor Verónica, ésta le debía haber explicado lo sucedido a su hermana ya que todo indicaba, a tenor de sus palabras, que era perfectamente conocedora de lo que había ocurrido.

-¡Lo sé! –Exclamó él –y lo siento ¿vale? No te puedes imaginar lo mucho que me arrepiento pero quiero explicarle lo que pasó, que no fue culpa mía…

-¿Ah no? –dijo con sorna Eva.

-¡No! –respondió Juan haciendo caso omiso a la burla de su cuñada –joder, estaba borracho y esa tía… Lara…

-¿Se aprovechó de ti? –terminó la frase por él Eva.

-Se abalanzó sobre mí y yo… -siguió diciendo Juan –me cogió por sorpresa, no supe reaccionar y cuando quise darme cuenta…

-Ya tenías tu polla enterrada en su coño ¿es eso, no? –dijo de forma sarcástica ella.

-Déjate de coñas ¿vale? –Dijo Juan malhumorado -¿acaso tú nunca has perdido los papeles yendo borracha? ¿Nunca has hecho algo de lo que luego te has arrepentido?

Se hizo un momento de silencio e intuí que, quizás, Juan había tocado alguna tecla sensible, que había despertado algún recuerdo de Eva y que eso la había hecho callar.

-Mira –prosiguió Juan en un tono más conciliador –sé que la he cagado, que me he equivocado y he hecho algo horrible pero quiero a tu hermana, no te haces una idea de cuánto y que la mera idea de perderla… no me lo quiero ni imaginar… por eso necesito que sepa que yo nunca pretendí que esto ocurriera, que fue Lara quién lo provocó todo y que yo fui débil, incapaz de luchar contra la tentación. No sabes lo mucho que me arrepiento, Eva. Por eso necesito hablar con ella, explicarle, suplicarle su perdón.

De nuevo reinó el silencio y temí que Eva, conmovida por sus palabras, claudicara e invitara a Juan a entrar, le franqueara el paso para que viera a Verónica.

-Juan –empezó a decir Eva en un tono más apagado, más calmado –no puedo hacerlo. No ahora –añadió, supuse, al ver como él hacía ademán de protestar –Verónica está mal, hecha polvo y me ha costado que se durmiera. Necesita descansar, reponerse. Hablaré con ella, le diré que has venido y le contaré lo que tú me más explicado pero, si quieres un consejo, no la atosigues, dale su tiempo, que las cosas se calmen y se enfríen un poco. Hazlo por ella ¿vale?

-¿Tengo elección? –preguntó él con resignación.

-No, no la tienes –respondió Eva de forma resolutiva –Es lo mejor, créeme.

-De acuerdo –aceptó Juan –supongo que no me queda otra. Al menos ahora sé que está en buenas manos y te agradezco lo que estás haciendo por nosotros, Eva.

-No te confundas, Juan –dijo Eva con un tono algo más serio –esto no lo hago por ti, lo hago por mi hermana. Haría cualquier cosa por ella y, si mañana o pasado ella decide mandarte a la mierda, seré la primera en apoyarla y no me valdrán de nada tus buenas palabras, disculpas o lo que sea que intentes para ganarte su favor o el mío ¿lo has entendido?

No sé si Juan asintió o no a las palabras de su cuñada ya que no escuché nada más, solo la puerta cerrarse y los pies descalzos de Eva regresando al salón donde me hallaba.

Lo cierto es que aquella conversación me había resultado extraña y desconcertante. Como ya había intuido, Juan había acudido al piso de Eva suponiendo que su mujer se hallaba allí una vez descartado el mío. Era lo lógico y previsible como lo era que intentara ganarse el perdón de Verónica. No dudaba que Juan quisiera a su esposa y puede que aquello que le había dicho a Eva fuera cierto, que él era otra víctima, que había sucumbido a los encantos de Lara y que era ella, única y exclusivamente, la pérfida de aquella historia.

Pero había algo que no me cuadraba en todo aquello, en la versión de la historia que Juan le había contado a Eva. Recordaba perfectamente como había alabado a Lara en la cocina horas antes que todo ocurriera, especialmente sus pechos, aquellos que le había visto mirar con deseo varias veces aquella noche y que luego, en el sótano, había manoseado a su antojo, sin reprimirse un ápice.

Como tampoco se había reprimido a la hora de besar a Lara con pasión, con lujuria, con ganas mientras fornicaban en aquel rincón oculto donde ambos se habían escondido tratando de colmar su deseo sin ser interrumpidos, cosa que al final no había sido posible. Y era esa imagen, la de ambos unidos follando mientras se besaban, las miradas de él durante toda la noche y la forma en que Juan hablaba de ella, la que no me cuadraba, la que no me encajaba.

¿Aquello era fruto de la excitación de un momento? ¿La explosión de una tensión sexual surgida así como así y que el alcohol había inflamado de una forma inesperada? Y cuanto más lo pensaba, cuanto más recordaba las imágenes de ellos follando de forma desesperada, tuve la creciente sensación que allí había algo más, algo que se me escapaba, algo que no me acababa de encajar.

Y luego estaba la reacción de Eva ante las palabras de su cuñado, primero haciéndolo de forma hostil y luego, ante la velada insinuación de tener algo de lo que arrepentirse, de haber cometido algún acto mientras se hallaba bajo los efectos del alcohol de los que se podría mostrar poco orgullosa, mostrándose más comprensiva, más pacificadora. ¿Había algo en la vida de Eva que desconocía yo pero no así Juan y que lo estaba aprovechando a su favor?

-¿Samuel? –La voz de Eva me devolvió a la realidad, apartando momentáneamente de mi mente todos aquellos pensamientos, aquellas dudas -¿te he despertado?

-Bueno –dije tratando de quitarle hierro al asunto –supongo que ha sido más Juan que tú. Porque era él ¿no?

-Sí –asintió ella no pudiendo negar lo evidente –quería ver a Verónica.

-Me imagino que te has negado viendo que se ha ido.

-No era el momento –respondió ella sentándose junto a mí en el sofá –Verónica me ha contado lo ocurrido.

-Ya –dije –siento haberme dormido. Quería explicártelo todo pero…

-Lo entiendo –me cortó –ella también estaba agotada. Ha sido contármelo y, como si se hubiera quitado un peso de encima que la oprimía, ha caído desplomada. Así que no tienes porqué disculparte. En todo caso, soy yo quien debería agradecerte lo que has hecho por Verónica, Samuel.

-No he hecho nada que no hubiera hecho ella por mí –le respondí con total sinceridad –para eso están los amigos ¿no?

-Juan también es tu amigo…

-Ya no estoy tan seguro de eso –contesté –Eva ¿puedo preguntarte algo?

-Claro.

-¿En serio te has creído todo eso? –le pregunté -¿todo ese rollo que te ha soltado Juan?

Eva me miró, suspiró y agitó su cabeza de forma imprecisa.

-No lo sé, Samuel –respondió de forma vaga –puede que sí, puede que no pero, sea o no verdad, tampoco es que mi opinión sea la que cuente ¿no crees? Es Verónica quién debe decidir si le cree o no, si confía o no y si quiere seguir adelante con su relación o bien darla por finiquitada.

-Lo sé pero… -empecé a decir pero Eva no me dejó acabar.

-No, Samuel –me cortó –sé que tú tienes tu opinión como yo tengo la mía pero aquí se trata de Verónica, de lo que piensa ella y de lo que quiere hacer con su vida. A veces, las cosas no son como parecen, Samuel y no todo es blanco o negro, bueno o malo. Hay matices, formas diferentes de ver y hacer las cosas y nosotros, nuestra función, es la de apoyarla nos guste o no lo que elija hacer.

Su reacción me sorprendió y, aunque sabía que tenía razón, que quien tenía la última palabra era Verónica ya que al fin y al cabo se trataba de su vida y de su matrimonio, había algo en la forma en que lo había dicho, en cómo su mirada se perdía en el vacío como si estuviera bien lejos de allí o perdida en algún recuerdo lejano, que me inquietó y preocupó.

-¿Tiene esto algo que ver con lo que te ha dicho Juan antes? –Le pregunté recordando su conversación -¿Lo de haber perdido los papeles estando bebida? ¿Haber hecho algo de lo que luego te arrepientes? ¿Es eso, Eva?

Ella se sobresaltó al escuchar mis palabras, regresando al presente, dándose cuenta que había escuchado más de lo que había supuesto en principio y que aquella frase, aquellas palabras dichas por Juan, no me habían pasado por alto y, ni mucho menos, su reacción posterior.

-Confiaba en que no hubieras oído esa parte de la conversación –dijo finalmente tras exhalar un suspiro de resignación.

-¿Qué pasa, Eva? –Pregunté con preocupación -¿De qué va todo esto? ¿Qué es lo que no sé y Juan sí?

-Déjalo, Samuel –dijo negando con su cabeza y voz triste –es mejor así.

-¿Cómo que lo deje? –cuestioné con incredulidad.

-Olvídalo ¿vale? –Insistió –haz como si no hubieras escuchado nada.

-¿Por qué? –Persistí en mi afán por obtener una respuesta por su parte -¿Tan grave es? ¿O es que no confías en mí? porque si es eso…

-No, no es eso –dijo Eva cortándome de nuevo –es solo que…

-¿Qué?

-Que no quiero que pienses de mí lo que no soy –me acabó por confesar entre lágrimas –que me odies, Samuel.

-¿Por qué iba a odiarte? –Pregunté confuso por su revelación –no entiendo nada, Eva.

-Lo harás –afirmó –como odias a Juan ahora mismo por lo que le ha hecho a Verónica.

-Sigo sin comprender –repetí cada vez más confundido, cada vez más perdido -¿qué tiene que ver lo que ha hecho Juan contigo?

-Todo –afirmó ella –porque yo hice lo mismo que él. Le fui infiel a Raúl. Y de algún modo, Juan lo sabe. Por eso ha dicho lo que ha dicho. Ni siquiera Verónica lo sabe. No me atreví a contárselo por miedo a lo que pudiera pensar de mí, a que me juzgara, a que me rechazara.

La confesión de Eva me dejó aturdido. Recordaba a Raúl. Habían salido juntos casi un año y un día, de la noche a la mañana, rompieron su relación. Siempre me había caído bien y siempre había pensado que hacían buena pareja, que encajaban y que lo suyo tenía pinta de ser duradero. Como lo de Juan y Verónica. Como lo de Teresa y mío. ¡Cuántas veces me había equivocado!

-Me emborraché –siguió hablando Eva como si, una vez empezado a hablar, ya no pudiera detener el avance de aquellos recuerdos, retener aquello que tanto tiempo llevaba conteniendo –había salido con unas compañeras del trabajo, un cumpleaños o algo así. Cenamos, bebimos y fuimos a bailar. Iba bastante pasada y él, ni siquiera recuerdo su nombre, se pasó media noche detrás de mí, halagándome, agasajándome.

Eva calló y yo respeté su silencio, no sabiendo muy bien qué decir, cómo actuar, cómo responder a lo que me estaba revelando. Me dolía verla así, triste, vencida, compungida y tuve ganas de abrazarla, de decirle que no pasaba nada, que no la odiaba pero algo me decía que no era el momento, que todavía era pronto, que ella ahora lo que necesitaba era vaciarse, sacar aquello de su interior.

-Sabía perfectamente lo que quería –prosiguió –una mujer se da cuenta de esas cosas. Aun así no hice nada para detener sus avances, sus roces, que se tomara cada vez más confianzas. Supongo que, en el fondo, me halagaba que alguien como él, guapo y con un cuerpo espectacular, se fijara en alguien como yo. Nunca pretendí que aquello fuera a más, que pasara lo que pasó pero tampoco hice nada para evitarlo. Para mí era como un juego, morboso, excitante pero que, casi sin darme cuenta y gracias al alcohol y a sus hábiles palabras y maniobras, se me estaba empezando a escapar de las manos.

De nuevo se hizo el silencio y no osé romperlo intuyendo que el final estaba cerca, que su confesión estaba a punto de llegar a su fin y que esa pausa, ese breve lapso, solo era ella buscando las palabras adecuadas, poner en orden sus pensamientos, sus recuerdos de lo que pasó aquella noche.

-Cuando me dijo de salir fuera a fumar ni siquiera me lo pensé –reanudó su relato –como he dicho, iba muy bebida y pensé que un poco de aire me vendría bien. Lo acompañé fuera, al parquin de la discoteca donde estábamos y, allí, pasó lo que tenía que pasar. Me besó. Al principio traté de resistirme, de detener aquello pero su beso persistió y sus manos recorrieron mis pechos, mi cintura, mi culo, encendiéndome, venciendo una a una las pocas defensas que aún conservaba. Y dejé de luchar. Me entregué, besándole, buscando con mi cuerpo el suyo, rozándonos, queriendo sentirnos el uno al otro. Lo hicimos allí mismo. Mi vestido en mi cintura, mis braguitas apartadas a un lado mientras él me follaba sin descanso. Un polvo rápido, ansioso, desesperado.

No pude evitar que, con sus palabras, resurgieran las imágenes que había presenciado horas antes entre Juan y Lara. La escena era prácticamente la mía, los unos en el sótano de aquella casa y los otros en un parquin de una discoteca. Ambos sitios oscuros, solitarios, apartados, propensos a polvos furtivos, ocultos a los ojos de los demás. O casi, como había sido en el caso de Juan.

-Después, cuando todo acabó, fue como si la borrachera se hubiera desvanecido –siguió contando una Eva con tono melancólico –enseguida me di cuenta de lo que había hecho, del error que había cometido. Y me fui corriendo de allí. No sabía qué hacer ni cómo actuar, si confesar y contarle lo ocurrido a Raúl o callar, tratar de seguir como siempre, como si nada hubiera pasado. Al final decidí callar, no decir nada pero los remordimientos me carcomían y, finalmente, opté por romper nuestra relación. No tuve el valor de contarle la verdad, que le había sido infiel. Eso le habría devastado. Ni recuerdo la excusa que le di para hacerlo. Lo único que tenía claro era que él se merecía algo mejor que yo.

Eva calló, esta vez de forma definitiva, dando así por finalizada su historia pero yo, en aquel momento, solo podía pensar en sus últimas palabras, en aquella frase que era tan parecida a la que Teresa me había dedicado a mí. “Te mereces algo mejor que yo”. ¿Acaso era eso lo que había pasado? ¿Teresa me había engañado, me había sido infiel? ¿Cómo lo había sido Eva? ¿O Juan?

-¿Samuel?

La voz de Eva, débil, apagada, casi un susurro, me hizo devolver toda mi atención a la hermana de Verónica. Ella esperaba, temerosa, mi reacción. Confirmar si, como me había adelantado, la odiaba después de conocer su secreto, aquel que ni siquiera su hermana conocía y que Juan, de algún modo, sabía y había sacado a relucir para forzar a Eva a mediar, a terciar entre él y su hermana.

No contesté. En su lugar, la abracé, demostrándole así que estaba equivocada, que no la odiaba. ¿Quién era yo para juzgarla, para menospreciarla? Ella había hecho algo mal, lo sabía y había aceptado las consecuencias de sus actos. Le había fallado al hombre que quería y había renunciado a él, sabedora que Raúl nunca aceptaría lo ocurrido, que nunca le podría perdonar su infidelidad.

Quizás debió ser sincera, explicarle la verdad, el porqué de su ruptura pero ¿qué era peor? Porque, si ya una ruptura era dolorosa de por sí, saber que ésta era motivada por una infidelidad, porque tu pareja te había engañado, añadía un plus, hacía ésta más difícil de sobrellevar. ¿Era eso lo que había pasado con nosotros? ¿Por eso había huido Teresa? ¿Para no hacerme más daño? ¿Hubiera preferido saberlo en caso de ser así? En mi caso, tenía claro que sí y supe en aquel instante que lo iba a hacer, que de algún modo iba a descubrir la verdad.

-Gracias, Samuel –musitó Eva entre lágrimas, cobijada entre mis brazos –gracias.

-Todo saldrá bien –dije repitiendo las mismas palabras que le había dicho a su hermana, ambas víctimas pero de distinta índole, de lo que una infidelidad conlleva.